APOSENTO DE MARGARITA
MARGARITA, sola, hilando al torno
Huyeron del alma
la dicha y la paz,
huyeron por siempre,
¡por siempre jamás!
La tumba contemplo
allí do él no está;
el mundo emponzoña
mi amargo penar.
Mi pobre cabeza
confúndese ya;
mis pobres sentidos
no pueden ya más.
Huyeron del alma
la dicha y la paz,
huyeron por siempre,
¡por siempre jamás!
Por él mis ventanas
abiertas están;
por él atravieso
cien veces mi umbral.
Su altiva presencia,
su noble ademán,
su tierna sonrisa,
su ardiente mirar,
su dulce palabra
de grato raudal,
su apretón de mano,
y sus besos, ¡ay!...
Huyeron del alma
la dicha y la paz,
huyeron por siempre,
¡por siempre jamás!
Al verle me oprime
terrible ansiedad,
y verle y tenerle
es mi único afán.
¡Y dándole besos,
a no poder más,
morir en sus brazos
de tanto besar!