III

Entre fiestas pasó un mes, descuidado peregrino, corriendo de feria en feria y embaucando á sus amigos con cuentos de Andalucía y primores que había visto.

Pero, ¡ay!, al llegar agosto, tentó con ansia el bolsillo que ya protestaba lacio, y, aunque con dolor vivísimo, vendió su caballo enteco (que nunca fué más lucido) en diez duros, no cabales, al primero que le quiso, para reparar algunos siniestros apremiantísimos, pues no llegando «la recua que quedaba en el camino», su traje se clareaba á puro darle cepillo, y sus botas se torcían y no bastaba el tocino para remediar las grietas ni para prestarles brillo. Trocó el presuntuoso puro de á cuarto por el mezquino pitillo; dejó el pan blanco y el riojano negro líquido, como regalo superfluo, sólo para los domingos; y aunque chancero y zumbón y fingiéndose aburrido, iba al campo algunas veces «á enredar con el rastrillo». Mas era que el pobre viejo, formalizado, le dijo un día:—«Si todas tus rentas son las que á casa has traído, ó trabajas ó no comes, que yo del trabajo vivo.»

Tras esto llegó septiembre, y el buen jándalo, afligido, gastó la última peseta que tenía en el bolsillo; y no asomando «la recua que quedaba en el camino», remendó los pantalones, comió berzas y respingos, emprendió con la tortuca con mucha pujanza y brío, dió en levantarse á la aurora, y trabajando solícito, se dormía por la noche cansado, si no tranquilo.

Ya no habló más en caló en medio de sus vecinos, porque se burlaban todos sin piedad de aquello mismo que, oyéndolo de su boca, aplaudían cuando vino.

Eran todos sus debates sobre carros y novillos; volvió á pensar en la herba, y á echar cambas … y cuartillos; llamó á la alubia barbanzo; dijo por vuelto golvío; por lo ignorado el aquel; en vez de boca, bocico; por agujero, juriaco, y en lugar de trajo, trijo. Dejó, en fin, su mixta jerga de andaluz muy corrompido, y volvió á adoptar de plano su propio lenguaje antiguo: rézpede, ojeuto, chumpar, rejonfuño, sostuvido, escorduña, megodía, sastifecho, tresponío…, lo más selecto y más clásico, lo más puro y más legítimo del diccionario especial de tamaños barbarismos.

Entonces ya confesó, sin ambajes ni remilgos que estuvo en Puerto Real tres años vendiendo vino y llevando garrotazos de padre y muy señor mío; que sacó seiscientos reales por todo producto líquido, después de comprar el jaco, ropa, escopeta y avíos, y que entró con una onza en su casa, el pobrecillo, y la gastó en francachelas por echársela de rico….

Y dos otoños, en fin, después de lo referido, con unos calzones pardos, un chaquetón de lo mismo, una camisa de estopa y zapatos con clavillos, salió otra vez de su pueblo montado sobre un borrico, para volver á la tierra de la viña y del olivo, á ganar otros seiscientos con los azares sabidos.