CAPITULO VI.

De la Conversacion no ménos útil que graciosa, que se tuvo sobre comida.

1. — «Permítame vuestra Merced, Padre Fray Gerundio, que le dé mil abrazos, dixo Don Basilio, ahora que hemos quedado solos; rato mejor que el que vuestra Merced me dió con su admirable sermon, no le he tenido ni le he de tener en mi vida. Esso es predicar, y todo lo demas es hojarasca.» — «Yo tal digo, añadió el Padre Vicario; y, si un jóven al principio de su carrera comienza assí, qué será quando la acabe? Yo conocí á un Predicador de cierta Orden, hombre ya de canas y provecto, que, aunque predicaba á este mismo aire que el Padre Fray Gerundio, no merecia descalzarle los zapatos; y con todo esso le llamaban espanta-Madrid pues, qué será el Padre Fray Gerundio quando llegue á sus años? Seguramente que le llamarán el Monstruo de España, y todavía le vendrá estrecho el renombre.»

2. — «No te lo dixe yo, amigo Fray Gerundio?» interrumpió á esta sazon Fray Blas, rebosando gozo por todas sus coyunturas. «Si no huvieras seguido mis consejos y te huvieras dexado gobernar de las vejeces de nuestro Reverendo Padre Fray Caduco, lograrias ahora estos aplausos?»

3. — «Quien es esse Flayre? preguntó el Familiar, y qué consejos daba á mi sobrino?» — «Es un Reverendíssimo Matusalem, respondió Fray Blas, de essos que alcanzaron las valonas, el qual está muy mal con todo lo que en los sermones se llama conceptos, agudezas, equívocos, circunstancias; en una palabra, con todo aquello que hace el gusto y embeleso del auditorio y produce el aplauso del Predicador. Dádole ha que se ha de predicar á lo ramplon y á lo solidote; assuntos serios y naturales, verdades indubitables y de quatro suelas; pruebas macizas y de cal y canto y, como dicen, de estas que aplastan. De circunstancias no se hable: dice que no hay mas circunstancias que las de el mysterio del Santo ó del objeto de que se predica, y que todo lo demas es locura y profanacion, que muchas veces se roza en sacrilegio. Añade, que solicitar en los sermones el gusto ó el deleite del auditorio y el aplauso del Orador, es contra toda regla de la verdadera eloquencia, la qual solo debe tirar á convencer, á persuadir y á mover; pretendiendo que los conceptos delicados, las agudezas, los equívocos y las pinturillas deleitan, pero no convencen, ni persuaden, ni mueven. Vaya Usted viendo lo que adelantaria un pobre Predicador con estas reglecitas, y si al cabo del año tendria dos arrobas de chocolate en el caxon, ó si rodarian media docena de doblones en la naveta.»

4. — «Con que, esso decia esse buen Flayre?» volvió á preguntar el Familiar. — «Si, Señor, esso decia, esso dice, y esso estará diciendo por toda la eternidad, si Dios no lo remedia,» respondió Fray Blas. — «Pues mi alma, como la de su Reverencia, continuó el Familiar, yo soy un pobre monigote, como Ustedes ven, que solo sé leer con trabajo y echar mi firma con enfecultad; pero, por fin y por postre, dos deditos de entendimiento, de pricision los ha de tener todo hombre inracional. Mi voto le doy á esse Fray Mathias de Jerusalem, ó como le llama el Padre Predicador, y que me emprumen, si no le sobra la razon por los tejados. Quando voy á oir un sermon, sea el que se juere, voy siempre con entincion de que m’ agan güeno, ó espirándome deséos de emitar las vertudes del Santo á quien se perdica, ó propuniéndome alguna verdá de emportancia, que me la metan bien en la cabeza, y dempues como que me empujen el corazon á platicarla. Pero vaya Usté con Dios, que las mas de las veces m’ allo con una retaíla de garambainas, de entresijos, de sotilezas y de cercunloquios que, en mi ánima jurada, los entiendo yo tanto, ni sé á lo que vienen, como ahora llueven pepinos. Daca el Mayordomo, vuelve la Comedia, torna los novillos; si la Ciudá se llama assí; si su enfundidor se llamó asado; si danzaron ó no danzaron los profetas; si se usaron hogueras y cuetes y carretillas y triqui-traques en la ley de los Judíos. Dempues entran los Angeles que suben y baxan por la escala de Jacó; dempues aquellos Seraphines con sus seis alas, que no parecen sino los gorriones de todos los sermones; porque, ansí como los gorriones se encuentran en todos tiempos y en todas partes, ansí essos probes Seraphines salen á volar en todos los sermones, que no sé á fé mia como tienen ya fuerzas ni prumas; y en verdá que hicieron bien en ponerles tantas alas, una vez que huviessen de estar volando tan encontinuamente. Pues, qué diré de aquel que unos llaman carro, y otros carroza, de un tal Enzequiel? Habrá acarreado el dichoso carro mas paja en essos púlpitos de Dios que todos los carros de Cámpos, desde que se enfundió en el mundo la labranza. Con que, al cabo del sermon me güelvo á mi casa tan malo como me salí, sin haver entendido una palabra de toda aquella chanfonía; y vaya Usté con Dios, que hemos de decir, que el Perdicador es un hombre que se pierde de vista, siendo ansina que á muchos de ellos los llevara yo á la Inquisicion, si el Santo Tribunal me lo mandara.»

5. — «Señor Familiar, replicó Fray Blas, no hable vuestra Merced en lo que no entiende.» A que añadió prontamente Fray Gerundio: «Tio, pensar vuestra Merced que ha de alcanzar mas que tantos Predicadores famosos como predican assí, y tantos hombres discretos como los celebran y los aplauden, es demasiado pensar.» — «Sobrino, respondió el Familiar, cada probe alcanza aquello que Dios le ayuda. A esso de que tantos Perdicadores perdican ansí, y que tantos hombres discretos los celebran, digo que, porque son tantos los que perdican ansina, por esso me encarabrino yo tanto; y en quanto á los hombres discretos que los celebran, peor es urgallo. Yo confiesso, porque el Diabro no se ria de la mentira, que tambien los he uído apraudir á muchos; pero acá en mi imaginamiento todos eran unos tontos. Y á lo otro que dixo el Padre Perdicador, de que yo no lo entiendo, respondo á su Usencia que, como los sermones se perdican para que los entiendan todos, por el mismo caso que yo no entiendo los mas, digo que son malos, y no me sacarán de esto quantos Tiólogos hay en la Universidá de Salamanca.»

6. — «A muchos ha hecho bien poca merced el Señor Familiar», dixo á esta sazon el Padre Vicario con su acostumbrado entonamiento. «Si son necios los que predican de essa manera y los que gustan de sermones á esse aire, se verificará á la letra lo que dice el Espíritu Santo, que stultorum infinitus est numerus, será preciso contar en esse número á muchos hombres de bien, y yo, aunque no lo sea, desde luego me encuentro entre ellos, porque mas quiero errar con los muchos que acertar con los pocos.»

7. — «Fuego de Dios en la másima! replicó con viveza el Familiar; no me la meterá Usendíssima en la cabeza: en todo causo á mí me parece mas mejor acertar con uno solo que errar con todo el mundo; porque, en concrusion, el errar siempre es errar, y el acertar siempre es acierto.» — «No estará vuestra Merced tan solo por esse partido, dixo á esta sazon Don Basilio, que no tenga tambien á su lado al Señor Magistral; porque, assí en los sermones que le he oído, como en las conversaciones que se han ofrecido sobre la materia, con el exemplo y con la palabra se muestra tan opuesto á este modo de predicar, que es gusto oírle quando se zumba de él, y estremece quando le combate en serio.»

8. — «Por algo ha estado tan grave y tan espetado en toda la mesa, interrumpió el hermano Bartholo, que en toda ella no ha dicho esta boca es mia; y alguna vez que yo le miraba, estaba con un ceño que parecia un Enquisidor. Pero dempues de todo, yo me atengo á nuestro Padre Vicario y al Reverendo Padre Fray Bras, que son Perdicadores leídos; y de mí sé decir que, quando oigo uno de estos sermones agudos, me embobo tanto que es un alabar á Dios. Pues qué? si el Perdicador es hombre de manotéo y lo representa con garbo y, como dicen, con empropriedad! Entónces no trocaria yo un sermon por una comedia.»

9. — «Essa es otra, replicó el Familiar; Perdicadores he uído que no parecen sino mesmamente á unos farsantes que ví en Valladolí, una vez que fuí allá á cosas del Santo Oficio, y havia comedias. Ni mas ni ménos traquiñan las manos quando perdican, como las traquiñaba el primer galan, que decian era un pordigio. Si habran de cruz, espurren los brazos; si de una bandera, hacen como que la trimolan; si de una batalla, dan cuchilladas; si de una ave, parece que vuelan.» — «En esso hacen lo que deben, respondió magistralmente el Padre Vicario, porque las acciones han de acompañar á las palabras, en lo qual no debe diferenciarse el Predicador del Representante.»

10. — «A otro perro con esse huesso, dixo el Familiar, que yo no le roeré. Con que, quiere su Usencia encaxarnos que un Comediante y un Perdicador han de representar de la mesma manera?» — «Ambos han de pintar, en quanto sea possible, con las acciones, aquello que expressan con las palabras,» replicó el Padre Vicario. — «Sí, Señor, dambos tienen essa obrigacion, pero el Comediante como Comediante, y el Perdicador como Perdicador.» — «Pues, explíquenos vuestra Merced la diferencia,» dixo con un poco de desden el Padre Vicario. — «Oh! si yo supiera expricarla como acá la tengo en mi calletre, respondió el Familiar, no me truecaria por un Arcediano.»

11. — «A mí me parece, saltó entónces Don Basilio, que comprendo lo que quiere decir el Señor Familiar. Parécele que, siendo tan diversos los fines que se deben proponer el Comediante y el Predicador, han de ser tambien muy diferentes los medios, y que lo que en el uno es gala, hermosura, viveza y propriedad, en el otro seria locura, ridiculez, irrision y extravagancia. El Comediante solo tira á deleitar, á embelesar y á divertir; el Predicador únicamente debe intentar convencer, persuadir y mover. En aquel las acciones, los gestos y los movimientos parecen mejor quanto mas airosos, quanto mas vivos y quanto mas desenfadados: en este todo debe respirar gravedad, magestad, modestia y compostura; y, perteneciendo á la accion no solo el movimiento de las manos, sino el aire del semblante, la postura del cuerpo y hasta el tono de la voz, en todo debe reinar una modestia que no se pide al Comediante. Y á este propósito me acuerdo haver leído en Quintiliano, que el buen Orador ha de querer mas parecer modesto y encogido que garboso y desembarazado: modestus et esse et videri malit; y debe ser sin duda la razon, porque, siendo el principal fin del Orador el persuadir y el mover, todo aquello que le hace mas amable, le hace tambien mas eficaz, siendo cierto que el que es dueño del corazon se hace mas presto señor del entendimiento; y como el orgullo, la presuncion y la arrogancia desagradan tanto á todos, el Predicador que en sus movimientos, gestos, acciones y menéos se ostenta orgulloso, arrogante y presumido, de contado se hace aborrecible, ó por lo ménos enfadoso. De aquí es que la modestia y el encogimiento, que pocas veces cae en gracia á un Comediante, siempre es necessaria al Predicador; y harto será que no fuesse esto lo que el Señor Familiar quiso decir.»

12. — «Pero quando lo expricaria yo con essa heregía y craridad?» exclamó el Familiar, lleno de gozo, dando un abrazo á Don Basilio. «Vuestra Merced me bebió el pensamiento; y, ya que una cosa llama á otra, díganos vuestra Merced por vida suya, y assí tenga Dios en descanso al ánima de su Señora Madre (conocíla mucho, y era una muger... válame Dios, qué muger era!): díganos vuestra Merced, vuelvo á decir, qué cosa es modestia de la voz? Porque ansí al descuído con cuidado se dexó vuestra Merced caer este vocabro, y yo no entiendo bien lo que sanefica.»

13. — «Tampoco yo lo entenderia mucho, respondió el Canónigo, si por casualidad no lo huviera leído pocos dias há en cierto libro que me envió un amigo de Madrid, y trata de estas cosas de los Predicadores. Intitúlase La Eloquencia Christiana, y su Autor es un Jesuíta francés, llamado el Padre Blas Gisbert, hombre sin duda hábil, discreto y erudito, que trahe admirables especies, aunque á mi pobre parecer escritas no con el mejor méthodo del mundo; porque repite mucho, hacina bastante; no sigue la caza, pica mil cosas y luego las dexa; y en los muchos exemplares que trahe de San Juan Chrisóstomo, á quien propone con grandíssima razon por el mejor modelo de la eloquencia sagrada, aunque todos ellos son muy escogidos, me parece que está algo prolixo. Pero hola! quien soy yo para meterme á crítico, sin acordarme que esta facultad no se hizo para un pobre Canónigo bolonio? Vuelvo á la pregunta.»

14. «Dice pues este Padre, si no me acuerdo mal, hablando de la modestia de la voz, poco mas ó ménos, estas palabras: Serás modesto por esta parte, si evitas en tu voz cierto aire bronco, hinchado y dominante, que introduce hasta el corazon de los oyentes aquella enfadosa dissonancia, que su mismo desentono causa en el oído. Una voz dulce, fuerte, igual, flexible y modestamente imperiosa es de admirable auxilio para la persuasion. Por el contrario, el entendimiento siente no sé qué repugnancia en rendirse á unas razones que se derivan por un canal tan ingrato y tan desagradable, como es una voz grossera, desapacible, fiera, impetuosa y violenta.»

15. — «Y donde ha de ir á comprar otra, replicó Fray Blas, aquel á quien Dios se la dió con essas tachas?» — «Esso no lo dice mi Autor, respondió el Canónigo, y yo no he tomado el oficio de instruir á los Predicadores, porque soy poco hombre para esso. Solo refiero lo que he leído; bien que á mí me parecia, que el arte, el trabajo y el cuidado podian corregir essos defectos, y aún hago memoria, si no me equivoco, de haver oído ó leído, que Demósthenes y Ciceron, los dos mayores Oradores que ha conocido el mundo, ambos havian recivido de la naturaleza una voz bronca y destemplada, y ambos la reduxeron á un medio templado, sonoro y apacible, con el cuidado y con el exercicio.»

16. — «Pues oye su Mercé, Señor Don Basilio, dixo el Familiar; aunque es assí que essas vozarronas, que parecen berreaduras de güey ó de becerro, y essos menéos empetuosos de los Perdicadores, como los llama esse Padre Theatino Bras de qué sé yo qué, parece que le rompen á uno los cascos; pero á mí no me amohinan ménos otros Perdicadores que hay tan enmelados, con unas palabricas tan de azucre y de almíbare, unos cecéos y unos menéos de dama remilgada y de Sí Señor, que cierto dan á un hombre gana de gomitar.» — «Quando todo esso es natural, respondió el Canónigo, porque nace de un genio verdaderamente dulce, suave y blando, y de algun natural defecto de la lengua, no solo no fastidia, sino que cae en gracia, persuade y mueve; pero, quando se mezcla en ella la afectacion y el artificio, no hay cosa que mas empalague ni que mas irrite. Aún en una conversacion, el que afecta dulzaina, dengues y remilgamiento, se hace extremadamente fastidioso; pero, quando esto se quiere remedar tambien en el púlpito, no hay paciencia para tolerarlo.»

17. — «En esso vamos conformes,» interrumpió el Padre Vicario; y es que él tenia una voz sonora, grata y medianamente corpulenta. «No lo estamos tanto en el dictámen sobre essa obrita del Padre Gisbert, que tengo en mi celda y he leído con bastante cuidado; pues, aunque vuestra Merced la ha notado algunos defectillos, veniales á la verdad, pero en el fondo se conoce que la aprecia. Ha leído vuestra Merced los reparos críticos de Monsieur L’Enfant sobre essa obra?» — «Sí, Padre Reverendíssimo, porque están al fin de la segunda edicion, que es la que yo tengo.» — «Y qué le parece á vuestra Merced de ellos?» preguntó el Padre Vicario. — «Padre Maestro, respondió Don Basilio, un triste Canónigo de capa y espada, como yo soy, no puede dar parecer en estas materias. Pero, pues vuestra Reverendíssima desea saber lo que siento, valga lo que valiere, digo que, fuera de las notas que le pone (y á mí me parecen justas) sobre la falta de méthodo, la repeticion y la prolixidad de los lugares que extracta de San Juan Chrisóstomo, casi todos los demas reparos de Monsieur L’Enfant son fútiles, ridículos y pueriles; y en fin, pidiendo primero licencia para usar de este equivoquillo, reparos propriamente de niños, que esso quiere decir l’enfant en nuestra lengua.»

18. «Pues qué! replicó el Vicario, pueril llama vuestra Merced al primer reparo, que pone sobre lo que dice en el prólogo el Padre Gisbert, que la hermosura del discurso suple la falta de la brevedad? Y añade el crítico, que aquí hay oscuridad y algun sentido equívoco, pues se quiere decir que lo hermoso del discurso excusa lo prolixo. Este reparo me parece justo y sólido.»

19. — «Lo que es no entenderlo! respondió el Canónigo; pues á mi me parecia que era insulso, fútil y sin razon alguna; porque no comprendia yo, que entre estas dos cláusulas la hermosura de un razonamiento suple la falta de la brevedad; la hermosura de un discurso excusa la prolixidad huviesse otra diferencia que la de decir una misma cosa con mas ó con ménos palabras; pero que en lo demas ambas proposiciones eran igualmente claras y perceptibles. Mas las superiores luces de vuestra Reverendíssima descubren lo que no vemos los que las logramos mas escasas.»

20. — «Pues la segunda nota de Monsieur L’Enfant sobre el prólogo, dixo el Padre Vicario, aún es mas substancial que la primera, y no sé qué se pueda replicar á ella. Para excusar el Padre Gisbert la prolixidad de los exemplos que propone, dice que en esso no hizo mas que imitar á San Agustin, y añade oportunamente el discreto crítico: Si el méthodo es malo, no le autoriza el exemplo del Santo; fuera de que San Agustin no es tan prolixo ni con mucho en sus citas, como lo es el Padre Gisbert en las que hace de San Juan Chrisóstomo. Tratará vuestra Merced de pueril este reparo?»

21. — «Yo me guardaré bien de esso, respondió el Canónigo; porque, aunque es verdad que á nosotros los Eclesiásticos legos nos disuena mucho esto de hablar con ménos respeto de los Santos Padres, y mas de un Padre tan sabio, tan ingenioso y tan crítico en todo como dicen que fué San Agustin; pero esso nacerá sin duda de que nosotros no lo somos: por esso nos escandaliza oir que, quando las cosas son malas, el exemplo de los Santos Padres no las autoriza; porque nos parecia á nosotros que, una vez que las autorizasse el exemplo de los Santos Padres, debiamos de creer que no eran malas. Por lo que toca á si son ó no son largas las citas de San Agustin, como los exemplos que copia el Padre Gisbert de San Juan Chrisóstomo, yo no puedo hablar con conocimiento de causa, porque confiesso que solo he leído por el forro las obras de San Agustin en la librería del Señor Magistral; pero, como el Padre Gisbert assegura que San Agustin traslada lugares muy considerablemente largos de los Prophetas, de San Pablo y de San Cypriano en su libro ó Tratado De la Doctrina Christiana, paréceme que debemos creerle sin escrúpulo, porque no tiene traza de hombre que habla á bulto, ni de quien cita en falso.»

22. «Pero demos de barato que las citas del Santo huviessen sido mas breves ó mas cortas; acá á mi modo de concebir me parece, que no hace fuerza el cotejo, siendo muy clara la disparidad. San Agustin, en el libro De la Doctrina Christiana, no toma por assunto el instruir á un Predicador en el modo de predicar, sino imbuírle en los dogmas ó doctrina de la Religion que debe de enseñar, y para esto no era menester copiar passages largos de los Padres anteriores al Santo Doctor. Por el contrario, todo el empeño y todo el assunto del Padre Gisbert es instruir á un Orador Christiano en el méthodo y en el modo con que ha de disponer sus sermones; y para esto era al parecer indispensable hacer un poco largos los exemplares que se proponen para la imitacion; porque, como dice el mismo Padre, si no se da á estos modelos de el buen gusto una cierta proporcionada extension, es impossible sentir ó reconocer en ellos perfectamente la práctica de las reglas. Es verdad, como signifiqué al principio, que aún para este fin me parecen un poco prolixos algunos passages de San Juan Chrisóstomo, que copia el Padre Gisbert; pero yo soy un pobre Canónigo en romance, y debo someter mis bachillerías al superior dictámen de vuestra Reverendíssima, á quien suplico se sirva decirme qué hombre fué esse Monsieur L’Enfant, cuyas notas han tenido la fortuna de agradarle tanto.»

23. — «Señor Don Basilio, respondió el Padre Vicario, confiesso que no lo sé, ni me he metido en averiguarlo; porque, quando leo un libro, me importa poco saber la vida y milagros del Autor: si me gusta, le acabo y le celebro; y si me enfada, le cierro y le arrimo, sin meterme en mas honduras ni averiguaciones.»

24. — «Hay cosa! replicó el Canónigo; pues yo estaba en el errado concepto de que, para hacer juicio de una obra, especialmente crítica y en materia que se roza con la Religion, convenia mucho saber, por lo ménos en general, los estudios, las circunstancias, y especialmente la profession ó la religion del Autor. Confiesso que, haviendo observado en las notas de Monsieur L’Enfant el empeño en critiquizar, morder y censurar los lugares que traslada el Padre Gisbert, (porque, en suma, á esto se reducen sus principales notas, ó á lo ménos aquellas que no son sobre puras fruslerías,) y haviendo reparado que, desde la misma carta que sirve de prólogo á la obrilla, muestra su poca inclinacion á este célebre Padre de la Iglesia, quando dice que, aunque él es uno de los que mas admiran su eloquencia y su genio, con todo esso no quisiera proponerle hoy por modelo sin muchos correctivos, confiesso que todo esto me hizo entrar de mala fé con este Monsieur, y me dió fiera tentacion de averiguar qué personage era.»

25. «Tuve bien poco que hacer en conseguirlo; porque, como soy uno de aquellos eruditos de repente y haraganes de la moda, que quieren saber mucho á poca costa y hablar en todas materias sin comprehender ninguna, en saliendo algun Diccionario, Compendio, Epítome, Synópsis, ó cosa que lo valga, luego escrivo á mi corresponsal de Madrid para que le haga venir á mi librería romancista. En ella tengo el Diccionario Histórico, abreviado, de Moreri, escrito en francés por el Abad Ladvocat y traducido harto fielmente en castellano por Don Agustin de Ibarra, Clérigo laborioso y aplicado. En él se dice, que Jacobo L’Enfant fué un famoso Theólogo é Histórico de la Religion Protestante, que dexó un gran número de obras y murió paralýtico el año de 1728; por señas, ántes que se me olvide, que se assegura nació en Bazoche en el Bauce, provincia que no se sabe donde cae, pues solo se tiene noticia del Bausès ó Beauzès, baxo y mediano, que comprende el país de Chartres y el de Vandoma; pero esto importa un bledo. Lo que á mi ver importa mas, es que, haviendo sido Monsieur L’Enfant un Protestante tan famoso como arrabiado, parece que se deben leer con alguna desconfianza sus notas sobre la obra de un Jesuíta, y mas sobre tal obra.»

26. — «Pues qué, replicó el Padre Vicario, no sin algun desden, es vuestra Merced de aquellos entendimientos vulgares, que juzgan no puede escrivir con acierto un Herege en ninguna materia?» — «No, Padre Reverendíssimo, respondió el Canónigo, no soy tan lego como todo esso: sé muy bien que entre ellos ha havido Autores eminentes en algunas facultades; sé muy bien, (porque al fin ya llegué á estudiar las Súmulas,) que no vale esta consequencia: es Herege, luego no sabe lo que se dice, ni lo que se escrive; sé tambien que, assí como hay cierta especie de locos que solamente desvarían en determinadas materias, assí hay muchas classes de entendimientos que solamente desbarran en assuntos determinados. Pero al mismo tiempo estoy persuadido á que por esta última razon debemos leer siempre con mucha cautela y desconfianza aquellas obras de los Hereges, que directa ó indirectamente tratan de puntos de Religion, quales son sin duda las que hacen crítica de los Santos Padres, cuya veneracion y concepto procuran ellos disminuir por todos caminos. Por otra parte, siendo tan notoria la inquina que los Hereges professan á las Religiones, especialmente á los Jesuítas, paréceme que, quando aquellos escriven contra estos, pide la equidad que se las lea con un poquillo de precaucion, porque son parte apassionada.»

27.[18] El Donado, á quien se le secaba la boca con tanto silencio, y no podia llevar en paciencia una conversacion mas seria de lo que él quisiera, y de la qual apénas entendia palabra, pareciéndole que havia llegado la suya, dió una gran palmada en la mesa y dixo con voz temulenta: «los Hereges son unos perros judíos: pero los Theatinos!... y no digo mas. Al fin toda es gente honrada, pero mi casa no parece.»

28. — «Calla, borracho,» le interrumpió, no sin alguna indignacion, el otro Religioso de su Convento, que, despues de un ratico de siesta, havia vuelto á la mesa y se halló á la mitad de la conversacion. «Demasiado has dicho, para conocer que has bebido demasiado. Qué quieres significar por essas palabras tan preñadas?» — «Lo que yo quiero saneficar, dixo el Donado, está bien craro; porque, si los Hereges pretenden deshonrar á los Padres de la Igresia, como esse Señor Infante lo quiere hacer con San Juan Chrystósomo, los Theatinos no tratan mejor á Santo Thomas de Enquino.» — «Botarate! cose essa boca! le replicó el Religioso, y no hables lo que no entiendes, ni eres capaz de entender. No hay Religion en la Iglesia de Dios, despues de la Dominicana, que mas se haya empeñado en ilustrar á Santo Thomas que la Compañía; ninguna que cuente tanto número de Expositores de las obras de el Santo Doctor. Si en algunos lugares aquellos le entienden assí, y estos de otra manera, lo mismo sucede en muchos textos de la Sagrada Escritura, que unos Padres los interpretan de un modo, y otros de otro muy diferente, y aún muy contrario, sin que ninguno diga por esso, que los Padres de la Iglesia no siguen la Escritura ó que tiran á discreditarla. Aún entre los mismos Autores Dominicos se dan batallas campales sobre la inteligencia de muchos lugares de Santo Thomas, y no por esso le deshonran, ántes por lo mismo le ilustran mas; pero esto no es para cabeza de bolo como la tuya.»

29. — «Cabeza de bolo ó no cabeza de bolo, replicó el Donado, hasta ahora no he uído, que ningun Padre Santo huviesse llamado á la Religion de los Theatinos Religion de la verdá, como se la llamó á la Religion de Santo Domingo un Padre Santo de Roma.» — «Tampoco se la ha llamado, replicó el Religioso, á la Religion de San Francisco, ni á la de San Benito, ni á la de San Bernardo, ni á la de San Agustin, ni á ninguna otra de las innumerables, que instituyó el mismo Dios por medio de los Santos Patriarchas para ornamento de su Iglesia. Y qué sacaremos de esso? Que todas las demas Religiones son Ordenes de la mentira, y solo la Religion de Santo Domingo es Orden de la verdad? Solo una cabeza tan burral como la tuya sacará esta consequencia.»

30. — «Aquí entro yo, dixo el Familiar, porque soy Menistro del Santo Oficio, y, si alguno dixera de qualquiera de las Religiones essa Morería ó essa Judiada, al mimento le echaba la garra y daba con él de paticas en la Enquisicion. Pero...»