XXII.

Pero la ventana de Berta con sus flores i sus versos eran el teatro de un amor, i el patíbulo de otro. ¡I qué importa! Manfredo jamás consentirá en el enlace de su hija con otro que no sea Arturo. ¿Qué importa? ¿No importará cuando Berta a su vez ya tiene entregado su corazon al desconocido amante i no tendrá ni voluntad ni fuerzas para desligarse de él? ¿cuando vive adorando los recuerdos de ese hombre i los mira a toda hora como los carisísimos pedazos de su corazon?

Alumbraba la luz de un nuevo dia, i con él la luz de una nueva esperanza para el poeta, de una nueva ilusion para Berta. Como tenia ya de costumbre, aproximose al alba a su ventana querida i la encontró adornada otra vez con un nuevo homenaje de cariño.

Un precioso ramillete de flores de café contenia dentro de sí estos versos mas preciosos aun.

Prendado estoi de una hermosa

Por quien la vida daré

Si me acoje cariñosa;

Por que es cándida i hermosa

Como la flor del café.

Son sus ojos refuljentes,

Grana en sus labios se vé

I son sus menudos dientes

Blancos, parejos, lucientes,

Como la flor del café.

Una sola vez la hablé

I la dije: ¿Me amas Berta?

I mas cantares te haré,

Que perlas la aurora vierta

Sobre la flor del café.

Ser fino i constante juro,

De cumplirlo estoi seguro,

Hasta morir te amaré;

Porque mi pecho es tan puro

Como la flor del café.

Ella contestó al momento:

—«De un poeta el juramento

Nunca en la vida creeré,

Porque se vá con el viento,

Como la flor del café

«Cuando sus almas fogosas

Ofrecen eterna fé,

Nos llaman ninfas i diosas,

Mas fragantes que las rosas

I las flores del café

«Mas cuando ya han conseguido

Cual céfiro que embebido,

En el valle del Tempé,

Plega sus alas dormido

Sobre la flor del café».

«Entonces abandonada

En soledad desgraciada

Dejan la que amante fué,

Como en el polvo agostada

Yace la flor del café».

Yo repuse: «Tanta queja

Suspende, Berta, porqué

Tambien la mujer se deja

Picar de cualquier abeja

Como la flor del café».

«Quiéreme paloma mia,

I hasta el postrimero dia

No dudes que fiel seré;

Tu serás mi poesia

I yo tu flor del café».

"A tu vista cantaré,

I lucirá el arrebol

Que a mis dulces trovas dé

Como a los rayos del sol

Brilla la flor del café".

Suspiró con emocion,

Miróme, calló i se fué;

I desde tal ocacion

Siempre sobre el corazon

Traigo la flor del café.

Plácido.

—Acababa Berta de leer estos versos casi jadeante de emocion, cuando sintió ruido de pasos...... Versos i flores los ocultó en el seno para no ser descubierta. Era su padre.

—¿Que haces hija mia? te noto algo ajitada ¿Que tienes? la dijo..sin desprenderle los ojos.

—Nada.

—¿Nada?

—Es que me siento algo indispuesta.

—¿Que tienes?

—Tengo alguna opresion en el corazon.

Manfredo se aproximó a su hija, ciñó con el brazo su cintura i estampando un beso en su frente tíbia aun con el calor del lecho que abandonaba recien, la dijo:

—Tenemos mucho que hablar, hija mia. Se trata de tu felicidad.—Condújola despues a una otomana i sentándose en ella al lado de su hija, con sus manos entrelazadas en las suyas, comenzó a insinuarle el amor que le profesaba Arturo i las ventajas que le ofrecia ese amor.

Berta inclinó la frente, i guardó silencio:

—¿Contradecirias la voluntad de tus padres mi Berta?

—¿I mis padres contradecirian la mia? ¿sacrificarian mi corazon a un hombre que no amo?

Manfredo como movido por un resorte se puso de pié i notablemente sorprendido la dijo: ¡Qué! ¿amas a otro?

—Nó, papá; pero no amo a nadie. I el amor es i no la fortuna la base de la felicidad.

—¡Pero llegarás a querer a Arturo!

—No nace de las reflecciones el amor.

—Nó, Berta, es el único hombre que te conviene. Fíjate que si eres hermosa, ya tus padres se ven sin la fortuna de antes, i tu madre es solo la cómica de Canarias. ¿Tendrás por consiguiente partidos mas ventajosos que este? ¡Ah! piénsalo bien. No seas niña: mas tarde cuando ya no haya remedio, cuando Arturo se hubiere regresado a España, entonces conoceras recien tu error i el porvenir te dirá: ¡ya es tarde!......

—Padre, todo hombre que me ame de veras olvidará que mi madre era una mujer de bastidores.

—Te engañas Berta, habla por tí la inesperiencia. Aun las sociedades mas despreocupadas del mundo rinden su tributo a los antecedentes de familia.

—I que Arturo sea rico ¿que quiere decir papá? ¿voi yo a ligarme con su fortuna o con él?

La discucion se trabó cada vez mas calurosa. Raquel que entró en ese momento, terció tambien en ella sosteniendo enérjicamente la opinion de su esposo.

Berta enjugó algunas lágrimas silenciosas.

Las flores del café perfumaban su seno i su corazon. Al parecer todo era inútil para obligarla a ceder. ¿Vencerá la obediencia filial o el amor por su romántico poeta?

—Bien, hija mia, dijo Manfredo, en tono paternal i terminante, estoi comprometido a participar a Arturo el resultado de nuestra entrevista, i como yo ante todo debo velar por tu porvenir i por proporcionarte una suerte digna de tí i del cariño que como padre te profeso, te aseguro que no le daré a Arturo una respuesta negativa.

Berta seguia llorando en silencio. Raquel lloraba con ella, pero sin desistir de la tenacidad de sus propósitos. Manfredo se paseaba por delante de su hija interrumpiendo el silencio con reflecciones aisladas, con consejos sérios. ¿Qué contestas? la dijo a su hija mas de una vez, sin recibir de ella mas respuesta que sus calladas lágrimas.

—Bien, Berta, agregó despues, voi a decirle a Arturo que tu mano es suya.

—Que mi mano sea suya, padre mio, le contestó pero mi corazon no lo será jamás.

—Hija mia, tu no sabes que el tiempo hace lo que no puede la voluntad. Yo sé que llegarás a amarlo.

—¡Dios lo quiera! agregó Raquel. Nosotros hija mia, no queremos sino tu felicidad.

—¡Mi felicidad!.... murmuró Berta, sonriendo con amargura i llorando sin consuelo.

—Sí, hija mia, tu ventura, i nada mas, le contestaron sus padres.

—¡Mi felicidad!.. repitió Berta sacudiendo lijeramente la cabeza. ¡Mi felicidad!... volvió a decir por última vez.

Salió Raquel en ese momento del cuarto de su hija con direccion al de Arturo; pero la detuvo en el corredor uno de los esclavos negros diciéndola:

—Vengo a avisar a su merced que el camarero está enfermo; no ha salido hoi de su habitacion.

—¿Qué tiene? contestó Raquel profundamente sorprendida.

—No lo sé, señora, agregó el negro.

Raquel recibió la noticia como si se tratara de la enfermedad no del camarero, sino de un miembro de su familia, i acudió casi corriendo al cuarto de Gabriel. Estaba cerrado. Desde afuera escuchó Raquel algo como un quejido, algo como un lamento. Aproximóse a la puerta i percibió ruido de papeles, i estas palabras sueltas i significativas:

—¡Bastardo, mulato i pobre! si mi cuna no hubiera sido una pobre hamaca, i mi hogar un rancho...... ¡Oh! ¡seria feliz!..

Raquel sin poder ya contenerse empujó la puerta, entró casi sorpresivamente i encontró a Gabriel escribiendo delante de una pequeña mesa, cubierta de infinidad de papeles, cartas i herramientas. Se sentó ella junto a la mesa, i él se puso de pié, en señal de respeto.

—Siéntate, Gabriel; le dijo. Yo vengo a enjugar tus lágrimas. I en efecto gruesas lágrimas temblaban en los ojos de aquel como brillantes sobre un esmalte negro.

—Gracias, señora, mia, contestó Gabriel.

—¡Pero sé franco! ¿qué tienes? Yo te prometo, si tienes confianza conmigo, satisfacer tus deseos cualesquiera que sean i ahorrar tus lágrimas aunque sea a costa de un sacrificio. ¿Por qué llorar?

—Por nada, señora; lloro sin motivo; lloro solo por que tengo lágrimas que llorar.....

—No te aflijas, mi querido Gabriel, le dijo ella, con tierno i conmovido acento i posando su blanca mano sobre el hombro de Gabriel. Este, enternecido probablemente con el cariño de su señora lanzó un sollozo incontenible i contuvo otro. Encojió lijeramente los hombros, agachó la cabeza i enjugó una nueva lágrima.

—¿I sabes Gabriel que no debes estar triste, que tengo una buena noticia que darte?

Gabriel levantó la cabeza con los ojos que le blanqueaban diciendo: ¿Cuál mi señora?

—Que es ya mui probable el matrimonio de mi hija.

—¿I con quién, señora?

—Con Arturo.

—¡Me alegro!.. Dios quiera que sea feliz.

—Ya vez que estamos de plácemes, i que bien vale la pena de olvidar por ello aflicciones de poca monta.

—Así es señora; yo me alegro en el alma.

—Así lo comprendia, porque sé cuanto cariño tienes por todos nosotros.

—¿I don Arturo la quiere mucho?

—¡Mucho!

—¿I la señorita a él?

—Tambien: yo creo que serán felices.

—Bien, mi señora, tengo el sentimiento de comunicarle que debo hacer un viaje a Trinidad.

—¿Cuando?

—Mui pronto.

—Pero has hecho ya en la temporada pasada dos viajes a Trinidad, i ahora anuncias uno nuevo.

—Así es señora; pero este último será tambien por pocos dias.

—¿Pero qué llamas pocos?

—Quince o veinte dias, probablemente.

—¡Ah! Manfredo estoi segura que se aflijirá mucho por tu ausencia, por corta que sea, lo mismo que Berta. I yo mas que ellos, porque te diré la verdad, el recojimiento en que vives, la afliccion que te domina, las cartas que constantemente he sabido que recibes, todo, todo, me indica que talvez no vuelvas i que quieres dejarnos. Su semblante palidecia al decirlo.

—¡Ah! no, señora....

Sintióse en ese momento algo como los pasos de quien se aproximaba.

Raquel salió precipitadamente, diciendo:

—Es mejor, Gabriel, que no nos vean. Detúvose en la puerta, i viendo que no habia nadie, volvió a entrar. Gabriel no comprendió tan temerosa como estraña precaucion.

—Pero, Gabriel, supongo que no te irás sin comprometerte conmigo a que regresarás mui pronto.

—Como nó, señora.

—I tampoco será antes del cumple-años de Berta.

—Ya que Ud. me lo ordena....

El viaje de Gabriel, no sin bastante sentimiento ocupaba a todos los de la casa. Quién le preguntaba cuando se iba, quién el tiempo que duraria su ausencia, quién casi le rogaba que regresara pronto.......

Llegó el dia, fausto para la familia, del cumple-años de Berta. Todos le rindieron las ofrendas de su cariño. Manfredo le abrazó cariñosamente el cuello con una cadenilla del que pendia un medallon que contenia su propio retrato; Raquel le obsequió un anillo que conservaba desde la primera juventud como prenda de amistad; Arturo por medio de Manfredo hizo llegar a sus manos una valiosa diadema de brillantes. Gabriel hacia muchos dias a que permanecia encerrado en su cuarto. Veíasele todos los dias recibir i escribir cartas desde ese modesto retiro, en el que de dia como de noche se oia el ruido incesante de una herramienta.

Ese dia fué pues Gabriel el primero que entró por la mañana mientras ésta se arreglaba delante de un tocador. No se apercibió ella que hacia largo rato a que Gabriel estaba de pié i callado a sus espaldas sin desprenderle una larga i melancólica mirada.

—Señorita, la dijo por fin con un acento en el que vibraban la emocion i la timidez. I al volver el rostro con curiosa sorpresa encontró la mano indecisa i estendida del camarero que le alcanzaba una cajita diciéndole:

—¿Aceptaria Ud., señorita, este recuerdo antes de mi partida?

Abrió ella la caja risueña, i precipitadamente sacó una preciosa peineta de carey dorado, i en su presencia sostuvo con ella las bucles de su cabello, diciéndole:—¿I no es verdad que es obra de tus manos?

—Ellas se distrajeron, señorita, en este humilde labor.

—¡Ah! ya me esplico el ruido de una herramienta que se dejaba sentir a toda hora en tu cuarto. I... díme, ¿cuándo te vas Gabriel?

—Mañana, dijo, i dobló melancólicamente la cabeza.

—¿Pero volverás pronto? Bien sabes cuanto te estrañaremos todos.

Gabriel, sin contestar, levantó la frente abrumada; desplegó lijeramente los labios como para proferir una palabra que no podia articular i fijó los ojos atentamente en un canario que entreoculto como en una nube aleteaba gorjeando entre los pliegues de las cortinas del lecho.

—I esa avecilla, señorita, ¿es el recuerdo de hoi de alguna amiga suya? No la habia visto yo.

Berta, despues de un vacilante silencio, en tono entrecortado respondió:

—Nó Gabriel, es un canarito prófugo que ha venido a visitarme.

—¿Manda Ud., señorita, que lo pongan en una jaula?

—Hazlo; ¡mui bien!..

Este cojió entre el hueco de sus manos el dorado pajarillo, i lo soltó dentro de una jaula para que cantara sus prisiones.

—¿Recuerdas, Gabriel?, dijo ella entonces, ¿recuerdas que el primer dia que viniste a casa te negaste a cojer las mariposas del huerto, doliéndote de cautivarlas? Ya ves la crueldad con que aprisionas ahora mi canario.

—Es cierto, señorita, que ambos tienen cielo i alas para volar; pero mientras muere la peregrina mariposa entre los dedos sin dejar mas huella que el polvo de oro de sus alas, el canario aprisionado mata sus penas cantando.

Poco despues la peineta de carey pasaba de mano en mano. Todos ensalzaban su primor i admiraban la curiosidad de su obrero. Pero, ¡qué peineta de carey! ¡qué diadema de brillantes! La una, era el recuerdo insignificante de un pobre camarero; la otra, la prenda indiferente de un hombre que nada decia al corazon. El canto del canario que la despertó fué la mas dulce serenata con que un amador haya podido arrullar los rosados ensueños de quien causa sus desvelos. Esa música no aprendida embriagaba su memoria i vibraba en su corazon. ¡Lindo canario que habia arrojado por los hierros de la ventana la mano de aquel apasionado cantor que se allegaba hasta ellos para dejar estas escritas endechas!:

"Surca los aires pajarillo raro,

I de mi Berta ante la faz desciende,

Mientras por cielo, tierra i mar se estiende

La eterna lumbre del inmenso faro.

Díla que en su natal al mundo caro,

Mi fé su llama sacrosanta enciende,

Entre cáliz de nácar, que suspende

Corintio pedestal de mármol Paro.

Cubro aquel seno con tus alas de oro

Donde oculto el amor placer respira,

Abre tu pico de coral sonoro;

Cuéntala el gozo que su edad me inspira,

I entrega para siempre a la que adoro

Mi corazon, mis versos i mi lira.

Plácido."