I

—Adiós, señor don Pedro.

—Muy buenos días, don Crisanto. ¿Va usted á misa?

—No, señor: yo la oigo muy temprano. Ahora estoy esperando al amigo don Plácido, que está en la de nueve, para irnos en seguida á dar nuestro paseo.

—Ustedes nunca le pierden: muy bien hecho. ¡Ojalá pudiera yo acompañarlos hoy!

—¿Y por qué no? Es domingo, no hay negocios... pero ahora recuerdo que anoche no fué usted al Círculo.

—Estuve bastante disgustado ayer todo el día... y sigo estándolo... Tengo el chico mayor indispuesto.

—¿De cuidado?

—Hasta ahora no, á Dios gracias; pero como está tan robusto, no sería difícil, si nos descuidáramos, que le sobreviniese alguna fiebre maligna.

—¿Qué es lo que tiene?

—Una indigestión de castañas.

—¡Diablo, diablo!... Mucho cuidado, don Pedro, que la estación es muy mala: la primavera para los muchachos...

—Por eso precisamente me apuro yo... Pero ya sale don Plácido y le dejo á usted con él... Adiós, señores.

—Beso á usted la mano, señor don Pedro: que se alivie el chico.

—Pues qué, ¿está enfermo?—preguntó don Plácido, que cogió al vuelo las palabras de don Crisanto.

—Parece que sí.

—¿Cosa de cuidado?

—Me lo sospecho. El origen fué una indigestión de castañas; pero como está tan robusto, le ha sobrevenido una fiebre que ha puesto en cuidado á la familia.

—¡Caramba! ¿Si serán viruelas?

—Oiga usted, es fácil.

Y en esto, los dos personajes se dirigieron hacia la calle de San Francisco, por la Plaza Vieja, deteniéndose un instante junto á la esquina del Puente, en la cual había un vistoso cartelón, recientemente pegado, anunciando, para después de varios ejercicios olímpicos, la segunda ascensión aerostática del intrépido Mr. Juanny.

Mr. Juanny era un muchacho, casi imberbe, director de una desmantelada compañía ecuestre, que trabajaba los domingos en Santander, en un lóbrego corral, ante un escaso público de criadas, soldados y raqueros. La primera ascensión, por cierto en una tarde fría y lluviosa de abril, tuvo para el valeroso aeronauta el éxito más desgraciado.

Henchida la remendada mongolfiera en medio del circo, y sujeta al suelo, del que distaba más de veinte pies, por dos delgadas é inseguras cuerdas, Mr. Juanny comenzó á trepar por otra suelta del centro, para alcanzar el trapecio que en el espacio le había de servir de columpio; pero al oscilar el globo con el peso del aeronauta, rompió las cuerdas que le sujetaban, y rápido se lanzó á las nubes, cuando aún distaba del trapecio el pobre muchacho más de ocho pies. Para el público no tuvo el lance aquél nada de particular: creyó de buena fe que el ir Mr. Juanny agarrado á la cuerda era un alarde más de su agilidad y de su impavidez; sólo su familia, que era toda la compañía, y él, comprendieron lo terrible de la situación: la primera lo manifestó bien pronto con lágrimas de desconsuelo; y por lo que hace al segundo, según la relación que de boca del mismo oímos, conociendo mejor que nadie el espantoso peligro en que se hallaba, trató, lo primero, de llegar hasta el trapecio; pero la rapidez con que ascendía el globo le impedía adelantar un solo palmo. Como la cuerda era larga, al salir del circo se enredó entre las ramas de la Alameda vieja, y por un momento creyó Mr. Juanny que había desaparecido el peligro; mas, para mayor desconsuelo, las débiles ramas cedieron al empuje del globo, y aquel desdichado no tuvo otro remedio que acudir á su valor y á su destreza. Agarróse, pues, lo mejor que pudo á la cuerda, y dejó á la Providencia lo demás. Entre tanto, las manos se le habían desollado, sus fuerzas se debilitaban por instantes, y cada vez hallaba más irresistible la violencia con que el globo parecía que trataba de desprenderse de él. Las casas, los objetos que en furioso torbellino pasaban á su vista, le mareaban en aquella angustiosa situación: perdió al fin el conocimiento, y maquinalmente siguió todavía agarrado á la cuerda. Un instante más y no había remedio para él. Pero afortunadamente la mongolfiera era muy vieja, y á pesar de los remiendos que tenía, iba perdiendo gas á cada instante por sus muchas rendijas; cedió al fin al peso del aeronauta, y descendió rápidamente, cayendo una legua adentro de la bahía, y á más de media del barco más próximo. Ya era tiempo. Mr. Juanny sólo conoció que se hallaba en el agua, cuando su frialdad le sacó de su estupor. Mas el nuevo peligro era insignificante comparado con el que acababa de correr. El globo, aún henchido, flotaba como una enorme boya: agarróse, pues, á él y esperó. Por mucha prisa que se dieron los tripulantes de algunas lanchas que le vieron caer, las dos primeras que hasta él llegaron, á toda fuerza de remo, tardaron un cuarto de hora.

Mr. Juanny desembarcó al fin en el Muelle, entre su familia y un inmenso concurso, desolladas las manos y tiritando de frío, pero sereno y risueño como si nada le hubiera sucedido.

Hecha esta ligera digresión, que bien la merece el asunto por su histórica terrible gravedad, volvamos á nuestros conocidos.

Pertenecen éstos por patrón, edad é instinto al pequeño grupo de figuras reglamentadas que son indefectibles en toda población, y sobre las cuales pasan en vano los años y las revoluciones: alguna arruga de más, algún cabello de menos, son los únicos rastros que deja el tiempo sobre estos seres: traje, costumbres y alimento siguen siendo para ellos los mismos que los del año en que se plantaron, hasta la hora de su muerte; porque ésta, siendo producida generalmente por una aplega fulminante, ó por otro torozón cualquiera, no les atormenta con sus preludios, ni les altera en lo más mínimo, durante la vida, el metódico sistema de ella. Egoístas y avaros por naturaleza, temiendo adquirir compromisos ó arriesgar su dinero, sólo toman del mundo aquello que el mundo echa á la calle, bien porque le sobra ó porque lo regala.

Por eso, su única biblioteca, en el capítulo de erudición, la constituyen los carteles de las esquinas, los prospectos volantes y los periódicos del café.

Sabido esto, y no olvidando el dramático suceso que acabamos de referir, excusado será decir á ustedes que leyeron con avidez el cartel de Mr. Juanny; que al separarse de la esquina, continuando su paseo, iban hablando con horror de tamaño atrevimiento; que calcularon y se concedieron recíprocamente el sitio en que, según el viento que reinaba, caería aquella tarde el aeronauta, y, por último, que decidieron ir á presenciar la ascensión; mas no se crea que al circo mismo, donde no habría bastante comodidad sobre costar el dinero, sino á los prados de la Atalaya, cuya elevación les permitía dominar los sucesos con la vista y respirar aires puros.

Cuando llegaron á San Francisco, discurriendo aún sobre el mismo tema, repararon que un corredor, muy conocido de ellos, se les acercaba á todo andar.

Al cruzarse con él no pudieron contener su curiosidad, y, á dúo, le interpelaron:

—¿Adónde tan de prisa?

—¿Han visto ustedes á don Pedro?—les preguntó, casi al mismo tiempo, el corredor.

—Ahora mismo acabamos de separarnos de él.

—¿Ha ido al escritorio?

—No, señor; á su casa... ¿Ha ocurrido alguna otra novedad?—añadió alarmado don Plácido, al ver cómo jadeaba aquel hombre.

—¿Según eso había ya una?

—¡Qué! ¿No lo sabe usted?

—Hombre, no; yo le buscaba para un negocio... y muy bueno.

—Pues, amigo—dijo don Crisanto en tono sentido,—de nosotros se ha separado de muy mal talante.

—Pero ¿qué tiene?

—El chico mayor muy malo,—exclamó don Plácido.

—¿De qué?—dijo sorprendido el corredor.

De viruelas,—contestó solemnemente don Crisanto, y con la más profunda convicción.

—¡De viruelas!... Pero si ayer le he visto yo en el escritorio copiando una factura.

—Pues ahí verá usted,—observó don Plácido.

—¿De suerte—añadió el corredor,—que su padre no estará dispuesto á hablar de negocios?

—Figúreselo usted,—contestaron los dos amigos.

—Pues ¡cómo ha de ser!... paciencia, que lo peor es para él... Adiós, señores, y gracias.

—No hay de qué: vaya usted con Dios.

El agente, desesperanzado de hacer el negocio, emprendió una marcha más lenta que la anterior; y mustio y cabizbajo, se internó en la calle de San Francisco.

Los dos amigos continuaron su paseo hacia la Alameda.

Habrán extrañado al lector los progresos de la enfermedad del hijo de don Pedro, ó habrá creído, á pesar de lo que le he dicho acerca de don Plácido y don Crisanto, que éstos trataban de dar un bromazo al corredor. Nada de eso. Ni el carácter, ni la posición, ni la edad de estos señores se prestan á la broma: tienen cincuenta mil duros cada uno, y un siglo cumplido entre los dos. Pero sobre algunas otras manías á que consagran todos los desvelos que no necesita la administración del milloncejo, les esclaviza y atormenta la de adquirir noticias, cualesquiera que ellas sean; y no por el placer de saberlas, sino por el de propalarlas; pero de propalarlas de manera que interesen y exciten bien la curiosidad del público. Esto no podrían conseguirlo siempre, porque los datos adquiridos, algunas veces no lo dan de sí. Por eso, ocurrido un suceso cualquiera, le suponen el curso que les parece más natural, y con la mejor buena fe, le colocan en el término que más se acomoda á sus cálculos.—«Que esto ha de suceder, es infalible—dicen ellos;—pues contémoslo en seguida, porque después no tendría novedad, y, bien mirado, no faltamos á la verosimilitud». La calidad de la noticia es lo que menos les importa, ni las consecuencias que pueda producir su afán de exagerarla: haga ella efecto, coméntese, propáguese, y su amor propio se verá satisfecho.

No tuvieron otro origen las viruelas del hijo mayor de don Pedro.

El corredor, entre tanto, llegó á la Guantería, se sentó sobre el mostrador y comenzó á renegar de su suerte.

—Vea usted—decía,—hasta las epidemias conspiran contra mis intereses.

—Pues ¿qué sucede?—le preguntó un tertuliante de aquel establecimiento;—¿vuelve otra vez el cólera?

—¡Qué más cólera que no hacer un negocio en cuatro días?

—Como decía usted que la epidemia...

—Y lo repito: el mejor corretaje, acaso el único de toda la semana, acabo de perderle porque han entrado las viruelas en la casa.

—¿Hay algún comerciante con ellas?

—No, señor: un hijo.

—¿Quién es el padre?

—Don Pedro Truchuela.

—¡Caramba! ¡Aquel muchachón tan robusto está con viruelas?... ¿Y son de mala ley?

—Según me han dicho, con referencia á su padre, no lo cuenta.

—¡Qué lástima!

Y al exclamar así el ocioso, marchóse á la Plaza y refirió el suceso al primer conocido que halló á mano.

En los comentarios estaba ya, cuando la doncella de don Pedro, muy conocida del comentarista por su lindo palmito, cruzó hacia el Puente y entró en uno de sus portales. Al notarlo el ocioso, exclamó:

—¡Adiós, mi dinero! ¡ya van á llamar al cura!

—¡Cá!—dijo el otro sorprendido.

—Sí, señor: he visto entrar á la doncella de don Pedro en casa del padre N... Cuando salga la he de preguntar.

Ignoraba el noticiero que el padre N... se había mudado á otra calle, y que vivía, á la sazón, una modista en la casa que él dejó.

Á poco rato salió la doncella con unos paquetes debajo del brazo, y se fué por el Muelle. El espía no lo notó por haberse enredado en una nueva acalorada controversia, sobre las causas de algunas epidemias como la que ya juzgaba apoderada de la población; pero, en su defecto, vió poco después atravesar al padre N... por la esquina de la Ribera y en dirección al barrio en que vivía don Pedro.

—Véalo usted—exclamó;—¡se realizaron mis sospechas!...

Y sin despedirse de su contrincante, fué á llevar la noticia á la Guantería.

Cuando á la una en punto volvieron del paseo don Crisanto y don Plácido, encontraron otra vez al corredor.

—¿Ha visto usted á don Pedro?—le preguntaron.

—¡Bueno estará el pobre señor para visto!—contestó.

—Pues ¿qué ha sucedido? ¿Está peor su hijo?

—Ya le han dado la unción.

—¡Ave María purísima!—exclamaron los dos amigos.—Lo mismo que sospechábamos salió, desgraciadamente.

Y con cierto aire de satisfacción, por el buen éxito de sus presunciones, pues que no estaba en sus manos evitar la desgracia, y era ocioso afectarse por ella, se separaron del corredor, sin pasarles por la imaginación que ellos, y nada más que ellos, eran el origen, desarrollo y progreso de la enfermedad del hijo de don Pedro Truchuela.