IV

Supongamos que la escena pasa en un salón, á media luz, adornado comm'il faut.

En el centro de un muelle sofá está una señora vestida de rigoroso luto; á sus dos lados y en otros varios asientos, formando semicírculo, hay muchos personajes de ambos sexos, de distintas edades y parecidas condiciones. Todas sus fisonomías están graves é impasibles.

Los hombres miran al suelo mientras tocan en el bastón una marcha con los dedos, ó se afilan las puntas del bigote, ó se pasan la mano por la barba, ó juegan con los sellos del reló.

Las mujeres agitan el abanico, se arreglan la mantilla, tosen de vez en cuando y miran de reojo á la presidenta del mustio cortejo. Ésta lanza un hondo suspiro, levanta los ojos al cielo y hace un gesto como si tratase de contener una lágrima que asomara entre sus párpados, rojos como los de una cocinera que ha picado cebolla.

Su marido, sentado entre los concurrentes y á corta distancia de ella, contesta con un rugido que bien pudiera tomarse por el resuello de un cetáceo, saca el pañuelo del bolsillo, cruza las piernas y murmura:

—¡Cómo ha de ser!

Los demás personajes, por hacer algo, cambian de postura en sus respectivos asientos, suspiran por lo bajo y exclaman:

—¡Válgate Dios!

Después sigue un intervalo en que no se percibe otro ruido que el de las respiraciones y el de los abanicos que no cesan de agitarse.

Nuevos personajes aparecen en escena. Es un matrimonio.

Todos se levantan para recibirle.

Los recién venidos penetran en el semicírculo; la señora enlutada y su marido dan dos pasos al frente y, sin cambiar con ellos una frase, les tienden la mano.

Luego se estrechan las señoras del sofá para hacer lugar á la que llega, la cual toma asiento y dice:

—No se molesten ustedes.

Su marido se coloca más abajo.

—Con permiso,—murmura, y se deja caer.

Después vuelve todo á quedar en silencio.

Ahora me preguntas tú, impaciente lector, ¿qué significa ese cuadro lúgubre? ¿Se ha muerto alguno?

—Sí, amigo: doña Casilda Guriezo, la señora enlutada, acaba de perder un tío en San Francisco de la Alta California; un tío á quien nunca conoció más que de oídas. Sólo sabe de él que hace cuarenta años marchó de su pueblo, en calidad de grumete, en un bergantín, á Matanzas, y que acaba de morir en remotos climas, legando su inmensa fortuna á los pocos parientes que le quedan en la madre patria.

—¿Y por eso—me replicas,—está tan llorosa y abatida; por un tío á quien nunca conoció, cuando hay padres cuya muerte no deja en el corazón de sus hijos más huella que la que dejó en el Océano el bergantín que condujo al grumete á Matanzas?

—¿Y eso qué, malicioso? ¿No ves que ese tío ha dejado á su sobrina la miseria de ciento cincuenta talegas, mientras aquellos padres han tenido la desfachatez de morirse ab intestato, por no tener de qué? ¿Qué menos ha de hacer doña Casilda que llorar unos días y vestirse seis meses de negro?

—¿Y esa gente que ahora la rodea?

—Son sus visitas que van á darle el pésame, después de haber rogado á Dios por el alma del difunto en las pomposas honras que se acaban de celebrar en la mejor iglesia de la población.

—¿Y por qué se presentan todos con cara de herederos?

—Porque, «donde estuvieres, haz como vieres».

La escena sigue muda algunos instantes más, hasta que doña Casilda se vuelve á la señora que tiene á su derecha para hacerla algunas preguntas.

Esto es para la reunión lo que el «rompan filas» para un pelotón de quintos; el «hasta mañana, señores» en una cátedra de humanidades. Cada uno se dirige hacia la persona más inmediata; y aunque á media voz, el semicírculo se fracciona en varias porciones y en otras tantas conferencias.

—¿Ha visto usted el correo de hoy, don Tiburcio?

—¡Ojalá no lo viera!

—¿Otra tenemos?

—No fuera malo... quiero decir que... que no sé cuál es peor.

—¿La expedición de harinas acaso?

—Sí, señor... ¡desgraciadísima!

—¡Hombre, qué lástima!

—Y aún hay más.

—¡Conque... hay más!

—Lo de Alaejos...

—¡Aprieta!

—¡Ni un garbanzo!

—Hombre, ¿qué me cuenta usted!... Conque ni un garbanzo.

—Bien sé yo quién tiene la culpa; pero deje usted, que á cada puerco, como usted sabe, le llega su San Martín.

—¡Oh! perfectamente, sí, señor; vaya si le llega... Conque todo, todo desgraciado... ¡Hombre, qué lástima!

—Sí, señor... ¡todo!

—¡Vea usted... qué demonio!

Á la derecha de este señor que con todo conviene y de todo se admira, así se trate de la elocuencia de Bellini como de la música de Demóstenes, pero que todo lo escrupuliza si puede terminar en el Diario de su casa, se ventila otro asunto cuya índole nos evita revelar el sexo, y hasta el seso, de las personas que en él toman parte.

—Desengáñese usted, que todas son á cual peor...

—Si parece mentira que se porten así después que tanto se hace por ellas... Mire usted que en mi casa jamás se las reprende; todo lo contrario: tienen cuanta libertad desean.

—Así paga el diablo á quien le sirve.

—Si por más que usted se empeñe, no puedo creer...

—En hora buena; pero sírvale á usted de gobierno que la puse de patitas en la calle en cuanto empezó con esas historias.

—¿Nada más que por eso la despidió usted?...

—Es que hoy por ti y mañana por mí.

—Pero, ¿qué es lo que dijo? ¡Alguna tontería!

—Por supuesto; pero irrita oirlas.

—Á mí no me importaría tres cominos.

—Cuando son cosas serias...

—En mi casa hago lo que me da la gana.

—Mucho que sí; pero... cuando se aumenta...

—Por eso quisiera saber lo que ha dicho.

—¡Dios me libre! Soy muy enemiga de mezclarme en chismes ni en cuentos. Además, tal fué la rabia que me dió su descaro, que ni siquiera la escuché. ¿Qué me importa á mí si en casa de usted nunca se come á la hora; ni si hay madres de tres hijos que pasan el día haciendo moños y ensayando pasos al espejo para ir por la noche al baile; que no saben en dónde están los calcetines del marido, ni los pañales del último retoño, que está gimiendo á los pies de la cama de la nodriza, mientras ésta despide á un primo que va á la Isla de Cuba; ni si hay mujeres que aprecian más un vestido que al padre de sus hijos? No, amiga, esas cosas no las oigo yo nunca de boca de una mujer así... Como yo la dije: «ésa no es cuenta que hemos de ajustar nosotras: si hay mujeres tan simples y madres tan frívolas, con su pan se lo coman... Vaya usted con Dios, que no me conviene usted».

—¿Y eso es todo lo que pasó?

—¿Y cree usted que es poco?

—¡Bah! ¿Y qué tengo yo que ver en ello?

—Nada, si á usted le parece...

—Por supuesto... Y hablando de otra cosa: cuando salgamos de aquí va usted á ver un vestido que acabo de comprar en la tienda de enfrente... verá usted qué bonito es... Eso de la cocinera ya lo arreglaremos otra vez.

—Como usted quiera.

Tampoco falta allí quien habla con su vecino del tiempo, á falta de otro asunto más importante; del tiempo, que es siempre el refugio de un diálogo agotado ya de materiales; la rama de salvación de un enamorado cuando al frente de su ídolo no sabe por dónde empezar, en fuerza de ser mucho lo que tiene que decirle; el amparo del que se las ha con un prójimo á quien apenas conoce, ó le merece pocas simpatías, y está deseando que se largue; del tiempo, en fin, que ha sido, es y será el objeto de la conversación de todos los aburridos y de todos los tontos.

También hay quien, muy bajito y con una cara muy triste, dice á su vecino:

—¡Cuidado si hay personas de suerte!... Vea usted, meterse en caja, de sopetón, un pico de dos ó más milloncejos...

—Lo dice usted por...

—Chitón, que mira doña Casilda.

Estos personajes son inherentes á toda sociedad, por pequeña que sea; y téngase presente que si hay algo que echar á perder, como ellos dicen, son los primeros que llegan y los últimos que se van.

El aspecto de la visita, en general, es animado, pero grave. Á veces apunta la risa en los labios de los visitantes y retoza vergonzante en los de los visitados; pero en seguida desaparece. Alentado por el rumrum de la concurrencia, no falta quien aventure un chiste; mas al punto se retira dos pasos atrás, como diciendo: «yo no he sido». El cuadro no tiene carácter propio: ríe con un ojo y llora con el otro.

Doña Casilda ha preguntado á una amiga que en dónde hallará buenos lutos para sus niñas.

—Encárguelos usted á París—le responde ésta:—son más baratos y mejores que aquí.

—¡Les hacen tanta falta! Ya se ve, ¡como no contábamos con este golpe! ¡Ayyyyy... qué desgracia!

Estupefacción en la visita; todos suspiran.

Después de algunos instantes de recogimiento, el más atrevido se levanta, da dos vueltas al sombrero entre sus manos, mira en torno de sí como pidiendo parecer sobre su nueva determinación, y un «vámonos, si usted quiere» le contestan algunas bocas de otros tantos individuos que á la vez se ponen de pie; hacen una profunda reverencia á doña Casilda, dan un apretón de manos á su marido, y con una grave inflexión de pescuezo hacia los que se quedan se largan fuera de la sala.

¡En nuestros días todo se hace con una precisión asombrosa!

En un caso igual, los antiguos se hubieran despedido diciendo «acompaño á ustedes en el sentimiento... Dios les dé á ustedes salud para encomendarle el alma»; á lo cual los herederos contestarían «amén», marchándose los visitantes en la persuasión de haber dicho, al menos, á lo que fueron á la casa mortuoria. ¡Necedad como ella! Cerca de una hora pasaron algunos en casa de doña Casilda, y ni siquiera la dirigieron la palabra. ¿Para qué? Una frase de consuelo en tales casos no sirve más que para recrudecer la herida...

Cuando nuestros personajes están en la calle, nótaseles igual transformación que si salieran de un sermón de cuaresma; sus lenguas se desatan y sus ojos chispean; parece que quieren vengarse de la violencia en que han vivido durante la visita. El uno llama la atención sobre el gesto de la señora; el otro sobre los ronquidos de su esposo; éste sobre que la cocinera estaba atisbando la escena detrás de las cortinillas; el más cauto se conforma con decir que dineros y calidad, etc., y que ya será algo menos de lo que se dice. Á nadie se le ocurre una palabra sobre el papel que ellos han desempeñado en la comedia.

Al quedarse solos los herederos cónyuges míranse cara á cara, con una sonrisa que quiere decir «¡qué felices somos!», y volviéndose la espalda mutuamente, se van á saborear á sus anchas el dolor que les ha causado «un golpe tan tremendo».

NOTAS:

[1] Estos cuadros y el que les sigue con el título de ¡Cómo se miente!, aparecen aquí en virtud de lo indicado en la Advertencia que precede al tomo V de estas Obras, de la cual Advertencia, por si el lector no la ha visto ó la ha olvidado ya, debo reproducir y reproduzco en esta Nota el siguiente párrafo:

«Ha llegado el momento de realizar el propósito anunciado en la Advertencia que se estampa en el tomo I de esta colección de mis Obras, y le realizo incluyendo en el presente volumen los cuadros Un marino, Los bailes campestres y El fin de una raza, desglosados, con este objeto, del libro rotulado Esbozos y Rasguños, en el cual aparecerán, en cambio y en su día, Las visitas y ¡Cómo se miente! que hasta ahora han formado parte de las Escenas Montañesas. Por lo que toca á La primera declaración y Los pastorcillos, si algún lector tiene el mal gusto de echar de menos estos dos capítulos en cualquiera de los dos libros, entienda que he resuelto darles eterna sepultura en el fondo de mis cartapacios, y ¡ojalá pudiera también borrarlos de la memoria de cuantos los han conocido en las anteriores ediciones de las Escenas!».

Réstame añadir ahora que si Las visitas y ¡Cómo se miente! no corrieron en aquel arreglo la suerte de La primera declaración y Los pastorcillos, débese únicamente á que son casi los primeros frutos literarios de mi pluma, y los primeros, sin casi, de mi pobre paleta de pintor de costumbres, allá por los años de 1859-60.

Válgales esta razón por excusa de sus muchos defectos, y discúlpeme á mí de la debilidad de considerarlos, con su fealdad y todo, como lo más digno de mi amor de padre, entre la ya larga prole de mi infeliz ingenio.—(Nota del A. en 1887).