DE NOCHE
En un aposento gótico, estrecho, con elevada bóveda,
FAUSTO intranquilo sentado a su pupitre.
Fausto
Filosofía, ¡ay, Dios!, Jurisprudencia,
Medicina además, y Teología,
por desgracia también, lo estudié todo,
todo lo escudriñé con ansia viva,
y hoy, ¡pobre loco!, tras afanes tantos,
¿qué es lo que sé? Lo mismo que sabía.
Doctor me llamo, dígome maestro,
y hace diez años ya que abajo, arriba,
acá y allá, y a diestra y a siniestra,
a rastras llevo la escolar traílla.
¡Solo pude aprender que no sé nada,
y el alma en la contienda está rendida!
Bachiller o doctor, seglar o preste,
nadie su ciencia iguala con la mía;
ni escrúpulo ni duda me atormentan;
ni demonio ni infierno me intimidan;
y así, de sombras y de espantos libre,
huyó todo el encanto de mi vida.
Al hombre inútil, para el bien estéril,
nada puedo enseñar que de algo sirva,
y sin caudal, ni crédito, ni honores,
vida arrastro que un can despreciaría.
Doyme a la Magia, pues. ¡Oh, si pudiera
el vigor del Espíritu, que anima
al Verbo humano, la secreta clave
revelarme de todos los enigmas!
No con pálido afán sudara sangre
para hacer comprender lo que mi misma
razón no comprendió; y en las entrañas
penetrando del mundo, encontraría
del eterno Poder vivificante,
allí dentro, las fuentes escondidas,
y no hiciera, en insulsas peroratas,
tráfago insustancial de charla ambigua.
A mi angustioso afán, ¡oh luna llena!,
da por última vez tu luz amiga:
¡cuántas, a media noche, tus destellos
bebí ansioso, postrado en esta silla,
cuando aquí, entre volúmenes y folios,
tristes y misteriosos descendían!
¡Fuérame dado en tu viviente lumbre
feliz vagar sobre las altas cimas;
en los antros seguir los vagarosos
espíritus; flotar con tu indecisa
muriente claridad en las praderas,
y olvidando las ásperas vigilias
del inútil saber, en tu rocío
bañar feliz la sien enardecida!
¿Hasta cuándo será mi calabozo
este tugurio, madriguera indigna,
en donde hasta la pura luz del cielo
la pintada vidriera nubla y filtra?
Cíñeme en torno cúmulo de libros,
que el polvo ensucia y muerde la polilla;
papelotes y viejos pergaminos
suben al techo en apretadas pilas.
Cóncavos vidrios, botes y redomas,
extraños instrumentos hechos trizas
–¡única y triste herencia de mis padres!–,
¡mi vida llenan, si mi vida es vida!
Y pregunto: ¿por qué, medroso y débil,
mi desmayado corazón palpita?
Y pregunto: ¿por qué mortal angustia
mis flacas pulsaciones paraliza?
Lo pregunto, y sin ti, Naturaleza,
en cuyo seno Dios nos forma y cría,
en el polvo, en el humo y la carcoma,
vivo enterrado entre osamentas frías.
¡Fuera de aquí! ¡Luz! ¡Aire! ¡Campo abierto!
Este libro me da segura guía:
por la mano del docto Nostradamus
fueron todas sus páginas escritas.
El curso aprenderé de las estrellas,
y de nueva virtud mi alma provista,
sabré cómo el Espíritu invocado
al invocante Espíritu adoctrina.
Con las áridas reglas, nuestra mente
los signos misteriosos no descifra;
pues que vagáis, Espíritus, en torno,
oíd, y contestad a la voz mía.
(Abre el libro y se presenta el signo del Macrocosmos.)
¡Cuán sabrosa fruición, ante esa imagen,
mi ser inunda y mi sentido anima!
Por mis arterias y mis nervios corre
el santo hervor de renaciente vida.
¿Fue un Dios acaso quien trazó este signo,
que el hondo afán del corazón mitiga,
al Espíritu presta nuevas alas
y a la Naturaleza el velo quita?
¿Un Dios yo mismo soy? Todo a mis ojos
aparece distinto: en esas líneas
vi a la Naturaleza productora,
que al alma está patente y sometida.
El Sabio dijo bien –hoy lo comprendo–: «Barrera
impenetrable no limita
el mundo del Espíritu: ¿está muerto
tu pobre corazón, tu alma rendida?
¡Álzate, pues, y tu terrena frente
baña en el rosicler del nuevo día!»
(Contempla el signo.)
Todo se mueve, completando el todo,
y cada parte enlázase distinta;
los celestes Espíritus, que ascienden
y descienden al par en dobles filas,
pasan de mano en mano el áureo sello;
y en el éter batiendo alas benditas,
van de la tierra al cielo, cielo y tierra
llenando de inefables armonías.
¡Bella visión, pero visión al cabo!
¡Cómo asir y estrechar a la infinita
Naturaleza, y exprimir sus pechos!
Manantial ellos son de toda vida;
de ellos penden los cielos y la tierra;
su fecundo raudal todo lo anima,
y en vano pide mi sediento labio
una gota, no más, de esa ambrosía.
(Vuelve la hoja involuntariamente y ve el signo del Espíritu de la Tierra.)
¡Cuánto es diversa, Genio de la Tierra,
tu acción! Estás más cerca, y a tu vista
crecen mis bríos, cual si rojo mosto
inundara mi ser: con frente erguida
quiero lanzarme al mundo; afrontar quiero
sus infortunios, afrontar sus dichas;
provocar la tormenta, y sin espanto
ver la nave a mis pies rota y hundida.
Pero nublose el cielo;
la luna en él se eclipsa;
mi lámpara se apaga,
y ráfagas rojizas
descienden y circundan
mi sien descolorida.
Vertiginoso anhelo
dentro de mí palpita,
y siento que el Espíritu
siniestro se aproxima.
¡Rasga el velo! ¡Aparece!
¡Cuál sufre el alma mía!
Por abrir nuevo cauce
mis sentimientos lidian,
y hacia ti, fatal Genio,
todos se precipitan.
¡Preséntate, aunque fuere
al precio de mi vida!
(Toma el libro y pronuncia misteriosamente el nombre del Espíritu. Enciéndese una luz rojiza y trémula. El Espíritu aparece en ella.)
El Espíritu
¿Quién me llama?
Fausto
¡Visión espantadora!
El Espíritu
Audaz me evocas y a venir me obligas,
y ahora...
Fausto
Me aterra tu presencia. Aparta...
El Espíritu
Con largo afán llamábasme, y querías
ver mi semblante y escuchar mi acento;
cedo a tu voz, preséntome a tu vista:
¿qué cobarde congoja rinde y postra
tu valor sobrehumano? ¿Quién tu altiva
aspiración rindió? ¿Por qué desmaya
el corazón soberbio, que en sus vivas
palpitaciones engendraba un mundo,
y con su propia savia lo nutría?
¿Cómo sucumbes, si tender el vuelo
al par de los Espíritus querías?
¡Y eres tú Fausto, el Fausto que me invoca!
¡Eres tú Fausto, y, ¡despreciable hormiga!,
al soplo solo de mi voz, heladas
temblaron tus entrañas conmovidas!
Fausto
¡Oh, no, roja visión, hijo del fuego!
Soy Fausto, soy tu igual; no me intimidas.
El Espíritu
En la incesante ráfaga
de actividad continua,
vuelo de arriba abajo,
vuelo de abajo arriba;
y en ese veloz torno,
que el Tiempo mueve y gira,
mis dedos impalpables
las tenues hebras hilan
de la vida y la muerte,
de la muerte y la vida,
tejiendo a Dios, en el telar eterno,
la que viste inmortal túnica viva.
Fausto
¡Cómo sintiendo voy que a ti me acerco,
Espíritu que flotas y te agitas
sobre el mundo!
El Espíritu
Al Espíritu que sueñas
y tu mente concibe, te aproximas,
no a mí.
Fausto (aterrado)
¿No a ti? Pues dime: ¿a quién? ¿Imagen
soy de Dios, y ni a ti llegar podría?
(Llaman.)
¡Oh! ¡Mal haya!... Es mi fámulo. Destruye
mi ventura y los éxtasis disipa.
En el pleno esplendor de mis visiones,
¿para qué, impertinente, tu visita?
(Entra Wagner con bata y gorro de dormir. Fausto le vuelve la espalda malhumorado.)
Wagner
¡Perdón! Tu voz, que a mí llega,
es la que me trajo aquí:
que recitabas creí
alguna tragedia griega.
Y hubiera, a fe, gran placer
en saberlas declamar,
que hoy ese arte, a no dudar,
utilísimo ha de ser;
pues alguien dijo, señor,
recuérdolo en este instante,
que dar puede un comediante
lección a un predicador.
Fausto
Dársela podrá muy bien,
si es el cura, por acaso,
otro comediante, caso
que ocurrir suele también.
Wagner
Quien en su estancia sombría
vive en retiro profundo,
y sale no más al mundo
en algún solemne día;
quien, si llega a percibirlo,
es por angosto agujero,
mal puede, a lo que yo infiero,
conmoverlo y dirigirlo.
Fausto
No ha de lograrlo jamás
quien en su pecho no sienta
arder la llama violenta
con que abrase a los demás.
Pasa aquí todos tus ratos
estudiando: mata el hambre
con esta merienda fiambre
de las sobras de otros platos;
y acumulando a montones
los textos, que has hecho trizas,
sopla sobre sus cenizas
con enérgicos pulmones.
Brotará menguada llama,
y es posible que a ese precio
el niño, el simple y el necio
tu nombre den a la fama;
mas, si fuere tu ambición
los corazones mover,
ha de brotar tu saber
de tu propio corazón.
Wagner
Lo que al vulgo halaga más
es la pomposa elocuencia,
y en esa difícil ciencia
aún me encuentro muy atrás.
Fausto
Busca más dignos laureles
y adelanta poco a poco...
¿quieres hacer como el loco
que agita los cascabeles?
Afeite de todas clases
es a la verdad ajeno;
si has de decir algo bueno,
no vayas cazando frases;
pues son las palabras huecas,
que brillante oropel cubre,
ráfaga estéril de octubre
que mueve las hojas secas.
Wagner
Incierta y breve es la vida,
largo el arte, y en tan alta
empresa a veces nos falta
la razón desvanecida.
Quien llegar al fin intenta
afán sufre luengo y rudo,
y en el camino, a menudo
el pobre diablo revienta.
Fausto
La sed del alma no calma
un árido pergamino:
ese manantial divino
lo lleva en su fondo el alma.
Wagner
También la imaginación
goza cuando el vuelo tiende,
y el espíritu comprende
de otra edad y otra región.
De antigua ciencia los rastros
descubre, y disfruta viendo
cómo el hombre va subiendo
y subiendo...
Fausto
¡Hasta los astros!
¿Qué es el pasado, en verdad?
Un libro sellado: sombras
y dudas. ¿Qué es lo que nombras
espíritu de otra edad?
La doctrina, nueva o vieja,
de aqueste o aquel autor,
que su propio resplandor
sobre el pasado refleja.
Si bien lo miras, ¡qué enojos!
su luz es sombra no más;
y de ella separarás
desencantado los ojos;
pues su genio, que de lejos
brilla con rayos propicios,
es costal de desperdicios,
almacén de trastos viejos,
y escenario, en conclusión,
donde inconscientes se agitan
y bellas frases recitan
monigotes de cartón.
Wagner
¿Y el universo? ¿Y el hombre?
¿Saber su esencia no cabe?
Fausto
¿Saber? ¡Pensar que se sabe!
¿Quién dar puede el propio nombre
a las cosas? Si en la tierra
alguien descubre esa oculta
ciencia, y en sí no sepulta
los arcanos que ella encierra,
al derramar esa luz,
que al hombre obcecado hiere,
víctima infelice, muere
en la hoguera o en la cruz.
Pero, adiós: la noche vuela;
ya es tarde; basta por hoy.
Wagner
Oyéndote, como estoy,
pasara la noche en vela.
Pero mañana son Pascuas,
y, si molestarte no es,
dos preguntas te haré, o tres,
que me tienen ahora en ascuas.
Amo el saber de tal modo,
que incesante por él lucho:
a tu lado aprendí mucho;
mas saberlo quiero todo.
(Sale.)
Fausto (solo)
Nunca abandona la esperanza al loco
soñador de quimeras; áurea mina
busca en la tierra ansioso: ¡qué fortuna,
si al cabo da con una sabandija!
Y en el propio lugar donde la excelsa
legión de los Espíritus me hostiga,
la voz sonó de tan pueril querella.
¡No importa! Tu presencia intempestiva,
hijo vulgar de la ralea humana,
no habrá sido enojosa ni perdida,
pues me arrancó el afán desesperado
que ya todo mi ser estremecía.
Fue la visión tan colosal, que halleme
pigmeo ante ella, y desmayé a su vista.
Hijo de Dios, al misterioso espejo
de la eterna verdad llegar quería,
y los terrenos lazos desatando,
aspiraba feliz la luz divina.
Superior al querub, en el regazo
del mundo derramé mi propia vida,
y mezclando mi sangre con su savia,
audaz soñé la Creación ya mía.
¡Estéril presunción! Una palabra
rayo fue que fulgura y me aniquila.
Medir no puedo mi poder contigo:
mis tristes voces a venir te obligan;
pero no te aprisionan. A tu lado,
¡cuán grande y cuán pequeño me sentía!
Pero a la suerte incierta de la triste
humanidad arrójanme tus iras.
¿Quién marcará mi norte y mi sendero?
¿Seguiré los impulsos que me guían?
Nuestras protestas, nuestros mismos actos
no detienen la marcha de la vida.
La más sublime aspiración del alma
siempre grosera escoria impurifica,
y al conquistar los bienes de la tierra,
juzgamos ilusión, sueño y mentira
el bien mayor. Si generoso arranque
al noble corazón da fuego y vida,
vertiginoso el torbellino humano
ese sagrado afán seca y marchita.
La eternidad a su ambición no basta
cuando rompe a volar la fantasía,
y el rincón más angosto es suficiente
para encerrar, al cabo, nuestras dichas.
La ingratitud el corazón taladra,
robándonos la paz y la alegría,
y el secreto pesar en él engendra.
La zozobra, con máscaras distintas,
se disfraza, y sin tregua nos persigue,
casa o corte, mujer, hijos, familia,
agua, fuego, puñal o bebedizo.
Y así el mortal, en ansiedad continua,
teme el peligro cuando no le amaga,
o llora el bien que disfrutar podría.
¿Semejante yo a Dios? ¡Vana quimera!
Semejante al gusano, que se abriga
en el polvo, y de polvo alimentado,
muerte le da y sepulcro quien lo pisa.
¿Polvo no son los viejos cachivaches
que llenan esa negra estantería,
y cuyo sucio fárrago en un mundo
de podredumbre y aridez me abisma?
¿Daranme lo que anhelo? Devorando
volumen tras volumen, ¿qué hallaría?
Que si algún hombre se creyó dichoso,
a sí mismos los más se martirizan.
¿Y tú, por qué, burlona calavera,
por esas huecas órbitas me miras?
¿Para decirme que, cual lucho y sufro,
tu espíritu pugnaba y padecía,
y sediento de luz, por senda errada
fue a sumergirse en las tinieblas frías?
¿Qué me decís, retortas y alambiques?
Mofa callada en la pared sombría
hacéis quizás a mi insensato duelo,
ruedas y tubos, frascos y vasijas.
A la puerta llegué: la vi cerrada;
la llave me faltaba, os la pedía;
y aún aquí, pavorosos instrumentos,
me tenéis a la puerta sin abrirla.
Naturaleza sus secretos guarda
misteriosa, velada en pleno día,
y no abrirán palancas ni ganzúas
lo que cerró implacable a nuestra vista.
¡Armatostes inútiles! ¡Legado
de mi padre y sus pálidas vigilias!
Pended ociosos del siniestro muro
que la lámpara ahumó, siempre encendida.
Más me valiera mi caudal escaso
gastar, que conservarlo con fatiga.
¿Para qué quieres la paterna herencia,
si no la gozas? Al presente aplica
las riquezas: es carga agobiadora
el oro, cuando no lo necesitas.
Mas ¿por qué allí claváronse mis ojos?
¿Es aquel frasco imán de mis pupilas?
¿Por qué me halagas, como en selva oscura
luna apacible que de pronto brilla?
Yo te saludo, mágica redoma,
y llego a ti con mano estremecida,
reverenciando en tu licor precioso
del humano saber las maravillas.
Esencia de los jugos que adormecen,
mezcla de las ponzoñas que asesinan,
muestra a tu dueño tu virtud suprema.
Al mirarte, mi afán se tranquiliza;
al asirte, mi angustia se modera,
y la interior tormenta se apacigua.
En alta mar mi espíritu navega;
su brillante cristal el aura riza,
y me llama el fulgor de nueva aurora
a nuevo puerto en encantada orilla.
Carro de fuego, que veloces alas
conducen por los aires, se aproxima:
nuevo camino me abrirá en los cielos
de donde mana la perpetua vida.
¿Podré gozar, gusano de la tierra,
el bien excelso, la inmortal delicia?
¡Podré, sí! ¿Qué me falta? Las espaldas
volver al sol que aquí nos ilumina;
abrir audaz la puerta misteriosa,
cuyo umbral nuestro pie temblando pisa.
Hora es ya de probar que emular puede
con la ensalzada majestad divina
la humana condición. No más espantos
al borde de esa inescrutable sima,
do la imaginación tiembla azorada
con los espectros que forjó ella misma,
y en cuya boca ante nosotros arden
las llamas del infierno maldecidas.
Voy a tentar el salto pavoroso,
aunque la oscura nada me reciba.
Sal otra vez del protector estuche,
sal, olvidada copa cristalina,
que un tiempo, en el festín de mis abuelos,
serenabas las frentes pensativas.
De mano en mano sin cesar pasabas,
y al pasar, cada cual, por ley antigua,
agotaba de un sorbo el hondo seno,
y las viejas historias esculpidas
en tu metal precioso relataba.
¡Cuántas veladas, al placer propicias,
de mi dichosa edad, tú me recuerdas!
Hoy no puedo ofrecerte, copa amiga,
a feliz comensal, ni en tu alabanza
aguzaré el ingenio, cual solía.
Pócima embriagadora el cáliz llena,
preparada por mí, por mí escogida.
¡Última libación, con toda el alma
te consagro a la aurora, al nuevo día!
(Lleva la copa a los labios.)
Vuelo de campanas y coros
Coro de ángeles
¡Cristo ha resucitado!
¡Júbilo al hombre y paz!
¡Al hombre aprisionado
por el fatal pecado,
que al corazón llagado
enróscase tenaz!
Fausto
¿Qué lejano clamor, qué voces puras
mi labio apartan de la copa impía?
¿Celebra ya, sonora, la campana
tu alborada feliz, Pascua bendita?
¿Cantáis vosotros, apacibles coros,
las palabras que el Ángel repetía,
y que en la negra noche del sepulcro
nuncian la nueva Ley y la publican?
Coro de mujeres
Sus miembros con hierbas
y aromas ungimos;
nosotras, sus siervas,
sepulcro le dimos.
A nuestra ternura
debió la envoltura;
mas ¡ay!, ¿qué será?
Ya en la sepultura
el Cristo no está.
Coro de ángeles
¡Cristo ha resucitado!
¡Dichoso el hombre fiel
que, amante y resignado,
del infortunio airado
sufrió la prueba cruel!
Fausto
¿Por qué hasta el polvo, en que rendido yazgo,
descienden las celestes armonías?
A otro más blando corazón halaguen:
yo comprendo el mensaje que me envían;
mas falta al alma fe, y es el prodigio
hijo querido de la fe sumisa.
Volar no puedo a las esferas donde
nuncia la Buena Nueva voz divina;
pero, a ese acento encariñada el alma,
a sus lejanos ecos se reanima.
Hubo un tiempo en que un ósculo del cielo
el domingo a mis sienes descendía;
goces mil anunciaba la campana,
y era santa oración mi mayor dicha.
Hondo, sereno, irresistible impulso
llevábame a los bosques y campiñas,
y allí, entre dulces lágrimas, un mundo
dentro del joven corazón nacía.
La voz, que hoy suena, del sagrado bronce
señaló a mi niñez sus alegrías,
y las serenas fiestas de los campos
que el esplendor primaveral nos brindan.
Ese recuerdo de infantil ventura
mi pie detiene en la fatal orilla:
¡Sonad, dulces sonad, himnos celestes!
Pues el llanto brotó, volví a la vida.
Coro de discípulos
Glorioso alzó el vuelo,
y rápido al cielo
subió el Inmortal;
glorioso, potente,
ya reina esplendente,
bebiendo en la fuente
la esencia vital.
Nosotros, en tanto,
bañados en llanto,
quedamos sin ti.
Espanto siniestro
nubló el gozo nuestro,
pues solos, maestro,
nos dejas aquí.
Coro de ángeles
¡Cristo ha resucitado!
La voz triunfal retumba.
Dejad el lecho helado,
muertos, y abrid la tumba.
Vosotros, hijos de Eva,
los que decís su Nueva,
los que esperáis su cielo,
los que coméis su pan,
cesad en vuestro duelo:
aunque el Señor se eleva,
presente a vuestro anhelo
está y a vuestro afán.
A LAS PUERTAS
DE LA CIUDAD
GENTES DE TODAS CONDICIONES SALEN A PASEO
Unos artesanos
¿Vais a tomar el camino
de los cazadores?
Otros
Sí.
Los primeros
Pues nosotros, por aquí
nos vamos hacia el molino.
Otro camarada
A mí me divierte más
ver el río.
Uno de los primeros
Yo no estoy
por esa vista.
Los segundos
¿Y tú?
Un tercero
Voy
adonde van los demás.
Cuarto artesano
Ven y llega a las alturas
de Burgdorf, si encontrar quieres
buena cerveza, mujeres
deliciosas, y aventuras.
Quinto artesano
¿No te escuecen las espaldas?
Evitaré la ocasión.
Sube tú, si quieres: son
peligrosas esas faldas.
Una moza de servicio
No, no: doy la vuelta ya
a la ciudad.
Otra
¡Tonta! ¿Ves
aquellos chopos? Allí es
donde esperando él está.
La primera
Y a mí ¿qué? ¡Que espere! ¡Digo!
¡Pues me divierte el bromazo!...
A ti sola te da el brazo,
y baila, no más, contigo.
La otra
Hoy con él encontrarás
al de las rubias patillas.
Un estudiante
¡Mira qué alegres chiquillas!
¡Vamos corriendo detrás!
Para mi gusto no hay nada
como estas tres cosas: buena
cerveza, una pipa llena,
y una moza endomingada.
Una señorita de la clase media
¡Es una vergüenza! ¡Están
locos!... Pudiendo, a fe mía,
tener buena compañía,
tras esas mozuelas van.
El segundo estudiante (al primero)
No corras, no te adelantes;
ahí detrás vienen dos bellas:
míralas. Es una de ellas
mi vecina: ¡qué elegantes!
Ven, ven: por ella estoy loco.
Aunque van pasito a paso,
verás cómo así, al acaso,
nos alcanzan, poco a poco.
El primer estudiante
Gozar a mis anchas quiero.
¿Ves? La caza se nos vuela:
corre tú a la damisela;
yo las fámulas prefiero.
La muchacha que, hecha un pingo,
barre el sábado mejor,
es la que con más primor
te acariciará el domingo.
Un ciudadano
El nuevo alcalde no en balde
me irrita: está cada día
más tieso su Señoría,
más orondo, y más... ¡alcalde!
¿Qué hace digno de loar
por el común? En creciente
van juntos constantemente
obedecer y pagar.
Un mendigo (cantando)
Buen caballero, bellas señoras,
de ojos alegres, de rostro en flor,
compadeceos de quien implora
mísero y triste vuestro favor.
Nunca a los buenos mi voz molesta,
y el que la atiende dichoso es:
hoy para todos día es de fiesta;
para mí sea de rica mies.
Ciudadano segundo
Placer no encuentro en la tierra
como en las tardes de holganza
comentar, llena la panza,
las noticias de la guerra.
Batan el cobre en Turquía
el ruso y el otomano;
sentado yo, copa en mano,
allá en la cervecería,
contemplo sin sinsabores
cruzar, entre ambas riberas,
embarcaciones ligeras
de diferentes colores;
y cuando en grato solaz
la tranquila tarde pasa,
vuelvo bendiciendo a casa,
las delicias de la paz.
Ciudadano tercero
Soy de la misma opinión:
tengamos orden profundo
en casa, y húndase el mundo
en fatal conflagración.
Una vieja
(Dirigiéndose a las señoritas que hablaron antes.)
¡Qué preciosas señoritas!
¡Qué elegancia y qué embeleso!
¡Cuántos perderán el seso
por doncellas tan bonitas!
Si tienen confianza en mí,
les daré lo que desean.
La joven
Ven, Águeda: no nos vean
con tales brujas aquí.
Esa es la que me mostró
a mi futuro galán
la noche del buen San Juan.
La segunda joven
También el mío vi yo.
Era militar, y dentro
de un cristal aparecía
gallardo. Desde aquel día
lo busco y nunca lo encuentro.
Canción de los soldados
Ciudadelas arrogantes,
castillos de alta muralla,
y muchachas rozagantes
asalto sin compasión.
Peligrosa es la batalla;
pero es dulce el galardón.
Con igual voz el combate,
que la zambra y el festín,
al pecho que altivo late
nuncia el bélico clarín.
¡Lid sangrienta y dulce juego!
¡Baile y risas! ¡Sangre y fuego!
La ciudadela y la hermosa
se rinden a discreción.
La batalla es peligrosa;
pero es grato el galardón.
¡Marche, marche el batallón!
(Salen Fausto y Wagner.)
Fausto
La cárcel de cristal frío
rompió ya la primavera,
y corren por la pradera
manantial, arroyo y río.
Los alegres horizontes
la verde esperanza viste;
ya torna el invierno triste
a las crestas de los montes,
y en su fugitiva marcha
detiene el pie, y nos arroja,
dando un diamante a cada hoja,
los flechazos de la escarcha.
Pero no consiente el sol
blancas galas, y doquier
colores hace nacer
su luminoso arrebol.
Aún no brotaron las flores;
mas brillan, a falta de ellas,
los mancebos y las bellas
vestidos con mil primores.
Contempla desde esta cumbre
la oscura ciudad: abiertas,
vomitan las negras puertas
turbulenta muchedumbre.
La Resurrección triunfal
del Señor solemnizando,
respira el aliento blando
del aura primaveral,
y con la misma emoción
gozan de distintos modos;
y es que al par celebran todos
su propia resurrección.
Del triste hogar, escondido
entre abrumadores muros,
de los talleres oscuros,
del sótano humedecido,
de la catedral sombría,
de la plazuela fangosa,
sale esa turba afanosa
a beber la luz del día.
¡Cómo por huertos y prados
trisca alegre ese gentío!
¡Cuántos lleva el ancho río,
esquifes empavesados!
Mira cuán cargado va
aquel que lento se mece
junto a la orilla, y parece
que esté zozobrando ya.
Hasta allá en los retorcidos
senderos de las montañas
brillan las tintas extrañas
de los grupos esparcidos.
Ya escucho la voz festiva
del campesino lugar,
Edén que anhela gozar
la muchedumbre cautiva.
¿No ves cómo igual placer
grande y chico gozan hoy?
Aquí siento que hombre soy,
y hombre aquí me atrevo a ser.
Wagner
Provecho, a la vez que honor,
préstame tu compañía:
solo, no visitaría
estas campiñas, doctor.
Enemigo soy de toda
rusticidad. Ni me agrada
esa gente alborozada,
ni su estruendo me acomoda.
Cual si de infernal encanto
estuvieran poseídos,
dan brincos, voces y aullidos,
y a eso llaman danza y canto.
CAMPESINOS BAJO LOS TILOS
Canto y baile
Las zagalas, los pastores,
llenos de cintas y flores,
ya descienden hacia aquí.
¡Cuántos gritos! ¡Cuánta gente!
Todos bailan locamente,
y la gaita dice así:
Ta-la-rí,
Ta-la-la-rí.
El pastor, cuando resbala,
da un abrazo a la zagala
que más cerca tiene allí;
y la vieja, que lo ha visto,
refunfuña: «¡Vive Cristo!
¡Ya te acordarás de mí!»
Ta-la-rí,
Ta-la-la-rí.
Rueda el coro y con donaire
van las faldas por el aire:
¡Qué furor! ¡Qué frenesí!
Forman armoniosos lazos
los encadenados brazos
que se buscan entre sí.
Ta-la-rí,
Ta-la-la-rí.
Dice al zagal la pastora:
«Calla, lengua engañadora»;
y él, llevándola tras sí,
la conduce a un sitio, donde
verde follaje la esconde,
y la gaita sigue así:
Ta-la-rí,
Ta-la-la-rí.
Un labriego viejo
Pues que nos honráis, señor,
favoreciendo benigno
un espectáculo indigno
de tan docto profesor,
acercaos y bebed
de esta jarra, sin reparo,
y haga el licor fresco y claro,
al apagar vuestra sed,
que dichoso, alegre y nuevo,
por cada gota bebida,
gocéis un año de vida.
Fausto
¡A vuestra salud la bebo!
(El pueblo forma corro alrededor de Fausto.)
El labriego
Justo es que en esta ocasión
recordéis, entre alegrías,
las visitas de otros días
de luto y desolación.
¿Os acordáis? ¡Qué momentos!
La peste devoradora
amontonaba traidora
los cadáveres a cientos,
y aún bendicen hoy su suerte
muchos que la ciencia rara
de vuestro padre arrancara
a las garras de la muerte.
Do más su rigor fatal
extremaba, vos, aún mozo,
entrabais, lleno de gozo,
para luchar con el mal.
Nuestro salvador, señor,
fuisteis; por eso en el cielo,
para alentar vuestro celo,
había otro Salvador.
Todos
¡Al doctor gloria y ventura!
¡Viva luengos años! ¡Viva!
Fausto
¡Gloria, no más, al de arriba!
Solo Él sabe; solo Él cura.
(Pasan adelante Fausto y Wagner.)
Wagner
¡Cuán dulce la gratitud
debe ser, oh ilustre sabio,
que así expresa el rudo labio
de esa franca multitud!
¡Dichoso quien de esa suerte
ve premiado su saber!
Vienen a todo correr
chicos y grandes por verte:
el padre, allá en lontananza,
te señala al tierno infante;
te aproximas, y al instante
cesan la música y danza;
se abre el corro turbulento
en dos filas apretadas;
entre aplausos y palmadas,
vuelan las gorras al viento;
y poco falta, doctor,
para que esa grey sencilla
doble ante ti la rodilla,
cual si pasara el Señor.
Fausto
Lleguemos a esas alturas;
descansaremos allí.
¡Cuántas veces, ay de mí,
sentado en sus rocas duras,
rico de esperanza y fe,
tras largas preparaciones
de lágrimas y oraciones,
los ojos a Dios alcé,
y pensando en la orfandad
de mis dolientes hermanos,
juntaba ansiosas las manos,
implorando su piedad!
Hoy esa injusta ovación
es para mí burla fiera:
¡Pobre pueblo! ¡Si él pudiera
leer en mi corazón!
No guardara en su memoria
nuestro recuerdo tan fijo:
ni fue el padre, ni es el hijo
merecedor de tal gloria.
Era mi padre hombre honrado
que, oscurecido en el mundo,
vivió estudiando el profundo
misterio de lo creado.
Su espíritu independiente
evocaba a su manera
la naturaleza entera
con voz osada y creyente;
y sin ver cielo ni sol,
con signos extraordinarios
combinaba los contrarios
en el oscuro crisol.
León de roja melena
unía, galán salvaje,
en extraño maridaje
con la pálida azucena,
y sin que nadie lo explique,
envueltos en humo y fuego,
pasaban casados luego
de alambique en alambique,
hasta aparecer brillante
dama de porte real,
en el fondo de cristal
de la redoma radiante.
Así tenaz preparaba
su negra pócima impía:
el pobre enfermo moría;
el ciego vulgo callaba;
y con la infernal mixtura
matamos quizá más gente
que el hálito pestilente
de aquella epidemia impura.
Yo, que a mil di aquel licor,
sobreviví a la matanza,
para oír esa alabanza
del loco emponzoñador.
Wagner
Desechad esa quimera,
que incesante os mortifica:
¿quién culpa al que honrado aplica
el arte cual lo entendiera?
Quien a su padre, mancebo,
honra, del pasado adquiere
la ciencia, y si consiguiere
dar en ella un paso nuevo,
sus hijos le seguirán
con dulce empeño, y acaso
después de él un nuevo paso
en su camino darán.
Fausto
¡Feliz quien logre valiente
flotar sobre la profunda
mar de tinieblas, que inunda
nuestra aletargada mente!
¡Ley del hombre, triste y grave!
Indaga, lucha, se agita,
y lo que más necesita
¡siempre es lo que menos sabe!
Mas tan negros pensamientos
no empañen, nublando el alma,
la melancólica calma
de estos tranquilos momentos.
Mira cómo, al resplandor
del ocaso, en las colinas
las cabañas campesinas
resaltan entre el verdor.
Sus destellos moribundos
el sol tras la sierra esconde,
y vuela a otros cielos, donde
vida presta a nuevos mundos.
¡Ah! ¡Si con audaces alas
seguir su curso pudiera,
viendo en continua carrera
brillar eternas sus galas!
Contemplara, a la luz pura
del crepúsculo, doquier
los montes resplandecer,
enlutarse la llanura;
brillar arroyos y ríos
con las reflejadas lumbres:
ni las más altivas cumbres
valla fueran a mis bríos.
Sus vastas sirtes después,
resplandeciente o sombría,
clamorosa extendería
la mar inmensa a mis pies,
y si en su seno a morir
iba el lumínico Dios,
volando, volando en pos
viéralo otra vez surgir.
Ante mis ojos brillar
el día en eterno oriente,
el cielo sobre mi frente,
bajo mis plantas el mar...
¡Noble y engañoso anhelo!
Al cuerpo suerte enemiga
alas negó, con que siga
del alma el sublime vuelo;
y agitándose impotente,
imposible aspiración
de volar a otra región
el ansioso mortal siente,
cuando su agudo silbido,
perdida en el firmamento,
lanza la alondra, o el viento
cortan con vuelo atrevido
el águila de los montes
que sus cúspides domina,
o la grulla peregrina
que busca otros horizontes.
Wagner
También tengo yo mis días
de caprichosos desvelos;
pero jamás esos vuelos
tomaron mis fantasías.
Sus alas guarde el halcón:
monte y campo me empalagan;
¡cuánto más el alma halagan
los goces de la razón!
¿Hay algo en el mundo como
ir sin afán ni congoja
devorando, hoja por hoja,
un tomo tras otro tomo?
Al calor de fuego interno
que vivo fluye en las venas,
tranquilas gozo y serenas
las largas noches de invierno,
y cuando mi mano extiende
arrollado pergamino,
siento un hálito divino
y el cielo hasta mí desciende.
Fausto
Vas de un bien único en pos:
¡él solo turbe tu calma!
Tú no más tienes un alma,
y en mi pecho laten dos.
Por separarse, entre sí
trabaron lucha reñida:
la una, que de ardiente vida
siente el loco frenesí,
desesperada, al placer,
se aferra con vivo anhelo;
la otra, rasgado ya el velo,
quiere a su patria volver.
Espíritus, si es verdad
que en las alas del ambiente
tranquila y calladamente
reináis en la inmensidad,
de las tenues nubes de oro
que os dan callada guarida
bajad, y la nueva vida
dadme, que anhelante imploro.
¡Ah! Si pudiera yo asir
aquel prodigioso manto
que en las alas del encanto
nos lleva do ansiamos ir,
avaro de tal favor,
no lo trocara, siquiera
su púrpura me ofreciera
en cambio el emperador.
Wagner
No evoque tu labio audaz
el mudo enjambre que puebla
viento y nubes, bruma y niebla,
para turbar nuestra paz.
Como dardo agudo son
la lengua y uñas de acero
con que asaltan al viajero
los genios del septentrión.
Los que vienen del oriente
exhalan abrasadores
soplos, y clavan traidores
en las entrañas el diente.
De fuego nubes impuras
amontonan los que envía
el árido mediodía
de las líbicas llanuras;
y los que arroja el ocaso,
si amortiguan ese fuego,
anegan e inundan luego
cuanto encuentran a su paso.
Con sus ardides eternos
dispuestos siempre a escucharnos,
para mejor engañarnos
simulan obedecernos,
y con labio seductor
nos arrastran al abismo,
fingiéndose entonces mismo
mensajeros del Señor.
Mas volvamos: las tinieblas
enlutan el firmamento;
sopla más frío ya el viento,
y al valle bajan las nieblas.
Ahora a ser grato el hogar
comienza. Mas ¿qué te asombra?
¿Qué miras fijo en la sombra?
Fausto
¿Ves allá bajo saltar
negro can, que loco gira
por los sembrados?
Wagner
¿Aquel?
Lo veo; mas nada en él
encuentro de extraño.
Fausto
Mira,
míralo: ¿por quién le tomas?
Wagner
Por un perro que perdiera
al amo, y a su manera
lo busca por estas lomas.
Fausto
¿No ves que en ancha espiral
va acercándose? ¿No ves
que al correr dejan sus pies
una encendida señal?
Wagner
¡Ilusiones!
Fausto
¿No estás viendo
que así, corriendo y saltando,
va negra trama enlazando
y en ella nos va envolviendo?
Wagner
Yo veo que alrededor
gira cautelosamente,
porque encuentra extraña gente
en vez de su amo y señor.
Fausto
¿No ves? Los círculos van
estrechándose.
Wagner
Me pasma
que halles terrible fantasma
en ese inocente can.
Gruñe, corre vagabundo,
se echa al suelo, encorva el lomo
y mueve la cola, como
todos los perros del mundo.
Fausto
¡Ven, ven, síguenos! (Al perro.) Ya viene.
Wagner
¡Buen cachorro! Ahora verás:
si marchas, sigue detrás;
si te paras, se detiene.
Si algo pierdes, sin reposo
lo busca, hasta que lo encuentra;
si el bastón le arrojas, entra
al agua, y lo trae gozoso.
Fausto
No hay en él, tienes razón,
nada sobrenatural:
todo es en este animal
costumbre y educación.
Wagner
No lo tomes por agravio,
pero un perro manso y fiel
merece que fije en él
su atención y afecto un sabio.
Si a este dieres tu favor,
y a tu casa le llevares,
de todos tus escolares
será el escolar mejor.
(Entran en la ciudad.)