CAPITULO II.

Sálense á passear Fray Blas y Fray Gerundio, y de las ridículas reglas para predicar, que le dió aquel con todos sus cinco sentidos.

Ellos, que no deseaban otra cosa, sin aguardar á mas razones, toman los báculos y los sombreros, y sálense solos al campo, bien resueltos á no volver á la Granja hasta muy entrada la noche. Quiso ante todas cosas el Predicador mayor leer luego á su querido Sabatino el Sermon, que havia de predicar á Santa Orosia, y le llevaba en el pecho, entre el coletillo y la saya del hábito, assegurándole, que era de los Sermones mas á su gusto, que havia compuesto hasta entónces. Pero Fray Gerundio le dixo, que para leer el Sermon ya habria tiempo, y que en aquella tarde tenia mil cosas que decirle, las quales no querria, que se le olvidassen: especialmente que, como la ocasion es calva, era menester cogerla por los cabellos, pues acaso no pillarian otra semejante en mucho tiempo. Espetóle toda la conversacion, que havia tenido por la mañana con el Padre Maestro, lo que le havia dicho acerca de las Facultades, en que debia estar, por lo ménos, medianamente instruído todo buen Orador; la necessaria lectura de los Santos Padres, y, á falta de esta, el modo de suplirla con la leccion atenta de buenos y escogidos Sermonarios; los que determinadamente le havia señalado que eran los de Santo Thomas de Villanueva, Fray Luis de Granada, y el Padre Vieyra; y finalmente las reglas, que, á peticion suya, havia ofrecido darle para predicar bien todo género de Sermones.

2. «Y á tí, qué te pareció de todo lo que te dixo esse Santo viejo?» le preguntó Fray Blas. — «Qué quiere Vm. que me pareciesse? le respondió Fr. Gerundio, que todos los viejos saben á la pez, y que en fin los viejos no dicen mas que vejeces.» — «Ahora bien, le replicó Fray Blas, escusemos de razones, porque contra experiencia no hay razon, y, para que veas quan sin ella habla esse Santo hombre, oye un argumento sencillo, pero convincente. Yo no he estudiado ninguna de essas Facultades, que te dixo eran tan necessarias para ser uno buen Predicador. Yo no he leído de los Santos Padres mas que lo que encuentro de ellos en las lecciones del Breviario, y en los Sermones sueltos, que se me vienen á las manos, ó en los Sermonarios, de que uso. Yo no sé, que haya visto, ni aun por el pergamino, los Sermones de Santo Thomas de Villanueva; por lo que toca á los de Fray Luis de Granada, lléveme el Diablo, si en mi vida he leído ni siquiera un renglon; y solo de Vieyra he leído algunos Sermones, porque me gustan mucho sus agudezas. Siendo esto assí, te pregunto ahora: parécete en Dios y en tu conciencia, que predico yo decentemente?» — «Qué llama decentemente? replicó con viveza Fray Gerundio, yo en mi vida he oído, ni espero oír á otro Predicador semejante.» — «Luego, para predicar bien (concluyó Fray Blas), no es menester nada de esso, que te quiso encajar el antaño de Fray Prudencio.»

3. — «El argumento no tiene respuesta, dixo el candidíssimo Fray Gerundio; y assí desde ahora le doy á Vm. palabra de no hacer caso de todo quanto me diga. Mi Guia, mi Ayo, mi Maestro, y, como dicen, mi Padrino de Púlpito ha de ser Vm.; sus consejos han de ser mis oráculos, sus lecciones mis preceptos, y no me apartaré un punto de lo que Vm. me enseñare. Assí pues, ya que la tarde es larga y la ocasion no puede ser mas á pedir de boca, deme Vm. algunas reglas claras, breves, y perceptibles, de manera que yo las pueda conservar en la memoria, para componer bien todo género de Sermones; porque, aunque muchas veces hemos hablado, ya de este, ya de aquel punto tocante á la materia, pero nunca le hemos tratado seguidamente y, como dicen, por principios.» — «Soy contento, respondió el Predicador, y óyeme con atencion, sin interrumpirme.»

4. «Primera regla: eleccion de Libros. Todo buen Predicador ha de tener en la Celda, ó á lo ménos en la Librería del Convento, los Libros siguientes: Biblia, Concordancias, Polianthéa, ó el Theatrum vitæ humanæ de Beyerlink, Theatro de los Dioses, los Fastos de Másculo, ó el Kalendario Ethnico de Mafejan, la Mythología de Natal Cómite, Aulo Gelio, el Mundo Symbólico de Picinelo; y sobre todo, los Poetas Virgilio, Ovidio, Marcial, Catulo, y Horacio; de Sermonarios no ha menester mas, que el Florilegio Sacro, cuyo Autor ya sabes quien es, porque en esse solo tiene una India.»

5. «Segunda regla.» — «Tenga Vm., le interrumpió Fr. Gerundio; y no será bueno añadir algun Expositor ó Santo Padre?» — «No seas simple, le respondió Fray Blas, para nada son menester. Quando quieras apoyar algun concepto ó pensamientillo tuyo con autoridad de algun Santo Padre, dí que assí lo dixo el Aguila de los Doctores, assí la Boca de Oro, assí el Panal de Milan, assí el Oráculo de Seleucia, y pon en boca de San Agustin, de San Juan Chrysóstomo, de San Ambrosio, ó de San Basilio, lo que te pareciere: lo primero, porque ninguno ha de ir á cotejar la cita; y lo segundo, porque, aunque á los Santos Padres no los huviesse passado por el pensamiento decir lo que tú dices, pudo passarlos. Por lo que toca á los Expositores, no hagas caso de ellos, y expon tú la Escritura como te diere la gana, ó como te viniere mas á quento; porque tanta autoridad tienes tú como ellos para interpretarla. Que Cornelio diga esto, que diga lo otro Barradas, que Maldonado piense assí, ni que el Abulense discurra asá, á tí qué te importa? Cada qual tiene sus dos deditos de frente, como el Señor le ha deparado. Y en fin, porque me hago cargo de que para parecer hombre leído y escriturario es menester citar á muchos Expositores, no te quito, que los cites quando te diere la gana, ántes te aconsejo, que los cites á puñados; pero para citarlos no es necessario leerlos, y haz con ellos lo que te dixe que hiciesses con los Santos Padres. Prohíjales lo que quisieres, teniendo gran cuydado de que el Latin no salga con solecismos; por mí la quenta, si te lo conocieren en la cara. Un solo Expositor te aconsejo, que tengas siempre á la mano: este es el Silveyra, porque es cosa admirable para un apuro; y, si se te antojare probar, que la noche es dia, y que lo blanco es negro, harto será, que no encuentres en él con que apoyarlo.»

6. «Tercera regla. El título ó assunto del Sermon sea siempre de chiste, ó por lo retumbante, ó por lo cómico, ó por lo facultativo, ó por algun retruecanillo. Pondréte algunos exemplares, para que me entiendas mejor. Triunfo amoroso, Sacro Hymenéo, Epithalamio festivo, etc. Sermon que se predicó á la Profession de cierta Religiosa; por señas, que en el primer punto la hizo el Predicador Ciervo, y en el segundo Leon, dos animales, que se registran en el Escudo de su familia. Estos son títulos, estos son assuntos, y esta es inventiva! Si en el blason de la señorita huviera un Hypogrifo, ni mas ni ménos le huviera acomodado el Predicador á su Profession Religiosa, porque los hombres de ingenio son los verdaderos Chýmicos, que de todo sacan preciosidades. Oye otros tres admirables títulos, por términos contrarios. Parentacion dolorosa, Oracion fúnebre, Epicedio triste, en las Exequias de otra Religiosa de grande esfera; y, aunque el Orador no tomó assunto determinado, sino historiar poeticamente la vida de su Excelentíssima Heroína, lo hizo tan conforme á las reglas del arte, que en la frase jamas se apartó de él, en la cadencia apénas la pierde de vista, y tal vez le sigue exactamente hasta en la misma asonancia. Escucha, por Dios, como da principio al cuerpo de la Oracion, y pásmate, si no te quieres calificar de tronco. A Dios, Celeste Choro; á Dios, Lirios Seráficos; á Dios, amadas Hijas; á Dios, Cisnes sagrados. Qué la falta á esta cláusula para ser una perfecta redondilla de romance ordinario, sino haver hecho esdrújulo el último pié del postrer verso, como lo pudo hacer fácilmente el Reverendíssimo Orador, diciendo: á Dios, Cisnes extáticos? En verdad que nada le costaria, como nada le costó la otra perfectíssima redondilla de romance, que se sigue pocos renglones mas abaxo. Querida Esposa, á qué aguardas? Bella muger, á qué esperas? Sal de essa caduca vida, y ven á lograr la eterna.»

7. «Bien sé, que algunos monos condenan mucho en la prosa esta especie de cadencia, y mucho mas quando se junta la asonancia, queriendo persuadirnos, que tanto disuena el verso en la prosa, como la prosa en el verso. Citan para esso, entre otros muchos, á no sé qué Longino, Autor allá del Siglo de Oro, que trata de pueriles, de insensatos, y aun de rudos á los que usan de este estilo: Puerile est, imo tardi rudisque ingenii, solutam orationem in amœna versus harmonia contexere. Pero, qué importa que lo diga Longino? Ni qué caso hemos de hacer de un hombre, que acaso seria tercero ó quarto nieto del que dió la lanzada á Christo? Fuera de que Longino escribió en Griego; y los que le traduxeron en Latin y en Francés, le pudieron haver levantado mil testimonios. Finalmente, lo que á todo el mundo suena bien, por qué ha de ser disonante? Pero vamos prosiguiendo con los títulos y assuntos de Sermones.»

8. «Muger llora, y vencerás: sermon á las lágrymas de la Magdalena. Qué cosa mas divina que haver acertado á representar el amargo llanto de la muger mas penitente, con el título, y aun con los amatorios lances, de una de las Comedias mas profanas? Estos primorcillos no se hicieron para ingenios ramplones y de quatro suelas. El Lazarillo de Tormes: sermon predicado en la Domínica quarta de Quaresma, llamada comunmente de Lázaro, á cierta Comunidad Religiosa; en el qual apénas hay travesura, enredo, ratería, ni truhanada de aquel famoso Pillo, ó idéa fingida de un famoso salteador de figones y mal-cocinados, que no se acomode con inimitable propiedad á la resurreccion de Lázaro, de la que hizo assunto el Predicador, dexando el propio de la Domínica, y predicando solo del nombre que se daba á aquella semana. Lo Máximo en lo Mínimo: sermon predicado á San Francisco de Paula, sin salir de este oportuno retruecanillo, que parecia nacido para el intento.»

9. «El particular in essendo, y universal in prædicando: sermon famoso al célebre Confalon de cierta Ciudad, que es el Lydius Lapis de los Predicadores de rumbo, y los Sermones suelen ser unas bellas corridas de Toros, ingeniosamente representadas desde el Púlpito, sacando á plaza todos quantos Toros, Novillos, Bueyes, y Bacas pacen en los Campos de las Letras Sagradas y profanas, y convirtiéndose el Estandarte ó Vandera del Confalon en vanderilla, que comunmente clava el auditorio al Predicador, porque no ha dado en el chiste. En fin, porque ya me voy dilatando demasiado en esta regla, si quieres tú dar en el chiste de los assuntos, no tienes mas que imitar los del celebérrimo Florilegio Sacro, que debe ser tu pauta para todo. Allí encontrarás los siguientes: Gozo del padecer, en el padecer del gozar, á los Dolores gozosos de la Vírgen. Real estado de la razon, contra la chimérica razon de estado: Viérnes de enemigos. Luz de las tinieblas, en las tinieblas de la luz, al Santíssimo Sacramento. Dicha de la desgracia, en la desgracia de la dicha, al entierro de los huessos de los difuntos; y assí de casi todos los assuntos de aquel nunca bastantemente alabado ingenio y verdaderamente monstruo de Predicadores. Si algun hombre de genio melancólico, indigesto, y cetrino quisiere persuadirte, como muchos han intentado persuadírmelo á mí, que esta especie de assuntos ó de títulos, sobre no tener sal, gracia, agudeza, ni rastro de verdadera ingeniosidad, son pueriles, alocados, y muy agenos de la seriedad, gravedad, y magestad, con que se deben tratar todas las materias en el Púlpito; nunca te metas á disputar con ellos, déxalos que abunden en su opinion, házlos una grande cortesía, y sigue tú la tuya. Porque, aun dado caso que ellos tengan razon, los que la conocen son quatro, y los que se pagan mucho de estos sonsonetes, epíthetos cómicos, antíthesis, y bocanadas, son quatrocientos mil.»

10. — «Quarta regla. Sea siempre el estilo crespo, hinchado, herizado de Latin ó de Griego, altisonante, y, si pudiere ser, cadencioso. Huye quanto pudieres de voces vulgares y comunes, aunque sean propias; porque, si el Predicador habla desde mas alto y en voz alta, es razon que tambien sean altas las expressiones. Insigne modelo tienes en el Autor del famoso Florilegio, y solo con estudiar bien sus frases harás un estilo, que aturrulle y atolondre á tus auditorios. Al silencio, llámale taciturnidades del labio; al alabar, panegirizar; al ver, atingencia visual de los obgetos; nunca digas habitacion, que lo dice qualquier payo, dí habitáculo, y déxalo por mi cuenta; existir es vulgaridad, existencial naturaleza es cosa grande. Que la culpa original se deriva por el pecado, á cada passo lo oímos; pero, que se traduce por el fómes del pecado, si no fuere mas sonoro, á lo ménos es mas Latino y mas obscuro; y acaso no faltará algun tonto, que juzgue, que el primer pecado se cometió en Hebréo, y que un Escritor ó Literato llamado Fómes le traduxo en Castellano. Algun escrupulillo tengo, de que la proposicion (salvo la hermosura de la frase) es disparatada, porque la culpa no se deriva ó no se traduce por el pecado, sino por la naturaleza, que quedó infecta con él. Pero al fin, la verdad de esto quédese en su lugar; porque, como soy poco Theólogo, no me quiero meter en lo que no entiendo.»

11. «Guárdate bien de decir nunca la Vara de Aaron, porque juzgarán, que es la vara de algun Alcalde de Aldéa; en diciendo la Aaronítica Vara se concibe una vara de las Indias, y se eleva la imaginacion. Cecuciente naturaleza es claro que suena mejor, que naturaleza corta de vista, porque esta última expression parece que está pidiendo de limosna unos anteojos de vista cansada. Sobre todo, ignitas aras del deseo, por deseo ardiente y encendido, es locucion que embelesa. Basten estos verbi-gracias, para que sepas las frases que has de estudiar, ó á lo ménos imitar, en el Florilegio Sacro, y con esto solo harás un estilo cultíssimo por el camino mas fácil. Para que comprehendas mejor, qué cosa tan bella es esta, oye una cláusula en el mismo estilo, formada casi solamente de los propios términos: Quando la cecuciente naturaleza, superando los ignitos singultos del deseo, erumpe del materno habitáculo, y presenta su existencial ser á las atingencias visuales, aunque con la lare original traducida por el fómes, los circunstantes se erigen, qual Aaronítica Vara, ansiosos de conspicirla. Dígote de verdad, que un Sermon en este estilo, no hay oro en el mundo para pagarle.»

12. «Hay otro estilo tambien muy elevado, aunque por diferente rumbo, el qual no consiste en frases peregrinas ó latinizadas, sino en una junta y harmoniosa mezcla de voces, que, siendo cada una de por sí natural, llana, y sencilla, las da la colocacion no sé qué ayre primoroso, que hechiza, suspende, y arrebata. Esto mejor se explica con exemplos: supongamos, que me huviessen encargado un Sermon de Honras, y que, para explicar mi dolor por la muerte de la persona, á quien se dedicaba la Oracion fúnebre, diesse principio á ella de esta manera: Hay de mí! no sé qué siento en el alma: parece que esta se me arranca, ó forceja por salirse del cuerpo. El corazon quiere seguirla: la garganta se me añuda; la voz no acierta con los labios. A no suplir un precepto la falta del espíritu, no seria possible hablar. Los suspiros se atropellan en la boca, y al salir de tropel, mezclándose con las lágrymas, turban la vista, sin dexarla percebir mas que obgetos melancólicos y tristes. No te parece, que seria esta una grandíssima frialdad, y que á lo ménos qualquiera simple vejezuela entenderia lo que queria decir? Pues oye como explicó este mismo concepto un venerable Varon en el Exordio de aquella Parentacion dolorosa, Oracion fúnebre, y Epicedio triste, de que te hablé en la segunda regla.»

13. «Hay de mí! qué pavor recibe el alma! qué desmayo el corazon asusta! El alma fugitiva de sí misma, aun de sí misma no acierta á dar noticia; el corazon saliéndose del pecho apénas late, porque á penas de essa tumba solo pulsa; anudada la garganta, es áspero cordel el mismo aliento; desmayada la voz, halla un cariño, que las ausencias supla del espíritu, porque se ve animada de un precepto; árbitro este del balbuciente labio, confundiendo los atropellados suspiros del pecho con la copiosa lluvia de los ojos, solo libres para atormentarse con tristezas. Qué te parece? no es este un encanto? Y qué importará, que el Ilustríssimo Señor Valero, en aquella su célebre Carta Pastoral (que no sé cierto por qué la han alabado tanto los hombres mas doctos de la Monarchía), haga una sangrienta sátyra contra el estilo elevado en los Sermones, especialmente quando le usan unos hombres, que, por su profession austera y penitente, y por su trage de mortificacion, menosprecio del mundo, mortaja, y desengaño, parecia que ni en el Púlpito ni fuera de él havian de abrir la boca, sino para pronunciar huesos, calaberas, juicio final, y fuego eterno? No me acuerdo de sus palabras formales; pero bien sé que son muy semejantes á estas:»

14. «Qué es ver subir al Púlpito á un Predicador, amortajado mas que vestido, con un estrecho saco, ceñido de una soga, de que hasta el mismo tacto huye ó se retrahe; calado un largo capucho pyramidal hasta los ojos, con una prolongada barba, salpicada de canas cenicientas; el semblante medio sorbido de aquel penitente bosque, y lo demas pálido, macilento, y extenuado al rigor de los ayunos y de las vigilias; los ojos hundidos hácia las concavidades del celebro, como retirándose ellos mismos de los obgetos profanos, y gritando mudamente: apartadnos, Señor, de la vanidad del mundo! Qué es ver, digo, á este animado esqueleto en la elevacion de un Púlpito, asustando con sola su vista aun á los que no son medrosos, proponer el thema del Sermon con magestad, arremangar el desnudo brazo, mostrar una denegrida piel sobre el duro hueso, hasta el mismo codo, y dar principio al Sermon de esta ó de semejante manera:»

15. «Bizarro propugnáculo de España, célebre Colonia Latina, idéa de Cónsules claríssimos, y gloria de los Pueblos Arévacos, qué es esto?... Qué es esto, bella emulacion del Orbe, jurada Reyna de los Carpentanos montes, en cuya ilustre falda, si la vista de dos profundos Valles te ciñe, el murmuréo de Eresma y de clamores te acompaña?... Qué es esto, Arco de paz peregrina, donde los ciento y cinquenta y nueve de tu Puente son trophéos gloriosos del que ostenta Millan en este dia, por Real florido Iris de su Cielo? Et reliqua.»

16. «No quedaria escandalizado el Auditorio (prosigue la substancia de dicho melancólico Prelado) al oír aquel viviente cadáver prorrumpir en unas voces tan pomposas, tan hinchadas, tan floridas; y, quando esperaban escuchar de unos labios emboscados en la espesura de aquella penitente barba, ó desengaños que los aterrassen, ó inflamados afectos que los encendiessen, hallarse con una relacion crespa, sonora, retumbante, la mitad en prosa, y la mitad en verso, que no pareceria mal en unas tablas? Si saliesse al Theatro un Comediante con su peluca blonda y empolvada, sombrero fino de plumage, y por cucarda un lazo de diamantes, chupa de riquíssima tela, casaca correspondiente á la chupa, medias bordadas de oro, zapatos á la gran moda, con dos lazos de brillantes por evillas, espadin de puño de oro, baston del mismo puño, camisola y vueltas de Paris, bordadas con exquisito primor; y él de estatura heróyca, de semblante grato y señoril, de talle ayroso, de bizarra planta, de noble y desembarazado despejo; y, puesto enmedio del Tablado, componiéndose las vueltas, dando dos golpecillos alhagueños hácia las caídas del peluquin ó de la peluca, proporcionando la postura, hecha una ayrosa cortesía al silencioso concurso, y calado garvosamente el sombrero, rompiesse en esta relacion:

Ahora, Señor, ahora,

Que la inexorable Parca

Quiere aplicar á mi vida

Los filos de su guadaña.

Ahora, ahora, Señor,

Que, postrado en esta cama,

Me siento tal, que no sé

Si he de llegar á mañana.

havria bastantes sylvos para él en la mosquetería? No agotaria todas las peras, manzanas, y tronchos de la cazuela? El Alcalde de Corte, que fuesse semanero, no daria pronta providencia para que llevassen á aquel pobre hombre á la Casa de la Misericordia? Sí. Pues, á mal dar, tan loco es un Capuchino que representa en el Púlpito, como un Comediante que hace Mission en el Theatro. Y lo mismo se debe entender de qualquiera Predicador, sea de la profession que se fuere; pues el haver puesto el exemplar en un Capuchino, es por la especial disonancia que hace esta ojarasca y vana frondosidad en aquel trage.» Hasta aquí la substancia de dicho Ilustríssimo; pero qué substancia tiene todo esto? El maligno cotejo, que hace entre el Predicador y el Comediante, no viene al caso, por mas que parezca convincente; porque, si en las Tablas se representan Vidas de Santos y Autos Sacramentales en verso, por qué no se podrán predicar en los púlpitos relaciones y jácaras en prosa? Que me respondan! que me respondan á esta retorsioncilla!»

17. «Otro estilo hay, que, sin ser elevado en la expression, es de gran gusto en el sonsonete, y son pocos los Auditores, que no se alampan por él. Este es el cadencioso, diga Longino lo que quisiere, y digan lo que se les antojare todos los descendientes por linea recta de los Sayones, que dieron muerte al Salvador. El estilo cadencioso es de dos maneras: una, quando la cadencia es de verso, ya lýrico, ya heróyco; otra, quando consiste en cierta correspondencia, que tiene la segunda parte de la cláusula con la primera, como si la primera acaba en onte, que la segunda concluya en unte; si la caída de una es en irles, la de la otra sea precisamente en arles; si aquella termina en Tamborlan, esta termine en Matusalen. Los exemplos te pondrán esto mejor delante de los ojos.»

18. «Cadencia de verso lýrico. Fuera del divino exemplar, que ya te puse en el famoso Sermon, intitulado: Parentacion dolorosa, Oracion fúnebre, Epicedio triste, oye otro sacado de cierto Sermon, que se predicó con extraordinario aplauso en una Cathedral, donde hervian los hombres doctos como los garbanzos en olla de potage, y todo él fué por el mismo estilo, sin perder siquiera pié ni sílaba. Asustada mi ignorancia,... confuso mi encogimiento,... ni sé si atribuya á dicha,... ni sé si desgracia sea... la que busco en mi eleccion,... para tanto desempeño,... mil assuntos al sonrojo,... mil materiales al susto... Pues, si balbuciente el labio... se esfuerza á articular voces,... es seguro el desacierto. Dat, lingua nesciente, sonos: Y si abysmado en mí mismo,... á impulsos de conocerme,... busco en el silencio asylo,... ó es silencio irreverente,... ó es sospechoso el silencio. Silentium mihi ignaviæ tribuisti: Pero entre estos dos escollos... tenga paciencia el Scyla,... y toléreme el Carýbdis,... que por no estrellarme ingrato,... en peñas de desatento,... escojo naufragar triste... contra rocas de ignorante. Y assí va prosiguiendo sin perderle pizca hasta el mismo quam mihi. No te puedo ponderar, quanto se celebró este Sermon: en el mismo Templo resonaron mil vítores y vivas, y despues hasta las mismas Damas compusieron décimas en elogio del Predicador. Por merecer esta dicha, y por lograr esta gloria, no se pueden llevar en paciencia todas las lanzadas de esse Longino ó Longinos de mis pecados, que tan mal está con este bellíssimo estilo?»

19. «Cadencia de verso heróyco. Un Sermon al glorioso San Ignacio de Loyola comienza de esta manera: Al Marte mas Sagrado de Cantabria;... al que en las venas del nativo suelo,... para morrion, espada, peto, y coto,... forma encontró, y materia inaccessible... A la bomba, al cañon, al rayo ardiente,... al que nació Soldado, mal me explico,... al que nació Alexandro de la gracia,... y desde que dexó el materno alvergue,... con una Compañía y con su brazo,... aspiró á conquistar á todo el mundo,... juzgando (y no tan mal) que le sobraba,... la mitad de la tropa, y mucho aliento... Al grande Ignacio, digo, de Loyola,... reverentes consagran estos cultos,... émulos de su fuego sus Paysanos, etc. Asseguróme uno, que se halló presente, quando se predicó este gran Sermon, que, no obstante de ser immenso el Auditorio, no se oyó en todo él ni siquiera un estornido. Tanta era la suspension de los ánimos, y el embeleso con que todos le escuchaban. Pues, qué caso hemos de hacer de quatro carcuezos, que, porque ellos tengan ya el gusto destituído del calor natural, nos vengan á jerobear la paciencia, y á decirnos que este estilo y modo de predicar no es de Oradores, sino de Orates?»

20. «Finalmente, hay cadencia, que, sin ser de verso lýrico ni heróyco, es de correspondencia de períodos, y no hay duda, sino que es una belleza. Admirable exemplo en un Sermon predicado con sobrepelliz y bonete, á la Canonizacion de San Pio Quinto. Su principio era este: «Ya, ya sé á quienes intima fatales sobresaltos el eco de estos sonoros universales cultos. Ya, ya sé que el apothéosis del Máximo Pontífice Pio Quinto inquieta, alborota, turba sus erizadas olas al Lepanto. Ya, ya sé que el eco del sonoro clarin del Vaticano desmaya, estremece, atemoriza el orgulloso corazon del Agareno.» Y assí va prosiguiendo, sin que en todo el Sermon (que no es corto) se encuentre media docena de cláusulas, que no medien y no terminen en este ayrosíssimo sonsonete. Díme, amigo Fray Gerundio, no te embelesan estos diferentes géneros de estilo? No te hechizan? Y no es menester, que tengan unos oídos con todo el órgano al revés, aquellos á quienes disuenan?» Ibale á responder Fray Gerundio, á tiempo que llegó á ellos corriendo y exhalado un mozo de la Granja, diciendo, que el Padre Maestro los llamaba, porque el Arcipreste havia hecho su visita, acabado su consulta, y se havia vuelto á su casa.

21. No es ponderable quanto sintieron uno y otro, que se les interrumpiesse la conversacion, porque havia tela cortada para muchas horas. Pero, no pudiendo escusarse de acudir al llamamiento de nuestro Padre, tuvieron que volverse á la Casa, dexando dentellones de la obra para proseguirla en mejor ocasion. No obstante, por el camino, en que no aceleraron mucho el passo, Fray Blas volvió á repetir brevemente las mismas lecciones á su discípulo, para que se le imprimiessen mas en la memoria, y añadió, que todavía tenia que darle otras reglas muy importantes acerca de las partes mas essenciales de que se compone un Sermon, como de las entradillas, ó de los arranques, de las circunstancias en la Salutacion, que, diga nuestro Padre, ni un Capítulo entero de Padres nuestros, lo que se les antojare, son la cosa mas necessaria, la mas oportuna, la mas ingeniosa, y la que mas acredita á un Predicador; del elogio de los otros Predicadores, en funciones de Octava ó fiestas de Canonizacion, quando han precedido ó se han de subseguir otros Sermones; del modo de disponer y de guisar estos elogios; de la clave para encontrar en la Sagrada Escritura y en las letras profanas el nombre ó el oficio de los Mayordomos, y muchas veces todo junto; del uso de la Mythología, de las Fábulas, de los Emblemas, y de los Poetas antiguos, cosa que ameniza infinitamente una Oracion; de los assuntos figurados ó metaphóricos, tomándolos ya de los Planetas, ya de los metales, ya de las plantas, ya de los brutos, ya de los peces, ya de las aves. Como v. gr. llamar á Cristo en el Sacramento el Sol sin Ocaso, ó el Sol que nunca se pone; á San Juan Chrysóstomo el Potosí de la Iglesia, aludiendo á las minas del Potosí, y á que Chrysóstomo quiere decir Boca de Oro; á Santo Domingo la Canícula en su tiempo, con alusion al Perro que le figuró en el seno materno, y á que la fiesta del Santo se celebra en la Canícula; á Santa Rosa de Lima la Rosa de la Passion; á San Francisco Xavier el Eleutropio Sagrado, ó el divino Girasol, porque siguió con sus passos al Planeta, que, dicen, sigue esta planta con su vista, y assí de los demas.

22. — «Estas y otras mil cosas tenia que decirte, pero lo que se dilata no se quita, y los mismos Sermones, que vayas predicando, me irán dando oportunidad para decírtelas. Lo que ahora te encargo es, que no hagas caso de las maximotas de nuestro Padre Maestro Fray Prudencio, ni de las de otros de su calaña, porque estos hombres tienen tan arrugado el gusto como la piel, y solamente les agradan aquellos Sermones, que se parecen á los de los Theatinos, infierno por delante, y Christo en mano.» Dióle palabra Fray Gerundio, de que no se apartaria un punto de sus consejos, de sus principios, y de sus máximas; y con esto entraron en la Granja, donde passó lo que dirá el capítulo siguiente.