IV.—PRINCIPALES ASPECTOS CLÍNICOS
Pertenece a los tratados especiales el estudio clínico de las enfermedades simuladas; muchos autores lo han realizado satisfactoriamente. Nuestras observaciones personales poco pueden agregar y su interés sería muy relativo.
En cambio, procuraremos encuadrarla dentro de principios generales, encarando el estudio de sus factores determinantes para hacer resaltar que su objetivo es obtener una ventaja en la lucha por la vida; señalaremos cuál es, en nuestro concepto, su evolución y cuál la profilaxia que puede suprimirlas.
Boisseau afirma que la realización de cualquier acto útil o de interés puede determinar un hecho de esta índole. Esta verdad general, concordante con nuestra ley, no debe interpretarse en un sentido absoluto, pues ciertos sujetos simulan, por causas patológicas o por temperamento, como vimos al analizar la psicología de los simuladores.
La simulación de enfermedades es frecuente entre los neurópatas, especialmente entre los histéricos; la imitación y la sugestión tienen en ellos primordial importancia. Hemos conocido un histérico cuyo anhelo supremo era que el médico se preocupara diariamente de él; vecino de cama de un sujeto afectado de parálisis espinal de Brown-Séquard, observó que este enfermo era objeto de cuidadoso examen diario; un día le vimos pasear por la sala arrastrando la pierna derecha, y al interrogarle nos manifestó que tenía insensible la pierna izquierda; observamos cuidadosamente su injustificada sintomatología, comprobando que el histérico simulaba las dolencias de su vecino para atraer la atención de los médicos. Un neurasténico simulaba vómitos y dificultades digestivas para obtener una dieta especial que se daba a otros pacientes.
Las causas varían al infinito. Una joven señora, a la que nada faltaba en su hogar, sentía necesidad de ser infiel a su marido; celoso éste, no la dejaba satisfacer sus inclinaciones. Ella, entonces, simuló estar afectada de histeria; el esposo, en presencia de sus ataques, cada vez más intensos, le permitió recorrer varios consultorios médicos, donde ella obtenía de los facultativos el único remedio compatible con su enfermedad. Otro falso enfermo ofreció el reverso de la medalla; era un joven ligado por vínculos de convivencia a una mujer que no amaba; faltándole valor para abandonarla sin justificación, fingióse enfermo, consultó al médico y le refirió ciertos datos que imponían el diagnóstico de una enfermedad vergonzosa. Provisto de las correspondientes recetas, inició un tratamiento de fricciones mercuriales y yoduro; la víctima del engaño se apresuró a averiguar para qué servía ese tratamiento y cuando lo supo le abandonó indignada. El simulador obtuvo así el éxito más completo.
En la forma parcial de agravación de los síntomas, la simulación de enfermedades es frecuentísima en los hospitales, donde los huéspedes quieren evitar que se les despida para no perder la pensión de la beneficencia pública. Enfermos curados, al despedírseles, simulan ser nuevamente atacados por la enfermedad o acusan la simple exageración de alguno de los síntomas. Quien haya asistido a una sala de hospital conoce la frecuencia de esos casos.
Otro falso enfermo recorría consultorios particulares exponiendo sus lamentaciones por imaginarias dolencias; cuando el médico había formulado la receta, el presunto enfermo se echaba a llorar y confesaba, con voz entrecortada por sollozos, que faltábale dinero para adquirir los medicamentos. El médico, por verdadera generosidad o por librarse del importuno, dábale la suma necesaria para la adquisición de los remedios. El dinero no terminaba en la farmacia, sino en la taberna, donde el simulador bebía a la salud de la credulidad médica.
En las prácticas de la justicia menuda es harto conocido y explotado el expediente de las enfermedades simuladas, ya para eludir citaciones del juez, ya para evitar un desalojo forzoso del domicilio. En algunos casos hay simple pretextación o alegación de enfermedad; otras veces, cuando el juez puede ordenar se verifique la verdad del padecimiento alegado, el supuesto enfermo se mete en cama, simulando ante el físico los síntomas de la enfermedad certificada por un médico amigo.
Una menor de edad presentóse ante la justicia de Buenos Aires exhibiendo lesiones que decía le causara su padre, para disuadirla de un noviazgo sentimental e inducirla a un matrimonio de conveniencia; el juez quitó al padre su patria potestad y autorizó el casamiento de la menor. Por vía extrajudicial se supo que las lesiones no se las había inferido el padre sino la misma menor, por consejo del novio. Pero ya estaban casados.
En la clínica de criminología del profesor De Veyga es frecuente ver individuos que se presentan a los médicos simulando enfermedades diversas; su propósito es ser enviados a un hospital para sanar allí en seguida y recuperar inmediatamente la libertad. Otros, afectados por enfermedades crónicas, reumatismos, gota militar, tuberculosis, se limitan a simular una exacerbación de los síntomas o una crisis aguda de su mal.
Los casos enunciados dan una idea de la innumerable diversidad de causas que pueden motivar la simulación de estados patológicos y del variado aspecto clínico que ella puede revestir. Pero tres son las formas notables, abarcando por sí solas la mayor parte de las cuestiones médico-legales.
La primera encuentra su origen en la aversión al servicio militar y es usual en los conscriptos que pretenden eludirlo; cuenta una bibliografía muy vasta y ofrece buen número de casos en la observación diaria. La segunda es la explotación de la beneficencia por falsos mendigos; aunque su aparición es antigua como la caridad misma, su bibliografía es corta y no sistemática. La tercera consiste en la simulación de enfermedades mentales con el propósito de eludir la acción de la justicia penal, siendo privilegio de los delincuentes que se encuentran procesados.
Analizaremos brevemente las dos primeras, limitándonos a dar su interpretación general mediante un criterio sociológico; lo único original que cabe a su respecto. De la tercera nos ocuparemos en la parte especial.
1.º. Eludir el servicio militar.—Los estudios sociológicos demuestran que la fuerza brutal, colectivamente organizada, fué en los siglos pasados el medio más común de lucha por la vida entre las tribus, las naciones o las razas. En este hecho encuentra su origen el sentimiento patriótico: es la representación psicológica colectiva del sentimiento de solidaridad entre los miembros de un estado.
La organización progresiva de las instituciones militares tiene por objeto hacerlas más eficaces para sus fines. En esas condiciones es lógico que todos los miembros de una sociedad cooperen a la tarea colectiva de la guerra, cuando los intereses comunes lo exigen. Consecuencia de ello es el derecho de la sociedad para imponer a los individuos la obligación del servicio militar; se considera como un verdadero delito el acto antisocial de simular una enfermedad para eludir ese deber.
Así han nacido las disposiciones legales que castigan a los simuladores de estados patológicos, siendo su consecuencia el refinamiento de los medios empleados para descubrirlos.
Pero todas las instituciones evolucionan. A medida que los pueblos se civilizan, las formas de lucha por la vida se mortifican y los medios empleados en ella se transforman. Las nuevas formas de organización económica han elevado la capacidad productiva de los pueblos; la guerra militar para la conquista de las fuentes naturales de riqueza tiende a ser substituida por otra guerra económica que conquiste mercados para los excesos de producción. Por eso entre pueblos civilizados la guerra tenderá, cada día más, a ser una contradicción con la civilización misma; si aún es posible,—lo es, pues se produce,—débese a que las instituciones políticas no han evolucionado en armonía con el desenvolvimiento de la capacidad económica de la humanidad. Pero ya, al concepto de patria, como forma límite del sentimiento de solidaridad, los espíritus que escrutan el porvenir tienden a substituir el concepto de la solidaridad entre todos los países homogéneamente civilizados, ampliando el sentimiento patriótico con el de humanitarismo.
La difusión de esas ideas impone modificar el criterio médico-legal con que hasta nuestros días se ha encarado el problema de la simulación de enfermedades para eludir el servicio militar. Es justo, ciertamente, castigar esos hechos si se los considera como la transgresión de un deber social; pero no lo es menos que ese deber deja de serlo en algunos individuos, convencidos del carácter pernicioso de la guerra entre naciones civilizadas. No es sorprendente, pues, que viendo en el militarismo una causa de guerra y de despotismo, algunos hombres traten de eludir el servicio de las armas que riñe con sus más íntimos sentimientos. Hay factores altamente morales que justifican esa repulsión; el militarismo ha sido señalado como causa de injusticia y de opresión, contrario a toda justicia y derecho. Se ha dicho que es una escuela de asesinato colectivo e irresponsable; las investigaciones de A. Hamon sobre la "psicología del militar profesional" tienden a probar que en el ambiente del cuartel domina una moralidad baja y antisocial. Frente a la sociedad, que obliga legalmente al ciudadano a ser soldado, el hombre bueno y humanitario puede tener horror al cumplimiento de lo que no considera un deber, sino una coacción.
Esas razones morales inducen a pensar que la simulación de enfermedades en los conscriptos no cederá a los pobres recursos de los médicos militares, ni será eficazmente combatida por la coerción de leyes especiales. Los artificios inventados para descubrir a los simuladores son recursos explicables por la necesidad de servir a la ley; pero revelan desconocimiento de otros factores que mueven los sentimientos humanos y transforman las instituciones sociales.
No haremos inventario del arsenal de los médicos militares contra las enfermedades simuladas; ellos están expuestos a errores inhumanos y no evitan la injusticia de imponer el servicio militar, a quien lo considera inmoral. Por referencia de alguien que lo presenció, conocemos el caso siguiente: en una Sanidad Militar se aplicaron a un sordo-mudo verdadero ciento ochenta puntas de fuego, en varias sesiones, por sospecharse que fuera simulador.
Nosotros vemos la cuestión de otra manera. El militarismo, cumplida su evolución histórica, debe tender a atenuarse entre los pueblos civilizados, cuestión de años o de siglos. Esa atenuación será progresiva, restringiéndose el tiempo del servicio militar; de sus actuales formas permanentes pasará al fin a ser un agradable deporte cívico, como es ya en Suiza. De esa manera desaparecería la necesidad de simular enfermedades para eludirlo.
La verdadera profilaxia consistirá en el advenimiento de formas superiores de civilización, donde las luchas violentas sean reemplazadas por la competencia en el mercado de la producción y por nuevas normas jurídicas de las relaciones internacionales. Ésa es la única profilaxia; obra de lustros, de siglos, poco importa: los siglos son ínfimos espacios de tiempo en la evolución de la humanidad.
2.º. Explotación de la beneficencia.—Diversas monografías, curiosas algunas, novelescas otras, han ilustrado este grupo de simulaciones, cuyo fin es la explotación de la caridad pública y privada. Víctor Hugo le dedica párrafos hermosos en su imperecedera "Notre-Dame de París".
Es de Puisbarand la conocida frase: "los peores enemigos de los pobres son los mendigos"; podría completarse agregando que los peores enemigos de los mendigos son los falsos mendigos. Pero Puisbarand no nos dijo por qué hay hombres que viven simulando estar enfermos. Esas causas son principalmente sociales. Desde que la sociedad no asegura a todos sus miembros una educación integral, capaz de adaptarlos a las condiciones de lucha por la vida, muchos sujetos carecen de inclinación por el trabajo, único medio honesto de vivir. Por otra parte, este parasitismo social es debido a que no siempre los individuos están en condiciones de poderse dedicar a un trabajo elegido en armonía con sus tendencias; muchos que se ven obligados a aceptarlo en condiciones inhumanas, por su cantidad y por su calidad, se sienten inclinados a odiarlo. Bien ha demostrado Ferriani que las condiciones antisociales del trabajo industrial convierten al niño en vago y después en ladronzuelo, por odio al taller, que, en lugar de ser una escuela donde se enseñe a trabajar, es una cárcel donde se le explota sin consideración; las condiciones sociales determinan la delincuencia ocasional, en sus formas de fraudulencia y vagancia, combinadas en los mendigos profesionales que simulan estados patológicos.
En estos sujetos la mise en scéne suele ser aparatosa y refinada. En Chicago, según refirió la prensa, la policía descubrió un club de mendigos, hace algunos años, en West Adam Street. Encontróse allí una comitiva de sujetos sanísimos y alegres, que comían, bebían, jugaban, fumaban y poseían una biblioteca de filósofos clásicos para recrear sus ratos de ocio. Todos ellos, durante el día, simulaban ser cojos, ciegos, mudos, idiotas, sordos, y mendigaban por las calles de la ciudad; por la noche reuníanse en su club para gozar tranquilamente las ganancias de su "trabajo" diario. La policía encontró, en una de las habitaciones, gran cantidad de carretelas para tullidos, muletas, piernas de palo, zapatos simulando pies deformes, anteojeras y vendas para los ojos, bastones para ancianos débiles, barbas postizas, cajas de pintura destinadas a simular sobre la piel toda clase de llagas y pústulas, ocupándose en esta especialidad dos miembros del club, verdaderos artistas del pincel. Había numerosos carteles con inscripciones apropiadas: "soy ciego de nacimiento", "soy sordo-mudo por un susto", "inválido de la guerra civil", "ha adquirido su lepra prestando servicios a otros enfermos", etc. Arrestados, se comprobó su excelente estado de salud y sus aptitudes para el trabajo; desde largo tiempo habíanse asociado para explotar la caridad de los filántropos, en perjuicio de los verdaderos pobres.
Casos como el anterior—que por su magnitud alcanzó cierta celebridad—ocurren en todas las grandes ciudades. En Buenos Aires la mendicidad fraudulenta aún no ha alcanzado vastas proporciones. Conocimos, sin embargo, un ladrón profesional que nos refirió haber sido ciego de profesión durante cinco años; ejerció "honradamente" su trabajo con discretas ganancias, hasta que la policía descubrió su fraude y le arrestó. En la prisión conoció a varios ladrones profesionales; al ser puesto en libertad no pudo volver a su antiguo oficio de ciego, y se dedicó al robo profesional con sus nuevos amigos.
En las puertas de las iglesias no es raro ver sujetos tullidos que, terminada su tarea, se retiran tranquilamente a sus casas, muy mejorados de su enfermedad. Un enfermo de la Sala de nerviosos del hospital San Roque ejercía la mendicidad fraudulenta; era un antiguo hemiplégico, cuya pierna funcionaba casi normalmente, presentando impotencia del brazo; este sujeto solía pedir permiso para salir uno o dos días por semana, regresando al hospital provisto de dinero para tabaco y otras pequeñeces. Supimos que en esas salidas mendigaba, exagerando su hemiplegia y simulando la afasia observada en otros enfermos de la sala.
Estos fraudes han motivado la organización de la caridad social, en sentido de proporcionar trabajo apropiado a todos los mendigos en institutos ad hoc, encargándose la policía de perseguir a todos los pícaros que no tienen cabida en ellos; son buenos modelos los institutos existentes en Londres y en Bruselas.
En suma, sea como fuere, la terapéutica de las simulaciones usadas para explotar la filantropía debe convertirse en profilaxia; si el mal tiene hondas raíces sociales, es necesario llevar a cabo una serie de reformas que hagan del trabajo un agradable deber para todos, y no como es hoy un yugo penoso para algunos. Impónese infundir a cada individuo la noción de los deberes impuestos por la solidaridad social, que a todos beneficia. Y, por fin, deben desaparecer esas formas agudas de la miseria que deprimen el espíritu, degradándolo hasta formas inferiores de lucha por la vida que simulan lo más desagradable en la vida humana: la enfermedad.
Ésa será la profilaxia eficaz contra tales simulaciones; será obra de mucho tiempo, pues aún son pocos los países civilizados que pueden pensar en tales reformas. En algunos está ya suprimida la mendicidad y todo inválido tiene derecho a ser asistido por el Estado.
Recorridos esos dos grandes grupos de causas de la simulación de estados patológicos, no insistiremos sobre las demás, menos frecuentes y sumamente variables. Tendrían su sitio en un tratado especial que no sabríamos escribir. Réstanos citar las conclusiones de nuestros estudios sobre el grupo más importante.
3.º. Simulación de la locura.—Es necesario considerarla desde tres puntos de vista diversos.
a)—en general. Las condiciones en que se desenvuelve la lucha por la vida en el ambiente social civilizado pueden hacer individualmente provechosa la simulación de la locura, como forma de mejor adaptación a las condiciones de lucha; ya sea directamente, favoreciendo al simulador, ya indirectamente, disminuyendo las resistencias que el ambiente opone al desarrollo y expansión de su personalidad.
b)—por alienados verdaderos. La persistencia de la razón en los alienados y la inconsciencia de su verdadero estado mental mórbido, les permite comprender las ventajas que reporta la simulación de la locura en diversas circunstancias de la lucha por la vida, determinando el fenómeno de la "sobresimulación", o simulación de la locura por alienados verdaderos. En cambio, toda vez que el alienado es consciente de su locura o comprende las desventajas que ésta le produce en la lucha por la vida, "disimula" su alienación, equivaliendo este fenómeno a una simulación de la salud, subordinada al mismo criterio utilitario.
c)—por los delincuentes. La simulación de la locura por los delincuentes está subordinada a circunstancias propias de la legislación penal contemporánea.—Los delincuentes, además de luchar por la vida como los demás hombres, luchan contra el ambiente jurídico-penal de la sociedad en que viven.—Ese ambiente jurídico, concretado en leyes penales, condena al delincuente castigándole por la ejecución del acto cuya responsabilidad le imputa; en cambio, no condena al delincuente alienado, considerándole irresponsable de su delito.—El delincuente, en su lucha por la vida contra el ambiente jurídico, simula ser alienado para eludir la responsabilidad del acto delictuoso y ser eximido de pena.
La falta de criterio uniforme en el estudio de la simulación de la locura, explica las opiniones divergentes de los autores acerca de su frecuencia y de su interpretación clínica. Las estadísticas publicadas no pueden compararse entre sí; carecen de valor científico por estar levantadas en condiciones heterogéneas y por haberse apreciado de diversos modos las relaciones entre las verdaderas anomalías psicológicas de los delincuentes simuladores y la locura simulada.—Subordinándose la simulación de la locura por los delincuentes a circunstancias propias de la legislación penal contemporánea, el verdadero criterio para su interpretación debe ser "clínico-jurídico". La locura en el concepto de la ley penal, está representada por formas clínicas definidas que confieren la irresponsabilidad; las anomalías psíquicas de los simuladores no corresponden al concepto clínico y jurídico de la locura como causa eximente de pena. El delincuente simulador no simula porque tiene anomalías psíquicas verdaderas, sino a pesar de tenerlas, contra lo afirmado hasta ahora por los autores que se ocuparon de esta materia.—Los delincuentes simuladores presentan las anomalías propias de las diversas categorías de delincuentes; pero como ellas no confieren irresponsabilidad, simulan formas "clínico-jurídicas" de locura, siendo éstas las únicas que eximen legalmente de la responsabilidad.
En las diversas categorías de delincuentes las anormalidades psicológicas se presentan con desigual intensidad y con modalidades diversas. Contra las ideas predominantes en la actualidad, debe considerarse que la posibilidad de simular la locura para eludir la represión penal es en absoluto independiente de esas anormalidades psicológicas; los delincuentes más anormales son los menos aptos para usar de este medio defensivo en su lucha por la vida. La posibilidad de la simulación está en razón inversa del grado de degeneración psíquica del delincuente.
Los delincuentes que intentan eludir la represión penal simulan formas "clínico-jurídicas" de alienación y no simples anormalidades atípicas, pues sólo las primeras confieren la irresponsabilidad penal.—Las formas simuladas pueden referirse a cinco grupos de síndromes: maníacos, depresivos, delirantes o paranoicos, episodios psicopáticos y estados confuso-demenciales. Por orden de frecuencia, encuéntranse los fenómenos delirantes o paranoicos, los síndromes maníacos, los síndromes depresivos, los estados confuso-demenciales y los episodios psicopáticos.—Suele, excepcionalmente, observarse la simulación de la locura en ex alienados, como también el enloquecimiento de los simuladores.—Las locuras simuladas carecen, generalmente, de unidad nosológica.
El estudio de las locuras simuladas con relación a la herencia, antecedentes patológicos individuales, raza, edad, instrucción, sexo, educación, estado civil, profesión, ambiente social y carácter individual de los simuladores, revela algunas particularidades especiales, aunque no de significación clínica muy característica.—Sobre las modalidades clínicas de las locuras simuladas influyen la tendencia al menor esfuerzo, el carácter, la vulgarización de las formas simuladas, la imitación, la sugestión y otros factores de menor importancia.—Los delincuentes simuladores pertenecen, en su gran mayoría, a las categorías en que predominan los factores externos o sociales en la determinación del delito; los delincuentes natos dan una reducida minoría de simuladores y no tienen tendencias espontáneas a la simulación.
Actualmente llámase "alienados delincuentes" a individuos psicológicamente heterogéneos, unificándolos jurídicamente por su irresponsabilidad penal; los verdaderos "alienados delincuentes" son aquéllos cuyo delito es una resultante de su locura.—La mayoría de los alienados comunes ha cometido actos delictuosos; en los estudios sobre "alienados delincuentes" sólo figuran los procesados, sean más o menos delincuentes que los alienados comunes no procesados.—El delito de los locos suele presentar caracteres especiales, que permiten una relativa presunción diagnóstica sobre el estado mental del agente; pero ningún signo diferencial posee valor absoluto que permita afirmar la simulación.—El delito de algunos alienados tiene caracteres bien definidos según la forma clínica de locura; en los simuladores esa relación es muy excepcional.—Por el simple estudio de los caracteres del acto delictuoso es posible descubrir la simulación de la locura en algunos delincuentes; pero esa posibilidad no implica una certidumbre, ni es generalizable a todos los casos observables en la práctica de la medicina forense.
Los numerosos elementos que ofrece la clínica psiquiátrica para establecer el diagnóstico diferencial entre los delincuentes simuladores y los alienados delincuentes, agréganse a los datos obtenidos estudiando el delito en sus relaciones con la locura o la simulación y constituyen un conjunto de factores útiles para llegar al diagnóstico; pero su valor es siempre relativo, no absoluto. Por eso el perito puede verse precisado a recurrir a medios especiales, dirigidos directamente a desenmascarar la simulación.
Los recursos especiales de índole astuta empleados para descubrir a los simuladores son variables en cada caso y pueden ser útiles. Los medios coercitivos y tóxicos no deben emplearse jamás. La pletismografía no es aplicable al diagnóstico diferencial entre la locura y la simulación. Cada día es más difícil el éxito de los simuladores; pero no puede afirmarse su imposibilidad, dada la relatividad de nuestros elementos de investigación y la falta de un solo carácter "patognomónico".
Las dificultades médico-legales que presentan los casos de simulación de la locura por los delincuentes, son determinadas por las deficiencias de concepto y de procedimiento inherentes a los sistemas penales contemporáneos. En la práctica de la psicopatología forense son indispensables tres reformas: 1.ª. A todo delincuente supuesto alienado debe observársele en una clínica psiquiátrica debidamente organizada; 2.ª. Deben ser peritos los médicos de la clínica; 3.ª. El plazo para la observación será indeterminado.—La presente posición jurídica de los simuladores es la de los delincuentes comunes, no atenuada ni agravada por la simulación.
Demostrado que la simulación de la locura por los delincuentes nace del criterio jurídico que aplica la pena según la responsabilidad e irresponsabilidad del sujeto, su profilaxia debe consistir en una reforma jurídica que la convierta en nociva para el simulador. Reemplazado el criterio de la irresponsabilidad del delincuente por la aplicación de la defensa social proporcionalmente a su temibilidad, la simulación de la locura tórnase perjudicial para los simuladores, desapareciendo de la psicopatología forense.
Las leyes de la simulación en el mundo biológico (mimetismo) se comprueban también en la simulación de la locura por los delincuentes.—Existe un estrecho paralelismo entre las transformaciones del ambiente jurídico y la evolución de la simulación de la locura.—Fué desventajosa cuando la posición de los alienados ante la ley penal era más grave que la de los delincuentes; pasó a ser ventajosa cuando se reconoció la irresponsabilidad penal de los alienados delincuentes; será nuevamente desventajosa cuando se reconozca su mayor temibilidad y sobre ésta se funde la represión penal.