GABINETE DE ESTUDIO


Fausto, entrando con el perro

Dejé cubiertos por oscura noche

monte y campiña, y otra vez despierta

con zozobra fatídica en mi pecho

el alma superior. Ya la materia

cede cansada; el natural instinto,

los borrascosos ímpetus, con ella

ceden al fin también; y el amor santo

a Dios y al hombre, me domina y llena.

¿Qué tienes, can indócil?

¿Por qué das tantas vueltas?

¿Qué estás olfateando

debajo de la puerta?

Blando cojín te puse

junto a la chimenea;

asaz nos divertiste

brincando por las breñas:

ya, pues te di posada,

goza tranquilo de ella.

Cuando la amiga lámpara disipa

la lobreguez en nuestra angosta celda,

hasta el fondo del alma reflexiva

otro rayo de luz también penetra.

La callada razón la voz recobra,

la esperanza florece lisonjera,

y al manantial fecundo de la vida

nuestros suspiros anhelantes vuelan.

¿Por qué impaciente gruñes?

¿Por qué sin paz te quejas?

Con las celestes voces

que en mi interior resuenan,

muy mal tus alaridos

selváticos concuerdan.

¿Como los hombres haces,

cuando en su mofa ciega,

sin comprenderlos, ladran

al Bien y a la Belleza?

¡Ah!, ya no viene a mitigar mis ansias

el bien ignoto que mi pecho anhela;

¿por qué tan pronto el manantial se agota,

y al pobre corazón sediento deja?

¡Cuántas veces, ¡ay!, cuántas vi burlado

este imposible afán! Solo me resta

volver a ti los ojos, soberana

verdad, que brillas en las Santas Letras,

y más pura en el Nuevo Testamento,

más hermosa, a los hombres te revelas.

Las misteriosas páginas me llaman,

y en ellas fija mi razón, se esfuerza

por traducir el texto sacrosanto

con fe sencilla en nuestra patria lengua.

(Abre un libro y se pone a trabajar.)

«Era al principio la palabra», dice.

¿Dice así? Ya vacilo. ¿Quién mi senda

alumbrará? No puedo a la palabra

dar tal sentido. No. De otra manera

lo expresaré, si el cielo me ilumina.

«Era al principio la Razón.» ¡Oh, piensa,

medita bien este renglón primero,

y tú, pluma, no corras tan ligera!

La Razón es la que lo ordena todo...

Debe ser: «Al principio era la Fuerza.»

Empero, al escribir esta palabra,

aún dudosa detiénese la diestra.

¡Inspírame, oh Verdad! Ya veo claro,

veo claro: «Al principio la Acción era.»

Contigo, can maldito,

comparto mi vivienda;

cesa, pues, en tus roncas

y en tus ladridos cesa.

Tan turbulento huésped

no puedo sufrir cerca,

y aquí, de entrambos, uno

ha de salir afuera.

Con repugnancia rompo

la hospitalaria regla;

ya tienes libre el paso,

ya está franca la puerta.

Pero ¿qué es lo que veo?

¿Verdad es o quimera?

¡Cómo se ensancha y crece!

¡Cómo se abulta y medra!

¿Traje un espectro a casa?

¡Ser, vida y forma trueca!

Colosal hipopótamo,

no perro, ya semeja,

con el ojo encendido

y las fauces sangrientas.

¡Espectro, serás mío!

Para atrapar tal presa

la clave salomónica

es la mejor cadena.

Espíritus en el corredor

Allí dentro un compañero

cayó el pobre prisionero:

¡respetad ese dintel!

Como en la trampa el raposo,

se revuelve tembloroso:

¡no caigáis también con él!

¡Atención!

¡Atención!

Volemos, volemos con ala furtiva,

a diestra y siniestra, y abajo y arriba,

y así romperemos su triste prisión.

Auxilio prestemos al fiel camarada,

que bien nuestra ayuda la tiene ganada.

Fausto

Para amansar, primero,

y acercarme a esa fiera,

del cuádruple conjuro

tendré que hacer la prueba.

Salamandra, resplandece;

ondina, flota en el mar;

silfo, vuela y desparece;

duende, ven a trabajar.

Quien de los elementos

la condición no sepa,

no podrá los espíritus

rendir a su obediencia.

Abrásate en fuego hirviente,

salamandra peregrina;

en el cristal de la fuente

disuélvete, blanca ondina;

en la luz del sol brillante

difunde, silfo, tu ser;

ven, duende, siervo constante,

a ayudar y obedecer.

De aquestos cuatro espíritus

ninguno el monstruo encierra;

permanece impasible,

mofador me contempla.

Pues el común conjuro

no pudo hacerle mella,

apelaré a otro hechizo

de superior potencia.

Si del profundo abismo vienes, ¡oh camarada!,

contempla el talismán

al que se humilla siempre, vencida y aterrada,

la hueste de Satán.

Ya más y más se abulta;

ya eriza la crin negra.

Aquí tienes, ser maldito,

al Increado, al Infinito,

en los cielos adorado,

por los hombres traspasado.

Inmóvil y agrandándose,

junto a la chimenea,

gigantesco elefante

es ya, que al techo llega,

y nubarrón parece

que estalla y que revienta.

No altivo te remontes;

postrado a mis pies queda:

bien sabes que no en vano

amenazó mi diestra.

Con las divinas ascuas

te chamusca y te quema;

no aguardes de mis armas

el arma de más fuerza:

el concentrado fuego

de triple candescencia.

(La nube se deshace y Mefistófeles aparece junto a la chimenea, en traje de estudiante viajero.)

Mefistófeles

¡Algazara inoportuna!

¿Qué manda vuesa mercé?

Fausto

¡Solemne el bromazo fue!

¡Un escolar de la tuna!

¿En esto vino a parar

el can preñado de horror?...

Mefistófeles

¡Saludo al digno doctor!

¡Bien me has hecho trasudar!

Fausto

¿Cómo te llamas?

Mefistófeles

Pequeña

cuestión, perdona el agravio,

para un filósofo, un sabio,

que nombres vanos desdeña,

y huyendo con discreción

apariencias engañosas,

en el fondo de las cosas

fija solo su atención.

Fausto

En vosotros, a mi ver,

el nombre, si se repara,

expresión exacta y clara

es de la índole del ser;

y por eso, a lo que infiero,

llaman a uno el Burlador,

y al otro el Blasfemador,

y el Mentiroso a un tercero.

Dime, pues, quién eres.

Mefistófeles

¿Quién?

De aquella fuerza fatal

que queriendo hacer el mal,

logra solo hacer el bien,

formo parte.

Fausto

¡Extraño modo

de hablar!

Mefistófeles

A explicarme voy:

aquel Espíritu soy

que duda y lo niega todo.

Fausto

¿Todo?

Mefistófeles

Y para ello me fundo;

pues si todo, a su manera,

ha de morir, mejor fuera

que nada hubiese en el mundo.

Así, pues –óyeme atento–,

lo que medroso el mortal

llama el pecado o el mal,

ese es mi propio elemento.

Fausto

Dices que eres una parte,

y un todo completo ven

mis ojos en ti.

Mefistófeles

Está bien;

mas no traté de engañarte.

El hombre, insondable abismo

de extravagancia y locura,

es quien fatuo se figura

ser un todo por sí mismo.

Yo a ser parte me acomodo,

parte de la parte aquella

que al nacer la lumbre bella

no era parte, sino todo.

Hablo de la sombra opaca,

madre de la luz, que impía

por usurparle porfía

su imperio, y audaz la ataca;

pero en vano sus destellos

dominarlo todo quieren,

porque, si los cuerpos hieren,

resbalan también sobre ellos.

De cualquiera cosa, hermosa

brota con vivos colores

la luz; mas sus resplandores

los detiene cualquier cosa;

y así, juzgo natural

que la luz también fenezca

apenas desaparezca

todo objeto corporal.

Fausto

Tu digna misión comprendo:

en grande no puedes nada

aniquilar, y te agrada

ir por menor destruyendo.

Mefistófeles

Y a decirte la verdad,

poco adelanto, a fe mía.

Lo que a la nada vacía

se opone, la realidad,

la materia, aunque con ella

lucho, me rechaza al cabo;

y por más que el diente clavo,

no consigo hacerle mella.

Revueltas olas del mar,

desatados huracanes,

terremotos y volcanes

acumulo sin cesar,

y después de tanto anhelo,

en sus lindes prefijados,

tranquilos y sosegados

quedan tierra, mar y cielo.

Y la maldecida y ruin

semilla, que origen diera

al hombre, al ave y la fiera,

no tiene tampoco fin.

¡A cuántos abrí la fosa!

Pero siempre, a pesar mío,

brota y fluye en ancho río

sangre nueva y vigorosa.

¡Todo mi desdicha fragua!

Misteriosos y sutiles,

guardan gérmenes a miles

la tierra, el aire y el agua,

y con idéntico amor

los fecundan, a su vez,

la humedad y la aridez,

la frialdad y el calor:

de modo que, a no guardar

fuego y llamas para mí,

con ningún recurso aquí

pudiera el Diablo contar.

Fausto

Contra la fuerza viviente,

contra la acción creadora,

la helada garra traidora

esgrimirás impotente.

¡Hijo del caos insensato!,

busca más fácil empresa.

Mefistófeles

Cuestión embrollada es esa:

hablaremos otro rato.

Pero asaz pesado fui;

me voy si me das permiso.

Fausto

Otorgarlo no es preciso;

y pues ya te conocí,

cuando más grato te sea,

vuelve. Abiertas hallarás

puerta y ventana, y a más,

está allí la chimenea.

Mefistófeles

Confesarlo necesito...:

para que salga y me ausente,

hay... un leve inconveniente:

¡el pie de bruja maldito!

Fausto

¿El pentagrama te aterra

que está en el umbral trazado?

Pues ¿cómo, dime, has entrado,

si el paso, al salir, te cierra?

¿Cómo incurrió en tal error

espíritu tan experto?

Mefistófeles

¿No ves? El signo está abierto

por el ángulo exterior.

Fausto

¡Extraño caso! El azar

más feliz no pudo ser;

estás preso; a mi poder

has venido sin pensar.

Mefistófeles

Saltó el perro, y cual venablo,

entró loco en este encierro;

mas por donde ha entrado el perro

no puede salir el Diablo.

Fausto

Aún te queda para huir

la ventana.

Mefistófeles

No, pues ley

es de toda nuestra grey,

por donde entramos salir.

Hay en lo uno libertad,

y en lo otro gran sujeción.

Fausto

¡Hasta en la negra mansión

hay regla y autoridad!

No está mal, pues de ese modo

el que os proponga algún pacto,

puede fiar en su exacto

cumplimiento.

Mefistófeles

¡Oh, sí, en un todo!

Cumplimos cuanto ofrecemos,

sin quitar coma ni punto;

pero grave es este asunto:

ya hablaremos, ya hablaremos.

Ahora, otra vez y otra más,

te ruego que el paso me abras.

Fausto

Tente, y en breves palabras

mi horóscopo me dirás.

Mefistófeles

Volveré obediente y fiel,

y entonces dispón de mí.

Fausto

Este lazo no tendí;

cúlpate, si diste en él.

Dice un adagio, y se funda:

«Si la cola le cogieres

al Diablo, tira, y no esperes

cogerla por vez segunda.»

Mefistófeles

Contigo quedo, si un trato

aceptas.

Fausto

¿Cuál?

Mefistófeles

El de hacer

cuanto quepa en mi poder

porque pases bien el rato.

Fausto

Si la cosa es divertida,

comienza ya.

Mefistófeles

Gozarás

en breves minutos más

que en todo un año de vida.

Los dulces coros que embriagan

tu espíritu cuando sueñas;

las imágenes risueñas

que te circundan y halagan,

no son vana creación

de un artificioso encanto:

vas a escuchar ese canto

y admirar esa visión;

e igualmente embebecidos

tacto, olfato y paladar,

disfrutarán a la par

todos tus cinco sentidos.

No hacen falta –ya lo ves–

preparativos ni aprestos:

estamos todos dispuestos;

comenzad al punto, pues.

Coro de Espíritus

¡Caed y apartaos, oh lóbregos muros;

dejad que penetren el aire y la luz!

¡Rasgad, densas nubes, los velos oscuros!

¡Oh estrellas y soles, los rayos más puros

verted en las olas del éter azul!

¡Imágenes bellas, que en grupos flotantes

del cielo, do cuna tuvisteis, venís;

con mantos etéreos, de gasas brillantes,

la selva que nido les da a los amantes

velando sus goces, piadosas cubrid!

Florecen los valles y el bosque frondoso.

Ya el negro racimo cayó en el lagar,

y en ondas purpúreas el jugo espumoso,

corriendo entre flores sin paz ni reposo,

ya es rápido río, ya es fúlgido mar.

Las greyes aladas con plácido anhelo

aspiran sedientas los rayos del sol,

y a la isla encantada dirigen su vuelo,

a la isla dichosa que encumbra hasta el cielo

la frente ceñida de eterno verdor.

Osadas escalan la cumbre distante,

intrépidas surcan las olas del mar,

y audaces volando, con pecho anhelante,

siguiendo van todas la luz fulgurante

del astro de amores que brilla triunfal.

Mefistófeles

Ya duerme. Os doy gracias mil

por tan magistral concierto.

¡Bien lo hechizasteis, por cierto,

hijos del aire sutil!

Dadle, en falaz testimonio,

visión que bella le asombre;

duerma y delire: ¡aún no es hombre

para atreverse al Demonio!

Romperé de esta prisión

el sortilegio inclemente.

¿Qué me falta? Solamente

un colmillo de ratón.

¿Un ratón? Asoma ya

el negro hocico. Al conjuro

apelaré, y es seguro

que al momento acudirá.

El gran Señor de ratas y ratones,

de moscas, y mosquitos y moscones,

te previene que vengas obediente,

y en el umbral aquel hinques el diente.

Ya viene: ¡al trabajo! ¡Así!

Del signo avasallador

es el ángulo exterior

el que me retiene aquí.

Muerde y roe a tu placer:

poco falta; ya está hecho.

Duerme y sueña satisfecho

Fausto: adiós, ¡hasta más ver!

Fausto, despertando

¡Todo fue mera ilusión!

¡Todo se ha desvanecido!

¿Qué te hiciste? ¿Dónde has ido,

encantadora visión?

Pero, loco estoy: ¿qué hablo?

Nada pasó en este encierro.

¡Nada! Se ha escapado el perro,

y he visto en sueños al Diablo.