CAPITULO VII.
Levántase de la siesta el Magistral, y prosigue la conversacion del Capítulo antecedente, con todo lo demas que irá saliendo.
1. A tal instante se dexó ver el Señor Magistral, despues de haver dormido una siesta muy decente. Todos se levantaron por respeto, y los mas se retiraron, unos á rezar, y otros á descabezar el sueño, entre los quales asseguran varios Autores que el hermano Bartholo era el mas necessitado. Fray Gerundio hizo tambien ademan de retirarse; pero el Magistral le detuvo, quedando solos Tio y Sobrino, Don Basilio, y el bueno del Familiar. Tomó un polvo el Magistral para despejarse, estregóse los ojos, sonóse las narices, y es fama que, encarándose con el Sobrino, le habló en esta substancia:
2. «Sin duda, Fray Gerundio, que habrás quedado muy vanaglorioso con tu desbaratado sermon. Los aplausos de los ignorantes, la gritería de essa pobre gente, el voto de la muchedumbre, y las aclamaciones de los lisongeros, si ya no han sido irónicos elogios de los zumbones ó de los malignos, te tendrán persuadido á que nos dexaste á todos assombrados. Con efecto fué assí, y dudo que algun otro lo huviesse quedado mas que yo; pero no de tu discrecion, ni de tu agudeza, ni de tu gracia, ni de tu despejo, sino de tu lastimosa ignorancia, de tu juvenil osadía, de tu raro atolondramiento, y de tu total falta de gusto y de reflexion.»
3. «Mucho me havia escrito mi amigo y tu favorecedor, el Padre Maestro Prudencio, de tu modo de predicar; algo me apuntó de las cuerdas y oportunas advertencias, que te havia hecho para que no malograsses tus talentos; no me havian dicho poco algunos, que te oyeron no sé qué plática de Disciplinantes en tu Comunidad. Todo me hizo concebir que ibas muy descaminado; pero confiesso que no juzgué, ni aún imaginé possible, que lo fuesses tanto. Desde el primer período de tu sermon me huviera salido de la Iglesia, á haverlo podido hacer sin mucha nota y sin igual tumulto ó alboroto del apiñado auditorio: este me sitió en el confessonario, que, todo el tiempo que duró el sermon, no fué para mí tribunal de la penitencia, sino exercicio de ella.»
4. «Llaméle sermon, y le dí un nombre muy improprio; porque ni fué sermon ni cosa que de mil leguas se le parezca. Es dificultoso definir lo que fué, pero veré si me puedo acercar á dar á entender lo que concibo. Fué una escoba desatada de inconnexiones; fué una tarabilla suelta de impertinencias y de extravagancias; fué un confuso hacinamiento de textos y lugares de la Sagrada Escritura, ridículamente entendidos y osadamente aplicados; fué un turbion de conceptillos superficiales, falsos, pueriles, no solo agenos de un Orador, que en todo debe buscar la verdad y la solidez, sino insufribles aún en un mediano Poeta.»
5. «Dexo á un lado el intolerable abuso, la necia costumbre y el ignorantíssimo empeño de tocar en la Salutacion aquellas que se llaman circunstancias. Sé que contra esta impertinentíssima y tontíssima costumbre te han dicho ya mas de lo que yo te puedo decir. Solo añadiré, (por si acaso no te lo han dicho,) que ya está únicamente reducida al ínfimo vulgo de los Predicadores, y que solo se oye celebrada por las heces mas despreciables de los auditorios. Tú no te contentaste con tocar las mas comunes, que suelen repiquetear otros Oradores de tu estofa; descendiste hasta las mas menudas y ridículas, para que llegasse hasta donde podia llegar tu extravagancia: te hiciste cargo de tu Padre, de tu Madre, de tu Padrino, de los cohetes, de las hogueras, del Auto sacramental, de los novillos, de los danzantes, de sus melenas, y en fin, por no dexar ninguna impertinencia en el tintero, hiciste circunstancia hasta de la gaita gallega. No es menester mas que referirlo sencillamente para conocer, para palpar la suma ridiculez. Tus mismos colores están ahora acreditando la vergüenza que te causa solo el oírlo; pues, como tuviste valor para practicarlo? y, lo que es mas,[19] como pudiste aplicar á cosas tan baxas los sagrados textos?»
6. «Pero como? Como lo han hecho hasta aquí todos quantos te precedieron, y como no puede dexar de suceder, porque no hay otro arbitrio ni otro medio: violentando textos, desquartizando lugares, arrastrando y aún tal vez fingiendo exóticas exposiciones, ó construyendo las palabras de la Escritura con tanta materialidad como pudiera el mas zafio Sayagués ó el mas rústico Batueco.»
7. «Porque fué este el primer sermon que has predicado, traxiste aquellas palabras de San Lúcas, con que da principio á los hechos de los Apóstoles: primum quidem sermonem feci, o Theophile, sin hacerte cargo, lo primero, de que el Evangelista no trata allí de sermones, sino del Evangelio que havia escrito, como él mismo lo dice expressamente: primum quidem sermonem feci de omnibus, o Theophile, quæ cœpit Jesus facere et docere, usque in diem etc.; lo segundo, que, aunque hablara de sermones, diria todo lo contrario de lo que tú pretendias; porque no afirmaba que era aquel el primer sermon que predicaba, ántes suponia que havia predicado otro ú otros, pues decia: el primer sermon que prediqué etc. primum quidem sermonem feci. Pero no, Señor; tú leíste que el Evangelista hablaba de primer sermon, y sin mas ni mas, entendiendo materialíssimamente sus palabras, te pareció que venian muy al intento del primer sermon que predicabas, sin reflexionar que, una vez tolerada este grosseríssimo modo de traher las palabras de la Escritura, no hay absurdo que no se pueda confirmar con ellas.»
8. «De la misma manera, y aún mucho peor si es possible, aplicaste los demas textos á tus extravagantíssimas idéas. Seria cosa interminable si quisiera detenerme en recorrerlos todos en particular, y por esso bastará traherte ligeramente á la memoria los mas estrafalarios. El cotejo que hiciste del retiro de Christo al desierto con el tuyo á la Religion, dexó de ser atrevido por passar á ser sacrílego; y la disyuntiva que añadiste de que, bautizado Jesus, se retiró al desierto ó el Diablo le llevó á él, fué un arrojo que quiso parecer gracia, y vino á parar en una blasphemia. Alucináronte á tí, como á otros muchos, aquellas palabras de que ductus est ab spiritu, sin advertir que no fué el espíritu maligno, sino el Espíritu Santo, el que le conduxo al retiro, como lo sienten los Padres Santos, y es casi evidente en el contexto de la letra. Pero á tí te hacia al caso esta exposicion, porque te abria camino para la otra chocarrería, de que te retiraste al desierto de la Religion, si ya el Diablo no te llevó á ella. Chufleta escandalosa, en que no es fácil decidir, si sobresale mas la impiedad ó el descontento que muestras con tu religioso estado.»
9. «No ignoro lo que enseña Santo Thomas, hablando de la docilidad con que debemos abrazar los consejos que son buenos, aunque las costumbres y la intencion del que los da sean perversas. Bien sé que dice el Santo que, aunque constara que era el Diablo el que te aconsejaba que entrasses en Religion, debieras seguir su consejo; porque, suponiendo que su intencion siempre seria torcida, podrias enderezarla ázia tu mayor provecho, segun aquello de salutem ex inimicis nostris; pero el angélico Doctor habla hypotética, no categóricamente. Discurre en la suposicion de que esto sea possible, no supone que lo sea, ni mucho ménos lo da por hecho.»
10. «Las locuras, que ensartaste para hacer lugar en la Salutacion á tu Padrino el Licenciado Quixano, debieran conducirte á la Inquisicion, si ellas mismas no acreditaran que competia su juício á la casa de los Orates. Quanto dixiste de la quixada de asno con que Cain quitó la vida á su hermano Abel, (si es cierto que executó el fratricidio con este instrumento,) quanto disparataste sobre la famosa quixada de Sanson, y quantas boberías historiales fingiste sobre las armas de los Quixanos y de los Quixadas, familias á qual mas ilustres en el Reino de Leon, te harian reo de dos gravíssimos delitos, si no los disculpara tu sandez, ignorancia y bobería. Los esclarecidos individuos de una y otra nobilíssima familia se reirán de tu necedad, ó se compadecerán de tu desbarato, y nunca tendrán por assunto digno de su quexa que un simple como tú forge despropósitos, que no son capaces de obscurecer su esplendor.»
11. «Si vuelvo los ojos al estrafalario assunto que tomaste, apénas hallo términos para explicar lo que concibo: Campazas es el solar de la Eucharistía, y assí, ó no hay Sacramento en Campazas, ó no hay en la Iglesia fé. A quien sino á tí pudo venir al pensamiento tan furioso desatino? Puedo preguntarte lo que un Duque de Toscana preguntó á cierto Poeta, que le presentó un poema con grande satisfaccion de que le havia de assombrar, y con no menor confianza de que se lo havia de pagar bien: Dicami per Dio, dove pigliò questo acervo di pazzie e questa farragine di minchionerie? Dígame por Dios, donde encontró este monton de necedades y este fárrago de despropósitos y de boberías.»
12. «A un assunto tan exótico precisamente havian de corresponder unas pruebas tan exóticas como él; porque una proposicion extravagante no se puede confirmar con razones que no lo sean. Es Campazas el solar de la Eucharistía, porque la materia remota de este Sacramento es el pan y el vino, que nacen en los campos, de donde se deriva el nombre de Campazas? Por essa regla el Sacramento de la Eucharistía será originario de toda tierra de pan y vino llevar; y no tendrá mas derecho Campazas á ser la alcurnia de este augusto Sacramento, que Campomayor, Campoverde, Camposanto, Campo del Villar, y, en fin, toda tierra y lugar de Campos que tenga este nombre por delante ó por detras, como Medina del Campo, Villanueva del Campo, Morales de Cámpos, etc. Por el mismo principio, el solar de la Extrema Uncion será todo país donde haya aceite; el del Bautismo, donde haya agua; y el de la Penitencia, todo el mundo, porque en todo él se usan pecados, que son su materia remota.»
13. «De el mismo calibre es el otro despropósito, conviene á saber que ó hay Sacramento en Campazas, ó no hay en la Iglesia fé. Qué quisiste decir con esto? Que la fé de la Iglesia Cathólica dependia de que huviesse Sacramento en Campazas? Terrible locura! Tanto depende la fé de la Iglesia Cathólica de que haya ó no haya Sacramento en Campazas, como de que le haya ó le dexe de haver en Londres ni en Constantinopla. No te tengo por tan mentecato como todo esso; quisiste sin duda significar, (pareciéndote que decias una gran cosa,) que, si no era verdad que havia Sacramento en Campazas, puesta allí la materia y la forma por Ministro competente y con la debida intencion, tampoco era verdad que le havia en Roma ni en parte alguna de la Iglesia de Dios. Pero vén acá, simple; no conoces que essa es una insulsíssima perogrullada, y que lo mismo se puede decir de la mas infeliz alquería donde entre el divino Sacramento? Salvo que seas tan páparo como el otro charro que, haviendo visto los magníficos monumentos de Sevilla, dixo muy satisfecho: los munimentos buenos son; pero Sacramento como el de mi lugar no le hay en todo el mundo.»
14. «Sabes de donde nace este disparatado modo de discurrir, y essas proposiciones, parte heréticas, parte absurdas y parte malsonantes, que echas á borbotones? Pues, no es otro el principio sino el lastimoso desprecio que hiciste de la dialéctica, de la philosophía y de la theología, persuadido neciamente á que no las havias menester para ser gran Predicador. Ya estoy informado de lo que trabajaron tus Prelados y otros hombres sabios y zelosos por desvanecerte este grossero error de la cabeza, y tambien lo estoy de que todo fué inútilmente. No presumo tanto de mis fuerzas, que me lisongée de poder conseguir lo que ellos no lograron, y mas quando, separado ya de los estudios, parece fuera de sazon la doctrina que voy á darte. No obstante, por no quedar con esse remordimiento y porque puede ser te haga mas fuerza lo que te dice un Tio tuyo, que te ama de corazon y que está ó debe estar tan práctico en la materia como yo, (porque al fin no tengo otro oficio en mi Santa Iglesia,) te expondré con toda la brevedad y con toda la claridad que me sea possible, no ya mi dictámen particular, sino el universal de todos quantos enseñan á formar un perfecto Orador, pues, si fuere tan feliz que te hagan fuerza mis razones, aunque hayas dexado de ser discípulo de los Lectores en el aula, puedes serlo de los libros en la celda.»
15. «Ciceron dice, que es impossible haya perfecto Orador sin que sea perfecto dialéctico, añadiendo que sin dialéctica conoció á muchos loquaces, á muchos habladores, pero á ningun eloquente: disertos se vidisse multos, eloquentem omnino neminem; y él mismo afirma de sí que, si es que llegó á ser Orador, no aprendió este oficio en las escuelas de los Rhetóricos, sino en las Academias ó Universidades de los Philósophos: fateor me Oratorem, si modo sim aut quicumque sim, non ex Rhetorum officinis, sed ex Academiæ spatiis extitisse. Demósthenes, Quintiliano, Longino y todos los demas Maestros de la Oratoria convienen en el mismo principio: la razon de él salta á los ojos; porque, siendo todo el fin del Orador convencer, persuadir y mover, no puede convencer sin discurrir bien, y no puede discurrir bien si ignora el arte de hacerlo con acierto; aquel que enseña á discernir lo brillante de lo sólido, lo real de lo aparente, lo superficial de lo profundo, lo probable de lo cierto, y el sophisma de la demonstracion. Tal es la verdadera dialéctica.»
16. «Otra hay, no solo inútil, sino perniciosa á todo buen Orador; pero mucho mas al Orador christiano y evangélico. Esta es aquella dialéctica, eterna disputadora de todo, quisquillosa, bachillera, sophística y cavilosa, como la llama Quintiliano: dialectica cavillatrix;[20] aquella que hace gala de sutilizar, de refinar, de methaphysiquear sobre todos los assuntos; aquella que se evapora en sutilezas, se exhala en pensamientos volátiles, y se quiebra ó se confunde en su misma delicadeza; aquella que se complace en representar lo falso como verdadero, en dar cuerpo á la sombra, y realidad á la apariencia; aquella que hace profession de vender oropel por oro, sophismas por evidencias, y trampantojos por demonstraciones; aquella, en fin, que desquartiza, que hace gigote el objeto que toma entre manos, en lugar de dividirle para aclararle ó para comprenderle. Esta dialéctica no solo es indigna de un Orador, sino de un hombre de bien, porque solo puede conducir para alucinar, mas no para encontrar la verdad, ni mucho ménos para persuadirla.»
17. «La dialéctica no solo conveniente, sino absolutamente necessaria á todo buen Orador, es aquella sútil á la verdad, pero viva y penetrante, que discierne con seguridad lo verdadero de lo falso, distinguiendo con precision y con exactitud lo que es proprio del assunto y lo que es forastero á él; aquella que reconoce con toda claridad las partes que constituyen el todo, y sabe distribuirlas, ordenarlas y disponerlas con la union, órden y méthodo que deben observar entre sí; aquella que divide con destreza la materia, pero sin hacerla añicos, ni desmenuzarla en partes tan delicadas que apénas las percibe la vista mas perspicaz; aquella que va siempre derecha á su objeto y á su fin, sin perderle jamas de vista, ni divertirse á episodios ó digressiones extrañas, que hacen olvidar el objeto principal, cansando la atencion hasta llenarla de fastidio; aquella que da al discurso una justa libertad, sin violentarle ni oprimirle, y, desviando de las expressiones todo sentido equívoco ú obscuro, las dexa imprimir en el entendimiento una idéa clara, limpia y precisa de lo que quieren decir; aquella que dispone con tan bello órden y con tanta naturalidad todas las proposiciones del discurso, que parezcan como nacidas unas de otras, y, subiendo insensiblemente á los primeros principios, deduce de ellos unas consequencias necessarias, naturales y evidentes; aquella que descarta siempre toda prueba que no sea concluyente é invencible; aquella, en fin, que sabe unir todo el discurso como en un solo punto, para que haga mas viva y mas pronta impression en el ánimo de el que le oye, porque de una sola ojeada le entiende, le comprende, le penetra.»
18. «Esta es la dialéctica necessaria á todo buen Orador; esta es aquella ciencia de los Philósophos, sin la qual, dice Ciceron, es impossible que un hombre sea verdaderamente eloquente; porque sin ella, como ha de discernir en las cosas el género de la especie? como ha de acertar á explicarlas ni á definirlas? como ha de distinguir lo falso de lo verdadero? como ha de inferir las consequencias legítimas, evitar las contradicciones, cautelarse contra los equívocos y desembarazarse de las ambigüedades? Como es possible que sin ella sepa hablar con peso y con penetracion de las obligaciones de la vida civil, de la virtud, de las costumbres, etc.?»
19. «A vista de esto, qué quieres que diga de tí y de otros Predicadores ó, por mejor decir, de otros cómicos, representantes, charlatanes y habladores, tan ignorantes como tú, que hacen un sumo desprecio del estudio de la philosophía, (comprendida en el nombre de la dialéctica,) teniendo por tiempo perdido el que se empléa en aprenderla, por juzgarla absolutamente inútil para la oratoria, y que como tal debe abandonarse á las cavilaciones y á las disputas de la escuela? Cabezas desahuciadas, entendimientos infelices, ingenios atolondrados, que presumen caminar seguros sin luz en medio de las tinieblas, no advirtiendo que por precision han de dar tantos tropiezos como passos, faltándoles aquella arte á quien el mayor Orador del mundo llamó la máxima entre todas las artes, porque ella es la luz que dissipa la confusion y la obscuridad de todas las demas: Hic (Servius) attulit hanc artem omnium maximam, quasi lumen ad ea, quæ ab aliis confuse dicebantur. — Dialecticam mihi videris dicere. — Recte, inquam, intelligis.»
20. «Pero, si la dialéctica es de una indispensable necessidad para la oratoria christiana, no lo es ménos la sagrada theología. Y si no, dime, qué cosa es ser Theólogo? Es ser un hombre, cuya profession le enseña á hablar bien y con propriedad de Dios y de sus atributos, exponiendo las verdades de la Religion, explicando sus mysterios, y distinguiendo las verdades reveladas de las opinables, con bastante instruccion para combatir los errores, discernir la naturaleza de las virtudes, y penetrar assí la naturaleza como la diferencia de los vicios; es ser un hombre muy versado en la Sagrada Escritura y en la inteligencia de su verdadero y legítimo sentido, para sacar de aquel fondo inagotable pruebas eficaces y vigorosas que confirmen lo que dice; un hombre noticioso de la antigüedad, informado de la Historia eclesiástica, bien instruído en Padres y en Concilios. Esto es ser Theólogo. Y ser Predicador, que será? Es ser todo esto y algo mas; porque es poseer todas essas noticias y, sobre ellas, destreza para usarlas, eloquencia para persuadirlas y talento para representarlas. De donde se infiere concluyentemente, que puede uno ser gran Theólogo sin ser gran Predicador, pero es impossible que sea gran Predicador sin ser gran Theólogo.»
21. «Y si á esto se añade la grande diferencia de theatros en que uno y otro han de exercer su profession, y la suma distancia de el modo con que entrambos la exercitan, es preciso quedes convencido de que el Predicador ha de ser mas Theólogo que el Theólogo mismo. Y si no, dime: en qué theatro ó en qué auditorio tiene que enseñar el Theólogo las verdades de la Religion? En una aula reducida y á un puñado de discípulos, por lo comun despejados, jóvenes, instruídos ya en otras facultades, libres de toda preocupacion, y no solo sin embarazo, pero con positiva disposicion para abrazar las verdades en que se les quiere imbuir, oyendo á sus Maestros como oráculos. Y qual es el theatro y el auditorio del Predicador? O un templo muy capaz, ó tal vez las plazas y los campos cubiertos de una immensa multitud, que se compone de todo género de gentes, de niños, de viejos, de hombres, de mugeres, de sabios, de ignorantes, de rudos, de ingeniosos, de dóciles, de duros, y en fin, por lo general preocupados casi todos contra lo que el Predicador los intenta persuadir. Para qual de los auditorios se necessitará mas caudal de sabiduría y mas abundancia de doctrina?»
22. «Junta á esto el diversíssimo modo con que deben enseñar el Predicador y el Theólogo: á este le basta hacerlo de una manera abstrahida, seca y poco inteligible, ó inteligible solo á unos entendimientos cultivados y hechos ya á comprehender otras verdades sútiles, delicadas y metaphýsicas, inaccessibles á los mas, y accessibles para pocos. Pero el Predicador debe enseñar de un modo claro, perspicaz, inteligible á todo el mundo, proporcionado á las idéas comunes, de manera que igualmente le comprehenda el plebeyo que el noble, el rústico que el cultivado, el rudo que el capaz, el ignorante que el sabio; proponiéndolo de suerte que al incrédulo le convenza, al dissoluto le aterre, al obstinado le ablande, y, en fin, á todos los persuada y los mueva. Para esto, claro está que es indispensablemente necessario que el Predicador tenga en cierto modo un conocimiento casi intuitivo de las verdades y de los mysterios de la Religion, esto es, que los comprehenda todo quanto es possible comprehenderlos en esta vida; que en fuerza de su profunda meditacion los domine y sea dueño absoluto de manejarlos á su voluntad, para proponerlos de mil formas, figuras y maneras. Y qué Predicador sabrá hacer esto, si no es mas Theólogo que el Theólogo mismo? Y quien merecerá el nombre de Predicador, si no sabe hacerlo?»
23. «Mereceránle aquellos Predicadores que, quando tienen que predicar de algun mysterio, como del Sacramento, de la Trinidad, de la venida del Espíritu Santo, su mayor cuidado es huir de él, por no engolfarse en aquel abysmo, dexar el mysterio á un lado, y contentarse con proponer algun punto moral, unas veces deducido naturalmente de la meditacion del mismo mysterio, pero las mas arrastrado y como trahido por fuerza? Bueno es lo primero, mas no basta, ni cumple con su obligacion el Predicador, el qual debe al auditorio la explicacion de nuestros mysterios, no atada ni seca ni descarnada, ni mucho ménos que sepa á escuela y á cartapacio; sino libre, jugosa, llena de fuego, con aquella buena disposicion que pide el púlpito y la oratoria.»
24. «Mereceránle los otros que, por el lado contrario, rebentando de Theólogos y regoldando á Escolásticos, suben al púlpito como pudieran á la cáthedra, y hacen una leccion de oposicion en lugar de sermon, con sus sentencias, con sus pruebas, con sus argumentos; confundiendo en los mysterios lo que es de fé con lo que no lo es, lo cierto con lo dudoso, lo infalible con lo opinable, sin advertir que al pueblo no se le ha de proponer el como, sino el qué, ni en los sermones se debe hacer lugar á puntos contenciosos, sino á los indubitables, segun aquella gran máxima del Apóstol: Mis sermones son fieles y verdaderos, porque en ellos no se tratan materias que estén sugetas á opiniones de sí y de no: Fidelis Deus, quia sermo noster, qui fuit apud vos, non est in illo est et non est?»
25. «Mereceránle aquellos Predicadores inconsiderados, indignos de que se les permita exercitar el sagrado ministerio, que para explicar los mysterios mas venerables se valen de las idéas mas ridículas, como aquel que, predicando al Sacramento en la domínica infra-octava del Córpus, con el Evangelio de la Cena magna, tuvo osadía para tomar por assunto, que el Sacramento era la Cena sin sol, sin luz y sin moscas, que no sé como no le llevaron á la Casa de la Misericordia, ya que por insensato le perdonasse el Santo Tribunal? Y el otro que, predicando al mismo mysterio, porque el Mayordomo se llamaba Fulano Maestro, y la Mayordoma Citana Largo, escogió por idéa de su sermon, que Christo en el Sacramento era el Maestro Largo: puerilidad (por no decir otra cosa peor,) que debiera ser castigada con quitarle las licencias de predicar in perpetuum.»
26. «Estos, son Theólogos ó Predicadores, ó no son sino Orates mal dissimulados, y mucho peor consentidos? Sin ser Theólogo es impossible pintar el vicio con aquellos colores vivos y proprios que le hagan aborrecible; porque no se puede conocer su naturaleza, su essencia, sus propriedades, sus diferencias, su deformidad, sus resultas, sus efectos y sus consequencias. Sin ser Theólogo no es possible descrivir la virtud de modo que enamore, que hechice, que mueva á abrazarse y practicarse, atreviéndome á decir, que el que no se huviere hecho dueño del excelente Tratado, de Santo Thomas, sobre las virtudes y los vicios, apénas sabrá pintar la hermosura de aquellas ni la fealdad de estos con los colores vivos y naturales que les corresponden.»
27. «Sin ser Theólogo ninguno podrá explicar acertadamente un solo precepto del Decálogo, porque no sabrá determinar su extension ni sus obligaciones, y confundirá lo que es de perfeccion ó de puro consejo con lo que es de necessidad y de precepto. Expondráse á dar tantos tropiezos como passos, ó extendiendo sus límites mas de lo justo ó estrechándolos mas de lo conveniente; unas veces imponiendo á las almas cargas que no deben llevar; otras, exonerándolas temerariamente de las que tienen obligacion á sufrir; y siempre incurriendo en la terrible amenaza que fulmina Dios contra aquellos, que por su antojo ó por su ignorancia aumentan ó disminuyen á lo que está escrito en el libro de la Ley: Si quis apposuerit ad hæc, et si quis diminuerit de verbis libri, auferet Deus partem ejus de libro vitæ.»
28. «De aquí podrás inferir, quanto desbarran en el verdadero concepto que debieran formar de la Oratoria christiana aquellos Predicadores inconsiderados y aturdidos que, para excusar ciertas proposiciones arrojadas, temerarias, hyperbólicas, ó ciertos conceptillos que llaman predicables, sútiles y delicados en la apariencia, pero falsos y sin substancia en la realidad, responden con grande satisfaccion que hablaron more concionatorio, et non scholastico, como Predicadores y no como Theólogos; añadiendo, como por chiste y por gracejo, que el púlpito no tiene poste,[21] esto es, que no se arguye ni se replica contra lo que se dice en el púlpito.»
29. «Si les parece que responden algo, tengan entendido que no pueden echar mano de despropósito mayor. Quien les ha dicho que la cáthedra del Espíritu Santo pide ménos peso, ménos solidez, ménos miramiento, que la de la Universidad? Quien les ha dicho que las proposiciones, que se harian risibles en el aula, pueden jamas ser tolerables en el púlpito? En aquella se examina su verdad con el mayor rigor, para que pueda despues exponerse en este con la mas segura certidumbre. Es cierto que el púlpito no tiene poste, que no se arguye ni se replica contra lo que se dice en él; pero por qué? Porque nada se debe decir en el púlpito que admita réplica, disputa ni argumento.»
30. «Pero, quando insisto tanto en que no es possible que sea buen Predicador el que no fuere buen Theólogo, no pretendo que suba el Predicador al púlpito á hacer vana ostentacion de que lo es: dicen los Theólogos; saben los Theólogos; ya me entiende el Theólogo; vaya esto para el Theólogo, etc.; cosa ridícula, vanidad pueril, que hace despreciable al que la usa para todo hombre de juício que le oye. Si no se conoce que eres Theólogo sin que tú lo digas, solo un pobre mentecato creerá que lo eres sobre tu palabra. Essos regüeldos podrán alucinar á los páparos, pero causan bascas á todo hombre advertido y de razon. En el púlpito no se trata de lo que sabe el Theólogo, sino de lo que todos deben saber; y, siempre que dices algo que no vaya igualmente para la vejezuela mas simple que para el Theólogo mas perspicaz, por rebentar de Theólogo dexaste de ser Predicador.»
31. «Supuesto que es tan necessaria la theología, la philosophía ó la dialéctica para la oratoria, tú, que no eres Dialéctico ni Philósopho ni Theólogo, como has de predicar? Tú, que no has visto los Concilios, los Padres y los Expositores, sino que sea por el forro, (y aunque los vieras por adentro, seguramente no los entenderias,) como has de predicar? Tú, que ni de los mysterios ni de los preceptos del Decálogo, ni de los de la Santa Madre Iglesia, ni de los vicios ni de las virtudes, sabes mas que lo que enseña el Catecismo, como has de predicar? Dirás que leyendo buenos sermonarios. Y como has de saber quales son buenos y quales son péssimos; quales se deben imitar y quales abominar de ellos, especialmente quando entre tanta peste de estos escritos como tenemos en España, apénas hay dos ó tres Autores que puedan servir de modelo? Responderás que oyendo á buenos Predicadores. Y donde has de ir á buscarlos? te parece que hay tanta abundancia de ellos en este siglo? No obstante, ya algunos van abriendo los ojos y procuran tambien abrírselos á otros: ya van entrando por el camino derecho y solicitan con glorioso empeño, que otros entren igualmente por él; ya se oyen en España algunos Predicadores, (no son muchos por nuestros pecados,) que se oirian sin vergüenza, y acaso con envidia, en Versalles y en Paris. Pero por donde has de saber discernirlos tú, ni mucho ménos tomarlos el gusto? Tú, que en todo le tienes tan perverso, que á guisa de escarabajo racional te tiras siempre á lo peor de lo peor; tú que, á lo que infiero del disparatado sermon que acabo de oírte, tanto te has pagado de un maldito Florilegio, que anda por ahí para vergüenza immortal de nuestra nacion y para que se rian de ella á carcajada suelta todos aquellos que nos quieren mal; tú...»