III.

¡Qué cosa tan extraña es la conciencia!

Juana, la mujer loca

que, con dura y tenaz impenitencia,

vivió de la impureza en los horrores,

sus inmundos errores

como descargo de su culpa invoca...

¡Y al mismo tiempo, el justo

que consagró á su Dios el pensamiento,

con alma temerosa y juicio adusto

hace de la virtud remordimiento!


AMOR Y RESPETO.

Te ví niña: tus labios sonreian

con infantil placer,

tu blanca frente, inmaculada y pura,

sonreia tambien;

en tus ojos brillaba la inocencia

santa de la niñez,

y te seguí tenaz con la mirada,

tu mirada busqué,

porque el rostro de un ángel de los cielos

en tí creia ver.


Te ví mujer: tus ojos entornados

con dulce languidez,

en su cristal ardiente, retrataban

tus sueños de placer;

cien ofrendas de amor los hombres todos

postraban á tus piés,

y te seguí tenaz con la mirada,

tu mirada busqué,

y largos dias en delirio ardiente

tu imágen recordé.


Te ví madre: tus pálidas mejillas,

sonrosadas ayer,

en ignoradas horas de amargura

marchitó el padecer;

acaso sus colores te robaba

quien te debia el sér,

acaso el ciego amor te consumia

que tú pusiste en él.

Yo te amaba, y al verte, silencioso

de nuevo te adoré,

y, temiendo que el paso detuvieras...

humilde me aparté.


A UN AMBICIOSO.

No te envidio el poder ni la grandeza,

ni el nombre que á grabar vas en la historia,

ni el ardiente placer de la victoria,

ni el laurel con que ciñes tu cabeza;

no te envidio el placer, ni la riqueza,

ni las horas de triunfos y de gloria,

que eternas deben ser en tu memoria

si han de aliviar tus horas de tristeza.

Ciega se ceba en mí la desventura,

soy pobre, y sólo espero ya en la muerte,

mas arrostro sereno la amargura;

pues contra ella una cosa me hace fuerte

que vale más que toda tu ventura:

un alma resignada con su suerte.


AL PRÍNCIPE DE NUESTROS CRÍTICOS,

Á MI RESPETABLE AMIGO