III
EN EL SARDINERO
Esto ya es otra cosa... aquí puedo decir que estoy en mi casa. ¡Qué toaletas; qué negligés tan chic!... ¡Cómo se destacan las madrileñas!... y ¡cómo me destaco yo! Empecemos por buscar á los amigos; después á la rubia. La compañía le hace á uno más osado y hasta más elocuente... No los veo por ninguna parte... Pero en cambio veo á las de Potosí, que están aquí paseando. ¡Canastos! vienen solas... ¿Y la rubia?... Lo más acertado será preguntar discretamente por ella...—Señoritas...—Muy bueno, gracias...—Sí: la tarde está hermosa para eso...—Ayer estaban ustedes más acompañadas...—Palabra de honor: jamás había visto á esa señorita... Hermosa es, en efecto; pero ¿y qué?...—Ni tarde ni temprano...—¡Que se ha marchado ya?...—¡Oh! no me admiro por lo que ustedes creen, sino por lo poco que ha estado aquí...—De modo que veinticuatro horas escasas...—Pues no vi yo á su papá...—¡Barrizales! ¿Luego ella es Lola Barrizales, la que estaba en un colegio de Alemania? Y ¿qué va á hacer ahora en Madrid?...—¡Que va á casarse en cuanto llegue?...—Nada hay de raro, en efecto, sino que... en fin, que sea enhorabuena. Y hablando de otra cosa, ¿han visto ustedes á Casa-Vieja y demás amigos por aquí?...—Lo siento, porque andaba buscándolos para un asunto... Veré si en la galería... Á los pies de ustedes.
¡Horror y maldición! Conque era Lola Barrizales, y Barrizales es íntimo de papá, y ella supo quién era yo: luego aquellas miradas eran lo que yo me figuraba; y tal vez la sacrifican y ella quería decírmelo, y yo pude haberlo impedido con una sola entrevista... ¡Maldito coche en que se metieron ayer! ¡Lola Barrizales! ¡bella, rica y distinguida!... ¡Qué ocasión para mí! ¡qué ocasión perdida, dioses inmortales! Pero ¿tiene remedio ya este bárbaro contratiempo? Eso es lo que tengo que consultar con mis amigos, y voy á buscarlos ahora mismo á la galería... Entraré en ella muy pensativo y hasta cabizbajo, como quien lleva herido el corazón: esta actitud me irá muy bien. Entremos. ¡Cuánta gente elegante!... No están ellos aquí tampoco... En aquel extremo hay una silla desocupada... La ocupo... Dos chicas muy guapas se han fijado en mí. Buena ocasión para herirlas... Apoyo el codo en la barandilla, la cabeza sobre la palma de la mano, y me pongo muy triste y melancólico. Siguen mirándome... Y dirán ellas:—«Ese joven debe de tener una gran pesadumbre: ¡qué hermoso es!» y me compadecerán... Ahora miro al suelo, apoyando la frente en mi mano; y como si quisiera ocultar alguna lágrima que enturbiara mis ojos, doy golpecitos en el pie con el bastón. Pero la angustia va en aumento, el disimulo no alcanza y vuelvo la cara hacia la ermita. Para expresarlo mejor, muerdo el pañuelo... Estoy así un ratito, como sollozando. ¡Qué hermoso debo de estar!... Ahora, después de sonarme y guardar el pañuelo, debo levantarme y salir de prisa, ocultando la cara, como si mi dolor se aumentase entre la gente. Allá voy... Siguen mirándome las dos chicas, y creo que algunas más. No importa: yo no puedo, no debo, en esta situación, fijarme en nadie; á papá mismo negaría el saludo... ¡Magnífica salida he hecho! ¡Qué interesante he estado!... Me parece que he causado gran efecto. Á la noche indagaré si se habló algo de mí después que salí de la galería.
Aquí afuera hay demasiada gente también, y no debo permanecer entre ella estando tan triste como estoy. Me voy del Sardinero á buscar la soledad que me corresponde.—«Estuvo aquí un instante (debe decir la gente mañana) muy afectado, y se retiró en seguida sin saludar á nadie...». Y habrá hasta quien crea que fui á los Pinares á levantarme la tapa de los sesos. ¡Magnífico! Esto me pondrá de moda.
Me vuelvo á la ciudad, á pie, por la Magdalena, y me ayudarán á conllevar las fatigas del camino mis tristezas. En marcha, pues.