IV.—UTILIDAD DE LA SIMULACIÓN EN LA LUCHA POR LA VIDA
Fácil sería volver la oración por pasiva, reuniendo en un solo golpe de vista todos los fenómenos inversos a los que hemos observado. Llegaríamos a formular esta regla: el hombre menos apto para simular está más expuesto a sucumbir en la lucha por la vida.
En verdad, escapan a ella algunos tipos especiales; pero las reglas no se formulan para las excepciones. El hombre superior, el que puede imponerse a su ambiente sin necesidad de adaptarse a él, constituye en efecto, una excepción; acaso no sea la única. Pero esa excepción, y otras que hubiera, no invalidan la regla general, que está de acuerdo con otras nociones similares. La lucha por la vida entre los hombres evoluciona de las formas violentas a las formas fraudulentas; esto determina el desarrollo de medios de lucha fundados en el fraude. El hombre primitivo vence a golpes de maza o de hacha; el civilizado domina con la fuerza de la astucia. El ambiente impone la fraudulencia; vivir, para el común de los mortales, es someterse a esa imposición, adaptarse a ella.
Quien lo dude, imagínese por un momento que el astuto especulador no simule honestidad financiera; que el funcionario no simule defender los intereses del pueblo; que el literato adocenado no simule las cualidades de los que triunfan; que el comerciante no simule interesarse por sus clientes; que el examinado no simule conocimientos de que carece y el profesor una profundidad inconmensurable; que el parásito no simule ser útil a su huésped y la barragana ser madre; el bruto inteligente y el inteligente bruto, según las circunstancias; que la adivina y el curandero no aparenten facultades sobrenaturales, para sugestionar a su clientela; que el pícaro no simule la tontería y el superior la inferioridad, según los casos; el niño una enfermedad, el maricón el afeminamiento, el propagandista la pasión, la esposa astuta el histerismo y el marido desgraciado el amor; que el patrón no finja ser católico y el ladrón ser anarquista; que el periodista no simule pensar lo mismo que su director o su público: se tendrá una falange de probables vencidos, casi seguramente vencidos, en la lucha por la vida. Ésa es la regla, sin que desconozcamos la excepción.
"Existen, dice S. Faure, naturalezas intrépidas y leales, demasiado saturadas de verdad y de franqueza para plegarse a las exigencias de la vil estrategia que obliga a ser mentirosos e hipócritas para no ser vencidos en la lucha por la vida. Lo que piensan esos caracteres fuertemente templados, salta a sus labios; gritan sus desagrados, sus rebeldías, sus indignaciones, de la misma manera que afirman sus aspiraciones y sus ideales. Si son obreros, se les arroja de los talleres como ovejas sarnosas que podrían contagiar la majada; si comerciantes, pierden su clientela y su crédito; si funcionarios, son destituidos; si escritores, se les quiebra la pluma; si hablan, se les condena al silencio de la prisión; sus mejores amigos los encuentran comprometedores; sus parientes los reniegan; su propia familia no les perdona que hayan levantado la voz indignada contra la mentira socialmente organizada; y la multitud, si es feroz, los tratará como a malhechores, si es indulgente los llamará locos. Tartufo es el rey; suyo es el triunfo. Decid a vuestro auditorio las necedades más viles, las más bajas adulaciones, y os aclamará; decidle la verdad, le será desagradable y os execrará." ¡Y alguien se asombra de que frente a la hipocresía social el individuo se incline a ser astuto y mentiroso, simulador y fraudulento, diplomata y estratega, táctico y disimulado! Sorprenderse de ello sería llegar al colmo de la ficción. Un mundo de farsantes y de hipócritas empuja al individuo a engañar a sus semejantes. Todo le dice: ¡Miente y simula!; él simula y miente. La culpa es de una moral social que tiene sus bases en la mentira; la educación está envenenada por ella; la tolerancia general agrava en cada uno esta triste aptitud de engañar para vivir.