SEGUNDA PARTE.


§. I.

ASPECTO GENERAL DEL PAIS.

La historia natural del Paraguay, rio de la Plata y Tucuman, que abraza nuestra descripcion, ofrece á la vista y pone delante de los ojos un tesoro de bellas noticias, que pueden enriquecer el museo de los sábios, y entretener con peregrinas novedades la curiosidad mas insaciable. Verdad es que el Supremo Hacedor no depositó en el seno de estas provincias ricas minas de oro, plata, diamantes y esmeraldas, cebo de la humana codicia: por lo menos su providencia no ha dispuesto hasta el tiempo presente que se descubran estos apreciables metales, escondiéndose al parecer de las investigaciones de los hombres mas diligentes.

Pero, aunque el Soberano Autor no se mostró tan liberal en este punto como en otras provincias que nos rodean, atendiendo cuidadoso á su hermosura, con una muy agradable perspectiva y variedad admirable de peregrinos objetos, casi enteramente los ciñó de altísimas serranías y cordilleras, que empezando en la villa de San Jorge, en la capitanía de Porto Seguro, se prolongan, á vista siempre del mar brasílico, hasta la embocadura del reino de la Plata. Aquí, cansada la naturaleza con la produccion de peñascos tan disformes, toma huelgo hasta la opuesta ribera, desde adonde vuelve otra vez á levantarse un cordon y cadena de serranías, que atraviesa el reino de Chile y Perú, y con casi dos mil leguas de extension se alarga hasta la gobernacion de Santa Marta.

Del tronco principal de estas cordilleras, arrancan algunos ramos que se internan en diferentes partes á Tucuman y Paraguay: tales verdaderamente, y de altura tan eminente, que los Alpes y Pirineos no pueden justamente disputarles la elevacion. Se cree, con bastante fundamento, que en algunas partes estos ramos de cordillera están penetrados de ricos metales; pero si en esta parte no corresponde la realidad á la aprension, por lo menos es cierto que sus senos son un rico depósito de las aguas que franquean sin esquives, repartiéndolas con bastante equidad en arroyuelos y rios que fecundan las riberas, y se derraman por las campañas para alivio y refrigerio de los mortales.

El corazon de estos paises son campañas dilatadas con algunas elevaciones de terreno. A trecho se extienden por muchas leguas espesos bosques, que embaraza al sol la comunicacion de la luz con el atravieso enlazamiento de unos árboles con otros, y mucha variedad de enredaderas, que suben desde el pié hasta la cumbre. En parte se divide el terreno en hermosas praderias, y dehesas, esmaltadas de verde y revestidas de toda la variedad de vistosas flores, que lleva de suyo la mas lozana primavera. No es igualmente fecundo, y aun vicioso el terreno en todas partes: pero en la misma desigualdad se descubre un argumento claro de la equidad divina, que compensa las ventajosas cualidades que reparte á unas provincias, con las que dispensa liberal á otras.


§. II.

DE LOS ARBOLES.

Sin embargo de esta oculta compensacion en que Dios con altísima providencia procuró utilizar á todo el Paraguay, y lo demas meridional del Tucuman, gozan meollo mas pingue y fuerte, ya sea por la calidad del terreno, ya por las copiosas lluvias que le fertilizan. Los cedros se crian altísimos, y algunos tan gruesos que dos hombres tomados por las puntas de los dedos no pueden abarcarlos. Cerca de la iglesia del colegio de la Compañia en Salta, se derribó años pasados uno tan desmedido y corpulento, que echado en el suelo y puesto dos sobre el caballo, uno de un lado y otro de otro, no alcanzaban á verse. Los palmares de varias especies, y piñales diferentes de los de Europa, ocupan leguas enteras. Crianse los pinos altos, gruesos y derechos. Las ramas arrancan de seis en seis, y de siete en siete al rededor de su tronco, ciñendo la circunferencia de mayor á menor, hasta rematar en figura piramidal con extraña proporcion, igualdad y correspondencia. Sus piñones, mayores que los de Europa, aprovechan á los naturales, á los monos y puercos silvestres. Mayor utilidad tiene la medicina en el bálsamo que destilan, que los vivientes en los frutos que llevan. Por Setiembre, cuando el humor fermenta con los primeros ardores de la primavera, y toma vigor y fortaleza con la efervescencia, herido el tronco destila un jugo al principio blanco, y despues colorado, bueno para sanar heridas, y preservar de pasmos y convulsiones.

Su madera es de las mejores que puede desear la escultura por su lucimiento y delicadeza. Es dócil á los instrumentos, se deja labrar facilmente, y sin resistencia admite cualquiera figura al gusto del diestro maestro y delicado estatuario. Como el corazon está penetrado de humor colorado, con solo esponer la estatua al calor del fuego, transpira el jugo á la exterior superficie, y la barniza de purpureo encendido con un esmalte natural que jamas pierde, y conserva la pieza con lustre agradable y vistoso.

Otros pinos hay hácia el Paraguay, cuyo fruto llaman los naturales Curibay, que quiere decir piñones de purga: son semejantes en la exterior contestura á los de Europa, pero muy diversos en los efectos. Porque el que los come en poco tiempo experimenta una tormenta interior, y tal conmocion de humores que le hacen prorumpir en violentos vómitos, y copiosas evacuaciones. Dicen algunos que estos piñones son el único remedio contra la gota: pero siendo tan fácil la medicina, y tantos los tocados de este penoso mal, no saldré fiador de su virtud medicinal, sino la confirman nuevos experimentos.

El Guayacan, que llaman comunmente Palo santo, tan celebrado en la medicina por sus calidades curativas, y apreciado para las fábricas y manufacturas, abunda en muchas partes de las tres especies conocidas en el mundo. Pero en tierras de Guaycurús, al poniente del Paraguay, entre el Pilcomayo y Yabebijy, y tambien en algunos lugares del Chaco, se cria otra cuarta especie, que merece particular mencion. Es árbol grueso, alto, resinoso, aromático, y de madera fortísima. Las flores anaranjadas declinan en amarillas, y dentro encierran unas mariposas, que á su tiempo rompen la cárcel de flores, y salen de la cuna de su nacimiento á gozar aires mas apacibles.

Su duracion es brevísima, y cuando presienten la vecindad de la muerte, se meten debajo de tierra, mueren soterradas, y de lo interior de su cuerpecillo nace la planta del Guayacan, pequeña al principio, y despues de grandeza desmedida. Esta generacion es descrita sobre el dicho y autoridad de los indios, poco curiosos en indagar los arcanos de la naturaleza. Si es verdadera, se hace creible que las mariposas saquen consigo la natural simiente, y que esta necesite de algun fomento de vivientes sensitivos para que despues soterrada, se pongan en movimiento los organos de vida con la agitacion, y empiece á crecer la planta con la atraccion de los jugos.

La Quinaquina es sin duda uno de los árboles mas útiles á la vida humana, de cuyas propiedades tratan los botánicos. Críase en los valles de Salta y Catamarca de la provincia del Tucuman, y en las vecindades del Rio Negro, tributario de Uruguay por su márgen oriental. El fruto de la quinaquina son unas almendras especiales, y apreciables por su olor subido y confortativo: pero lo que mas se estima en este árbol, y lo que es mas útil á la salud del hombre, es su cáscara, la cual molida en polvos, y tomados en vino, aprovecha para expeler las fiebres intermitentes.

Copaiba es árbol grueso, alto, frondoso, que se cria en los montes cercanos al rio Monday. Destila el célebre bálsamo Copaiba, apreciado en la medicina para heridas penetrantes y peligrosas. Al tiempo que este árbol empieza á desabrocharse en flores, y cuajar en frutos, se le dá un barreno, y por él franquea pródigamente este precioso licor: solo en quince dias sin afan, sin gastos ni cuidados, destila una buena azumbre, la Sangre del dragon, que denominan con nombre espantable para realzar el precio de un puro jugo de árbol. Los Guaranís le llaman Caberá, y se cria muy alto y muy grueso á orillas de los rios y arroyuelos: sus flores al principio blanquecinas, se tornan azules, y cuando estan para marchitarse se vuelven purpúreas. Su fruto es un cartucho, que encierra la semilla envuelta en una pelucita, semejante y delicada como el algodon. En la Provincia del Tucuman se llama Tipa: su tronco es mas grueso y derecho: en lo demas se asemeja al Caberá de los Guaranís: pero uno y otro en los meses de Julio y Agosto, sajado el tronco, destila por la incision copia de humor, llamado Sangre de drago, y con mayor suavidad, y mas propiamente jugo del Caberá.

El Copal es árbol alto, de madera blanca, sólida y buena para edificios, y se halla en nuestras misiones de Guaranís: sus hojas lisas y delgadas, repartidas de seis en seis por rama, cerradas y abiertas, gozan el privilegio de girar al sol. Los naturales le nombran Anguí, y por la admirable eficacia de su bálsamo, le llaman Ibirapayé, que quiere decir árbol de hechiceros. Las buenas cualidades del bálsamo le hacen acreedor á nombre mas honorífico, y lo podemos denominar mas propiamente árbol milagroso, por los prodigios que obra en las curaciones, efectos de su natural virtud.

La comun opinion le denomina bálsamo del Brasil, y sin duda en la substancia, es el mismo, pero mejorado en el color por ser mas rubio, y en la fragancia por ser mas trascendiente. De esta especie hay masculino y femenino, y se conoce en que el uno lleva fruto, y el otro se queda infecundo: pero ambos á competencia destilan el bálsamo, rico depósito de calidades salutíferas para varias enfermedades. Otro copal hay negro, menos grueso y menos alto, que destila el perfecto menjuí, y un bálsamo fragante y útil para varios usos en la medicina.

Aroma es árbol pequeño y de menuda hoja: críase en la provincia del Tucuman, sin cultivo, ni riego, y el que fuera ornamento de los jardines europeos, concedió la naturaleza en grande abundancia á las campañas y faldas de la sierra en Tucuman. Sus ramos tiende con agradable proporcion de mayor á menor, formando una copa vistosa. A trechos por las ramas tiene repartidas fuertes y agudas espinas, con que repara los insultos de los que se atreven á tocar sus flores.

Estas son á manera de estrellas, formadas de hilos delgados como el cabello, que arrancan orbicularmente de un boton interior que ocupa el centro. El color es naranjado, algo obscuro al principio, y despues mas claro. El olor y suavidad que exhalan las aromas, y con que perfuman los caminos y habitaciones cuando el viento es favorable, conductor de sus delicados efluvios, no tiene igual ni comparacion.

Si hubiera de proseguir, uno á uno, la narracion de todos los árboles, con dificultad podria concluir la historia. Hallándose los principales de Castilla, que aunque extraños y peregrinos, los ha prohijado como propios el terreno. Montes enteros se encuentran en diversas partes de duraznos, naranjos, limones, que lleva la tierra sin cultivo, y ofrece liberalmente á quien alarga la mano para recogerlos. El árbol de Isica y del incienso, el salsafrás, el arrayan de varias especies, y el sándalo colorado, que los indios llaman Yuquiripey, el molle de Castilla y el natural del país, abundan en muchas partes.

Hállase tambien el alto y grueso Paraparay, árbol crucífero, porque sus ramas arrancan de dos en dos, con tal oposicion, que forman una continuada série de cruces. El frondoso Yapacariy de apreciable sombra, pero de poca consistencia, y de duracion muy limitada, por estar dispuesto á la polilla roedora. El Mamon, codiciado por su fruta, que es del tamaño y figura de un pequeño melon, buena para conservas, y fresca contra los ardores del veneno. El Yataibá, que los brasileños llaman Animé, célebre por su goma cristalina, de olor el mas grato, que despide siempre de su seno. El Tutumá, cuyo fruto vario en la figura, es á manera de calabazos, pero tan grandes que admiten dos azumbres.

El sudorífero Yzapy, que en los meses de mayor calor destila de las hojas un rocio suave y copioso, hasta despedirlo gota á gota, y humedecer el suelo. El grueso y corpulento Timboy, de que hacen los indios sus canoas y piraguas. El Ibiraticay, durísimo suplemento del hierro, de que los naturales labran sus asadores y arados. El Ibirapetay de que labran las flechas, y que aumenta el dolor de la herida con el escozor. El palo blanco, tan pesado, que dicen algunos que gravita mas que el plomo; con otros muchos que ofrecen la utilidad de frutas silvestres y de colores para los tintes:—que sirven de ornamento á la campaña, y entretienen la vista con peregrina novedad.

Antes de apartarnos de los árboles, no desmerecen particular relacion las cañas: hay unas que llaman bravas, por su extrema amargura; otras dulces en que se saca la miel y azucar, pero no tan blanca y sólida como la de Curopá, por falta de beneficio. Hay cañas muy corpulentas, que partidas por medio sirven para la techumbre. La mas memorable es otra especie de ellas muy altas, y mas gruesas que el muslo de un hombre, en cuyos cañutos se crian guzanos mantecosos—gustoso alimento para los naturales.

Entre las plantas, que son muchas y de varias especies, la piña es la mas arrogante, y su fruto el mas delicioso. D. Antonio Ulloa, en su Viage Americano, la describe con diligente exactitud, y le haríamos agravio en alterar la pureza de su estilo.

“Nace, dice, la piña de una planta que se parece mucho á la sábila, á excepcion de que la penca de la piña es mas larga, y no tan gruesa como aquella; y desde la tierra se extienden todas ellas casi horizontalmente, hasta que á proporcion que van siempre siendo mas cortas, quedan tambien menos tendidas. Crece esta planta cuando mas como tres pies, y en el remate la corona una flor á la manera de un lirio, pero de un carmesí tan fino que perturba la vista su encendido color.”

“De su centro empieza á salir la piña del tamaño de una nuez: y á proporcion que esta crece, vá amortiguándose en aquella su color, y ensanchándose las hojas para darle campo, y quedar sirviendo de base y ornamento. La piña lleva en su pezon otra flor en figura de corona, de hojas semejantes á la de la planta, y de un verde vivo: la cual crece á proporcion de la fruta, hasta que llegan una y otra al tamaño que han de tener, siendo á este tiempo muy corta la diferencia que hay en el color entre las dos. Habiendo crecido la fruta, y empezando á madurarse, vá cambiando el verdor en un pajizo claro: y subiendo este mas su punto, le vá acompañando al mismo tiempo un olor tan fragante, que no puede estar oculta, aunque la encubran muchas ramas.”

“Interin que está creciendo se halla guarnecida de unas espinas no muy fuertes, que salen de todas la extremidades de las aparentes pencas que forma su cáscara, pero á proporcion que madura se van secando estas, y perdiendo la consistencia para no poder ofender al que las coge. No es poco lo que en esta fruta tiene que admirar el entendimiento al Autor de la naturaleza, si con cuidado se reparan tantas circunstancias cuantas concurren en ella.”

“Aquel tallo, que le servió de corona mientras creció en las selvas, vuelve á ser nueva planta, si lo siembran; porque la que la brotó, parece que, satisfecha con su parto, empieza á secarse luego que se corta la piña, y ademas de la de su cogollo, brotan las raices otras muchas, en quien queda multiplicada la especie.”

“Quitada la piña de la planta, mantiene siempre la fragancia, hasta que pasando mucho tiempo empieza á pudrirse: pero es tanto el olor que exhala, que no solo en la pieza donde está, sino tambien en las inmediatas se deja percibir. El tamaño regular de esta fruta es entre cinco y siete pulgadas de largo, y de tres á cuatro de diámetro en su base, el cual se disminuye á proporcion que se aproxima á la otra extremidad. Para comerla se monda, y despues se hace ruedas; es muy jugosa, tanto que al mascarla se convierte la mayor parte en zumo, y su gusto es dulce, con algun sentimiento de agrio muy agradable. Puesta la cáscara en infusion con agua, se forma, despues que ha fermentado, una bebida muy fresca y buena, que conserva siempre las propiedades de la fruta.”

El Guembé merece lugar despues de la piña. Tiene su nacimiento en la tierra, ó sobre los árboles, si el acaso levantó la semilla sobre ellos. Cuando nace sobre los árboles, aunque sean altísimos, busca la tierra dejando caer las guias para abajo, y profundando en ella se levanta con nuevo vigor, trepando por los árboles, y enlazándose en sus ramas. Las hojas son tersas, abiertas en tres puntas, largas á veces casi una vara. La corteza de las raices, que prolongan de arriba para abajo, tiene la utilidad de servir para varios usos: el mas apreciable es para hacer cables con que asegurar las balsas y barcos, y maromas para sacar agua de las norias.

El fruto del Guembé son unas vainas largas que encierran una espiga claveteada de granitos á manera de mazorcas de maiz. A los quince dias de su produccion se abre la vaina y expone al sol, el rico tesoro que ocultaba, hermoso y blanco como la planta. Los naturales tienen observado que mientras las vainas están abiertas acuden ciertas mariposas coloradas, mas ardientes que las cantáridas, á chupar un jugo delicado que de la espina transpira. Pero á pocos dias vuelven á cerrarse, y con el beneficio que reciben de los mosquitos toman perfecta sazon y acaban de madurar.

Al Caraguatá destinó la naturaleza para cerco de los huertos: se tupe mucho con sus pencas fuertes, altas, sólidas y armadas de penetrantes espinas, con que se remueven ensangrentados los incautos pero atrevidos agresores. Estas pencas tienen calidades estimables: sobre los techos sirven de tejas, que recojen el agua para que no inunden las chozuelas de los pobres: y de su corazon se sacan hilos á manera de cáñamo, que sirven para torcer cordel fuerte, y de él labran los infieles algunos tejidos de bajo artificio no inferior á la pobreza de la materia. La fruta en la figura se asemeja á la piña; pero el corazon es pulpa dulcísima, que declina en agridulce agradable, y suple los efectos de cualquiera limonada.

Nuestros conquistadores, en la imposicion de los nombres á las cosas de Indias, y en la traduccion de voces exóticas, no se aligaron escrupulosamente á la propiedad, ni esta era posible hallarla para denominar en nuestra lengua los árboles, las plantas, los frutos, las aves y animales tan peregrinos en España, como agenos de su nativo idioma. Ellos pues se contentaron con alguna semejanza, á las veces génerica, para denominar objetos peregrinos, y por medio de esa denominacion impropria, nos precisan á aprender las cosas diferentes de lo que en sí son.

Así sucede con los Pacobás, á los cuales llaman los españoles platanos, por alguna semejanza que tienen con ellos. En lo demas es cierto que se diferencian tanto de los que celebró la antiguedad, que siendo estos el regalo y delicias de las mesas imperiales, los pacobás son llamados por mal nombre harta-bellacos. Esta es la primera especie, y dá el fruto en racimos tan grandes, que algunos pesan arroba y media: su substancia y meollo escorreoso, pesado al estómago, y de calidades muy frígidas. La segunda especie llaman de Santa Catalina, cuyo fruto es mas digestible, y aun apetecido de los naturales, y en algo se asemeja el sabor de la pulpa al de la pera.

Mas memorable es sin duda la planta que los Guaranís nombran Iburucuyá, y los españoles por su fruto granadilla, y por lo admirable de su flor, nombran flor de pasion, ó pasionera. Crece á manera de yedra, trepando por los árboles, y traveseando por las ramas se ensalza hermosamente sobre las copas.

El Caaycobé es expresivo egemplar de la virtud mas propia de la humana naturaleza, y por eso la mas delicada. El término Caaycobé significa yerba que vive, y con expresion mas significativa se puede llamar la vergonzosa. Es de agradable vista: se cubre de hoja menuda que la viste de gala, pero con honesta decencia. Si alguno la toca con osada curiosidad, luego se enluta, se sonroja, se encoje y se marchita. No hay esperanza que nuestro caaycobé restaure el hermoso matiz de sus colores, mientras humanas manos la toquen, pero en retirándose estas, se extienden sus hojas, se visten de belleza y matizan de nuevo.

El Caapebá son unas varillas delgadas, vestidas de hojas mas claras y sutíles, que las del Orozus. Como estas varillas son tiernas, y se cargan de muchas manzanillas, al principio verdes y amarillas, cuando sazonan, necesitan arrimo para sustentarse: si lo hallan, se enredan con él, abrazándose con sus ramas: si no lo encuentran, vencida su delicadeza del peso que las oprime, se tienden por el suelo, culebreando por varias partes. Nacen estas varillas de raices profundas, ceñidas á trecho de naturales sortijas que la agracean, muy parecidas á las de la serpiente.

Los polvos de esta raiz, y las hojas de las varrillas molidas, y puestas sobre la parte que picó la culebra y vibora, ó tomando su cocimiento por la boca, son antídoto contra su veneno.

Yerba de vibora llaman á cierta planta que nace en Tarija, y en el distrito del Paraguay; su virtud y calidades antidotales la hacen acreedora al nombre con que es conocida; solo se levanta del suelo una tercia. Las hojas que la visten y las flores que la hermosean son parecidas al mercurial masculino. Nace por lo comun entre piedras y cascajal, pero busca siempre lugares frescos. Es su virtud prodigiosa contra las picaduras de viboras. Media onza de sus ramas majadas con la semilla, cocidas en el vino, y puestas sobre la picadura, en menos de hora alivia al paciente, y libran de todo peligro: ¡tanta es su eficacia y su virtud operativa!

De igual aptitud contra las mordeduras de animales ponzoñosos es la yerba que llaman en Tucuman Colmillo de vibora, á la cual otros nombran Soliman de la tierra.

Del huron se ha aprendido ser específico magistral contra los animales ponzoñosos. Cuando este animalito cria sus tiernos huroncillos á los cuales con porfia persigue la vibora, y se vé precisado á defenderlos de enemigo tan temible, entra á la pelea, y por mas diligencia que pone en hurtar el cuerpo á la vibora, no siempre consigue lo que pretende, y en lugar de vencer á su antagonista, queda herido y se siente tocado de su veneno. Deja luego el lugar de la palestra, vá en busca de dicha yerba, la masca y se revuelca en ella, y torna con presteza al lugar del combate, seguro al parecer de la victoria contra su enemigo.

De tan buen maestro se ha aprendido y practicado con efecto saludable el uso de esta yerba contra las mordeduras de las viboras y otras sabandijas ponzoñosas: en solas veinte y cuatro horas se cierran las llagas con sus hojas majadas y aplicadas sobre la picadura; y para embarazar que el veneno cunda y se apodere, basta aplicar un humor resinoso que destila. No solo en estas plantas nos previno el Autor de la naturaleza remedios contra los venenos, sino en otras muchas confeccionó su providencia antídotos eficaces para que á donde abunda la malicia de tanto animal ponzoñoso, sobreabunde la gracia de su liberalidad con los muchos preservativos que preparó su sabiduría.


§. III.

DE LOS RIOS Y LAGUNAS.

Estas y otras muchas plantas, raices y árboles son propias de estos paises, y no halla el entendimiento humano dificultad en concebir semejantes producciones, en un terreno tan dilatado, sujeto á diversos climas, de temperamentos encontrados, fecundado con tanta copia y abundancia de aguas como las que riegan estas provincias. Tucuman desde la Cruz Alta hasta Santiago es mas escasa de aguas, y sus rios apenas exceden la esfera de arroyuelos; pero lo mas meridional de esta provincia, Paraguay y Rio de la Plata, son mas fecundas en aguas y son bañadas de continuos y caudalosos rios.

Paraná es uno de los mayores y mas célebres del Mundo Nuevo. Su orígen incógnito, y á muchas leguas de Corrientes que verosimilmente no ha registrado aun la humana curiosidad, ha dado ocasion para confundir su nacimiento con el del magnífico Rio de las Amazonas. Opinion muy válida hasta nuestros dias, y autorizada por los indios brasileños: pero despues del descubrimiento del Padre Samuel Friz, misionero jesuita, sin escrúpulo podemos persuadirnos que el lago Lauricocha, entre Guanuco y Lima, agota el tesoro de sus aguas en el Marañon, y no le sobran raudales para otro rio.

Lo mas verosimil es, segun las noticias que comunican los portugueses, y al parecer mas conforme á razones de buenas conjeturas, que tiene su nacimiento en una alta y dilatada cordillera, que se extiende desde oriente á poniente en medio del Brasil, y se termina por occidente en el rio de la Madera. Es esta cordillera rico depósito de aguas, y madre fecunda de muchos rios que toman diversos rumbos: los que siguen la carrera hácia el norte enriquecen el Marañon, parte de los que tiran al sud caen al Paraguay, y parte dan nacimiento á nuestro Paraná. Sobre esta relacion, que estriba en la fé portuguesa, se puede establecer el orígen de este gran rio entre los 12° y 13° grados de altura, casi paralelo con el Paraguay.

Pero sea este, ú otro el origen de nuestro Paraná, lo cierto es que acaudala tanto tesoro de aguas, y corre tanto espacio de terreno, unas veces siguiendo via recta, otras serpenteando; ya con mansa corriente, ya precipitándose de breña en breña, y de risco en risco, formando á trechos islas, unas grandes y otras pequeñas, pobladas de bosques y fieras, y hermoseadas de alegres primaveras, que todos estos accidentes bastan para hacerle celeberrimo. Se le nota cierta ambicion de hacerse poderoso, pues en el grande espacio por donde dirige su curso, vá recogiendo por una y otra ribera casi todas las vertientes, y no contento con las que le tributan los paises vecinos, recibe muchos y grandes rios de la costa del Brasil, y otros que le buscan de lo mas interior.

Glorioso con tanto golpe de aguas, ensancha la madre á proporcion que lo engruesan sus pecheros, hasta su derramamiento en el mar por una boca de cuarenta para sesenta leguas, entre el Cabo de Santa Maria, y el de San Antonio. En tiempo de crecientes se derrama sobre sus riberas y explaya inmensamente, inundando las campañas y fertilizando el terreno. Algunos se persuaden que las crecientes del Paraná se originan de las nieves que se derritan en las cordilleras peruanas y brasílicas. Adoptariamos esta hipótesis, si la creciente de Junio y Julio, que llaman en Santa Fé de los pegerreyes, cuando las heladas son aun bastante fuertes, pudiera atribuirse á nieves derretidas. Con mas probabilidad se halla suficiente causa en las aguas pluviales hácia sus cabezadas: porque se tiene observado, con noticias comunicadas de nuestros misioneros de Chiquitos, que cuando por allá llueve mucho, crece á su tiempo el Paraná: no porque los rios de Chiquitos desaguen en él, sino porque llueve tambien en aquellos climas, cuyas aguas corren hácia el Rio de la Plata.

En medio de su carrera ofrece á la vista un prodigio, que el tiempo y los años lo han hecho degenerar en vulgaridad poco respetable. Salto lo llamaron los primeros conquistadores, y hasta el dia de hoy conserva este nombre, por un salto que baja de una alta serrania despeñándose de una altura de cerca de veinte y cuatro estados. Los antiguos tuvieron oportunidad de registrar despacio y muchas veces este portento, y sobre la ocular inspeccion refirieron, no la mudanza que pudieron obrar los tiempos venideros en una corriente tan precipitada, sino lo que ellos vieron y observaron.

Verdad es, que el deseo de hacer plausible la narracion, sobrepuso á la realidad algunos accidentes que la hacian mas admirable, pero menos verídica, diciendo que saltaba la eminencia de doscientos estados, y no faltó autor que los alargó á mil picas, añadiendo que avanzaba tanto terreno saltando, que dejaba cavidad para navegar á la sombra de las aguas precipitadas. Pero estas añadiduras no perjudican á la substancia.

Aquella espaciosa madre de dos leguas que tiene el Paraná en las llanuras del Guayra, con los muchos rios que le engruesan antes de recibir el Acaray por el poniente, y por la costa de levante al Pequirí, empieza á ceñirse en un cauce profundo, y tan angosto que la una ribera no dista de la otra un tiro de fusil. Así recogidas sus aguas, y reducidas á estrechura, avistan la eminencia de la cordillera, cuyo declive se extiende el largo espacio de doce leguas. Once son las canales, ó embocaduras por donde entran sus aguas en el precipicio, despeñándose por entre riscos, y subdividiéndose en muchos cauces.

Azotados los raudales de este gran rio, se encrespan y se levantan antes de tomar nuevo curso, formando en el aire una contienda de aguas encontradas, que se disputan el paso en extraño elemento para prevenirse las unas á las otras en ocupar espacio y seguir su carrera. A las veces se sepultan en subterráneos conductos, y corriendo largo trecho escondidas, revientan con formidables detonaciones, vomitando el agua muchas varas en alto, y dejándola caer con espantoso ruido.

De la colision de tantas aguas, las unas contra las otras y todas contra los peñascos, se levanta una ligera niebla que recibe y trasfunde los rayos solares con admirables refracciones.

Despues que el Paraná acabó de precipitarse de la cordillera prosigue aun traveseando con remolinos, y nuevas erutaciones del agua, que hacen inevitable el naufragio. Así lo han experimentado algunos incautos y atrevidos que osaron surcar sus aguas, y lo mismo sucederá á los que con tiempo no abandonen el rio para tomar el camino de la orilla. Tan prodigioso aborto de la naturaleza inmutaron los años, y es creible que lo que nuevamente han descubierto los reales exploradores, que no se han dignado comunicarnos sus recientes observaciones, lo trastornen los tiempos venideros.

Otro prodigio, no de aguas, sino de piedra, ofrecia el Paraná antes de llegar á los remolinos, en un peñol alto, corpulento y grueso que dominaba el rio, y se divisaba á larga distancia. Los españoles al principio lo tuvieron por plata fina; y los indios aseguraban que un gigante, asombro y espanto del pais, montaba la eminencia para divertirse en la pesca. Esto del gigante fué sin duda ilusion, y ciertamente fábula, que á un gigante de piedra substituyó otro de carne. La plata de los españoles, en tiempo que los indios Paranás estaban en guerra, y no les permitian acercarse á sus tierras, tuvo algun fundamento en quien hablaba de lejos: porque el peñol, bañado de las aguas en tiempo de crecientes, y bruñido con el ludir de las arenas, hacia reflectar los rayos solares, formando visos plateados que engañaban la vista, y llevaban la aprension á persuadirse que es oro y plata todo lo que reluce. Este es el orígen, este el principio de aquella calumnia tantas veces reproducida en el Consejo de Indias contra los Jesuitas, de un peñol de plata que benefician escondidamente con detrimento de los quintos reales.

Desaguan en este grande rio por la banda de oriente y poniente, al pié de quinientos rios, unos de limitado caudal, otros de tanta mole que casi le disputan la primacia. Estos descargan inmediatamente sobre sus márgenes, y aquellos engruesan sus tributarios; entendiendo sus brazos por un lado y otro tan inmensamente, que al oriente por el Uruguay, el Iguazú, el Parana-pané y el Añembí, se dilata hasta los confines del mar brasílico: hácia el poniente por el Pilcomayo, el Bermejo, el Salado y el Carcarañal, recoge todas las vertientes que bajan de la cordillera chilena, desde los confines de Córdoba y su jurisdiccion hasta el corregimiento de los Chichas, y Charcas; y al norte por el rio Paraguay y sus pecheros se explaya sin límites, ó por lo menos sin límites bastantemente averiguados. Describir menudamente, y uno á uno todos los rios que le tributan, fuera molesta y prolija narracion, cuya noticia con mas patente claridad registrará el curioso lector en los mapas existentes. Estos, sin duda, son una abreviada y clara pintura, que pone delante de los ojos el nacimiento de los rios, ó de las escabrosas pero fecundas serranias, ó de lagos, que por ocultos y subterraneos canales conducen las venas para la fertilidad de tantas tierras y el abastecimiento de tantas provincias. Ellos mismos nos ponen á la vista el rumbo que toman desde su orígen, el que siguen en su progreso, las campañas que riegan, los encuentros que tienen, las eminencias que montan, las caidas con que se precipitan, las llanuras en que se derraman y las naciones que abastecen.

Lo que no ponen delante de los ojos los mapas, son aquellas ocultas propiedades que, con fundamento ó sin él, atribuyen los naturalistas á sus aguas, y á las que estancan las lagunas. El Paraná y el Uruguay tienen virtud de petrificar. No es averiguado si esta propiedad transmutativa, sin distincion de especies, se extiende universalmente á todo leño: pero la experiencia muestra que su actividad se interna en los árboles mas sólidos. El célebre gobernador del rio de la Plata, Hernando Arias de Saavedra, tuvo en su casa mucho tiempo un árbol petrificado. A las orillas de uno y otro rio se encuentran frecuentemente trozos semi-petrificados, convertida en piedra la parte que baña el agua, y la superior, que no la toca, conservando la misma substancia leñosa.

Llenos estan los libros que tratan de minerales, de semejantes petrificaciones. Yo por la afinidad de materias, y por confirmar la verdad de unas petrificaciones con otras, solo añadiré que sobre el Carcarañal se encuentran algunos huesos petrificados. Hácia el año de 1740 tuve en mis manos una muela grande como el puño, semipetrificada: parte era solidísima piedra, tersa y resplandeciente como bruñido marmol, con algunas vetas que la agraciaban; parte era materia de hueso, interpuestas algunas particulas de piedra que empezaban á extenderse por las cavidades que antes ocupó la materia huesosa.

Otro género de petrificaciones he visto, obra curiosa, y peregrina invencion de la naturaleza. A espaldas del cerro de Ocompis, (“Cerro bravo” llaman los que habitan sus cercanias, por ciertos bramidos que, dicen, dá cuando quiere mudarse el tiempo) hay una cueva que llaman de Adaro. Es de boca muy estrecha, cavada en piedra viva. La entrada en partes es angosta, y el que entra es necesario que se arrastre. En partes tiene profundos senos, á los cuales se baja descolgándose por sogas. A uno y otro lado se registran variás piezas, mas ó menos capaces, segun permiten los brutescos petrificados. El cerro es muy elevado, todo de piedra calcárea, y en tiempo de lluvias el agua que recibe destila poco á poco, y la convierte en piedra.

Cuando yo entré al registro de la cueva era á principios de Septiembre de 1757; tiempo en que se cumplian seis meses que las lluvias habian cesado; pero la destilacion, proseguia goteando en diversas partes. El agua se petrificaba cayendo, y se espesaba en el mismo conducto por donde se transminaba, quedando pendiente de los cilindros que penden de las bovedas. Una cosa experimenté, que al calor de la vela se liquidaban las extremidades de los brutescos recien petrificados y que conservaban alguna humedad: pero los que se habian endurecido, y estaban sólidos, con el calor de la fragua se reducian á polvos sin liquidarse.

Observé que el agua colaba por entre solidísimos peñascos que petrificó la destilacion de otros años, sin duda por algunos poros imperceptibles á la vista, pero penetrables á la delicadeza de las aguas, y sutileza de los polvos que arrastran consigo. El color de la piedra es casi el mismo que el de la piedra calcárea, poco mas obscuro con algunas vetas cristalinas. Esta es la virtud de las aguas que destilan en la cueva de Adaro, y la misma es la del Paraná y del Uruguay, que convierten los árboles y leños en piedra mas estimable por ser verdadera, que la fingida propiedad que sin fundamento se atribuye á la laguna de las Perlas.

Está dicha laguna entre el Bermejo y el Salado, al norte de la antigua ciudad de la Concepcion destruida por los infieles. En tiempos pasados era habitada de los Hohomas, parcialidad de dos mil indios, valientes guerreros, aliados algun tiempo de los españoles, y despues confederados con sus enemigos. Marcos Salcedo, español nacido en Santa Fé, y cautivado algunos años entre los Abipones, testifica que en grande cantidad pescan ostrones, y como gente que no aprecia las perlas, las arrojan sobre la playa.

En memoria de los antiguos no se halla mencion de tanta riqueza que ruede arrojada por los suelos, y es verosimil que los pobladores de la Concepcion hubieran levantado el grito de las perlas, y se hubieran empeñado en mantener una ciudad que les franqueaba riqueza incomparable, y que solo costaba alargar las manos para cogerla. Noticias de menor riqueza han bastado en las Indias, y en estas provincias, para contrastar mayor resistencia que las que podian hacer los Hohomas, señores de la laguna, con las naciones aliadas. Y así el desamparo de la poblacion, y el descuido en reedificarla, son argumentos de que se fingieron perlas donde no las hubo; ó si algunas hubo, de tan poca estimacion que no merecieron aprecio.

A la laguna de las Perlas, sita al poniente del Paraná, juntemos la de Yupacaray que cae al oriente del Paraguay y le tributa el raudal de sus aguas en altura poco menos de veinte y cinco grados. Su mismo nombre, que significa laguna exorcizada, promete alguna cosa extraordinaria. Los naturales refieren por tradicion de sus mayores, que antiguamente salia de madre, derramando muchas leguas sus aguas, y que en la obscuridad y tinieblas de la noche arrebataba hácia el centro á cuantos alcanzaban sus inundaciones. Añaden que un Obispo, cuyo nombre no ha pasado á nuestros tiempos, compadecido de los que habitaban sus vecindades, exorcizó á la laguna, y á la virtud del conjuro refrenó el impetu de sus resacas.

Con los exorcismos cesaron las inundaciones, pero no los tristes gemidos y frecuentes clamores de hombres, mugeres y niños que gritan lastimosamente desde el centro de las aguas. Los unos dicen que tienen su orígen en los que arrebataron las inundaciones á lo profundo de la laguna: los otros, de unos nefandos abortos, que sepultó en ella el rigor de la divina justicia por sus abominaciones, y que con aquellos gritos y voces lastimeras claman á los mortales para que los socorran, y se compadezcan de ellos. Añaden otra particularidad, corona de tantas invenciones. Cuando el tiempo quiere mudarse, aparecen en la laguna señales sensibles: las aguas se encrespan, truena, relampaguea, y una tormenta inferior que precede, simboliza la superior de truenos, relámpagos, rayos y lluvia que amenaza.

Estas fábulas solo prueban que el humano ingenio, amigo de novedades asombrosas, extiende á los rios, á los montes y serranias su estéril actividad y fecunda invencion. Rara es la ciudad de estas provincias, que no posea algun rio, laguna ó cerro, que predice las futuras mudanzas de tiempo. Enojarse llaman los naturales: se ha enojado el Ocompis, la Achalá Famatina, ó el Tafi, cuando se levantan nubes, cuando resuenan los truenos, cuando al resplandor de los relámpagos que alumbran se siguen los rayos que cruzan. Yo no sé que idea supersticiosa forman en su imaginacion sobre este punto. Lo que aseguro es, que repetidas veces con todas sus mientes me han querido persuadir que no me llegue á tal cerro, monte, ó laguna, porque es, dicen, muy bravo, y sabe enojarse:—persuasion tan arraigada, que ni la razon los convence, ni la experiencia los desengaña. Y así no solo el Yupacaray es fabuloso, sino que tenemos muchos Yupacarays fingidos, pseudo-profetas de lo futuro.

Mas memorable que el Yupacaray es la laguna Mamioré, sita al poniente del rio Paraguay, en diez y ocho grados algo mas abajo de la canal de Chiane que se abre al oriente, y los cerros del mismo nombre que la cercan por el poniente. Tiene quince leguas de circunferencia, y descarga en el Paraguay con boca espaciosa. Los modernos exploradores no la registraron, y así no podemos con recientes averiguaciones confirmar nuestro sentir. Pero por carta de este siglo del Padre Juan Bautista Jandra, misionero de Chiquitos que estuvo en ella, consta, que tiene flujo y reflujo. Su nacimiento no es de rio, aunque en tiempo de lluvias recibe las vertientes de los cerros de Chiane, y las aguas que se desbordan de los anegadizos de Xarayes: pero ni estas vertientes, ni aunque su orígen fuera de rio, pudiera causar la regularidad del flujo y reflujo.

Un desengaño completo sobre la laguna de Xarayes se ha conseguido con la expedicion que se hizo el año de 1753, rio Paraguay arriba. Algunos le daban cien leguas, de norte á sur, y diez de oriente á poniente; otros mas liberales en alargar que en dar con medida, la extendian cien leguas á todos vientos. Pero en la realidad, ese espacioso giron de tierra que media entre la sierra de Chiane, Morro Escarpado y rio de Cuyabá, casi desde los diez y seis hasta los diez y ocho grados, no es otra cosa, que un terreno bajo que se inunda en tiempo de aguas, con las vertientes de la sierra de Cuyabá, y con el derramamiento del Paraguay en tiempo de crecientes.

Sin duda que los que delinearon en los mapas laguna de tanta extension, registraron el terreno en tiempo de crecientes, pues de sus relaciones consta que atravesaron en barcos todo el espacio que en los modernos mapas se denomina con el título de anegadizos. Proposicion que hace creible lo que se refiere en un diario de los reales exploradores; que las señales de la inundacion en tiempo de aguas, suben mas de dos varas, y así todos dijeron verdad. Es laguna muy dilatada en tiempo que las vertientes se derraman sobre el país de los Xarayes; y son anegadizos con lagunones de tres, cuatro y seis leguas, cuando, cesando las avenidas, el Paraguay contiene las aguas en los términos de sus riberas.


§. IV.

DE LOS PECES.

De los rios y lagunas que tanto utilizan á los vivientes, pasemos á los peces que en ellas viven, se alimentan y multiplican con prodigiosa fecundidad. Desde el mayor al menor todos encuentran morada para albergarse, y cebo que los alimente á diligencias de aquella soberana providencia, que sustenta á todos los vivientes, haciendo que los unos sirvan de auxilio á los otros, para conservacion y servicio del hombre. Esto es mas claro en estas provincias. La ingénita desidia de los naturales, tan sugetos á la ociosidad, y tan poco aplicados á la útil labor de los campos, por naturaleza fecundísimos, necesita una dispensa inagotable en los rios y lagunas, cuyas riberas habitan y elijen por el interes de la pesca.

El mayor de todos es sin duda la ballena, que talvez desde los mares del sud se entra por la espaciosa boca del Rio de la Plata: y algunos hasta Santa Fé. En mayor abundancia se cojen lobos marinos, animal anfibio, que parte habita la tierra, y parte se abisma en las aguas. En la costa del mar hácia el Estrecho, y en la isla que llaman de los Lobos, se encuentran muchos en manadas de ciento, doscientos y trescientos. Hay unos rojos y blanquesinos, que en la opinion vulgar de estas partes, son tenidos por hembras: otros obscuros pardos, que se reputan por machos. Division que no me atrevo á asegurar, porque talvez la que se hace entre los sexos, puede ser que solo demarque las especies.

La cabeza no corresponde al cuerpo, y es mas pequeña que lo que piden las justas reglas de proporcion. Tienen dos aletas, las cuales hácia la extremidad rematan en cinco como dedos, y estos en uñas de materia cartilaginosa, de las que se sirven dentro del agua para nadar, y cuando saltan en tierra para caminar, usan de ellas por medio de dos resortes y articulaciones; uno en el mismo nacimiento junto al omoplato, y otro en el arranque de los dedos. Otros dos juegos y articulaciones tiene la cola, de la cual usan para caminar por tierra sin arrastrar el cuerpo. Como la naturaleza la destinó para suplemento de los pies y sustentar su pesada mole, proveyó que fuese mas gruesa que lo que requiere la proporcion.

Con el auxilio de las alas y cola, cuando salen de su elemento, caminan por tierra con alguna pesadez, pero no tanto que les impida trepar por altos y escarpados peñascos. Son muy juguetones, y como alcanzan grandes fuerzas, por divertimiento ó por enojo se tiran en alto los unos á los otros, y cuando se sienten heridos acometen con furia y braveza.

Los holandeses en sus relaciones aseguran que se hallan tambien leones marinos; pero es verosimil, que no se diferencian en especie, y que se les dió el atributo de leones, porque algunos lobos cuando son grandes tienen collar en el pescuezo; el que quisiere podrá llamarlos lobos con collar, ó leones semejantes á los lobos.

Parecidos á estos son los perros marinos, pero en los brazuelos y pies se asemejan á los perros de tierra. Son osados y bravos, y no esperan para morder que los irrite la provocacion de los viandantes. Ellos se ponen en celada aguardando oportunidad, y cuando pasa algun barco salen de sus guaridas y desfogan su enojo mordiendo hasta los remos. Hay tambien caballos marinos, y otras varias especies que se asemejan, siempre con bastante diversidad, á los animales de tierra, pero se denominan con los nombres de estos, por carecer de otros mas propios para indicarlos.

El Yaguazú, animal grande como una mula, busca los lugares profundos: acomete á los animales y hombres que pasan á nado, y se abisma con ellos para tragárselos.

No es menos caribe el Ao, animal anfibio, pero blanco, lanudo y crespo como oveja; con uñas y hábitos de tigre. Andan en manadas, y salen del agua cuando quiere llover y mudarse el tiempo. Hacen presa en los leonas y otras fieras, persiguiendo con tanta velocidad la caza, que ninguno se les escapa. Suelen los animales en la fuga ganar algun árbol, como asilo de seguridad contra el obstinado perseguidor: pero el Ao, ansioso de la presa por el hambre que le aflige, se aplica á descubrir las raices con tanta pertinacia, que no cesa de socavar el árbol, hasta derribarlo.

El Capyibará es el puerco ó javalí de agua, casi del mismo color y tamaño que los de tierra, pero con el hocico menos prolongado. De noche pasta en los campos, y dehesas, pero de dia, especialmente en tiempos frios, se baja á lo mas hondo de los rios. Los indios lo comen, pero lo desangran enteramente para que no hiedan sus carnes. El caiman, al cual los indios llaman Yacaré, es tenido por lagarto de agua. Es anfibio, largo dos ó tres varas, y con hocico de puerco. Hay dos especies, unos negros, veteadas de azul obscuro, y otros bermejos, mas bravos, que acometen para hacer presa. No imitan enteramente á los célebres del Nilo, pero en los nuestros concurren algunas propiedades que los pueden hacer celebérrimos.

La mansion ordinaria del yacaré es el agua, pero harto y lleno, sale á la playa, no lejos de las riberas, buscando en los ardores del sol algun fomento para la digestion. Está cubierto de escamas duras, á manera de conchas, con las cuales dicen se arma para resistir las balas. No es impenetrable su armadura, porque me consta que con tiro de fusil se han muerto algunos, y así es creible, que los que descubrieron impenetrables á las balas las escamas del yacaré, buscaron escusa á su poca destreza en la fingida armadura del caiman.

Su pesca y caza es algo curiosa. Los indios se previenen de una estaca larga á proporcion de lo ancho de la boca del yacaré, con dos puntas agudas hácia las extremidades. Armados con ella, entran al agua, y cuando el caiman abre la boca para acometer, logra el indio la ocasion de clavársela en la boca, por la cual le entra tanta agua, que le ahoga, y el pescador lo saca á la ribera para trozarlo y comérselo.

D. Jorge Juan y D. Antonio Ulloa, curiosos y verídicos indagadores de la naturaleza, en su viage á América, refieren, como testigos oculares, la precaucion de la caimana en esconder el tesoro de sus huevos para ocultarlos de los gallinazos, los cuales con industria y arte se ponen en celada para lograr la ocasion del hurto. Escóndense entre los árboles, donde pueden observar y no ser observados, para que el asalto sea mas seguro. Como la caimana está muy enterada de las astucias de su enemigo, mira y registra con gran cuidado y atencion, si alguno de estos agresores es testigo de sus intenciones, y cuando está falsamente asegurada que no hay gallinazos en celada, pone sus huevos y los tapa con arena, revolcándose con disimulo por toda la vecindad. Pero luego que ella se retira, el astuto gallinazo se deja caer sobre el nido, y con pico, pies y alas remueve la arena, y goza muy á satisfaccion el gran banquete que le previno la caimana, poco próvida en desamparar su indefensa prole, que podia hacer respetable su presencia.

Al caiman es muy semejante en la voracidad á la Palometa, larga palmo y medio, y casi otro tanto de ancho: los dientes tiene dispuestos á manera de sierra, y son fortísimos y tenacísimos. Los Guaycurús hacen de su quijada sierra para cortar palos. Con arma tan poderosa no hay empresa á que no se atrevan las palometas, ni insulto que no cometan en los pescadores, en los nadadores, y en los peces que surcan las aguas. A los pescadores cortan el anzuelo, y en una hora son capaces de deshacerlos aunque sean veinte. En los nadadores hacen tenacísima presa, y no sueltan sino arrancando el bocado.

Cuando D. Manuel Flores, capitan de fragata, entró rio Paraguay arriba, á poner el marco divisorio en la boca del Jaurú, un soldado de Cuyabá hirió un capyibará, y acosado de un perro que le seguia, entró sangriento al agua, y el perro tras él, teñido en su sangre. Acudió luego tanta multitud de palometas, que en pocos instantes, á vista de muchos, los descuartizaron á bocados, dejando los puros esqueletos.

Temible es tambien la Raya, por una espina en la cola que corta como la navaja mas afilada: es de monstruosa y disforme figura, que imita la rueda de carreta, y algunos la igualan en magnitud y grandeza. Sus carnes son poco agradables al gusto, pero los indios comen con apetencia las alas. El Bagre no tiene la espina en la cola como la raya, sino sobre el lomo. Es fuerte, aguda, venenosa y capaz de penetrar las suelas de los zapatos: es de mediano tamaño, la cabeza aplanada, con dos barbotes que le salen á los lados de la boca. El Armado es apetecido por sus carnes, pero estas no las franquea á los incautos, sin experimentar las sangrientas puntas de sus espinas. Es grande una vara, y á veces mayor, todo defendido de puas agudas: la cabeza es monstruosa, larga la tercera parte del cuerpo. Hay varias especies conocidas á los indios, y denominadas en su idioma con particulares nombres.

Por el contrario el Patí, de carne delicada y gustosa, goza del privilegio de carecer de espinas; y así ofrece plato regalado al gusto, sin molestia y sobresalto. En esto tambien le imita el Surubí, de agradable sabor, y de carne mas sólida que el patí, y por eso mas á propósito para conservarse salada. El Pacú es casi redondo, de pequeña cabeza, sin escamas, pero de carne gustosa. El Dorado, á quien el color dió ocasion para el nombre, es de vara, y á veces mas largo. Herido de los rayos y reflejos del sol es hermosísimo, pero la cabeza, que ofrece el bocado mas delicado, es notablemente fea. Boca pequeña, guarnecida con dos andanas de dientes, ojos negros, ceñidos de un círculo sobredorado. Las agallas defienden dos membranas á manera de conchas sobredoradas, depósito y oficina de la substancia mas tierna, mas suave y apetecible.

Al dorado es justo que acompañe la Curbitana plateada, ó como llama el Guaraní, el Guacupá. No es muy grande, será largo como un pié, y suele criar una piedra que se supone eficaz contra el mal de orina. El Peje-rey es sin duda de los de mejor gusto, y su nombre promete un plato delicado. Cuando fresco es el mejor, ó de los mejores peces, y de gusto exquisito. Abundan desde las Corrientes hasta Santa Fé y Buenos Aires, no en todo el tiempo, sino cuando sobreviene al Paraná la creciente de San Juan, y duran los meses de Junio y Julio.

Hay otras muchas especies que cruzan los rios, y sirven de alimento á los naturales. El Manguruyú de color obscuro: las corbinas grandes y de buen gusto: el zabalage, que inunda el rio de Santiago, y en cierto modo inficiona á temporadas sus delicadas aguas. Las tortugas, que abundan en Chiquitos, y entretienen con sus crias agradables y curiosas. La multitud, abundancia y variedad de patos delicados al gusto, entretenidos á la vista, de figura extraordinaria, y exquisita variedad de colores, es materia copiosa que necesita obra separada, y de volumen no pequeño.


§. V.

DE LAS AVES ACUATICAS.

Entre los patos ó pájaros de agua merece particular relacion el Macá (como le llaman en Santa Fé, donde acuden en las crecientes del Paraná) ó como le nombran los indios, Macangué. Un sugeto bien instruido en las curiosidades de la naturaleza duda si el macá, y macangué son de especie diversa: porque el primero es un género de pato, que mas ordinariamente mora y habita en el agua: el segundo participa mas la especie de pájaro que se asemeja á la Chuña, y mas se recrea en la tierra que en el agua: pero uno y otro convienen en el modo de criar sus hijuelos. A estos los toman sobre sí, con ellos vuelan, con ellos caminan y nadan, y no hallan embarazo para sus cuotidianos ejercicios en la carga que fió la naturaleza á su maternal providencia.

El Opacaá, es tambien pájaro de agua, que pasea con magestad las orillas de los rios y lagunas, repitiendo estas voces opa-caá, opa-caá, que significan, “ya se acabó la yerba, ya no hay yerba”. Los indios que observan el canto y voces de animales para sus agorerias, se entristecen grandemente cuando oyen al Opacaá, juzgando que este animalillo les anuncia que ya se acabó la yerba del Paraguay, que ellos tanto apetecen. Si sucede que en efecto se acabe la provision de yerba, admiran la penetracion del animal que alcanzó lo futuro.

El Yahá justamente le podemos llamar el volador y centinela. Es grande de cuerpo, y de pico pequeño. El color es ceniciento con un collarín de plumas blancas que le rodean. Las alas están armadas de un espolon colorado, duro y fuerte, con que pelea. Son amigos de sociedad, y andan acompañados de dos en dos. En su canto repiten estas voces yahá, yahá, que significan “vamos, vamos”, de donde se les impuso el nombre. El misterio y significacion es que estos pájaros velan de noche, y en sintiendo ruido de gente que viene, empiezan á repetir yahá, yahá, como si dijeran: “vamos, vamos, que hay enemigo, y no estamos seguros de sus asechanzas.” Los que saben esta propiedad del yahá, luego que oyen su canto, se ponen en vela, temiendo vengan enemigos para acometerlos.

El Terotero en parte imita la naturaleza del yahá. Repite en su canto estas cláusulas: teu, teu, y por eso con alguna corrupcion, le llaman los españoles terotero, y los indios con mayor propiedad teu-teu. Su habitacion es junto á los rios y lagunas. El color es veteado de blanco y obscuro, los pies largos y colorados. Es por extremo amante de sus polluelos, y cuando alguno se los alza del nido, con osado atrevimiento acomete al que se los hurtó, y es tan impertinente en los asaltos y acometimientos, que obliga al ladron á abandonar su presa. En el encuentro de las alas tiene agudas espinas que juega con agilidad y destreza contra las aves de rapiña, seguro de la victoria si no le oprime y vence la multitud.


§. VI.

DE LOS VOLATILES.

No es menos poblado el aire que las aguas, con inmensa variedad de aves que le cruzan, sosteniendo la gravedad de sus cuerpos en la fluidez de este elemento. Merece el primer lugar el que llaman Rey de las aves.

Son muy pocos los que se hallan de esta especie, y solo se tiene noticia que se encuentran en los montes de Curuguatí. Es del tamaño, ó poco mayor que un gallo, pero sus plumas son un agregado de todos los colores, que presentan á la vista en un solo objeto, cuanto la naturaleza dispensó liberal en la familia universal de todas las aves. Los que frecuentan el Curuguatí, pocos curiosos y atentos de indagar la naturaleza, no nos han comunicado otras propiedades de esta ave: pero es creible que las tenga para hacerla digna de su nombre. En lo demas, si carece de mas atributos, será rey en la apariencia de los colores, pero no tendrá las bellas calidades á que está vinculada la supremacía de las aves.

Mejor la merece un pajarillo, tan pequeño de cuerpo que puesto en balanza no excede el peso de un tomin, y por eso se llama tuminejo. En lengua Quichua le dicen Quentí, en la guaraní, Mainimbií, y en la castellana, picaflor. No hay cosa en este animalito que no sea extraordinaria y maravillosa, su pequeñez, su inquietud y azorada viveza, su alimento y color, su generacion, y ultimamente el fin de su vida.

Entre las aves es la mas pequeña: su cuerpo vestido de hermosas y brillantes plumas, es como una almendra. El pico largo, sutil y delicado, con un tubillo, ó sutil aguijon para chupar el jugo de las flores. La cola en algunos es dos veces mas larga que todo el cuerpo. El vuelo es velocísimo, y en un abrir y cerrar de ojos desaparece, y lo halla la vista á larga distancia, batiendo sobre el aire las alas, aplicado el pico á alguna flor, y chupandole el jugo de que unicamente se mantiene. El vuelo no es seguido sino cortado, y rara vez se sienta sobre los árboles, y entonces se pone en atalaya para espiar las flores mas olorosas, y darles un asalto.

El color es un agradable esmaltado de verde, azul turquí, y sobredorado, que envestido de los rayos del sol, hiere y ofende la vista con su viveza. No se puede negar que en pequeñez y colores se encuentra alguna variedad, pero es mejorando siempre, con un naranjado vivísimo que herido de los rayos solares imita las llamas de fuego. Su nido pende al aire de algun hilo, ó delgada rama al abrigo de los árboles y techos, compuesto de livianos fluequecillos. Es del tamaño de una cáscara de nuez, pero tan lijero que apenas pesará un tomin.

En este nido, domicilio de la mas pequeña de las aves, pone la picaflor hembra un solo huevo. Con su natural calor lo fomenta como solícita criadora, y á su tiempo cuando el instinto de sábia madre le dicta, rompe el huevo, y sale el hijuelo con figura de guzano: poco á poco desenvuelve y desata sus miembros, cabeza, pies y alas, y en figura de mariposa empieza á volar y á sustentarse con la azogada inquietud de sus movimientos. Como no ha llegado á su natural perfeccion, pasa del estado de mariposa al de pájaro, y se viste de plumas, al principio negras, despues cenicientas, luego rosadas, y últimamente matizadas de oro, verde y azul. Algunos curiosos observadores han notado el estado medio, y se han dignado de prevenirme que ellos mismos han visto una parte con figura de mariposa, y otra con la de picaflor.

Entre estas dos especies, la una real por su dignidad, y la otra admirable por su hermosura y pequeñez, es inmensa la multitud de aves con que el soberano Autor de la naturaleza pobló las campiñas, y coronó los árboles.

La multitud de faisanes, la inmensidad de perdices y martinetas, que abundan en algunas partes, nos hace creible que á pocas ó ningunas tierras fué mas pródiga la infinita grandeza del Criador. Las perdices para el regalo y sustento de sus habitadores, algo se diferencian de las de España: pero esa diversidad compensan con la ingenuidad, con la cantidad y facilidad con que se dejan tomar, y en cierto modo provocan á que las cazen. Una sola caña con un lazo de plumas de avestruz, basta para coger en una hora veinte y treinta perdices; siendo tantas, que la multitud embaraza, y cuando se quiere enlazar una, se ofrecen muchas á la vista y á la mano, y no se resuelve el cazador á quien echar el lazo.

Entre las aves de canto, se hallan los gilgueros, las calándrias, los ruyseñores, los canários, y el que llaman los guaranís Tieyubré. Es muy parecido al canário, y con variedad de voces canta dulcemente á la sombra de los árboles. Los cardenales, así dichos por un copete de color de grana que hermosamente corona su cabeza, son de canto suave, pero de brevísima duracion. Los papagayos, todos vestidos de gala con tanta variedad de finísimas plumas, que fuera largo relatarlos. Hácia el Paraguay es tanta su multitud, que espesan como nubes el aire. Estos son los taladores del maíz. Al menor descuido, y en brevísimo tiempo, sentados sobre las cañas, abren las mazorcas, las desgranan, y con pródiga liberalidad dejan caer al suelo la mayor parte de los granos:—ó por conmiseracion á una plaga inmensa de pajarillos que recojen las migajas, ó porque su génio es desperdiciador.

La Chuñá entre las aves tiene muy principal lugar. Es de ánimo generoso, fácil de domesticar, y paga el hospedaje con que le reciben con la dulce melodia de su canto. Imita los puntos de la música, pero invirtiendo el órden, y empezando por donde acaba la escala de los principiantes. No es molesto á sus dueños, y busca su mantenimiento, limpiando las casas y huertas de la sabandijas y viboras que las infestan, con utilidad de los amos, y diversion de los que miran su artificio en cogerlas. Tómalas mas abajo de la cabeza, y luego las estrella fuertemente contra alguna piedra, y cuando la tiene fracasada, acaba de quebrantarla y se la come. Lo mismo hace con los caracoles; pero si le ponen un huevo, lo deja caer con suavidad, y se lo come con gusto. En medio de tan buenas calidades, cuando se irrita, encrespa las plumas y se lanza á los ojos del muchacho, perro y animal que lo provoca.

El Cochi entre las aves de esta provincia es la de mejor canto, y á todos excede en sus trinos. La figura promete poco, pero bajo de un color oscuro, casi semejante al de los tordos, conserva una voz suave, clara, alta y delicada con que entretiene á los aficionados. Se domestica facilmente, y por todo pasa con mansedumbre y sin enojo, con tal que al tiempo de la cria ninguno se acerque al nido, porque entonces el celo de sus hijuelos, le obliga á traspasar los términos del acatamiento, y no descansa hasta señalar con el pico la cabeza del que se arrima confiadamente.

A las aves de canto se siguen otras de raras propiedades. El pájaro Campana, Guyrapú llaman los indios, propio de la serrania del Tape: es pequeño del cuerpo, de pluma blanca, y menor que una paloma. Ocupa siempre las copas de los árboles, al reparo de las ramas para que no le tiren los cazadores. Lo particular es el canto, que imita con propiedad al repique de campanillas de plata. Carpintero dicen á un pájaro pequeño, de color oscuro, con gargantilla, ó collarin amarillo, en unos azul, en otros negro, de pico colorado y amarillo. Anidan en los árboles mas duros, abriendo con el pico concavidad suficiente en los troncos para su domicilio. Sacuden con tanto aire los árboles con la dureza de sus picos, que imitan propiamente los golpes de acha, con que un robusto carpintero desbasta á fuerza de brazos las superfluidades de los maderos.

Peregrino es el Guacho, á quien dió el nombre su mismo canto, que articula esta voz: guacho! Es del tamaño de las golondrinas, pero el color es pardo. El nido fabrica de barro en los montes espesos, y mas ordinariamente en serranias ásperas y escarpadas.

El Tunca, mas afortunado que los demas, pues ha subido á ser una de las constelaciones del mar del sur, es pájaro negro; camina á saltos, y tiene pico ancho casi dos dedos, listado de amarillo y colorado. Los ojos hermosean dos círculos de plumas, uno de blancas y otro de azules, y debajo de la cola sobresalen algunas de finísima grana. Tiene mortal enemistad con los Cochis, cuyos polluelos persigue con sobrada porfia; pero los Cochis, amantes de sus hijuelos, salen á la defensa, y se traba entre los dos una muy reñida contienda.

Entre las aves que deleitan con la hermosura de sus colores, se ofrece una cantidad innumerable de ellas, tan várias y peregrinas, como esmaltadas. La provincia de Tucuman no abunda tanto de estas bellezas y rasgos naturales del soberano pincel, pero el Paraguay á cada paso ofrece un prodigio, y en cada prodigio una peregrina novedad. El carmisí en el Nahaña y Araguyrá, el verde en el Mbaitá, el blanco en el Tapenduzú, el azul en el Piriquití, el blanco con el obscuro en el Curetey, el negro con el amarillo en el Chichuy, y el conjunto y complexo agradable de todos los colores en el Urutí.

Entre las aves de rapiña se encuentran las aguilas de magestuoso vuelo, tan felices en la elevacion, como precipitadas en dejarse caer sobre la presa. Los halcones rapaces, veloces en el vuelo y acelerados en el robo. Los gavilanes rampantes, con garras sangrientas para despedazar la caza. Los caracarás presumidos, especie média entre aguila y halcon, de magestuoso paso y rápido vuelo. Los gallinazos carniceros, que participan las propiedades del cuervo, tan desgraciados por su figura, como insaciables con lo que encuentran: siempre comiendo lo que hallan, y siempre hambrientos. El crecido Condor, mayor que los cuervos y buytres de Europa, y tan grande, que de punta á punta de las alas tiene tres y cuatro varas: tan atrevido, que despedaza una ternera: tan avisado, que acomete por los ojos, y sacados, rompe con la dureza de su pico el cuero, y se acaba la ternera.

Entre los condores de Tucuman y los cuervos del Paraguay, merece particular relacion el cuervo blanco: no son muchos los que se hallan de esta especie; cual y cual solo se encuentra cano por los años, ó blanco por naturaleza. Los indios le llaman el Cacique de los cuervos, porque de estos es mirado con acatamiento de soberano, y con atenciones de señor. El avestruz merecia relacion separada, pero como de él tratan muchos, omitimos su descripcion.


§. VII.

DE LOS CUADRUPEDOS.

Los animales que pueblan los montes, que cruzan las campañas y trepan las sierras; esto es, los caballos, las yeguas, las vacas, los tigres, los leones, los leopardos, las cabras, las ovejas, los ciervos, los venados, los gamos, las liebres, las vicuñas, los puercos monteses y javalies, todos ellos son conocidos, y tienen poca ó ninguna diferencia de los europeos. Por lo mismo omitimos su descripcion por pasar á otras mas particulares.

El Anta, ó danta, es la que llaman Gran Bestia. Grande como un Garañon, con orejas de mula, hocico de ternera, y una trompa de un palmo, que alarga cuando se enoja, y al parecer es el órgano por donde respira. Color leonado, manos y pies altos y delgados, hendidos como en las cabras, con tres uñas en los pies y dos en las manos: tiene dos buches, uno vulgar en que recibe el alimento, y otro particular lleno de palitos podridos. En este segundo se halla la piedra-bezoar, tan estimada para el mal caduco, y otras dolencias que se supone hallen remedio en su virtud.

Esta piedra-bezoar, como tambien la de los guanacos y otros animales, no tiene figura regular, ni determinada formacion: á las veces se encuentran vacias por dentro, y esto sucede cuando la fábrica se cimienta en materia que es de fácil disolucion. Otras veces estriba en algun palito ó arena, que sirve de cimiento á la obra; la que tiene sus interrupciones, y al parecer se compone de una variedad de materiales, que diversifican las hojas diversas, casi enteramente en los colores. Toda la virtud medicinal de los bezoares, procede de las yerbas y palitos, y el buche es el órgano ó alambique que extrae los humores, y solída los jugos, sobreponiendo hojas á hojas, y petrificando esos jugos para el uso de las curaciones.

Cuanto utiliza el Anta con su piedra á la medicina, y como algunos quieren con sus uñas, tanto damnifica á los labradores, que lograrian pingues cosechas, si no fuera por estos animales que las persiguen y talan. Como es animal tímido, no se atreve aparecer delante del chacarero (así llaman por acá al que guarda los sembrados), pero asecha con infatigable vigilancia los movimientos del guarda, y cuando le reconoce ausente, entra confiado en la sementera, se ceba en ella, y en poco tiempo la acaba.

No es menos curioso el Oso-hormiguero, cruel perseguidor de las hormigas, cuyas repúblicas verdaderamente numerosas, disminuye, y con industria impide que se multipliquen en nuevas colonias. Es á manera de puerco mediano, alto media vara, de color negro y blanco, con dos listas que declinan en obscuro. La cola está cubierta de cerdas, y como es larga y ancha, cuando la levanta sobre el lomo, le tapa casi todo el cuerpo. La cabeza imita la del puerco, y remata en figura de trompa, larga como un pié, en cuya extremidad tiene agujero, por donde saca su lengua de media vara. Este es el instrumento de que le proveyó la naturaleza para bucear alimento; porque prolonga su lengua, y la mete por la boca de los hormigueros, y cuando la siente llena de hormigas, la recoge hácia dentro de la trompa, y se las come muy á su placer, repitiendo una y muchas veces la misma diligencia.

Cuanto es cuidadoso en buscar de que alimentarse, tanto es perezoso y tardo en sus movimientos. No le hace falta la lijereza para asegurar la presa, porque con industria y malicia la suple bastantemente, y aunque sea el tigre mas feroz, queda despedazado entre sus uñas. Para el combate se tiende de espaldas sobre el suelo, esperando que el tigre le acometa, y se eche entre sus agudas y tenacísimas uñas con las cuales lo abraza, y no suelta hasta que lo despedaza. Pero si es feroz con los demas animales, con sus hijuelos es todo piedad: los toma con cariño sobre sus espaldas, y los transporta de un sitio á otro, abrigándoles con su larga y ancha cola.

Semejante al Oso-hormiguero en cargar su tierna familia, es el Sucarath, animal propio de la provincia patagónica. Es singular su figura: tiene cara de leon, que declina en la semejanza humana, con barbas que arrancan desde las orejas. Su mole es corpulenta hácia los brazuelos, y estrecha hácia los lomos. La cola larga, bien poblada de cerda, le sirve para defender y tapar sus cachorros que carga sobre el lomo, para repararlos con la fuga de los cazadores: pero estos abren hoyos profundos, y cierran la boca con ramas, disimulando el artificio de las trampas. El Su, ó Sucarath, ciego en la fuga, é incauto en la defensa de sus hijuelos, pisa sobre las endebles ramas, y con ellas se cae á lo profundo. Como no puede salir, y teme que sus cachorros vengan á manos de los cazadores, convierte sus iras contra los hijuelos, y con bramidos espantosos procura amedrentar los cazadores. Pero estos sobre seguro le atraviesan con flechas, y se utilizan de los cueros contra los excesivos frios del país.

El carnero de la tierra, que en el Perú dicen Llama, es especie de camello, menor un tercio, pero sin tumor, ó corcova que lo desfigure. No tiene color determinado, y la especie admite indiferentemente toda la variedad que se observa en los caballos. Algunos hay blancos y negros, otros pardos y cenicientos. Sirve para el carguio, y como el peso no exceda de tres para cuatro arrobas, y le dejen caminar á su paso, transportará lejos las cargas, caminando tres para cuatro leguas por dia. Cuando se cansa, confiesa humildemente su debilidad, echándose con la carga; pero si el conductor porfia en levantarlo, saca del buche una especie de escremento, y lo arroja á la cara del arriero.

El Guanaco tiene algunas propiedades del camello. Cuello largo y erguido, color castaño; lana corta y áspera, pero inutil para los tegidos. Andan en tropillas, y para que todos pasean sin sobresalto, vela uno por todos, y en descubriendo gente, relincha, y previene á los demas que esten alerta, porque se descubren enemigos.

El Micuren es animal pequeño, pero caracterizado, con una propiedad que le singulariza notablemente. En el ombligo cria una bolsa, donde recoge sus hijuelos, y los abraza con dos membranas gruesas que cierra y abre, encoge y extiende segun los diversos ejercicios á que le destinó la naturaleza. Cuando se vé acosado, recoge en la bolsa los hijuelos, y como la cárcel de carne es su ordinario domicilio, no extrañan el encerramiento; y mientras la madre pelea con esfuerzo y vence á sus enemigos, ellos se estan mamando con toda quietud y sosiego. Pero luego que la victoriosa combatiente ausentó á su enemigo, abre la bolsa, y suelta los hijuelos para que participen el fruto de la victoria.

Entre las varias especies de conejillos propios del país, unos domesticos que se dicen Coyes, otros campestres que llaman Apereas, el Cira por sus malas propiedades es muy célebre: es el corsario de las selvas, y perseguidor de los ciervos, contra los cuales arma celadas y los asalta, aferrándose con tanta tenacidad del suceso, que no suelta hasta sacarle los intestinos. Las viscachas, asoladoras de los trigales, son otra especie de conejos grandes. Tienen largo y ralo el pelo á manera de cerdas, con bigoteras prolongadas en el hocico: los pies son cortos, pero los menean con agilidad en la fuga. Habitan en profundas y subterraneas cuevas, con division de piezas altas y bajas para su morada. No salen de dia, pero de noche dejan su retiro y salen á la campaña á juguetear entre sí con fiesta y algazara.

El animal á la vista mas placentero es el que llaman Zorrino. Su figura es de perrillo de faldas, manchado de varios colores, y algunos con listas sobre el lomo. El hocico es puntiagudo, y su habitacion en cuevas subterraneas, que socaba con las uñas, ó entre piedras donde se esconde. Es halagueño, y tan agraciado que convida á que le agarren, y solo su vista aviva la gana de tomarlo con las manos, y ensenarlo en el pecho. Algunos que ignoraban sus propiedades, prendados de su natural agrado, le han agarrado, y con la experiencia conocieron, que bajo de una hermosa apariencia se encubre un hediondez insufrible. Esta es la única arma de que le proveyó la naturaleza: porque tardo para la fuga, y pesado en el movimiento, cuando se vé perseguido, derrama de un depósito que tiene de humor ardiente y fétido algunas gotas, con las cuales detiene al agresor. Si tal vez sucede que las gotas alcanzan al perro que le persigue, se enfurece, se inquieta, se revuelca como desesperado contra el suelo, y no halla descanso, hasta que el hedor se evaporice.

No es menos célebre el Tatú, parecido en la figura á un pequeño lechoncillo, pero las orejas semejantes á las de mula, de adonde le viene el nombre de Mulita. El cuerpo por la parte superior está cubierto de conchas, con labores resaltadas que distinguen los colores pardo y claro sobre el obscuro. Estas conchas ó láminas tienen muelles y resortes, de que se sirve para cerrarlas y abrirlas á su placer, segun las ocurrencias y necesidades. Cuando se vé acosado, se arma de sus conchas, de donde le vino el nombre de Armadillo: cerrando las láminas, y metiendose enteramente dentro de ellas, forma una bola, de donde se le originó el nombre de Bolita. Esta es casi la única arma para reparar los acometimientos del enemigo. En estas conchas estrechamente enlazadas, y unidas entre sí, se quebrantan las armas de sus agresores, y con ellas solas se repara de sus asaltos.

El Quirquincho es muy semejante al Tatú; pero se diferencia en que, por los muelles de las conchas y por el vientre, le salen unos pelos largos á manera de cerdas. Mantiénese de carne, pero se ayuda de la industria para la caza. Cuando llueve se vuelve boca arriba para recoger agua. En esta postura se mantiene hasta que algun venado ó cervatillo, afligido de la sed, llega á beber. Cuando éste satisface ansioso la sed, cierra su concha, y apretándole el hocico y narices, le sofoca con la falta de respiracion. Es creible que tenga otro modo de alimentarse; porque en los meses de seca, en que no puede recoger agua del cielo, esta industria es inutil, y solo buena para perecer de hambre. Así el quirquincho como el tatú, son admirables en la prontitud con que profundan en tierra. Algunos aseguran que en sola una noche prolongan su cueva hasta una legua: yo no me atrevo á tanto, contentándome con decir que una legua se camina fácilmente, y con dificultad se socava.

Monos hay de varias especies, diversos en el color y varios en el tamaño: son muy ligeros, y saltan de árbol en árbol, y de rama en rama con agilidad extrema. Cuando el árbol, á donde quieren pasar, está muy distante, se toman por las colas, formando y tejiendo una soga larga, que pende hácia abajo, y cimbrándose á un lado y al otro, no paran de este egercicio, hasta que el último de ellos se prende en el otro árbol. Como sobre la habilidad de este descansan los demas, luego que asegura alguna rama, les comunica la nueva con grande algazara, y les previene que pueden desprenderse del un árbol, y trepar con seguridad al otro.

Los Carayás son los mayores, y puestos en dos pies, igualan la estatura de un hombre: son muy atrevidos. Los indios están persuadidos de que fueron hombres, y se transformaron en monos por sus enormes maldades; y añaden, que sabiendo hablar, callan maliciosamente, ¡porque los españoles no les obliguen al trabajo! Sobre la ligereza para huirse cuando se vén perseguidos, tienen una arma defensiva, y en cierto modo ofensiva, que la juegan con acierto, tirando con la mano el escremento al rostro del que les persigue.


§. VIII.

DE LOS REPTILES.

Plaga es lo que abundan estos animales juguetones, y no lo es menos la de los ponzoñosos y otros insectos que viven conjurados contra la vida y quietud del hombre.

El venerable P. Antonio Ruiz de Montoya, en su Tesoro, palabra Mboy, señala once especies de víboras que matan, y no las refiere todas. Unas son ovíparas, otras vivíparas, y es maravilla que no multipliquen inmensamente, y hagan la tierra inhabitable. A una abrió el mismo Padre, y le encontró cincuenta viboreznos: fecundidad tan rara, especialmente en paises húmedos y ardientes, debiera sobresaltar mas á los habitadores y viandantes, que se abandonan á dormir sobre el suelo, despues de una larga experiencia de los muchos que han sido acometidos de estos enemigos ocultos y silenciosos, que avisan con el daño, y no dán lugar á prevenir sus ataques.

Por eso sin duda, la víbora que llaman de cascabel, proveyó la naturaleza de sonajas, compuestas de huesecillos y escamas secas que meten ruido al caminar, y el ruido previene á los que están cerca, que se cautelen de este enemigo. Los naturales dicen, que cada año le sale un nuevo cascabel: lo cierto es, que cuanto son mayores, tanto es mayor el número de sonajas; y que si no crece uno por año, se aumentan con ellos. Algunas son largas vara y media, y á las veces dos varas, y gruesas como el brazo. El color es amarillo y negro, que asombra la piel, y la comparte en muchos cuadros. Es mortal su veneno, y con solo picar en un pié, brota la sangre por ojos, narices y oidos.

Mas formidable es el Curiyú, de un color ceniciento, entreverado con espantosa variedad: largo tres, cuatro y seis varas, corpulento á correspondencia. Cuando se siente hambriento se sube á los árboles y pone en la atalaya, tendiendo por todas partes la vista para divisar la presa; y cuando en proporcionada distancia descubre el venado, el corzo ó el hombre, con increible ligereza se desprende del árbol, y se arroja sobre ellos. Su primera diligencia es asegurarlos con sus roscas, que la envuelven toda al rededor, y tan fuertemente, que no es posible librarse de tan formidable enemigo. Cuélgase tambien de los árboles que están pendientes sobre los rios, arroja sobre el agua una espuma, á la cual acuden los peces, y cuando los tiene descuidados en el cebo, se desenrosca con extraña ligereza, y hace segura presa de ellos.

Algo se parece el Curiyú al Mboy-quatiá, culebra de tres para cuatro varas, que habita entre malezas pantanosas, desde adonde arma celadas y atalaya para asaltar la presa con increible ligereza. De la extremidad de su cola sobresale un hueso como navaja, con el cual hiere al animal y al hombre, hasta matarlos. Si el animal que apresó hace resistencia para que no le arrastre á los matorrales, el Mboy-quatiá se debilita, suelta la presa, y con presteza vuelve al agua para humedecerse, y tornar con agilidad á la reñida contienda. Los indios procuran que no les enrosque los brazos para tener sueltas las manos, y cortarla con el cuchillo antes que les hiera con el hueso de la cola.

Mayor que el Curiyú y el Mboy-quatiá es el Ampalaba, que algunos llaman “culebra boba.” Por lo menos si no es boba lo parece: su movimiento es tardo y á las veces ninguno, porque entorpecida y perezosa, se está mucho tiempo sin menearse, con la boca abierta. A nuestra Ampalaba no le hace falta la ligereza del movimiento para apresurar el raton campestre, el fugitivo corzo y el ligero venado. Con solo levantar la cabeza, y registrar los animales que pasean la campaña, y las aves que cruzan los aires, sin moverse del sitio que perezosamente ocupa, tiene segura la presa. Algunos dicen que con un aliento ponzoñoso que despide, quita la vida á los animales, y muertos se ceba en ellos. Pero la experiencia enseña que la presa es violentamente traida, y que llega viva á su boca.

Talvez ha sucedido que un pajarillo en medio de su vuelo se halló repentinamente detenido, y contra el propio impulso tirado hácia la boca del Ampalaba. Pero cortado el aire que mediaba entre la culebra y la presa, tomó otra vez vuelo, y siguió libremente su camino—efecto que no puede proceder de aliento venenoso, pues este obraria atolondrando y matando.

Cuanto es corpulenta el Ampalaba, tanto es pequeño el Uguayapí, especie de víbora, de veneno tan activo, que en pocas horas mata: con esta víbora tiene irreconciliable enemistad el Macangué, el cual del ala hace rodela, y metiendo el pico por entre las plumas, se arroja sobre el Uguayapí, y le acomete. Pero la viborilla se vale de agilidad y viveza para eludir los asaltos del Macangué, y herirle donde puede, derramándole en la sangre su mortífero veneno.

La Víbora de dos cabezas es larga media vara, y gruesa igualmente por las dos extremidades: sobre el campo ceniciento, que cubre toda la piel, se forma un jaspeado de colores obscuros poco vivos. Cuando quiere avanzar terreno y saltar para herir, forma una media luna, y estribando sobre la barriga, se tira á larga distancia, con un resorte, que sin duda procede de algun muelle ó juego particular que tienen los huesos del espinazo. Es muy temido su veneno, y mas lo fuera, si como se dice, tuviese dos cabezas. Yo lo he observado con exquisita diligencia, y noté que la una es real y verdadera, y la otra de perspectiva, pero tan viva y admirable, que engaña y hace creer que la pintada es verdadera.

Víboras frailescas llaman á unas de color pardo ó ceniciento, largas mas de vara, y algunas gruesas como la muñeca: su veneno es mortal, y son temibles, ya porque atacan sin ser hostigadas, ya porque cruzando los caminos, las confunde el color con la tierra, y no dan lugar á prevenir sus acometimientos. Corales llaman en algunas partes á otra especie veteada de pintas negras, amarillas, verdes y azules, de tanta viveza que cuando caminan hieren la vista con la repercusion de los rayos solares. Hay otras muchas especies de culebras, víboras y lagartos, unas venenosas, otras que no lo son, y á estos últimos pertenece la Iguana, cuya descripcion se halla en varios autores.


§. IX.

DE LOS INSECTOS.

A estos animales son inmediatos otros que justamente llamamos plagas infestadoras. Las langostas, que talan los sembrados, y pelan los árboles, merecen especial relacion, no por lo particular de la especie, sino por la multitud que llega á cubrir el horizonte mas de lo que alcanza la vista. Cuando saltona cubre enteramente la tierra: yo he visto plaga que tapizaba la campaña á lo largo de mas de diez leguas, cubriendo la superficie de la tierra, los troncos y ramas de los árboles. Es animal voracísimo, siempre comiendo y nunca satisfecho, porque cuanto recibe, tanto arroja y despide. Es increible la prontitud con que talan la huerta, ó monte donde hacen asiento, y en el espacio de pocos minutos he visto pelar un bosque espeso, supliendo la voracidad y multitud á la pequeñez del talador.

Las hormigas son otra plaga, conjurada contra los sembrados y esfuerzos de los labradores. Las unas por comunes no merecen particular mencion; pero sí las otras, y entre ellas el primer lugar ocupa el Tahíro, de extraña pequeñez, color negro y azogada viveza. Sale cuando quiere llover, y así son prenuncios de lluvia inminente. Luego que abandonan sus cuevas, cuidan de buscar los escondrijos, y agujeros, que son morada de grillos y otras sabandijas; no para fijar su alojamiento en ellos, sino para apoderarse de su lejítimo dueño, y prevenir en sus carnes un regalado banquete. Como son muchos, y la multitud hambrienta de Tahiros recarga sobre ellos, inexorables á sus quejidos, y sin dar cuartel á nadie, con todos acaban. Si acontece que entran en la cama del que duerme con reposada quietud, presto le despiertan, y por via de composicion es necesario desocupar el lecho, y mudar alojamiento por no verse acosado por estos animalejos.

Otras hay que los Guaranis llaman Yzau, y merecen el nombre de taladoras. Tres estados podemos distinguir en ellas: el primero cuando chicas recien salidas del huevo: estas cuanto tienen de pequeñas, tanto tienen de rabiosas, y se ceban con insaciable hambre en lo que encuentran. Desdichado el muchacho que hallan descalzo: le acometen, le hincan sus agudos dientes, y por mas diligencias que ponga en desprenderlas, no sueltan hasta ensangrentarle. Estas tienen la incumbencia de abrir el agujero, y ensancharlo para que las mayores salgan sin tropiezo, y tengan algun descanso en la fatiga laboriosa de su agradecida familia.

Por el agujero salen unas hormigas con alas á manera de abispas, y en ellas se verifica, que para su mal le nacen á las hormigas las alas: porque ó son de limitada duracion por naturaleza, ó acaban sus dias en el vientre de los pajarillos, especialmente de la tijereta, que halla delicado pasto en estos volantes ejércitos. Tras estas salen otras que constituyen el tercer estado, y son las madres hormigas, que solo toman alas para dilatar con nuevas colonias la familia, y buscar lugar retirado para el establecimiento de una poblacion numerosa. Es poco lo que vuelan, porque luego pierden las alas, y ellas caen á tierra con el peso de una bolsa, grande como un garbanzo, que encierra los huevos destinados á propagar la especie.

Como son muy laboriosas, empiezan luego con sus patillas á cavar la tierra, y en la profundidad de una cuarta dejan algunos huesos, los bastantes para fijar los fundamentos de nueva poblacion. Continuan el ejercicio de cavadores, profundando la cueva, y allí dejan segunda porcion de huevos. De esta manera, profundando mas y mas, hasta dos brazas (rara industria y teson infatigable), una sola madre hormiga propaga la especie con numerosas colonias. ¿Qué habitacion previene el Yzau para sus tiernos hijuelos? ¿Qué alimentos prepara para tanta multitud? ¿Como una sola madre fomenta tantos huevos depositados en tantos lugares?—Es misterioso arcano que no comprendemos: lo cierto es que, aunque no alcancemos los caminos de la naturaleza, ella no espera la humana direccion para plantear sus ideas, y cumplirlas.

Yo me contento con poner á la vista la admirable arquitectura de nidos que fabrican las hormigas para establecerse con seguridad en los anegadizos de los Xarayes. Como el terreno está dispuesto á inundaciones, y que el agua sube mucho, fabrican su morada sobre los troncos de los árboles. La materia es de barro, y las mismas hormigas hacen oficio de cargadoras que llevan el material, de amasadoras que lo templan, de albañiles que lo aplican, con proporcion tan compasada y division de piezas tan justa, que excede la mas delicada arquitectura. Aunque todo el material es de barro, tiene consistencia de piedra, y resiste á las aguas, de suerte que no penetren adentro. Como la clausura no es perpetua, y su naturaleza pide salir á respirar aires mas frescos, y juntar provisiones para el invierno, cada hormiguero tiene un caño, ó conducto interior por donde pueden salir y entrar libremente.

Donde las aguas no suben tanto, pero el terreno está expuesto á inundaciones, eligen un montecillo elevado, y sobre él cimentan su fábrica de barro en figura de torre, de dos para tres varas de alto. Esta torre por dentro está hueca, y al parecer sirve solamente para albergarse en tiempo de crecientes, porque entonces las aguas penetran su habitacion subterranea, y se ven precisadas á subir al torreoncillo con la seguridad que está bien argamasado, y capaz de resistir á las aguas que azotan al pié, y bañan el fundamento de la obra.

Antes de apartarnos de los Xarayes será bien referir otra especie de hormigas que se halla desde el rio Tacuarí hasta los anegadizos. Críanse en este espacio ciertos árboles, á los cuales los portugueses llaman “árboles de la hormiga”: son frondosos y lozanos, y su hermosura convida á mirarlos y tocarlos. Pero cuando la vista no se harta de mirarlos, embelesada con su admirable lozania, el cuerpo todo se llena de hormigas, que estaban sobre los árboles, y como si el contacto turbára su quietud, se convierten contra los perturbadores de su reposo y descanso. Y como cada uno de estos árboles está cargado de inumerables hormigas, son muchas las que se desprenden para herir al que osado se atrevió á tocar el árbol.

Otras hormigas hay, que aunque las llamemos plaga por el daño que pueden causar en las sementeras, pero son tolerables por la utilidad que acarrean: hállanse en pocas partes, y hasta ahora solo se sabe que se encuentran hácia la Villa Rica. Estas son fabricadoras de cera, que crian en unas bolitas sobre las plantas, llamadas guabirá-mirí, donde las recogen los Villeños, y derretidas al fuego se endurecen en cera blanca. De ella se hacen velas, pero su luz no es mucha, por ventura á causa de su dureza que no se derrita fácilmente, ni tanto que pueda nutrir el pabilo y la llama. Podria suceder que si algun fabricante la beneficiase, la experiencia le descubriria el modo de purificar la cera y aumentar la luz. El Ilmo. Señor Palavicino, Obispo del Paraguay, presentó algunas de estas velas al P. Bernardo Husdorfer, provincial de esta provincia, y este al P. Ladislao Oros, procurador á las córtes de Roma y España, para que pasase este invento americano al viejo mundo.

La plaga de mosquitos no se conjura contra los sembrados, pero se arma contra los vivientes, y la quietud de los viajantes. Los unos con la frotacion de las alas meten ruido tan confuso, que despabilan el sueño: los otros con sus aguijones chupan la sangre, y en pago de licor tan estimable que se llevan, dejan el precio de ardientes ronchas y escozor que mortifica y aflige por mucho tiempo. No hay reparo ni defensa contra su astucia: burlan la clausura de los mosquiteros, y cuando no hallan resquicio para entrar á cebarse á satisfaccion, meten su delicado aguijon por entre los hilos de los tegidos. El humo, dicen, que los ausenta; pero ese alivio, que niegan algunos, es tan costoso, que se puede dudar si es mas molesto el humo sin mosquitos, ó los mosquitos sin humo.

Los reales demarcadores que subieron rio Paraguay arriba, observaron que entre las tinieblas del humo lograban oportunidad de hincar sus aguijones á hurtadillas para satisfacer su hambre.

Sin embargo, los que habitan en Santa Fé, sus vecindades y otras partes, gustan de aires mas frescos y puros, y no consienten el ambiente ofuscado con humos. Puede suceder que la imaginacion de los patricios disminuya el número por hallar algun alivio, mas aprendido que real, contra enemigo tan impertinente. Pero siendo de una misma especie que los que se hallan en otras partes, es creible que tanto en unas como en otras, tanto cercados de humo, como sin él, mantengan la vida propia con sangre agena.

Otra plaga bien ordinaria en algunas partes de estas provincias, es la de los piques ó niguas, especie de insectos con figura de pulgas, pero menores que ellas, unos negros, otros blanquecinos, mas mordaces, y de acrimonia mas eficaz. Como son tan pequeños hallan fácil entrada, y con delicadeza se insinuan entre cútis y carne, donde en cuatro ó cinco dias fabrican una overa, cubierta de una túnica blanca y delgada, llena de pulgoncillos, con una abertura por donde sacan los pies y la boca: los pies para aferrarse fuertemente á la carne, y la boca para chupar incesantemente la sangre.

Cuando la overa llega á estado de reventar, en poco tiempo se extienden por el cuerpo los pulgoncillos, y empiezan á insinuarse entre tez y carne, formando bolsitas llenas de huevos, con la misma brevedad y presteza que la primera nigua, con una procreacion tan numerosa que cubre de insectos el cuerpo, y le encienden en una rabiosa comezon, que últimamente priva de la vida. Los que lo han experimentado aseguran, que uno solo que pique las extremidades de los dedos, hace inflamar las glándulas de los íngles, y no tiene mas remedio que sacar la nigua. Esta operacion, de que depende el alivio, se efectua descarnando con una aguja la bolsita y pulgon, y sin reventarlo se saca con todas las raices y ligamientos que la unian inseparablemente á la carne y membranas.

Estas son las plagas, estos los animales, estas las aves, estos los peces, estas las plantas, y árboles, con que el Soberano Hacedor pobló las campañas, los bosques, los rios y lagunas de estas provincias: habitacion antigua de muchas gentes bárbaras, aunque se ignore la época de su establecimiento en estas partes. Algunos con febles congeturas han procurado averiguar el orígen de las naciones americanas: pero siendo este punto histórico uno de los arcanos mas ocultos, y careciendo enteramente de sólidos argumentos para resolverlo, juzgamos que, omitida esta disputa, mas dignamente podemos dar principio á la narración de la primera entrada de los españoles al descubrimiento de estas provincias.


HISTORIA DEL PARAGUAY.