CAPITULO III.
Lee el Maestro Prudencio el Sermon de Santa Orosia; da con esta ocasion admirables instrucciones á Fray Gerundio, pero se rompe inútilmente la cabeza.
No era tan temprano, quando los dos volvieron á la Granja, que no hallassen al Maestro Prudencio con el belon encendido, montados los anteojos en la punta de la nariz, con el Sermon de Santa Orosia delante de sí, un polvo en una mano, reclinada la cabeza sobre la otra, la caja abierta encima de la mesa, y el gesto un si es no es avinagrado. Y fué assí, que, como el Predicador Fray Blas le havia dicho, que llevaba el Sermon de Santa Orosia en las alforjas, y se le havia ofrecido, él, luego que montó el Arcipreste, y apénas acabó de rezar Maytines y Laudes para el dia siguiente, quando con la licencia de anciano y con la autoridad de Padre Maestro registró las alforjas, dió con el tal Sermon á poco escrutinio, y se puso á leerle. Pero á la primera cláusula fué tal el enfado que le causó, que, á no haverle contenido su genio blando y apacible, le huviera hecho pedazos.
2. Apénas avistó en la sala á los dos passeantes, quando, encarando con Fray Blas, le dixo, no sin alguna colerilla: «Dígame, Padre Predicador, y es possible, que me alabasse tanto este Sermon de Santa Orosia? Ya por su misma relacion sospechaba yo lo que seria; ya me daba el corazon, que no havia de encontrar en él mas que necedades y disparates; pero confiesso, que nunca creí encontrar tantos. Yo no sé, por qué motivo no le predicó el Orador; solo sé, que, si yo huviera de dar licencia para predicarle, tarde le predicaria.» — «Padre Maestro, respondió el Predicador, entre entonado y desdeñoso, alabé esse Sermon, y vuelvo á alabarle, y digo, que son pocos todos mis elogios para los que él merece.» — «Pues dígame, pecador de mí, le replicó el Maestro Prudencio; no basta la primera cláusula para calificar al Autor de un pobre botarate? Señores, estamos en Jaca, ó en la Gloria? Todo el chiste de esta pueril y ridícula entradilla consiste en que es muy parecida á aquella vulgaridad de chimenéa y bodegon: Señores, estamos aquí, ó en Jauja? Miren por Dios, qué arranque tan oportuno para dar principio á una Oracion Sagrada, y en un Theatro tan sério! Vamos adelante. Pero quien duda estamos en la Gloria, estando en Jaca? Porque, si el sitio de la Gloria es el Cielo, hoy es un Cielo este sitio. Puede haver retruecanillos mas insulsos, ni paloteado de voces mas insubstancial?»
3. «Y como probará, que la Iglesia de Jaca se equivoca con el Cielo? Valiéndose de un embrollo de embrollos, sin atar ni desatar, y confundiendo el Cielo material con la Gloria, como á él le parece, que le viene mas á cuento. Dice, que es un Cielo aquella Iglesia, lo primero, porque la Gloria se llama Iglesia Triunfante, y es Iglesia Triunfante la de Jaca, porque en el sitio que ocupa se ganó una victoria contra los Moros, y desde entónces se llamó el Campo de la Victoria. Por esta cuenta, tambien la famosa Mezquita de Damasco se pudiera llamar Mezquita triunfante, pues en ella ganaron los Moros una victoria contra los Christianos. Despropósito ridículo, y extravagante acepcion de la Iglesia Triunfante! Que no se llama assí, porque huviesse sido Campo de batalla ni de victoria de los Santos, que la componen, sino porque triunfan allí de lo que pelearon acá. Y no ha dexado de caerme muy en gracia, que, para probar la trivialíssima vulgaridad, de que el Cielo se llama Iglesia Triunfante, embarra la márgen con una prolixa cita de Silveyra, notando el tomo, el libro, el capítulo, la exposicion, y el número, muy parecido al otro tontarron de Predicador, que decia: Humilitas llamó profundamente mi Padre San Bernardo á la humildad, como lo puede notar el curioso en sus Libros de Consideracion al Papa Eugenio.»
4. «La segunda prueba de que la Iglesia de Jaca es un Cielo, es, porque el Sol es Presidente del Cielo, al Sol le llaman Mytra los Persas, el domicilio del Sol es el Signo de Leon, y el Señor Obispo de Jaca tiene Mitra, y un Leon por Escudo de Armas. Por esta regla, mas Cielos hay de tejas abaxo que de tejas arriba, porque de tejas arriba solo se cuentan once, y acá podremos contar mas de once mil, siendo cosa averiguada, que todas las Iglesias Cathedrales tienen Obispo, todos los Obispos tienen Mitra, y, si el Persa llama Mitra al Sol, tenemos acá abaxo tantos Soles como Obispos, y tantos Cielos como Iglesias Cathedrales. Vamos claros, que la prueba es ingeniosa, sútil, y terminante. Y qué nos querrá decir el Padre Doctor Predicador, en que el Signo de Leon es el domicilio del Sol? Si quiere decir, que aquella es su casa propia ó alquilada, donde vive de assiento, que esso significa domicilio, es un despropósito, de que se reirá qualquiera Ventero, que tenga en el portal de la Venta, junto al papel de la tassa, un miserable almanak. Si le llama domicilio del Sol, porque este brillante Postillon del Cielo, en su jornada anual, hace mansion por algunos dias en la Venta, ó en la Casa imaginaria de este Signo, para dar cebada de luz á sus Caballos: tan domicilio del Sol es el Signo de Cabra, como el Signo de Leon, y qualquiera de los otros onze Signos, donde descansa este Planeta, tiene el mismo derecho para llamarse su domicilio.»
5. «Tercera prueba. La Iglesia de Jaca es Cielo, porque el Cielo se llama Tyara, y Cartario dice, que tiene dos puertas con dos llaves: Las Armas de la Cathedral de Jaca son dos Llaves y una Tyara: pues aquí, qué tenemos que hacer, para declararla por Cielo con autoridad de Cartario? Pobre monigote? Todas las Iglesias, que no tienen Escudo de Armas particular, usan el de la Iglesia de Roma, que es una Tyara con dos Llaves, en significacion de su jurisdiccion, ó potestad Espiritual y Temporal, y para significar dichas Iglesias particulares, que no tienen otro Patrono que al Pontífice, y que son de la Comunion Cathólica, Apostólica, Romana. Pues étele, que por esta razon tanto derecho tiene á ser Cielo la mas pobre Iglesia Rural, como la Cathedral de Jaca, y queda muy lucido el Padre Doctor con su impertinente cita de Cartario. Pero donde está mas donoso es en las otras tres razones de congruencia, que añade, para que la Iglesia de Jaca tenga las mismas Armas que la de San Pedro en Roma, Cabeza de todas las Iglesias. Dice, que esto será, ó porque ni la Cabeza del Orbe, Roma, puede gloriarse de mayor nobleza, que la insigne Cathedral de Jaca (hicieron bien en no dexarle predicar este Sermon, porque tengo por cierto, que solo por esta proposicion aquel Ilustre y cuerdo Cabildo le huviera echado el Organo, los Perreros, y aun los Perros); ó porque parece debia estar la Cabeza de la Iglesia en Jaca, á no haverla colocado San Pedro en Roma (ya escampa, y llovian necedades); ó porque el Cielo, hermosa República de tanto brillante zafiro, es solo condigna imágen de Cabildo tan respetoso. (Y suponiendo, que su Cartario habla del Cielo formal, que es la Gloria, porque de esta dice, que tiene dos puertas con dos llaves; afirmar, que la Gloria solo es condigna imágen de la Iglesia de Jaca, no merece una coroza y una penca, ó á lo ménos ménos un birrete colorado?)»
6. «Déxolo, que no tengo ya paciencia para leer tanta sarta de despropósitos. Y este Sermon se imprimió! Y en su elogio se compusieron décimas, octavas, y sonetos! Y el buen Cura de Jaquetilla ó de Jacarilla se le presenta por modelo á los Predicadores de Santa Orosia! Y el Padre Predicador alaba tanto este Sermon!» — «Lo dicho dicho, Padre Maestro, respondió el Predicador, le alabo, y le alabaré, porque, si todos los Sermones se huvieran de examinar con essa prolixidad, y si en ellos se huviera de reparar en essas menudencias, allá iba á rodar toda la gala y toda la valentía del Púlpito.» — «Qué gala, ni qué valentía de mis pecados! exclamó el Maestro Prudencio. Es gala el decir tantos disparates como palabras? Es valentía el pronunciar á cada passo heregías, blasfemias, ó necedades? y dígame, P. Fr. Blas, qué tiene que hacer nada de esto con las heróycas virtudes de Santa Orosia, con el poder de su patrocinio, ni con la imitacion de sus exemplos, que son los tres únicos fines, que puede y debe proponerse en su Panegýrico un Sagrado Orador? Qué conducirá para la grandeza de la Santa, que el Sol entre por el mes de Junio en el Signo de Cáncer, ni que este Signo se componga de nueve estrellas, las quales, en sentir de nuestro Reverendíssimo Orador, representan los nueve Senadores ó los nueve Regidores, que constituyen el Ayuntamiento de aquella Ilustríssima Ciudad? Y qué sabemos, si esta se dará por ofendida, de que para su elogio huviesse buscado un sýmbolo encancerado, que cierto la hace poquíssima merced? y qué tendrá que ver el martyrio de Santa Orosia con que en las Estrellas hayga machos y hembras, disparate de á quintal, de que debiera reírse el Padre Maestro, aunque le leyera en todos los libros de la Bibliotheca Bizantina, quanto mas en las Tautologías de Villarroel, y no traherle á colacion en el Púlpito, para que el Auditorio imaginasse, que las estrellas procreaban y se propagaban por via de generacion?»
7. — «Padre Maestro, replicó el Predicador Fray Blas, hágase V. Paternidad cargo de que todo esso se dice en la Salutacion, la qual se destina únicamente para tocar las circunstancias, y no tiene conexion con el cuerpo del Sermon, que es donde corresponde el elogio del Santo ó de la Santa.» — «Téngase, Padre Predicador, repuso con alguna viveza el Maestro Prudencio, esso es decir, que la cabeza no ha de tener conexion con el cuerpo; que el principio no la ha de tener con el medio, ni con el fin; y que el cimiento ha de ir por un lado, y el edificio por otro. La Salutacion es parte del Sermon, ó no lo es? Si no lo es, para qué se gasta el tiempo en ella? Si lo es, porque no ha de tener conexion, órden, y trabazon con todo lo demas? Y en donde ha leído el Padre Predicador, que la Salutacion ó el Exordio de los Sermones se hizo para lisongear á los Cabildos, para disparatar á costa de los Mayordomos, para engaytar á los Auditorios, para passearse por los retablos, para correr Toros y Novillos, para tocar el son á las danzas, y para otras mil necedades é impertinencias como estas, de que se ven atestadas las mas de las Salutaciones?»
8. — «Yo no sé, Padre Maestro, si lo he leído, ó no lo he leído, respondió el satisfechíssimo Fray Blas; solo sé, que lo que se usa no se escusa, que esse es el estilo general de España, y que á los Oradores se nos encarga estar al uso, segun aquella reglecita, que saben hasta los niños: Orator patriæ doctum ne spreverit usum.» — «Bien se conoce, replicó el Maestro, que el Padre Predicador entiende todas las cosas no mas que por el sonido, y de essa manera no es de admirar, que forme tan extrañas idéas de ellas. Lo primero, essa regla no se hizo para los que llamamos Oradores ó Predicadores, sino para aquellos que hablan ó pronuncian el latin en prosa, la qual se llama Oracion, para distinguirla del verso. A estos se les previene, que, quando encontraren algun acento, que en verso no tiene cantidad fixa ó determinada de breve ó larga, sino que unas veces se pronuncia largo, y otras breve, en prosa le pronuncien siempre como acostumbran los inteligentes y eruditos de su País, y que no presuman hacerse singulares, despreciando essa costumbre. Lo segundo, aunque la regla hablara con los que llamamos Oradores, que son los Predicadores, tampoco favoreceria su intento, porque no dice ó encarga, que el Predicador siga, y no desprecie qualquiera uso, sino el uso docto, doctum ne spreverit usum, esto es, el arreglado, el puesto en razon, el que acostumbran los hombres universalmente reputados por doctos y por inteligentes en la Facultad. Este es el que propiamente se llama uso, que los demas son abusos y corruptelas. Pues ahora, señáleme un solo Orador de España, de estos que la gente cuerda tiene por verdaderos Oradores, y no por Orates; de estos que no los buscan para títeres de los Púlpitos y para dominguillos de las festividades; de estos que logran y merecen general reputacion de hombres sabios, cultos, bien instruídos, y circunspectos: señáleme, vuelvo á decir, uno solo de estos, que siga esse mal uso, que no le desprecie, que no le abomine, que no se compadezca de los que le practican y le aplauden, ó que no haga burla de los unos y de los otros; y despues hablarémos.»
9. «Por el contrario, yo estoy pronto á mostrarle muchos Sermones impressos y manuscritos de insignes Oradores modernos de nuestra España, que, haviendo predicado las mismas Festividades, y con las mismas llamadas circunstancias, sobre las quales bobearon y desbarraron sin tino otros Predicadores, que los precedieron; ellos ó las despreciaron todas con generosidad, sin tomarlas siquiera en boca; ó, si las tocaron, fué con un ayre de burla y de desprecio, que hizo visible y aun risible á todo el Auditorio la ridiculez de esta costumbre. Algunos Sermones de estos tengo en la Celda, pero por casualidad traxe conmigo uno, cuya Salutacion le he de leer, que quiera, que no quiera, y aquí le tengo debaxo del atril, porque estaba en ánimo de leérsele á Fray Gerundio. El Padre Predicador debe oírla con particular cariño, por lo que se toca en ella de su Santo S. Blas, de quien se hace tambien particular circunstancia. Es la Salutacion de un Sermon, que se predicó á la Purificacion de nuestra Señora en el dia de San Blas, y en la Iglesia de los Niños de la Doctrina de Valladolid, cuya Ciudad es su Patrona, juntamente con la Real Congregacion de la Misericordia. Todas estas teclas dicen, que se han de tocar, y el Predicador, de quien voy hablando, todas las tocó, pero de una manera, que debia llenar de provechosa vergüenza á todos los que las tañen. Despues de hacer reflexion á que en el Mysterio de la Purificacion la Vírgen hizo á Dios dos grandes sacrificios, el primero el de la reputacion ó concepto de su Virginidad, pues se purificó, como si necessitara de purificarse; el segundo el de su Unigénito Hijo, pues se le ofreció aquel dia al Eterno Padre, con pleno conocimiento de todo aquello, para que se le ofrecia; y despues de reflexionar con juicio, con solidez, y con piedad, que en estos dos grandes sacrificios padeció quanto podia padecer como Vírgen y como Madre, concluyó, que, de qualquiera manera que se considerasse el Mysterio, se debia convenir, en que el Mysterio de la Purificacion de la Vírgen era el Mysterio de su dolorosa Passion. Y, propuesto este devotíssimo assunto, prosiguió de esta manera:»
10. «Pues ahora, hablemos sin preocupacion, y discurramos con serenidad. Será bien parecido, que en un Sermon tan sério como el de la Passion de la Vírgen, me dexe yo llevar de la passion de la vanidad, acomodándome con una vergonzosíssima costumbre, que ha introducido la total ignorancia de lo que es eloquencia verdadera? Será bien, que, por no parecer ménos que otros, haga traycion á mi sagrado ministerio, pierda el respeto á esse gran Dios Sacramentado, en cuya presencia estoy, profane la Cáthedra del Espíritu Santo, y prácticamente me burle de un Auditorio tan numeroso, tan grave, tan piadoso, tan docto, tan acreedor á todo mi respeto y á toda mi veneracion? Y no haria yo todo esto, si practicasse lo que altamente abomino, lo que abominan todas las demas Naciones del mundo, y lo que no cessan de llorar, con lágrimas de sangre, quantos hombres de verdadero juicio y de verdadera crítica hay en la nuestra?»
11. «Llamado y trahido aquí por la Real, por la gravíssima, por la piadosíssima Congregacion ó Cofradía de la Misericordia, para predicar del tierno, del doloroso, del instructivo Mysterio de la Purificacion de la Vírgen, un Sermon digno de un Orador Christiano; no haria yo todo lo dicho, si, en el Sermon ó en el Exordio, me entretuviesse puerilmente en hacer assunto de la misma Cofradía, y del título que da razon de su misericordioso instituto? si levantasse figura sobre la accidentalíssima circunstancia, de que la fiesta no se celebre en el dia propio, sino en el siguiente, dedicado á San Blas Obispo de Sebaste, y de que se celebre en una Basílica consagrada tambien al mismo Santo Prelado y Mártyr? Si, finalmente, hiciesse mysterio de la educacion de essos Niños de la Doctrina, que están en primer lugar al amparo de la Vírgen y de San Blas, y despues baxo la caritativa proteccion de esta noble y leal Ciudad, y de esta Real Cofradía, no me direis: qué conexion tienen con la Purificacion de la Vírgen unas circunstancias tan distantes del Mysterio, y tan fuera del assunto? Puede haver texto en la Sagrada Escritura, que las ate ni las comprehenda, sino que sea desatando de su lugar al mismo texto, arrastrándole por los cabellos, violentándole, y profanándole, contra lo que tan severamente nos tiene prohibido á los Predicadores y á todos la Santa Iglesia?»
12. «Si yo quisiera hacer esto, como regularmente se estila, no seria una cosa muy fácil para mí? Para unir la Purificacion con la Misericordia, solo con prevenir que esta fiesta se llamó antiguamente en la Iglesia Latina, y todavía se llama hoy en la Iglesia Griega la Fiesta del Encuentro, venia clavado el textecito de misericordia et veritas obviaverunt sibi, saliéronse al encuentro la misericordia y la verdad, pero vendria clavado con toda propiedad, esto es, taladrado de parte á parte. Para la circunstancia de celebrarse la fiesta, no en el dia propio, sino en el siguiente, no tenia que salir del Evangelio del dia. Observaria el modo, con que se explica el Evangelista: Postquam impleti sunt dies, despues que se cumplieron los dias de la Purificacion: notaria con muchas recancanillas, que el Evangelista no dice, quando se cumplieron, sino despues que se cumplieron, postquam impleti sunt, y concluiria muy satisfecho de mi trabajo, que esta proposicion no se verifica rigorosamente en el dia en que se cumplen, sino en el dia despues. Y consiguientemente, que el dia propio de celebrar esta fiesta es aquel, en que la celebra esta Real Cofradía. Pero esto, qué vendria á ser en conclusion? Querer corregir la plana á la Santa Iglesia, y merecer, que me quitassen la licencia de predicar.»
13. «Para hacer, que San Blas hiciesse papel en el Mysterio de la Purificacion, no me sobraria otra cosa que materiales, aunque tales serian ellos. Pues, no estaba ahí el Santo Viejo Simeon, á quien muchos hacen Sacerdote, y aun algunos quieren, que fuesse Pontífice? Con hacer á uno figura ó representacion del otro, estaba todo ajustado: si me replicassen, que esto no podia ser, porque San Blas es abogado contra las espinas, y Simeon en el mismo Mysterio clavó á la Vírgen una, que la penetró hasta el alma, y la duró toda la vida; diria lo primero, que no es lo mismo espina que espada, y que Simeon habló de esta, y no de aquella; diria lo segundo, que hay espinas que atragantan, y espinas que vivifican, espinas que se atraviessan, y espinas que nos libertan; y para probar estos retruecanillos citaria cien textos de espinas apetecibles, que solo me costaria el trabajo de abrir y trasladar las Concordancias, y, en vez de Salutacion ó de Exordio, predicaria un herial. Pero, si no me pareciesse acomodar á San Blas por este camino, á la mano tenia otro. No dice Simeon, que, haviendo visto al Niño Dios, vió al que era la salud de su Pueblo? Quia viderunt oculi mei salutare tuum. San Blas no fué Médico de Profession ántes de ser Obispo? Pues con Médico, con salud, y con Pueblo enfermo, qué bulla, qué gira, y qué zambra no podia traher?»
14. «El Patronato de la Ciudad, y la piadosa proteccion con que ampara á estos Niños desamparados, estaba acomodado con la mayor facilidad del mundo. Tenia mas que recurrir á aquella Ciudad Santa del Apocalypsi, que es el refugio de los que predican por asonancia, ó no mas que por el sonsonete, y decir, que yo estaba ahora viendo en realidad lo que San Juan no havia visto mas que en figura; porque aquella Ciudad no era mas que representacion de esta, con la diferencia de que va tanto de la una á la otra, quanto va de lo vivo á lo pintado? Y para probar este disparate con otro mayor, havia mas que decir, que aquella ciudad, en sentir de muchos Expositores, representaba á la santa Ciudad de Jerusalen; y, haciendo memoria de que el Niño Jesus se perdió en Jerusalen, y que essos Niños de la Doctrina se ganan en Valladolid, preguntar en tono enfático y mysterioso, qual será Ciudad mas Santa, aquella en donde hasta el Niño Jesus se pierde, ó aquella donde se ganan los que no son Niños Jesuses? Ello no seria mas que una pregunta escandalosa, con su saborete de blasfema; pero faltarian ignorantes, que la oyessen con la boca abierta, y que, al acabar el Sermon, exclamassen: Nunquam sic locutus est homo: este sí que es hombre! Esto sí que es predicar! No hay hombre que predique como este!»
15. «Valga la verdad, señores; no es este el modo mas comun, con que se ajustan estas que se llaman circunstancias? Y no es cosa vergonzosa ajustarlas de este modo? Pero, por ventura se pueden acomodar de otra manera? Y ha de haver valor, no digo en un Orador Christiano, sino en un hombre de juicio, en un sugeto de mediana literatura para hacerlo, ni en un Auditorio cuerdo, capaz, culto, y discreto para aplaudirlo? No lo creo. De mí sé decir, que, hecha esta salva de una vez para siempre, encárguenme el Sermon que me encargaren, nunca haré el mas leve aprecio de otras circunstancias que de aquellas, que tuvieren una proporcion natural y sólida, ó con el mysterio, ó con el assunto. V. gr. la presencia de Christo Sacramentado, para solemnizar la Purificacion de su Santíssima Madre, tiene una naturalíssima correspondencia con el assunto y con el mysterio. Con el assunto, porque este se reduce á representar lo que la Vírgen padeció en el Mysterio. Con el Mysterio, porque una de sus principales partes fué el sacrificio, que hizo la Vírgen en ofrecer á su Hijo, para que padeciesse lo que padeció por los hombres; y en esta voluntaria oferta consistió todo lo que en la Purificacion padeció la Vírgen como Madre. Pues ahora: el Sacramento es memoria de la Passion de Christo: Recolitur memoria Passionis ejus: la Purificacion tambien es recuerdo de ella; con sola esta diferencia, que en el Sacramento se hace memoria de lo que Christo padeció, en la Purificacion de lo que havia de padecer. La Passion de la Madre en el Templo de Jerusalen no fué otra, que la Passion del Hijo en el Monte Calvario. Pues, qué cosa mas natural, ni mas proporcionada, que el que esté á la vista el monumento mas Sagrado de la Passion del Hijo en el dia, en que se hace memoria de la Passion de la Madre? De esta voy á predicar, implorando la assistencia de la Divina Gracia. Ave Maria.»
16. «Mire ahora el Padre Predicador, si hay en España quien haga justicia, y si falta quien saque la espada de recio contra esse pueril é ignorantíssimo uso, que me cita. Y ha de saber, que esta Salutacion fué oída con tanto aplauso del numeroso y escogido Auditorio, en cuya presencia se predicó, que aun aquellos mismos, que por inadvertencia ó por falta de valor estaban comprehendidos en lo que ella abominaba y reprehendia, salieron tan convencidos de su error, que se decian unos á otros lo que Menage y Balzac, dos célebres Escritores Franceses, se dixeron mutuamente al acabarse la primera representacion de la famosa Comedia de Moliere, intitulada: Las Preciosas ridículas, en que con inimitable gracia se hizo burla del estilo metaphórico y figurado, que por entónces se estilaba en Francia: Moliere (se dixeron el uno al otro) tiene sobrada razon; ha hecho una crítica juiciosa, delicada, justa, y tan convincente que no tiene respuesta; de aquí adelante, Monsieur, es menester que abominemos lo que celebrábamos, y celebremos lo que aborrecíamos. Con efecto, algunos de los Predicadores, que oyeron esta Salutacion, y que ántes se dexaban llevar de la corriente, avergonzados de sí mismos, despreciaron despues dicha mala costumbre, y comenzaron á predicar con solidez, con piedad, y con juicio, sin que por esso se les disminuyesse el séquito, ántes conocidamente creció la estimacion y el aplauso.»
17. — «Muy dóciles eran essos Reverendos Padres, respondió con su poco de ayrecillo irónico el Padre Fray Blas, si es que eran Religiosos, ó muy blandos de corazon eran sus mercedes, si fueron seglares. De mí sé decir, que no me ha convertido la Salutacion: tan empedernido estoy como todo esso; porque, aunque parece que hacen fuerza sus razones, á mí me hace mayor fuerza la práctica contraria de tantos Predicadores insignes como la usan, y sobre todo el aplauso con que celebran los Auditorios el toque y retoque de las circunstancias, enseñando la experiencia, que, como estas se toquen bien ó mal, aunque lo restante del Sermon vaya por donde se le antojare al Predicador, siempre es celebrado; y al contrario, como aquellas no se zarandeen, bien puede el Predicador decir divinidades, que el Auditorio se queda frio, tiénenle por boto, y le dan la limosna del Sermon á regaña-dientes y de mala gana.»
18. «Ni me diga V. Paternidad, que este es mal gusto del vulgo, y errada opinion de los que no lo entienden. Maestrazos, y muy Maestrazos, están en el mismo dictámen, y no quiero mas prueba que esse mismo Sermon de Santa Orosia, que tan en desgracia de V. Paternidad ha caído. Tres Aprobaciones tiene de tres Maestros conocidos y bastantemente celebrados, uno Dominico, otro Jesuíta, y el tercero de la misma Orden del Autor, que compuso y no predicó el Sermon: lea V. Paternidad los encarecidos elogios que le dan todos tres, y los dos primeros específica y nombradamente por el toque de las circunstancias, y dígame despues, si es cosa del vulgo, del populacho, y de ignorantes el aplaudir, que se haga caso de ellas.»
19. — «Mire, Padre Predicador, repuso el Maestro Prudencio con sorna y con cachaza, una pieza me ha movido, sobre la qual tendria que hablar algunas horas, si fuera ocasion y tiempo, aunque bastantes han hablado ya mucho y bien acerca de ella. Esta es la impropia y extravagantíssima costumbre, introducida en España y en Portugal, pero escarnecida generalmente de las demas Naciones, de que las Censuras de los Libros, y aun de los mas miserables Folletos, se conviertan en immoderados Panegýricos de sus Autores, siendo assí, que al Censor solo le toca decir breve y sencillamente, si el Libro ó el Papel contienen ó no contienen algo contra las Pragmáticas y Leyes Reales, ó contra la pureza de la Fé y buenas costumbres, segun fuere el Tribunal, que le comete la inspeccion ó que le despacha la remisiva: digo, que no es ahora ocasion ni oportunidad de censurar á los Censores, porque se va haciendo tarde, y se passará la cena; solo le digo, que en essas mismas Aprobaciones que me cita, ó yo soy muy malicioso, ó la del Maestro Jesuíta es muy bellaca, y harto será, que, bien entendida, no sea una delicada sátyra contra los desaciertos del Sermon en todas sus partes. A mí á lo ménos me da no sé qué tufo de que el Padrecito tiró á echarse fuera de alabar dicho Sermon, y á lo ménos es cierto, que por su misma confession declara repetidas veces, que él nada aprueba, ni alaba.»
20. «Supónese el bellacuelo muy de la familia, y muy de la Casa ó de la Orden del Autor: y asiéndose fuertemente del aldabon de laudet te alienus, que él construye, alábete el extraño, dice una vez, que no debe admitir el empléo de Aprobante; dice otra, que cuenta por una de sus mayores dichas el no poder alabar aquel Sermon; dice la tercera, que él es muy de casa para meterse en alabarlo; dice la quarta, hablando determinadamente de las circunstancias, que á él no le toca celebrarlo; dice la quinta, que los elogios caerán mejor en qualquiera otra boca, que en la suya; y finalmente dice la sexta, que aun por lo que toca al buen gusto del Cavallero, que da á la prensa el Sermon, será mayor consequencia, ó á lo ménos no dexará de ser mayor cortesanía dexar toda la accion de elogiarle á los de fuera: laudet te alienus. O yo soy un porro y no entiendo palabra de ironías, ó el tal Censor es un grandíssimo bellaco. Todo su empeño es echar el cuerpo fuera del assunto, huir la dificultad, y decir con gracia y con picaresca, que alaben otros lo que él no puede ni debe alabar. Y mas, que he llegado á maliciar (Dios me perdone el juicio temerario), que en aquella taymada construccion, que da al laudet te alienus, alábete el extraño, por la palabra extraño no entiende él precisamente á los que no fueren tan de casa, ó en el efecto ó en el afecto, como él se supone; sino que dexa en duda, si se han de entender los extraños en la facultad, los forasteros en ella, mas claro, los que no entienden palabra. Bien puede ser malicia mia, pero á mí me da el corazon, que no me engaño.»
21. — «Pues á mí me da el mio, replicó Fray Blas, que V. Paternidad se engaña mucho; porque, si esse Padre Maestro no queria aprobar el Sermon, quien le obligaba á hacerlo? Quien le ponia un puñal á los pechos, para que le aprobasse? A que se añade, que, si el Autor se valió confiadamente de él, para que le hiciesse essa merced, como regularmente sucede, que las Censuras se remiten por los Jueces á los que les significan los Autores, no es verisímil que le hiciesse essa traycion, y que, quando el pobre esperaba un panegýrico, se hallasse con una sátyra. La hombría de bien parece estaba pidiendo, que, si no podia acomodar con su conciencia intelectual el aprobarle, se escusasse de hacerlo, y no salir despues con essa pata de gallo.»
22. — «Poco á poco, Fray Blas, repuso el Padre Jubilado, que, aunque tu réplica es sin duda especiosa, y tu modo de discurrir, siquiera por esta vez, está fundado, no carece de repuesta, pues no siempre lo mas verisímil es lo mas verdadero. Qué sabemos si al Aprobante le pusieron en alguna precision política ó charitativa, á que no pudiesse honradamente resistirse? A mí se me figura un caso, que le tengo por muy natural. Es constante, que dicho Sermon no se predicó, no se sabe por qué, y tambien lo es, que, por lo mismo que no se predicó, el Autor, que era hombre bastantemente condecorado en su Religion, y sus parciales hicieron empeño en que havia de imprimirse, como en despique ó en satisfaccion de aquel desayre. Pues ahora, supongamos que el Provincial de dicha Religion no fuesse muy de la devocion del Autor, que fuesse estrecho amigo del Aprobante, y que se cerrasse en que no havia de dar licencia para que el Sermon se imprimiesse, miéntras no passasse por la censura de este. Ve aquí un caso muy verisímil, en que el Autor ó sus parciales batirian en brecha al pobre Jesuíta, ponderándole quanto se interessaba la estimacion, el honor, y aun los ascensos de aquel Religioso, en que no se negasse á hacerles este obsequio. Puesto un hombre de bien y de buen corazon en este estrecho, qué partido havia de tomar? Negarse á la censura, no havia términos para esso: aplaudir el Sermon á cara descubierta, no hallaba méritos para ello, ni lo podia componer con su sinceridad: reprobarle, era perder sin recurso al Autor en el concepto de su Gefe, y hacerse del vando de los que le insultaban. Pues, qué arbitrio, ó qué remedio? No parece se podia escoger otro mas prudente, que el que tomó: dar una censura equívoca, que ni aprobasse ni desaprobasse el Sermon, buscando un especioso pretexto para escusarse de alabarle él, y para remitir á otros toda la accion de alabarle.»
23. — «Bien puede ser esso assí, replicó Fray Blas, pero los elogios de los otros dos Aprobantes no son equívocos, son muy claros y muy significativos; y en verdad, que ni uno ni otro son por ahí dos pelayres; ambos son sugetos de tanta forma, que les sobran dictados para assistir á un Concilio.» — «No lo niego, respondió el Maestro Prudencio; pero ya tengo dicho, que de elogios de Censores y de Poetas se ha de hacer poco caso, por quanto unos y otros, regularmente hablando, no dicen lo que verdaderamente son las obras que elogian, sino lo que debieran de ser. Si el mérito de estas se huviera de calificar por las ponderaciones de aquellas, las obrillas mas infelices y mas miserables; las indignas de la luz pública, y dignas solamente de una pública hoguera; las que contribuyen mas y con mayor justicia á que abulten mas y se aumenten cada dia los Expurgatorios: essas serian las mas excelentes, porque essas puntualmente son las que salen á la calle con mas ruidosas campanillas de Aprobaciones, Acrósticos, Epigrammas, Décimas, y Sonetos mendigados, quando tal vez no los haya fabricado el mismo Autor, buscando solo Amigos, para que le presten sus nombres. Y dexan por esso de estar expuestas á las carcajadas y al desprecio de los inteligentes, ni á que el Santo Tribunal de la Inquisicion se entre por ellas con vara levantada, sin dársele un bledo por la autoridad ni por la turba-multa de los Aprobantes?»
24. «Es cierto, que, si estos se reduxeran precisa y puramente á los estrechos términos de su oficio, que es ser unos meros Censores; si desempeñaran, como debian, la grande confianza que se hace de ellos, no aprobando obra, que no examinassen primero con el mayor rigor; si tuviessen la santa sinceridad de exponer todos sus reparos á los Tribunales que les cometen las Censuras, y se mantuviessen despues con teson en la honrada resolucion de no aprobar la obra, hasta que se huviesse dado plena satisfaccion á sus reparos, ó se huviessen corregido los desaciertos; entónces sí que serian de gran peso aun los elogios mas moderados de las Aprobaciones. Pero, si sabemos como se practica comunmente esta farándula; si es notorio, que la amistad, la conexion, ó la política son las únicas, que, por regla general, dan la comission á los Aprobantes; si ya se ha reducido esto á una pura formalidad y ceremonia, tanto que, si algun ministro, zeloso no ménos de la honra de las Ciencias, que del crédito de la Nacion, quiere que esto se lleve por el rigor de la razon y de la ley, se le tiene por ridículo, y aun se le trata de impertinente: qué aprecio hemos de hacer de los elogios, que leemos en essos disparatados Panegýricos, llamados Censuras por mal nombre?»
25. «O Fray Blas! Fray Blas! y quantas veces he llorado yo á mis solas este perjudicialíssimo desórden de nuestra Nacion, que no transciende ménos á Portugal, y apénas es conocido en otras Regiones! Y qué fácil se me figuraba á mí el remedio! Sabes qual es? Que se procediesse contra los Aprobantes, como se procede contra los Contrastes, y contra los Fiadores. Qué cosa mas justa? Porque el Aprobante no es mas que un Contraste, que examina la calidad y los quilates de la obra, que se le remite; es un Fiador, que sale á la eviccion y saneamiento de todo aquello que aprueba. Declaraste que era oro lo que era alquimía, que era plata lo que era estaño, que era piedra preciosa un pedazo de vidrio valadí? pues págalo, bribon, y sujétate á la pena, que merece tu malicia ó tu ignorancia. Si crees, que real y verdaderamente merece essa obra, que apruebas, los excessivos elogios con que la ensalzas, tácitamente te constituyes por Fiador de sus aciertos: si no crees, que los merezca, eres un vil adulador y lisongero. Pues, bellacon, trata de pagar lo que corresponde á la ruindad de tu lisonja, ó á la precipitacion de tu fianza.»
26. — «Padre nuestro, replicó Fray Blas, si se estableciera essa ley, ninguno se hallaria, que quisiesse admitir la comission de Aprobante ó de Censor.» — «Sí, se hallaria tal, respondió Fray Prudencio; porque en esse caso debieran señalarse Censores de oficio en la Corte, en las Universidades, y en las Ciudades Cabezas de Reyno ó de Provincia, á quienes, y no á otros, se remitiesse el exámen de todos los libros, que huviessen de imprimirse, como se practica en casi todas las Naciones de Europa, fuera de nuestra Península. Estos, claro está que havian de ser unos hombres de autoridad, de respeto, de gran caudal de ciencia, doctrina, erudicion, y sana crítica, pero sobre todo, de una entereza á toda prueba. Se les havian de señalar pensiones proporcionadas, y se havian de tener presentes su laboriosidad, su integridad, y su zelo, para premiarlos con los ascensos correspondientes á sus respectivas carreras. Pero, si alguno blandeasse, si fuesse floxo de muelles, si por respetos humanos y políticos, por floxedad ó por otros motivos, no cumpliesse con su obligacion, y aprobasse Libros, Sermones, discursos, ó papeles volantes, que no fuessen dignos de la luz pública; sabes á qué le havia de condenar yo? Despues de privarle de oficio, y de una declaracion pública y solemne de su insuficiencia, ó de su mala fé, le havia de condenar á que repitiessen contra él todos los compradores de la obra que havia aprobado, y á que satisfaciesse, sin remission, el dinero que malamente havian gastado aquellos pobres sobre la palabra y hombría de bien de la censura.»
27. «A mas se havia de extender esta providencia. Se havia de mandar sériamente á los Censores, que se ciñessen rigurosamente á los términos de su oficio, esto es, que fuessen Censores y no Panegyristas, diciendo en pocas palabras, claras y sencillas, el juicio que formaban de la obra, sin meterse con Séneca, Plinio ni Cassiodoro, y dexando descansar á los Padres, á los Expositores, á los Humanistas, y á los Poetas, cuyas autoridades solo sirven para acreditar la pobre y miserable cabeza del Censor, que quiere aprovechar aquella ocasion de ostentarse erudito con aquellos desdichados ignorantes, que califican la erudicion de un Autor por lo cargado y por lo sucio de las márgenes, sin saber los infelices la suma facilidad, con que el mas zurdo y el mas idiota puede hacer esta mani-obra. Nada de esto es del caso para cumplir con su oficio, el qual se reduce á dar su censura breve, grave, y reducida á lo que toca á la jurisdiccion del Tribunal, que se la comete.»
28. «Quantas necedades se atajarian con esta providencia? Quanto papel se ahorraria? Y quanto gasto escusarian los Autores, á quienes no pocas veces cuesta tanto la impression de las Aprobaciones, como la de la misma obra? Muchas y muchas pudiera citar, en que aquellas ocupan casi tanto volumen como todo el cuerpo de esta, pero las callo por justos respetos. Ningunos son mas perjudicados que los Autores mismos, si es que costéan la impression, porque compran ellos mismos sus elogios, y ellos los imprimen á su costa, para que vengan á noticia de todos. Puede haver mayor sandez, ni mayor pobreza de espíritu? Semejantes, en cierta manera, á los que alquilan plañideras para los entierros, á quienes les cuesta su dinero las lágrimas fingidas y artificiosas, que en ellos se derraman.[8]»
29. «No para aquí la miseria humana de algunos de nuestros Escritores ó Escribientes. Será creíble, que se hallen no pocos, que, á falta de hombres buenos, y por no deber nada á nadie, ellos mismos se alaben á sí propios, siendo los artífices de aquellos elogios suyos, que se leen estampados en la antesala de sus obras? Pues sí, amigo Predicador, se hallan hombres de tan buena pasta y de tan embidiable serenidad. Mas de dos y mas de veinte pudiera nombrarte yo, que han caído en esta flaqueza. No son tan simples (claro está), que suscriban sus nombres y apellidos al pié ó á la frente de sus elogios, que esse ya seria un candor, que se iria acercando al gorro verde ó colorado; pero con un anagramma, ó con un nombre supuesto, ó prestándoles el suyo ciertos aprendices de eruditos, que hay en todas partes, hermanos del trabajo, y las mas de las veces baxo la inscripcion anónyma de un Amigo, de un Apassionado, de un Discípulo del Autor, el buen señor se alaba á taco tendido, y embóquense essa píldora los lectores boqui-rubios.»
30. — «Pero, Padre Maestro, le interrumpió el Predicador, esse es juicio temerario, ó no los hay entre los Fieles Christianos. De donde le consta á V. Paternidad, que aquellos elogios fueron fabricados por los mismos Autores de las obras? Acaso se lo confiaron ellos á V. Paternidad?» — «Mira, Fr. Blas, respondió el M. Prudencio, no has de ser tan sencillo, que cierto algunas veces tienes unas parvoizes che fan pietá. No es menester que los Autores nos lo revelen para conocerlo: el mismo estilo se está descubriendo á sí propio; ni en prosa, ni en verso es fácil desmentirse ó desfigurarse, y, sin tener todo aquel olfato, que tienen los entendimientos bien abiertos de poros, para percebir el ayre sutilíssimo, que da en los escritos á conocer sus Autores, como se explica galanamente el Autor de la Carta contra la Derrota de los Alanos, qualquiera entendimiento ó, mejor diremos, discernimiento, que no esté muy arromadizado, luego sigue el rastro, porque le dan unos efluvios, que le derriban. Fuera de que, Autores hay tan bonazos, que ellos mismos lo confiessan. Y qué! juzgas que es sencillez? A la verdad no es otra cosa; pero los bellacones no lo decian por tanto, sino porque no tienen valor para resolverse á carecer de aquella gloria ó de aquella vanidad, que les resulta de que sepan sus confidentes, que tambien saben hacer coplas, aunque sean á sí mismos.»