JARDÍN DE MARTA
MARGARITA, FAUSTO
Margarita
Promete, Enrique, una cosa
decirme.
Fausto
Como en mí esté,
prometo.
Margarita
Cuál es tu fe,
es la duda que me acosa.
Tú tienes buen corazón,
tu conciencia es recta y pura;
pero, ¡ay, Dios!, se me figura
que te falta religión.
Fausto
Déjate de eso, querida;
te amo con el alma entera
y por ti –lo sabes– diera
toda la sangre y la vida.
No quiero el triste placer
de robar la fe y la calma
a nadie...
Margarita
Requiere el alma
algo más.
Fausto
¿Qué más?
Margarita
Creer.
Si valieran para ti
mis cariñosos acentos...
Tú los Santos Sacramentos
no veneras y honras.
Fausto
Sí.
Margarita
Mas sin ir de ellos en pos.
Ni te confiesas jamás,
ni a misa siquiera vas:
di, Enrique: ¿crees en Dios?
Fausto
¿Quién podrá decirte, quién,
«creo en Dios» con veraz labio?
Al sacerdote y al sabio
pregúntalo tú también.
Y hallarás en el tenor
de su estudiada respuesta,
una burla manifiesta
del audaz preguntador.
Margarita
¿A Dios niegas?...
Fausto
¡Poco a poco!
No lo niego, niña hermosa;
pero, dime, a Dios, ¿quién osa
nombrarle, sin estar loco?
¿Quién, a su conciencia fiel,
puede decir «en Dios creo?»
¿Quién, sin audaz devaneo,
dirá «yo no creo en Él»?
Si Dios todo lo creó,
si es quien lo mantiene todo,
¿no estamos, en cierto modo,
en Él Él mismo, tú y yo?
¿Ves el azul firmamento
doblar su bóveda? ¿Ves
cuál se extiende a nuestros pies
la tierra, firme en su asiento?
¿Ves las brillantes estrellas
cuál siguen eternamente
su carrera, en nuestra frente
vertiendo sus luces bellas?
¿Sientes mis ojos clavados
en tus ojos soñolientos,
y todos los elementos
en tu ser reconcentrados;
y en círculo halagador,
con misterio indefinible,
lo visible y lo invisible
girando a tu alrededor?
Pues bien: del alma afanosa
sacia el hidrópico anhelo
en ese raudal del cielo,
y cuando sientas, dichosa,
que se calma tu ansiedad
en deleite sin medida,
llámale ventura y vida
y amor y divinidad.
A ese bien, de ningún modo
hallo palabra adecuada:
el nombre no importa nada;
el sentimiento es el todo:
pues la palabra mejor
humo es, que empaña y altera,
cual pábilo de una hoguera,
su celestial resplandor.
Margarita
¡Hermoso lenguaje! Labras,
hablando así, mi ventura.
Eso mismo dice el cura,
aunque con otras palabras.
Fausto
Bajo la celeste esfera
cada corazón su fe
dice a su modo: ¿por qué
no he de hablar yo a mi manera?
Margarita
¡Ay! Cuando te escucho, en vano
se resiste mi razón;
pero, aún tengo una aprensión;
no eres tú muy buen cristiano.
Fausto
¡Dulce dueño!
Margarita
Y además
me disgusta en compañía
verte...
Fausto
¿De quién, alma mía?
Margarita
De ese con quien siempre vas.
Le odio con el alma entera:
en toda mi vida vi
rostro ni expresión que así
me impresionara y me hiriera.
Fausto
¡Pueriles recelos son!
Margarita
Con todos soy indulgente;
pero al ver ese hombre enfrente,
me da un vuelco el corazón.
Tan vivos como el placer
que me inspira tu presencia,
son el temor y la violencia
que al verle siento nacer.
Y una idea de otra en pos,
le juzgué infame y malvado:
si acaso le he calumniado,
que me lo perdone Dios.
Fausto
Toda especie de alimaña
ha de haber.
Margarita
No, no quisiera
servir yo de compañera
a un ser de esa raza extraña.
Cuando aquí los pasos guía
muestra, para darme enojos,
siempre el rencor en los ojos
y en los labios la ironía.
A cuanto pasa alredor
permanece indiferente,
y escrito lleva en su frente
que es su alma incapaz de amor.
¡A tu lado, gozo tanto!
Feliz, tranquila, contenta
estoy; mas, si él se presenta,
me siento morir de espanto.
Fausto
¡Ángel présago quizá!
Margarita
Y tal imperio en mí tiene
este horror, que cuando él viene
pienso que no te amo ya.
Ante él, sin que me lo explique,
rezar no sé, y me devora
angustia desgarradora.
¿No te pasa a ti eso, Enrique?
Fausto
Antipática manía
es tal temor...
Margarita
¡Oh, no!... Mas
ya es tarde. Me voy.
Fausto
¿Te vas?
¿Cuándo podré, vida mía,
una hora de dulce calma
disfrutar en tu regazo,
fundiendo en estrecho abrazo
el alma mía con tu alma?
Margarita
Dejaría, para ti,
si durmiera sola, abierta
la cerraja de mi puerta;
pero mi madre está allí,
y es muy ligero su sueño.
¡Ay! Si despierta y nos ve,
al suelo muerta caeré.
Fausto
No temas, celeste dueño.
Toma al punto este licor;
tres gotas en su bebida
pon, y quedará dormida
en letargo embriagador.
Margarita
Por tu amor me avengo a todo.
Mas dime primeramente
que este filtro es inocente...
Fausto
¿Te lo diera, de otro modo?
Margarita
¡Ay! Cuando me hablas así,
rendida a tu arbitrio quedo:
¿qué es lo que negarte puedo,
si tanto te concedí?
(Vase.)
ENTRA MEFISTÓFELES
Mefistófeles
¿Voló el pájaro?
Fausto
¿En acecho
estabas?
Mefistófeles
No; mas a fe
de Diablo, todo lo sé.
¡Doctor, buen sermón te han hecho!
¡Que aproveche la enseñanza!
La mujer quiere, y no en vano,
al hombre devoto y llano,
y según la antigua usanza.
«Así, dice, así se empieza,
y si este yugo consiente,
a otros, insensiblemente,
doblando irá la cabeza.»
Fausto
Monstruo, ¿no piensas, no ves,
que esa alma sencilla y casta,
llena de la fe entusiasta
que su amor y su bien es,
padece duelo profundo
al mirar, en su ilusión,
perdido sin remisión
a quien más ama en el mundo?
Mefistófeles
¡Galán sensible y feliz!
Fausto
¡Aborto de horrible escoria!
Mefistófeles
Una chiquilla –¡qué gloria!– te
lleva de la nariz.
¡Y es sagaz fisonomista!
Al verme, no sé qué siente;
pero vislumbró en mi frente
algo escondido a la vista,
y penetrando el abismo
de mi ser, comprendió presto
que soy un genio funesto,
o quizás el Diablo mismo.
Conque, esta noche... ¡Ya tarda!
Esta noche...
Fausto
¿Y qué te importa?
Mefistófeles
Tengo yo parte, y no es corta,
en la dicha que te aguarda.