LIBRO SEGUNDO.

§. I.

DESCUBRIMIENTO DEL RIO DE LA PLATA.

1515-1529.

Casi al mismo tiempo que el intrépido Hernán Cortes daba principio á su conquista en la América septentrional, dilatando los límites de la antigua España con los reinos y provincias de la nueva, Juan Diaz Solis descubrió otros muy dilatados, y extendió en la América meridional los dominios de la monarquía española. Era Solis natural de Lebrija, célebre por sus conocimientos cosmográficos, que le merecieron el título de piloto mayor del reyno en tiempo de D. Fernando el Católico. Como práctico y afortunado le ocupó en algunas expediciones, en una y otra parte de la América, donde descubrió nuevos mares y tierras, de las que tomó posesion por la corona de Castilla.

Dominaba su corazon vano apetito de gloria, y ambicioso deseo de ser preferido á los coetáneos, y como esta pasion facilmente declina en culpable, le hizo delincuente, intentando derribar los beneméritos, del grado de estimacion que pretendia para sí. Pero le sucedió lo que á muchos, á quienes el anelo de subir hace sentar el pié sobre falso: porque Juan Diaz se hizo sospechoso, y cayó algun tiempo en desgracia del Monarca, hasta que la memoria de los méritos pasados, y la necesidad que de él se tenia, le conciliaron segunda vez la real confianza, y le merecieron algunos empleos honoríficos. Entre otros se le fió el descubrimiento de algun estrecho para facilitar el paso á la Especería, que entonces ocupaba las primeras atenciones.

Con este destino zarpó del puerto de Lepe por Octubre de 1515, y costeado el Brasil, entró el siguiente año en el magestuoso Paranaguazú: nombre que usaban los naturales para denominar al que despues se llamó Rio de la Plata, y por ahora, del nombre del su primer descubridor, Rio de Solis. Los Charruas, que entonces se dilataban por la costa septentrional del Paraná hácia el Uruguay, y tirando al oriente hasta las cabezadas del rio Negro, movidos de curiosidad, salian de sus chozuelas las manos cargadas con frutos de la tierra, que abandonaron sobre la playa, retirándose á la ceja de un monte inmediato.

Solis, que no conocia el génio pérfido de la nacion, confiado en las demostraciones, al parecer amigables, salió en tierra con pocos compañeros desarmados. Entonces los Charruas dejaron repentinamente los montes, mataron á Solis con su gente, y se los comieron á vista de los que estaban en la caravela, testigos del hecho y no vengadores del atentado. Recelosos de igual desgracia, retrocedieron en busca de la capitana que estaba sobre las áncoras en la isla de San Gabriel, y tomado acuerdo, volvieron á España, donde con la primer noticia del Rio de la Plata, comunicaron la infausta suerte de su primer descubridor.

Casi diez años pasaron, en los cuales el rio de Solis no mereció un recuerdo en la memoria de Carlos V. Pero, como en el rey de Portugal se trasluciese inclinacion de extender por esta parte sus dominios, dispuso prontamente una armada á cargo de Diego de Garcia, vecino de Moguer, acompañado de Rodrigo Area, piloto célebre de su tiempo: imponiéndoles la obligacion de repetir segundo viage, y de buscar con diligencia á Juan de Cartajena, y á cierto clerigo francés, que abandonó por sediciosos Magallanes, arrojándolos hácia la bahia de San Julian. La armada salió del Cabo de Finisterre á 15 de Agosto de 1526, pero las aventuras de la navegacion la demoraron tanto, que Sebastian Gaboto previno á Garcia embocando primero por el gran rio de Solis.

Era Gaboto veneciano de nacion, cosmógrafo inteligente, y práctico en la marina; sugeto verdaderamente hábil, de sagaz entendimiento y penetrativo discurso: despues de Colon inferior á ninguno en hidrografia y astronomia. Descubrió la tierra de Bacallaos, y de ella tomó posesion por Enrique VII, rey de la Gran Bretaña; del cual se prometió un prémio digno de sus afortunados servicios. Pero como la recompensa fuese inferior á la esperanza, se ausentó Gaboto de Londres para probar fortuna en servicio del rey de España.

Efectivamente, con el nuevo Soberano fué nueva su fortuna, y se le dió título y empleo de piloto mayor del Reino, con renta competente al oficio que profesaba. Entre otras expediciones se le ordenó el año de 1525, que pasara á las Malucas, y tentára el descubrimiento de Tharsis, Ophir y Catayo. La armada que se le previno constaba de cuatro navios: el equipage pasaba de seiscientas personas, fuera de mucha nobleza de hidalguia, y sujetos de crecidos méritos, atraidos con esperanza de enriquecerse en las tierras á que navegaban.

La armada levó anclas á principios del 1526, y tuvo algunos accidentes que demoraron la navegacion mas de lo que se persuadió Gaboto. Con la tardanza escasearon los viveres, y traslucidos algunos indicios de alzamiento, se recostó Gaboto al Puerto de Patos, en altura de poco mas de 31 grados de latitud austral, hasta donde los Guaranís, señores de las riveras marítimas por aquella parte, prolongaban sus términos.

Gaboto, imposibilitado á proseguir, ó con esperanza de progresos mas felices, abandonó el viage de Malucas, siguiendo por ahora el curso de su fortuna, que le encaminó á la espaciosa boca del rio de Solis, en cuyos confines bojaba la armada, y subió hasta una isleta no muy distante de tierra firme, hácia la ribera septentrional en la derecera de Barragan, que caia en la márgen opuesta. A la isleta llamó San Gabriel, y ancoró en su fondo las naves. Pero siendo el puerto poco reparado, avanzó con dos bateles hasta el encuentro del Paraná y Uruguay, y siguiendo la madre de este, descubrió á su oriente un rio, que desde entonces hasta hoy se llama de San Salvador, buen surgidero para poner en salvamiento la armada.

Así lo egecutó Gaboto: parte de la carga con alguna milicia dejó en San Gabriel, y parte con la armada pasó á San Salvador, sobre cuya embocadura levantó un fuerte contra los Charruas é Yaros, que observaban al descuido los movimientos del español. Guarnecido con milicia el fuerte, saltó en un bergantin y caravela al magestuoso Paraná, y surgió en el Carcarañal, pechero suyo por la márgen occidental: donde levantó segunda fortaleza, que denominó Sancti Espiritu, y que el vulgo llama de Gaboto, por algunas reliquias que el tiempo conserva para su memoria.

Habitaban las vecindades del Carcarañal los Timbus, gente humana, cariñosa, hospitalaria; buena para amiga, y pesima para enemiga. Con ellos hizo alianza Gaboto, y avanzó hasta la laguna de Santa Ana. Entabló comercio con los Apupenes, rescatando bastimentos por bugerias, que hacia estimables la novedad. Del Apupen retrocedió á la junta del Paraguay y Paraná, y tomando la madre de aquel, surgió cerca del sitio, donde se fundó despues la Asumpcion, capital de la provincia.

Señoreaban el rio los Agaces, los cuales salieron en trescientas canoas á presentar batalla á Gaboto, que acometieron orgullosos; pero vencidos facilmente, se retiraron fugitivos á sus ordinarias guaridas. De las vecindades concurrieron los Carios, á solicitar la paz del valeroso triunfador de los Agaces, y cambiar los frutos de su territorio. Adornaban su desnudez natural piezas de plata pendientes del cuello, y hermosos plumages la cintura, provocando la codicia española, á quien lisonjeaba el resplandor de aquellas alhajas.

Los indios por obsequiar á los huespedes, ofrecieron las piezas por cuentas de vidrio y otros generos baladís, sucediendo á veces que recibidas las bugerias, se retiraban huyendo, porque el español no se arrepintiera de lo que daba en precio de lo que recibia.

No era esta plata propia del terreno: pero como ni los indios podian explicarse, ni los españoles averiguar su orígen, se fué la aprension á lo que era natural, juzgando que en la vecindad habia criaderos de metal tan estimable, del cual rescataron porcion bastante para hacer un donativo al emperador Carlos V. Antonio Herrera dice que esta es la primera plata que de Indias pasó á España: lo cual no es creible, describiendo en su Decada II, al año de 1519, el donativo que Hernán Cortes envió, compuesto del agregado de piezas de oro, plata y perlas, que Motezuma presentó al conquistador de la Nueva España.

Persuadido pues Gaboto de que el pais era fecundo en minerales, denominó al Paraguay Rio de la Plata: nombrado brillante, que equivocó en los autores la inadvertencia, y adulteró la falta de noticias. No negaré que el tiempo que trastorna la substancia y denominacion de las cosas, del Paraguay trasladó al Paraná-guazú el nombre del Rio de la Plata, con el cual es conocido despues de recibir el Uruguay hasta descargar en el Océano con mole inmensa de aguas. No se sabe si Gaboto adquirió noticia de como y cuando esta plata que rescató de los Guaranís, y que denominó al Paraguay, vino á sus manos. Pero si lo supo, y ocultó la noticia, los tiempos venideros lo manifestaron.

Alejo Garcia, de nacimiento portugues, penetró por la via del Brasil al territorio de los Guaranís, acompañado con número crecido de Tupís, pretendiendo adelantar por aquella via las conquistas lusitanas hasta el Perú. En su compañia tomó dos mil Guaranís, guerreros escogidos, y certeros en la direccion de las flechas. Llegaron á los confines paruanos, verosimilmente en las inmediaciones de los Chichas, á los cuales el capitan portugues venció con el auxilio de los Tupís y Guaranís, y los despojó de tejidos curiosos, vajilla, vasos y coronas de plata, en que sobre la materia era estimable la labor de invencion peruana. Parte del despojo fué botin de los Guaranís, y parte de Alejo Garcia y sus compañeros: pera aun esta parte pasó á los Guaranís, que los mataron alevosamente despues que volvieron sobre sus pasos.

Esta es la plata que Gaboto rescató de los Guaranís, deteniéndose con lenta ociosidad mientras unos iban cargados de abalorios, y venian otros con planchas para cambiarlas. En el rescate se le pasó el año de 1526 y parte del siguiente, poco vigilante en promover la conquista. Entretanto llegó Diego Garcia, á quien tocaba el gobierno: reconvino á Gaboto con modales urbanos, exhibiendo los despachos en que se le confiria la capitanía del rio de Solís por nombramiento del Emperador. Gaboto que esperaba enriquecer con nuevos rescates, y pensaba descubrir ricas minas de plata, resolvió atropellar la justicia de Diego Garcia, alzándose con el gobierno.

Efectivamente prevaleció el veneciano; y Garcia, que no tenia esperanza de vencer á Gaboto, se sometió á su mando con tanto rendimiento que en adelante ni su nombre suena, ni se oye en las historias. Como Gaboto estaba mal asegurado de su intrusion, determinó obtener con mejor título la capitanía del Rio de la Plata, despachando á la corte dos agentes, Hernando Calderon, y Roque Barlogue, con encargo de promover sus pretensiones. Dióle prolija relacion, que contenia las aventuras del viage: los motivos que precisaron á desistir de la jornáda de Malucas: los descubrimientos hechos, y las naciones que dieron la paz, sin omitir menudencia conducente al fin pretendido. Llevaban tambien un donativo de plata para el Emperador, y algunos indios que pasaban á dar la obediencia en nombre de sus naciones.

Los agentes de Gaboto fueron admitidos ron soberana dignacion, conferenciando largamente con ellos el César, é inquiríendo varias curiosidades concernientes á diferentes materias. Concurrieron al agrado del recebimiento los Guaranís, embajadores caracterízados con fisonomía peregrina, y modales índicas que llamaban la atencion del Monarca; informándose largamente sobre sus génios, ritos y costumbres. Mas que todo admiró su grande entendimiento el artificio de los tejidos, y delicadeza de labor, maniobra de artificio superior á lo que prometia la torpeza de sus manos.

Todo lo cual inclinó el Emperador á favorecer á Gaboto, y enviarle socorro de gente para la prosecucion de la conquista. Pero como la monarquia se hallaba embarazada con la alianza de Inglaterra y Francia, y el año de 29 gravísimos negocios sacaron de España para Italia al César, este proyecto no llegó por entonces á ejecucion.


§. II.

DESDE LA SALIDA DE GABOTO HASTA LA LLEGADA DE D. PEDRO DE MENDOZA.

1530-1536.

Desde que Gaboto se restituyó del país de los caribes al fuerte de Sancti Spiritus sobre el Carcarañal, no consta progreso alguno de la conquista, ni alianza con otras naciones. Los Timbues se mantenían en amigable correspondencia, que les inspiraba su buen génio, y el cariñoso trato de los españoles. No así los Charruas, los cuales velaban sobre los descuidos de la guarnicion para lograr un lance favorable á sus armas.

Efectivamente, lograron una madrugada, y sorprendieron rapidamente á los castellanos: parte murieron á sus manos, parte se refugiaron á las naos que se hallaban surtas en el rio, sobre la márgen oriental del Uruguay. Hallábase Gaboto próximo á largar al viento las velas para España: y aunque sintió la desgracia, no se detuvo en castigar á los bárbaros, ni en reedificar el fuerte, primer monumento de su conquista. Mayores negocios ocupaban el ánimo, y solicitaban su asistencia personal en la corte. Tres años corrian ya, y en ellos no habia tenido noticia de sus agentes, ni del estado en que se hallaban su pretensiones. Tenia fundamentos para sospechar mal recibimiento por las diligencias de sus émulos interesados de Malucas, y los informes que podia sospechar de Diego García, á quien en propiedad pertenecia la conquista.

Esto le movió á navegar á Castilla para liquidar personalmente sus operaciones. En efecto llevó adelante el patrocinio de su causa, y justificó de modo sus procederes, que obtuvo la capitanía del rio de la Plata. Pero se le confirió en títulos, y con pretexto de piloto mayor del reino se le detuvo en Sevilla, embarazando la vuelta al rio de la Plata, de un sugeto que fué desgraciado en Inglaterra, infiel á España, y primer intruso en estas provincias.

A los dos años de vuelto Gaboto, fué destruido el fuerte de Sancti Spiritus. Era alcaide Nuño de Lara, noble hidalgo dotado de prendas singulares: era cariñoso, afable, circunspecto, prudente, respetable, mandando con el dulce imperio de las obras que facilitan y vencen las dificultades. Mantenia los presidiarios en arreglada disciplina, inspirando en sus corazones humanidad y clemencia con los indios: á estos conservaba en mutua correspondencia, rescatando de ellos los alimentos, sin lesion de la equidad y justicia. Todo prometia bonanza, y aseguraba hermandad incontrastable por muchos años. Así sucediera si la furia de una pasion no lo convirtiera todo en cenizas.

Marangoré, cacique principal de los Timbues, se aficionó locamente de Lucia Miranda, señora de distincion, hermosa, honesta, y por extremo recatada. Los castos desdenes de Lucia encendian peligrosas llamas en Marangoré, y soplaban el incendio de la pasion en un corazon salvage. Renunciando á la esperanza de vencer su resistencia, arrimó 4,000 Timbues hácia Sancti Spiritus, en ocasion que Sebastian Hurtado, marido de Lucia, se hallaba ausente del fuerte con algunos compañeros, rescatando víveres para subsidio de la guarnicion.

De esta carestia tomó pié Marangoré para el logro de sus intentos. El ejército emboscó en competente distancia para que se acercára al abrigo de la noche, y él con algunos briosos jóvenes, cargados de vituallas, se adelantó á Sancti Spiritus ofreciendo las provisiones que llevaban sus vasallos para socorro de la necesidad que se padecian. Los presidiarios recibieron el donativo con agradecimiento, y porque la noche estaba próxima y la habitacion de los Timbues retirada, Nuño Lara ofreció alojamiento á Marangoré, y á los suyos, cargadores del engañoso presente. Juntos cenaron esa noche, y juntos se recostaron, los españoles á dormir, y los Timbues á velar. Apoderado de los castellanos el sueño, el tirano abrió las puertas al ejército, que ya se habia arrimado, y entrando al fuerte, todos se arrojaron sobre los españoles: los mas fueron prevenidos antes de tomar las armas: pocos las empuñaron, y tuvieron glorioso fin con muerte de sus enemigos.

Nuño Lara, en quien la nobleza y valor hermosamente se enlazaban, discurria por entre la densa multitud de Timbues, obrando prodigios de valentia, hiriendo y matando enemigos, hasta derribar á sus pies á Marangoré, caudillo pérfido de sus pérfidos agresores. Luis Perez de Vargas, sargento mayor del presidio, y el alferez Oviedo, cubiertos de gloriosas heridas, y rociados de sangre enemiga, haciendo mortal destrozo, cayeron vencedores, sobre los mismos que dejaban vencidos. Casi todos los españoles fueron víctimas de este bárbaro furor: los pocos que salvaron la vida, quedaron prisioneros de los aleves Timbues.

Entre ellos la infeliz Lucia Miranda, que quedó en libre cautiverio de Siripo, hermano de Marangoré, sucesor suyo en el cacicazgo, y heredero de sus amores. Este permitió el despojo del fuerte á la victoriosa milicia, reservando para sí á Lucia, objeto de sus pretensiones, siempre malogradas por la constancia de la casta matrona.

Al siguiente dia de la desgracia sucedida en el fuerte, estuvo de vuelta Sebastian Hurtado, marido de Lucia. Reconoció los cadáveres para pagar con honrada sepultura los últimos oficios de gratitud á su amada consorte, y no hallando el de Lucia, llevado del amor que es presagioso, se huyó á los Timbues, para acompañar cautivo á su cautiva esposa. Pero Siripo, que pretendia poseerla solo, entró en pensamientos de matar á Sebastian Hurtado.

Entonces Lucia, árbitra de la voluntad de Siripo, le inclinó á tierna condescendencia hácia Hurtado, en quien no se descubria otro delito que la inocencia inculpable de sus amores. “Si tu gusto es, si es de tu agrado, respondió Siripo, viva en buena hora Sebastian, por que tú no fallescas con su muerte: viva en buena hora, pero elija esposa entre las Timbues, sin otra reserva, que la que prescriba el antojo de su eleccion. En lo demas no será mirado de mí ni de mis vasallos como advenedizo ni como prisionero de guerra, Los primeros empleos que dispensa mi autoridad, segun el valor de los méritos suyos, serán desde ahora su galardon. Una sola condicion os prescribo, y es, que no trateis ambos como consortes, so pena de incurrir los castigos de mi justo enojo.”

Agradecieron á Siripo las expresiones de su benevolencia, y prometieron no traspasar los límites de su ordenanza. No obstante, los inocentes consortes se descuidaron, y observados del celoso amante, irritaron su cólera, que los llevó al sacrificio. Tentó primero la castidad victoriosa de Lucia, la cual inexorable á los ruegos del bárbaro, permaneció constante en su determinacion, queriendo antes experimentar las furias de un amante, que macular el tálamo con detestable condescendencia.

En efecto Siripo de amante se transformó en tirano, y las promesas convirtió en amenazas, preparando á la inocente victima una hoguera. Sebastian Hurtado, amarrado á un árbol, y hecho el blanco de las flechas y furor bárbaro, imitó el ejemplo de su esposa en fervorosos actos de religion, y la siguió á la gloria.

Los demas españoles que con Sebastian Hurtado habian venido de rescatar víveres, pagada la deuda de sepultura á sus desgraciados comilitones, humedeciendo con lágrimas sus cadáveres, desampararon el fuerte, y embarcados siguieron el curso de su fortuna, ya desgraciada, y de costa en costa, á vista siempre de tierra, llegaron á las cercanias de San Vicente, colonia lusitana en el Brasil. Allí levantaron unas chozuelas, y aliados con los portugueses se mantuvieron poco mas de año en buena correspondencia. Los portugueses fueron los primeros en romperla, declarando guerra á los castellanos, los cuales previnieron una celada y los vencieron, quedando dueños del campo y señores de la poblacion. No obstante, por evitar disensiones, se recostaron á la isla de Santa Catalina, donde restablecieron la colonia.


§. III.

GOBIERNO DE D. PEDRO DE MENDOZA.

1534-1537.

Casi en la misma sazon que los Argentinos, reliquias de la armada de Gaboto, pasaron de San Vicente á Santa Catalina, disponia el Emperador proseguir el descubrimiento del Rio de la Plata. Y porque la monarquia española se hallaba exhausta con los excesivos gastos de la guerra, y falta de medios para equipar nuevas armadas, se puso la mira en D. Pedro de Mendoza, gentil hombre de cámara, mayorazgo de Guadix, caballero principal, el cual habia militado en Italia y enriquecido en el saco de Roma. Como á poderoso y valido, confirió el Emparador el título de Adelantado del Rio de la Plata, con decorosas condiciones, y privilegios honoríficos.

La armada que se dispuso con esplendor y lucimiento, sobresalia casi sobre cuantas surcaron los mares para la conquista de Indias. Dos mil y quinientos españoles, y sobre ciento y cincuenta alemanes la componian, segun algunos autores. Venia gente de distincion: treinta y dos mayorazgos, algunos comendadores de San Juan y Santiago, un hermano de leche del Emperador, llamado Carlos Dubrin, y Luis Perez de Cepeda, hermano de la esclarecida virgen, y seráfica madre Santa Teresa de Jesus. Todos venian á la conquista del Rey blanco ó plateado, que ideó la fantasia de Gaboto ó sus agentes, para adquirir nombre de grandes con la novedad del hallazgo.

A la conquista pues del Rey blanco se hizo en San Lucar á la vela, á principios de Septiembre de 1531, dejando á España llena de envidiosos y de esperanzas. Tuvo algunas aventuras en la mar, y con ellas al siguiente año embocó en el Rio de la Plata, y subió á la isla de San Gabriel, cuya incomodidad para establecimiento de poblacion, y desabrigo para reparo de la armada, precisó á buscar sitio mas ventajoso. Para lo cual despachó el Adelantado personas de confianza que eligieran en la opuesta rivera solar cómodo para levantar la poblacion.

Los exploradores cortaron el Rio de la Plata, pasando á la márgen austral, casi en la derecera de San Gabriel, donde el terreno ofrece sitio ameno, delicioso, y de agradable perspectiva. Soplaban en la ocasion vientos frescos y apacibles cuya suavidad templó el bochorno de los exploradores; y porque Sancho del Campo, el primero que saltó en tierra, dijo: Qué buenos aires son los de este suelo, se tomó ocasion para denominar el sitio: Puerto de Buenos Aires. Alegres con la oportunidad, pasó el Adelantado con su gente á la márgen opuesta, donde en altura de 34 grados y medio de latitud, y 321 de longitud, principió para tantos mayorazgos y comendadores, para tantas matronas y doncellas, una ciudad de chozuelas pajizas, puestas al amparo de la Emperatriz de los cielos y de la tierra, bajo la invocacion de Santa Maria de Buenos Aires.

Bien era necesario patrocinio tan poderoso para mantenerse en la vecindad de los Querandís, nacion entonces numerosa, que ocupaba las extendidas campañas que median entre Córdoba y Buenos Aires, y que se dilataba al sur hácia el estrecho de Magallanes. No forman cuerpo de comunidad, ni reconocen superior sino en tiempo de guerra, en que eligen capitan, y obedecen á los cabos militares. Son de grande estatura, y alcanzan poderosas y robustas fuerzas: son guerreros afamados á su usanza, y diestros en despedir con certeza la flecha al blanco, y en tirarla por elevacion, para que caiga sobre la fiera que huye y sobre el enemigo que se les escapa. Son obstinados en los gentílicos ritos, y raros son los que se convierten á la religion cristiana.

Al principio usaron buenos términos con el español: ofrecian sin esquivez los frutos del pais, y comerciaban amigablemente castellanos y querandis, manteniéndose en hermanable trato y reciproco comercio. Poco á poco retiraron los indios los víveres, y cometian algunos insultos, robando y matando á los que salian á forrage. Como á estas osadias no refrenó el castigo, los delincuentes volvieron á insultar á los españoles, y repetidas veces bloquearon á su modo la ciudad. Los castellanos con algunas salidas hicieron retirar al Querandí, pero tan poco atemorizado, que luego intentó nuevos acometimientos.

Juntó un cuerpo de milicia de cuatro mil combatientes, y puso su campamento cerca de un pantano á pocas leguas de la ciudad. Tuvo noticia el Adelantado, y destacó una compañia de trescientos infantes, y doce caballos para castigar al enemigo. Dirigian la faccion Perafan de Rivera, Francisco Ruiz Galan, Bartolomé Bracamonte, Juan Manrique, Sancho del Campo y Diego Lujan, con subordinacion á D. Diego Mendoza, Almirante de la armada y hermano del Adelantado.

Salieron de la ciudad á son de cajas y clarines, y presentaron batalla al enemigo. De una y otra parte se peleó valerosamente. Del campo español faltó la flor y la nobleza:—D. Diego Mendoza, Juan Manrique, Bartolomé Bracamonte y otros. Diego Lujan, que se arrojó intrépido á la densa multitud de querandis, salió arrastrado del caballo á la orilla de un rio, que denominó de su apellido, sirviendo en esta ocasion la desgracia á la celebridad del nombre que conserva hasta el dia de hoy el rio de Lujan.

Los Querandis, de los cuales murieron muchos, juntaron un cuerpo compuesto de Chanas, Charruas y Timbues, que se confederaron con los Querandis, para acabar con los nuevos pobladores. Acampados sobre la ciudad, la rodearon por todas partes, molestando á los españoles con repetidas irrupciones. Los de adentro con vigilancia y esfuerzo frustraban el ímpetu de los sitiadores, repeliendo á vivo fuego la debilidad de las armas arrojadizas. Los Querandis empeñados en la agresion, densaron el aire de flechas, en cuya extremidad arrojaban mechones de paja encendidos, los cuales cayendo sobre los techos de paja, le comunicaban el incendio. Fué grande la confusion en los españoles: pero en los enemigos fué grandísima la mortandad: ni podia menos, ofreciéndose ciegos á las balas que hacian mortal estrago.

Viendo los indios que no podian prevalecer contra el español, alzaron el sítio; y como antes habian retirado los viveres, se sintió en la ciudad el hambre, enemigo mal acondicionado, que no se ablanda con halagos, ni auyenta con amenazas. Cuéntanse excesos, en que la cristiandad tropieza, y se atraviesa el horror natural. Como estas desgracias llovian unas sobre otras, entristecian grandemente el corazon de todos, y principalmente del Adelantado, el cual profundó tanto sobre las miserias presentes y otras que se temian, que le faltó aliento para golpes tan pesados, y determinó dejar el gobierno á Juan de Oyolas.

La idea puso en ejecucion, y se embarcó para Castilla, mas lleno de melancolia, que no vino alegre á la conquista del Rey blanco. En el mar le recargó mas el humor melancolico, que le traia á la fantasía la muerte de su hermano, de tanta hidalguia, y la estrema miseria en que quedaban abandonados los vecinos del puerto, con impresion tan viva que no podia apartar de sí el objeto mismo de que huia. Sobre eso el hambre apretó en la nao, y se vió reducido á tanta necesidad, que le precisó á comer carne infestada, que le ocasionó la muerte. Así acabó el año de 1537 el primer Adelantado del Rio de la Plata, tan desgraciado en los últimos periodos de su vida como feliz en los primeros.


§. IV.

GOBIERNO DE D. JUAN DE OYOLAS.

1537-1539.

Al siguiente año, segun se puede congeturar, murió Juan Oyolas su substituto. Era Oyolas caballero principal, buen cristiano, buen soldado, y buen capitan. Vino al Rio de la Plata con título de Alguacil Mayor, y superintendencia en los negocios del Adelantado. Enviado de este levantó el año de 1535 el fuerte de Corpus Christi sobre el Paraná, y prosiguió el descubrimiento de Gaboto, pacificando unas naciones con agrado, y castigando los Mepenes y Agaces que hicieron resistencia. Lambaré, é Yanduazubí, señores del terreno, en cuyos cantones se levantó despues la Asumpcion, se opusieron valerosamente, confiados en ciertas estacadas que dificultaban la entrada en sus poblaciones.

Juan de Oyolas no solo guerrero, sino humano, é inclinado á conmiseracion, les ofreció la paz, y ventajosos partidos en la amistad del español, y vasallage del Católico Monarca. Pero ellos no dieron otra respuesta que una descarga inutil de flechas. Entonces Oyolas ordenó á los suyos que usáran las bocas de fuego para obligar á estos infieles á dar la paz, que no admitieron de grado. A los primeros tiros, se retiraron al fuerte de Lambaré, donde cercados instaron por las capitulaciones, las cuales otorgó Oyolas con tanta satisfaccion de los suplicantes, que estos admiraron la valentía de los españoles en vencerlos, y la clemencia de Oyolas en perdonarles.

Quedaron Lambaré é Yanduazubí con los suyos, tan prendados del capitan de los españoles, que en adelante ministraban abundantemente los viveres, y ofrecian su milicia para las facciones militares; reparándose en los semblantes una alegria placentera, que manifestaba lisonjearse con la compañia de sus aliados. Ofreciose castigar á los Agaces, y se juntaron hasta ocho mil, protestando los Guaranís, que venian á defender sus confederados. Llevaban siempre la delantera con paso tan acelerado que el pequeño ejército español, no podia avanzar tanto en las marchas, sucediendo frecuentémente, que se tocaba á hacer alto, porque la gente de Oyolas se fatigaba en el alcance. Descubierto el enemigo, Lambaré é Yanduazubí se arrojaron tan resueltamente sobre los Agaces, que á casi todos mataron, sordos á los gritos de Oyolas, que voceaba inutilmente, inspirándoles clemencia con los enemigos.

Desembarazada la comarca, Juan de Oyolas dió principio á la construccion del fuerte, y lo consagró á la triunfante Asumpcion de Nuestra Señora: ó porque se empezó á 15 de Agosto de 1536, ó por particular inclinacion de Oyolas á misterio tan sacrosanto. A esta ruda fortaleza podemos llamar ciudad incoada de la Asumpcion, cuyo principio atribuyen algunos al capitan Juan de Salazar, y su perfeccion al Gobernador Domingo de Irala. Está situada, segun el Padre José Quiroga, en 25 grados y ocho minutos de latitud, y 319 grados y 41 minutos de longitud, sobre la márgen oriental del Paraguay.

Construido el fuerte, continuó Oyolas su descubrimiento rio arriba, y saltó en un puerto que denominó Candelaria, en la rivera occidental del Paraguay, al abrigo de la sierra Cuneyeguá. Aquí comunicó con los Payaguás, señores del rio, nacion fementida y disimulada, que oculta la mayor alevosía que urde con el superior beneficio que alcanza. De estos indios tomó lengua Oyolas del rumbo que debia seguir para el Perú, fin de su jornada.

A 12 de Febrero de 1537, continuó el viage, dejando en guardia de los bergantines á Domingo Martinez de Irala, con obligacion de esperarle seis meses: término tan perentorio para la espera, que ni antes de cumplirlo, podia retirarse, ni cumplido tendria obligacion de aguardarle. Juan de Oyolas no proporcionó el tiempo con jornada tan dilatada, y se demoró mas de seis meses; en los cuales fielmente le esperó Irala, y absuelto de la obligacion, bajó al fuerte de la Asumpcion á rescatar víveres, y rescatados se restituyó á la Candelaria, para esperar á Oyolas, ó conseguir noticia de su paradero. Hizo esquisitas diligencias con los Payaguás, preguntando y ofreciendo prémios á los que le participáran noticias de su gefe.

Pero los infieles mas estudiaban en ocultar sus intenciones, que en manifestar el lamentable fin del capitan español. Porque cien Payaguás sin arcos ni flechas, en trage de comerciantes, se descubrieron á lo lejos, con deseo de sentar paces con los castellanos, manifestando con señas que les detenian los españoles ceñidos con sus armas. Entonces Irala ordenó á los suyos que las depusieran, velando sobre ellas para cualquier lance que pudiera ofrecer el disimulo de los comerciantes. Los cuales se acercaron al acampamento, y fingiendo que sacaban á la plaza las mercaderias, los unos se arrojaron sobre las armas de los españoles, y los otros se estrecharon con ellos.

Dieron principio al combate con horrible griteria, hiriendo con voces el oido y el ánimo con espanto. El capitan Irala, primero en desprenderse de sus agresores, empuñando espada y rodela, dió lugar al alferez Vergara, y á Juan de Vera, para desenvolverse de sus competidores. Los tres socorrieron los demas, que peleaban animosos cuerpo á cuerpo, embarazados con la multitud. Pero llevándolos ya de vencida, y recobradas las armas, salieron de celada otros Payaguás, parte por tierra, parte por agua en sus ligerísimas canoas, con ánimo de tomar los bergantines. Por tierra y agua fué grande la confusion, reñido el combate, y se peleó desesperadamente; pero al fin se declaró la victoria por los españoles. Entre los heridos, uno fué Irala, tan enagenado con el ardimiento de la pelea, que no reconoció su daño hasta que concluyó felizmente la fuga del enemigo.

Desengañado Irala de conseguir entre los Pajaguás noticias, se alargó rio arriba con toda su gente. Un dia, poco antes de amanecer, se percibieron voces lúgubres, solicitando en lenguage castellano la audiencia del capitan español. Fué traido el que articulaba estas voces, y puesto en presencia de Irala, habló de este modo. “Yo, Señor capitan, soy indio, de nacion Chanés, gente que habita unas altas cordilleras, á las cuales aportó el capitan Juan de Oyolas, quien me recibió por criado, pero me trató como hijo. Corridos felizmente los términos de los Samacosis y Sivicosis, naciones que le franquearon cuanto tenian, y situadas en las faldas de las cordilleras peruanas, dió la vuelta cargado de ricos metales, que le franquearon los indígenas, prendados de su benevolencia. Todos le recibian humanamente, y ofrecian para servirle sus hijos: de los cuales yo soy uno, que no quisiera haberle conocido, por no sentir el corazon traspasado con su pérdida.”

“Concluida la jornada, llegó al puerto de la Candelaria, y no hallando las naves, se paró por extremo triste. Las naciones de este gran rio acudieron con víveres; á todas excedió en obsequios la de los Payaguás, los cuales ofrecieron sus chozuelas para hospedaje, con tanto disimulo, que los españoles las admitieron agradecidos, y sin recelo se recostaron á descansar. Cuanto era mayor el descuido de estos, tanto fué mayor la vigilancia de los Payaguás para sacrificar á su furor los dormidos castellanos. El capitan Oyolas se ocultó entre matorrales, pero descubierto, murió blanco de sus flechas. Yo tuve la dicha de escaparme, ó porque su furor se extendió solamente á los españoles, ó porque mi miseria halló compasion en corazones de fieras.” Así habló el indio Chanés á Irala, el cual entristecido con tan funesta noticia, se restituyó á la Asumpcion, que contaba algunas habitadores venidos el año antecedente de 1539, con el capitan Juan de Salazar y Francisco Ruiz Galan.

Muerto Oyolas, feneció tambien el fuerte de Corpus Christi, monumento de su valor. Pero asaltados los Caracarás, indios de paz, por Francisco Ruiz Galan, quedaron tan sentidos que resolvieron vengarse. Para lo cual se confederaron con los Timbues, y juntando un cuerpo considerable de milicia, eligieron Capitan General de las tropas. No ha quedado nombre del gefe, pero sus artificios y engaños le pueden hacer memorable en los anales griegos. La substancia es, que ido á Corpus Christi habló en este tenor al capitan Antonio de Mendoza, teniente del fuerte.

“El aprieto grande en que se halla mi nacion, noble y valeroso Capitan, y la firme alianza en que Españoles y Caracarás vivimos, me pone á tus pies, para consultar el remedio que se debe aplicar á los males que nos amenazan. Habeis de saber que una nacion cruel y bárbara ha despachado sus embajadores con precision de intimaros guerra, y de no, amenaza meterla por nuestras tierras. El enemigo es formidable por naturaleza, y temible por el número excesivo de combatientes. Nosotros, si no vienen en socorro vuestras armas, nos hallamos débiles para la resistencia, y solo con ellas prometemos vencer al comun enemigo que pretende romper nuestra alianza.” Con este artificio coloreó el capitan caracará su designio, y movió al teniente español á señalar cincuenta castellanos, á cargo del alferez Alonso Suarez de Figueroa, el cual pasó á incorporarse con los Caracarás en sus tolderias.

Poco antes de llegar se ofrecia un estrecho sendero que cortaba la espesura del bosque con rastros impresos de viandantes. Aquí fué donde los Caracarás que estaban en celada, acometieron al español, el cual resistió con valor, causando gran daño al enemigo: pero fatigados con la continua defensa, perecieron todos, menos un mozuelo llamado Calderon, que eludió el peligro con la fuga para mensagero de la desgracia. Los victoriosos Caracarás, en número de dos mil, como dice Centenera, ó de diez mil, segun Ulrico Fabro, corrieron impetuosamente para asaltar á Corpus Christi. Quince dias duró el cerco, renovando en cada uno el asalto de los infieles, cuyo ímpetu fué valerosamente rechazado de solos cincuenta españoles: á los cuales al décimo-quinto dia socorrieron Diego Abreu y Simón Jaques Ramoa, capitanes de dos bergantines que venian casualmente del puerto á Corpus Christi.

Jugose oportunamente la artilleria de los bergantines, y se dió lugar á que la soldadesca saltára en tierra para incorporarse á los sitiados. El combate fué muy reñido, porque la obstinacion peleaba en los bárbaros, y la multitud permitia que los fatigados alternáran con tropas de repuesto. Los españoles apuraban el aliento, peleando; y no pudiendo atender con tanto golpe de enemigos, un varon celestial, vestido de blanco y espada brillante en mano, se dejó ver sobre la frágil muralla infundiendo terror en los bárbaros, y poniéndolos en fuga pavorosa. Favor singular que los españoles atribuyeron al glorioso San Blas, en cuyo dia se consiguió tan señalada victoria. Desde entonces la gobernacion del Paraguay tributa obsequiosos cultos al Santo, reconocida á los grandes favores con que su Patron manifiesta propicio el poder de su abogacia.

Los españoles que sobrevinieron, desampararon el fuerte, y se embarcaron para Buenos Aires en los bergantines de Abreu y Ramoa. Pero estos y los porteños solo se juntaron para hacer un número crecido de miserabilísimos, próximos por el hambre á perecer. Se refieren de este tiempo casos semejantes á los que se cuentan de Roma en el cerco de Mario, y de Jerusalem en tiempo de Tito y Vespasiano. En tanta miseria y calamidad recibieron algun socorro con la venida de Alonso Cabrera, veedor del Rio de la Plata que trajo provisiones de boca y guerra para un año, y doscientos soldados con algunos nobles caballeros. Traia entre otras una real cédula en que á Juan de Oyolas se le confirmaba el título de Gobernador del Rio de la Plata, y en caso de fallecimiento Su Magestad concedia facultad de proceder á eleccion de Gobernador por pluridad de votos.

No se arreglaron al cesareo mandato el veedor Cabrera y el teniente Francisco Ruiz Galan, los cuales partieron entre sí el mando de la provincia. Una cosa buena hicieron en su brevísimo gobierno, que fué pasar con casi toda la gente á la Asumpcion, donde los alimentos se conseguian sin escasez, y se lograban lúcidos intervalos entre la tranquilidad de la paz y los rebatos de la guerra. Publicóse en la Asumpcion la cédula del Emperador, y por pluralidad de votos fué electo Gobernador Domingo Martinez de Irala, noble vascongado, valeroso, ejecutivo, resuelto y determinado con fortuna. Era ambicioso y vano con estremo, y tenia un fondo de reserva que alcanzaban pocos.


§. V.

GOBIERNO DE D. DOMINGO MARTINEZ DE IRALA.

1540-1542.

Elevado al mando, entendió en el desempeño del oficio. El fuerte mal murado erigió en ciudad: repartió solares, y señaló oficiales para las maniobras, con superintendentes que acalorasen las fabricas. Dió el primer lugar al templo, principal desvelo de los españoles, y se consagró á la triunfante Asumpcion de Nuestra Señora. Para todo ayudaron los Guaranís amigos, tan escrupulosos en la observancia de las capitulaciones, que excedian los términos de la obligacion, y tan obsequiosos en el agasajo de los españoles, que ofrecian sus hijas para el servicio, y con ellas pasaron la vida en concubinatos escandalosos muchos años.

Tucuman, provincia de la América Meridional situada en la zona templada, menos por la extremidad que toca con la torrida, corre norte á sud trescientas leguas, y doscientas de oriente á poniente. Parte términos con el Rio de la Plata y Paraguay, y por el oriente se dilata al poniente hasta las Cordilleras chilena y peruana: al sud deslinda con Buenos Aires en la Cruz Alta, llegando á confinar por este lado con la tierra de Patagones por las interminables campañas que le corresponden, y al norte se interna hasta las vecindades del Perú por el corregimiento de Chichas, y varias provincias de infieles que nunca subyugó el valor español.

Sobre el nombre Tucuman discurren variamente los etimologistas. Unos le hacen diccion compuesta de tuctu que significa todo, y de la negacion mana: esto es “nada de todo”: añadiendo que con estas palabras respondieron al Inca su exploradores enviados á registrar, si estas tierras eran fecundas en minerales. Otros afirman, que preguntando los soldados de Pizarro si en estos paises se hallaba plata? respondian los indios no hay, manan: si oro? manan, tampoco. Entonces irritados los españoles dijeron: tucuimana, tucuimana: “á todo respondeis que no hay.” No se duda que semejantes casualidades bastan para la imposicion de nombres: pero en nuestro caso se descubre orígen mas evidente, expresado en antiguos protocolos.

Al tiempo de las conquistas reinaba Tucumanahaho, cacique principal y Señor de Calchaquí. Tucumanahaho es diccion compuesta de Tucuman nombre del cacique, y de ahaho que en lengua Kakana, usual en Calchaquí, significa pueblo: juntando las dos voces en una diccion, significan “pueblo del cacique Tucuman”. Esta inteligencia es conforme á la propiedad del idioma kakano, que incluye el nombre de los caciques reinantes en el de las poblaciones que señorean; como se vé en Colalahaho, Taymallahaho y otros; imitando en esto á los griegos, que decian, Constantinopolis, Adrianopolis &a.: propiedad que trascendia á otros idiomas de Tucuman, como se registra en la lengua Tonocoté, en la cual gasta, significa “pueblo” en las dicciones Nonogasta, Sañogasta, Chiquiligasta: y en la lengua Sanabirona, en la cual zacat tiene la misma significacion en Chinzacat, Nonzacat, Anizacat, Sanumbuzacat, pueblos de estos caciques.

La noticia de Tucuman, bajo de este ó de otro nombre, corria en el Perú con generalidad, y entre los conquistadores del Paraguay estaba muy valida la fama. No se sabia con distincion la cualidad del terreno, pero la codicia descubria ricos minerales que avivaban el deseo de emprender su conquista. Los Argentinos, desde el tiempo de Sebastian Gaboto, enviaron cuatro exploradores cuyo capitan era César, para registrar lo interior del pais, y recibidos pacíficamente de los indios, penetraron hasta los confines del Perú.

Por el extremo opuesto, pasando á la conquista de Chile, tocó en los términos rayanos de Tucuman D. Diego de Almagro el Viejo, héroe entre las mayores felicidades desgraciado, el cual se ofreció en el Cuzco, por via de composicion con D. Francisco Pizarro, á emprender la conquista de Chile, reino opulento con fama de riquísimo en minerales. Para lo cual juntó quinientos y cincuenta soldados, y llevó en su compañía al Inca Paullu, hermano de Manco Inca, y al sumo Sacerdote Vallacumú, personas distinguidas por su dignidad, que podian ser útiles para facilitar esta empresa. Caminaban en su obsequio quince mil indios peruanos, parte soldados y parte destinados al transporte de armas, municiones y bastimentos, bien instruidos del Inca en la comision de su empleo.

Con tan lucido acompañamiento se puso en camino el Mariscal Almagro, y desde el partido de Topiza, perteneciente á los Chichas, se desfilaron cinco españoles al pais de Jujuy, cuyos moradores dieron muerte á tres, escapándose los otros dos á Topiza, donde dieron noticia del infortunio de sus compañeros. Irritado Almagro con la osadia de los bárbaros, destacó á los capitanes Salcedo y Chaves, con buen número de soldados é yanaconas para el castigo de los agresores. Los Jujuieños, que sospecharon la venida de los españoles, se apercibieron para esperarle, y pelearon tan valerosamente que mataron muchos yanaconas, y apoderados del bagage, obligaron á Salcedo y Chaves á retirarse.

De Topiza avanzó el Mariscal al valle de Chicoana, jurisdiccion de Calchaquí, cuyos moradores le picaron la retaguardia; al principio con miedo por la ligereza de los caballos, y despues con resolucion denodada, jurando por el alto Sol que habian de morir, ó acabar con los extrangeros. Quiso Almagro detener el impetu de los agresores, cuando por la muerte de su caballo se halló en manifiesto peligro. Empeñado en el castigo, destacó algunas compañías de caballos ligeros: pero ganando los calchaquís la eminencia de la sierra, impenetrable á los caballos, burlaron las diligencias del valeroso caudillo.

Por este tiempo, de lo mas interior de la provincia hácia Capayan, perteneciente al valle de Catamarca, los indios convocados, y recelando caer en manos de los españoles, que ya se acercaban á Tucuman con sus conquistas, se internaron al corazon de Chaco, envueltos en un furioso huracan. Esta narracion recibieron los primeros conquistadores, de algun indío, y de ellos en pluma de antiguos escritores llegó á nuestros tiempos.

Entretanto el Gobernador Irála se desvelaba en asegurar la provincia, ya removiendo, ya sugetando los indios. Castigó los Yapirús, cómplices con los Payaguás en la muerte de Oyolas. Subyugó los pueblos de Ibitiruzú, Tebicuarí, Monday y otros del rio Paraguay. Ordenó que los habitadores de Buenos Aires, siempre expuestos á invasiones de Querandís, despoblado de puerto, subieran á la Asumpcion. Pasó reseña de la gente de guerra, y halló seiscientos soldados: número considerable en aquellos tiempos para emprender alguna faccion decorosa. No tardó en ofrecerse un lance en que la sagacidad de Irala, y el valor de la milicia campearon con gloria.

Los Ibitiruceños, Tebicuareños y Mondaistas, puestos seis meses antes en sugecion, llenaban pesadamente el yugo del servicio, irritados con el mal tratamiento de los Asumpcionistas que abusaban de ellos con crueldad y desprecio, tanto mas sensibles, cuanto era su paciencia mas sufrida, y su mansedumbre mas callada. Para vengarse discurrieron varios medios: uno les agradó sobre los demas, que fué meter en la ciudad crecido número de soldados, con pretexto de satisfacer la curiosidad, registrando la procesion de Semana Santa, el juéves en la noche. A cuyo fin habian desfilado á la ciudad ocho mil guerreros, con tanto disimulo, que los españoles no alcanzaron la traicion que se urdia contra ellos.

Pero lo que los amotinados procuraron ocultar, descubrió la casualidad por medio de una indiezuela que tenia ruin comercio con Juan de Salazar, y á la cual un pariente suyo reveló la ruina que amenazaba á la ciudad: advirtiéndole del peligro que corria, si prontamente no se ponia en seguridad entre los suyos. La indiezuela, ó porque deseaba continuar su mala vida, ó tocada de femenil compasion, inquirió con cautela algunas particularidades sobre el tiempo, lugar y modo con que se debia ejecutar el atentado.

A todo satisfizo el indio, y recibido con agradecimiento el aviso: “esperáme, le dice, que voy á casa. Madre soy, y es necesario poner en salvamento á un hijo que tengo, prenda de mis cariños. No te ausentes de aquí, espérame que ya vuelvo.” El indio aguardó á su parienta, y ella caminó presurosa á informar menudamente al capitan Salazar. Cargada de su hijuelo volvió á su pariente, y Salazar pasó la série de la narracion al Gobernador Irala.

Era Irala de juicio penetrativo, de pronto y sagaz acuerdo, proporcionando los medios á los fines, tanto en los casos no previstos, como en los que premeditaba. Al punto y sin dilacion ordenó tocar las cajas de guerra, y que el pregonero voceára, como un trozo de Yapirús venia marchando para tomar la ciudad: que los soldados desnudáran el trage de penitencia, y echáran mano de las armas: llamó á consejo á los caciques, con pretesto de consultar los medios para hospedar á los Yapirús.

Los caciques, que no recelaron descubierta su traicion, vinieron al llamado: asegurados con prisiones, y substanciada sumariamente su causa, fueron ahorcados los principales, casi á la misma hora que ellos tenian destinada para el exterminio de los españoles. Con el castigo de los mas culpados se mudó enteramente la escena, y los menos delincuentes admitieron el perdon que publicó Irala.

Desde este tiempo se gozó paz, y la poblacion tomó nuevo ser y esplendor, á influjo de su Gobernador, que fomentó los edificios, y repartió solares para alquerias, de cuyo beneficio pendia el surtimiento de viveres, que hasta entonces se rescataban de los confederados. Con este fomento se cultivaron las granjas, tantas en número, que visitando el año de 1595 el teniente Juan Caballero Bazan los pagos de Tapyperi, Capiata y Valsequillo, halló ciento cincuenta y tres granjas: y visitando el año de 1602 Hernando Arias de Saavedra los contornos de la ciudad, en distancia de seis para siete leguas hasta Capiata y Salinas, encontró 272 alquerias, 187 viñas, y en estas un millon setecientas y sesenta y ocho mil cepas. Así los antiguos, como laboriosos, sabian utilizarse de la buena cualidad del terreno.


§. VI.

GOBIERNO DE D. ALVAR NUÑEZ CABEZA DE VACA.

1540-1544.

Mientras Irala con prudente acierto promovia las cosas, fué provisto Alvar Nuñez Cabeza de Vaca con título de Adelantado. Era nacido en Xerez de la Frontera, avecindado en Sevilla, nieto de Pedro Vera, gran conquistador de la Canaria. Estimulado con el ejemplo de sus mayores, pasó á la Florida en la desgraciada jornada de Panfilo de Narvaez, con título de Tesorero real. La expedicíon es célebre por infeliz, y nuestro héroe recomendable sobre todos por sus virtudes.

Este varon ilustre, pues, salió de San Lucar á 2 de Noviembre de 1540, con cuatro navios y cuatrocientos soldados, y al siguiente año abordó á la isla de Santa Catalina, de la cual en nombre del invictísimo Emperador Carlos V. tomó posesion por España.

De este puerto Alvar Nuñez despachó la mayor parte de la gente por agua á la Asumpcion, á donde llegó sin memorable suceso, al frente de doscientos y cincuenta arcabuceros y ballesteros, veinte y seis caballos, y algunos isleños de Santa Catalina; cortando el camino por tierra, al principio por despoblados y soledades, y despues por varias naciones. Diez y nueve dias tardó en llegar á las primeras tolderias, que llaman de los Camperos, en los confines de Guayrá sobre el nacimiento del Iguazú, pero como el terreno era montuoso, se ganaba á fuerza de brazos, talando bosques que embarazaban el paso y obligaban al desmonte.

Salieron despues á terreno despejado, pais de los Camperos, cuyos reyezuelos Añiriry, Cipoyay y Tocanguazú se esmeraron en el recebimiento del Adelantado, ofreciendo libremente bastimentos. Alvar Nuñez agradeció el donativo, y firmadas con ellos las paces, tomó posesion del terreno, y lo denominó provincia de Vera. Prosiguió su camino hasta caer al Iguazú, rio caudaloso. Aunque los habitantes eran por naturaleza feroces, poco hospitaleros y enemigos irreconciliables de los extrangeros, á los españoles recibieron humanamente, proveyéndoles de viveres en abundancia.

Los caballos hicieron ruidosa harmonia en su imaginacion, y porque temian su braveza, procuraron amansar su ferocidad con miel, gallinas y otros comestibles que les ofrecian, rogandoles á que no se irritasen contra ellos, que les traerian comida copiosa. ¡Ingenua sencillez, compatible con la primera vista! Sosegados los caballos, los indios, las indias y los muchachos concurrian en grandes tropas á ver un animal que hizo temible la novedad, y pasada esta, deleitable su natural inquietud y alboroto.

Siguió el Adelantado su camino, unas veces desmontando, otras esguazando rios, y aplicando el artificio de puentes. Dia hubo en que se levantaron diez y ocho para atravesar los frecuentes tributarios del caudaloso Iguazú. Entre tantos peregrinos objetos, suavizaban las penalidades que ofrecia el terreno árboles de altura desmedida, y corpulentos á correspondencia; pinos que se perdian de vista, tan gruesos, que cuatro hombres con los brazos abiertos no alcanzaban á ceñir la circunferencia; monos de varias especies, traveseando juguetones de rama en rama, y saltando placenteros de árbol en árbol. A veces se desprendian por la cola, y pendientes al aire se egercitaban en desgranar piñones, derribándolos al suelo para comerlos despues con descanso. Afan verdaderamente penoso, pero á veces sin fruto; porque cuando bajaban festivos á gozar el fruto de su laboriosidad, los puercos monteses, que se ponen en celada, salen de sus guaridas, se arrojan sobre los piñones y con inalterable serenidad consumen las provisiones de los monos; los cuales, como hambrientos, ganan los pinos, y gritan inutilmente contra los consumidores de sus diarios alimentos: pero ellos sordos á quejas tan justas, continuan su egercicio, hasta que consumidos los piñones, se ponen en celada para repetir segunda y tercera vez el asalto. Mas adelante se atravesó un cañaveral de cañas gruesas como el brazo, y en partes como el muslo. Los cañutos, unos depositaban gusanos largos, blancos y mantecosos, buenos para hartar el hambre, otros atesoraban agua buena y cristalina con que apagar la sed.

Poco despues encontraron con el salto del Iguazú, el cual tiene su nacimiento á espaldas de la Cananea, desde adonde, hasta descargar en el Paraná, corre mas de doscientas leguas: poderoso y rico con las aguas que le tributan otros rios sobre sus márgenes oriental y occidental. En medio de su carrera se atraviesa una alta serranía, de cuya eminencia se precipita todo el impetu de su corriente. Sus aguas parte siguen su curso natural, parte azotadas contra los peñascos, se rarifican en sutíl espuma, que elevada sobre la cordillera, forma argentada nube, en la cual reverberan los rayos solares con indecible hermosura. Objeto á la verdad delicioso, que imitando la reflexion del espejo, deja claros intermedios para admitir los rayos del sol y transfundirlos por la parte inferior con encontradas refracciones, que ofrecen la novedad mas peregrina á la vista.

Observado este portento siguió su curso el Adelantado hasta la Asumpcion, donde llegó el año de 1542. Su primer cuidado fué la religion cristiana. Convocó la clerecia y religiosos, y con gravedad de palabras dignas de la materia, puso en su noticia como el Señor Emperador Carlos V. descargaba su conciencia en la confianza que de ellos hacia en materia de religion, exponiendo la obligacion que tenian de satisfacer al César, á su conciencia y á Dios, que habia depositado en el seno de su celo tantos millares de almas, que solo esperaban la industria de celosos Ministros, para salir de las fauces del abismo, y pasar por sus manos á la bienaventuranza. Convocó tambien los indios amigos, y en presencia de los clerigos y religiosos, les hizo un grave razonamiento sobre el negocio de su salvacion, encargándoles el respeto que debian á los Ministros de Dios, como embajadores suyos para enseñarles el camino del cielo.

Satisfechas estas obligaciones, entendió en los negocios del gobierno. Señaló á Domingo Irala, para que siguiendo el camino de Juan de Oyolas descubriera comunicacion con el Perú. “Andad le dice, seguid el rumbo de Oyolas: tomad noticia de las naciones para descubrir paso al Perú. La desgracia de aquel incauto capitan sirva de cautela á la vigilancia, para que la empresa no se malogre por arriesgada confianza. La extrema necesidad de la Provincia obliga á mejorar fortuna con la comunicacion que se pretende: ella es posible, pues ya la descubrió Oyolas, y por su desgracia, no llegó á nuestra noticia. Tentad pues todos los medios, que la faciliten, y volved con respuesta, que ensanche las esperanzas, y felicite nuestra fortuna.” Irala subió hasta la isla de Orejones, sentó paces con algunas naciones, adquirió noticias del rumbo que debia seguir para el Perú, y vuelto á la Asumpcion avivó las esperanzas de todos.

El Adelantado entretanto pacificó los Agaces, y sugetó al rebelde Tabaré, cacique feroz y guerrero, señor del Ipané. Tenia un cuerpo de milicia de ocho mil guerreros que componian tropas auxiliares de otros reyezuelos confederados. El sitio defendian tres palizadas de robustos troncos que ceñian la circunferencia de la habitacion: á las entradas de las calles reparaban corpulentos maderos, y dificultaban el asalto con fosos y zanjones. Como el Adelantado era inclinado á la paz, brindó con ella á Tabaré, por medio de embajadores; á los cuales cruelmente quitó la vida, reservando uno para mensagero, al cual, “andad, le dice, andad á vuestro capitan, y referidle lo egecutado; añadiendo, que Tabaré no admite la paz, ni teme la guerra, y que espera hacer en batalla con los castellanos lo que deja egecutado con los embajadores.”

Irritado el Adelantado con la respuesta, resolvió castigar al rebelde Tabaré. Para el efecto nombró á Alonso Riquelme su sobrino con trescientos españoles y mil guaranís auxiliares, con órden de ofrecer primero la paz, y no admitida, declarar la guerra. Tres veces convidó Riquelme con la paz á Tabaré, el cual dió nuevos indicios de obstinacion, asaltando el cuartel de Riquelme con tanto corage que causó algun daño la primera vez, y la segunda obligó á los españoles á retirarse, dejando en manos del enemigo la plaza de armas. Avergonzado el capitan español de los progresos de Tabaré, revolvió furioso sobre los infieles, y con muerte de 600 tabareños recobró la plaza de armas.

Para facilitar el asalto de la poblacion se fabricaron dos castillos de madera: constaban de tablazon, y eran portatiles con ruedas, sobre las cuales descansaba la maquina, que tenia una elevacion superior á las palizadas del enemigo, con algunos descansos en que eran conducidos los guaranís flecheros y los arcabuceros españoles. Estaban repartidos por la frente y costados algunos reparos que servian á la punteria, sin peligro de ser ofendidos. Dividió Riquelme su gente en tres compañías. La una comandaba Ruiz Diaz Melgarejo, la otra el capitan Camargo, y el centro con los castillejos el mismo Riquelme.

Arrimó este las máquinas, y por el lado que le correspondia arruinó la estacada, y parte de su gente se arrojó dentro de la poblacion, manteniendo con mas vigor que ventaja la pelea. Al capitan Camargo oprimian los infieles con gran resistencia de los Ipanenses; pero socorrido del alferez Juan Delgado, rompió la estacada. Melgarejo por su parte corrió gran riesgo, pero con algun daño de los suyos venció la estacada, y se juntó á Camargo, y los dos ya victoriosos se unieron á Riquelme. Los tres juntos renovaron el combate, y retiraron el enemigo á un sitio, que podemos llamar plaza de armas, donde se trabó una muy reñida batalla, en que murieron cuatro mil tabareños: se hicieron tres mil prisioneros, muchos fueron heridos, los demas huyeron. Tabaré y otros caciques solicitaron la paz, y se les concedió con ligeras condiciones, que admitieron gastosos y cumplieron con fidelidad.

Concluida esta empresa se volvieron las armas contra los Guaycurús, nacion á ninguna inferior en barbarie, fronteriza de la Asumpcion, hácia la márgen occidental del Paraguay. Es gente altiva, soberbia y despreciadora de las demas naciones: guerrera por extremo, guardando inviolablemente el estilo de invadir cada año los paises vecinos, no con deseo de enriquecer sino por adquirir gloria militar, y por hacer temible el nombre guaycurú. Como era antiguo uso suyo invadir cada año alguna nacion, en el presente intentaron meter guerra en tierras de guaranis amigos. Alvar Nuñez, por asegurar mas estos en su devocion, se mostró enemigo de sus enemigos, declarándoles guerra: para la cual señaló quinientos españoles, diez y ocho caballos, y crecido número de guaranís; y por cabos á Domingo Irala y Juan de Salazar, ambos expertos en las guerras contra indios.

Pasado el rio se siguió sobre la huella al guaycurú vagabundo, y un dia se adelantó tanto Alvar Nuñez con su gente, que vieron al enemigo cantar alegres endechas, provocando las naciones del orbe con desprecio. Música mal sonante, que irritó á los españoles y les obligó á presentar la batalla. “¿Quien sois vosotros (empiezan á gritar los Guaycurús) que osais entrar en nuestras tierras sin nuestro permiso?” Hallábase en el campo español Hector Acuña, cautivo algun tiempo entre ellos y que entendia su dialecto. “Hector soy, responde, que vengo á tomar satisfaccion de los agravios hechos á los Guaranís, nuestros aliados.”—“En hora mala vengas tú, y los tuyos replicaron, que presto experimentarás que no es lo mismo pelear con guaranís cobardes que con valerosos guaycurús.”

A las últimas cláusulas tiraron los tizones del hogar, y empuñando las armas, dieron principio á la refriega, con griteria tan horrible que pusieron en fuga á los guaranis. Las voces acompañaron con densa multitud de flechas, que causaron algun daño en la gente del Adelantado; y aunque ellos lo recibieron mayor de la artilleria, no se intimidaron los demas, que no perdieron pie de tierra, manteniendo con su valor la pelea. Pero lo que no obró el estrago de la artilleria, consiguió el ruido de los cascabeles que pendian de los pretales de los caballos. La retirada del enemigo fué con órden, dejando muchos muertos en la campaña, y cuatrocientos prisioneros en poder de españoles.

Concluida felizmente la campaña, se restituyó á la Asumpcion el Adelantado, y trató á los prisioneros con grande humanidad, procurando con amor y cariño domesticar aquellas fieras. Significóles que en la presente guerra mas parte habian tenido los daños causados en los guaranís que su propension á hostilizar los vecinos: que ninguna cosa era mas conforme á su génio que la benignidad y clemencia, armas á que daba el primer lugar, y finalmente, que deseaba la paz con los de esta nacion, y comunicar con los principales caciques, á los cuales mandó llamar con uno de los prisioneros.

Veinte y cinco vinieron, que puestos en presencia de Alvar Nuñez, y sentados sobre un pié, (bárbara ceremónia que prescribe su ritual, cuando celebran tratados de paz) tejieron largos anales de sus proezas y victorias, dando principio por las guerras que habian emprendido, y finalizando con las victorias conseguidas sobre los Guaranís, Yapinís, Agaces, Naperús, Guataes y otras naciones, de las cuales habia triunfado su valor con tanta prosperidad, que imaginaban ser invencibles: confesándose rendidos por guerreros mas esforzados, á los cuales era justo someterse, reconociendo superioridad en quien tuvo valor para vencerlos. Así hablaron los ya humillados Guaycurús.

El Adelantado les propuso en pocas palabras la santidad de la religion cristiana, y necesidad de profesarla para salvarse. Ofrecióles la paz y sus armas contra los perturbadores de su nacion, con sola una condicion, de no hostilizar sus aliados y de ser amigos de sus amigos. Admitieron gustosos la paz, pero no la religion, cuya estrechez no hermanea con una libertad que no conoce Dios, ni admite ley. El egemplo de los Guaycurús imitaron otras naciones menos orgullosas, solicitando la paz por medio de embajadores. Pacificada la tierra, dispuso el Adelantado las cosas para la jornada del Perú, que era toda la esperanza de los conquistadores, animados con la noticia del oro y plata que publicó Irala despues que bajó del puerto de los Reyes.

Dispuesto lo necesario, por Setiembre de 1543, se dió principio á la jornada con cuatrocientos españoles, y mil y doscientos indios, vistosamente arreados en diez bergantines, y ciento y veinte canoas. Llegados al puerto de la Candelaria, que se halla en veinte y un grados menos un tércio de latitud austral, descubrieron seis Payaguás, deseosos de comunicar con el capitan de la armada: los cuales traidos á la presencia del Adelantado empezaron un largo razonamiento, cuya substancia es, que en poder de sus caciques, cuyos enviados eran, se hallaban mas de 66 cargas, rescatadas á fuerza de armas de los que fueron cómplices en la muerte de Juan de Oyolas: que dichas cargas eran conducidas á ombros de indios Chanes, y que si no tenian á mal esperar hasta el dia siguiente, gozarian la grande riqueza que su cacique arrebató de mano de los alevosos para restituirsela á su legítimo dueño.

Alvar Nuñez creió á los Payaguás, y esperó con inquieta solicitud uno, dos y tres dias á los Chanes. Como estos no vinieron, conoció que era artificio y disimulo de los Payaguás, los cuales con pretesto de las fingidas cargas, urdian alguna traicion semejante á las pasadas. Por lo cual mandó llevar anclas, y proseguir la navegacion. Pero como no todas las canoas podian alcanzar los bergantines, y algunas quedaban atras, el fementido Payaguá logró la ocasion de hacer daño en les guaranís, y causó cuanto pudo con lijero castigo de su atrevimiento.

En el camino sentó el Adelantado paces con los Guatos, y Guajarapos que habitaban cerca de la isla de los Orejones, los Guatos á la izquierda, y los Guajarapos á la derecha sobre el mismo rio. Está situada la isla en medio del rio que se divide en dos brazos, casi en altura de diez y ocho grados hasta el décimo nono. Era habitada de los Orejones, así dichos porque se agujereaban las orejas y rasgaban tanto la parte inferior, que pendia con disformidad sobre los hombros. Su génio era tratable, humano y cariñoso, ejercitando con los estraños la hospitalidad. El alimento solicitaban del beneficio de la tierra que cultivaban con prolijidad, y se puede creer que miraban tambien al divertimiento y recreo. Los antiguos describieron la isla como vergel y paraiso: los modernos no descubren cualidades tan ventajosas, pero el tiempo y falta de cultivo es capaz de convertir un ameno paraiso un erial infecundo.

Habitaban en sus márgenes muchos indios, gente pacífica, mas propensa á beneficiar la tierra que ejercitada en las armas. Vestian el trage de la inocencia, adornando su natural desnudez con piedrezuelas de color azul y verde, con que empedraban narices y orejas. Tenian idolos de horrible aspecto.

Aquí se adquirió noticia de la nacion Xaraye ó Sarabe, que habitaba rio Paraguay arriba, en distancia de sesenta leguas de los Orejones sobre las márgenes del rio. Dividiase en dos ramos Parabazanes y Maneses, sugetos al supremo señor que se llamaba Manes. Si creemos antiguas relaciones tenian muchos pueblos, algunos de seis mil vecinos. Mas se aplicaban al beneficio de la tierra que al manejo de las armas: sin las cuales se hacian respetar, ya por el número crecido de individuos, ya tambien por el concierto de su república.

Empezóse el descubrimiento por tierras, pero como era mucha la espesura de los bosques, el mismo guia perdió el tino y desmayaron los ánimos. Con esto el Adelantado se bajó al puerto de los Reyes, en la isla de los Orejones, donde halló que los paisanos, inducidos por los Guajarapos, intentaban sorprender á los españoles: pero descubierto el artificio de su tramas, fueron aprisionados los caciques principales, y por la humanidad del Adelantado reducidos todos á paz. Como en la expedicion se demoraron mas tiempo del que se imaginó, escasearon los víveres, y para conseguir algunos de las naciones, señaló el Adelantado al capitan Gonzalo de Mendoza, con órden de comprarlos por justo precio sin ofensa de sus dueños.

El capitan Gonzalo se puso en camino con veinte y cinco españoles y sesenta indios, y llegado á los Jaramicosis, que le hicieron resistencia, usó con ellos las armas, y los puso en huida. Discurriose por la poblacion, y llegando á la plaza se descubrió una fuerte palizada de robustos troncos, que permitian por algunos claros el registro de una serpiente, de figura y magnitud extraordinaria. Era monstruo largo veinte y cinco pies, corpulento á correspondencia. El color atezado, menos hácia la cola, donde alternaban varios colores, vivísimos en su especie. Era cuadrada la cabeza, ancha y rasgada la boca, de la cual sobresalian cuatro gandes colmillos. Los ojos pequeños, pero de viveza centellante. Manteníase de humana carne, especialmente de los cautivos que aprisionaban los Jaramicosis en las continuas guerras con otras naciones. Hízose blanco de las balas y flechas, y azotándose contra el suelo, y dando silvos espantosos, acabó desangrado sus dias el monstruo de la tierra.

Con esto dió vuelta el capitan Mendoza, y poco despues llegó Hernando de Rivera, enviado del Adelantado, con un bergantin, y cincuenta españoles para seguir el rumbo de poniente, y penetrar lo interior del pais. Veinte y un dia caminó por agua y tierra, avanzando en las jornadas, segun permitia la espesura de los bosques: sucediendo á veces que apenas se caminaba una legua, que primero se desmontaba con imponderable teson. Llegó á los Travasicosis, entre los cuales se hacia concepto de lo precioso, colgando por vanidad piezas de oro y plata de las orejas y labio inferior. Tomóse lengua de ellos, y se supo que distaban tres jornadas los Paizunaes, que comerciaban con los españoles del Perú, y que en su pueblo se hallaban algunos de ellos.

Alguno de los compañeros de Hernando de Rivera es el inventor del famoso Paitití, por otro nombre imperio del Gran Mojo. Es el Paitití, un riquisimo imperio situado mas allá de los Xarayes, en la derecera del Dorado, orígen, como algunos falsamente creen, del rio Paraguay. Está dicho imperio aislado en medio de una gran laguna, cuya circunferencia ciñen montañas de inestimable riqueza. Los edificios son todos de piedra blanca, con division de calles, plazas y adoratorios. Del centro de la laguna se levanta el palacio del Emperador Mojo, superior á los demas en grandeza, hermosura y riqueza. Las puertas del palacio defienden leones aherrojados en cadenas de oro; los aparadores y bajillas tambien de oro sirven á la grandeza y ostentacion del monarca.

Estas y semejantes intenciones publicaron los antiguos, y renuevan los novelistas del Gran Mojo, aquellos sobre la fé de un testimonio primeramente escondido, y despues honrado con la luz pública, y estos sobre el dicho de los antiguos. Pero leidos los que tocan este punto, y enterado de la geografia del terreno, se vé que el Paitití es un imperio fabuloso, que no tiene cabida en toda la América, y que sus inventores no merecen elogio mas honrado que él de soñadores. Restituido Hernando de Rivera al puerto de los Reyes, donde el Adelantado y su comitiva le esperaban, se restituyeron todos á la Asumpcion, la cual se convirtió en teatro funestísimo; porque los oficiales reales sentidos contra el Adelantado trataron de vengarse de un hombre que merecia estatua por su rectitud, justicia y cristiandad. Incierto es que papel hizo Domingo Martinez de Irala en esta tragicomedia. Unos le hacen cabeza, otros complice, mientras que Rui Diaz de Guzman le libra de toda nota. Lo que no admite duda es, que el contador Felipe Cáceres, y los oficiales reales Garcia Venegas, Alonso Cabrera y Dorantes, con muchos caballeros y plebeyos, se fueron por Abril de 1544 á la casa del Adelantado, y clamando: Viva el Rey, y muera el mal Gobierno, le aprisionaron, y asegurado con grillos le metieron en la cárcel de los malhechores, dando libertad á muchos á quienes sus delitos tenian en su merecido lugar.

El baston del gobierno se entregó á Domingo de Irala, de quien escribe Rui Diaz de Guzman que se hallaba actualmente tan enfermo que ya habia recibido todos los sacramentos: motivo porque reusó el cargo, temiendo en semejantes circunstancias embarazarse en negocio tan ruidoso. Pero añade el autor, que estando ya oleado, fue sacado á la plaza para empuñar el baston. Narracion que da fundamento para creer que Irala fingió la enfermedad que no tuvo, y que Rui Diaz, como nieto, por liquidar la inocencia del abuelo no reparó en la inverosimilitud de las circunstancias con que vistió su elevacion al gobierno.

El Adelantado toleró diez meses el rigor de la prision, con paciencia tan cristiana que no desplegó sus lábios para la queja. Los leales al Rey (nombre entonces odioso) se ausentaron á los montes, donde vivieron algunos meses con increibles penalidades. Algunos fueron ahorcados, pagando su lealtad con pena capital de infames. Solo el delito gozaba inmunidad, y á todos era lícito cuanto licenciaba la autoridad, codicia y lujuria. A la milicia se indultó libertad para todo arrojo, autorizando sus desafueros contra los indios, á los cuales enteramente se desamparó, permitiéndoles juntar á las obligaciones de cristianos, ritos de gentiles.

Pasados los diez meses acordó Irala despachar el Adelantado á la corte. Con él se embarcó el veedor Cabrera y el tesorero Vanegas. Lope Ugarte pasó con título de agente de Irala. El bergantin se hizo á la vela, y entrado en alta mar combatieron los elementos cuatro dias al frágil vaso sin esperanza de tranquilidad. Todos temian la muerte, especialmente los reales oficiales á quienes atormentaba la mala conciencia. Atribuyendo la tormenta á superior causa, y al castigo que les preparaba la divina justicia, confesaron públicamente su delito, y arrojados á los pies de Alvaro Nuñez le quitaron los grillos, publicando los falsos testimonios que habían jurado contra él.

Determinaron restituirse luego á la Asumpcion para reponer en sus honores al Adelantado, por cuya inocencia militaba el Cielo: y así lo ejecutáran, si Pedro Estopiñan, primo del Adelantado, no les animára á proseguir la navegacion. En efecto se continuó con prosperidad. Mas los oficiales reales, libres ya del mar y de sus tormentas, tomada otra determinacion, presentaron en el Real Consejo de Indias los autos contra el Adelantado. Pero, mientras ellos procuraban oprimir al inocente, Dios castigó severamente á los culpados. Garcia Vanegas murió repentinamente y Alonso Cabrera enloqueció de pesadumbre.

Al tiempo que la dívina justicia castigaba los calumniadores de Alvar Nuñez, la humana en revista de autos justificó sus procederes, y honró los últimos años de su vida con el ejercicio de Oidor en la audiencia de Sevilla. Fué el Adelantado uno de los hombres mas juiciosos de su siglo: recto, prudente, entero y de sano corazon. Celoso de propagar la fé entre los infieles, y rigido observador de costumbres arregladas entre los cristianos: con los pobres piadoso, con los infieles benigno, y fuerte con los desreglados. A los ministros del Altísimo obediente, al Rey fiel, y á Dios temeroso. Prendas que no bastaron á hacerle respetable á la fortuna perseguidora de hombres grandes. La Florida lo cautivó con inhumanidad, la Asumpcion lo aprisionó con infamia; pero en una y otra parte fué egemplar de moderacion, mas respetable entre los indios de la Florida, que entre los españoles de la Asumpcion.


§. VII.

SEGUNDO GOBIERNO DE D. DOMINGO MARTINEZ DE IRALA.

1545-1556.

Mientras se decidía la causa del Adelantado, en el Paraguay la disolucion y el desgarro de costumbres eran grandes. Los indios se aprovecharon de la oportunidad, y en número de quince mil sentaron su campamento en la vecindad de la Asumpcion. Irála les salió al encuentro con trescientos españoles y mil indios auxiliares, y tomándole en medio los enemigos que peleaban desesperadamente, rompió con la caballería á los infieles con tanto estrago y terror, que muertos dos mil amotinados los demas se arrojaron ciegamente á la huida, y se refugiaron á una poblacion reparada con estacas.

Siguióles Irala, y rota la estacada entró espada en mano haciendo terrible mortandad en los sitiados, de los cuales la mayor parte se refugió á Carobia, pueblo de mayor fortificacion y último asilo de su mala fortuna. Porque sitiándolo Irala, vencidas algunas dificultades que impedian el asalto, entró con su gente en Carobia, y mató muchos indios: los vivos se huyeron á Hieruquizaba, hasta donde los siguió el victorioso Gobernador, y con muerte de muchos, sugetó los demas, quienes se ofrecieron tributarios. Con esto pacificó Irala la tierra, y lleno de marciales glorias se restituyó á la Asumpcion, y se concilió las voluntades de los conquistadores, repartiéndoles encomiendas de indios.

Convocó la milicia, y manifesto su determinacion de descubrir paso al Perú. “Pero que adviertan, les dice, que no les obliga á seguirle, y que solo pretendia entrar por su gusto en el empeño: que los trabajos eran grandes, y pedian gente animosa y esforzada: que no seria conforme á decoro empezar el descubrimiento y caer de animo en las dificultades antes de fenecerlo. Con este razonamiento encendió á los suyos, y se ofrecieron casi todos á la expedicion.” Escogió trescientos y cincuenta españoles, y mas de tres mil guaranís, y se embarcaron en doscientas canoas y siete bergantines, á fines de 1547.

Irala no tuvo suceso memorable hasta Xarayes, donde fué humanamente recibido del supremo Manés. Informóse del camino para el descubrimiento que intentaba, y supo de los prácticos, que el camino por tierra, tirando al poniente era mas seguro. Tomó guías de la misma nacion, y llegó á los Sibirís, gente quieta y pacífica, que recibió amigablemente á los españoles, y surtió de bastimentos. Los Peiseños, Maigueños, y Carcocies hicieron resistencia: pero debaratados á los primeros encuentros, dejaron libre el paso hasta el Guapay, rio tributario del Mamoré: y avanzando en las jornadas, llegaron á unos indios situados á la fálda de las cordilleras Peruanas, los cuales recibieron con agrado á Irala, y saludaron en castellano á los españoles.

¿Quiénes sois vosotros?, le preguntó el Gobernador, y ¿qué nacion es la vuestra?—“Indios somos del Perú, respondieron, cuyo señor es un Viracocha sustituto del capitan Peranzurez, glorioso fundador de Chuquisaca.” Aquí Irala inquirió curiosamente sobre el estado presente del Perú, y revoluciones de Gonzalo Pizarro. A todo satisfacieron los indios, y el Gobernador Irala procuró ganar la voluntad del Presidente Gasca, enviando embajadores hasta Lima, ciudad de los Reyes. Dos eran los principales puntos de su comision: el primero, suplicarle que señalara Gobernador del rio de la Plata en nombre de Su Magestad: el segundo, ofrecer su pequeño ejército para acabar de sosegar los tumultos del Perú.

El Presidente Gasca, que tenia madurez juiciosa, y penetraba altamente el fondo de los corazones, recibió con aparente agrado los embajadores, pero recelando que si aquella gente envejecida en tumultos entraba al Perú, alborotaria mas los humores de aquel enfermizo cuerpo, le respondió agradeciendo la oferta, y alabando su fidelidad: méritos que no olvidaria para representarlos á la Cesarea Magestad, de que podia esperar prémio condigno á sus servicios. Palabras á la verdad de político, que contenian mucho artificio y cumplimiento, y ninguna solidez, disimulando con ellas el ánimo adverso al gobierno de Irala, y nombrando por la via reservada para gobernador del Rio de la Plata al fidelísimo D. Diego Centeno, que á la sazon se hallaba en el distrito de Chuquisaca.

Tuvo noticia Irala, y valiéndose de un confidente suyo, que despachó al camino, robó los pliegos al portador, y le mató á puñaladas. Tales monstruos engendraba en aquellos tiempos el Paraguay, y por medios tan injustos se abrian camino para empuñar el baston. Mientras volvian los embajadores, retrocedió á los Cercosis, temiendo que la soldadesca le desampararia, retirándose al Perú. Dos meses se detuvo entre los Cercosis, esperando los embajadores, cuya tardanza ocasionó algunos disturbios. La comitiva de Irala suspiraba por volverse á la Asumpcion, y persistiendo el Gobernador en aguardar sus enviados, fué depuesto, y el baston entregado á Gonzalo de Mendoza, al cual prometieron obediencia en su vuelta á la Asumpcion. A pocas jornadas se arrepintieron de la eleccion, pues llegados á Xarayes le depusieron del empleo, y reeligieron á Irala, pidiéndole perdon de la desobediencia, y prometiendo sujecion y rendimiento.

Los Xarayes se portaron tan finos con los españoles, que despues de año y medio restituyeron cuanto sobre la marcha les encomendó Irala, el cual aceleró su vuelta á la Asumpcion, inquieta en tiempo de su ausencia. Porque Francisco de Mendoza su teniente echó voz que el gobernador era muerto, coloreando la novedad con la falta de noticias en año y medio, añadiendo que en fuerza de la cédula del Emperador Carlos V, se podia proceder á nueva eleccion. Sobornó los votos de los conquistadores, y juntos en cabildo, les propuso, que muerto Irala podian elegir nuevo gobernador por pluralidad de votos, mientras la Cesarea Magestad señalaba otro para el gobierno: protestando que él estaba ageno de poder mantener el baston del cual hacia dejacion ante todos, besándole primero con reverencia para que de sus manos lo pasáran á las del mas digno.

Así habló Francisco de Mendoza, disimulando la ambicion que le dominaba, como lo mostró luego que fué electo Diego Abreu, caballero principal de Sevilla; pues que, juntando algunos parciales suyos, intentó restablecerse en el gobierno, y prender á Abreu; el cual le previno á él, y aprisionado le sentenció á muerte. Poco antes de morir confesó Mendoza, que por altísimos juicios de Dios pagaba con aquel género de suplicio un delito cometido en aquel dia, matando su muger, y un capellan compadre suyo por ligeras sospechas de que maculaban su honor con ilícita correspondencia. Muerto Francisco de Mendoza, quedó Abreu con el gobierno hasta que llegó de su jornada Domingo Martinez de Irala, cuya presencia serenó los civiles tumultos.

Tucuman por este tiempo era el objeto á que anhelaban los Argentinos y Peruanos, aquellos por abrir paso al Perú, y estos al Rio de la Plata. Estimulaba á los Peruanos una vaga noticia que corrió de que el Rio de la Plata tenia su nacimiento en la laguna de Bombon, formando sus principales brazos del Apurimac y Jauja; noticia en que la credulidad anduvo con mas ligereza que exámen, y creida, estimuló los Peruanos al descubrimiento del Rio de la Plata por la via de Tucuman. Contaba muchos pretendientes la conquista, entre los cuales en calidad y méritos sobresalian Diego Rojas, Felipe Gutierrez y Nicolas Heredia, sugetos hábiles para nuevos descubrimientos.

Tenia á la sazon la regencia del Perú Vaca de Castro, poco antes victorioso contra Diego Almagro el Mozo en la célebre batalla de los Chupas. De la paz que empezó á gozar el imperio peruano, é inaccion de la milicia tumultuante, receló mayores males que de la guerra. Motivo que le obligó á divertir los ánimos en nuevas conquistas, señalando gefes á diversas provincias en que tenia puesta la mira, y la fama de riquezas brindaba para la empresa.

Para Tucuman nombró á Diego Rojas natural de Burgos, noble y honrado caballero, capitan experto y afortunado, constante en los trabajos y sufrido en las adversidades. Militó en la conquista de Nicaragua con valor y crédito; acompañó con increible magnanimidad á Pedro Anzurez en su célebre entrada á las montañas, y con título de capitan se halló en la batalla de Salinas al lado de Francisco Pizarro contra los Almagros; y de órden de Vaca de Castro se apoderó de Jauja y fortificó á Guamanga por los realistas. Grande en todo, Rojas era acreedor de grande prémio, y este le asignó Vaca de Castro en la conquista de Tucuman. Para lo cual alistó trescientos soldados, flor del valor peruano, ejercitados en la milicia y acostumbrados á grandes trabajos.

El coronista general de las Indias, Antonio de Herrera, dice, que Vaca de Castro nombró á Felipe Gutierrez Capitan General de la conquista, á Diego Rojas Justicia Mayor, y Maestre de Campo á Nicolas Heredia. No hay duda que Felipe Gutierrez era merecedor de esta y otras distinciones mas gloriosas. Nacido en la villa de Madrid, se hizo digno con varios servicios de la conquista de Veragua. La empresa no correspondió á las esperanzas, ó por falta de fortuna ó por sobrada desgracia. Pasado al Perú militó á favor de D. Francisco Pizarro con título de Capitan General en la batalla de Salinas, y tuvo el honor de tomar en ancas de su mula al Adelantado Diego de Almagro, prisionero de Alonso de Alvarado en la decisiva batalla de los Chupas. Pero tantos méritos no igualaban á los de Rojas, ni se juzgaron bastantes para preferirle en el cargo de Capitan General.

Lo cierto es, que ambos eran merecedores de este destino, ambos hábiles para la conquista, y á los dos equivoca Herrera con el título de compañeros, y los honra con el de capitanes; sin distinguir quien dirigia las operaciones, y si de dos voluntades distintas procedia una sola determinacion. Rui Diaz de Guzman hace á Gutierrez cabo subalterno, y la capitanía adjudica á Diego Rojas, esto mismo confirman algunos instrumentos antiguos, firmados de los primeros conquistadores, archivados en Santiago del Estero, que no hacen mencion de Felipe Gutierrez, y solo se acuerdan de Rojas: el cual, junta ya la milicia, dejó la mayor parte á Felipe Gutierrez, y él con solos sesenta hombres se adelantó á Tucumanaho en el valle de Calchaquí, y de allí á Capayan, jurisdiccion de Catamarca.

Era señor de Capayan un cacique arrogante y presumido, vano despreciador del egército de Rojas, contra el cual salió con un cuerpo de 1500 guerreros armados de arcos, flechas y un atado de paja en las manos, y ordenó á los suyos tejer sobre el haz de la tierra un cordon con los manojos de paja que llevaban prevenidos para la operacion. El lo dijo, y ellos lo ejecutaron con prontitud, y vuelto el altivo cacique á Rojas y á los suyos: “ningun español, dice, ninguno pase los términos amojonados: los efectos de mi indignacion y de mi justo enojo experimentará el que de allá pase á esta parte de la señal que divide y separa ambos egercitos, y la una de la otra nacion.”

Entonces Rojas en breves términos explicó la comision que tenia del Monarca español de pasar adelante, sentando paces con todas las naciones, y dándoles á conocer el verdadero Hacedor de todas las cosas. Comision á que no podia faltar, ni desistir de su empeño por ninguna dificultad. Que él y su gente venian de paz, y no se les podia negar el paso á las naciones que quisiesen participar el bien que se les ofrecia. Que si intentaba embarazarle el egercicio de su comision, sabria con las armas abrirse camino, castigando severamente el atentado de recibir con guerra declarada á quien entraba solicitando la paz. Que el pequeño número de sus soldados no era para despreciarlo: pues valia cada uno por muchos, y estaban acostumbrados á vencer con menos, multitud mas numerosa que la de los Capayanes.

Mientras duró el razonamiento de Rojas, los indios rodearon los españoles, y empezaron á disparar flechas. Pero á las primeras bocas de fuego que se dispararon, huyeron precipitadamente, y poco despues por medio de embajadores solicitaron la paz y ofrecieron homenage. Entre los Capayanes se detuvo Rojas algun tiempo, mientras venia Felipe Gutierrez, á quien despachó diez de sus soldados con órden de acelerar la marcha á Capayan, donde se conseguian sin escacez los bastimentos. No faltó uno, como muchas veces sucede, que intentó malquistar á Gutierrez con Rojas, fingiendo dolo en los procederes de este. Pero Gutierrez que era muy cristiano, “no permita Dios, dijo, que de caballero tan honrado me persuada intenciones tan reservadas como de él se publican, solo con el fin de malquistarnos y de embarazar la conquista.”

Juntó Gutierrez á Rojas, se avanzó por los Diaguitas al país de Macaxax, territorio de los Juries, que eran muchos en número: gente valerosa y esforzada, los cuales se opusieron á los españoles, pero con tan poca constancia, que á los primeros fusilazos desampararon la campaña.

Irritados con la mala fortuna del primer encuentro, convocaron tropas auxiliares y con las flechas teñidas en veneno presentaron segunda vez la batalla, con tanto empeño, que tres dias sostuvieron el combate, hasta que rotos y desórdenados, se huyeron, dejando muchos cadáveres en el campo. Un buen lance lograron sus armas, que por él solo pueden llamarse victoriosas; porque herido Diego Rojas con una flecha, la herida al principio no dió cuidado porque obró remisamente: poco á poco se declaró mortal, y últimamente con suma violencia arrebató con temprana muerte y universal sentimiento al primer conquistador y capitan general de Tucuman.

Es verosimil que los españoles se persuadiesen que entre los indios estaba en uso algun específico contra el veneno de las flechas, y para descubrirlo hirieron levemente á un indio prisionero, y de intento se le dejó libremente buscar el antídoto. El indio cogió dos yerbas, cuyos nombres y calidades no han llegado á nuestra noticia: la una liquidó en zumo, y lo tomó por la boca, la otra aplicó majada á la parte lesa, y con esta diligencia amortiguó el veneno, y no le permitió obrar con la violencia y mortales agonias que violentaron la vida de Diego Rojas.

A peticion de este gefe tomó el baston Francisco de Mendoza primer intruso al gobierno de la provincia. Era Mendoza suspicaz y caviloso, y temió que Felipe Gutierrez y Nicolas Heredia, provistos en segundo y tercer lugar para el gobierno por el Presidente Vaca de Castro, podrian algun dia quitarle el baston, que no tenia mas firmeza que la intercesion, y súplicas de un medianero ya difunto. Como hombre y como apasionado descubrió culpa en la legitimidad del derecho de los dos, y resolvió castigarla mandandolos prender por medio de sus parciales. Ninguno de los dos habia intentado novedades, ni dado muestra de displicencia en el gobierno de Mendoza: pero la mala conciencia aborrece la luz, hace temible las sombras y abre paso á sus intentos con culpables atentados.

Felipe Gutierrez se soltó de las prisiones, y con seis amigos se huyó al Cuzco, donde incorporado á los realistas contra Gonzalo Pizarro, cayó en manos del tirano Pedro Puelles, y coronó los últimos dias víctima de fidelidad en Guamanga. Nicolas Heredia compró su libertad con la renuncia de su derecho á la capitanía, jurando que no reconoceria otro gefe que á Francisco de Mendoza. Asegurado este en el gobierno, emprendió nuevos descubrimientos, y despachó á diversos rumbos algunas compañías, á las cuales no acaeció cosa memorable, y aunque adquirieron noticias vagas de oro y plata, se despreciaron por su incertidumbre. Con esto se convirtieron los ánimos al Rio de la Plata, y tomado el camino de la sierra la cortaron por el valle de Calamochita hasta caer al Rio Tercero, que mas adelante se llama Carcarañal.

Sobre la costa de este, tirando al oriente, siguieron las marchas hasta la ribera occidental del Paraná, último término de sus pretensiones: donde á poco rato descubrieron por el magestuoso Paraná crecido número de canoas, que vogaban hácia la ribera en demanda de los nuevos huespedes: á los cuales el cacique que comandaba las canoas, en lengua castellana preguntó:—“¿Qué gente eran? ¿quienes eran? ¿y qué buscaban?”—“Amigos somos, respondieron los españoles, que venimos de paz, con deseo de adquirir noticias de los castellanos que estan por acá.” Preguntó el cacique:—“¿Quien era y como se llamaba el capitan de aquella gente?” Y oido que se llamaba Francisco de Mendoza, respondió alegre:—“Huelgome en el alma, Señor Capitan, que seamos de un mismo nombre y apellido, porque los mismos tengo yo tomados de un noble caballero que reside en el Paraguay, que fué mi padrino de bautismo: mire pues, Señor, lo que se ofrece, que le sirviré gustoso, y proveeré con abundancia.”

Alegres los españoles con el encuentro de los indios, se detuvieron algunos dias sobre la embocadura del Carcarañal, esperando á Nicolas Heredia con los caballos que seguian lentamente los pasos de Mendoza. Algunos interpretaron siniestramente la tardanza, persuadidos que maliciosamente se demoraba en las marchas. Entretanto Mendoza costeó el Paraná, y enderezando al norte, llegó á una barranca, en cuya eminencia descubrió una cruz de superior elevacion. Adoróla con profundo acatamiento, y despues de él, los españoles. Al besar el pedestal se observó un letrero, que decia: Cartas al pié. Cavaron, y se halló en una botija una carta de Irala, que manifestaba el presente estado de la provincia, previniendo á los pasageros de qué naciones debian cautelarse, y en cuales podian tener confianza.

Con estas noticias determinó Mendoza, sin esperar á Heredia, proseguir por tierra su camino hasta la Asumpcion. Pero atajado á las trece jornadas, de inundaciones y pantanos, retrocedió en busca de Heredia, de quien tuvo noticia que se hallaba en el pais de los Comechingones. Llámanse Comechingones los indios que habitan la serranía de Córdoba, tomando la denominacion, en lengua Sanabirona, de cuevas subterraneas que habitaban; fábricas algunas mas de la naturaleza que de humana industria, y no pocas tan proveidas, que en lo interior estan socorridas de aguas, que destilan de las paredes, como se ven hoy dia en la Achala. En este sitio se demoró con su gente tomando descanso, mientras los caballos, imposibilitados á proseguir por falta de herrage, se recobraban. Francisco de Mendoza lo llevó á mal, y depuso á Heredia del cargo, substituyendo en su lugar á Rui Sanchez de Hinojosa; y lo sintió tan vivamente Heredia, que apadrinado de algunos amigos, mató á puñaladas á Hinojosa y á Mendoza, mandando publicar que los difuntos usurpaban la real jurisdiccion y eran transgresores de las órdenes de Vaca de Castro.

Removidos los émulos, se alzó con el gobierno, y confirió título de Maestre de Campo á D. Diego Alvarez, jóven intrépido, arrebatado, bullicioso y turbulento. El mismo Heredia, antes de apacible génio, y condicion suave, asumpto al empleo de capitan, se hizo caprichoso é insufrible á los suyos. Hubo de ambas facciones palabras de mucho sentimiento, y al nuevo capitan se le digeron indecorosas verdades sobre la imprudencia de su gobierno y caprichosa tenacidad con que insistia, contra el dictamen comun, en continuar el descubrimiento, cuando suspiraban todos por la vuelta, apercibidos de que esta provincia era mas fértil de trabajos, que rica en minerales de oro y plata. Sobre lo cual le hablaron con tal resolucion, que temiendo mayores alborotos tomó la vuelta del Perú.

En Sococha, lugar célebre en los Chichas, se consiguieron noticias confusas del estado del Perú, á la sazon dividido en bandos por los disturbios de Gonzalo Pizarro. Al principio balanceó la fidelidad contrapesada de la codicia, inclinándose al partido de mayor conveniencia y utilidad. Pero Gabriel Bermudes los inclinó al de los realistas, prometiendo obediencia á Lope de Mendoza, á quien perseguia Francisco Carabajal, capitan de Pizarro. “Eran por todos, son palabras del Inca Garcilaso, ciento y cincuenta hombres casi todos de caballo”: gente valerosa, dispuesta á sufrir y pasar cualquiera necesidad, hambre y trabajo, como hombres que en mas de tres años continuos, descubriendo casi seiscientas leguas de tierra, no habian tenido un dia de descanso, sino trabajos increibles, fuera de todo encarecimiento. Algunos murieron en servicio del Rey, otros repitieron la entrada á Tucuman.

Provisto Diego Centeno al Gobierno del Rio de la Plata, instado de sus amigos, pasó á Chuquisaca para solazarse algunos dias, y despedirse de sus familiares. Algo discuerdan los autores sobre el motivo; pero convienen en referir fatales pronósticos que le anunciaron los indios de su encomienda, y confirmaron los Charcas. El tenia ocultos émulos, y debió recelar alguna sorpresa traidora á su vida, y elevacion al gobierno del Rio de la Plata; pero despreciando supersticiones de vanos agoreros, llegado á Chuquisaca, entre los regocijos de un convite tragó un bocado de ponzoña que le quitó la vida al tercer dia. Con su muerte perdió el Rio de la Plata uno de los mas expertos y prudentes capitanes de que se pueden gloriar las Indias: fué sentida y llorada de los hombres de buena razon, pero no de Irala que se consideró asegurado en el gobierno.

Coadyuvó su pretension la temprana muerte de Juan Sanabria, caballero rico, natural de Medellin, el cual sentó el año de 1547 con el Emperador Carlos V. varias capitulaciones, si le conferia la capítania y baston de la provincia del Rio de la Plata. Muerto el padre se le dió á su hijo Diego Sanabria el título de Adelantado el año de 1549, pero ocupado en liquidar dependencias del padre difunto, no vino á tomar posesion del empleo, viéndose precisado á despachar los navíos á cargo del capitan Juan de Salazar, antiguo conquistador. La armada zarpó de San Lucar á principios de 1552, y llegó con felicidad á la isla de Santa Catalina, y puerto de Pato, en cuya ensenada naufragó el navío del capitan Becerra, cayendo su gente en mano de indios feroces, de cuyo poder los libró el venerable Padre Leonardo Nuñez, varon apostólico de la Compañia de Jesus, en la provincia del Brasil.

La gente de los otros navios, abanderizada en civiles discordias, parte siguió al capitan Salazar á San Vicente, donde confederados con los Portugueses estuvieron casi dos años: pero no esperando de su trato progresos considerables, vinieron por tierra á la Asumpcion, y condujeron el primer ganado vacuno que pastó las dehesas del Paraguay, y despues multiplicó interminablemente. Otros siguieron al capitan Hernando Trejo, y fundaron una colonia entre la isla de Santa Catalina y la Cananea, sobre el desaguadero del rio de San Francisco. La colonia fué de brevísima duracion y consistencia, pero le hizo célebre el nacimiento del ilustrísimo Trejo, honra despues de la religion seráfica, y meritísimo Obispo de Tucuman. Al año se recogió toda la gente con su ínclito fundador á la Asumpcion, cabeza de la Provincia. Vióse en poco tiempo el Gobernador Irala con un número de vecinos: Nuflo Chaves recogió la gente que tenia Centeno para traer al rio de la Plata; y Juan Salazar y Hernando Trejo se vinieron con la que condujo la armada del Adelantado Diego Sanabria. Por otra parte Estevan Vergara, procurador suyo en la Corte, promovió la causa del tio, y le consiguió la confirmacion en el gobierno. Mientras esta llegaba, el capitan Juan Romero, de su órden, fundó una colonia sobre el rio de San Juan, tributario del rio de la Plata en la derecera de Buenos Aires, sobre la márgen opuesta. Solo contó de duracion cuatro meses. Mayor subsistencia tuvo la villa de Ontiveros que fundó el capitan Garcia Rodriguez de Vergara el año de 1554, sobre la márgen oriental del Paraná, á corta distancia de su célebre salto en Canindeyú, perteneciente á Guayra.

Efectuada esta fundacion, llegó á Irala la confirmacion en el Gobierno en la Armada de Martin Urue, y recibió varias cédulas concernientes á varios puntos. En una de ellas le permitía la Cesarea Magestad repartir encomiendas de indios, y repartió veinte y seis mil capaces de tomar armas. En otra le ordenaba arreglar el derecho municipal con acuerdo de hombres capaces y expertos: y lo dispuso con tanta cordura y prudencia, que muchos años se gobernó el Paraguay, en lo político y militar, por su arreglamiento. Abrió escuelas para instruccion y enseñanza de la juventud, señalando maestros para cultivar las plantas delicadas, dóciles en los primeros años á recibir buenos documentos, y fructificar á su tiempo.

Todo conspiraba al aumento y felicidad de la provincia del Rio de la Plata: y para que ninguna cosa que conduce al establecimiento de una república cristiana se deseára, llegó en la Armada de Urue el Ilmo. Fr. Pedro de la Torre, prelado de carácter tan superior, que la religion seráfica con nombre de Pedro, y la de predicadores con el de Tomas, se lo apropian en las obras de sus coronistas. Años antes el Ilmo. Fr. Juan de Barrios, religioso observante del seráfico Padre San Francisco, á 10 de Enero de 1548, habia erigido en Aranda de Duero, el obispado del Rio de la Plata con cinco dignidades, Dean, Arcediano, Chantre, Magistral y Tesorero: pero estando en Sevilla para embarcarse, le llamó Dios á la gloria.

A la sombra de sus dos cabezas, eclesiástica y secular, se prometia la Provincia toda felicidad: pero minoró esta considerablemente la temprana muerte de Irala, que sucedió verosimilmente el año de 1556. Entendia actualmente en los ejercicios de piadoso y cristiano Gobernador, á impulso de su devocion. Al monte habia salido á buscar madera para levantar una capilla á Nuestra Señora, patrona de la ciudad. Trabajaba personalmente, y acaloraba los oficiales con su presencia, palabras y ejemplo. Del afan y ejercicio se le encendió una maligna fiebre, que obrando ejecutivamente, al séptimo dia privó la Provincia de su gobernador, á la Asumpcion de su padre, y á la milicia de su experto capitan. El llanto fué universal, dando muestras de sentimiento aun sus émulos, que no negaban las buenas dotes de Irala, superior á todos en el talento de gobierno. Los deslices de los primeros años borraron sus operaciones un los últimos períodos de su vida.


§. VIII.

GOBIERNO DE D. GONZALO DE MENDOZA.

1556-1557.

Poco antes de su muerte nombró para el gobierno á Gonzalo Mendoza, sujeto pacato y de buenas cualidades: la mas sobresaliente fué fomentar las disposiciones de su antecesor, el cual habia despachado á Rui Diaz Melgarejo y Nuflo Chaves, para plantear dos ciudades, una en Guayra, y otra en el territorio de Xarayes. Melgarejo subió hasta la embocadura del Pequirí, y levantó una poblacion que llamó Ciudad Real, al oriente del Paraná, bajo del trópico de Capricornio, á tres leguas de la villa de Ontiveros, cuyos moradores trasladó á la nueva ciudad.

Nuflo Chaves revolvia pensamientos mas altos. La felicidad con que habia gobernado algunas operaciones militares le inspiraban alzarse con la gente que comandaba para levantar provincia independiente del Rio de la Plata. Despues de haber castigado felizmente los Tupís y Tobayarás brasileños, y sugetado los indios Peabiyú, sublevados por Catiguará famoso hechicero, enderezó á Xarayes, y declinando al poniente cayó en los términos de los Travasicosis, que llamamos Chiquitos, por la pequeñez de sus casas: indios feroces y guerreros, á los cuales despachó embajadores, convídándoles con la paz. Pero ellos los mataron, y segun se dice en un requirimiento jurídico, se los comieron. Convocaron sus milicias, y presentada batalla, fueron vencidos, causando algun daño por el veneno de su flecheria.

Atemorizada la soldadesca con la idea del veneno, empezó á tumultuar y requirir á Nuflo Chaves que tomara la vuelta de Xarayes, para fundar entre ellos, segun la instruccion del Gobernador. Y porque Chaves perseveró en su determinacion de pasar adelante, los indios, que eran dos mil y quinientos, con la mayor parte de los españoles se volvieron á la Asumpcion, quedando solo sesenta para proseguir el descubrimiento. Con ellos avanzó Chaves al Guapay, rio que nace de la serranía que cae al poniente de Mizqui, y despues de formar un semicírculo, descarga en el Mamoré. Del Guapay cayó en los llanos de Guelgorigota, donde se encontró con Andres Manso, que por la via del Perú entraba con lucida compañía de soldados en aquel país. Altercaron los dos capitanes sobre los puntos de derecho, y sometieron la causa al juzgado de la Audiencia de Chuquisaca, donde los dejaremos litigando hasta encontrarlos en otra parte.

Sosegado el imperio peruano, el Presidente Gasca miró la conquista de Tucuman como principal egercicio de su empleo y corona de su comision. Por lo menos es preciso confesar que la tuvo presente para premiar á Juan Nuñez de Prado, faccionario de Pizarro con la capitanía de Tucuman, dándole poderes honoríficos, y facultad de alistar cuantos quisiesen militar á su obediencia y mando. Solos ochenta y cuatro le siguieron, algunos de los que vinieron á la conquista con Diego de Rojas, como consta de la raseña que se hizo en la imperial villa de Potosí ante el licenciado Esquivel: contra el cual uno de ellos llamado Aguirre, quedó altamente ofendido, y resolvió vengar un justo castigo que se le dió, con una injusta muerte. Porque dejada la conquista de Tucuman, y la honrosa compañía de sus comilitones, buscó á su enemigo, y le siguió de ciudad en ciudad, hasta que en el Cuzco lo mató á puñaladas.

Juan Nuñez de Prado, á quien varias dependencias detuvieron en Potosí el año de 1549, al siguiente despachó á su Maestre de Campo Miguel Ardiles, sugeto principal en esta conquista, con órden de combatir los feroces Humaguacas, rayanos del Perú y Tucuman hácia el rio Jujuí, que señoreaban el paso, y era necesario vencerlos para seguridad de los caminos. Ardiles tuvo algunas escaramuzas con ellos: los fatigó con la caballería; los espantó con las bocas de fuego, y finalmente los obligó á despejar por entonces el paso.

A los dos meses Juan Nuñez de Prado salió de Potosí, y cortando el país de los Chiriguanás: “Señor, le gritó una de las espías, enemigos se descubren, y sin duda vienen contra nosotros, pues la frente de su ejército endereza á encontrarse con la nuestra.” Siguióse la marcha sobre el aviso, y se descubrió á D. Francisco de Villagra, que pasaba con gente para socorrer á D. Pedro Valdivia, conquistador glorioso del floridísimo reyno de Chile. No era Villagra de quien menos debia cautelarse Prado: pero un émulo disimulado tarde se conoce, y rara vez se evitan sus artificios. Avistáronse los dos capitanes sin otro suceso por ahora que el de sembrar Villagra hablillas escandalosas entre los soldados de Prado. Departiéronse ambos para su destino. Villagra siguió el camino de Chile, y Prado el de Chicoana.

De Chicoana avanzó á Tucumanahao en el valle de Calchaquí, donde fué recibido con humanidad del cacique Tucuman, señor principal del valle. Este es el mismo que hospedó amigablemente á Rojas, y proveyó de bastimentos. Es creible que fuera de génio pacato, inclinado á clemencia en cuanto lo permitia el natural belicoso de los Calchaquís; ó que por ocultos designios intentára alianza con la nacion guerrera de los españoles. Lo cierto es, que de acuerdo de Tucuman y Prado, se abrieron los cimientos de una ciudad, la cual antes de llegar á perfeccion se trasladó sobre el Rio Escaba, á cuatro leguas, donde años despues se planteó la primera ciudad de San Miguel. A la ciudad llamó Prado, Barco de Abila, pero fué de brevísima duracion y se restituyó otra vez á Tucumanaho, primera cuna de su nacimiento.

Desembarazado Prado de buscar sitio para el establecimiento de la ciudad salió á correr la campaña con treinta soldados para hacerse dueño del terreno: pero Villagra, que desde la Cordillera torció camino, dejándose caer en Tucuman, sorprendió á Prado, y se alzó con la conquista, intentando agregar al reyno de Chile esta provincia.

No es para omitido el derecho presunto que Villagra tenia á Tucuman, fundado en cláusulas del Presidente Gasca, que señalaba á D. Pedro Valdivia cien leguas tierra adentro, este oeste, por término de sus descubrimientos. Palabras que ampliadas á favor de los Chilenos, ocasionaron disturbios sobre el derecho á Tucuman: hasta que el Sr. Felipe II, en cédula de 29 de Agosto de 1563 deslindó las dos jurisdicciones, declarando independiente de Chile la gobernacion de Tucuman.

Por ahora Villagra se alzó con el mando y se apoderó de los instrumentos que gozaba la ciudad del Barco, de su independencia. Pero como le llamaba Chile por el socorro de milicia que conducia, repuso en el ejercicio de capitan á Prado, obligándole á reconocer por superior á D. Pedro Valdivia, conquistador de Chile.

Protestó Prado cuanto pretendia Villagra, fingiendo vasallage, y encubriendo los secretos del corazon hasta verse libre de su émulo. Pero luego que este tomó el camino de Chile, juntó el cabildo de la ciudad del Barco, y con un razonamiento patético que hizo, ponderando la injusta pretension de los chilenos en virtud de los títulos del Presidente, fué repuesto en el ejercicio de capitan, independiente de Valdivia. Al empleo dió principio, llamando á Tucuman el nuevo maestrazgo de Santiago.

Porque nombre tan lustroso no fuera sombra sin cuerpo, se aplicó Prado con teson increible á los adelantamientos de la provincia, mas con suavidad que con el rigor y espanto. Conquistó la sierra y valle de Catamarca, los rios Salado y Dulce, los belicosos Lules y la mayor parte de los indios que despues se agregaron á Santiago; sin otro accidente digno de narracion, que enarbolar con piedad cristiana en las tolderias de indios el glorioso estandarte de nuestra salud.

Cuando este grande capitan disponia conquistar á Dios y al Rey nuevas gentes, tirando al poniente hácia la Cordillera, tercera vez se halló sorprendido por Francisco Aguirre, emisario chileno, que venia con título de Teniente de la ciudad del Barco, y crecido número de soldados para remover cualquier obice de su admision al gobierno. Prado era el único de quien podia temer resistencia, pero sorprendido inopinadamente por Aguirre, fué puesto en prisiones, y despachado á Chile. Apeló Prado á superior tribunal, donde fué declarada su inocencia, y ordenado que fuese repuesto en el gobierno de Tucuman. Pero aunque tuvo la honra de ser reelegido, no vino á empuñar el baston, prevenido de la muerte ó por otro motivo que no llegó á mi noticia.

Muy pronto conoció Tucuman la falta de su valeroso conquistador. Los Calchaquís se inquietaron, y las demas naciones, antes pacificas, tumultuaron haciéndose temibles al español. El mismo Aguirre entró en recelos de poca seguridad en aquel sitio, y pasó la ciudad del Barco sobre el Rio Dulce, mudándole el nombre en el de Santiago del Estero, por un estero que allí hace el rio. Está sita en 28 grados escasos de latitud y 315 de longitud, segun el mapa de la provincia que se estampó el año de 1732. El temperamento es ardiente y seco. El terreno es poco apetecible, y está rodeado de espesos bosques, principalmente de algarrobos, que ministran sustento á sus habitadores. En otro tiempo fué Santiago asiento de los Sres. Gobernadores y Obispos, pero hoy dia es un puro esqueleto de ciudad, sin lustre, sin esplendor, ni formalidad en lo material.

En medio de tanta miseria Juan Diaz de la Calle señala á Santiago un escudo, la mitad de él con una cruz colorada en campo de oro, el hueco de ella lleno de perlas, en lo bajo ondas del mar; y en la otra mitad, un tigre de oro rapante en campo azul, y al rededor de dicho escudo ocho cabezas de aguilas, y encima la figura de Santa Ines, abogada de la ciudad. Si este escudo se concedió á la ciudad de Santiago, serviria mas á la vanidad que á la relacion de la figura con el objeto figurado. Fuera de que, habiéndose este concedido, como dice el autor, el año de 1537, esto es, diez y seis años antes de su fundacion, se hace inverosimil el hecho.

Lo cierto es que los conquistadores no descubrieron minerales de oro, ni conchas de perlas, sino tanta miseria y laceria, que luego que Aguirre fué á Chile á sosegar los tumultos originados por el alzamiento de los Araucanos, parte tomaron la via de Chile, parte la del Perú, abandonando la conquista por la poca utilidad que prometia. En ausencia de Aguirre quedó con el título de teniente Juan Gregorio Bazan, primer tronco de los nobles Bazanes que honran con su sangre aquella provincia. Pero en la ocasion presente, como los españoles fuesen pocos y los indios muchos, y estos amotinados, bastardeó de sus nobles pensamientos y desamparára la provincia, si Miguel Ardiles no le recordára el alto nacimiento que le ennoblecia, y la gloria que de su permanencia podia seguirse á la magestad divina y humana. Movido de estas razones prosiguió en el ejercicio de su empleo, y se previno para sosegar los Saladinos confederados con otras naciones.

Con pocos soldados salió el teniente Bazan á buscar los amotinados que eran muchísimos y los deshizo, y con muerte de muchos sugetó los demas, y obligó á dar la paz. Bien conoció Aguirre desde Chile la debilidad de la milicia tucumanesa; y acordándose que era padre, destacó para Santiago algunos soldados á cargo de su sobrino Rodrigo de Aguirre que venia con título de Teniente. Pocos meses tuvo el gobierno de la provincia, porque preso por los parciales de Prado, fué puesto en su lugar Miguel Ardiles, nombrado por Francisco Villagra. De manera que los conquistadores de Tucuman se dividian en tres parcialidades: unos reconocian á Francisco Aguirre por gobernador legítimo: otros á Villagra, que tenia interinamente el baston de Chile: y los terceros á Prado, cuya venida inutilmente esperaron sus parciales.

Estas civiles discordias arruináran la conquista sino llegára el general Juan Perez de Zurita, nombrado por D. Garcia Hurtado de Mendoza, en cuyas manos entró el gobierno de Chile. Era Zurita natural de Xerez de la Frontera, caballero noble, tratable, humano y bien conocido por sus hazañas militares, en el Perú contra los Pizarros, y en Chile contra los Araucanos:—prenda que le conciliaron la voluntad del gobernador Chileno, y le merecieron el gobierno de Tucuman. Venido á la provincia, en los principios fué feliz, infausto y desgraciado en los fines. Al nuevo maestrazgo de Santiago mudó nombre, llamándole la Nueva Inglaterra, queriendo á lo que parece lisonjear al Señor Felipe II, rey entonces de la Gran Bretaña.

Fundó tres ciudades, la primera llamó Londres, Cañete la segunda, y Córdoba la tercera: las tres en el valle de Calchaquí, por contemplar á D. Juan Calchaquí, que le profesaba afecto, y contaba entre los poderes de su autoridad el allanar su gente belicosa, para admitir el vasallage de su íntimo familiar. Accion para Zurita no menos gloriosa que cuando al siguiente año con pequeño ejército sugetó los Diaguitas del Salado, los Juries del rio Dulce, los Catamarquistas y Sañoagastas, naciones que impacientes del yugo conspiraban á la ruina del español.

A todos rindió Zurita, obligándoles á recibir leyes de quien, superior en las armas, los tuvo humillados á sus pies. Una ley entre otras les impuso que facilitaba su instruccion y enseñanza: que fué de congregar la dispersa multitud, derramada por la ribera de los rios y llanura de los valles, juntándola en toldería para que los ministros evangélicos, sin tanto afan y mayor logro, pudieran doctrinarlos.

El Guelgorigota, que verosimilmente son los Llanos de Manso, entre el Pilcomayo al oriente, y el Bermejo al poniente, estaba en litigio desde el año antecedente en el tribunal de Charcas. Nuflo de Chaves, que acaso desconfió de la integridad del tribunal, buscó patrocinio en el superior gobierno de D. Andres Hurtado de Mendoza, virey del Perú y su pariente. Dos eran las pretensiones de Chaves: la primera, que se le adjudicase el Guelgorigota, y la segunda fundar provincia, que hiciera cuerpo á parte y sin alguna dependencia del Paraguay. Uno y otro consiguió del Virey, el cual para autorizar mas la nueva provincia, dió el baston de ella á su mismo hijo Garcia Hurtado de Mendoza, y este sus veces y poderes á Nuflo de Chaves.

Mientras esto pasaba en Lima, en Guelgorigota Hernando Salazar, teniente de Chaves, prendió al capitan Andres Manso, y lo remitió al Perú. Removido este, Nuflo de Chaves, con el fomento del virey, el año de 1560, cuarto despues de la muerte de Irala, que le despachó para fundar en Xarayes, desamparado de la mayor parte de los Asumpcionistas, pero engrosado con la milicia de Andres Manso, abrió los primeros cimientos de la Capilla en el país de los Penoquis, indios belicosos al poniente del Guapay, y al este de una punta de tierra poco elevada que sobresale de las cordilleras peruanas. La ciudad tomó nombre de Santa Cruz de la Sierra, que se extendió despues á la provincia, con ocasion de una cruz milagrosa que hizo un castellano, explicando á los naturales la virtud de esta señal, y exortándolos á implorar las misericordias del Señor en sus necesidades.

Al principio los paisanos correspondieron al buen tratamiento de los Cruceños: eran humildes en el servicio, agradables en el trato, y prontos en pagar su moderado tributo. Pero luego que los españoles los gravaron con exacciones, se alzaron, y con muerte de muchos castellanos se refugiaron á los montes, y apostataron de la fé recibida. Quince años subsistió la ciudad en su primer establecimiento, hasta que el año de 1575, de órden del Señor D. Francisco de Toledo, virey del Perú, se trasladó mas al occidente, y en la traslacion mudó nombre, llamándose San Lorenzo, que es capital del obispado de Mizqui, por otro nombre Santa Cruz de la Sierra.


§. IX.

GOBIERNO DE D. FRANCISCO ORTIZ DE VERGARA.

1560-1565.

Mientras Nuflo de Chaves agenció y obtuvo la dependencia de la provincia de Santa Cruz, sucedieron en el Paraguay algunas novedades. Al año despues de la muerte de Irala, falleció su teniente Gonzalo de Mendoza, dejando en su muerte piadoso recuerdo de su prudente gobierno. Procedíose á eleccion de nuevo gobernador, y en 25 de Junio fué electo Francisco Ortiz de Vergara, caballero sevillano, de génio dulce y afable. Su gobierno al principio quieto y pacífico, entrado el año de 1560, fué ruidoso: parte por los alborotos de Guaranís, parte por las novedades que intentó Nuflo de Chaves.

En compañia de los españoles que se apartaron de Nuflo de Chaves para la Asumpcion desde el pais de los Penoquis, vinieron algunos Guaranís cargados de las flechas envenenadas que arrojaban los Travasicosis, pensando tener en ellas una arma temible á los españoles y superior á las bocas de fuego. Como los ánimos venian abochornados con las molestias de jornada tan inutil, empezaron á conmoverse, incitados principalmente por Pablo y Narciso, hijos de Curupiratí, cacique respetable entre los Guaranís. Animaban sus palabras con vana ostentacion de las flechas, tejiendo arenga prolija de sus formidables efectos. La conjuracion fué universal, pero no tan secreta que no llegára á oidos del gobernador Vergara; el cual aprestó luego su milicia, y buscó al enemigo, que ya le esperaba con diez y seis mil combatientes, y otras tropas auxiliares que corrian la campaña y guarnecian los pasos ventajosos. Fueron varios los accidentes en diferentes encuentros y escaramuzas, preliminares á la batalla campal, que se dió y terminó á 3 de Mayo de 1560, con poco daño de los españoles, y mortal destrozo de Guaranís, acabándose el soberbio orgullo con que acometieron en fuga pavorosa con que se retiraron. Destacáronse algunas compañias para correr el país enemigo, mas con ánimo de ofrecer paz publicando indulgencia, que con designio de arruinarlos. En efecto admitieron la paz, pero me persuado que fué efecto del temor, y no de sinceridad, pues á pocos pasos renovaron los alborotos.

Aun no habia el Gobernador Vergara desamparado la campaña, cuando se presentó á su vista un indio, el cual: “yo soy, le dice, del Guayra, enviado del capitan Rui Diaz Melgarejo para que ponga en vuestra noticia que los indios se han amotinado, y que la ciudad de Guayra se halla en próximo peligro de perecer, si con la mayor brevedad que sea posible, no llega socorro de gente. Y porque no se ponga duda en mis palabras, he aquí la carta del capitan Melgarejo.” Dijo, y descuadernando el arco por la empuñadura, sacó la carta que contenia en substancia cuanto el mensagero relató de palabra. Como el negocio era egecutivo, dispuso el Gobernador que Alonso Riquelme pasára al castigo de los rebeldes. Casi dos años estuvo Riquelme en campaña: pero consiguió sugetar los amotinados en varios encuentros, y sosegado el Guayra, coronado de marciales glorias, se restituyó triunfante á la Asumpcion.

No mucho despues llegó á la Asumpcion Nuflo de Chaves para conducir su muger, sus hijos é indios de encomienda que eran mas de dos mil. Para conciliarse las voluntades tegió una fabulosa narracion de imaginarias felicidades, y relató el encuentro de las riquísimas tierras, fecundas en minerales de oro y plata que con tantas ansias habian buscado. A sus voces se siguió la conmocion de la ciudad. El Gobernador Vergara, el Ilmo. Fr. Pedro de la Torre, el contador Felipe Cáceres, el factor Pedro Dorantes, muchos principales conquistadores y gran parte de la nobleza con sus mugeres hijos é indios de encomienda, resolvieron seguir al conductor Nuflo de Chaves á la nueva provincia.

Efectivamente esta multitud, por la mayor parte gravosa y consumidora de alimentos, emprendió jornada tan dilatada con esperanza de mejorar fortuna, dividida en dos cuerpos, el uno por agua rio Paraguay arriba, y otro por la costa, arreglados ambos por las disposiciones del Gobernador Vergara. Ellas sin duda fueron prudentes en prevenir los riesgos, providenciar bastimentos, atemperar las jornadas para tanta multitud, y conducirla felizmente hasta los primeros términos de la nueva provincia. Entrados en ella, Nuflo de Chaves; “á mi toca, dice, el mando de la gente y la disposicion de la jornada: el territorio que pisamos es de mi jurisdiccion, de mí han de salir las órdenes, y el arreglamiento de la comitiva es propio de mi autoridad.”

Inquietóse el Gobernador, tumultuó la comitiva, y de aquí en adelante la confusion, el desórden, la infelicidad y desgracia acompañaron esta multitud de gente. Los unos se apartaban de los otros, y divididos en compañias tomaban diferentes rumbos, y morian de hambre, ó á manos de enemigos. Tres mil Itatines, que cautivaron para servirse de ellas, perecieron de necesidades y malos tratamientos. Los pocos que salvaron las vidas, fundaron una colonia á 30 leguas de Santa Cruz, á la cual, en memoria de su amada patria, llamaron el Itatin. El gobernador Vergara salió peor que todos, porque cayó en manos de Chaves, émulo poderoso, irreconciliable y cruel; fué remitido preso á la Audiencia, y se le opusieron ciento y veinte capítulos, parte falsos, parte verdaderos, unos de mucha, otros de poca consecuencia. Apeló al Consejo, y con su remision á España vacó el gobierno del Rio de la Plata.


§. X.

GOBIERNO DE D. FELIPE DE CACERES.

1566-1572.

A la vacante salieron muchos pretendientes, y á todos fué preferido Juan Ortiz de Zarate, sugeto hacendado y de crecidos méritos en las revoluciones del Perú: confiriósele el título de Adelantado del Rio de la Plata, con la condicion de pasar á España para impetrar la confirmacion. Mientras pasaba al Consejo, substituyó en el gobierno interino al contador Felipe de Cáceres, sugeto poco hábil para la substitucion; ruidoso, intrépido, ambicioso y poco morigerado. Con pretesto de reales intereses, habia inquietado la provincia, y prendido al Adelantado Alvar Nuñez. Presto le veremos echar en prisiones á su mismo prelado.

Por ahora Cáceres solo pensaba en restituirse á la Asumpcion con sesenta españoles, reliquias de la muchedumbre que salió en seguimiento de Chaves, el cual quiso acompañar á Cáceres hasta los últimos términos de su provincia. Pero sus delitos guiaban á este mal hombre al suplicio merecido. El declinó á la nueva colonia del Itatin, donde el cacique le dió un macanazo, y dejó muerto al perseguidor de su nacion. Entretanto el general Cáceres proseguia las jornadas con el pequeño ejército que convoyaba al ilustre prelado, algunos sacerdotes, y á las mugeres y niños.

Pero como las naciones intermedias estaban alborotadas, cada paso costaba una pelea, y cada pelea una victoria. Los Itatines, los Payaguas y Guajarapos, en número de diez mil, se opusieron, y mientras los españoles combatian esforzadamente fatigándose con la tarea de pelear y matar enemigos, el Ilmo. Prelado con algunos sacerdotes y religiosos imploraban el auxilio del Cielo. Vencidos los infieles, se prosiguieron las marchas hasta la Asumpcion, donde entraron el año de 1569, al sexto año despues de salidos. Jornada verdaderamente inútil, que no produjo mas fruto que la deposicion del gobernador Vergara, la desgraciada muerte de Nuflo de Chaves y unas infernales centellas que abrazaron la ciudad, como veremos adelante. Ahora referiremos otras que encendió la codicia en Guayra.

Despues que Alonso Riquelme pacificó los indios del Guayra, y se restituyó á la Asumpcion, el gobernador Francisco Ortiz de Vergara le nombró teniente de Guayra, y con sagacidad y artificio conservó en paz y tranquilidad la tierra, siendo libre á los españoles el registro del país. En las varias salidas que hicieron, dieron con ciertas piedras cristalinas, puntiadas de variedad de colores semejantes á rubines, ametistas, jacintos, zafiros y demas preciosidades. Críanse dentro de cocos de piedra, y cuando la naturaleza está para dar á luz el prodigioso feto, rompe con fragoso estallido el pedernal, convidando á los racionales á recoger aquel hermoso conjunto de aparentes preciosidades. No es frecuente este aborto: pero la antiguedad de los años, y el abandono de los indios en recogerlas, fué ocasion para que los castellanos encontráran porcion considerable.

Con ellas resolvieron caminar á España, pretestando reales intereses, y requiriendo una y otra vez á Riquelme por la licencia de irse. Riquelme, mas circunspecto que ellos, y menos crédulo á estas riquezas imaginárias, respondió que no descuidaria de los intereses reales, ni olvidaria sus utilidades; pero que seria prudente determinacion esperar la aprobacion de inteligentes lapidários, y no deferir tan ciegamente á falaces apariencias. Desagradó tanto á los guayreños la respuesta, que aprisionaron á Riquelme, y emprendieron la navegación. Riquelme dió parte á la Asumpcion, y fué despachado Rui Diaz Melgarejo para cerrar el paso á los fugitivos, y darles el condigno castigo. En efecto Melgarejo los alcanzó, y con indulgencia de la pena que merecian los delincuentes, ganó amigos para desterrar al teniente Riquelme y usurpar para sí el gobierno de Guayra.

Los sucesos de Tucuman eran semejantes á los del Rio de la Plata: traiciones, alzamientos y opresiones injustas. Jamas Tucuman admiró eficacia mas operativa, ni justicia mas arreglada que la del general Zurita, cuyas proezas gloriosas llegaron á Chile, y pasaron á Lima á los oidos del Conde de Nieva. Este virey tenia ideado separar á Tucuman del gobierno de Chile; lo que se proyectó desde el principio sin mas efecto que proyectarse, y no ejecutarse hasta fines de 1560 ó principios del siguiente, señalando por gobernador al general Zurita, primero en la serie de los gobernadores.

No duró mucho tiempo en el gobierno, porque la ciudad de Londres, monumento primogénito de su generalato, negada la obediencia á ciertas órdenes suyas, pretendiendo substraerse de su jurisdiccion, se querelló á Francisco de Villagra, gobernador de Chile, ofreciéndole obediencia, si le auxiliaba contra Zurita. Villagra, que deseaba retener en su dominio á Tucuman, nombró á Gregorio Castañeda capitan de un lucido trozo de milicia chilena para deponer á Zurita que actualmente entendia en fundar la ciudad de Nieva en el valle de Jujuí, conocido entonces con el nombre de Xibixibe. Allí lo buscó Castañeda, y al extender las manos para exibir los títulos de su independencia, otorgados por el Sr. Virey, el doloso engañador alargó las suyas, y apellidando la voz del Rey, con el auxilio de su gente, aprisionó al gran Zurita, Gobernador de la Nueva Inglaterra, vencedor glorioso de tantos indios, y fundador ínclito de tantas ciudades, por las cuales poco despues fué paseado en prisiones. ¡Así la instabilidad de fortuna injustamente abate los beneméritos, y levanta indignamente á los culpados!

No fuera pequeña gloria de Castañeda conservar los adelantamientos de Zurita: pero no supo promover la conquista, ni conservar lo conquistado. Antes del año se despoblaron las ciudades de Córdoba, Londres y Cañete, y poco despues la de Nieva. La ciudad de Córdoba experimentó mas vivamente el furor del Calchaquí. Sustentó con gloria tres asedios. En el primero, Castañeda rompió felizmente por medio del enemigo, y metió socorro de gente en la ciudad: el segundo levantaron los sitiados en una salida que hicieron contra los sitiadores; suceso en que tuvieron parte las matronas cordobesas, trayendo prisionera á la hija del cacique Juan Calchaquí; en el tercero, los infieles rompieron los conductos del agua y redugeron los ciudadanos á extrema miseria.

Los Cordobeses arbitraron diferentes medios que inutilizó la proximidad y vigilancia del sitiador, y resolvieron desamparar la ciudad, abriendose camino por un lado que mediaba entre las dos alas de los sitiadores. Lográran sin duda su intento al abrigo de la noche, si el importuno gemido de las criaturas no despertára los Calchaquís para dar sobre los fugitivos. Todos murieron á sus manos, menos seis con el Maestre de Campo Hernando Mexia Mirabal, que salieron á la ciudad de Nieva mensageros de la triste desgracia sucedida en Córdoba, al cuarto año de su fundacion. Poco despues, de órden de Castañeda se despobló Lóndres y Cañete, cuyas reliquias por muchos años fueron monumentos de la desgracia.

Algunos notan á Castañeda de omiso, creyendo que con la gente que mandaba pudo no solo mantener en pié las ciudades, sino tambien humillar el orgullo del soberbio enemigo. Lo que no se puede dudar es, que sostuvo algunas campañas con felicidad, deshaciendo los ejércitos del Calchaquí, y reprimiendo su furor. En una ocasion le disputó la estrechura de un paso con muerte de muchos, empeñando con militar estratagema al Calchaquí en sostener la batalla en campaña rasa, donde lo destrozó y obligó á retirarse. Corrió el valle con sus compañias ligeras, deshaciendo juntas, ocupando al enemigo en sus prevenciones, y cortándole los pasos. Se apoderó de Silipica, Yocabil, Acapianta y Deteyem, donde sucedió una cosa particular digna de narracion.

Los Deteyenses, siguiendo la costumbre de su nacion, escondieron las mugeres y párvulos, grémio embarazoso en la guerra. Fenecida la toma de Deteyem, avisaron los corredores que se descubrian señales de enemigo, que enderezaba la marcha hácia el acampamento español. Pusiéronse todos en arma, y cuando la tropa estuvo en competente distancia, se descubrió una multitud de muchachos, que desfilados del lado de las madres, armados de arco y flecha, caminaban á defender sus padres, que suponian todavia en la refriega. Fueron recibidos con amor, y se premió su inocente atrevimiento con algunos donecillos que les sirvieron de agasajo para la vuelta.

No obstante estos buenos sucesos, y otros que podia prometerse de su milicia veterana, resolvió Castañeda desamparar la provincia, y retirarse á Chile, lleno de confusion y envuelto en tristes presentimientos. El gobierno de Tucuman, á quien él llamó Nuevo Extremo, ceñido á sola la ciudad de Santiago del Estero, dejó al capitan Manuel de Peralta, á quien sucedió en breve Juan Gregorio Bazan, y á este, el año de 1564, Francisco Aguirre, nombrado por D. Lope Garcia de Castro, virey del Perú; el cual le entregó una real cédula de 1563, en que el Señor Felipe II separaba la provincia de Tucuman del reino de Chile, y la sometia al tribunal de Charcas.

Para promover la conquista, despachó á Chile al teniente Gaspar de Medina, sugeto recomendable por su valor, fidelidad y servicios en Chile y Tucuman, para conducir de aquel reino soldados con esperanza de pingues encomiendas. En efecto Gaspar de Medina juntó alguna milicia chilena, y con ella, su consorte y sus dos hijos, se restituyó á la provincia. Con este socorro el gobernador Aguirre metió en Calchaquí la guerra, destrozó al enemigo y puso yugo de servidumbre al rebelde, con una ciudad que levantó Diego Villarroel el año de 1565, casi en derecera del elevadísimo cerro de Anconquija, en llanura deliciosa y amena. La ciudad se llamó San Miguel, la cual subsistió muchos años en este sitio, hasta que se hizo necesaria su traslacion, parte porque muchos nacian lesos en el órgano de la voz, que por acá decimos opas; parte porque se criaban en la garganta ciertos tumores, que se llaman cotos, que agravaban sobradamente y dificultaban la respiracion.

Fundada la ciudad de San Miguel, corrió el Gobernador la provincia, castigando rebeldes, y obligándoles á la paz é yugo del servicio. Publicó la jornada de los Comechingones, y paseó las armas victoriosas hasta su pais. Aquí adquirió noticias de tierras opulentas sitas al sud-oeste, que se empezaron á llamar Trapalanda, Césares y Patagones. Tan envejecida es la fábula, cuento antiguo del vulgo, que se renueva diariamente con fingidas novelas. En otra parte se acrisolará la materia: porque al presente provocan la atencion los malos efectos que produjo la narracion de los Comechingones sobre la Trapalanda. El vulgo militar se inclinó á la conquista de los Césares; Aguirre por no desamparar la provincia en tiempo que se podian alterar los humores, resolvió dejar para otra ocasion la jornada de Patagones.

Aunque la determinacion del Gobernador fuese cuerda y prudente, indispuso los ánimos de los soldados, fáciles á tumultos y novedades. Diego Heredia, Juan Berzocana, Holguin y Fuentes, sugetos de mas resolucion que juicio, prendieron al Gobernador y á sus hijos con ignominia, deponiendo de sus empleos á los alcaldes, y repartiendo de su mano el baston de gobierno y las varas de justicia. Con esto el mando cayó en los principales fautores del motin, los cuales obraban con despotismo y permitian toda licencia á sus allegados. Al Gobernador Aguirre, oprimido de prisiones y cargado de autos, despacharon á la Audiencia de Chuquisaca. A su teniente, Gaspar de Medina, depusieron del empleo, y confiscaron sus bienes: viéndose en pocos dias á su familia opulenta en tanta necesidad, que se mantenia de limosnas.

Para colorear el alzamiento con capa de celo, resolvieron los amotinados fundar una ciudad en el país de Esteco, así denominado por un cacique, señor del terreno, al tiempo de la conquista. Era el sitio cómodo, el terreno pingue y de meollo: el cielo benigno y de aspecto agradable: las aguas copiosas y saludables: la vecindad poblada de indios para el beneficio de la tierra, y máquinas para obrages de lana y algodon, que enriquecieron en un tiempo la ciudad. Creo le fundaria el año de 1567. Al principio contó solo cuarenta habitadores: pero su buen terreno, benigno temperamento y bellas calidades, llamaron mucha gente de otras partes, y la hicieron rica y populosa. Su ostentacion y lujo, segun dicen, subieron á tal punto, que los caballos cargaban herraduras de plata.

Pero, volviendo á los amotinados, ellos apuraban con vejaciones y malos tratamientos á los leales, y estos tibiamente esperaban el remedio á la opresion en que gemian inconsolables. No obstante, el auxilio estaba mas próximo de lo que ellos esperaban: porque Gaspar de Medina, depuesto ignominiosamente del oficio de teniente, desde Conso, lugar de su destierro, disponia con nocturnas salidas los ánimos de los Miguelistas, para sorprender á los rebeldes, aclamando la voz del Rey. En Santiago tenia la cooperacion de otros gefes realistas, y cuando el negocio estuvo en buen estado, con algunos fautores, hombres de valor y resolucion, protegido de las sombras nocturnas, aprisionó las cabezas del motin, y dándoles breve plazo para componer las cosas de su alma, les mandó cortar la cabeza. Con el castigo de estos se humillaron los demas, y los beneméritos fueron repuestos en sus empleos honoríficos.

El gobierno interino, de órden de la Audiencia, cayó en manos de Diego Pacheco, caballero noble, cuerdo y desinteresado. Era natural de Talavera de la Reyna, y en memoria de su amada pátria, á Esteco llamó Nuestra Señora de Talavera, poniéndola al amparo y proteccion de la Soberana Emperatriz de los Cielos. Antes del año tuvo sucesor en Francisco Aguirre, suelto ya de las prisiones, y libre de los cargos que le acumularon sus émulos. Pero el génio arrebatado y poco morigerado de Aguirre escandalizó con reprensibles excesos la provincia, de la cual envuelto en casos de inquisicion, le veremos salir, remitido á Lima por D. Pedro Arana.

A fines de 1569, ó principios del siguiente, murió á manos de Humaguacas y Puquiles el conquistador Juan Gregorio Bazan. Habia pasado á Lima para conducir su familia, y estando de vuelta, sobre el rio de Siancas halló que los enemigos tenian cerrado el paso. A poco rato Humahuacas y Puquiles cayeron sobre él y su comitiva, con tanto impetu que apenas le dieron lugar para dar escape á su familia por veredas ocultas, bajo la direccion de Francisco Congo, esclavo que no tenia práctica en los caminos. Los infieles mataron á Bazan, Pedraza y otros: algunos, penetrados de heridas, escaparon y llevaron á Santiago el anuncio de tan lastimosa tragedia. Los bárbaros Humaguacas, y Puquiles se alzaron con el botin, adornando su desnudez con ricas preseas en que Bazan traía empleado su caudal.

Entretanto la familia del Bazan, falta de práctico conductor, vagaba en los montes, seguida y perseguida por un trozo de indios, con tanta tenacidad que cuatro dias contínuos caminó con inmediacion en su alcance; y mientras ellos lo pasaban con tanto susto, en Santiago corrian nuevas de la desgracia, llorando los muertos á manos de los infieles.

Salió el capitan Bartolomé Valero con una compañía de soldados, y hallada la familia errante la condujo á Santiago, donde se mitigó el pesar con el hallazgo de las señoras é hijos, ramas gloriosas en que hasta hoy se conserva su noble descendencia.

El Ilmo. Fray Pedro de la Torre, y el teniente Felipe Cáceres, vinieron del Perú con recíprocos sentimientos, que casi consumieron la provincia, dividida en dos facciones de eclesiásticos y seculares, siguiendo con oposicion encontrada los seculares al Obispo, y los eclesiásticos al Teniente. Entre estos se señaló un Daroca, autor de enredos, que abrió camino á exorbitantes insolencias contra el Obispo, publicando novelas agenas de su proceder é indignas del episcopal carácter, especialmente un crímen, por el cual decia haber incurrido en suspension é inhabilidad para las funciones episcopales. Todo halló aprobacion en el Teniente Cáceres, el cual empezó á explicar su enojo, prendiendo á Alonso de Segovia, Provisor del Obispado, que cargado de grillos, aseguró en un calabozo. Mandó publicar á son de cajas que al Obispo, como alborotador de la ciudad, estrañaba del reino, privado de las temporalidades, ordenando que ninguno, pena de traidor al Rey, le diera alimentos. Mandato perentorio, cuya observancia celó con tanta rigidez, que por que Pedro Esquivel manifestó algun sentimiento, y socorrió al Obispo, le mandó segar la cabeza en público cadalso.

Era el Prelado de espirítu manso, apacible y sufrido en los agravios, llevando los ultrages con egemplar tolerancia. Su vida era pura, inocente y digna del carácter que tenia impreso en el alma: pero la malicia en los émulos interpretaba siniestramente sus operaciones mas santas. Un dia entre otros el celoso prelado rogaba en la catedral á Dios por su grey alborotada. Súpolo Cáceres, y luego mandó que ninguno fuera á la iglesia, porque el Obispo se habia retirado á ella con dañada intencion, y ordenó á su aguacil Ayala que sacára violentamente á cuantos no obedeciesen de grado. Ayala por lisonjear al Teniente no reparó en violar los respetables claustros de la sacrosanta inmunidad. El Prelado viendo profanado el templo santo del Señor, cedió al tiempo, y recogido en su palacio de órden de Cáceres, tapiadas las puertas y ventanas, fué asegurado con guardas de toda satisfaccion y confianza.

Tratado así el Obispo, hizo Cáceres una jornada, rio abajo, pretextando queria llegar á la boca del Paraná, para ver si se descubrian indicios de gente de España y socorrer, si la necesidad lo pidiese, al Adelantado Juan Ortiz de Zarate, en cuyo nombre gobernaba la provincia. El pretexto era honesto, pero algunos creyeron que intentó alzarse con el gobierno, cerrando á Zarate el paso por medio de los indios. Yo no quiero sondar intenciones; pero advierto que los indios quedaron tan alborotados, que casi acabaron con la armada de Zarate. Con la ausencia de Cáceres las cosas mudaron de semblante. Las mugeres, sexo compasivo y devoto, apiadadas de las vejaciones que santamente toleraba el Obispo, inspiraron á sus consortes afectos de conmiseracion con su prelado, y aliento para prender al Teniente por contumaz á los preceptos de la iglesia, transgresor de la inmunidad eclesiástica, y alborotador de la república.

Antes que volviera Cáceres, el Obispo habia salido de su encerramiento, y se habia refugiado en el convento de Nuestra Señora de la Merced, de donde le vino á él la libertad y la prision del Teniente, por medio de Fray Francisco Ocampo, religioso del mismo órden; el cual convocó una noche ciento y cincuenta españoles, en casa del Provisor Segovia, donde concertó con ellos la prision de Cáceres.

Al siguiente dia vino Cáceres á la Catedral, y apenas postrado de rodillas, entraron los ciento y cincuenta españoles, siguiendo á Fray Francisco de Ocampo que llevaba la delantera, gritando: ¡Viva la Fé de Cristo! y respondiendo todos, ¡Viva, viva!, acometieron al Teniente, lo prendieron en la iglesia, y le pusieron dos pares de grillos y una gruesa cadena, permitiendo á todo género de gentes befarse de su persona.

Con el gobierno se alzó Martin Suarez de Toledo, que tuvo parte en los referidos alborotos, y la tiene en las disposiciones presentes. A Cáceres detuvo un año en rigurosas prisiones, y bien asegurado, determinó enviarlo á España. En su compañía pasó el Obispo, ó como actor contra los sacrílegos atentados del Teniente, ó para purgarse de las imposturas que profanas lenguas le acriminaron. Rui Diaz Melgarejo se juzgó á proposito para conducir seguramente hasta el Brasil á Cáceres: él habia maculado sus manos con la muerte de un Sacerdote, pero era á proposito para asegurar al Teniente. Llegaron con felicidad, primero al puerto de Patos, y despues á la villa de San Vicente; donde Cáceres, con auxilio de los Portugueses, rompió las prisiones, escaló la cárcel, y se ocultó en lugares poco sospechosos. Pero Melgarejo todo lo registró, y no desistió hasta encontrarle, y encontrado le remitió al Consejo.

No pudo acompañarle el Ilmo. Fr. Pedro de la Torre, el cual lleno de dias y de merecimientos enfermó de muerte en la villa de San Vicente, de donde con asistencia del Taumaturgo Brasileño, el P. José de Anchieta, pasó al divino tribunal.


§. XI.

GOBIERNO D. JUAN ORTIZ DE ZARATE.

1573-1576.

Sosegada la Asumpcion con la ausencia de sacrílego agresor, se atendió á dilatar los términos de la provincia con nuevas colonias. Juan de Garay era uno de los sugetos de mas fondo que tenia la gobernacion del Rio de la Plata. Este caballero no se habia mezclado en los recientes disturbios, su nombre era glorioso por las hazañas militares y su persona respetable por la madurez, cordura y virtudes: digno en fin de que se le fiasen ochenta y seis compañeros para fundar una ciudad hácia la fortaleza de Sancti Espiritus, ó en otro lugar mas ventajoso.

Garay se dispuso para la empresa, y entrando al Paraná registró sus amenas riberas y frecuentes tributarios que le comunican sus aguas: entre los cuales el Quiloasa, su pechero por la márgen occidental, llenó mas el ánimo de Garay para plantear, en un llano despejado y apacible que ofrece, la ciudad á la cual llamó Santa Fé de la Vera Cruz. En sus contornos habitaban muchos indios, entre los cuales es memorable una nacion que acostumbraba desollar á los padres difuntos, aderezando sus pieles para conservar la memoria de sus antepasadas. Empadronáronse los indios, y se repartieron veinte y cinco mil, con tanto desinteres del capitan que no admitió preferencia al último de sus soldados.

Pero cuando Garay estaba en pacifica posesion del terreno, y los indios se habian confederado sínceramente, y al parecer nadie le podia inquietar ni disputar el derecho á Quiloasa y sus vecindades, á 19 de Setiembre tocó su gente á arrebato: indios, gritan sobresaltados, indios vienen. La conjuracion es universal, y ellos son tantos en número que inundan la campaña cuanto alcanza á descubrir la vista. Recogíose Garay con solos cuarenta á un bergantin, y ordenó al gaviero que registrára lo que era, ó podia ser. “Señor, respondió el observador desde la gavia, la conjuracion es cierta: los indios vienen armados, la campaña está iluminada de fuegos, señal convocatoria de guerra.”

Garay con breves palabras, puesto que no sufria dilacion la vecindad de los indios, encendió los suyos á la pelea, recordándoles sus proezas, y la debilidad del enemigo que multiplica gentes para magnificar la gloria de vencerlas. Aun no habia dado fin al razonamiento cuando el gaviero: “allí, dice, veo uno á caballo que persigue á los indios.” Suspensos todos con la novedad, gritaron que mirára bien lo que decia. El gaviero, mas pasmado que todos, empezó á gritar, que ya descubria seis, fatigando los enemigos y picándoles la retaguardia. Todos querian subir á la gavia para registrar personalmente el que imaginaban milagro: pero á pocos lances salieron de perplexidades con la llegada de los fugitivos que venian publicando ser españoles.

Recobróse Garay y su gente del pasmo que causaron los caballeros, y luego despachó un embajador que agradeciera en su nombre á aquellos caballeros la oportunidad del socorro en tiempo que tanto lo necesitaban. Con el embajador vinieron los castellanos, los cuales certificaron á Garay ser soldados de D. Gerónimo Luis de Cabrera enviados suyos para señalar puerto en el Rio de la Plata como ya lo habian ejecutado dos dias antes en el fuerte de Gaboto, agregando á su jurisdiccion todas las islas del rio. A poco rato D. Gerónimo Luis de Cabrera, ínclito fundador de Córdoba, se descubrió con lucido acompañamiento de milicia tucumana.

Garay le hizo urbano, pero forzado recibimiento, temiendo que se alzaria con el terreno. Efectivamente, eso queria Cabrera, y con modales corteses le requirió para que no se opusiera á sus designios. “Vasallos somos, le dice, de un Monarca, y á un mismo Señor obedecemos. No es justo convertir contra nosotros las armas que cargamos para vencer enemigos. Las islas del Paraná y el terreno en que estamos, mias son, pues acabo de conquistarlas. La ciudad que está en sus cimientos es de mi jurisdiccion, pues se halla en los límites de mi conquista: su gobierno y mando de hoy en adelante quedan agregados á la provincia de Tucuman. Y pues fué vuestro el trabajo de principiarla, sea también la gloria de llevarla á debida egecucion, pero con el reconocimiento de que la gobernais en “nombre del Rey y mio”.”

Garay se hallaba en la sazon con poca gente, y no le era posible contradecir al glorioso conquistador de Comechingones, liquidando á fuerza de armas su derecho al asiento de Gaboto, á las islas del Paraná y á la nueva ciudad de Santa Fé. El disimulo fué necesario y precisa la condescendencia, admitiendo la tenencia con protestas de fidelidad y de gobernarla en nombre del Rey y suyo. Satisfecho por ahora Cabrera tomó la vuelta de Córdoba, que estaba en los principios y necesitaba el fomento de su actividad para ponerla en estado de defensa contra el enemigo. Bien conoció Cabrera la poca sinceridad de Garay en su protesta: esto le movió á despachar á Nuflo de Aguilar para que Garay le entregára el gobierno de Santa Fé.

Garay que se hallaba con fuerzas superiores á las de Aguilar, le respondió que todo aquel territorio pertenecia á los conquistadores del Rio de la Plata, en cuya pacífica posesion contaban mas de cuarenta años. Aun no habia dado fin al razonamiento cuando descubrió por el rio Quiloasa tres canoas comandadas por Yamundú, cacique guaraní, enviado por el Adelantado Juan Ortiz de Zarate con pliegos para Garay. En ellos le hacia general del gobierno de la ciudad y su distrito, y le comunicaba un traslado de cédulas, en que Su Magestad le hacia merced de todas las ciudades levantadas por cualesquiera capitanes, doscientas leguas al sud del Rio de la Plata, con términos tan expresos que no admitian duda. Con esto se volvió Nuflo Aguilar, y los Cordobeses el siguiente año diputaron procuradores para ventilar en la Audiencia de Charcas su derecho á Santa Fé. Pero el sapientísimo senado declaró, que cuando un superior tribunal manda, el inferior obedece.

Así lo esperó Garay, el cual luego se puso en camino para socorrer al Adelantado Juan Ortiz de Zarate, que se hallaba en lances mortales. El habia tendido al viento las velas desde el puerto de San Lucar, año de 1572, con tres navios, una zabra y un patache. Los infortunios del mar fueron grandes, y mayores los de tierra. Al siguiente año, de arribada ganó la isla de Santa Catalina, tan falto de víveres, que de hambre morian por dia, de cuatro para ocho. Como la calamidad y miseria eran extremas, saltó en tierra el Adelantado con ochenta soldados para rescatar víveres entre los Guaranís, dejando por teniente de la armada á Pablo de Santiago, hombre por extremo justiciero, que egecutó en la gente de la armada grandes excesos de crueldad.

Cuando el Adelantado volvió de rescatar viveres, halló la isla de Santa Catalina llena de cadáveres, y que la armada se habia retirado. Continuó su navegacion en busca de ella al puerto de San Gabriel, cuyas vecindades estaban destinadas para última calamidad, y ruina casi total de la armada. Yapican, cacique Charrua, señor de aquella costa, entretuvo con arte á los españoles, mientras rescataba á Abuyabá su sobrino, prisionero de guerra del poder de los castellanos, suscribiendo facilmente á condiciones gravosas, que jamas cumplió por satisfacer sus deseos de vengaza. Los primeros que experimentaron los efectos de su indignacion fueron algunos soldados, que saliendo á forrage, cercados de Charruas, murieron á sus manos: algunos quedaron prisioneros, entre los cuales un Cristoval Altamirano, noble extremeño, de quien en otra parte se hará mencion. Dos eludieron el peligro con la lijereza de los pies, llevando la triste noticia al Adelantado.

Para castigar al bárbaro Charrua, se destacaron dos compañías de soldados á cargo de un capitan. Encontrados con el enemigo tiñeron en su sangre la campaña; pero fatigados de vencer, murieron á lado de sus víctimas.

No hubo en adelante quien resistiera á Zarate, que siguió su camino con gran tranquilidad. Uno de sus soldados por nombre Carballo, se internó solo á los montes, y se encontró con Yandubayú, cacique guaraní y valeroso, que galanteaba á Liropeya, india sobre hermosa, discreta. Carballo no quizo malograr el encuentro, sin adquirir gloria de esforzado, y tiró un bote de lanza á Yandubayú, el cual divertió el golpe, y cogiendo el brazo de Carballo, intentó quitarsela. La contienda fué reñida y ruidosa, y tanto que Liropeya oyó el combate, y salió de su chozuela para dispartir los combatientes. Carballo revolvió curiosamente los ojos á la india, y prendado de ella, por ser único pretendiente, mató á Yandubayú en presencia de su querida.

Era este lance muy sensible para un corazon amante. La india se desmayó: pero recobrada, con tristes lágrimas rogó á Carballo no dejára sin enterrar el cadáver. Como Carballo ya la amaba, le manifestó condescendencia, lisonjeándola con agradables oficios para ganarle la voluntad. Pero desceñida la espada para abrir el hoyo, la tomó Liropeya, y recostándose sobre la punta: “¡Abre, le dice, para los dos sepultura, y cubre á Lyropeya con la tierra que oculta á Yandubayú!” Dijo, y echandose con todo el peso de su cuerpo sobre la espada, finó victima de su amor desciado.

Pasó Garay en demanda del Adelantado á la isla de Martin Garcia, y porque el sitio no se tuvo á propósito para el establecimiento de ciudad, se acordó fundar sobre San Salvador, y que Melgarejo y Garay lleváran por delante las mugeres y niños. Los dos capitanes subieron Rio de la Plata arriba, y despartidos de una tormenta, Melgarejo libró con felicidad, y Garay casi pereció náufrago con toda su gente. Al fin ganó tierra, y entró en mayor peligro: porque Yapican con su ejército, repartido en siete escuadrones, se descubrió que caminaba hácia los náufragos españoles. A los cuales Garay: “Amigos, dice, aquí no resta otra cosa que morir ó vencer: peleemos con valor y la victoria esperemos de Dios.” Y llamando en su ayuda al glorioso Santiago, cerró con el enemigo, y rompió el primer escuadron que contaría setecientos Charruas. La caballería (doce eran los caballos) rompió los demas escuadrones, con mucho destrozo de infieles.

El valeroso Antonio Leiva, y el bravo Menialvo se estrecharon con Abuyabá y Tabobá, jóvenes intrépidos y de grandes fuerzas. Abuyabá después de recibir un fuerte golpe, se aferró á la lanza de Leiva con tanta porfia y tenacidad que temió perderla su dueño. Acudió al socorro Menialvo, y metiéndole hasta el corazon la espada, lo derribó muerto á sus pies. Leiva trabó el naso á Tabobá que venia á arrojarse sobre él, y le traspasó el vientre, cayendo hierto cadáver en el suelo. Quizo Yapican vengar la muerte de sus dos mas esforzados capitanes; pero le previno Menialvo con un golpe de lanza que le privó de la vida.

Añahualpo, indio agigantado y de fuerza á correspondencia, se estrelló con Juan Vizcaino, y este de un golpe postró aquel gigante en el suelo. Sobrevino á la venganza Yandianoca, indio de fama y estimado por sus hazañas; pero Vizcaino le preocupó con la lanza. Todos obraron prodígios de valentía.

Al siguiente dia se juntó Garay á Melgarejo sobre el rio de San Salvador, y mientras Garay levantaba barracas de fagína y tierra contra las invasiones del enemigo, partió Melgarejo á transportar al Adelantado con su gente. Venido Zarate, principió una ciudad que intituló San Salvador, sobre la embocadura del rio de este nombre: la cual se despobló por las invasiones de los Charruas, en 1576. Era el Adelantado sugeto caprichoso, enemigo de admitir consejo, y de poca disposicion en tomar á tiempo las providencias necesarias para mantener una ciudad que vivia á merced de amigos inconstantes: con lo cual á todos se hizo aborrecible, y solo halló sequito en algunos confidentes que se prometian mejora de fortuna con el oficio de adulones.

De San Salvador pasó el Adelantado á la Asumpcion, donde malquistado con los conquistadores, se apoderó en tanto grado de él la tristeza, considerándose odiado de todos, que derramándose el humor melancólico por todo el cuerpo, murió á los pocos meses en el año de 1575. El Adelantazgo del Rio de la Plata transfirió en una hija que tenia en Chuquisaca, llamada D.ª Juana Ortiz de Zarate, dejándole por tutor á Juan de Garay. Con el gobierno interino quedó Diego Mendieta, sobrino suyo; jóven bullicioso, de procederes indecorosos y costumbres perdidas: tan desenvuelto en lascivias, como impio en tiranias. No son para relatarse los estravios de este hombre: llámelo quien quisiere un Neron por lo cruel, y un Heliogábalo por lo deshonesto:—aborto de los que rara vez produce la naturaleza para escándalo de los mortales. En poco tiempo llenó siglos de maldad, y preso por los Santafecinos, y despachado á la corte, arribó al Mbiaza, donde muerto por los naturales, fué enterrado en sus vientres.


§. XII.

GOBIERNO DE D. JUAN DE GARAY.

1576-1584.

Mientras que Mendieta era remitido á la corte, llegó Juan de Garay de Chuquisaca, á donde habia caminado por dependencias de D.ª Juana Ortiz de Zarate, á la cual casó con el licenciado Juan Torres de Vera y Aragon, Oidor de aquella real Audiencia, en quien recayó el gobierno de la provincia, y título de Adelantado. El primer egercicio de su empleo fué nombrar á Garay teniente del Rio de la Plata, y despacharle con brevedad para continuar la conquista, y levantar poblaciones para enfrenar los infieles. Fué Garay recibido al gobierno con universal aplauso, especialmente cuando le admiraron tan solícito de los progresos de la provincia, que luego señaló á Melgarejo para levantar una poblacion en Guayra, en un sitio que tenia fama de opulento.

Melgarejo la planteó á dos leguas al oriente del Paraná, y la llamó Villa Rica del Espíritu Santo: y porque la pobreza del sitio se correspondia al esplendor del nombre, la trasladó poco despues sobre el Huybay, cerca de la embocadura del Curumbatay. El P. Maciel de Lorenzana asegura que tenia en sus vecindades trescientos mil indios, de los cuales, añade, que por los años de 1622 no se conservaba la sexta parte. Pero número tan excesivo hizo poca resistencia y fácilmente ofreció vasallage y tributo al capitan Melgarejo. Mientras él daba ser á la villa, Garay concluyó felizmente una accion gloriosa en las vecindades de la Asumpcion.

Obera, cacique ofuscado con el lustre de su nombre que significa resplandor, se preconizaba entre los suyos deidad, y profanaba los sagrados misterios, atribuyéndose el oficio de Redentor de la nacion guaraní, cuya salvacion y libertad habia de obrar, llamando en su ayuda á los rayos del cielo, confundiendo los elementos y provocando todas las criaturas para el exterminio del español. Añadia que se habia dado por coadyutor en el empleo á Guizaro, hijo suyo, con potestad suprema sobre rayos, pestes, inundaciones y plagas; y especialmente sobre un cometa que se descubrió esos dias, y lo tenia reservado para su tiempo. Se hacia tributar adoraciones y quemar inciensos, sirviéndose en los profanos ministerios de sacerdotisas, con las cuales tenia comercio escandaloso, solazándose en bailes y cantares, persuadiendo á todos que la puerta para merecer su gracia era la desenvoltura.

Obera dijo tales cosas, y prometió á los suyos con tanta certeza la victoria, que los indios vecinos á la Asumpcion, los del rio Paraguay arriba y los del Paraná se conjuraron contra el español. Súpolo Juan de Garay, y despachando aviso á Guayra y Villa Rica para prevenir sus pueblos á la defensa, salió con ciento y treinta valerosos soldados á cortar el socorro que del Paraguay arriba podia venirle al enemigo, sentando sus reales sobre el nacimiento del Ipané. A breve rato se descubrieron Pitum y Corazí, llenos de orgullo y arrogancia, enviados de su cacique, para dar muestra del valor guaraní, peleando cuerpo á cuerpo con dos del egército español. Venian desnudos, trayendo dardos en las manos: arma que se compone de un palo largo, cuyo remate es en punta que suple bastantemente la falta de mojarras. Es arma arrojadiza, y algunas naciones acostumbran cobrarla con un cordel que atan hácia la empuñadura, y la manejan á diestra y siniestra sobre el juego del brazo, despidiéndola con tanto impulso, que á veces traspasa de parte á parte el ginete, y le cose contra el arzon de la silla.

Presentados Pitum y Corazí delante del ejército español, Juan Fernandez Enciso y Espeluca, valerosos soldados con espada y rodela, salieron al encuentro. Pitum acometió con denuedo á Enciso, jugando con destreza el dardo: rompió por diversas partes la rodela de Enciso, á quien fatigaba con su ligereza, llamando á todas partes el cuidado de repararse. Enciso le cogió el dardo y le hizo pedazos, cuando Pitum trataba prevenir á su antagonista en la misma accion de romperle el dardo. Enciso le tiró á la cabeza un golpe, y errándole, con venturoso acierto le segó un brazo. Corazí entretanto de un bote de dardo derribó á Espeluca: pero estrivando este sobre las rodillas, le cortó de un tajo la megilla. El bárbaro resistió con valor, hasta que viendo huir á Pitum, le acompañó en la fuga, y llegados á los suyos, publicaron que los españoles eran invencibles.

Al siguiente dia se encaminó Garay al Yaguarí, y sugetó cuatro pueblos, pasando á sangre y fuego cuanto halló en ellos. Entretanto Guizaro, que era el general de Obera, se atrincheró sobre el Ipané, esperando que el Cielo arrojaria rayos contra los españoles.

Trabóse entre los dos campos una muy reñida batalla, que decidió brevemente Juan Fernandez Enciso, el cual acertó con tanta fortuna el arcabuz á Guizaro, que metiéndole por la frente la bala, lo derribó en el suelo, postrando con su muerte las esperanzas del enemigo.

Yaguatatí salió á vengar la muerte de Guizaro, y entró por el campo español hiriendo algunos: pero fatigado de Martin Valderrama y Juan Osuna, se metió el dardo por el pecho, homicida de sí mismo. Siguióse el alcance se destruyeron algunas compañías, é hicieron algunos prisioneros, y entre ellos el sumo sacerdote de Obera, que ocupaba sus infames manos en llevar el santo madero de la cruz, insignia de nuestra redencion con que Obera prometió libertar la nacion guaraní. No se pudo coger á Obera, pero se consiguió hacer memorable el año de 1578 y principios de 79 con una victoria, que ensalzó las armas españolas y desengañó á los Guaranis.

Los excesos de Aguirre gobernador del Tucuman eran exorbitantes, y pedian remedio egecutivo. No conserva el tiempo las particularidades de sus extravios: pero en términos universales tiene memoria de atentados escandalosos que debian atajarse prontamente. Esa comision fió el virey de Lima á D. Pedro Arana, caballero autorizado por su cristiandad y prudencia. El inquirió sobre los delitos de Aguirre, y hallando que no eran voces sin fundamento, aprisionó al delincuente, y preso lo llevó á Lima, ciudad de los Reyes. Casi tres años corrieron en liquidar su causa: tiempo verdaderamente prolongado para correr plaza de culpado, pero breve para ser absuelto de los graves delitos que se le imputaban.

Con el gobierno interino quedó Nicolas Carrizo, antiguo conquistador, y aunque no adelantó los términos de la provincia con nuevas conquistas, conservó en tranquilidad los ánimos bulliciosos de los conquistadores. Por Julio de 1572, entró en la provincia con título de gobernador D. Gerónimo Luis de Cabrera, caballero sevillano, el cual juntaba un agregado singular de calidades tan sobresalientes que acaso la América no se podria gloriar de otro que le igualára. Nobleza que le emparentaba con las principales casas de España, valor, fidelidad, discrecion y prudencia, sobre un fondo sólido de costumbres arregladas y cristianas. Habia conquistado á Pisco, Ica y la Nasca, fundado con su caudal la ciudad de Santiago de Valverde en el valle de Ica; y egercitado noblemente el oficio de Corregidor y Justicia mayor en la provincia de Charcas, y villa imperial de Potosí.

En su compañia vinieron algunos caballeros de distincion, D. Lorenzo Suarez de Figueroa de la casa de Feria, gobernador despues de Santa Cruz de la Sierra; Tristan de Tejeda, célebre por la entrada al Marañon en compañia de Juan Salinas, y mucho mas por la entrada al descubrimiento del Dorado, Barbacoas v Amazonas: Gerónimo Bustamante, que habia ocupado puestos honoríficos en el Perú, de quien son ramos los Arballos de esta provincia, con otros nobles caballeros distinguidos por sus méritos y servicios en utilidad de la monarquia.

El nuevo Gobernador se aplicó con desvelo al establecimiento de las ciudades que necesitaban reparo; y puso la mira en el territorio de los Comechingones, cuna destinada de generacion en generacion, hasta el dia de hoy, para sus legítimos descendientes. Antes de cumplido el año, puso en egecucion su idea, sacando de Talavera, San Miguel y Santiago cien soldados, y con ellos sin memorable suceso llegó á un sitio que se llamaba Quisquizacat, al sur del río Zuquia, conocido al presente con el nombre de Pucará, al oriente de la sierra, y en él planteó la nueva poblacion, en seis de Julio de 1573, y la llamó Córdoba la Llana, y á la provincia denominó la Nueva Andalucía.

La ciudad está en bajo, goza temperamento saludable y hermoso cielo. Destemplan su benignidad los sures y nortes que la combaten, alterando tanto la atmósfera, que de una hora para otra se observan las dos estaciones de invierno y verano. Cércanla por la banda del poniente altas serranias, que enlazan por el sud y norte con las cordilleras chilena y peruana.

Despues de levantado un fuerte para presidiar la nueva ciudad, pasó al descubrimiento del Rio de la Plata, y tuvo el encuentro con Garay que referimos en parte: pretendiendo inútilmente adjudicar á su distrito el asiento de Gaboto y Corinda, que al presente se dice Coronda, con las islas del Paraná y tierras adyacentes. Tomó la vuelta por el camino de la sierra, habitacion de los Comechingones: los sugetó, y estableció poblaciones en Talamochita, hoy Calamochita, Charavá, Izacate y Quilloamirá. Segun algunos, en la sierra y valles intermedios llegó el padron á sesenta mil: de los cuales algunas parcialidades se destinaron para las obras públicas de edificios, acequias y beneficios de huertas, que antiguamente hermoseaban la llanura del valle, jardin entonces delicioso, y en nuestros tiempos tristísimo erial.

Fomentando la ciudad de Córdoba, se hallaba Cabrera con pensamientos de reedificar la de Nieva en el valle de Xibixibe, cuando le vino sucesor en Gonzalo Abreu Figueroa, caballero sevillano electo gobernador el año de 1570. No sabemos la causa de su demora, pero sí que llegó prevenido contra su glorioso antecesor, y desde luego trató de prenderle. Variamente se discurre sobre el orígen de los disgustos de Abreu con Cabrera: intervienen en este punto las confusiones históricas que ordinariamente exageran las cuestiones odiosas. Los fautores de Abreu echan la culpa á Cabrera: los protectores de este liquidan con mejores fundamentos sus procederes. Mas á mí ver el orígen de las prevenciones de Abreu está claro, y es como se sigue.

Dos reales Oidores de la Audiencia de Chuquisaca, ministros que debieran ser de fidelidad á su monarca, maquinaban deservicios á la corona. Era la egecucion de sus ideas dificil, y necesitaba el poderoso brazo de Cabrera para allanar las dificultades, y la sombra de su autoridad para cobijarse. Tentaron con mensageros y cartas su fidelidad, y como Cabrera era fidelísimo al Rey, les afeó sus intentos con tal entereza y constancia, que no solo quedaron persuadidos que jamas consentiría con ellos, sino recelosos que descubriria sus pensamientos, y no pudiendo hacerle cómplice en la egecucion, le temieron por sabedor de sus consejos.

Con estos temores y sobresaltos se hallaban cuando Gonzalo Abreu atravesó por Chuquisaca para Tucuman. Trataron de ganarle la voluntad, y ganada, le inspiraron tales especies contra Cabrera que resolvió anonadarle. Entró Abreu en Chuquisaca, ejemplar de rectitud y prudencia, y salió monstruo de tiranía y crueldades. Nadie diría que este caballero era el que Felipe II proveyó al gobierno de Tucuman. Entró en la provincia con aparatos de guerra, publicando que estaba alzada por el mal gobierno de Cabrera, y que al bien público convenía quitar de delante aquel traidor al rey y perturbador de la provincia. Es increíble la presteza con que aceleró Abreu las marchas para sorprender inopinadamente á Cabrera en Córdoba. Se hizo dueño de los caminos, y adelantó corredores para cortar el paso á los mensageros. Avanzó él mismo tanto en las jornadas y con tanto secreto, que entonces supo Cabrera la venida de Abreu cuando le vió en Córdoba, y se halló en prisiones. Al tercer dia lo despachó preso á Santiago, y substanciado maliciosamente la causa, fué muerto por traidor, mejor diré, por traidores al rey. Unos dicen que le mandó dar garrote en un poste de su cama, otros que le hizo degollar: pues de cualquiera manera que haya sucedido, su muerte fué sentida en la provincia, especialmente en Córdoba que siempre le miró como padre y fundador, y se honra con la nobleza de su prosapia que se conserva en sus descendientes.

No se sabe con que fundamento D. Fernando Pizarro y Orellana, en su tomo de Varones Ilustres del Nuevo Mundo, descubrió causa que justificára la muerte de D. Gerónimo Cabrera. Pero á este autor hace atropellar con la verdad el empeño de purgar á Gonzalo Pizarro de la nota de traidor: defendiendo la inocencia de este con la traicion que acumula á aquel, cuya fidelidad testifican antiguos instrumentos y escritores. El libro de la fundacion de Córdoba del año de 1574 habla honorificamente de su fundador, en un informe que hace al Sr. Felipe II sobre los méritos, fidelidad y servicios de D. Gerónimo Luis de Cabrera.

El P. Juan Pastor, diligentísimo en averiguar antiguedades, informándose verbalmente de testigos fidedignos, descubrió mucha malignidad en Abreu, y constante fidelidad en Cabrera. Y lo que es mas, el Sr. Felipe II, registradas las originales cartas de loa oidores, que presentó D.ª Luisa Mariel de los Rios, su nobilísima consorte, declaró la inocencia de D. Gerónimo, castigando con merecida pena á los Oidores.

No se estrelló solamente Abreu con su antecesor Cabrera, se malquistó tambien con los principales, tratándoles con desaire y modales poco dignos de sus méritos y servicios. A muchos puso á cuestion de tormento, con tanto rigor y tiranía, que antes querian morir que experimentar su impía crueldad. Dió en acompañarse con díscolos, sugetos de ningunas obligaciones, hombres sin Dios ni conciencia, que solo son á propósito para conmover los humores de la república. En manos de estos puso el gobierno de la provincia; y como ellos eran perdidos, le perdieron á él y á Tucuman, que se vió en angustias de muerte.

Córdoba, monumento honorífico de su antecesor, cuya memoria es gloriosa en la provincia, se vió próxima á fatal disolucion. Y aunque en manos del médico estaba sanarla, reanimando los espirítus de los primeros pobladores, que con varios pretextos extraia para otras partes, solo atendia á debilitar mas su vigor con nuevas extracciones. Pero la defendió con fortuna y valor el ínclito Tristan de Tejeda. Mas fatales consecuencias experimentó la ciudad de Nieva que principiaba el capitan Pedro Zarate, al cual ordenó Abreu que saliera con gente á catear las minas de Linlin en el valle de Calchaquí, prometiéndole entrar á partir las ganancias. Escusóse Zarate con razones aparentes, pero insistiendo el Gobernador en llamarle para Santiago, obedeció, dejando pocos presidiarios para reparo de la nueva poblacion: sobre la cual dieron los bárbaros, y á todos mataron, menos tres ó cuatro que eludieron el peligro con la fuga.

Dícese que Abreu llevaba pesadamente la fundacion de esta ciudad, porque estando en el paso del Perú, facilitaba el tránsito á los informes que se podían remitir contra él al Virey y la Audiencia. Efectivamente, por sus confidentes preocupó los caminos y embarazó el comercio epistolar. Al paso que temia el juzgado de tribunales superiores, publicaba privilegio de excepcion, que le sustraia de la autoridad del Virey y de la Audiencia, por ser electo Gobernador por el Rey. Esto mismo pregonaba su Maestre de Campo, Sebastian Perez, hombre de ínfima suerte, arrogante y presumido, el cual repetia con aire: que en causas del Gobernador solo el Rey entendia, y no los tribunales inferiores. Un dia dijo: “si algun oidor llega por acá, y V. S. me dá dos dedos de papel, saldré al camino, y lo arrimaré á un palo; y esté cierto V. S. que gobernará la provincia á pesar de la Audiencia; por ser Gobernador nombrado por el Rey.”

Estas eran las cantinelas que repetian con desenvoltura sus aliados, los cuales impunemente se arrojaban á toda iniquidad, cobijados de sombra tan maligna. Los eclesiásticos y algunos religiosos se ausentaron de la provincia. Muchos nobles y celosos pobladores se refugíaron al Perú, ó salieron á sus alquerias, temiendo la íra vengadora del furioso Gobernador. El mando y gobierno recayó en los fautores de Abreu, haciendo escala para el ascenso, del arrojo y temeridad. Las ciudades se hallaban sin guarnicion: los indios se alzaban por momentos; todo conspiraba á la ruina de la provincia, y mas que todos, el mismo Gobernador, con el descubrimiento que intentó de la Trapalanda.

Trapalanda es provincia al parecer imaginaria, situada hácia el estrecho de Magallanes, ó por lo menos en la region magallánica, en cuyos términos ponen algunos la ciudad ó ciudades de Césares, por otro nombre Patagones. Desde el principio esta fábula tomó cuerpo, á pesar de hombres juiciosos, y se divulgaron particularidades que caracterizaban plausiblemente la nacion. Hacíanlos cristianos de profesion, con iglesias y baptisterios, imitadores de nuestras ceremonias y costumbres.

Hácia los últimos años del siglo pasado se confirmó con la narracion de uno que decia haber estado en la ciudad de los Césares, hablado y comunicado con ellos. Hacia galana descripcion de la ciudad, y la pintaba hermosa como Sevilla, opulenta en plata, oro, pedrerias y otras preciosidades estimables. Los habitadores en color y modales imitaban á los europeos, de quienes procedian. El autor tuvo la fortuna de hablarles, pero con tanta desgracia suya, que solo entendió estas cláusulas: Nos Dios tener, Papa querer, Rey saber: Palabras fueron estas que llenaron estas provincias; que se oyeron en los reales estrados, en el reinado del Sr. Carlos II, y que dieron motivo para algunas cédulas.

Los eruditos en historias discurren que serian descendientes de los españoles, que naufragaron en el Estrecho, de la Armada de D. Gutierrez Caravajal, obispo de Placencia. Una pieza, que ó por su antiguedad ó por rara conservan los herederos de D. Gerónimo Luis de Cabrera, confirma este sentir. Ella es un testimonio de Pedro Oviedo y Antonio Cobo, marineros del navio náufrago de dicha Armada, moradores algun tiempo de la ciudad de los Césares, pero fugitivos de ella por no sé qué delito. Parece que la curiosidad no puede desear comprobacion mas auténtica de sus discursos. Hay quien oyó las campanas: hay quien comunicó y vió á los Césares: hay finalmente quien asistió á la fundacion de la ciudad y habitó muchos años en ella.

No obstante esto, hay mucho que dudar y examinar. El rumor, primero en las historias índicas, que corrió entre los soldados de Aguirre, desmereció la aprobacion de su capitan, el cual tuvo el mayor incentivo de gloria que hombre cualquiera: pues cuando los mas capitanes se podian gloriar de conquistadores de indios, él podia gloriarse de conquistador de Césares. Este motivo, á la verdad poderoso, no le estimuló á la conquista, desengañado con la incompatibilidad de circunstancias que se discurrian para hacer creible la historia. Estos Césares desde el principio se publicaron por náufragos de la armada de D. Gutierrez de Caravajal, y en poco mas de veinte años que corrieron desde el naufragio hasta la entrada de Aguirre á los Comechingones, les crecieron tanto los pies, que desde entonces se llamaron Patagones.

A proporcion fué grande su fortuna. Césares eran en el nombre, y Césares los describian en magnificencia, soberanía y riquezas: levantados de la mayor desgracia á la mayor opulencia y felicidad que pudo idear la fantasía mas alegre. La significacion que se daba al nombre Trapalanda no ha llegado á mi noticia: pero es creible que se conformaria con la de Césares y Patagones. Esta esplicacion de nombres, habida por señas de los Comechingones, fué de tan poca solidez para Aguirre, que no se sintió movido á emprender la conquista: su milicia lo llevó pesadamente, ó fingió que lo llevaba por antiguos sentimientos con él, y para vengarse de su capitan, le aprisionaron ignominiosamente, coloreando la accion con el motivo de haber malogrado una conquista que felicitaría la provincia.

A este fin se ponderaban mucho, y explicaban galanamente los nombres, de Césares, Patagones y Trapalandistas, y como trascendian la causa de Aguirre, pasaron con el reo á la audiencia de Chuquisaca. No extrañó el integerrimo tribunal ver en prisiones al general tucumano, sino lo peregrino de la causa y la rara novedad de tantos nombres. No obstante el real senado descubrió poco fondo en las ponderaciones de los autores, y calificó prudente la resolucion de Aguirre.

Entretanto la voz del vulgo tomó alas, y de unos años en otros se dilató la fama con novedad de sucesos. Decíase que se habian oido campanas, y conjeturaron que eran de los Césares, que los Césares tenian iglesias, que las iglesias tenian torres, que las torres tenian campanas, y que las campanas se tenian para recoger el pueblo á los sagrados misterios. Raro complexo de predicciones para unos profetas, que hallándose en las vecindades de los Césares, no pudieron atinar con su morada.

Mas afortunado fué el que en el reynado de Carlos II estuvo en Trapalanda: habló y comunicó con los Césares, y para hacer creible la narracion, historió prolijamente las circunstancias de su arribo. A los diez y seis años de su edad navegaba hácia el Estrecho de Magallanes en una armada holandesa, la cual ancoró en un rio para llenar de agua las vasijas. Nuestro jóven con algunos compañeros se internó tierra adentro á coger palmitos, y tuvo la desgracia de ser sorprendido por cuatro mil indios que discurrian por allí. En la desgracia de su cautiverio consistió la felicidad de pasar á los Césares, á los cuales fué presentado, y ellos agasajaron al huesped, reconociendo en él un vivo retrato de sus ascendientes. Bien es creible que los Césares le retuvieran consigo. Mas no sucedió así, porque le dejaron ir con guias de la ciudad á la ribera, donde todavia ancoraba la armada.

La relacion está circunstanciada de particularidades reparables. Los pocos años del historiador: la casualidad de internarse á recoger palmitos en el terreno que pocos años hace se ha reconocido infructifero: el acaso de ser cautivado y ser presentado á los Césares, cuyo principal desvelo, segun algunas relaciones, es no permitir acceso de extrangeros á la isla, ni comunicar con nacion alguna: el haber sido llevado desde los cincuenta y un grados, hasta los cuarenta y dos, en que situan la ciudad de los Césares, y vuelto á encontrar á la armada demorada tanto tiempo en corrientes tan impetuosas. Circunstancias á primera faz increibles, dignas de la crítica moderna. Ni tiene mas fuerza la relacion de Oviedo y Cobo, marineros: injiérense en ellas falsedades contra la fé de las historias; y es verosimil que la fingió algun ocioso, y para hacer creible la novela, se la atribuyó á los dos marineros fugitivos de la ciudad de los Césares, publicando que la habia hallado entre los papeles del licenciado Altamirano ya difunto. Mas es digno de repararse que los sobre dichos Oviedo y Cobo vivieron algunos años en la Concepcion de Chile en casa del licenciado Altamirano, como consta de dicha relacion: mientras vivieron, se guardó silencio tan profundo que no se divulgó la menor noticia en el reyno de Chile, ni al licenciado Altamirano se le cayó palabra de cosa tan memorable. Esperóse á que murieran los tres para hacer hablar, á los unos por relaciones archivadas, y manifestar el otro el tesoro de noticias que ocultaba entre sus papeles.

Convencidos los fundamentos opuestos, añadimos recientes noticias. El bolson de tierra que forman el Cabo de las Vírgenes y Valdivia, Cabo Blanco y reyno de Chile, está muy trasegado de los Puelches, Peguenches, Pampas y Tehuelchos: con los cuales no han omitido diligencia los misioneros jesuitas de los Pampas para introducir la fé á los Césares. Pero sus diligencias no han producido otro efecto que persuadirse, se hallan falsedades entronizadas sin oposicion en el sólio de la verdad. El Padre Matias Estrovel, operario infatigable en la viña del Señor, y misionero de los Pampas, en carta de 20 de Noviembre de 1742 dice: de la nacion de los Césares no he podido averiguar cosa alguna. Lo mismo insinuan otros misioneros, y así me persuado, que Césares tan circunstanciados son entes imaginarios, que hizo existentes el vulgo con ficciones y novelas.

Como la noticia de los Césares tuvo orígen entre la milicia tucumana que se inclinó desde el principio á la conquista, concurrió gustosa al llamamiento del gobernador Abreu que la convocó para la jornada de Trapalanda. Hallábase ya el ejercito en el acampamento de Monogasta, cuando le llegó noticia que los indios de los llanos y sierras de Calchaquí, levantados por Gualan, tenian cercada la ciudad de San Miguel, y fatigaban con asaltos á los sitiados. Entonces Abreu abrió los ojos para conocer el peligro de la provincia, y desistiendo de la jornada envió socorro para levantar el cerco.

Cuando llegó este, el capitan Gaspar de Medina habia librado la ciudad. Porque rota por el enemigo la palizada que reparaba la poblacion, y pegado fuego de noche á las casas pajizas, despertó Medina, y con nueve que se le juntaron mató muchos enemigos con su caudillo Gualan, y á los demas puso en fuga.

En otras ciudades se experimentaban peligros semejantes por el mal gobierno de Abreu, porque cuando está débil la cabeza se debilitan y arruinan los demas miembros.

Por este tiempo se erigió el obispado del Tucuman. Algunos lo adelantan sin fundamento al año de 1570. Verdad es que fueron provistos para Tucuman el Ilmo. D. Fr. Gerónimo Villacarrillo y D. Fr. Gerónimo Albornoz, ambos comisarios generales de la religion seráfica; pero prevenidos de la muerte, fallecieron antes de erigir el obispado. El Ilmo. Fray Francisco de Victoria, lustre singular del órden de Predicadores, hijo de la provincia de Lima, varon piadosísimo, y de singular devocion como le llama San Pio Quinto, procurador en Corte por las provincias de Indias por eleccion de Gregorio XIII, erigió el obispado de Tucuman. No consta el año de la ereccion; pero ciertamente no fué anterior al año de 1578, y me persuado que fué en 1579, pues la cédula de merced se expedió á 28 de Diciembre de 1578.

Luego que el capitan Juan de Garay destrozó el egército de Obera, sobre el Ipané, con muerte de Guizaro, se restituyó triunfante á la Asumpcion, cargado de prisioneros, único despojo de la victoria. Era ya el año de 1579, y en el siguiente de 80 señaló á Rui Diaz Melgarejo con sesenta soldados para levantar una colonia en el territorio de los Nuarás, gente pacífica que usaban dialecto diferente del guaraní, con alguna diversidad de rios y costumbres. Habitaban amenas y deliciosas campiñas, las cuales desde entonces hasta el dia de hoy se llaman Campos de Xerez, pobladas de hermosos pastales, para mantener crias de ganados.

En este sitio puso los fundamentos de la ciudad de Santiago de Xerez el capitan Melgarejo, sobre una loma despejada que domina al Mbotetey, rio medianamente caudaloso, tributario del Paraguay, sobre la márgen oriental, en altura de poco mas de diez y nueve grados. No subsistió mucho tiempo por las invasiones de los Guatos, Guapís, Guanchas y Guetús, naciones que habitaban los confines que median entre la cordillera y la costa oriental del Paraguay, tirando al norte. Pero no muchos años despues la restableció Rui Diaz de Guzman, autor de la Argentina.

El mismo año se reedificó la ciudad de Santa María, puerto de Buenos Aires, tantas veces empezada y oprimida en su nacimiento. Juan de Garay, no fiando á otro la fundacion, bajó personalmente por el rio Paraguay al de la Plata, y en una barranca que domina aquel gran rio, dió principio á la reedificacion, llamándola Ciudad de la Santísima Trinidad, Puerto de Santa María de Buenos Aires. Esta, que en su primera infancia cuenta solos sesenta pobladores, con el tiempo será cabeza de provincia, una de las mayores ciudades de América, y uno de los puertos mas frecuentados y apetecidos de las naciones, por la utilidad del comercio.

Por ahora los Querandís, habitadores del país, se alteraron con la vecindad del español, y convocadas sus milicias y las de los aliados, secretamente se avecinaban á las ciudad para sorprender á los porteños. Entre los indios se hallaba Cristobal Altamirano, aquel noble extremeño, de que digimos que quedó prisionero de los Charruas, y al presente lo era de los Querandís, del cual se valió Dios para descubrir los intentos del enemigo. Porque compadecido de los españoles, escribió con carbon un billete, y asegurado dentro de un calabazo, fió el depósito á la corriente del riachuelo que corre al sur de la ciudad. El lo encomendó á las aguas; Dios lo guió, y recibido de Garay se enteró del contenido y previno para esperar al enemigo. El cual estaba tan inmediato, que al siguiente dia arrimó sus tropas y presentó la batalla. Peleóse de entrambas partes con obstinacion: los infieles arrojaban mechones de paja atados á las flechas, y pusieron en confusion á los españoles, que tenían que atender á las flechas que herian y á los mechones que abrasaban. Entretanto las tiendas y pabellones de algodon y cañamazo ardian á su vista, y no se podia remediar el daño. El aprieto fué á la verdad grande, y venciéra el enemigo, si el valiente Juan Fernandez Enciso no entrára espada en mano entre los infieles, y con ella cortára la cabeza al comandante Querandí.

Muerto el general, que es alma del ejército, los enemigos huyeron precipitadamente, y se les siguió el alcance muchas leguas, con tanto destrozo y mortandad de infieles, que vuelto á Garay un soldado:—“Señor General, le dijo, si la matanza es tan grande ¿quien quedará para nuestro servicio?—Ea, dejadme, respondió Garay, que esta es la primera batalla, y si en ella los humillamos, tendremos quien con rendimiento acuda á nuestro servicio.” Fué el fin de esta victoria y destrozo del enemigo en el sitio que desde entonces hasta hoy se llama el Pago de la Matanza. Ahuyentados los indios, y obligados á pedir la paz, se aplicó el General Garay á edificar la ciudad, fomentando con su presencia y direccion las obras.

Por este tiempo, aunque no se sabe con certidumbre el año, se rebeló contra su fundador la ciudad de Santa Fé. Eran cabezas del motin Lázaro Venialbo, Pedro Gallego, Diego Ruiz, Romero, Leiva, Villalta y Mosquera, grandes fabricadores de enredos. Como penetraron la dificultad de prevalecer contra Garay, procuraron ganar para sí á su mayor enemigo, Gonzalo Abreu, Gobernador de Tucuman, sugeto bullicioso con demasia, que tenia sentimientos antiguos contra Garay; y le ofrecieron la ciudad, si con gente fomentaba sus intentos: y aunque no consta la intencion de Abreu, se carteaba con los rebeldes, y se dice que escondia su correspondencia.

Los amotinados agitaron el negocio, y lo pusieron en sazon de lograr sus disposiciones. A hora señalada de la noche prendieron al teniente alcalde Olivera, y al capitan Alonso de Vera, llamado, por su mal gesto, cara de perro. El gobierno de las armas dieron á Lázaro Venialbo, y el cargo de teniente á Cristoval de Arevalo, el cual seguia con violencia el partido de los amotinados, y logró brevemente oportunidad de encontrarse con el nuevo Gobernanador de armas, y de restituir el baston al legitimo poseedor. El tentó el vado, y asegurados algunos confidentes, hombres de resolucion, aprisionó las cabezas del motin, y repuso en sus puestos al teniente y al alcalde. Sosegado el tumulto, las cosas corrieron pacificamente por su antiguo camino.

Tres años se detuvo Garay en el Puerto, metiendo calor á los arquitectos en los edificios, y atemorizando con su valor y fama á los infieles. Al cuarto año dejó el gobierno de la ciudad á Rodrigo Ortiz de Zarate, y salió camino de la Asumpcion para visitar la provincia. Acompañaban su general algunos vecinos de la Asumpcion, con sus consortes que se restituian á sus casas. Una noche saltó en tierra con su comitiva y recostados á dormir los españoles, el cacique Manuá, traidor disimulado, se acercó con ciento y cincuenta jóvenes y dió muerte á Garay y á cuantos le acompañaban. Perdió la provincia en Garay una gran cabeza para el gobierno: los pobres lamentaron la muerte de su padre, en cuyo beneficio expendia gruesas cantidades: los soldados la de un excelente capitan, tan desinteresado en aprovecharse de los despojos cuanto liberal en repartir lo que tenia, hasta vender los vestidos de su muger para socorrer necesitados. Fué hombre de gran corazon, sufridor de increibles trabajos, de excelente disposicion en las batallas de infieles, proporcionando con tanto acierto los medios á los fines, que todas las batallas concluyó con felicidad y admiracion.

Muerto Garay, que en todos infundia espirítus marciales, los insolentes con la muerte del general hicieron leva de gentes, confederándose Guaranís, Quiloasas, Mbeguás y Querandis, para asolar las ciudades de Santa Fé y Buenos Aires. Juntáronse en tierras del cacique Manuá, para conferir los puntos mas principales de la guerra, celebrando primero á su usanza con banquetes y borracheras la muerte de Garay. Hallábanse en el congreso los principales de las naciones: dos puntos confirieron; el primero sobre la eleccion de capitan general; y la suerte de comun acuerdo cayó sobre Guayuzaló, cacique guaraní, que habia militado con crédito en las guerras contra naciones enemigas; el segundo, cual de las dos ciudades, Santa Fé, ó Buenos Aires, habia de ser acometída la primera; y resolvieron con discrepancia de votos que Buenos Aires, dejando aplazado el dia para concurrir en las fronteras del puerto.

Sabido por los españoles lo que intentaban los infieles, pusieron la ciudad en estado de defensa. El enemigo arrimó su campamento, y al dia determinado presentaron la batalla. El Teniente Zarate mandó disparar la arcabuceria que causó gran estrago, y mayor desórden en los infieles, que empezaron á huir confusamente: pero recogidos por su general y puestos en filas, resistieron algun tiempo, hasta que cargando sobre ellos los españoles, con grande impetu y vivo fuego, destrozaron sus tropas con muerte del General Guayuzaló, quedando el enemigo tan escarmentado que en mucho tiempo no osó bloquear la ciudad ni infestar la vecindad.

Fué universal la alegria en la provincia y se celebró la victoria con accion de gracias. Para que el júbilo fuera mas completo llegó este año el Ilmo. Fray Alonso Guerra, hijo esclarecido de la sagrada familia de Predicadores. Algo mas de diez años habian corrido desde la muerte del Ilmo. Fray Pedro de la Torre, y aunque poco despues fué provisto Fray Juan del Campo franciscano, el Cielo cortó para sí esta bella flor de observancia antes que pasára á tomar posesion del obispado. En su lugar fué substituido Fray Juan Alonso Guerra, pobre y despreciado á los ojos del mundo, pero rico de virtudes y digno de lucir sobre el candelera de la Iglesia de Dios. En 27 de Setiembre de 1577 fué electo para el Rio de la Plata; pero su extrema pobreza entre la opulencia peruana retardó su consagracion algunos años. Entretanto llegó el tiempo del tercer Concilio Limense, y como era sugeto en virtud y letras completo, se hizo necesaria su asistencia en él.

Consagrado despues, y venido á su episcopal silla, halló la diocesis falta de aquel vigor que comunica el espirítu de religion. Como buen pastor aplicó toda la diligencia á restablecerla en el santo fervor que profesa la ley cristiana. Pocas veces á celo tan solícito se siguieron efectos mas perniciosos. Segunda vez intentó el Paraguay una accion escandalosa, y como habia abierto una mala puerta á todo sacrílego atrevimiento con la prision del primer Prelado, ahora se entró por ella con la prision del segundo.

El alcalde ordinario de la ciudad, y algunos principales, á quienes debieran desagradar sus vicios, y no la integridad del santo Prelado, fueron los artifices de este escándalo, y egecutores de la prision, á la cual no faltó circunstancia para sacrílega. El se encaminó al palacio episcopal, acompañado de hombres facinerosos, llenando el aire de muera, muera el Obispo. El capellan del Prelado se asomó á la ventana, y noticiado del suceso:—“Señor, le dice, conjuracion es de los vecinos, contra Vuestra Señoria es el motin: la muerte maquinan, pues vienen gritando, muera, muera el Obispo.”

El cual se revistió de pontifical, y abiertas las puertas, al encontrarse con los sacrílegos, les pregunta amigablemente: ¿A quien buscais? cois? Si yo soy, aquí me teneis. El buen Pastor imitó á Jesus, y ellos abusaron de su mansedumbre, consumando el sacrilégio. Los unos le acometen con insolencia; los otros ponen las manos en él con impío atrevimiento: quien derriba al suelo la mitra, quien le despoja del báculo, y despedaza las sagradas vestiduras. El alcalde lo pone en duras prisiones, y embarcado en una balsa, tratado con sumo rigor, lo acompaña hasta el puerto de Buenos Aires, á donde llegarian entrado ya el año de 1586.

Aquí fué donde Dios dió un sensible testimonio de su justicia, derramando instantaneamente sobre los sacrílegos agresores el vaso de ira y venganza que atesoró tanta iniquidad. El alcalde murió repentinamente: parte de los cómplices experimentaron el rigor de la divina justicia, y parte el castigo de la humana. En pocos dias se vió el inocente Obispo libre de acusadores, admirando todos aquel egemplar de serena tranquilidad que no inquietaron las olas de tantas calumnias, desacatos y atrevimientos. Al mismo tiempo fué elevado al obispado de Mechoacan en la Nueva España, el cual gobernó seis años con mayor aceptacion que el del Paraguay: y aunque no le faltaron contradicciones, consiguió reformar en partes las costumbres depravadas del pueblo. Murió tan pobre como habia vivido, y si religioso no tuvo para costear los gastos de la consagracion, le faltó siendo Obispo para los del entierro.

Mientras el alcalde de la Asumpcion entendía en la prision del Obispo, el teniente de la provincia, Alonso de Vera y Aragon, se hallaba en lo interior del Chaco acalorando la fundacion de una ciudad sobre el Bermejo. El nombre Chaco en diversos tiempos ha tenido varias acepciones con mayor y menor latitud de significado. Los indios que habitaban entre el Pilcomayo y el Bermejo, llamaban Chacu al congreso y junta de vicuñas y guanacos que, levantados de los cazadores y desfilados hácia el centro, concurrian en el sitio destinado para la caza. De los animales trasladaron los españoles el nombre al pais, alterando la última letra, y llamándolo Chaco, con significado tan limitado que solo se extendia á la península que hacen el Pilcomayo y el Bermejo. Con el tiempo se amplió el significado, aplicándolo á una dilatadísima provincia que corre entre el Salado y Paraná, desde la jurisdiccion de Santa Fé, y abarcando los Llanos de Manso, se dilata por la costa occidental del Paraguay, ocupando por muchas leguas al norte y poniente los paises intermedios.

Habitaban el Chaco diversas naciones, varias en ritos, costumbres y exterior contextura de rostro y facciones: cuyo catálogo omito por no fastidiar al lector con nombres peregrinos. Al presente solo es mi asunto referir como el teniente Alonso de Vera y Aragon fundó la ciudad de la Concepcion del Bermejo en lo interior del Chaco. Habia corrido el pais el año de 1583 en seguimiento de los Guaycurús y Nacoguaques, que daban muestras de alzamiento con las hostilidades que ejecutaban en los contornos de la Asumpcion. Prendóse entonces del contorno y deseó fundar ciudad para contener el furor de los chaquenses.

Viéndose ahora con el gobernalle de la Provincia por nombramiento de Su tio el Adelantado, puso en obra lo que tenia prometido. Escogió ciento y treinta y cinco soldados, y saliendo á correr la campaña, le hicieron poderosa resistencia los Guaycurús, los Nacoguaques, los Mogosnas, los Frentones y los Abipones: pero acosados de la caballería, se retiraron cediendo el paso á los españoles; los cuales llevaron sus armas al pais de los Matarás, y en sitio ameno y de pingue meollo situaron la ciudad de la Concepcion, á distancia de algunas leguas del Bermejo, mas abajo de la laguna que llaman de las Perlas.


§. XIII.

GOBIERNO DE D. JUAN TORRES DE VERA Y ARAGON.

1587-1591.

Al segundo año de su fundacion llegó á la provincia el adelantado Juan Torres de Vera y Aragon, á quien demoraron en Chuquisaca dependencias domésticas. Al siguiente año, señaló ochenta soldados á cargo de Alonso de Vera, el Tupí, otro sobrino suyo, para principiar una ciudad en la costa oriental del Paraná; y lo egecutó con leve oposicion de los infieles que señoreaban el terreno, poniendo los fundamentos de la ciudad en altura de 27 grados y 42 minutos, y 318 grados y 57 minutos de longitud, segun las observaciones del Padre José Quiroga. El sitio es delicioso, casi sobre la junta del Paraná y Paraguay, donde incorporados estos dos rios, corren por una madre, sin confusion de aguas, ofreciendo á la vista espectáculo agradable en una linea divisoria que no da lugar por algunas millas á mezclarse los puros cristales del Paraná con las turbulentas aguas del Paraguay.

A la ciudad denominó San Juan de Vera: pero hoy suena poco ese nombre, y ha prevalecido el de Siete Corrientes, por otras tantas en que parece dividirse el rio. Tomada posesion del sitio, erigieron los españoles el sacro-santo madero de la Cruz en parage algo distante del fuerte, que levantaron para reparo contra los infieles. Arrimáronse estos en gran número para desalojar los nuevos huespedes, los cuales con esfuerzo y valor frustraron las diligencias de los indios. Entonces uno de ellos, que acaso descubrió el santo madero, explicó su furia contra él, aplicando fuego para convertirlo en cenizas. Pero las llamas respetaron la Santa Cruz, y el sacrílego cayó muerto de un balazo. Consérvase hasta el dia de hoy el sagrado leño, que en memoria del suceso se llama la Cruz del Milagro.

Tucuman al parecer estaba concebido con infeliz horóscopo de malignos influjos. Estos no eran pasageros de pocos dias: duraban años y mas años, y el golpe principalmente descargaba sobre las cabezas. A Gonzalo Abreu sucedió Hernando Lerma, caballero sevillano, dotado de brillantes prendas y crecidos méritos, que daban esperanza que seria pacifico y prudente gobernador. El era antes de su asumpcion al gobierno semejante á Abreu, y lo que fué despues de empuñado el baston. El primer acto de su autoridad fué prender á Abreu, y con dos pares de grillos encerrarle en estrecho calabozo, diputando guardias de toda satisfacción que veláran sobre su seguridad, con orden de negarle comunicacion con personas que podian aliviar sus trabajos y endulzar sus tristezas.

Clamaba el infieliz inútilmente porque Lerma intentaba con martirio prolongado darle cruel muerte. Al fin á los ocho meses de prisionero, oprimido de miserias y dislocado con tormentos, murió en un calabozo, pagando con fin tan lastimoso la tiranía con que trató á D. Gerónimo Luis de Cabrera. Por este mismo tiempo llegó á su diocesis el Ilmo. Fr. Francisco de Victoria, del órden de Predicadores en la provincia de Lima: religioso de una consumada literatura, virtudes heróicas y singular talento de gobierno. Habia antes despachado á D. Francisco Salcedo, dean de la catedral con título de administrador del obispado. Al principio pasó buenos oficios con el Gobernador, hasta que los malsines con hablillas los malquistaron. El Gobernador lleno de enojo, explicó su cólera, negándole el título de licenciado, que no constaba hubiese recibido en ninguna universidad, y el deanato, porque Su Magestad solo habia concedido licencia para cuatro beneficiados. Con esto se banderizó la ciudad, siguiendo unos al Gobernador por interes, otros al Dean, abrazando la razon. El Dean, conocido el génio arrebatado del Gobernador, se ausentó á Talavera, quedando sus fautores á discrecion de un émulo poderoso. Contra ellos convirtió los aceros de la venganza, tratándolos con sumo rigor en la cárcel, imponiendo al alcalde severo mandato de no sacarlos del cepo, ni avisarle de su muerte hasta despues de tres ó cuatro dias. Su ira se extendía de los culpados (si puede haber culpa en no condescender á injustas pretensiones), á los parientes y conocidos. Los escribanos tuvieron con él mala cabida, y sin mas culpa que no firmar sus instumentos de iniquidad, fueron despojados de sus bienes y puestos de cabeza en el cepo. A Francisco Ramirez, fiel criado suyo, y obsequioso á su señor, porque asistió de testigo ante el administrador del Obispado, le castigó colgándole en un cadalso.

No solo con semejantes personas era el Gobernador atrevido: á los sugetos mas respetables perdia el decoro, y trataba con términos irreverentes. Los Oidores en su boca eran bachilleres ignorantes. El año de 1582, despachó la Real Audiencia provision de algunas ordenanzas para el arreglo de la provincia, que bien lo necesitaba, pues tanto desórden y libertad habia reinado desde el principio. No reparó Lerma en eso, y como cuidaba poco de arreglamiento, escribió á los cabildos de las ciudades que no las obedeciesen. Los excesos del Gobernador llegaron al último extremo, y los fieles frecuentaban las iglesias, suplicando al Señor por la defensa de su causa, y libertad de su rebaño, que lo despedazaba el lobo carnicero, traspasando todos los derechos humanos, natural y divino. El Dean Salcedo, ausente en Talavera, buscó asilo en el Convento de Ntra. Sra. de la Merced, morada de santidad á todos respetable, menos á Lerma, de cuyo órden Antonio Mirabal con algunos injustos ministros de justicia, fué al convento, y entrando en la celda donde yacia enfermo el Dean: Levántese de la cama, le dice, y dése preso por el Gobernador. El Dean con eclesiástica entereza se armó con la inmunidad de su fuero; pero como ese era poco arnés para Mirabal: Levántese, repite, que sino lo llevaré arrastrando. El lo dijo, y lo egecutó, asiéndolo por los cabezones.

Al ruido y tropel salió de su celda el Padre Felipe de Santa Cruz, varon autorizado, comendador del convento, y convertido al ministro sacrílego:—Así, Mirabal, le dice, ¿se trata á un Dean y Administrador del Obispado?—Mirabal, nada embarazado con la gravedad respetable del padre Comendador, respondió en pocas palabras una desenvoltura, que no se explica con muchas:—Esperad, perro, le dice, que luego volveré por vos. Asegurado á satisfaccion el Dean, volvió al convento con el mismo tropel, y prendió al Comendador con otros religiosos y clérigos, cuyo encarcelamiento duró hasta que Lerma salió preso para Chuquisaca. Entretanto se consumia el Obispo, y el celo de la casa de Dios abrasaba su corazon. Las ciudades envueltas en disturbios; los tribunales sin justicia; el gobierno en manos de un tirano; las iglesias profanadas, las inmunidades invadidas; los ministros del Señor en prisiones, y las armas eclesiásticas sin vigor, hacian en su piadoso corazon eco lastimoso, que avivaba el dolor con la memoria del mal que cundia y la imposibilidad de remediarlo.

A los dos años de su gobierno, Hernando Lerma fundó una colonia en el valle de Salta, sacando para el efecto los principales pobladores de las ciudades. Al principio se dificultó sobre el sitio donde se debia plantear la ciudad, y se resolvió colocarla en un ameno valle al oriente de Calchaquí, medio entre los rios de Arias y Siancas, sobre unas cienegas que por allá llaman tagaretes, de calidades nocivas, y que hacen el sitio poco apetecible.

Dióse principio á la ciudad á diez y siete de Abril de 1582, y se llamó ciudad de Lerma en el valle de Salta de la provincia de Tucuman. No cuidó Lerma de señalar patron á la colonia, satisfecho al parecer con tenerla á la sombra de su nombre. A los seis meses se sortearon algunos santos por mano de Petronilla, niña de pocos años, la cual sacó al glorioso San Bernardo, cuya fiesta solemnizan en una capilla que está fuera de la ciudad, la cual reconoce por su principal patron á San Felipe Apóstol, y de su nombre se llamó la ciudad San Felipe de Lerma, asiento de los Gobernadores de esta Provincia.

La situación fué en los principios útil por el reparo de los tagaretes que dificultan la entrada, y solo la franquean por estacadas que ingenió la industria. Los Cochinocás, los Humaguacas y Calchaquís molestaron con frecuentes asaltos la nueva poblacion: pero solo sesenta españoles la defendian vigorosamente. ¡Tanta era la valentia de los primeros conquistadores, los cuales pocos en número, vencian grandes ejércitos de indios! Al fin se rindieron á capitulaciones de paz con la ventaja de condiciones, que prescribe el vencedor al vencido.

Cuando el capitan Tristan de Tejeda volvió á Córdoba de la fundacion de Salta, halló que se habian alzado los indios de Tintin, los de Cosle, los de Conlara y Tulian, los de Nondolma, Conchuluca, Qaisquizacat, Tunun y Cantacalo, conspirando todos contra los pobladores de Córdoba; dando principio al alzamiento con la muerte de un religioso y de algunos yanaconas de servicio. Tenian varias emboscadas, y su acampamiento en el Morro, camino de Chile, á donde lo buscó el capitan Tejeda; y presentada la batalla, derrotó al enemigo con tanta felicidad, que sin daño de su milicia, puso en huida el principal ejército y á los que estaban en celadas.

Casi por el mismo tiempo el Gobernador Lerma efectuó la prision del reverendo P. Fray Francisco Vasquez, del órden de Predicadores, á quien el ilustrísimo Victoria nombró administrador del Obispado. Refugióse el Administrador á la catedral, pensando hallar amparo en el acatamiento al venerable Sacramento del altar. Mas ¡cuando un sacrílego respetó á Dios! Intentó sacarlo con osadia; y porque los primeros ministros de justicia que citó respetaron la santidad del lugar, los mandó reemplazar por otros mas de su genio, que prendieron ignominiosamente al Administrador.

La voz de tantas maldades, y el respeto perdido á los tribunales superiores, llegó á Chuquisaca, cuya real Audiencia, en 6 de Noviembre de 1583 dió comision al capitan Francisco Arevalo Briceño, alguacil mayor de la Audiencia de Charcas, para prender á Lerma, y llevarlo preso á Chuquisaca para hacerle los cargos correspondientes á sus procederes. Briceño efectuó la prision sin ruido, alegrándose todos de ver al lobo enredado en los lazos que tenia armados para otros. Llevado á Chuquisaca, se empezó la residencia, pero llegando el juez á quien privativamente estaba cometida la real Audiencia, alzó mano, y fué conducido en prisiones á Tucuman.

El juez era D. Juan Ramirez de Velazco, en cuyas venas latía la nobilísima y antiquísima sangre de los reyes de Navarra: caballero benemérito por sus servicios en las campañas de Sena, Milan y Flandes, en el alzamiento de los Moriscos de Granada, y en la toma de Portugal: habia hecho doce viages á las Indias, y contaba treinta años de servicios calificados en utilidad de la monarquía. Era de inflexible rectitud y natural conmiseracion con los pobres indios. No pudo llegar á Tucuman hasta el presente año, y trajo consigo de Chuquisaca á Lerma para entender en su residencia.

Con su atractivo, y amables prendas se concilió la voluntad de los primeros conquistadores, y espuso á Su Magestad los servicios de cada uno para que los premiára, segun la graduacion de los méritos. Restableció el estado eclesiástico en su debido honor, convidando con expresiones de singular veneracion á los ministros del Señor, que se habian ausentado por los desacatos de Lerma, para que se restituyeran á la Provincia. En el primer año de su gobierno se efectuó la entrada de los jesuitas en el Tucuman.

El bárbaro Calchaquí, que unas veces daba fingida paz, otras se declaraba en manifiesta guerra, daba cuidado, especialmente á la nueva ciudad de Salta, de cuya existencia pendia la franca comunicacion con el Perú: y aunque el Gobernador Velazco, desde el principio quizo enfrenar su atrevimiento, ocupado en la visita y otros negocios del gobierno, no le fué posible hasta el año de 1589, en el cual al frente de cien españoles y trescientos indios flecheros, llevando en su compañia al celosísimo P. Alonso Barzana, entró á Calchaquí con el fin de domar la cerviz del insolente enemigo.

No eran esos los pensamientos del P. Barzana, el cual como santo los tenia de paz y reconciliacion, intentando con buenos términos amansar al leon. En efecto el siervo del Señor, confiando en Dios, adelantándose á los españoles, se presentaba intrépido al ejército Calchaquí, los cuales armados de arco y flecha para matarle, templaban su ferocidad con pocas palabras que les decia, y se daban de paz. Vez hubo, que estando los dos campos para presentar la batalla, se interpuso el P. Barzana, los desarmó y redujo á tratados de paz. Todo el valle y sierra de Calchaquí quedó allanado á esfuerzos de su fervoroso celo, el cual, sin uso de armas, sín efusion de sangre y en poco tiempo, consiguió lo que las armas españolas no efectuáran en mucho.

Pacificado el Calchaquí, se restituyó el Gobernador Velazco á Santiago, y entendió en los negocios de gobierno. Los indios de encomienda, con su diligencia, convertian sus faenas en útiles emolumentos: trabajaban en los obrages de lana y beneficio de los tintes, cuyos efectos transportados al Perú producian oro y plata. Embarazosa cuestion fuera averiguar si los antepasados fueron mas ricos y opulentos que los presentes. Lo cierto es que fueron mas laboriosos, y tuvieron corrientes las maniobras que utilizaba incomparablemente la provincia.

Restituido de Calchaquí, y concluida la residencia de Lerma, el Gobernador Velazco lo despachó preso á la corte, donde murió en prisiones con tanta pobreza, que no tuvo para enterrarse.

El Adelantado Juan Torres de Vera y Aragon gobernó muchos años la provincia, al principio por tenientes generales, y personalmente desde el año de 1587, con plena satisfaccion de los españoles, paz y quietud de los indios. Aunque podia prometerse honrada y sosegada ancianidad en prosecucion del adelantazgo, sobre el seguro de los méritos adquiridos y acatamiento con que todos le miraban, reconociéndole padre y fundador de la Villa Rica, Xerez, Buenos Aires, Concepcion y Corrientes, el dulce amor de su patria, Estepa en Andalucía, le movió á renunciar el adelantazgo, por los años de 1591.

Por el mismo tiempo, ó entrado ya el año de 1592, se rebelaron los Mogosnas y Frentones, sitos en las vecindades de la Concepcion del Bermejo, alzados por sus hechiceros, los cuales, temiendo ser derribados del alto sólio en que estaban por los PP. Alonso Barzana y Pedro Añasco, que á la sazon evangelizaron el reino de Dios en las vecindades del Bermejo, sublevaron los paisanos, prometiéndoles feliz suceso con el auxilio de sus dioses, que conspirarian en su ayuda contra los españoles, impíos tiranos de su libertad. Los Mogosnas creyeron á los hechiceros y dieron principio al alzamiento con la muerte de algunos españoles, y de D. Francisco de Vera y Aragon, hermano de D. Alonso de Vera, el fundador de la Concepcion, y teniente actual de la ciudad.

El sentimiento de D. Alonso por la muerte del hermano fué grande, y resolvió la venganza castigando á los rebeldes. Para lo cual juntó sus milicias, y aliandose con algunos indios de mayor confianza, dió sobre ellos, y mató gran número de amotinados. Los demas se confederaron con los Frentones y otras parcialidades de indios, y empezaron á fatigar tanto á los Concepcionistas y con tal obstinacion, que les obligaron á desamparar la ciudad, retirándose sus moradores á las Corrientes, el año de 1632, casi al cuadragésimo-séptimo de su fundacion. Materia verdaderamente sensible, por lo que facilitaba el comercio de Tucuman, y digna de que algun ministro adquiera nombre grande, y haga méritos para nuevos ascensos con su reedificacion.


§. XIV.

GOBIERNO DE D. HERNANDO ARIAS DE SAAVEDRA.

1592-1594.

Por la renuncia de Juan Torres de Vera y Aragon entró á gobernar D. Francisco Zarate, segun el P. Francisco Bautista, que dice haberlo sacado del libro capitular de la Asumpcion, añadiendo que substituyó en su lugar de Teniente General á Juan Caballero Bazan. Aunque la autoridad del P. Bautista es grande por su diligencia y teson en revolver antiguedades del Rio de la Plata, nos parece, siguiendo la autoridad del P. Pedro Lozano, que el que inmediatamente sucedió al Adelantado Juan Torres, fué Hernando Arias de Saavedra, electo por pluralidad de votos, segun la cédula del Sr. Carlos V, otras veces citada, que todavia estaba en vigor. La asignacion de D. Fernando Zarate, y substitucion en Juan Caballero Bazan, no sucedieron hasta el año de 1594, en que recibió cédula, y órden para que con retencion del gobierno de Tucuman, se encargára tambien del Rio de la Plata.

Hernando Arias de Saavedra, pues, el año de 91 ó 92, empuñó el baston. Era hijo de Martin Suarez Toledo, y de Ana Sanabria, hija del Adelantado Juan Sanabria, natural de la Asumpcion, que se gloria de haber dado cuna á uno de los mayores caballeros del Nuevo Mundo. Esclarecido en las artes de la paz y de la guerra, de prendas tan sobresalientes, que los Ministros de la Casa de contratacion de Sevilla colocaron su retrato entre los heroes eminentes que han producido las Indias. Soldado tan valeroso, que capitaneando el ejército español, se presentó el general de los infieles, bárbaro, agigantado, de fornido cuerpo, robustas fuerzas y terrible aspecto, provocando con altiva presuncion á nuestro heroe, para medir las fuerzas, y resolver la campaña con la victoria, ó desgracia de los dos generales. Admitió Hernando Arias el combate, que fué muy reñido á vista de los dos campos, por la destreza de una y otra parte en eludir los golpes del contrario, hasta que Saavedra derribándole en tierra, y segándole la cabeza con la espada, se restituyó glorioso á su campo entre faustas aclamaciones de los suyos.

Visitó la provincia con singular aceptacion, inspirando en los españoles conmiseracion con los indios. Navegando al puerto de Buenos Aires, descubrió en los indios remeros una talega de yerba del Paraguay, que ellos llaman en su idioma Caá; que se empezó á beneficiar durante su gobierno, y aunque por entonces disimuló, saltando en tierra, quemó en pública plaza la talega, diciendo á los indios: “no estrañeis esta demostracion, porque á ella me mueve el grande amor que os profeso, pues oigo, que me dice presagioso el corazon, que esta yerba será la ruina de vuestra nacion.”


§. XV.

GOBIERNO DE D. JUAN RAMIREZ DE VELAZCO.

1595-1597.

A Hernando Arias sucedió D. Juan Ramirez de Velazco, que habia gobernado la provincia de Tucuman con satisfaccion y crédito. No ocurrió cosa memorable en su tiempo: pero harto lo es el haber acreditado su prudencia en las dos provincias, manteniendo en paz á los españoles, y teniendo á raya á los indios.

La pacificacion del valle de Calchaquí, y el humilde rendimiento de estos guerreros esforzados, contribuyeron á la quietud de los demas, sugetándose y ofreciendo homenaje los menos fuertes con el egemplo de los mas animosos. En toda la provincia se gozó quieta tranquilidad, á expensas de su gobernador Juan Ramirez de Velazco; que el año de 1590 recogió un donativo que ofrecieron gratuitamente las ciudades á su Rey, cuyos tesoros estaban exaustos por los gastos de la infeliz armada de Inglaterra, y largas guerras de Flandes.

Al siguiente año de 1591 planteó una ciudad en el país de los Diaguitas en 30 grados de altura, á espaldas de la cordillera chilena, que le cae al poniente, sacando para la fundacion setenta españoles, soldados valerosos, y sugetos de caudal para costear los gastos de la conquista. A la poblacion denominó Ciudad de Todos Santos de la Nueva Rioja, cuyo principio, que despues la enriqueció, fueron numerosas encomiendas de indios para la labor y beneficio de los campos.

En el distrito de la Nueva Rioja cae Famatina-guayo, cerro famoso por las novelas que se cuentan, y por los metales de que, segun se dice, abundan su senos. Algunos hacen subir al tiempo de los Incas el beneficio de opulentísimas minas, que enriquecian los imperiales erarios de estos soberanos, en cuyo nombre ministros de exacta rectitud y probada fidelidad, velaban sobre los beneficios y atendian á la cobranza de los derechos.

Contribuyó á la prosperidad de la Rioja el alzamiento de los Tabasquiniquitas y Mogas, situados en la falda de la serranía que cae al poniente de Córdoba: porque vencidos y derrotados por Tristan de Tejeda, valeroso y afortunado capitan, pidieron la paz y ofrecieron vasallage. Con su auxilio se empeñó este gefe en nuevos descubrimientos, tirando mas al poniente, y arrimándose mas á la ciudad de Todos Santos con la conquista de los Escalonites y Zamanaes, que pretendió agregar á la ciudad de Córdoba. Pero el Gobernador Velazco, que miraba á la Nueva Rioja con particular cariño, le cedió los indios que pacificó el capitan cordobes, adjudicándole el terreno que ocupaban los Tabasquiniquitas, los Mogas, los Escalonites y los Yamanaes.

En 1593 emprendió la fundacion de otras dos poblaciones: la primera, que llamó San Salvador, fió á D. Francisco Algañaraz, noble Guipuzcoano, en cuyas venas corria la noble sangre de los Ochoas, señores de Algañaraz, y la de los Murgias y Vilasteguis. Era persona de valor y prudencia, cuyo especimen habia dado en varias operaciones, que á su valor y discrecion fiaron los gobernadores pasados, concluyendolas siempre felizmente y con aplausos. Para la fundacion alistó algunos pobladores de las ciudades, y la efectuó con suceso tan feliz, que ni en los tiempos pasados con las invasiones de los Calchaquís, ni en los presentes con la de los Chaquenses, degeneró de los espirítus de su fundador.

Está situada la ciudad en una quebrada que corta la serranía de Calchaquí en el valle de Xibixibe, entre los rios Jujuy y Siancas, casi en los veinte y cuatro grados de latitud. Goza temperamento poco saludable, expuesto á tercianas y á unos tumores que engendra la malignidad de las aguas en la garganta, que por acá llaman cotos. Tiene pocos vecinos, pero ricos y bien avenidos. Los primeros pobladores se aplicaron á sugetar los infieles rayanos, cuya altivez humilló el valor español; los Purmamarcas, los Osas, los Paypayas, los Tilcanes, los Ocloyas, y Tilianes, naciones sepultadas en eterno olvido, que parte habitaban la aspereza de las sierras, parte se dilataban á las márgenes del Bermejo, y que sin embargo no dieron mucho cuidado al animoso fundador. Mayor resistencia hicieron los Humaguacas, siempre indómitos y obstinados en inquietar con correrias á los castellanos.

La segunda poblacion que de órden de Juan Ramirez de Velazco se principió, es la villa de Madrid de las dos Juntas, sobre el Salado, donde este incorpora sus aguas con el rio de las Piedras. Su duracion fué de poco tiempo, y solo permaneció hasta el año de 1603, en el cual sus vecinos y los de Talavera, desamparadas sus ciudades, de comun acuerdo y hermanable sociedad fundaron otra, dos leguas de la villa de las dos Juntas, á la cual llamaron Talavera de Madrid. Nombre que borró el tiempo, y prevaleció el de Esteco, con el cual hasta el dia de hoy es conocida, aun despues que la arruinó un terremoto.


§. XVI.

GOBIERNO DE D. FERNANDO ZARATE.

1597-1598.

Al octavo año de su gobierno llegó sucesor á D. Juan Ramirez de Velazco en D. Fernando de Zarate, caballero del órden de Santiago: tan cristiano como valeroso, tan circunspecto como vigilante, tan celoso de los reales derechos, como de los divinos honores, sugeto de tanto caudal para el gobierno, que á un tiempo empuñó el baston de Tucuman y Rio de la Plata. En tiempo de su gobierno intentaron los ingleses dos veces tomar el puerto de Buenos Aires: pero nuestro Gobernador celando los honores del Rey Católico presidió el puerto con las milicias tucumanas, y levantó un fuerte para reparar semejantes acometimientos. Visitó ambas provincias con tanta vigilancia y teson, que de fatiga y cansancio, antes de concluir la visita falleció al segundo año de su gobierno, y fué de todos tan llorado en muerte, como amado en vida.

Por este tiempo llegó á Tucuman Fray Fernando Trejo, digno sucesor de Fray Francisco de Victoria, hijo del seráfico Padre, el cual florecía en virtud y letras, en su convento de Lima, y recibida la cédula de merced el año de 1594, el siguiente tomó posesion de la silla episcopal. Fué Prelado que llenó las esperanzas que de él se tenian. Pastor celoso del bien de sus ovejas; padre universal de todos, abrazando sin distincion de personas al noble, al plebeyo, al indio, al etiope; si alguno le merecía especial cariño era el desvalido y necesitado, que disfrutaban su renta episcopal con tanta alegria de ellos, como sentimiento del misericordioso limosnero, por no tener mas que dispensar á los pobres.

Casi al mismo tiempo tomó el gobernalle D. Pedro Mercado Peñalosa, noble caballero, piadoso, cristiano y valeroso soldado. De su gobierno ha quedado confusa noticia, de continuas guerras que tuvo con los infieles por el alzamiento de los Calchaquís, á los cuales contuvo su valor para que no asoláran las ciudades fronterizas, que enfrenaban de algun modo su indómito orgullo.


§. XVII.

GOBIERNO DE D. DIEGO VALDEZ DE LA BANDA.

1598-1600.

Todo este tiempo, desde la expulsion de Fray Alonso Guerra, careció de pastor el Rio de la Plata. Tres fueron provistos: Fray Luis Lopez Solis, Fray Juan Almaraz, Agustinianos, y D. Tomas Vazquez de Liano, Canónigo magistral de la santa Iglesia de Valladolid, ó de Zamora, como dicen otros. El primero, promovido al obispado de Quito, y el segundo al de la gloria, no pasaron á sentarse en la silla episcopal del Rio de la Plata, y cedieron su lugar al tercero, digno de llenar el vacio de tan ilustres prelados.

Pero la provincia del Rio de la Plata no habia aun espiado sus atentados sacrílegos, ni merecia tener varones tan consumados, y parece quiso Dios dar muestras de su justo enojo, sacando de este mundo en Santa Fé de Vera, al Ilmo. Vazquez de Liano, echando ceniza sobre el fuego prendido por D. Diego Valdez de la Banda, que empezó á gobernar el Rio de la Plata, en 1598.

Embarcáronse juntos, y en la navegacion tuvieron pesados encuentros y sensibles competencias, y hallo expresa memoria de la tolerancia con que el Ilmo. Liano sufrió los improperios y befas del Gobernador, que miró con poco acatamiento al príncipe eclesiástico.

Llegados á Santa Fé, esperando el Ilmo. las bulas para consagrarse, le llamó Dios para sí con incomparable sentimiento de las personas religiosas. No mucho despues al Gobernador Valdez de la Banda asaltó la última enfermedad, en cuyo discurso gritaba dando voces:—“Traigan silla para el Señor Obispo, que me viene á visitar.” Cláusulas finales, que repetidas con sobresalto del moribundo Gobernador, dieron á los presentes materia de varios discursos.


§. XVIII.

GOBIERNO DE HERNANDO ARIAS DE SAAVEDRA.

1602-1609.

Con el nuevo siglo empezó la provincia del Rio de la Plata á respirar aires mas benignos: los tumultos civiles que todo lo consumen, se acabaron con muerte de los principales motores: los indios desengañados con la experiencia, y humillados con el castigo, no daban cuidado á la milicia española: los gobernadores, mas á propósito para descuadernar provincias que para gobernarlas, habian finalizado sus dias.

Por muerte de D. Diego Valdez de la Banda entró á gobernar Hernando Arias de Saavedra, ó por eleccion segun la cédula del Emperador Carlos V, otras veces citada, ó por nominacion del Señor Virey, en cuya virtud gobernó hasta el año de 1602, en que recibió cédula real fecha en 18 de Diciembre de 1601 que le conferia en propiedad el baston del Rio de la Plata.

Hernando Arias, pues, sucedió inmediatamente á D. Diego Valdez, y como tenia ánimo guerrero, emprendió algunas operaciones militares. Entró, aunque no sé puntualmente el año, á la provincia del Estrecho de Magallanes, internándose desde Buenos Aires, doscientas leguas tierra adentro. El suceso no correspondió al valor del capitan ni á la fortuna de sus empresas: porque él y su gente quedaron prisioneros de guerra en manos de bárbaros. Tuvo Hernando Arias la fortuna de soltarse de las prisiones, y entrando segunda vez con milicia mas numerosa, libertó sus compañeros, y castigó los infieles.

Otras dos facciones emprendió en su gobierno, aunque no es averiguado á punto fijo el año:—la conquista del Paraná, y la del Uruguay. En la primera operacion, con parte de la milicia, tuvo que diferir la conquista: en la segunda perdió toda la milicia compuesta de quinientos soldados. ¡Tanto era el furor de los Paranás y Uruguayos, y la ciega obstinacion con que defendian el originario suelo!

Por este tiempo gozaba la iglesia del Paraguay un insigne Prelado, sobrino de mi glorioso Padre San Ignacio, el ilustrísimo Fray Martin Ignacio de Loyola, nobilísimo Guipuzcoano. Profesaba el seráfico instituto en la provincia de San José, y resplandecia en virtudes religiosas, humildad, despejo mundano, y celo apostólico, que obligó á abandonar primero el mundo, y despues la Europa, viniendo al Paraguay donde se egercitó como fervoroso misionero en la instruccion de los gentiles. En tan santa y loable ocupacion, le alcanzó la órden de restituirse á España, y como sus parientes eran nobles, consiguieron que se le hiciera propuesta de varias mitras, que no admitió su grande humildad, con edificacion de la Corte. Pero como á la propuesta se añadiesen órdenes terminantes, eligió entre los muchos que le propusieron el pobre y retirado del Rio de la Plata, para el cual fué presentado á 9 de Octubre de 1601, y consagrado en Valladolid, pasó luego á tomar posesión de su silla episcopal.

El año de 1603 celebró sínodo, en que el celo, prudencia y discrecion respladecieron sobremanera.

Concluido el sínodo, visitó el Ilmo. las ciudades de su obispado, con grande utilidad de sus ovejas: y le sucedió que navegando del Paraguay á Buenos Aires, halló náufragos en la orilla á los PP. Marciel Lorenzana y José Cataldino, que enjugaban la ropa á los rayos del sol, y los consoló con palabras llenas de amor y suavidad. A pocos meses de llegado á Buenos Aires, murió á principios de 1606.

Sucedióle el Ilmo. Fr. Reginaldo de Lizarraga, natural de Vizcaya en España, hijo esclarecido de la familia de Predicadores, lustre de su provincia limense, prior y definidor de ella, provincial de Chile, y despues Obispo de la Imperial, en cuyo tiempo (año de 1598) sucedió la fatalísima rebelion de los Araucanos de la Concepcion, adonde trasladó su cátedra episcopal. Fué promovido á la Asumpcion del Paraguay, y tomó posesión el año de 1608.

La conversion de los gentiles hizo muy señalada la época del año siguiente, que lo fué también de su muerte, dando los jesuítas principio á la conversión del Guayrá, Paraná y Guaycurús. Habíanse tentado varios medios, y el de las armas no produjo el efecto deseado. Sobre eso la Real Magestad tenia expedida una cédula, en que ordenaba á Hernando Arias que procurára efectuar la pacificacion de los indios por medio de la predicacion, y no por el estrago y ruido de las armas.

Efectivamente, el Gobernador Hernando Arias y el Ilmo. Lizarraga, suplicaron al P. Provincial Diego Torres que señalára misioneros para Guayra: y como en el P. Provincial ardia el celo de las almas, luego puso los ojos en los Padres José Cataldino y Simón Malzeta, italianos de nacion, y escogidos para la conversion del gentilismo guayreño.

Mas gloriosa por mas dificil, aunque no tan feliz en el suceso, fué la empresa de los Guaycurús, nacion la mas inculta, vagamunda y bárbara que conoce la América Meridional. Habitaban al occidente del Paraguay, fijando á veces su acampamento en la derecera de la Asumpcion sobre la márgen opuesta. Nada igualaba el atrevimiento de su ánimo, y el desprecio con que miraban los españoles, contra los cuales se hallaban en la sazon mas irritados que nunca: porque intentando asaltar la ciudad en la noche de la fiesta de la Asumpcion de este año, cuando divertidos con el regocijo pensaban en solazarse, los previno Hernando Arias matando algunos de ellos, é irritando los demas para la venganza. Tal era el estado de los Guaycurús, desesperado á juicio de los mas, é incapaz de admitir el yugo de la ley de Cristo.

A D. Pedro Mercado y Peñalosa, sucedió el año de 1600, en el gobierno de Tucuman, D. Francisco Martinez de Leiva, caballero del hábito de Santiago, mas memorable en las historias chilenas, por su valor contra los Araucanos que en las tucumanas por sus facciones militares; ó porque sosegados los indios no ofrecieron egercicio á su valor, ó porque la muerte aceleró los pasos y cortó antes de tiempo el hilo de su vida.

Ocupó su lugar D. Francisco Barraza y Cárdenas: pero su gobierno, mas breve que el de su antecesor, finalizó la muerte el año de 1605. Sucedíole Alonso Ribera, célebre en las campañas de Flandes, defensa de Cambray, sorpresa de Amiens en el ardid del carro de nueces, operaciones militares en Italia, y valor experimentado en Chile. Su gobierno en Tucuman por ahora solo ofrece de particular el haber humillado al orgulloso Calchaquí, al cual puso freno el año de 1607 dentro del valle de Londres, con una ciudad que llamó San Juan de Ribera. El año de 1609 deshizo la villa de Madrid de las dos Juntas, y la incorporó con la de Esteco, trasladando ambas á dos leguas de la villa de Madrid, de esta banda del rio Salado.

Proseguia en el gobierno de su iglesia el ilustrísimo Fray Fernando Trejo, ejemplar de prelados, celando con incomparable vigilancia el bien espiritual de sus ovejas, tan padre de los pobres en lo que repartía de sus rentas, como pastor amoroso en la defensa y proteccion de su rebaño, oprimido á la sazon con extorsiones indecorosas. Defendió los límites de su obispado contra la pretension del ilustrísimo D. Alonso Ramirez de Vergara, que se apropiaba el derecho á los pueblos de Humaguaca y Casabindo.


§. XIX.

GOBIERNO DE D. DIEGO MARTIN NEGRON.

1610-1615.

A Hernando Arias de Saavedra, cuyo gobierno terminó á fines de 1609, ó principios de 1610, siguió D. Diego Martin Negron, digno sucesor de varon tan esclarecido. Era D. Diego caballero de prendas sobresalientes: su cristiandad realzaba la heredada nobleza, su discrecion le hacia amable, y su entereza respetable á todos. Tuvieron en él los indios padre amoroso que se compadeciese de sus necesidades, y protector inflexible de los fueros de su libertad, desatendidos, ó atendidos solamente para que la codicia de los encomenderos no los traspasase mas culpablemente. Punto era este que inútilmente lamentaban y repetian con frecuencia desde el púlpito los predicadores, con aquel efecto que si predicáran á estatuas de mármol, sordas á los gritos del pregonero. Lamentábalo tambien el Gobernador D. Diego, y esforzábase como justo y compasivo: pero uno solo contra la multitud de poderosos encomenderos, no podia prevalecer. Arrojo fué, que no desmerece el nombre de cristiano, el intentarlo, pero el brazo que habia de vencer este obstáculo pedia superior movimiento y poder mas soberano.

Tal fué el que trajo el año de 1611 el Dr. D. Francisco Alfaro, Oidor de la Real Audiencia de Chuquisaca, persona benemérita y de conocidos talentos para el empleo. Pero antes que registre la historia sus operaciones, y el fomento que tuvo en nuestro Gobernador, será bien tomar de atras la carrera, y referir los pasos que sobre el asunto se habian dado para desterrar el servicio personal de los indios: punto que pide larga relacion; pero ceñida en pocos términos, es en sustancia como sigue.—Con el descubrimiento de las Indias empezó el uso y abuso de los naturales, privándoles, á título de conquista, de la amada libertad que Dios y la naturaleza les habia concedido, no menos á ellos, que á los que pretendian hacerse dueños y señores. ¡Quien dijera que por descubrirse en el corazon de la Europa un nuevo reino, incognito hasta nuestros dias, y admitir con humanidad los regnícolas á los descubridores, habian estos de adquirir derecho á cautivar y poner en mísera servidumbre á los naturales! Y como si fuera poco hacerse dueños de sus opulencias y ricos minerales, ponerlos tambien en miserable esclavitud!

Este infame abuso, que parece obra de una fantasía delirante, introdujo en América la insaciable codicia, poco ó nada satisfecha con los inagotables tesoros y minas de que abundan las Indias. Muy á los principios empezaron á tratar á los naturales cual esclavos, y como lotes de negros, se transportaban navíos enteros de unas provincias en otras para ser vendidos en públicas almonedas. Materia era esta de gran sentimiento para los Católicos Monarcas, cuya piedad celó de propagar la Fé; y su conmiseracion con los indios les hizo dictar medidas que juzgaron oportunas para remediar males tan graves, y á la nacion española indecorosos: expediendo á este fin varias cédulas á los señores Vireyes, Audiencias y Gobernadores. Pero la suma distancia debilitaba la fuerza, y atenuaba el rigor de mandatos tan severos.

No obstante, á esfuerzos de aprémios y severas penas, despues de algun tiempo se abrogó la envejecida costumbre de cautivar naturales, y de reducirlos á miserable esclavitud. Bien que en antiguos y recientes monumentos hallamos algunas malocas, (esto es, entradas á cautivar y apresar indios para venderlos, y servirse de ellos furtivamente en los domésticos ministerios). Verdad es que desde el tiempo del Señor Felipe II cesó casi del todo la infame profesion de las malocas entre los españoles; y si tal cual vez osó la codicia atropellar los reales mandatos, se buscó asilo de inmunidad en las tinieblas, para no ser descubiertos con el hurto en las manos.

Pero la codicia, grande artífice de novedades para sus intereses, se ingenió en llevar adelante sus ciegos proyectos, y con la introduccion de un nuevo abuso suplió la privacion de otro. Desterrada la esclavitud de los indios, ocupó su lugar el servicio personal, á que eran obligados los miserables por un moderado tributo.

Sabido es en las histórias de Indias, que los Católicos Monarcas premiaban el valor de los conquistadores y personas beneméritas con el repartimiento de algunas parcialidades ó pueblos de indios, mas ó menos numerosos, á proporcion de los méritos y carácter de los sugetos, transfiriendo en ellos el derecho que tenian Sus Magestades de exigir el tributo que antes de la conquista pagaban á sus caciques, Incas y Emperadores. Llamábanse estos repartimientos, encomiendas, y las que las poseian, encomenderos, los cuales personalmente ó por medio de otros, que se llamaban pobleros y egecutores, velaban sobre el trabajo de los oficiales, y aprovechamiento del tiempo, logrando instantes de trabajo por no malograr los aumentos de sus intereses.

El fin de los Católicos Reyes en estos repartimientos; las obligaciones que imponian á los encomenderos; la piedad y conmiseracion con que mandaban fuesen tratados los indios de encomienda, pueden llamarse pensamientos inspirados del Cielo para la conversion de los Americanos y propagacion de la Fé entre ellos. Pero la insaciable codicia que todo lo trastorna, convirtió el moderado tributo en esclavitud de los tributarios, y abrogada aquella, en vez de un corto y pequeño gravámen, oprimió á los miserables con el servicio personal, el cual, fuera del nombre, tenia todos los caractéres, y producia todos los efectos de la esclavitud.

Era el servicio personal, para explicarlo de una vez, una opresion tiránica, que compelia á los indios con sus mugeres, hijos é hijas á trabajar de noche y dia en utilidad de los encomenderos: era una libertad esclava: libertad en el nombre, y esclava en la substancia, en los efectos y en la realidad: era un disfraz de servidumbre, que empobrecia la pobreza de los indios, y enriquecia los tesoros de los encomenderos: era un dogal, que á fuerza de increibles vejaciones y trabajos excesivos, sofocaba los espirítus de los indios, y privaba á millares de la vida: era un tocar alarma, para que se rebelasen con la opresion, y sacudido el yugo de Cristo, sacudiesen tambien él del español, como lo egecutaron en Chile los Araucanos; en Tucuman los Calchaquís, Pulares y Diaguitas; en el Paraguay, los Guaycurús, Paranás y Guaranís, y en el Rio de la Plata, los Frentones, Querandís y otros muchos.

Este abuso infame y opresion injusta de consecuencias infernales, conmovió los ánimos de los Católicos Reyes, y desde luego se desvelaron en desarraigarlo. Pero su empeño en muchos años no surtió efecto favorable; ya por la ambicion de unos, ya por la pusilanimidad de otros, que no tenian ánimo y les faltaba aliento para hacer frente á los encomenderos. Las cédulas expedidas á este fin respiraban misericordia y piedad, capaz de mover corazones mas dóciles y menos obstinados: pero la resolucion denodada de los encomenderos, y su temerario atrevimiento, resuelto á cualquier arrojo, obligó á los reales ministros á suprimir los instrumentos de su comision para abrogar el servicio personal; hechos cómplices del delito, incursos en fea desobediencia á las reales órdenes, los que mas debieran promover su egecucion en materia de tanta importancia.

Así se pasaron muchos años, los Reyes mandando, los Gobernadores desobedeciendo, los encomenderos triunfando, y los varones de celo suspirando inutilmente. ¡Tales eran y tan profundas las raices que habia echado la codicia en los corazones de los encomenderos! Entrado ya el siglo décimo septimo, tocó Dios el corazon de D. Juan de Salazar, hidalgo portugues, avecindado en Tucuman: caballero piadoso, cristiano y rico, que pasado á España, consumió toda su hacienda abogando en presencia de Felipe III en favor de los indios contra el servicio personal, y ultimamente murió, no sin sospecha de veneno, juez comisionario con ámplios poderes para desarraigarlo en la provincia de Cuyo.

Este generoso y compasivo portugues, consiguió, estando en la Corte, que en el reino de Chile se estableciese Real Audiencia, y para las provincias de Tucuman, Rio de la Plata y Paraguay se asignase un visitador, cuya principal incumbencia habia de ser el exterminio del servicio personal, odioso á los indios, y denigrativo de la nacion española. La cédula se expidió en 27 de Marzo de 1606, pero su egecucion retardaron algunos accidentes, aparentes ó verdaderos. El año de 1610 nombró la Real Audiencia de Chuquisaca á D. Francisco Alfaro, para que informado personalmente de las cosas en las tres provincias del Paraguay, Rio de la Plata y Tucuman, arreglase el tributo que se debia exigir de los indios en reconocimiento de vasallage.

Era el licenciado D. Francisco Alfaro ministro integerrimo, de méritos adquiridos con la inflexible rectitud de sus operaciones: celoso protector de los indios, cuyos agravios habia vindicado en Panamá y Chuquisaca, en el empleo de Oidor de los dos tribunales. No era fácil hallar sugeto mas adecuado para el intento: juicio reposado y penetrativo de las materias: sumo desinteres y limpieza de manos, que no se mancharon con el lodo de regalos, ni polvorearon los donativos: inflexibilidad y rectitud, con pecho de bronce para rebatir los golpes de la sinrazon, y de los que ciegos atropellan á los que pretenden encaminarlos, expédito en los negocios, no demorando la decision de las causas sino cuanto pedia el fundo de las materias. El empleo de visitador, con que vino á las províncias de Paraguay, Rio de la Plata y Tucuman, era ocupacion de muchos años para otros: pero él lo concluyó con feliz acierto dentro del año de 1611.

Tres eran los cardinales puntos de su incumbencia. El primero miraba á la libertad de los indios, no imaginária y de nombre como hasta el tiempo presente, sino real y verdadera, á la cual directamente obstaba el servicio personal: el segundo miraba á los desagravios por las injusticias pasadas, y el tercero á la tasa moderada de tributos: punto, á la verdad escabroso, y de vado bien difícil: parte por la pobreza presente de los encomenderos, para satisfacer á los indios las injusticias pasadas: parte porque, aun en quien se suponia suficiencia de caudal, se creia faltar voluntad por los intereses de la codicia.

Este estado de las cosas, y el temor de no encancerar mas las llagas, ocasionó el dar dos oficios á la imposicion que se les habia de poner á los indios de encomienda: el primero de tributo que debian pagar á los encomenderos, en nombre de Su Magestad, y el segundo por ser de satisfaccion tan moderada, que lentamente, pero del modo que únicamente hacian posible las circunstancias, compensase á los miserables indios el precio de los sudores pasados. Sobre la materia se tuvieron diferentes congresos en la Asumpcion del Paraguay, cabeza del Rio de la Plata, y en Santiago del Estero, capital del Tucuman. Concurrieron hombres doctos, que habian manejado con particular estudio las materias, los gobernadores de las provincias, y procuradores de las ciudades.

Ya parece que era llegada la hora en que á la infernal hidra del servicio personal se le segase la cabeza, que se habia mantenido con la muerte de tantos infelices americanos. Todos conspiraban unánimes á este fin: los Reyes en sus cédulas, el visitador en las juntas, los gobernadores con el poder de sus bastones, los consejeros con la rectitud de sus pareceres, y los predicadores y personas de celo con sus sermones y razonamientos. Nada faltaba ya, sino que se arreglasen las ordenanzas y que las aceptasen las ciudades. Lo primero pendia del visitador, y las escribió con tanto acierto, que merecieron la aprobacion del Monarca, y se insertaron despues entre las leyes de Indias, libro VI, título 17.

Lo segundo pendia de las ciudades y encomenderos, y estos y aquellas llevaron pesadamente la promulgacion del nuevo deuteronómio, que ceñia los límites á su interminable codicia, y cortaba las alas á su ambicion. Las ciudades nombraron procuradores, la Asumpcion del Paraguay al capitan Francisco Aquino, y Santiago del Estero á D. Fernando de Toledo y Pimentel, cuarto nieto del primer Duque de Alba, para que tratasen en la Audiencia de Chuquisaca la revocacion de las nueve ordenanzas; por si acaso en este rectísimo tribunal, no tenia su apelacion el feliz despacho que deseaban. Señalaron al célebre Hernando Arias de Saavedra (Sol en esta ocasion eclipsado) procurador á la Corte, para que abogase por la mayor injusticia en el tribunal de la rectitud mas síncera. Los gastos de los procuradores costeaban los encomenderos, liberales en esta ocasion, y pródigos de sus bienes.

En los tribunales de Indias tuvieron los procuradores de las ciudades tan mal éxito como era mala la causa que patrocinaban; ordenando con real severidad se guardasen inviolablemente las ordenanzas del vistador D. Francisco Alfaro.

Desde fines de 1609, ó principios de 1610, tenia el gobernalle del Paraguay D. Diego Martin Negron, y á no ser él piloto tan diestro, hubiera por ventura en tiempos tan turbulentos naufragado la provincia. Pero su prudencia en sosegar los principios de tumultos, y su constancia en promover con inflexibilidad la justicia de los indios contra las pretensiones de los encomenderos, le descubrieron aquella senda que debiera ser trillada de los hombres de gobierno; media entre la condescendencia y severidad, templando la rigidez y acrimonia de la una con la dulzura y suavidad de la otra, cediendo sin ceder á los encomenderos, y con algunas leves condescendencias, promoviendo constante las reales órdenes, y amparando los indios en los derechos de su libertad. El intimó un auto, bien necesario en las circunstancias, para que ningun español llevase indios al beneficio de la yerba del Paraguay, al sitio de Mbaracayú, multando con penas graves á los transgresores, y confiscando cuanta yerba beneficiasen por manos de indios.

Admitió con singular humanidad una embajada del cacique de los Guaycurús, excediendo en las demostraciones de cariño la inurbanidad de los bárbaros, y obligándolos á recibir Misioneros. Promovió con celo cristiano el culto divino, no solo entre los españoles, sino entre los indios, adornando sus iglesias con algunos donativos que dispensaba su liberalidad en beneficio de la devocion de los neófitos. Obras de tanta cristiandad merecian eternizarle en el gobierno: pero la muerte que á nadie perdona, privó á estas provincias de un celoso promotor de los intereses de la religion cristiana, y de un ministro real, dotado de prendas bien singulares.


§. XX.

GOBIERNO DE D. HERNANDO ARIAS DE SAAVEDRA.

1615-1620.

Tomó el gobierno interino el general D. Francisco Gonzalez de Santa Cruz, y á poco mas de dos meses tuvo sucesor el año de 1615, en Hernando Arias de Saavedra, tercera vez asunto al gobierno de la provincia, siempre benemérito del baston; y en esta ocasion mas que nunca por aquella su vida privada, que apuntamos arriba, tan ajustada y cristiana que servia de egemplar á la imitacion, y de regla á cuantos observaban sus procederes. Fomentó con esmero las ordenanzas del visitador Alfaro, y las nuevas reducciones de Guayrá y Paraná.

Entendió personalmente en el desagravio de los indios obligando á los encomenderos á que les satisfaciesen el trabajo de los años pasados, y los dejasen libres para concertarse con quien á justo precio les llamase para sus menesteres. Obra prolija que pedia toda la entereza y cristiandad de Hernando Arias. La extension de la provincia, el derramamiento de los encomenderos por las alquerias en espacios tan dilatados; sobre todo, la resistencia y obstinacion de los poseedores de encomiendas, pedian un ánimo varonil para contrastar las dificultades, igualando á fuerza de brazos la eminencia de los montes con la llanura y profundidad de los valles.

Donde no podia asistir personalmente diputaba jueces de autoridad y rectitud que atendiesen á la cobranza de los salarios, castigando con pena pecuniaria los delincuentes, y obligándolos á la satisfaccion del convenio, conforme á los arreglamientos de las ordenanzas. Dos eran los principales oficios de estos superintendentes: el primero asistir en el tiempo de los ajustes, para que no interviniese fraude con detrimento de los pobres indios: el segundo asistir al tiempo de los pagamentos, para que en cantidad se arreglasen los salarios á la imposicion de las ordenanzas.

Poco era para un corazon tan piadoso, y pecho tan cristiano, el desagrávio de los indios, sino promovia la Fé entre los infieles. Logró en su gobierno considerables aumentos en Guayra y Paraná, y se dió principio á la conversión de los Uruguayos, cuyo país si holló hasta aquel tiempo algun español, pagó con la vida su atrevimiento.

Pocas veces se habrá visto baston mas dignamente empuñado, ó en beneficio y desagrávio de pobres, ó en los progresos y aumentos de la Fé. El nombre glorioso de Padre de la patria, y tutor de la religion cristiana, le venia muy adecuado, y por eso era repetido en boca de todos en obsequio y atencion de sus méritos y operaciones extraordinarias. Ninguna cosa se caia mas de su peso que anhelar á mas gloriosos ascensos. Pero Hernando Arias tenia pensamientos muy diversos: y siempre vivió ageno de honores; y mas placer hallaba en el régimen pacífico de su familia y casa, que en el gobierno de una república tumultuante, que solo se sugeta forzada, y obedece á espensas del rigor.

Para lograr el cumplimiento de sus deseos, y dar con el fin de su gobierno mejor ser á la provincia, despachó á D. Manuel de Frías, procurador á la Corte, para que informado el Consejo sobre la extension casi interminable de la Provincia, insistiese con eficacia en su division, cuya necesidad en otras ocasiones habia representado. No era excesivo el número de ciudades: pero los límites de la provincia eran de vasta extension, ó por mejor decir sin término. Las dilatadísimas campañas que corren hasta el Estrecho de Magallanes; las que caen al norte hasta la Cruz Alta, que deslinda el territorio de Tucuman, Rio de la Plata, y las riberas del rio Paraguay con las naciones circunvecinas; los espacios mas imaginarios que trillados, en que se extendia sin límite, hasta los confines del Brasil, la provincia de Guayra, eran del gobierno del Paraguay, y obligaban al Gobernador á ser peregrino dentro de su propia jurisdiccion.

Sobre eso, los estremos rara ó ninguna vez recibian el influjo de su cabeza: ó porque llegaban con remision sus órdenes, ó porque absolutamente les faltaba impulso para tocar en su término. A las veces sucedia que las autoridades intermédias, que debieran ser el conducto mas fiel, embarazaban el progreso de aquellos influjos, que hacia necesarios el estado presente de las cosas. Era pues muy necesaria la division, y tal la juzgó el Consejo Real de Indias, en vigor de la representacion que hizo D. Manuel de Frias, quien vino con el gobierno del Paraguay, y empuñó el baston, el año de 1620. Cuyos sucesos no poco escandalosos referirá la historia en su propio lugar.

Casi al mismo tiempo se dividió el obispado del Paraguay, en el que hoy conserva ese nombre, y en el del Rio de la Plata. Habia vacado desde la muerte de Fray Reginaldo de Lizarraga hasta el año de 1617, en que ocupó la silla episcopal el Dr. D. Lorenzo Perez de Grado, natural de Salamanca, provisto desde el año de 1602 al arcedianato del Cuzco. Era sugeto de literatura escogida, y muy señalado en el derecho canónico. Su celo pastoral y conmiseracion con los indios, hicieron memorable su gobierno, promoviendo con teson incansable la observancia de las reales ordenanzas, y repartiendo entre los indios la renta de su obispado.

Proseguia aun con el gobierno de la Provincia tucumana, D. Alonso Rivera, héroe bien esclarecido, cuyas hazañas inmortalizan las historias de Flandes, Italia, Chile y Tucuman:—varon enteramente grande por los ardides militares, por su industria y constancia en apurar al enemigo las fuerzas, hasta rendirle. En este gobierno hizo su nombre harto glorioso, sugetando los Pampas que infestaban á Córdoba: humillando los inconstantes Calchaquís, siempre tumultuantes y rebeldes al homenage ofrecido. Para contenerlos en los debidos términos, fundó en la villa de Londres, año de 1607, la ciudad de San Juan de la Ribera. No es menos recomendable por el fomento que dió al visitador Alfaro, y la piadosa cristiandad con que favoreció los indios contra las injustas pretensiones de los encomenderos.

Estos se quejaron agriamente contra el Gobernador: mas, ¿qué víbora no se enrosca, cuando la toca la vara, para arrojar su veneno? Mucho concibieron sus émulos y lo derramaron en cien capítulos, que le opusieron ante el juez de residencia, pero todos de tan leve peso, que el menor viento de sus arregladas operaciones los desvaneció sin dificultad. Fué término de su gobierno el año de 1611, y en él dejó á sus sucesores un ejemplo memorable do sujecion y rendimiento.

Tuvo sucesor el mismo año de 1611 en D. Luis Quiñones Osorio, caballero de Alcántara, principal de la casa y solar de San Roman de los Quiñones y de la villa de Quitanilla, en el reino de Leon. Diez años habia servido el empleo de Juez oficial de la real hacienda en la imperial villa de Potosí, con tanto desinteres, que celando los reales haberes con atencion de vigilante ministro, descuidaba con cristiano despego de sus creces y aumentos temporales. El encargó la conversion de los Ojas, Ocloyas y Paypayas, naciones fronterizas á Xujuy, cuyas vecindades infestaban con furtivas correrias.

Eclipsó D. Luis Quiñones de Osorio al visitador Alfaro, adelantando sus proyectos, é insistiendo con teson en la puntual observancia de las reales ordenanzas. Resistiéronse los encomenderos pero la Provincia tucumana conoció, que á la sombra de un gobierno justo, ingénuo y recto no prevalece el desórden, ni el poderoso avasalla con impunidad los fueros del inocente desvalido.

Años antes el Gobernador Alonso de Rivera y el Obispo Trejo habian informado al Consejo sobre la necesidad de erigir el seminario que ordena el Tridentino para el servicio de las catedrales, el cual era en Santiago necesario por la falta de ministros hábiles en las funciones eclesiásticas. A este fin llegó cédula del Sr. D. Felipe III, en que aprobaba la ereccion, ordenando se encomendase á la Compañia el régimen y gobierno de los seminaristas.

La misma idea de fundar seminario se habia concebido en Córdoba. Tratóse luego de poner las manos á la obra y disponer cómoda habitacion para los convictoristas, y religiosos á cuya direccion habia de entrar el nuevo seminario. Seis mil pesos exhibió el ilustrísimo Señor Trejo para comprar las casas de Juan de Burgos, uno de los primeros conquistadores, capaces de admitir buen número de seminaristas. Luego que en Córdoba corrió la voz del seminario que pretendía fundar el ilustrísimo Obispo, se alegraron notablemente los ciudadanos, conociendo que la mas noble parte de su felicidad les habia de venir de la enseñanza en buenas letras y virtudes cristianas de sus hijos, deseando con impaciencia el dia en que se habia de dar principio á la fundacion.

Este habia de ser el de los Príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, del año de 1613, en que el Obispo pontificó, bendijo las becas, y se las vistió de su mano á catorce colegiales, hijos de la primer nobleza y distincion, descendientes de los primeros conquistadores. No fué de mucha duracion este seminario, pero en los pocos años su consistencia llenó la esperanza de la provincia con frutos bien sazonados.


SERIE

De los Señores Gobernadores del Paraguay, desde D. Pedro de Mendoza, hasta D. Fulgencio Yedros, segun consta de los libros capitulares que se conservan en el archivo de la Asumpcion; por el P. Bautista.


DESCUBRIMIENTO DEL RIO DE LA PLATA.

1512-1534.

Juan Diaz de Solis, piloto mayor del Rey, de cuya órden, aunque á su propia costa, salió de España para estas partes y costas magallánicas, entonces por ninguno otro surcadas, pues fué su derrota el año del Señor de 1512: y mediante ella, y estar ya declarado por el Papa Alejandro VI, que desde Santa Catalina hácia el sur pertenencian estas navegaciones y conquistas á los Reyes de Castilla, y haber navegado dicho Solis siguiendo la meridional, hasta cuarenta grados, desde donde retrocediendo dió con la boca del Rio de la Plata, entrándose por ella, tomó posesion de aquella tierra, y dió á este rio (que los naturales llamaban Parana-guazú, que suena lo mismo, que “rio como mar”) el título de su apellido: por el cual fué conocido hasta Gaboto, que fué el segundo que lo navegó, y que le dió el nombre de Rio de la Plata, por la que de él llevó á España.

Antes de la llegada de Gaboto, Hernando de Magallanes reconoció su boca, aunque no entró por él, sino que se enmaró hasta descubrir el estrecho de su nombre y las islas Filipinas, donde murió, quedando en su lugar Sebastian Cano, que surcó ambos mares. Como de estos dos descubrimientos de Solis y Gaboto, aquel español, vecino de un lugar de Andalucía, llamado Uría, y este veneciano, resultase que muchos caballeros hidalgos se ofreciesen al Emparador á poblar esta tierra, que segun daba muestras, era muy poderosa y rica; entre los que con mas ardimiento hicieron esta pretension, fué D. Pedro de Mendoza.