II

Echando al aire cohetes y descerrajando tiros, y entonando macarenas coplas, á pelado grito, entró el jándalo en su pueblo entre perros y chiquillos, que de una en otra barriada, con voces y con ladridos, publicaron la venida de aquel hombre «tan riquísimo», en un instante, saliendo á la calle los vecinos á verle pasar; que el pueblo, como es notorio, ab initio es novelero y curioso aquí y en Francia … y en Pinto. —Buen verano, caballeros…. ¡Adiós, mi alma!…—Bien venido. —Compadre, jasta la vista…. —Dios te guarde.—Agur, vecino. —¡Bien llegado!—Agraesiendo, camará…, siempre su amigo; pero me aguarda mi padre…. ¡Hacerse á un laito, niños!

Y revolviendo su potro, como pudo, á cada grito, y la mano dando al uno y al otro las gracias fino, y á las mozas requebrando y atropellando chiquillos, atravesó la barriada y llegó al hogar carísimo, donde hubo besos y abrazos y todo lo consabido.

Después se sacudió el polvo con su pañuelo finísimo, guardó el caballo entre mantas («porque era una fiera el bicho, y tragándose el espacio al andar, sudaba el quilo»), anunció, como de paso, para muy luego el arribo de la consabida recua; y entre familia y amigos que á saludarle acudieron, circuló el jarro de vino, se cenó de lo mejor; y hasta que ya era por filo pasada la media noche, en loor al recién venido, duró la marimorena que, aunque inútil es decirlo, costó al jándalo los cuartos y á más de tres … el sentido.

Amaneció el nuevo día, y ya su ánimo tranquilo, abrió el jaque la maleta para mudarse el vestido; llamó ufano á la familia, y ofreció á cada individuo un regalo: un calañés á su padre; á un hermanito, una camisa de holanda (y era de algodón mezquino), y á su hermana un rico chal de la India (según dijo, pues era un retal menguado, de vara de pico á pico). Todo aquello, por supuesto, eran obsequios levísimos, pues las galas que traía hasta para los amigos, las conducía «la recua que quedaba en el camino».

Pasó el día de San Juan gastando largo y tendido y luciendo, aunque el calor hacía trinar los grillos, capa de largos fiadores sobre zamarra de rizos.

Al siguiente, el pobre viejo que iba á descansar tranquilo con el amparo del jándalo, de sus retoños seguido volvió al campo, como siempre, á doblar su cuerpo rígido sobre los terrones, que le daban sustento mísero.

En tanto vagaba el jándalo, sobre su andaluz bravío, por callejas y senderos, reconociendo los sitios que poco antes frecuentara con el dalle y el rastrillo…. Porque lo había olvidado todo, todo…, hasta el oficio, y el lenguaje de su pueblo y el nombre de sus vecinos.