PRÓLOGO EN EL TEATRO
EL DIRECTOR, EL POETA DRAMÁTICO, EL GRACIOSO
El Director
Decid, buenos amigos,
de mi afán camaradas y testigos,
de nuestra empresa, entre alemana gente,
¿qué pensáis? Es mi anhelo preferente
al público dar gusto:
pues que vivimos de él, nada más justo.
Con los postes y tablas bien dispuesta
está la sala: en apretadas filas
aguarda el auditorio una gran fiesta;
eleva el ceño, ensancha las pupilas
y mudo espera –¡gente bondadosa!– que
venga a sorprenderle cualquier cosa.
En complacer al público soy ducho;
mas tranquilo no estoy, no estoy sereno:
es verdad que no ha visto nada bueno;
pero, en cambio, esa gente ha visto mucho.
¿Cómo lo dispondremos, de qué modo,
para que nuevo le parezca todo?
Porque me esponjo viendo que a torrentes,
cuando luce aún el sol y dan las cuatro,
la multitud, con gritos impacientes,
pugna en la angosta puerta del teatro;
y como en la tahona, en días de hambre,
pelea por un pan furioso enjambre,
en la taquilla así, por un asiento,
el puño esgrime el pueblo turbulento.
Tanto poder sobre la grey inquieta
no más lo tienes tú, feliz poeta:
repite hoy, pues, el sin igual portento.
El Poeta
No me hables de esa, que la austera Musa
siempre huyó con horror, turba insensata;
¡lejos de mí la multitud confusa
que al abismo fatal nos arrebata!
Llévame allá do en limpios resplandores
nos brinda el cielo goce soberano;
do la dulce amistad y los amores
obran y crean con divina mano.
Lo que allí el labio trémulo murmura,
lo que allí sueña el alma delirante,
tal vez sublimidad, tal vez locura,
lampo es quizás, que se apagó al instante.
Pero a veces también duerme el profundo
sueño, siglos y siglos, del olvido,
y aparece después y asombra al mundo
del esplendor de la beldad ceñido.
Lo brillante, que viste oropel vano,
fugaz momento dura; pero el sello
de la inmortalidad ostenta ufano
y para el porvenir vive lo bello.
El Gracioso
¡El porvenir! ¡El porvenir!... ¡Manía!
Si yo en el porvenir también pensase,
a los presentes –¡respetable clase!–
¿quién los divertiría?
Quieren reír, y con razón. Da gozo
ver salir a las tablas un buen mozo;
y si sabe expresar su pensamiento,
¿para qué otro recurso?
Cuanto más numeroso es el concurso,
lo conmueve mejor. Tomad aliento
y obrad con energía.
Suelta dad a la errante Fantasía;
la Razón, la Agudeza, el Sentimiento
vayan en seguimiento;
y si queréis que la obra satisfaga,
la loca Insensatez no quede en zaga.
El Director
Procurad, ante todo,
que la acción sea vasta y estupenda:
el vulgo, a cuyo gusto me acomodo,
quiere ver mucho, aun cuando no lo entienda.
Si embrolláis vuestra fábula de modo
que el abobado espectador se asombre,
la victoria es cabal; sois el gran hombre.
A muchos, dadles mucho. Bien presente
tened que cada cual algo desea
hallar en la obra que a su afán se ajuste:
cuanto más varia y complicada sea,
más fácil será, pues, que cada oyente
encuentre alguna cosa que le guste.
Pensar en unidades es simpleza;
servidnos bien trinchada vuestra pieza:
¿por qué buscar armónico conjunto,
si cada cual os lo destroza al punto?
El Poeta
¡Industria degradada
a la que nunca se doblega el Arte!
La de los charlatanes tropa osada
¿ya os puso de su parte?
El Director
Impropio es tal reproche:
¿no ha de tomar el operario en cuenta
cuál será la más útil herramienta?
¿Para quién escribís? Aquí la noche
pasa el que sufre el tedio de la holganza,
el que llenó, en hartazgos nada módicos,
de pesado manjar la oronda panza,
o el menguado caletre de periódicos.
Vienen como al paseo,
al circo o a las máscaras: la inquieta
curiosidad les guía, o la costumbre.
Las bellas, con sus galas y su arreo,
nos dan otro espectáculo. Poeta,
¿qué es lo que sueñas en la excelsa cumbre?
¿Te envanece quizás el teatro lleno?
Baja y mira tu gente:
este se maravilla, al arte ajeno;
aquel, docto, bosteza indiferente.
Hay quien está soñando en los tesoros
que le brindan las copas o los oros;
hay quien pensando goza
que le aguardan los brazos de su moza.
¡Por ellos, vates, molestáis con grave
ansia a la Musa en su región serena!...
Dadnos mucho, y aún más, y aún más, si cabe:
ese es todo el secreto de la escena.
Satisfacer al auditorio es cosa
asaz dificultosa:
entretenedlo, divertidlo. Pero
¿qué tenéis? ¿Qué os acosa?
¿Es júbilo? ¿Es dolor?...
El Poeta
¡Vete, profano!
¡Vete! Romper mi servidumbre quiero.
Por llenar tu gaveta,
¿a conmover el corazón humano
renunciará el poeta?
Ese poder que el sentimiento excita,
ese poder que irrita
los rudos elementos y los calma,
es la armonía que en su ser palpita
y el mundo encierra en su alma.
Mientras Naturaleza indiferente
la hebra retuerce con dormida diestra
de la efímera vida renaciente;
mientras de opuestos modos,
en confusión siniestra
se agitan sin cesar los seres todos,
¿quién a la desacorde muchedumbre
el ser arranca, que distinto vive,
y en él enciende, porque al mundo alumbre,
la excelsa idea que inmortal concibe?
¿Quién de la audaz pasión fulmina el rayo?
¿Quién de sereno encanto el cielo viste
cuando en suave desmayo
halaga el sol poniente al ojo triste?
¿Quién deshoja tus flores, dulce mayo,
de la adorada virgen en la falda?
¿Quién de las ramas, viento, que despojas,
para todos los triunfos, en guirnalda
eterna teje las caducas hojas?
¿Quién el Olimpo crea
y convoca en su cima a las deidades?
La oculta fuerza de la humana idea
que revela el poeta a las edades.
El Gracioso
Usad tan poderosas facultades;
la fábula forjad como querella
amorosa: se encuentran él y ella,
brota la chispa y vuelve de rechazo,
crece el sabroso anhelo,
se estrecha el tierno lazo,
insta el afán, y la razón el tino
pierde; sube el placer al quinto cielo;
y en esto, cuando nadie lo recela,
acude el desencanto repentino,
y acaba la novela.
Trazad por ese estilo un argumento.
Os da la humana vida larga tela;
cicatriz tienen todos escondida:
poned el dedo en la llagada herida,
y el ansioso interés surge al momento.
Muchos tropos, imágenes y flores;
de verdad una chispa, un mar de errores:
veréis cuán dulce sabe
al paladar del vulgo ese jarabe.
Veréis cómo devora vuestro cuento
el de la juventud crédulo coro,
a cada frase palpitando atento.
En vuestro verso fingirá sonoro
un eco cada tierno sentimiento,
y cada oyente, con feliz zozobra,
lo que hay en su alma lo verá en vuestra obra.
La sonrisa y el llanto
fáciles brotan a tan dulce encanto,
y ya el aplauso embriagador escucho.
Duro es de conmover el hombre ducho;
mas contad con el nuevo
corazón entusiasta del mancebo.
El Poeta
Vuélveme, pues, al venturoso día
en que el futuro bien me sonreía;
cuando de nobles cantos la copiosa
fuente brotaba, y ocultaba pía
el mundo nube de zafiro y rosa.
Vuélveme al tiempo aquel en que las flores
brotaban a mi paso, siempre bellas;
y cada vez mejores,
fragancias y matices y esplendores
mi no saciado afán hallaba en ellas.
Nada tenía, ni pedía al cielo;
para mí era bastante
de la verdad el generoso anhelo,
la eterna sed de la ilusión brillante.
Vuélveme la pasión nunca vencida;
la dicha humana, que profunda gime;
la fuerza que hace, al despertar la vida,
sangriento el odio y el amor sublime:
¡dame otra vez la juventud perdida!
El Gracioso
¡La juventud! ¿Y para qué la quieres?
Si en dura lid acometido fueres;
si una mujer en torno de tu cuello
tendiera el brazo bello;
si allá en lejana meta
la que audaz ambiciona
el generoso atleta
vieras brillar, olímpica corona;
si tras la danza inquieta
te brindara la copa loca orgía,
llorar la juventud justo sería.
Pero en cítara de oro
el vuelo de la libre fantasía
seguir y el canto acompañar sonoro,
tarea, ¡oh mis señores los ancianos!,
es adecuada a vuestras flacas manos.
Leí en libros añejos
que niños otra vez se hacen los viejos;
mas yo diré, si a la verdad me ciño,
que al hombre la vejez sorprende aún niño.
El Director
Ya de cháchara inútil basta y sobra;
cerrad el pico, y manos a la obra.
Mientras charlabais, algo de provecho
pudierais haber hecho.
¿De qué sirve la hueca teoría,
si, de valor desnuda,
la incertidumbre duda?
¿Poeta sois? Pues dadnos poesía.
Qué gusta al vulgo ¿lo ignoráis acaso?
Pide su paladar licor hirviente;
hasta los bordes, pues, llenadle el vaso;
lo que hoy no hagáis, mañana os saldrá al paso,
y un día habréis perdido tristemente.
Una idea coged por los cabellos:
en nuestra patria escena
todo novel autor su drama estrena;
haced lo que hacen ellos.
Compasión no tengáis del tramoyista:
mudad decoraciones;
haced brillar a nuestra absorta vista
la luz del cuarto y la del quinto cielo,
y sin ningún recelo
derramad las estrellas a millones.
La escena está provista
de riscos y de selvas y cascadas,
de aves, monstruos y fieras.
En esas cuatro tablas mal pintadas,
orbes amontonad, cielos y esferas;
y en vuelo cadencioso,
desde el opaco mundo,
remontadnos al cielo esplendoroso
y hundidnos en el báratro profundo.