EL TROVADOR
Ya del rubicundo Febo las relumbrantes guedejas sus destellos apagaron tras de las peladas selvas. Cueto, el ilustre lugar confín de la noble Iberia, el de las sensibles Hadas y retozonas Napeas; patria de grandes varones, cuna de tamañas hembras; Cueto, en fin, que no hay más que él, ni caben más en la tierra, duerme el sueño de los justos entre escajos y tinieblas. Nada turba su reposo, nada su quietud altera; ni un perro que ladre inquieto; ni un cencerro que se mueva; ni una vaca que, bramando, pida su ración de yerba; ni un suspiro, ni un lamento, ni una risa, ni una queja ………………………. ……………………….
De repente, y sin preludios, rasgando la bruma densa, un relincho se elevó hasta la celeste esfera, retumbando en las colinas cual la lúgubre trompeta llamando á juicio final al desquiciarse la tierra; y poco tiempo después, entre las zarzas espesas, vióse aparecer un hombre hacia el fin de una calleja, avanzando á grandes pasos, que marcaba con presteza sobre los duros morrillos, el son de sus almadreñas. Saltó en seguida un vallado, subió de un prado la cuesta, y en una casa fijóse de pobre y ruda apariencia. Entró luego en el corral sin aprensión ni cautela; y echando hacia atrás los codos y hacia delante la jeta, otro relincho lanzó mejor que la vez primera. Tosió dos veces seguidas, separó sus largas piernas, cargóse sobre el garrote, echó el sombrero á la izquierda; y abriendo de boca un palmo, fija la vista en la puerta, cantó con voz infinita estas sentidas