ENDECHAS

«En el corral de tu casa estoy, para lo que mandes, á las once de la noche con un frío que me parte.

»Si acaso no estás dormida
y escuchas estos cantares,
deja rodar una lágrima
de tus ojos, cuando acabe.

»En el día de San Juan
hará tres años cabales
que nos dimos la palabra
estando Lucu delante….

»¡Mala cólera me lleve
si pensé, Nela, engañarte,
ni en que me salieras luego
con que no quiere tu padre!

»¡La culpa me tengo yo,
burro, animal y salvaje,
que te tengo tanto amor
que en el cuero no me cabe!

»Yo no duermo ni sosiego
una noche ni un instante,
ni tengo salú completa
pensando en ti y en tu padre.

»Porque él me tiene la culpa,
y de aquí no hay quien me saque;
y él también tiene que ser
el que dé conmigo al traste.

»Ya la borona no me entra,
y el pan no me satisface,
ni me llenan las patatas,
ni me paran los bisanes,

»Ni se me abre el apetito
con vino blanco y panales,
ni aunque me dieran á pienso
garbanzos y chocolate.

»No voy el domingo al corro
si tú no estás en el baile,
ni me pongo otra camisa
que la que tú me bordeastes.

»Á escuras vivo de día
llorando á moco colgante,
hasta que llega la noche
y aquí me vengo á cantarte.

»Así ya se van pasando
tres años, Nela, cabales,
y así pasaré la vida
como de mí no te apiades.

»¡Mira que no puedo más
con estos pícaros males
que amores llaman las gentes
y yo llamo … barrabases!

»¡Mira que ya de penar
tengo el pecho tan inflante,
que parece el corazón
un puchero de los grandes!

»Yo bien quisiera, Neluca,
darlo todo al desbarate
antes que pasar la vida
rodando por los bardales;

»Pero si tú no te arrojas, como no puedo olvidarte, no me queda más remedio que algún rayo que me aplané.»

Calló la voz, y al momento, con misteriosa prudencia, un ventanillo se abrió en el fondo de la puerta. —¡Nela! ¡Colás!…, ¡no seas bruto! —¿En qué te he ofendido, Nela? —Ya te he dicho que no cantes. Colás…, ¡no me comprometas! ¡Mira que cada cantar una paliza me cuesta! —¡Una paliza, mi bien! —¿Y quien rayos te la pega? ¡Dímelo, Nela, por Dios; por Dios me lo dice, Nela! —¡Pégame, Colás, mi padre, mi padre, Colás, me pega! —Entonces….—Entonces ¿qué? —Entonces, nada, pacencia … y no me olvides, por Dios, aunque á puro darte leña se te queden las costillas como una banasta vieja. —¡Es que ya no puedo más! —No importa, puede ó revienta; que, al fin y al cabo, ha de ser…. Dame de amor otra prenda. —Toma una liga, Colás: bien caliente te la llevas….

Dijo, y le entregó un esparto que él se guardó en la chaqueta. —Ahora, por esa ventana echa los morros afuera. —¿Para qué?—Pa lo que sabes…. —No seas bárbaro.—¡Anda, Nela!

……………………………

—Ahora, vete.—No me voy. —Quiero que te largues, ¡ea! —¡Mira que entovia es trempano! —Pues si no quieres, lo dejas. Y le dió con la ventana en la mismísima jeta. —Ascucha, Nela, otro poco…; ¡no te me encultes!…, ¡aspera!— gritaba el pobre Colás dando golpes en la puerta. —Nada más que un poquitín, ¡cinco menutos siquiera!

Y á la misma cerradura pegaba el pobre la oreja, para escuchar si volvía la su idolatrada Nela.

Un largo rato pasó exhalando amargas quejas, llamando en todos los tonos y sacudiendo la puerta; pero fué tiempo perdido, porque ya roncaba Nela.

Entonces, desesperado, maldijo su suerte perra, calóse más el sombrero, abrochóse la chaqueta, y, requiriendo el garrote, salió del corral afuera. Echó por el prado abajo, torció luego á la derecha, un seto saltó después; y, al entrar en la calleja, antes que los matorrales por completo le cubrieran, otro relincho lanzó volviendo atrás la cabeza. Después siguió su camino; internóse en la calleja, y se apagó entre el ramaje el son de sus almadreñas.