I.
A mi ruego tenaz por fin rendida,
ella, oculta en la sombra, me esperaba,
y yo, de orgullo y gozo el alma henchida,
buscándola, en la sombra caminaba.
Sólo la tibia luz de las estrellas
mis pasos alumbraba:
su pálido fulgor me parecia
aún más alegre que la luz del dia.