II

Si te estorban los guantes, amigo lector, puedes quitártelos; si el charol te oprime los pies, puedes sustituirle con anchas botas de becerro; si las tirillas te sofocan, aflójate sin reparo la corbata; si el negligé, en fin, te gusta más que el acicalamiento, adóptale enhorabuena, que la visita que vamos á hacer es de confianza y admite la comodidad en todas sus formas, como no le falte el aseo.

Todos las horas del día y de la noche, hasta las diez, son hábiles para esta ceremonia, excepto la de la una de la tarde, que es la de comer, y la en que las señoritas de la casa se están vistiendo. En la primera suele transigirse algunas veces en obsequio á la franqueza; pero en la segunda no se abre la puerta, ni á cañonazos, especialmente á los que gastamos pelos debajo de la nariz. El tocador de una dama ha sido, es y será siempre una fortaleza inaccesible (no por ello inexpugnable); porque las mujeres, desde que la primera satisfizo aquel antojo que tan caro nos costó, han tenido, tienen y tendrán un misterio bajo cada pliegue, misterios que sólo conocen ellas y los que, por dejarse arrastrar del demonio de la curiosidad, no reparan en condiciones.

Por éstas y otras razones de no menor calibre, doña Narcisa y su linda polluela, la segunda de sus tres hijas, han ido al anochecer á casa de doña Circuncisión, madre de dos pimpollos que son el encanto de los paseos y la ilusión de su casa.

Dos meses hace que las visitantes y las visitadas no se han visto juntas; pero no por eso carece de oportunidad la visita, porque sobre ser ésta de confianza, las tres niñas han sido compañeras de enseñanza, y las dos mamás cuentan una amistad de muchos años. ¿Qué importa, con estas circunstancias solas, un olvido de dos meses?

La cara de doña Narcisa está radiante de elocuencia; su paso es decidido, su respiración visiblemente anhelosa. Su hija la sigue con dificultad y con menos risueño semblante, aunque no por eso le lleva triste. Llegan á la puerta de doña Circuncisión, llama con los nudillos de la mano doña Narcisa, abre una doncella, introduce á las visitantes en un gabinete, salen las visitadas, y lo que allí pasa es un verdadero motín, aunque sin la gravedad trágica de los que se usan en calles y plazuelas en estos días de confraternidad y bienandanza: refiérome al estrépito y al movimiento.—¡Carolina!—¡Doña Circuncisión!—¡Elisa!—¡Soledad!—¡Doña Narcisa!...—¡Pícara!—¡Ingratas!... Voces en todos los tonos, chillidos, exclamaciones, estallido de besos, crujido de muebles, ruido de seda... Todo ello junto hace temblar la casa por algunos instantes. Al fin se calma la tormenta. Las mamás se sientan en el sofá, y las tres polluelas en las sillas inmediatas, pero agrupadas, compactas, como las flores de un ramillete.

—¡Dos meses sin venir á vernos!

—Hijas, otros tantos habéis pasado vosotras sin poner los pies en mi casa.

—¡Anda, pícara!

—¡Andad, ingratas!

—¡Y al cabo de tanto tiempo vienes tú sola! ¿Por qué no te acompañó Mercedes?

Carolina contesta con una sonrisa particular, y mira de reojo á su mamá.

Doña Narcisa no lo ve, porque está hablando con su amiga, á quien dice en el mismo momento:

—¡Qué ganas traía de llegar!... Por supuesto, por ver á ustedes, en primer lugar, y después por descansar un rato... Como que ya había pensado dejar esta visita para mañana.

—Muchas gracias por la atención.

—Ya se ve que sí... Precisamente porque no me gusta venir á esta casa de cumplido. ¡Y como hoy tengo el tiempo tan escaso!... Hija, gracias á que estas cosas suceden muy pocas veces en la vida, que si no... ¡Las escaleras que yo he subido hoy!

—¿Tantas visitas han hecho ustedes?

—Figúreselo usted, doña Circuncisión: desde mi casa hasta aquí, que es una regular distancia, he visitado á todas mis relaciones... y ya sabe usted que son algunas.

—¡Ave María Purísima! Comprendo que esté usted rendida... ¿Pero qué idea le ha dado á usted hoy de hacer tanta visita?

—Va usted á saberlo, que á eso he venido... y por lo mismo dije antes que estas cosas suceden pocas veces en la vida.

—¡Hola!—exclama doña Circuncisión, haciéndose toda oídos.

-Á ver, á ver,—dicen sus hijas con una sonrisilla maliciosa, acercándose más á doña Narcisa.

Carolina abre el abanico, le mira por ambos lados y se hace la distraída.

Doña Narcisa, después que es dueña de todo el auditorio, le dirige, sonriendo, estas palabras:

—Tengo que dar á ustedes una noticia que, me parece, les ha de ser agradable.

—Si lo es para ustedes, desde luego,—contesta el auditorio.

—Sí por cierto... Pues la noticia es... que se casa mi hija Mercedes.

—¡Que sea enhorabuena mil veces!—grita á doña Narcisa su amiga doña Circuncisión, estrujándole la mano y mirando con cierta languidez á sus dos hijas.

Éstas, al mismo tiempo, abrazan á Carolina, colmándola de plácemes y asediándola á preguntas.

—¡Pero qué callado se lo tenían ustedes!—dice doña Circuncisión.

—No hay tal cosa—replica doña Narcisa.—Crean ustedes que hasta hace tres días no se ha espontaneado ese señor.

—¿Y quién es él?... si se puede saber, se entiende.

—Claro está que sí... Pues un tal don Simeón Carúpano, sujeto muy recomendable, aunque poco conocido aquí.

—Efectivamente; yo no recuerdo... ¿Le conocéis vosotras, chicas?

Las dos polluelas, después de reflexionar un rato, dicen que no; pero la mayor de ellas, arrepintiéndose en seguida, exclama:

—Espere usted; creo que le conozco. ¿Es un señor... de alguna edad?

—Ése mismo—contesta Carolina;—cetrino, bajito... no conoceréis otra cosa.

—¡Eh, mujer!—repone su mamá con disgusto;—no es para tanto. Es verdad que no es alto, pero tampoco choca por lo bajo; y si no fuera tan cargado de hombros, sería hasta esbelto. El color, cierto que no es de rosa, ni muy sano; pero sería preciso un cutis de cera para que no perdiese muchísimo al lado de un pelo tan blanco como el suyo. La edad no es la de un joven; pero no es tan avanzada como cualquiera creería al oir á esta chiquilla: cincuenta años... poco más.

—¡Bah!... ¿eso qué vale?—contesta doña Circuncisión, como si hablara con la mayor sinceridad.

—Es que las mujeres de ahora no quieren más que donceles; como si la vida de un matrimonio estuviese reducida al día de la boda. Lo que yo le dije á Mercedes: «mira que en el día hay muchas necesidades, y el amor de un hombre hermoso no puede satisfacerlas todas; y cuando hay privaciones, hasta el amor se entibia. Por el contrario, cuando hay recursos, todos los obstáculos se allanan; y el hombre que los tiene, si además es honrado y caballero, acaba por hacerse amar, aunque no sea un Adonis. Ahora haz tu gusto». Y como dió la casualidad de que don Simeón es tan rico como hombre de bien, y Mercedes no es tonta, no ha habido más dificultades para el asunto que las que usted acaba de oir.

—Ni era de creer otra cosa, ¡Ave María!

—Adivine usted, doña Circuncisión, lo que se dirá por ahí: lo menos que su padre, porque el pretendiente es rico, la ha obligado, «la ha sacrificado», que es la frase de moda entre la gente sensible.

—¡Cómo se va á creer eso, doña Narcisa? No sea usted aprensiva.

—¡Ay, doña Circuncisión! yo conozco bien el mundo y sé cómo juzga de las cosas.

—Sí; pero el mundo les conoce bien á ustedes, y no puede, en justicia, atribuirles ciertas miras... Yo, por mi parte, encuentro muy en su lugar la boda, pues que es del gusto de toda la familia, y especialmente de la novia; y la vuelvo á felicitar á usted con todo mi corazón.

—Y yo se lo agradezco á usted con el mío, porque sé lo mucho que ustedes nos aprecian.

—Ustedes se merecen eso y mucho más.

—Usted nos honra demasiado, doña Circuncisión.

—Les hago á ustedes justicia, doña Narcisa.

—Gracias, amiga mía.

Á la vez que las dos mamás en este diálogo, se han ido enredando en otro muy animado las tres polluelas, y separando poco á poco del sofá hasta formar grupo aparte.

—¿Sabes, Carolina, hablándote con franqueza, que yo no esperaba esta noticia?—dice muy bajito la mayor de las dos hermanas.

—Ni yo tampoco,—añade la pequeña.

Carolina mira hacia su mamá, y viéndola engolfada en conversación con la otra señora, se vuelve hacia sus amigas, y haciendo un graciosísimo gesto, en el que se revela su disgusto, les dice lacónicamente:

—Ni yo.

—Yo esperaba otra cosa.

—Y yo.

—Y yo también.

—César es un chico muy guapo, muy fino y de talento, según dicen. No tiene una gran fortuna; pero está bien acomodado, quería mucho á Mercedes... y Mercedes á él, si no me engañó cuando me lo dijo.

—No te engañó.

—Pues, hija, no comprendo lo que está pasando.

—Ni yo.

—Ni yo.

—Pues yo sí lo comprendo, vamos, ¿á qué te he de engañar? Apostaría una oreja á que á César se le despidió en cuanto se presentó ese hombre.

—Algo ha habido de eso.

—¡Lo ves?

—¡Eh! ¿por qué no se ha de decir la verdad entre amigas de confianza como nosotras? ¿Queréis saber lo que hubo?

—Sí.

—Sí.

—Pues bien: César era muy bien recibido en casa, como sabéis; Mercedes le quería... y toda la familia le quería también. En esto, viene recomendado á papá ese hombre, da en visitarnos á todas horas... y yo no sé lo que pasaría en el escritorio y con mamá; pero es lo cierto que á ellos todo se les volvía hablar de los hombres ricos, y de lo buenos que eran para las jóvenes; decir que «oro es lo que oro vale», ponderar á don Simeón y marear á Mercedes con sus gracias. Á todo esto, no se le ponía muy buena cara á César; y tan cierto es, que él lo conoció, tuvo una pelotera con Mercedes y faltó algunos días de casa. Dióse Mercedes por ofendida, riñó algo con él, y como al mismo tiempo mamá no se cansaba en obsequiarle, creyó el infeliz que mi hermana no le quería ya... y se largó para no volver. Entonces apretó de firme el otro, mamá le ayudó más que nunca, y Mercedes, por pique, dijo que . Le pesó al principio; pero dice que ha encontrado luego tan fino y tan complaciente á don Simeón, que se casa con él muy á gusto. Ahí tenéis todo lo que ha pasado.

—Ya me sospechaba yo algo de eso... Pero, hija, francamente, aunque me lo jures, no creo que Mercedes llegue á querer á ese vejestorio.

—Ella lo asegura.

—Ella dirá lo que quiera... Y puede que tenga razón después de todo; que, según yo voy viendo, las mujeres, cuando se trata de mejorar de fortuna, nos dejamos convencer en seguida...


Pero doña Narcisa ha concluido su párrafo con su amiga, y quiere marcharse.

—Pon los huesos de punta, Carolina; que tu papá nos estará esperando.

—¡Tan pronto!—exclaman las tres niñas.

—Para vosotras, cuando estáis reunidas, nunca alcanza el tiempo. Otra vez hablaréis más despacio... Vámonos, hija.

Nuevo estrépito en la casa, nueva confusión.

—Conque repito la enhorabuena, y désela usted de mi parte á Mercedes.

—Y de la mía.

—Y de la mía... ¡Que no se te olvide, Carolina!

—Gracias.

—Gracias.

—Ya iremos un día de éstos á verla.

—Cuando ustedes gusten. (Muchos besos.)

—Adiós, doña Circuncisión.—Adiós, doña Narcisa.—Adiós, niñas.—No me olvidéis, ingratas.—Ven á vernos á menudo. (Siguen los besos.)—¡Hija, qué gruesa te vas poniendo, Carolina!—Es muy precoz esta chica; tiene más pantorrilla que yo.—Lo dicho, y memorias.—¡Agur!...—¡Adiós!...—¡Adiós!...

Los últimos ósculos resuenan en la escalera.

Dejemos en ella á nuestras conocidas, y vámonos á otra parte.