II

EN LA CALLE

Antes de acometer el asunto principal de mi empresa de hoy, hagamos un poco de prólogo por el interior de la ciudad. Éntrome por la calle de San Francisco... ¡Vulgo, vulgo todo! Modistillas, horteras, traficantes que van y vienen, y algunas señoras cursis... Aquellos tres chicos con humos de elegantes van á querer arrimarse á mí... Haré que no los veo, poniéndome á mirar esta vidriera... Ya pasaron... Me carga esta gente por lo pegajosa que es... No sé por qué se les figura que el darle á uno billete para el Círculo, ó para los bailes de campo, les autoriza para tomarse ciertas libertades... Todos los que pasan á mi lado me miran. Dirán para sus adentros: «¡Qué chico tan elegante y tan distinguido! Ése es de Madrid...». porque se nos conoce á la legua... Se me figura que por más allá de San Francisco viene algo que no es vulgo... ¡Oh, fortuna! son las de Cascajares. Bien decía yo que ese aire no era de por acá. Voy á saludarlas...—Á los pies de ustedes...—Perfectamente, gracias...—Pues por aquí matando el aburrimiento...—Lo comprendo sin que ustedes me lo digan...—Ni tampoco sociedad...—Qué quieren ustedes, les falta chic...—También yo, en cuanto se marchen las amigas del Sardinero...—Creo que van primero á Ontaneda...—Y Pilar erisipela...—¡Qué maliciosas son ustedes!...—Y Manolo, ¿dónde anda?...—Entonces le veré en el Sardinero...—Á los pies de ustedes.

¡Qué amables, qué discretas y qué distinguidas! Pues tampoco yo he sido rana... ¡Aquello de la erisipela lo dije con una travesura y un retintín!... Á estos gomosos provincianos quisiera yo ver tiroteándose con las señoras del gran mundo. ¿Qué idea tendrán de él aquí? ¡Pobre gente!

Pues, señor, esta región ya está explorada. Ahora al Muelle. Allí lanzaré un par de flechazos á mis dos montañesitas, y en seguida tomo el tranvía para el Sardinero. De más tono sería un carruaje abierto, en que fuera yo recostado con esa indolencia voluptuosa que tan bien me va; pero no hay que hablar de eso en este pueblo atrasadísimo... Echo por los atajos para llegar primero.

¡Oh, qué brisa tan oportuna corre por aquí!... ¡Cómo juguetea con mis cabellos y con las puntas sueltas de mi corbata!... ¡Debo de estar hermosísimo en este instante!... Andaré un poco más de prisa, no se figure algún mentecato indígena que la Ribera ni las que en ella viven son capaces de llamar mi atención... ¡Voy de paso, sí, señores, nada más que de paso!... aunque demasiado conocerá la gente que, á estas horas, no puede venir por aquí con otro objeto un chico distinguido de Madrid.

Me parece que aquel mirador es el de una de ellas. Justamente... ¡como que está esperándome en él!... Pero no está sola... ¡Anda! pues es la otra quien la acompaña. Serán amigas... Tanto mejor: así despacho de un solo viaje. ¡Hermosa carambola voy á hacer con cada mirada!... ¿qué digo carambola? la discordia es lo que van á producir mis miradas, como la manzana del otro... ¡Suerte más provocativa!... Vayan, ante todo, un par de estirones de puño, haciendo, de paso, como que el sombrero me sofoca, para meter los dedos entre el pelo... Á esos dos provincianillos que vienen por la otra acera, les haré un saludo desdeñoso; y dirán las chicas: «¡con qué desdén tan distinguido los trata! ¡cómo los domina!...». ¡Agur!... ¡Qué fachas van!... Las del mirador me han visto... Pues allá va la mirada... Ya la pescaron... Me miran de reojo y se sonríen y cuchichean. ¡Cómo disimulan la una con la otra! Luego será ella, cuando tratéis de ver quién se le lleva. Para vosotras estaba, inocentes... La verdad es que son monísimas... ¡Válgame Dios, qué estragos podía yo hacer en este pueblo si me lo propusiera! No miro á una que no me corresponda... Otro golpe de brisa. Todo me favorece hoy. ¡Es que estoy graciosísimo con estas arremetidas del aire!... Antes de perder de vista el mirador, voy á volver la cara... ¿No lo dije? Devorándome están con los ojos... Y para disimular más, se meten corriendo en casa, haciendo que ríen á carcajadas... ¡De cuánto fingimiento es capaz la mujer! Pues, señor, este fruto está ya sazonado; y aunque sea para entreplato, se aprovechará.

El Suizo. Con la disculpa de buscar á alguien, voy á darme un par de golpes de espejo... Perfectamente. ¡Qué hermoso estoy esta tarde!... Es que nunca ha sido mi cutis más blanco, ni han tenido mis ojos más hechicera languidez. ¡No me extraña que las del mirador hayan quedado fascinadas!... ¡Es mucho ese Madrid para chicos distinguidos!

Ahora, á tomar el tranvía y buscar á mi gente al Sardinero... ¡Ah, rubia! te compadezco...

Me cargan á mí estos tranvías de provincia, por la morralla que va en ellos... Por supuesto que, como de costumbre, tendré que ir de pie en la imperial, porque en el interior es un poco pesado llevar tanto tiempo el ceño fruncido y la cara de asco... Y de otro modo no puede ir un chico distinguido como yo. Arriba, con la disculpa de mirar al mar, puede uno siquiera volver la espalda á todo el mundo sin violencia y sin que choque... Debería haber departamentos especiales en estos carruajes.