II

Fieles como dos cronómetros, á las cuatro en punto de la tarde llegaron nuestros dos amigos á los prados de la Atalaya, y se colocaron en el más elevado de ellos para dominar mejor todos los incidentes de la ascensión del globo. Destacábase éste, henchido ya de humo, en el reducido circo de la Alameda, balanceándose sobre las cuerdas que le sujetaban, esperando á que le dieran libertad para lanzarse al espacio.

En instantes tan supremos, cuando la curiosidad de medio pueblo diseminado por aquellas praderas estaba fija en el aparato, el campanón de la catedral sonó, grave y acompasado, tres veces. Su lúgubre tañido no produjo el menor efecto en el ánimo de aquellos espectadores. Sin embargo, nuestros dos conocidos, aunque afanosamente ocupados en explicarse la teoría del espectáculo que á tales alturas les había conducido, suspendieron la discusión.

—¿Ha oído usted, don Plácido?

—¿Qué?

—Tocan á paso.

—Efectivamente: es por el hijo de don Pedro.

—¿Lo sabe usted con seguridad?

—¡Hombre, estando ya con la unción esta mañana!...

—Es verdad... ¡Pobre muchacho!... ¡tan joven!

—Al anochecer nos pasaremos por su casa para saludar á don Pedro y acompañarle en su dolor.

En esto se oyó un rumor infinito de hurras, aplausos y silbidos. El globo se elevaba majestuoso, arrastrando al joven aeronauta, vestido de artillero, y de pie sobre un cañón... de madera.

—¡Allá va eso!—dijo don Crisanto;—siempre te bañarás como la otra vez... Sospecho que cae en Maliaño... ¡Allí sí que no te salvas!

—Pues yo—repuso don Plácido,—creo que más acá se queda, según la dirección que toma.

—Como caiga en el agua, es lo mismo: el cañón le arrastrará al fondo... Le aseguro á usted, don Crisanto, que si tuviera facultades para tanto, suprimiría estos espectáculos... porque, desengáñese usted, son una barbaridad.

—¿Qué demonios le diré á usted, don Plácido?... Es preciso que haya de todo en el mundo.

—¿Y para qué hace falta esto? Para aumentar el número de huérfanos y de viudas, y para fomentar la vagancia: total, para molestar al hombre de bien y pacífico, y sacarle lo que, acaso, necesita para su familia... ó para su regalo; que ya que uno se lo ha ganado, nadie más que uno mismo tiene derecho á hacer de ello lo que le dé la gana.

—Todo lo que usted dice está muy en su lugar; pero repare usted que ese pobre volatinero brinca y salta, sube y baja y se remoja en la bahía cuando y cada vez que le da la gana, para ganar un miserable pedazo de pan, y que á nosotros no nos cuesta un cuarto. Ahora mismo, desde estos prados, le estamos viendo de balde, y por cierto, con más comodidad que los que han pagado su entrada en el circo. Desengáñese usted, el que no quiere y sabe ahorrar, no gasta un maravedí por más lazos que se le tiendan.

—No lo niego; pero concédame usted que, á veces, se complican las circunstancias de un modo... Sin ir muy lejos, ni acotar con muertos, el día en que este mismo sujeto estuvo á pique de ahogarse en la bahía, me hallaba yo, después del suceso, leyendo el correo en la botica; cuando á uno de esos filántropos que de todo el mundo se conduelen, porque no tienen otra cosa que hacer, y que había visto las desolladuras y contusiones que se hizo el volatinero, le da la gana de echar un guante para él entre todos los concurrentes al establecimiento, que sabe usted que no son pocos... Pues señor, ¿usted creerá que me sirvió de algo volverme de espaldas, hacerme el distraído, ni marcharme hasta el escaparate con la disculpa de que necesitaba más luz para leer el periódico?... ¡que si quieres! El muy importuno me siguió como si fuera mi sombra... y gracias á que, como de costumbre, yo no llevaba un ochavo sobre mí; que de otro modo, me cuestan la función del volatinero y la impertinencia de su protector, un par de reales, ó tal vez más.

—Pero, al fin, nada pagó usted, y siempre venimos á parar á que, amarrando bien, por más que tiren de uno, no le sacan un céntimo. ¡Buen cuidado me da á mí por todos los filántropos del mundo!... ¡sordo siempre! que oídos que no oyen, corazón que no siente... Pero se me figura que desciende el globo... y va á caer, como lo anuncié, hacia Maliaño.

—Mire usted que á esa distancia engaña mucho la vista.

Cuando poco después desapareció la mongolfiera detrás de la colina del Cementerio, los dos observadores bajaron á paso redoblado á la ciudad, y se encaminaron á la estación del ferrocarril, con el objeto de averiguar lo cierto del caso, pues el globo, á medida que bajaba, fué pareciendo más próximo, en línea horizontal, á los dos curiosos; tanto, que don Plácido, al perderle de vista, hubiera sido capaz de jurar que había caído en la Peña del Cuervo.

Andando, disputando y sudando el quilo, llegaron á la Pescadería, y preguntaron á un aldeano que hablaba sobre el suceso:

—¿Dónde cayó, buen amigo?

—Pus dí que se ha jundío en metá la canal.

—¡Fuego! ¿Oye usted, don Plácido? lo que yo temía.

Y siguieron más adelante.

Dos cigarreras daban grandes voces.

—Tamién fué causelidad de pasar al mesmo tiempo la comotora.

—¿Á quién ha cogido?—preguntó el curioso don Plácido.

—¡Otra... ésta sí qué! ¿Pos no lo sabe usté, buen hombre? ¿Á quién tiene de ser? Al del globo.

—¿Y le mató?

—¡Ahora escampa! ¡No sé si le mataría pasando por encima el camino de hierro!

—¡Qué atrocidad!

—Y lo peor hubiera sido—continuó la cigarrera,—si no se apartan á tiempo las presonas que se agolparon allí... Ya le quiero un cuento... ¡pos no sé si hay carná!... ¡Más de veinte estuvieron á pique de perecer!

—Y diga usted, ¿se podrá ver el cadáver?

—¡Quiá! ¡que si quieres! Han dío allá los de polecía, y no dejan de pasar á naide... Está un poco más acá de la Peña del Cuervo.

—Pero si acaban de decirnos que el globo cayó en la canal.

—No haga caso, señor: eso fué la otra vez.

—¡Toma! y es verdad. ¡Cómo se miente!

Las noticias adquiridas, si no eran cuanto podía apetecer la insaciable curiosidad de los dos amigos, cumplían en gran parte con los deseos de éstos, en la imposibilidad en que estaban, según los informes de la cigarrera, de acercarse al lugar de la catástrofe. De todas maneras, Mr. Juanny había perecido indudablemente, y muchas personas habían estado á pique de ser aplastadas por el tren.

—He aquí una cosa que yo no puedo comprender bien,—dijo don Plácido á su amigo, mientras los dos retrocedían apresuradamente, para dar pronta salida á sus frescas provisiones de noticias.

—¿Qué es lo que usted no comprende?—replicó don Crisanto.

—Que haya habido gente á pique de perecer. La vía (fíjese usted mucho en esto), en el sitio que nos han señalado, está completamente bañada por el mar, por ambos lados, y la marea está alta en este momento. Y una de dos: ó hubo gente ó no la hubo al llegar el tren. Si la hubo, y mucha, en lo cual convienen todas las noticias adquiridas, ¿en dónde se refugió cuando apareció de sorpresa la máquina?... porque hubo sorpresa, y la prueba está en que Mr. Juanny no tuvo tiempo para ponerse fuera del peligro... ¡como que pereció en él! Yo quiero suponer que las personas que le rodeaban, que eran muchísimas, atendiendo cada una á su propia salvación, se olvidasen del desgraciado, que tal vez cayó enredado entre las cuerdas del globo, ó se inutilizó al caer y no pudo moverse; al huir cada cual del tren que se aproximaba rápido, ¿se refugió en las orillas de la vía? Imposible, porque son muy estrechas... ó perecieron los de la primera fila indefectiblemente. ¿Se atropellaron unos á otros, y se salieron de la vía? En este caso cayeron al agua; y como no es probable que todos supiesen nadar, y se sabe que, en semejantes conflictos, el mejor nadador se ahoga arrollado por la multitud, el resultado es más horroroso aún que el de la primera suposición... En fin, don Crisanto, no me cabe duda alguna de que la escena debe haber sido espantosa. Y esto parece providencial después de lo que le dije á usted en la Atalaya sobre las consecuencias de semejantes espectáculos.

—Me deja usted aturdido—exclamó don Crisanto, que no había perdido una sola de las palabras de su amigo:—los argumentos son irrebatibles... Pero si tantas víctimas hubo, ¿cómo no se sabe nada de cierto?

—Muy sencillo, amigo mío: el juzgado estará instruyendo las diligencias de cajón; habrá detenido á los que salieron ilesos para tomarles declaración, y á los de fuera no se nos ha permido acercarnos allá: ¿por dónde, pues, se ha de haber sabido la verdad? Desengáñese usted, que se van á descubrir horrores.

Y penetrados ambos, pero con toda convicción, de esta trágica idea, continuaron Muelle adelante.

—¿Vienen ustedes de la estación?—les preguntó un conocido que hallaron al paso.

—Sí, señor.

—¿Y en dónde cayó?

—En mitad de la vía.

—¿Al pasar el tren?

—Desgraciadamente... y le ha partido por la mitad.

—¡Horror! ¿Es posible?

—Como usted lo oye... y no es eso lo peor, sino que entre la gente que se agolpó á verle, entre ahogados y aplastados pasan... tal vez de veinte.

—¡Santo Dios de misericordia!... ¿Pero ustedes lo han visto?

—Casi, casi. Las autoridades están allá, y el juez instruye las diligencias: por eso no se nos ha permitido ver á las víctimas, pero hemos oído los gritos y la bulla.

—Estremece pensarlo, señores... Corro á ver si logro adquirir más pormenores.

El buen señor partió, azorado, hacia la estación, mientras los noticieros, conmovidos, no de pesar por las víctimas que suponían, ni de remordimiento por la ligereza con que habían propalado una noticia tan grave y tan dudosa, sino de entusiasmo por el caudal de horrores que llevaban en la mollera, continuaron caminando á largos pasos, rojo el semblante, chispeante la mirada y diciendo con la fisonomía á todo el mundo:—«Pregúntenos usted, ó se lo contamos».

De esta suerte llegaron al café Suizo.

Media hora haría que estaban aterrando á un numeroso auditorio que se habían formado con sus trágicos relatos, cuando entró en el salón don Pedro Truchuela, acompañado de su hijo, el mismo que, según noticias, había fallecido aquella tarde.

Verlos entrar los dos amigos y atascárseles en la garganta las palabras que iban á dirigir al concurso, fué todo uno.

Repuestos algún tanto de la sorpresa, partieron ambos hacia don Pedro, y tomando la palabra don Plácido, le dijo, dándole la mano:

—Pero, señor... ¡cómo se miente en este pueblo! Si se nos había dicho...

—¿Qué?—le interrumpió don Pedro.

—Que estaba peor su chico de usted—añadió don Crisanto;—y ya vemos que, á Dios gracias, es mentira. Sea, pues, mil veces enhorabuena; y ojalá sirva esto de lección á los que con tanta ligereza se entretienen en propalar malas noticias.

—Mucho que sí,—murmuró don Plácido, un si es no es corrido y abochornado con la lección.

—Gracias, señores,—les contestó don Pedro, que lo que menos se imaginaba era el cisco que sus dos conocidos habían revuelto desde que los saludó por la mañana.—Afortunadamente este chico es fuerte, y cuando volví á casa me le encontré levantado y empeñado en que había de salir á la calle, lo cual no le consentí, porque en su estado no lo juzgué prudente; pero esta tarde, después de notar las buenas disposiciones con que comió, no he tenido inconveniente en que me acompañara á dar un paseo y á ver al mismo tiempo elevarse el globo.

—¿Desde dónde le han visto ustedes?—preguntaron anhelosos los dos embusteros.

—Desde los prados del Cementerio,—contestó don Pedro.

La ansiedad de los viajeros crecía por momentos.

—Según eso—exclamó don Crisanto,—¿estará usted al corriente de todo lo que ha sucedido?

—Como que lo he visto.

—Ya lo oye usted, don Crisanto, ¡lo ha visto!

—¿Y qué tiene de particular, señores?—exclamó don Pedro, á quien ya chocaban los gestos y el afán de sus amigos.—Nada más sencillo: cuando noté que el globo descendía, nos bajamos á lo largo de las tapias del Cementerio, hasta cerca de la vía; allí nos sentamos y le seguimos en todos sus accidentes, hasta que cayó.

—¿En dónde?

—En la cortadura del muelle de Maliaño, en el agua, pero á pocas varas de la escollera; así es que el aeronauta, con muy leves esfuerzos, salió á tierra firme inmediatamente... Lo hemos visto con los gemelos.

Los dos amigos se miraron estupefactos.

—¿Pero no cayó en la vía?—preguntó asombrado don Plácido.

—¿Pues no lo está usted oyendo?—contestó don Pedro.

—Luego no le ha cogido el tren, ni han perecido ahogadas y aplastadas otras personas...

—¡Ave María Purísima!—exclamó, santiguándose, don Pedro:—¿quién les ha engañado á ustedes?

—¡Conque es mentira!... Pero ve usted, don Crisanto, ¡cómo se miente en este pueblo!

Y don Plácido miró á su amigo con una expresión indefinible. Éste le contestó en idéntico lenguaje, y recordando entrambos sus recientes trágicos relatos, y notando que en algunas mesas vecinas se hablaba, con referencia á ellos, de la terrible catástrofe, despidiéronse de don Pedro y de su hijo como mejor en su aturdimiento supieron, y se echaron á la calle renegando, con la mayor sinceridad, del arte que se da el público siempre para desfigurar la verdad y sorprender la buena fe de los hombres de bien, como ellos dos, y exclamando, escandalizados, á cada instante:

—Pero, señor, ¡cómo se miente!