III.—FORMAS INDIVIDUALES DE LUCHA Y DE SIMULACIÓN

En la breve reseña precedente hemos visto que cuando existen formas colectivas de lucha por la vida, o condiciones de lucha comunes a varios individuos, se observan formas de simulación que les son correlativas. Pero, aparte de esas formas o condiciones comunes de lucha, cada individuo, por su particular constitución fisiopsíquica y por sus relaciones especiales con el ambiente, encuéntrase en circunstancias distintas; por ese motivo los modos de lucha revisten caracteres personales, inclusive los fraudulentos. Siempre, sin embargo, vemos persistir el paralelismo entre cada una de aquéllas y una forma de simulación empleada como medio ofensivo y defensivo. Podría, pues, formularse esta premisa general: todos los hombres son más o menos simuladores, aunque sólo en algunos la simulación es el medio habitual y preferente de lucha por la vida.

Equivocado sería considerar las formas individuales de fraudulencia como producto puramente instintivo, como si el hombre fuese naturalmente perverso o mentiroso, egoísta o hipócrita. La organización social presente impone al individuo esas cualidades, en mayor o menor grado, si quiere atenuar la ruda lucha a que el medio le somete; muy pocos han sido de tal manera dotados por la naturaleza, que puedan atreverse a luchar en plena disconformidad con su ambiente.

Un escritor rebelde, S. Faure, sintetiza en el siguiente párrafo de "El Dolor universal" las razones que obligan al hombre a ser egoísta y a luchar encarnizadamente contra sus propios semejantes: "Las condiciones de la lucha nos hacen ver en cada hombre un rival presente o futuro, directo o indirecto, voluntario o involuntario. El antagonismo de intereses es la base principal del sistema económico contemporáneo. El interés del gobernante es contrario al del gobernado, el interés del patrón contrario al del obrero, el interés del vendedor al del comprador. Hay dualismo constante entre el bien del rico y el bien del pobre. Y no es todo: hay conflicto permanente y forzado entre gobernante y gobernante, entre patrón y patrón, entre obrero y obrero, entre vendedor y vendedor, entre rico y rico, entre pobre y pobre. En todas partes la lucha es encarnizada, por un mendrugo lo mismo que por una embajada, por un empleo de guardián de plaza como por una dirección de establecimiento científico, por la dote de una joven burguesa como por la conquista de una herencia, por un buen local en una feria lo mismo que por una ventajosa expropiación".

Esa multiplicidad de antagonismos determina un refinamiento de los medios astutos de lucha por la vida, y, por consiguiente, de la simulación. El individuo menos apto para simular ciertas adaptaciones al medio, que son de primera necesidad, es candidato a ser vencido en la lucha, produciéndose entonces aquellas falsas selecciones de que ya hablamos, inevitables en un ambiente social cuya organización suele ser perniciosa para la expansión del individuo.

Como no hay esfera de la actividad individual exenta de lucha, tampoco la hay donde no se observen fenómenos de simulación para adaptarse a ella; muchas veces no es posible fijar la línea divisoria entre las simulaciones individuales y las colectivas.

Surge esta observación lógica: la edad, el sexo, la clase social, etc., influyen sobre la mayor o menor frecuencia de la simulación, lo mismo que sobre los otros medios fraudulentos, precisamente porque esas circunstancias actúan sobre los dos factores que determinan la simulación: el coeficiente fisiopsíquico de los sujetos y las condiciones del ambiente donde se lucha por la existencia.

A medida que el niño va formando su personalidad y conociendo las personas que le rodean, observa, si no es tonto, que la conducta de las más es puro fingimiento. Fingimiento es todo lo que le enseñan como discreción y fingimiento la cortesía; fingimiento las buenas maneras y fingimiento la galantería. Finge éste para ascender, y el otro para pedir, y todos para medrar; finge el necio, finge el sabio, finge el pícaro, el lacayo, el príncipe, el cortesano. Cada uno finge lo que no es y quisiera parecer en el momento de enmascararse para engañar a su semejante.

Habría que repetir el cuadro que en pocas líneas de "El Criticón" (Crisi VII) trazó Baltasar Gracián: "Cuando vieres un presumido de sabio, cree que es un necio. Ten al rico por pobre de los verdaderos bienes. El que a todos manda es esclavo común. El grande de cuerpo no es muy hombre; el grueso, tiene poca sustancia. El que hace el sordo oye más de lo que querría. El que mira lindamente es ciego o cegará. El que huele mucho huele mal a todos. El hablador no dice cosa. El que ríe regaña. El que murmura se condena. El que come más come menos. El que se burla tal vez se confiesa. El que dice mal de la mercadería la quiere. El que hace el simple sabe más. Al que nada le falta él se falta a sí mismo. El avaro, tanto le sirve lo que tiene como lo que no tiene. El que gasta más razones tiene menos. El más sabio suele ser menos entendido. Darse buena vida es acabar. El que la ama la aborrece. El que te unta los cascos, ése te los quiebra; el que te hace fiestas, te ayuda. La necedad la hallarás de ordinario en los buenos pareceres. El muy derecho es tuerto. El mucho bien hace mal. El que excusa pasos da más. Por no perder un bocado se pierden ciento. El que gasta poco gasta doblado. El que te hace llorar te quiere bien. Y al fin, lo que uno afecta y quiere parecer, eso es menos". Ése es el espectáculo que el hábito de simular ha difundido entre los hombres, poniendo en todo el fraude y el fingimiento hasta convertir la sociedad en una inmensa tertulia de enmascarados que procuran engañarse recíprocamente, como en la escena que describe el mismo Gracián: "No hubo hombre ni mujer que no saliese con su máscara y todas eran ajenas. Había de todos modos, no sólo de diablura, pero de santidad y de virtud, con que engañaban a muchos simples, que los sabios claramente les decían se las quitasen. Y es cosa notable que todos tomaban las ajenas y aun contrarias. Porque la vulpeja salía con máscara de cordero, la serpiente de paloma, el usurero de limosnero, la ramera de rezadora y siempre en romerías. El adúltero de amigo del marido, la tercera de saludadora, el lobo del que ayuna, el león de cordero, el gato con barba a lo romano, con hechos de tal. El asno de león, mientras calla; el perro rabioso de risa, por tener falda, y todos de burla y engaño".

Educados entre esa simulación general, impuesta a todos por la hipocresía organizada como base de la vida en sociedad, los niños aprenden precozmente a disimular sus intenciones y sus deseos; a ello contribuye el juego, que suele ser una disciplina de la ficción. La aptitud se perfecciona a medida que el niño reconoce la utilidad de la simulación, hasta que al fin la aplica a fines de provecho. El hecho es banal; todos, en la niñez, hemos simulado estar indispuestos o enfermos para eludir un deber o para satisfacer un capricho.

Fácilmente se explica la tendencia de los niños a la simulación. La debilidad resta eficacia al uso de los medios violentos y aparta de ellos; por compensación el débil refina los medios fraudulentos, únicos de que dispone. Fuera pedante recurrir a la inmensa bibliografía moderna para demostrar que todas sus formas campean soberanas en la psicología infantil; la inocente bondad de los niños es una leyenda caída en desuso. Hemos tenido ocasión de estudiar a un degenerado incorregible: cada vez que se le castigaba, o cuando deseaba realizar un capricho, simulaba un gran ataque epiléptico, acompañado de gritos ensordecedores; otro, con toda oportunidad, simulaba enfermarse para eludir el cumplimiento de deberes que le eran desagradables. Los que se sorprendan de que los niños simulen tan frecuentemente, podrían recordar que han simulado, muchísimas veces, las más extravagantes dolencias con el modesto objeto de faltar a la escuela.

En los exámenes la simulación es frecuentísima. Tuvimos un condiscípulo que sabía fingir admirablemente un estado febril cada vez que debía superar un examen difícil; gran expediente para quebrantar la severidad de los examinadores. Generalmente los alumnos simulan poseer conocimientos que en realidad no tienen. Otros fingen no oir las interrupciones de los examinadores, cuando ellas pudieran ser causa de fracaso. Algunos simulan una amnesia transitoria, aparentando escarbar en el fondo de su memoria conocimientos que jamás han adquirido.

El niño, llegado a la juventud, se encuentra rodeado por gentes que quieren imponerle opiniones, creencias, gustos, que no son los suyos. Si se aviene a simularlos, todos a una repetirán que es un joven de porvenir, que hará carrera, que será un hombre de mundo, es decir: un ser convencional cuyas apariencias están de acuerdo con la mentira organizada. En otra época ese joven hacía su carrera en las cortes; hoy se hace burócrata, generalmente.

En la burocracia hay un inmenso campo para el ejercicio de la simulación individual. Junto a los empleados verdaderamente útiles y productivos, hay legiones enteras de parásitos y serviles que viven simulando "trabajar", como si fuera creíble que consagran su actividad física e intelectual a producir algo útil para la sociedad; nadie ignora, a fe, que el parásito de oficina limítase a usufructuar los beneficios que ha sabido conquistar con la flexibilidad de su espinazo o con las recomendaciones que le empujan. Ésta es la "selección servil" descrita por Sergi; de ella hizo Turati un breve pero ingenioso análisis aplicado a la vida política y social.

Es una de las simulaciones más perjudiciales a la sociedad: la del que nunca ha hecho cosa útil alguna y vive simulando el trabajo para justificar la prebenda que percibe. Las simulaciones de estos parásitos sociales tienen los mismos efectos que las simulaciones del parasitismo animal. Sus actores, sin embargo, minan las bases de todo sentimiento de justicia; Novicow, mejor que otros, lo ha demostrado hasta la evidencia.

En el orden de las creencias la ficción es tan corriente como en el de la actividad. Es común que los hombres sin ideas propias se dejen llevar por la corriente de la moda; teósofos ayer, anarquistas hoy, modernistas mañana, adhieren siempre a las doctrinas de que se habla más, fingiendo así que son hombres ilustrados: eso, que suele llamarse "dilettantismo", es una simulación de la sabiduría y es frecuente en los individuos que por su misma ignorancia son más sugestionables.

Cuando se acentúa en una sociedad el gusto por las letras, las artes y las ciencias, los que carecen de él lo simulan: leen novelas de autores cuyos nombres suenan, frecuentan exposiciones de pintura o discuten la pluralidad de los mundos habitados, no porque ello les interese sino para simular los gustos que están de moda.

Las simulaciones en el ambiente intelectual son interesantes y difundidas. Tal escritor finge estar apasionado por un asunto que no le interesa, pero que apasiona a su público; tal otro simulará creer en una hipótesis, que sabe absurda, si ella le sirve para confirmar o consolidar las opiniones que sostiene. Las circunstancias infinitas de la lucha hacen innumerables las formas posibles de simulación. Recordamos dos casos originales, cuyos autores conocimos personalmente. Un joven anónimo consiguió publicar versos suyos en un diario muy importante, simulando que pertenecían a un autor muy estimado. Otro propúsose colaborar en una revista bien conceptuada, salvando el doble obstáculo de su juventud y sus ideas revolucionarias; envió su artículo al director con una carta simulando atravesar por circunstancias críticas que le inducían a ofrecer en venta su trabajo, que el director encontró aceptable, y creyó justo ayudar al autor. En ambos casos el éxito fué debido a la simulación; en el primero de persona, en el segundo de indigencia.

El literato que no tiene aptitudes originales para luchar en el ambiente intelectual, simula maneras de pensar y de sentir adaptadas al gusto dominante de los lectores; eso, combinado con la sugestión, caracteriza al "snobismo". Será clásico, romántico, parnasiano, modernista, esteta o decadente; pero en lugar de ser "él mismo" vivirá simulando lo que no es. Para adaptarse a la corriente seguirá el modelo favorito y cuando sea gustado el buen estilo se convertirá en sastre de trajes verbales que no visten idea alguna; de esa manera se forman ciertas "escuelas literarias" en que una cohorte de tontos simula poseer las cualidades que han determinado el triunfo de un maestro. Otros hay que en sus poesías simulan estar locos de amor, indignados, entusiasmados, ebrios, enfermos; no teniendo nada real que decir ni que pensar, procuran disimular tras vaporoso celaje de idealismo sus ficciones anodinas. En estos últimos años todos los poetas principiantes parecen incapaces de escribir versos si no simulan tener una amada, que debe ser princesa o duquesa, y revestida de cualidades suprasensibles. A Dante le bastó una Beatriz y a Petrarca una Laura, que eran, simplemente, bellas mujeres.

Hay simuladores de más bulto. Sin haber estudiado son tenidos por doctos y sin haberse quemado las cejas disfrutan de buena fama; nunca se ríen, hablan con solemnidad, juzgan con prudencia, midiéndose en todo para no descubrir su ignorancia. Uno de nuestros profesores simulaba mucha ciencia estudiando en revistas novedades raras para cuestionar sobre ellas a los alumnos, que se boquiabrían de sorpresa ante su originalidad siempre renovada.

Pocos individuos se ven tan obligados a simular como los periodistas de profesión; escriben simulando profesar las ideas del director del diario que los paga o la opinión del público que los lee. Su personalidad real desaparece en un mundo interior que están constreñidos a disimular. Su mimetismo mental excede al del camaleón; si cambian de diario, cambian de aspecto: ayer conservador, mañana liberal, después clerical o anarquista, según las circunstancias. Pero nos es fuerza abreviar; sobran los ejemplos enunciados para evidenciar la difusión de estos hechos en la lucha por la vida intelectual.

En otros campos de observación, aparecen ejemplos variados, siempre interesantes. Numerosos simuladores hay entre los individuos dedicados profesionalmente a la propaganda de ideas políticas, religiosas, sociales, etcétera. En ellos existe, modus vivendi, la obligación de simular a hora fija, y ante públicos variados, pasiones y entusiasmos que en algunos casos riñen con su estado del momento; si no fuesen oportunamente simuladores comprometerían, junto con su prestigio, el pan cotidiano que ganan mediante la simulación. Ellos constituyen la triste antítesis del apóstol lleno de fe y de convicción que se sacrifica en la propaganda de una idea, noble o absurda, pero que, sinceramente, considera buena o justa.

Un conocido industrial, ardiente volteriano y sindicado por sus ideas liberales, acabó por afiliarse, en calidad de socio protector, a un círculo católico de obreros. Preguntado por qué simulaba una religiosidad que no sentía, nos dijo que su objeto era inducir a los obreros a que ingresasen a dichos círculos, para sustraerlos a la influencia de otras sociedades que difunden ideas nocivas a los intereses de los capitalistas.

Fácilmente encuéntranse mujeres que simulan desmayos o enfermedades para obtener una ventaja cualquiera en ciertas circunstancias especiales. Conocimos una joven señora que simulaba ataques histéricos frecuentes, esperando, de esa manera, aumentar el cariño de su esposo; la simuladora ignoraba que éste se quejaba con el médico por su desgraciada elección conyugal, aunque, a su vez, simulaba a la falsa histérica un aumento de cariño por piadosa condescendencia. Sabemos de un hombre a quien su esposa martirizaba con sus celos e histerismos; de pronto creyó que algún milagro había devuelto la felicidad a su hogar, trocándose las precedentes reconvenciones en cariñosas amabilidades: simuladas por la infiel, desde que lo fué. Mujeres que temen ser abandonadas por sus amigos simulan frecuentemente estar encinta, y aun sus consecuencias; ello sirve admirablemente para evitar una separación o asegurarse subsidios especiales.

La situación económica de los individuos lleva con frecuencia a simulaciones que ayudan a luchar por la vida. El pobre suele simular una situación mejor de aquélla en que realmente se encuentra; su traje y sus palabras son a menudo un disfraz de su miseria.

También el rico puede verse en el caso de simular que es pobre; indudablemente lo hacen todos los Harpagones del mundo, para evitar que la caridad llame a sus puertas, obligándoles a aflojar el lazo ceñido al cuello de su bolsa por la mano de la avaricia. Ninguno de esos tipos aventaja en simulaciones a los sablistas, que por acá llamamos "pechadores"; el uno, sencillo y humilde, se bebe de inmediato lo que pidió para comer; otro teje novelas epistolares describiendo tragedias del hogar; los hay copetudos y aristocráticos, que pechan ofreciendo servir a la víctima con sus influencias mundanas o políticas; y hay, por fin, pechadores intrépidos que encuentran en todo hombre un candidato y en todo momento una oportunidad. Una de sus características es que creen que el uso crea verdaderos derechos, ofendiéndose el día que una víctima descubre sus patrañas y se resiste a pagar ese impuesto al parasitismo.

El comercio es complicado engranaje de simulaciones; preocúpase el comerciante de fingir tal interés por su cliente, que, si en realidad lo tuviera, sería causa de su propia ruina. La etiqueta suele ser una simulación aplicada a la calidad del artículo. Hay casa de comercio cuya fundación es simulada con el único propósito de estafar a los fabricantes o al público. La falsificación no es más que un refinamiento comercial de la simulación, teniendo en su desfavor la circunstancia de perjudicar directamente al falsificado. La ceremoniosidad con el cliente, desarrollada en los que atienden despachos comerciales de toda índole, importa una verdadera educación de las aptitudes para simular.

Aunque en los centros civilizados no se cree ya en augures y oráculos, subsiste en las gentes cierto fondo supersticioso que las hace entregarse a otros simuladores del mismo género: las adivinas y los curanderos. Hemos conocido a uno de estos últimos que recibía a sus víctimas envuelto en una larga túnica negra, sentaba al enfermo, le tocaba el occipucio y trazaba en el aire misteriosos signos con una espada; al terminar simulaba un ataque de nervios, durante el cual, según decía, penetraban a su cuerpo, ignorábase por dónde, varios espíritus que le comunicaban el diagnóstico del paciente y las indicaciones terapéuticas. En amable coloquio nos refirió su ficción, que le resultaba un medio fácil de ganarse la vida.

Sin que por ello creamos que del comercio a la delincuencia hay breve trecho, recordaremos que en el mundo de los negocios y en la alta banca la simulación con fines delictuosos y usurarios es frecuente; el "Sylock" de Shakespeare, el "Robert Macaire" de Lemaître, el "Mercadet" de Balzac, el "Saccard" de Zola, son arquetipos del fraude, vivientes en todas las grandes urbes. Laschi los estudió según la antropología criminal. Disimulan sus delitos en la complicación financiera y eluden hábilmente las débiles redes del código penal, que parecen tejidas para atrapar tan sólo a los pequeños delincuentes; alguno conocemos que simula ser contratista de obras públicas cuando realiza sus fraudes gigantescos, escudado por la complicidad de algún alto funcionario que simula firmar contratos para beneficiar al pueblo y embolsa silenciosamente su coima.

Entre los ladrones que hemos estudiado en la clínica criminológica establecida en la Policía de Buenos Aires por el profesor Francisco De Veyga, muchísimos son los que simulan haberse dedicado al robo porque son partidarios de las ideas filosóficas de Proudhon, que dijo: "la propiedad es un robo"; en realidad su único objetivo es justificar con esas ideas los actos antisociales que constituyen su método de lucha por la vida.

En otras formas de delincuencia profesional la simulación es llevada a sus extremos. Los parásitos sociales, cuyas formas típicas estudiaron Massart y Vandervelde, suelen simular el desempeño de alguna función útil, que en realidad no efectúan. Típico es el caften, repugnante entre todos los parásitos, especialista en la trata de blancas; sabido es que simula ser un protector de sus víctimas, haciendo creer a las más incautas que gracias a él se ven libres de presuntas persecuciones de la autoridad.

Creemos suficientemente demostrado nuestro principio general: a cada modalidad de lucha por la vida la astucia humana adapta una forma especial de simulación. Sería interminable la lista si quisiéramos presentar un ejemplo de cada una de esas formas; siendo numerosísimas las condiciones individuales de la lucha, también deben serlo las estrategias que el hombre utiliza para ofender y defenderse.