LA GUITARRA.

¡Cuánto sueño de gloria!

¡Cuánta esperanza

despiertan en mi mente los acordes

de la guitarra!


La luna se esparcia

sobre la playa,

el mar, dormido, con su blando arrullo

la acariciaba,

y léjos, de la brisa

vagando en alas,

se escuchaban los sones misteriosos

de la guitarra.


Yo, trémulas las manos,

trémula el alma,

llevando entre mis brazos á la hermosa

mujer amada,

iba siguiendo el ritmo

de alegre danza

que modulaban las cadencias dulces

de la guitarra.


Y tras de muchos años,

muchos, de amarla,

por la primera vez á sus oidos

mi voz llegaba;

mi voz, que, balbuciente

y entrecortada,

se confundia con las notas trémulas

de la guitarra.


Y pasaron los años

cual todo pasa,

y aquel amor inmenso que escondido

llevo en el alma,

parece que despierta

con nueva llama

cuando escucho las vagas armonías

de la guitarra.


Y la voz engañosa

de aquella ingrata,

y el murmullo del mar, que se dormia

sobre la playa,

y la emocion inmensa

que me agitaba,

todo me lo recuerdan los acordes

de la guitarra.


¡Oh! Si acaso algun dia,

ciego de rabia,

hácia el crímen ó el mal, con torpe paso

llevo mi planta,

haz tú, Señor, que escuche

para pararla

uno de esos acordes misteriosos

de la guitarra.


Y tú, mujer, que hoy ciega

tu virtud manchas,

tú, que fuiste adorada cual ninguna

por pura y cándida,

dime: ¿No te sonrojas,

no sientes nada

al escuchar las vagas armonías

de la guitarra?


JUNTO Á LA CUNA.

¡Cómo duerme! ¡Chist!... ¡Silencio!

no se despierte mi niño.


¡Qué hermoso está! Se sonríe

con un gesto tan tranquilo...

Revueltos sobre la frente

de su cabello los rizos,

descubierta la garganta,

cuyo cútis cristalino

dibujan de azul las venas

y hacen mover los latidos,

su blanca manita oculta

por el redondo carrillo...

todo en él es inocencia,

parece un ángel bendito.

Ganas me dan de besarle...

Si estuviera bien dormido...

¿Despertará?... Por un beso...

¡Qué placer! ¡Dulce amor mio!

¡Ay! ¡se mueve!... ¡Chist!... ¡Silencio!

no se despierte mi niño.


Ya se sosegó, ya vuelve

á sus labios bendecidos

la sonrisa; ya respira

como hace poco, tranquilo.

¡Ay! no respiraba así

cuando estuvo tan malito.

¡Qué pálido estaba entónces!

Flaco, los ojos hundidos,

¡y una mirada tan triste!

Aun me dan escalofrios

de pensar en aquel tiempo.

¡Oh! ¡Cuánto sufrí, Dios mio!

Luégo, aquel llanto tan débil

que parecia un gemido...

Si volviera á estar así...

Si se muriera... ¿Qué he dicho!

¡Hijo de mi corazon!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

No te enfades, hijo mio.

Es claro, ¡le beso tanto!

¡Y él, que estaba tan tranquilo!

¡Ya reposa!... ¡Chist!... ¡Silencio!

no se despierte mi niño.


¡Bah! voy á dejarle solo

para que duerma... ¡Angel mio!

¿Se queja?... Sí... Nó; es que sueña.

¡Ay qué gesto tan bonito!

Mas ¿qué es eso? ¿Se despierta?

Nó; pero ¡qué es ese ruido?

Agita sus labios rojos...

¿Será verdad lo que he oido?...

Otra vez... ¡Ah! sí; mamá,

mamá, no hay duda, eso ha dicho.

¡Me llama!... ¡Bendito seas!

¡Una y cien veces bendito!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mas ¡ay, Dios! va á despertarse...

¡Que he de hacer siempre lo mismo!

Vaya; no guardeis silencio:

ya se ha despertado el niño.


EN EL ÁLBUM DE MERCEDES.