9.—La Bella Necesidad
Si hubiéramos de analizar, uno por uno, todos los ensayos de Emerson, prolongaríase nuestra tarea sin mayor provecho. Casi todos los problemas sociales, de actualidad en su medio y en su época, merecieron un comentario suyo, siempre perspicaz.
Su imaginación vagó en torno de la naturaleza, de lo divino y de lo moral, con la singularidad de oponerse tenazmente a toda noción de lo sobrenatural y de confiar en los buenos métodos de investigación; sólo vemos fe en esta confianza, desde que nunca los había aprendido ni practicado. Su misticismo tradújose por una rebeldía a preceptos, cánones, dogmas, a todo lo que representa un intermediario entre el espíritu humano y la divinidad misma, incesantemente confundidos en sus escritos. Cuando execra la decadencia moral de su tiempo y augura "la vuelta a lo divino", su estilo se eleva por momentos hasta el de Ruysbroek o Teresa de Ávila, pero su pensamiento sigue estando cerca de Marco Aurelio o de Spinoza. Y del estoicismo, y del panteísmo, parecería haber heredado Emerson el sentimiento poderoso de la fatalidad, más próximo del determinismo moderno que del fatalismo alejandrino, musulmán o quietista, a pesar de su lenguaje.
En el ensayo titulado Fatalidad dice que ella se encuentra en la materia, en el espíritu, en la moral, en las razas y en los acontecimientos, lo mismo que en el pensamiento y en el carácter. Pero, a su vez, arguye: "la fatalidad tiene un amo, el límite está limitado, aunque la fatalidad es inmensa, la potencia o voluntad de querer, ese otro hecho de un mundo de dos caras, también es inmenso. Si la fatalidad sigue y limita a la potencia, la potencia acompaña y combate a la fatalidad... El espíritu no puede negar su libre voluntad; atreviéndonos a afirmar esa contradicción, diremos que "la libertad es una cosa necesaria en sí". Si queréis tomar partido por la fatalidad y decir que la fatalidad es todo, entonces diremos que "la libertad del hombre es una parte de la fatalidad". La facultad de elegir y de obrar brota eternamente del espíritu. La inteligencia anula la fatalidad. En cuanto un hombre piensa, es libre". Este párrafo, con más triquiñuelas verbales que razones, pertenece al número de los que suelen emplearse para no molestar las preocupaciones ancestrales del público inculto: ése es el insensato palabrismo razonante que las ignorantes confunden con la filosofía y con la metafísica, poniéndola en ridículo ante las personas capacitadas para descubrir la absoluta vaciedad de las palabras y el carácter delirante de tales razonamientos faltos de sentido. Creo por eso, como Emerson lo reconoce al elogiar la soledad, que el filósofo debe ser la antítesis del retórico, para no convertirse en involuntario eco de las supersticiones de la multitud que le aplaude. El arquetipo del filósofo es Spinoza; Cousin es el arquetipo del exitista.
Toda vez que un pensador desciende a seducir el público, disfrazando de equívocas palabras su pensamiento, corre, como Emerson, el peligro de caer en disquisiciones intrínsecamente "conformistas" aunque ellas sean juegos malabares para hacer menos violenta la exposición de ideas "no-conformistas". Emerson no encuentra en el terreno de la ética práctica ciertos principios que la lógica pura demuestra absurdos, como hace Kant. No es eso; Emerson, por el contrario, después de hacer sonar su hojalatería sobre la libertad espiritual, termina su ensayo con cuatro invocaciones poéticas a la fatalidad, tan propias de su panteísmo como incompatibles con su librearbitrismo.
Antes de leerlos recordemos que entre los puritanos tuvo siempre poco arraigo la creencia en la libertad moral; su dogma básico, de la gracia o de la predestinación, conducía lógicamente al sentimiento de la fatalidad. Emerson no hizo sino transferir a las leyes de la Naturaleza la confianza que ellos tenían puesta en el Destino. Contra lo que a primera vista parecería, esa idea de la fatalidad es un verdadero instrumento de acción para los que se han trazado un camino en la vida: vivir es ser fiel a su propio itinerario, recorrerlo sin descanso, como quien cumple realmente un destino irrevocable, sin tropezar en esas deliberaciones sucesivas que exponen a vivir fragmentariamente. Recuerdo esta observación psicológica y moral, de que sin duda se reirían los viejos metafísicos que sólo veían en la libertad un tema para ejercitar su razón razonante: "los más grandes profesores de energía tienen poco interés por el libre albedrío".
¿Os sorprende? Escuchad a Emerson, al maestro de la confianza en sí mismo.
"Elevamos altares a esa bella unidad que mantiene a la naturaleza y a las almas en una perfecta continuidad, y que obliga a cada átomo a servir a un fin universal. No es la extensión de nieve, el capullo, el paisaje estival, el esplendor de las estrellas, lo que me maravilla, sino la belleza necesaria, o, si queréis, la necesidad de belleza que gravita sobre el universo; que todo deba ser pintoresco y lo sea; que el arco iris, la curva del horizonte y la comba del cielo deban ser resultados del mecanismo del ojo. No necesito que ningún aficionado tonto venga a guiarme para admirar jardines, una nube dorada o una cascada, desde que no puedo abrir los ojos sin ver algo impregnado de esplendor y de gracia. Cuán vana es esa elección de tal o cual chispa dispersa al azar, cuando la necesidad inherente a las cosas enciende la llama de la belleza en la frente del caos y denuncia que la intención central de la naturaleza es ser armonía y dicha.
"Elevemos altares a la bella necesidad. Haber creído libres a los hombres, en el sentido de que una voluntad antojadiza puede dominar la ley de las cosas, es como pretender que un dedo de niño puede hacer caer el sol. ¿Si en la menor de las cosas el hombre pudiera alterar el orden de la naturaleza, quien querría aceptar el don de la vida?
"Elevemos altares a esa bella necesidad que nos prueba y nos asegura que todo está hecho de una pieza, que el acusador y el acusado, el amigo y el enemigo, el animal y el planeta, el alimento y quien lo consume, son de la misma y única especie. El espacio astronómico es inmenso, pero ningún sistema le es extraño. Los tiempos geológicos son inconmensurables, pero han regido en ellos leyes semejantes a las actuales. ¿Porqué nos espantaría la naturaleza, en que están objetivadas la filosofía y la teología? ¿Porqué temeríamos ser aplastados por los elementos de la naturaleza, si estamos hechos de esos mismos elementos?
"Elevemos altares a esa bella necesidad que torna valiente al hombre, enseñándole que él no puede evitar un peligro seguro, ni exponerse a otro ficticio; a esa necesidad que nos conduce, ruda o dulcemente, a la noción de que no hay azar ni acontecimientos fortuitos; que la ley regula toda existencia,—una ley que no es inteligente, pero que es la inteligencia,—que no es personal ni impersonal; que desdeña las palabras y sobrepasa al entendimiento; que disuelve las personalidades, que vivifica la naturaleza y que sin embargo invita al corazón puro a apoyarse sobre toda su omnipotencia".
Hermosa página literaria, sin duda; basta meditar sobre ella un minuto para comprender que para Emerson necesidad es fatalidad; lo de suponer que la ley de necesidad "es la inteligencia, sin ser inteligente", es una tímida portezuela de palabras que Emerson deja entreabierta para los hombres "inteligentes y libres" que podrían sentirse humillados ante los altares elevados a la bella necesidad. ¿Para qué detenernos? Emerson confiesa en ese mismo ensayo que está fuera de la lógica, tal como lo estuvo Kant a pesar de sus refinadas argucias dialécticas: "a pesar de todo, es sano para el hombre no considerar las cosas desde el punto de vista de la fatalidad, sino desde el de la libertad: es la manera práctica de encarar la cuestión". Podríamos, una vez más, traducirlo en lenguaje claro, diciendo que la ilusión de la libertad es útil y sirve al hombre como si realmente existiera. Pero, ya lo hemos dicho, ciertas ideas, expresadas con exactitud, no tienen gracia; el encanto trascendental desaparecería sin la vaga atmósfera de inexactitud que lo hace parecer más hondo y misterioso...