nosce te ipsum.

¡Rey de la creacion, hombre! Despierta.

Sál del letargo en que sumido vives,

abre una vez á la verdad tus ojos,

si á resistir su luz tu vista acierta.

Despierta contemplando los despojos

de tu pobre grandeza,

mezquino sueño de tu sér soberbio.

Despierta con presteza,

baja del trono de oropel y harapos

que rico solio en tu locura crees.

Suelta el cetro de caña con que riges

el engañoso mundo que posees,

y sombras vanas con afan diriges.

Deja caer la máscara arrogante

con que encubres tu bajo pensamiento

de bien y de grandeza vergonzante.

Hipócrita insensato,

que de soberbia en insondable abismo,

en tu loco arrebato

te mientes la grandeza áun á tí mismo.


¡Ah! no es ciego extravío

la fuerza poderosa que arrebata

la templada razon, y se apodera

del pensamiento mio.

Nó; no es la duda ni la envidia artera,

no es la fiera afliccion de la amargura,

ni el débil grito del herido esclavo.

La envidia mata, si la duda altera,

la amargura tan sólo el llanto funde,

la cobardía besa al que la azota.

Yo vivo y pienso, y, al error atento,

del tirano el poder no me confunde

ni doblego á su antojo el pensamiento;

pues sé que ante la voz conmovedora

de la santa verdad, en su flaqueza

caerán, sobre su asiento mal seguros,

como de Jericó los anchos muros,

sus sueños, su poder y su grandeza.

Y esa verdad sus alas me ha prestado,

á su cielo de luz me ha conducido,

y ora desesperado,

ora preocupado ó divertido,

al ver el hombre desde allí he llorado,

y volviendo á mirarle, me he reido.


Envidia ó egoismo; ese es el hombre

por más que luche en disfrazar su anhelo

con un hermoso nombre.

Llama amor al deseo disoluto

á que rinden tributo,

sin la inmunda torpeza á que él se entrega,

el ave, el pez, el bruto,

la misma flor inmóvil que despliega

su cáliz á la brisa y al rocío.

Llama ambicion á la locura ciega

que tenaz le persigue hasta en sus sueños

sin que olvido ó reposo se demande,

no por ser él más grande,

sino por ver á los demás pequeños.

Llama equidad á la ruïn codicia,

llama heroismo al crímen más sangriento,

saber á la malicia,

redencion al tormento,

y á la venganza bárbara, justicia.

Ciencia al enmarañado laberinto

en que su limitada inteligencia

se pierde errante sin hallar salida;

alma á su ciego instinto,

al vil temor prudencia,

fé al fanatismo ciego,

ley al hierro homicida,

y á la inaccion estúpida, sosiego.

Caridad á la dádiva avarienta,

migaja de su mesa suntüosa,

que presta, haciendo cuenta

de recobrar crecida

de la mano potente y dadivosa

de un Dios que se ha forjado en otra vida.

Y se cree un sér grande porque siente

afectos que orgulloso diviniza,

cuando acaso los miente.

¡Amor de patria! dice, imaginando

que es privilegio la atraccion sagrada

que hace al ave viajera

amar á la enramada

donde elevó su voz por vez primera,

donde pasó el estío,

donde vuelve á anidar la primavera.

¡Razon! exclama con acento grave,

y áun blanquean al sol en la llanura

las osamentas de cien mil soldados

que asesinó su bárbara locura;

el paso de la fiera muchedumbre

áun destroza la miés de la campiña,

y cadáveres mil ensangrentados

alimentan las aves de rapiña.

¡Arte!... Tal vez tan sólo ese deseo

es en él verdadero y grande y puro...

Tal vez... Mas, ese mismo sentimiento,

¿no es acaso el altivo desvarío

de hallar de Dios el ignorado asiento,

adivinar su imágen escondida,

sorprender su existencia en un momento,

y robarle el secreto de la vida?


LA VUELTA.

—Cuando tras tanto penar

llegas, cubierto de gloria,

á gozar de la victoria

al amor de nuestro hogar,

dime: ¿Qué negro pesar

turba, hermano, tu alegría?

¿Qué negra melancolía

te entristece á nuestro lado?

—¡Ay, Julián! ¡Que me ha olvidado

la mujer que yo quería!

—Hijo, ¿y por eso abatido

al dolor te rindes ciego?

¿Perdiste el valor y el fuego

con la sangre que has perdido?

¿Lloras?... Mas dime, ¿qué ha sido

del valor que yo sentia

cuando tus cartas leía

ansioso y entusiasmado?

—¡Ay, padre! ¡Es que me ha olvidado

la mujer que yo quería!

—Hijo: tu dolor me mata,

ven y reposa en mi seno,

de amor para tí está lleno,

en él tu llanto desata,

¿Qué te importa si una ingrata

de sus brazos te desvía?

Toda es tuya el alma mia,

reposa en mí confiado.

—¡Ay, madre! ¡Que me ha olvidado

la mujer que yo quería!


¡REBELDÍA!

No, ya no quiero consolar al triste,

ni con mis manos enjugar su llanto:

ya mi alma, endurecida, se resiste

hasta del bien al goce sacrosanto.

Ya el dolor me arrebata y desespera,

sin que consuelo á la paciencia pida:

ya aborrezco el dolor... ¡el dolor, que era

la ilusion más hermosa de mi vida!

Espíritu rebelde, á Dios me atrevo,

y de su fé rompiendo ya los lazos,

como reproche, ante sus ojos llevo

de mi alma destrozada los pedazos.

Si al escuchar mi queja en la agonía,

de la lucha feroz al fin rendido,

me echa en cara mi osada rebeldía,

yo le podré decir: «Tú lo has querido.

Tú me marcaste de la vida el paso,

tú un cuerpo débil para mi alma diste:

si era para el licor frágil el vaso,

¿por qué no lo cambiaste ó lo rompiste?

¿Dónde está tu justicia, que no acudes

un remedio á aplicar á los dolores

del que siente la fé de las virtudes

y el gérmen del amor de los amores?»

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Ah, no sabeis vosotros, desdichados,

que acaso oís riendo mis gemidos,

los momentos de angustias ignorados

que guardan estas letras escondidos!

Con los años de vida que se aleja,

una ilusion tras otra desparece,

y hasta el rastro de fuego que en mí deja

tambien año tras año palidece.

Una sola, no más, conservo entera,

refugio fiel donde mi fé se escuda,

y esa ilusion bendita, la postrera,

hoy viene á arrebatármela la duda.

¡Dios! ¿Dónde está? Mis ojos le veian

en un tiempo feliz, yo no sé donde;

pero siempre encontrarle ellos sabian...

¡Hoy no le encuentro ya! ¿Dónde se esconde?


A...

Suave el dorado virginal cabello,

puros y azules los rasgados ojos,

blanca la tez, enrojecido el labio,

lánguido el talle.

¡Cuántas bellezas por mi mal nacidas!

¡Cuántos tesoros, para mí vedados!

Tiemblo, mujer, al recordarte ausente,

tiemblo y suspiro.

¡Sabes que sólo gozo cuando sueño

(cuando en mí la existencia se interrumpe!)

al dar mi mente á los recuerdos vida,

sér á tu imágen!

¿Sabes amar, sin esperar siquiera

¡triste placer! que tu pasion conozcan?

¿Sabes llorar... pero llorar de celos?

¡Ay! no lo sabes.

Sigue, sigue inocente tu camino,

piensa una vez, y compadece al triste;

ruede una vez por tu sereno rostro

lágrima ardiente.

Y cuando al seno de la madre tierra

vuelva tu cuerpo, en mármol convertido,

unjan tu frente de olorosas flores

suaves aromas.

Tiemble al contacto de la forma pura

dándole abrigo, la feliz arena,

muera yo luégo, y del sepulcro frio

repose al lado.


EL ANOCHECER.

La tarde muere; la sombra

se extiende por todas partes,

y con el dia concluyen

los gorjeos de las aves.

Sólo alguna que tardía

cruza tristemente el aire,

á buscar allá en la aldea

nido donde refugiarse,

exhala un débil gemido

triste, dulce, inexplicable;

tal vez un adios al dia

que no volverá á alumbrarle,

tal vez murmullo de pena

al verse sola y errante.

Y pasa cual leve bruma

que en sí misma se deshace,

y entre la sombra se pierde

desvanecida su imágen.

Calla la naturaleza

que, tambien del dia madre,

enmudece en la agonía

de la moribunda tarde.

Y el religioso silencio

del triste y supremo instante,

deja inmóviles y mudas

á las hojas de los árboles,

que, embebecidas, esperan

que la noche les ampare,

ó vuelva á lucir el dia

para volver á besarse.

Llegan en alas del viento

melancólicos cantares,

y el eco de la campana

que á un tiempo en la aldea tañen...

Y es que los hombres tambien

al ver el dia alejarse,

sienten la misma tristeza

que los campos y las aves,

y cantan ó rezan...—¡Ay!

¡quién pudiera acompañarles,

y cantar con los dichosos

y orar con los miserables!


Á UNA LÁGRIMA.

Rueda, bañando mi mejilla helada,

lágrima temblorosa y vacilante;

pára al tocar mis labios un instante,

y refresca su piel seca y quebrada.

Contigo va de la mujer amada

el último recuerdo delirante;

contigo va de mi ambicion gigante

la ilusion ántes muerta que soñada.

Mas no sigas... Detente... Si supieras

que al sentir en mis labios tu frescura,

me dá vida el dolor, te detuvieras...

Tánta es la hiel que en tí mi labio apura,

que tornándose dulce el mar, pudieras

tú sola devolverle su amargura.


NUBE DE VERANO.

Iba cayendo el dia,

y ella y él, caminito de la fuente

que entre los olmos murmurar se oia,

marchaban vivamente;

ella lloraba y él palidecia.

Y con ira creciente

los dos se denostaban,

y «aleve» el uno al otro se llamaban,

apurando el atroz vocabulario

que tiene el amoroso diccionario

para tales combates, precursores

de más estrecha paz cuanto mayores.

Ella, con las mejillas cual la grana

y cortada la voz por cien suspiros,

llorosa le decia

llena de rabia insana:

—«¡No te he querido nunca, no te quiero!»—

Y él tambien, á porfía,

—«Tampoco yo te quiero»—le decia.

Y al cabo, tantas cosas se dijeron,

un odio tan eterno se juraron,

que uno y otro su paso detuvieron

y sin decirse adios, se separaron.


Tambien moria el sol al otro dia,

y ella y él, caminito de la fuente

que entre los olmos murmurar se oia,

iban pausadamente;

ella lloraba y él se sonreia.

Él, con ánsia creciente,

—«Me quieres, vida mia?»—le decia;

y ella, alzando la frente,

donde el santo pudor resplandecia,

le miraba á los ojos fijamente,

y mil veces—«¡Te quiero!»—repetia.


EFECTO DE ÓPTICA.

Porque no te veia,

una vez maldiciendo, otra llorando,

la vista dirigia

á la arboleda umbría,

sólo de ruiseñores habitada,

que, la intensa pradera atravesando,

termina en el umbral de tu morada.

Ya se iban apagando

del ciclo azul los tornasoles rojos...

Yo, el rostro contrayendo

de rabia y de dolor, cerré los ojos

y... ya nunca te aguardo maldiciendo.


EL ÁGUILA.

Alza su vuelo el águila altanera

ráuda cruzando pueblos y naciones,

y hace con sus despojos y pendones

arco triunfal á su triunfal carrera.

Tiembla aterrada y muda Europa entera

por su acerada garra hecha girones

desde las frias, árticas regiones,

hasta la Italia donde el sol impera.

Quiere herir al Leon envanecida,

mas, de su roja crin tendiendo el pelo,

su zarpa clava en ella y cae vencida.

Duda, vacila alzándose del suelo

al sentirse en Bailén de muerte herida,

y abate en Waterlóo su incierto vuelo.


DESEO.

Eras tú: mi deseo adivinaba

tus rojos labios, tu mirar de fuego,

de tu amor las histéricas caricias,

el ardiente perfume de tus besos.

Eras tú, que surgias en mi mente

envuelta entre la niebla de mis sueños,

radiante y bella, cual la luna surge

del horizonte entre el celaje denso.

Eras tú, realidad de una quimera,

demonio tentador, terrible y bello,

que venía á encrespar con la tormenta

de mi existencia el mar triste y sereno.

Al eco de tu voz, como las olas

se elevan hostigadas por el viento,

despertando del tímido letargo,

se elevaron en mi alma cien recuerdos.

Sentí la vida en mis hinchadas venas

cual lava ardiente discurrir de nuevo,

y esperanzas, y dichas, y temores

germinar en mi oscuro pensamiento;

aspiré de la dulce primavera

áuras y aromas en el triste invierno;

la existencia encontré fácil y hermosa

y de morir me abandonó el anhelo;

me sentí renacer cuando ya estaba

para el amor y la esperanza muerto,

bajo la enorme losa de la tumba

que levanté para mi amor primero.

El fantasma dorado de la gloria,

el de fortuna deshechado empeño,

ante mis ojos, por su brillo atónitos,

plácidos otra vez aparecieron.

Tímido como el niño adolescente,

te persigo doquier; y hallarte espero,

cual el que sueña dichas y dormido

á sí mismo se guarda el dulce sueño,

temiendo, al despertar, todo el encanto

de su delirio contemplar deshecho.

¿Quién eres? ¿Quién á mí te ha conducido?

¿Acaso el ánsia de carnal deseo?

¡Ay de mí! No lo sé, que áun no te he hablado;

áun si mientes ignoro... y ya lo temo.

No es el instinto el que hácia tí me arrastra,

más noble es la pasion con que yo sueño;

pero ¿qué importa si una impura llama

á pesar tuyo te calcina el pecho?

Yo tengo para tí raudal sin fondo

de casto amor y nobles pensamientos,

y al enlazar mis manos con las tuyas,

al oprimir tus labios con mis besos,

el perfume de amor que mi alma llena,

trocará el vil calor en santo fuego.

Beberás ese amor en mis miradas,

lo absorberás al respirar mi aliento,

te lo trasmitiré cuando mi mano

acaricie amorosa tu cabello.

Te envolveré en su atmósfera divina,

como en nube de aromas y de incienso,

despertaré tu corazon dormido,

te volveré al amor y al sentimiento.

Tú acaso pagarás con la sonrisa

mi amor sin mancha, aspiracion del cielo;

yo lloraré, mi bien, y tántas lágrimas

ablandarán tu loco menosprecio.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Y al fin me olvidarás! Llegará un dia,

en que acaso con odio nos veremos...

¡El deseo en tu sér se habrá extinguido!

¡Este amor que me inspiras habrá muerto!


¿POR QUÉ?

¿Por qué? Yo te he cubierto con mis besos;

el párpado süave, el fresco labio,

la blanca frente y el nevado pecho,

tu garganta, tus rizos y tus manos...

¡Todo, de amor en el delirio ardiente,

mis dedos con afan lo acariciaron!

Y tú, rendida al ruego, y al instinto

que en el hombre engendró quien le ha creado,

beso por beso, loca me volviste,

buscando, al esconderte entre mis brazos,

oprimiéndome á un tiempo con los tuyos,

tu cabeza en mi pecho sepultando,

camino de llegar hasta mi alma

para buscar en ella tu retrato,

ó el fuego de la llama abrasadora

del amor y el placer ¡crímenes santos!

Y fundidos en uno nuestros séres,

sin idea del tiempo ni el espacio,

sin que tanto placer y dicha tanta

pagára ningun hombre con su llanto,

secreto como el génesis del mundo,

grande, amada mujer, como el espacio,

creamos un momento de ventura

de nuestra vida en el trascurso amargo.

Momento que era un mundo... ¡cuán distinto

del mundo miserable que habitamos!

Todo era amor y dicha, saturada

con la miel regalada de tus labios.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Y tal felicidad era un delito!

¡Tanta dicha, mujer, crímen nefando!

¡Por qué? Yo no lo sé; pero es un crímen...

Por tal el mundo entero lo ha juzgado...

¿Qué importa? Yo desprecio su sentencia,

y en tus caricias y en tu amor soñando,

sólo sé que me arrastras en pos tuyo,

sólo sé que eres bella y que te amo.


EN EL ÁLBUM DE ELISA.

Nacida bajo el sol de Andalucía,

bella, jóven, discreta...

¡Dios mio! ¡Cuántas cosas te diria

si fuese yo poeta!


Y áun sin serlo, mirándome en tus ojos,

de inspiracion venero,

á Byron y Petrarca diera enojos...

si estuviera soltero.


Mas ¿qué quieres, Elisa, que te diga,

si, aunque de mente inquieta,

no soy, por mi desgracia, hermosa amiga,

soltero ni poeta?


DEBILIDAD.

Me sentía morir, y quise verla,

darle mi maldicion;

y... vino... y ví sus ojos, y... le dije...

«¡Que te bendiga Dios!»


AYER.

«¡La amo!» yo me decia

loco, embriagado en su recuerdo hermoso,

y «¡la amo!» repetia.

¿Dónde se fué el ensueño venturoso

que en su amor me forjé?

Fué no más vago sueño mentiroso;

hoy me digo: «¡la amé!»


Á UNA ROCA.

A través de los siglos que han pasado,

inmóvil en tu asiento;

bañada por el mar desenfrenado

que ruje turbulento

ó seca por el viento

que azota tu semblante descarnado,

miras llegar tranquila

la ola hirviente que rugiendo avanza,

se recoge al llegar, duda, vacila

y contra tí con ímpetu se lanza.

Choca, gime, se rompe, y agitada

te envuelve con furor en densa bruma,

y murmurando, vuelve al mar cansada

dejando su impotencia en tí marcada,

dolor y rabia, lágrimas y espuma.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Y estarás siempre así, muda y sombría,

recostada en la arena?

Es imposible. Nó; llegará un dia,

que acaso en el reloj del tiempo suena,

en que la fuerte mano

del hombre llegue en tí á posarse ardiente,

y entónces, á su impulso soberano,

una existencia en tí quizás aliente.

Entónces, ya con vida,

tal vez tu masa para el mundo sea

muro de una prision aborrecida,

humilde signo de potente idea.

Tal vez tendrás un nombre;

tal vez, deshecha en trizas,

serás estátua que eternice un hombre,

pobre losa que guarde sus cenizas.


EL ÚLTIMO AMOR.

¿Lloras, mirando deshecho

el encanto embriagador,

que, de la vida al calor,

engendró en tu tierno pecho

el primer sueño de amor?

¿Lloras, por siempre perdida

tu esperanza más querida,

y la dicha y la ilusion

ardiente de la pasion,

aureola de la vida?

¡Entornas tus negros ojos,

que oscuro círculo abraza,

y contraes tus labios rojos,

llenos de penas y enojos,

de dolor y de amenaza!

—¡Que ese amor era el primero!

—¡Que no hay otro verdadero!

Triste error, yo te lo digo;

escucha mi acento amigo,

que yo consolarte quiero.

Tú amarás; mil y mil veces

libarás hasta las heces

de amor la inmensa ventura;

ese llanto, esa amargura

él te pagará con creces.

¿Sabes cuál es el amor,

profundo, arrebatador,

por el que ese olvidarás;

pensamiento roedor

que no se olvida jamás?

El último; amor nacido

con el doliente gemido

de la juventud cercana

que se aleja, y que mañana

por siempre se habrá perdido.

Ciega y ardiente ambicion

que nada apaga en el mundo,

que arranca del corazon

la suprema convulsion

postrera del moribundo.

¿Y sabes, de esos amores,

cuál dá tormentos mayores;

¿Cuál, si la esperanza muere

en quien realizarla quiere,

causa más vivos dolores?

¿Cuál llena nuestra memoria

sin consuelo que le cuadre?

¿Cuál es de la vida historia?...

Para los hombres, la gloria;

para la mujer, ser madre.


Á LA SEÑORA