III
—¿Está la señora?
—Creo que sí.
—Pero ¿está visible?
—Debe de estar acabando de vestirse.
—Pásela usted recado.
—Tenga usted la bondad de pasar á la sala, caballero.
El que pasa al estrado, lector, es Alfredito, pollo incipiente con aspiraciones á hombre formal; Alfredito, con el pelo escarolado, pantalón con crecederas, gabán con más vuelos que una golondrina, sombrero abarquillado, guantes de color de calamina, botas de flamante charol y bastón de sándalo.
Hétele contemplándose ante un espejo, en tanteos de una seductora sonrisa y de una reverencia de verdadero gentleman, para presentarse ante el objeto de su visita, ó examinando uno á uno los cuadros de la sala, después que se ha convencido de su belleza y desenvoltura. No te extrañes si ves que en medio de la delicadeza con que se atusa el cabello y arregla el pantalón sobre la bota, deja escapar un suspiro de angustia y se tira con agitación de los cuellos de la camisa: es que pisa por primera vez aquel terreno, y recuerda entonces que quizá no esté para ello debidamente autorizado.
Ocho días hace que en un tren de placer se halló colocado entre una mamá... como todas, y una hija, rubia como un doblón, rolliza como una muñeca, fresca y lozana como una rosa.
Desde el muelle de Maliaño hasta Renedo, hay más que suficiente distancia para que un pollo endose un centenar de fascinadoras miradas, para que reciba otras tantas incendiarias, y para que crea que ha hecho efecto.
Por otra parte, la flamante raza femenil no escrupuliza mucho en materia de aceptaciones: en vistiendo á la europea, todo es papel corriente.
Esta circunstancia justifica las ilusiones de Alfredito, que, tan pronto como llegó á la estación, ofreció sus servicios á las dos señoras, porque los tres llevaban igual destino; y como el día era de campo, los servicios fueron aceptados mientras pasaban las horas hasta el retorno del tren. Dudar que Alfredo echó los bofes para hacerse necesario y cumplido caballero á los ojos de las damas, sería lo mismo que decir que éstas hallaron el placer que habían soñado; que no bostezaron trescientas veces, sentadas en el viejo tronco de una cajiga, mientras dirigían la vista hacia el Oeste en busca de una columna de humo, mensajera de una locomotora, y lo mismo que negar que al día siguiente, aun contra la experiencia y la verdad de los hechos, sostenían las mismas señoras que se habían divertido.
La hora del retorno llegó, y nuestro visitante se colocó en un coche de primera con sus acompañadas.
Ya sabía que ella se llamaba Luisita, y su mamá doña Tadea, y que eran hija y esposa de un gran contribuyente, circunstancia que no dejó de animar bastante al galán para sus futuros propósitos.
Cuando se despidieron en el Muelle, Alfredito se prometió á sí mismo que aquello no había de quedar así; y aunque no le ofrecieron la casa, no dudó que en ella sería bien recibido.
Aquella noche soñó con Luisita, con el párroco y con la luna de miel.
Desde el día siguiente se dedicó á recorrer bailes, reuniones, teatros y paseos con el objeto de encontrarse con su conquista, ponerse á su lado y echarla un discurso sentimental que llevaba estudiado. Pero todo fué en vano: ella no pareció por ninguna parte.
Un día le dijo su papá que en cuanto se lo permitieran los negocios de la casa, iba á hacer un viaje... lo menos hasta Torrelavega, y que él, Alfredito, le acompañaría.
Para el que nunca pasó de Cajo ó de Renedo, un viaje hasta Torrelavega es un acontecimiento vital.
Alfredito, pues, se echó á la calle para contárselo á sus amigos y consultarles sobre la forma de un traje al caso, y acerca de otros preparativos indispensables.
Como además de pollo era enamorado, pensó que el viaje le prestaba cierta aureola de interés. En su consecuencia, trató de hacer sus visitas de despedida, y consultó si debería ir á casa de Luisita, ¡único remedio que le quedaba á su abatida esperanza!
—¡Vete y sobre mí los resultados!—le dijo otro pollo que no tenía por dónde cogerse, en fuerza de ser flaco y encanijado.
—¡Oh magnífico amigo!—exclamó entusiasmado Alfredo, como se entusiasman los chiquillos siempre que encuentran un apoyo á sus antojos;—¡tú me reconcilias con el mundo que ya me hastía sin ella!... ¡Corro ahora mismo á verla!...
Poco después salía de su casa con lo más selecto de sus galas, en dirección á la morada de su conquista de Renedo, como él la llama aún.
Ya le hemos visto llegar hasta el estrado, y casi arrepentirse de tanta temeridad.
Los instantes que pasan sin que aparezca lo que él desea, los cree siglos. ¿Si vendrá ella? ¿si saldrá su madre? ¿si hará el diablo que salga el papá?
Esta idea le hizo temblar, y hasta le indujo á marcharse á la calle; pero entonces oyó crujir el vestido de seda de alguna persona que se acercaba á la sala, y se quedó. Era doña Tadea.
—Á los pies de usted, señora.
—Beso á usted la mano, caballero... No tengo el gusto de...
¡En buena me he metido!—se dijo el otro;—¡ya no me conoce!—Y perdiendo el color, dejóse caer en una butaca.
—Señora—balbuceó,—me he tomado la libertad de...
—Me parece—le interrumpió doña Tadea, después de reflexionar unos instantes,—que no es la primera vez que nos vemos; pero no recuerdo cuándo ni dónde.
—Hemos viajado juntos,—añadió el pollo, más animado ya.
—Ya recuerdo: hasta Renedo, ¿no es verdad?
—Justamente, señora.
—¿Y decía usted que?...
—Que pensando marchar dentro de unos días, me he tomado la libertad de venir á despedirme de ustedes.
—Gracias, amiguito. ¿Y va usted solo?
—No, con papá.
—¿Para dejarle á usted en algún colegio?
Hacer á un pollo galanteador capaz de ser colegial, es el mayor insulto que se le puede dirigir. Alfredito se mordió los labios de coraje, y pasando la diestra por su bigote... futuro, contestó ahuecando la voz:
—No, señora, voy á viajar por gusto.
—¡Ah! ya. ¿Y adónde van ustedes?
—Pues, por ahora, á Torrelavega.
—¿Hola? ¿Por mucho tiempo?—repuso doña Tadea, disimulando la risa.
—Pues por lo que quiera papá.
—Se va usted á divertir.
—Así lo espero; tengo muy buenas noticias de ese país: dicen que la gente es muy animada.
—¡Yo lo creo!
—Sin duda que me voy á divertir.
—Bien hecho: deben aprovecharse todas las ocasiones de dar expansión al ánimo, aunque el de usted no debe estar muy combatido.
—¡Quién sabe!—exclamó Alfredo con dolorido acento.
—¡Será posible?
—¡Ay, señora! las pasiones no reconocen edad ni categoría.
—Es cierto. Y ¿hace mucho que padece usted?
—Muy poco tiempo—contestó él con intención, por si Luisa estaba escuchando detrás de alguna puerta.—Libre y feliz vivía procurando estudiar el mundo al través de un prisma por el cual las pasiones y las flaquezas, apareciendo en toda su desnudez mezquina y reflejándose en la mente del profundo observador cuyo corazón palpitara al abrigo de... pues las... y los... en lucha tenaz, y luego á la seducción de los atractivos...
—Dispense usted, amiguito, que me llama la cocinera,—dijo doña Tadea, cortándole su inspirado discurso y lanzándose fuera de la sala para reir á sus anchas.
Alfredo se quedó estupefacto, y, herido en su amor propio, juró marcharse en seguida si no iba Luisa á la visita. Al mismo tiempo sacó su reló y vió con espanto que señalaba la una y media. En su casa se comía infaliblemente á la una, y conocía muy bien el genio de su papá: un retraso de media hora siempre le había valido una caricia con la punta de una bota paterna por debajo de los faldones del gabán.
Este recuerdo excitó su materialidad de una manera tan notable, que, olvidándose de su Filis y de que aún no se había despedido de doña Tadea, caló el sombrero y se dispuso á marcharse. En esto volvió á entrar aquella señora.
—¿Se retira usted ya?
—Si usted no dispone otra cosa...
—Que lleve usted feliz viaje, y...
—Gracias, gracias. Á los pies de usted.—Y sin aguardar contestación, escapó hacia la escalera.
Entonces, al fin del corredor, por la estrecha puerta de un cuarto adyacente á la cocina, salió una mujer desgreñada, con una bata de percal de color de polvo, y en chancletas. Era Luisa. Pero Alfredo, como iba buscando á la elegante viajera de Renedo, pensó que aquélla era la cocinera, y se fué sin saludarla.