IV.
Llego aquí fatigado, jadeante, como el que ha hecho una larga jornada, con gusto, pero con precipitacion excesiva, y conozco que he dicho muchas impertinencias, algunas verdades, y varias cosas que podria haber reservado para mejor ocasion... Sin embargo, ya es costumbre (y costumbre mala, de dificilísimo destierro por lo tanto) que al frente de toda nueva publicacion vayan unas cuantas páginas escritas con el objeto de que nadie las lea: Campo ha puesto empeño en que el prólogo de sus versos lleve mi firma; yo he dejado hablar por cuenta propia al corazon y á la fantasía: y comprendiendo, aunque algo tarde, que mi prólogo podria carecer de interés, por lo ménos, una reflexion me consuela de todas las demás. Si el prólogo no se ha de leer, más vale que sea mio que de una persona autorizada.
Cárlos Coello.
INTRODUCCION
MELANCOLÍA.
Yo padezco, lector, frecuentemente,
—sin que sepa la causa verdadera
ni si es cosa del cuerpo ó de la mente,—
una tristeza amarga, que inclemente
me domina, me rinde y desespera.
La sangre que en mis venas comprimida
caminaba en raudal impetüoso,
parece detenerse en su carrera,
y sin calor, sin fuerza, empobrecida,
se desliza con paso perezoso
como si en mí la vida se extinguiera.
La luz no hiere con su lumbre pura
mis ojos apagados
donde ántes su fulgor resplandecía,
y á través de una niebla siempre oscura
miro la alegre claridad del dia.
No hay eco que hasta mí llegue distinto,
ni idea que despierte mi entusiasmo;
no hallo placer que excite en mí el instinto,
ni dolor que me saque del marasmo.
Dios, la gloria, el amor, la patria, el arte,
ídolos de mi ardiente desvarío,
sólo me inspiran pesaroso hastío;
que parece domar mi sér inerte
la calma precursora de la muerte.
Un remedio á mi mal buscando en vano,
ya me siento al piano
y recorro con mano perezosa
las teclas de marfil de uno á otro extremo,
modulando en su marcha caprichosa
extrañas melodías
en las que siempre va del alma parte,
llenas de extravagantes fantasías,
sin hilacion, sin formas y sin arte,
brillantes una vez y otra sombrías;
canto salvaje que mi mente eleva
sin que el arte lo cubra con su manto,
que el viento nunca lleva
á donde yo lo envío;
notas de una oracion ó de un lamento
que nadie escuchar quiere,
y que van á perderse en el vacío
ignoradas y solas,
como el grito del náufrago que muere
en el rumor de las revueltas olas.
Ya el exánime cuerpo abandonando
á la extraña inaccion que le avasalla,
los tristes ojos á la luz cerrando,
sin que la voluntad le oponga valla,
dejo á mi pensamiento libre vuelo;
mas de un sueño imposible en pos se lanza,
y vaga en loco anhelo
de un recuerdo á un dolor ó á una esperanza,
de una idea á otra idea,
sin conseguir hallar lo que desea.
Ya queriendo fijar mi pensamiento,
sobre el blanco papel la mano puesta,
expresar con palabras mi ánsia intento;
y comienzo novelas y canciones,
y poemas, y dramas, y cien cosas
que no pasan jamás de tres renglones.
Fragmentos que conservo en mi cartera,
que leo con el alma estremecida,
porque en esos fragmentos está entera
la historia de mi vida.
Mas todo en vano: ni en los dulces sones
de la rica armonía,
ni en las anchas regiones
donde mi pensamiento desvaría,
llenas de luz, de amor y de belleza,
puedo encontrar alivio á mi tristeza.
Si vuelvo á Dios el ánimo contrito
y piedad de mi pena le demando
con humilde fervor y acento blando,
el aliento maldito
de la duda cobarde y acerada
á envenenar mis pensamientos viene,
y en mis labios detiene
Una oracion apenas comenzada.
Vuelvo entónces los ojos á la tierra
y de mí se apodera horrible espanto
al ver los séres que en su seno encierra.
Unos con rabia atroz, otros con llanto,
alzan al cielo punzador gemido,
y el de unos en el de otros confundido,
en concierto infernal, que crece y crece
como el mar al alzarse enfurecido,
hacen llegar sin tregua hasta mi oido
un grito de dolor que me enloquece.
Por fin, tras largas horas
de ignorado martirio, el mal se aleja
trocándose en hondísima amargura
que ya nunca me deja.
Entónces, á mi afan suelto la llave
y escribo, sin pensar adquirir gloria
ni de fama ó de títulos ansioso,
—que esa ambicion en mí fuera irrisoria.
Escribo, como llora el desgraciado,
como canta el alegre; porque el pecho
es para el hondo sentimiento estrecho
y se desborda el duelo ó la alegría,
ésta con expansiva carcajada,
aquél en una lágrima sombría.
Escribo sin buscar otra ventura,
sin anhelar más precio á mis canciones
que desahogar un poco mi amargura.
No busques pues, lector, en mí al poeta
ni al hablista galano,
ni al pensador severo:
Dios me negó favor tan soberano
y yo que fiel su voluntad venero,
á mi modesta inspiracion me allano.
Dotes tan altas, ni fingirlas puede
el mortal á quien Él no las concede.
Mas no por eso cesará mi canto,
que en el concierto inmenso,
de la tibia mañana
que la dulce y alegre primavera
con aromas y flores engalana,
del grillo entre las yerbas escondido
el ingrato chirrido,
se une al canto de amores regalado
del pardo ruiseñor enamorado,
y al zumbido monótono y constante
del insecto infeliz, el tierno arrullo
de la tórtola amante
y del arroyo el plácido murmullo;
y de unos en la de otros confundida
la voz, ésta apacible, aquélla ingrata,
forman, por atraccion desconocida,
el himno poderoso de la vida
que en los aires fermenta y se dilata.
¿DÓNDE ESTÁ?
¡Oh! sí: para vivir, yo necesito
lucha, esperanza, amor.
Los instantes de dicha y de abandono,
ciclo de la pasion;
la duda inquieta del desden fingido,
tormento abrasador,
que con lágrimas baña las pupilas
y de ira el corazon;
el tembloroso afan de la respuesta
y del primer favor;
el nervioso delirio de los celos,
que turba la razon.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mas ¿dónde hallar una mujer que sepa
comprender mi dolor?
¿Dónde encontrar una mujer, esclava
del mismo afan que yo?
¿Una no habrá en el mundo que me escuche,
que sienta así el amor?
¿Una no habrá en el mundo, que me quiera
mentir por compasion?
¡SOLO!
Solo... Solo... Siempre solo,
siempre solo con mis penas!
Solo mientras dura el dia,
solo en la noche serena,
solo cuando pienso en Dios,
solo al pensar en la tierra,
solo cuando canto alegre,
y solo con mi tristeza!...
Solo siempre... Mas ¿por qué,
esa soledad eterna?
Es ¡ay Dios! que el alma mia
no ha hallado su compañera,
y siento que me hace falta
la mitad de mi existencia;
es que soy un pobre loco,
ó la humanidad entera
es ménos buena que yo,
y que su maldad me aterra;
es que el mundo me rechaza,
ó que mi alma le desprecia,
porque en él, ¡ay! no ha podido
encontrar su compañera.
Es que yo adoro las lágrimas
y el mundo se rie de ellas;
es que es mi ambicion muy grande
ó que mi alma es muy pequeña:
es que siempre, combatido
por encontradas ideas,
fluctúa mi pensamiento
por que la verdad no encuentra;
es que no tengo la fé
del mártir ni del poeta;
es que todos mis dolores
son despreciables miserias
que no levantan el ánimo
y que las fuerzas enervan;
es que anhelo un imposible,
delirio de mi tristeza;
es que me falta un apoyo
á que asir mi mano trémula;
es ¡ay Dios! que el alma mia
no ha hallado su compañera.
Es que me siento vencido
en esta lucha suprema,
y no hallo un amante seno
donde apoyar mi cabeza,
y á cuyo tibio calor
resuciten mis ideas;
es que veo, á mi pesar,
cerradas todas las puertas,
y sólo me ofrece asilo
la muerte... Quizás en ella,
al otro lado del manto
que la eternidad nos vela,
mi alma que triste y doliente
su camino hace en la tierra,
podrá conseguir su anhelo:
encontrar su compañera.
ÁNSIA.
Y qué ¿de esta inquietud jamás postrada,
de esta lucha sin tregua que en mí siento,
de este loco y altivo pensamiento,
¿no habrá de quedar nada?—¡Nada!...—¿Nada...
La pobre flor en el pensil tronchada,
deja sus hojas y su aroma al viento;
la ola al besar la playa, su lamento
deja, y la linda concha nacarada.
Yo tambien dejar quiero mi memoria;
aunque agostado como débil lirio,
quiero esculpir mis huellas en la historia.
Quiero que un dia el mundo con delirio
orne mi tumba con laurel de gloria...
Laurel de gloria, ó palma de martirio.
SÚPLICA.
¡Ay Dios! ¿No quereis decirme
dónde la podré encontrar?
Largos dias há, su huella
busco con ardiente afan...
Yo quiero verla un instante...
Un instante nada más.
Yo ahogaré en mi pecho el grito
de inmensa felicidad
que al volverla á ver de nuevo
el amor me arrancará.
Yo la dejaré camino
viéndola, triste, pasar
sin pedirle una sonrisa
que calme mi ardiente afan.
Yo me esconderé en la sombra
cual medroso criminal...
No buscaré su mirada...
Su voz no me arrastrará...
La veré como un delirio
irrealizable y fugaz...
Mas... quiero verla un instante,
un instante nada más.
—Por Dios, ¿no quereis decirme
dónde la podré encontrar?
DIOS.
Lucha tenaz; mi espíritu se aterra,
y en vano busca el insoluble arcano
tras de el que en pos, el pensamiento humano,
riñe consigo mismo cruda guerra.
¡Dios! ¡Un tiempo tirano de la tierra!
¡Terrible agitador del Occeano
que sumerge azotándola inhumano
la pobre nave que en su seno encierra!
Mas nó; los elementos obedecen
sólo una ley, y ante ella, cual el suelo,
los infinitos mundos se estremecen.
Mintió quien en tu sér forjó su anhelo...
—Mas... ¿por qué mis pestañas se humedecen
al levantar los ojos hácia el cielo?