XI

En éstas y otras, la estación avanzaba y el melancólico otoño iba iniciándose á medida que morían las ilusiones del forastero. El aterciopelado verde de la campiña se había cambiado en otro más pálido y amarillento; segada y recogida la yerba de los prados y despuntados los maíces, las mieses habían perdido toda su lozana frondosidad; y su aspecto, aunque bastante más risueño que la primavera de Castilla, infundía cierta tristeza en el ánimo que la había contemplado dos meses antes. Los bosques se enrarecían también al menor contacto del furibundo viento Sur, que ya estaba en plena campaña para secar las panojas y madurar las castañas; los pajarillos enmudecían poco á poco y volaban errantes é indecisos; las noches crecían y los días acortaban; la naturaleza toda anunciaba su letargo del invierno, y no se escuchaba otro sonido de su elocuente lenguaje que el de los secos despojos de su primavera, rodando en confuso torbellino á merced del viento que cada día soplaba más recio.

No necesitaba el forastero tanto aparato para languidecer y enervarse, después de los desengaños padecidos hasta allí. Así es que, á la vista del cuadro que se le presentaba, no tenía otro deleite que pensar en su vuelta á la corte. Y como esto no le llenaba el ánimo completamente, se complacía en colocar á su lado, para contraste, todos los disgustos que debía á su expedición á la patria de los Seturas, con el fin de amar la primera á medida que fuera aborreciendo la segunda.

—«Vamos á cuentas—se decía una tarde, sentado en frente de la ventana de su cuarto, y mirando cómo se ocultaba el sol detrás de una montaña, entre vivísimos resplandores.—Llevo en este pueblo tres meses; he gozado á mis anchas y con las ilusiones de un niño, es decir, he gozado cuanto es posible en esta vida de zozobras y de aprensiones, tres semanas. En cambio he padecido después un tabardillo, tres cólicos, trescientos sustos, treinta mil molestias por esos campos de Dios buscando la sombra y la poesía, sesenta y seis insomnios producidos por el perro, por los cencerros y por los golpes oídos durante la noche, é innumerables disgustos en mi trato con el vecindario; y si cuento diez indigestiones que me produjo la bazofia de esta bendita cocinera, una oftalmía á consecuencia del polvo del techo de mi alcoba y doscientos rasguños de espinos en la piel (todo esto durante las tres semanas contadas de placer), no hay duda que la ganancia de mi expedición, vista por este lado, ha sido bien escasa. Veámosla por la parte económica, que es por lo que más se recomienda la vida del campo. Por no reventar con tanto y tan especial menjurje, he tenido que proveerme por mi cuenta de la ciudad; y como está muy lejos, entre propios, carros y otras menudencias, lo que aquí he comido, muy mal sazonado, me cuesta triple que mi alimento ordinario y relativamente exquisito de Madrid. Mi equipaje está sucio y desgarrado.

»Se me dirá que de esto me tengo yo la culpa, pues he saltado portillos y corrido por los prados, y me he sentado en ellos…. Pero, señores míos, ¿es posible que á otra cosa se pueda venir al campo? Sin contar lo que he dado en limosnas, pues esto bien empleado está, llevo gastado un dineral en propinas y en pagar, triple de lo que valían, regalos que estas gentes dieron en hacerme cuando corrió la voz de mi largueza. Total, incluso manutención, obra de la alcoba, etc., según el estado de mi bolsillo y cartera, cerca del doble de lo que, en igual tiempo, gasto en Madrid con carruaje y espectáculos.

»Veamos ahora mi expedición por la parte instructiva, por la del estudio, para el cual se receta siempre el campo. Perdidas mis ilusiones por la frívola poesía pastoril, solamente la idea de salir de aquí muy pronto era capaz de hacerme leer con paciencia mis libros instructivos. No comprendo que sin un confidente con quien consultar, ó con la idea de no volver á ver más el mundo, haya un hombre capaz de encerrarse entre los bosques á desentrañar los misterios de la ciencia, cuando la ignorancia completa de ella es lo primero que se necesita para vivir á gusto entre estas cerriles criaturas, ser tan rústico como ellas, y circunscribir á las suyas las propias ambiciones. Y no se me diga que ésta es cuestión de carácter, porque el mío es un modelo de docilidad y acomodamiento, soy un optimista extremoso, y así y todo me ha hastiado la naturaleza y me ha repugnado la humanidad inculta. Mi lectura, pues, con la esperanza de ver el mundo otra vez, no ha sido escasa, pero no provechosa: pues con incómoda habitación, malas digestiones y preocupado con las miserias de que he sido objeto, no he sacado tanto fruto aquí en dos meses como en un solo cuarto de hora en mi gabinete de estudio en Madrid.

»Por lo que hace á robustez, que es lo que en mí busca y dice que encuentra todos los días Silvestre desde que estoy en la aldea, si algo he aumentado en volumen, debe ser consecuencia de la corteza tostada que cubre mis manos y mi cara, y del no sé qué que se ha adherido á mis cabellos que, á pesar de mi esmero, se rebelan, y están cada día más rústicos y cerdosos…. Decididamente me vuelvo á la corte…. Pero ¿y el hastío que me echó de ella? ¿Será otra ilusión, como la del campo, la inclinación que hoy siento hacia Madrid? Antes de salir de aquí voy á probar el último recurso; voy á vivir á lo Robinsón. Dialogaré con la naturaleza y huiré de todo ser humano en lo que me sea posible.»

Aquí llegaba el de la corte con sus meditaciones sin notar que el sol había apagado su último reflejo, y que, por ende, la noche había dejado su habitación envuelta en la más impenetrable obscuridad, cuando un ruido estrepitoso, sobre el techo de la alcoba, le hizo dar un salto en la silla y buscar en seguida, á tientas y acelerado, la puerta, pensando que se hundía el tejado solariego.

—¡Silvestre! ¡Silvestre!—gritó al hallarse en la sala.

—¿Qué demonios te ocurre, hombre?—contestó á poco rato el mayorazgo, apareciendo en escena con el candil en la mano.

—¿Qué ruido es el que he sentido sobre mi cuarto?

—¿Á que te has asustado?… ¡Ja, ja, ja, jaaaa!

—¡Pues el lance es para reir!

—Y ya se ve que sí. Como que no es otra cosa que un garrote de panojas de la otra cosecha que estoy poniendo encima de tu cuarto.

—Á buena hora te has acordado de hacerlo.

—Como los criados han estado cogiendo todo el día en la mies, no se ha podido hacer hasta ahora.

—Ya podías haber avisado antes, ó dejar la operación para mañana.

—En lo primero tienes razón, y dispénsame el olvido; en cuanto á lo segundo, como esta noche es la deshoja, no era cosa de que se mezclaran las dos cosechas.

—¿Qué es eso de la deshoja?

—¡Cómo! ¿No sabías que era esta noche? ¡Bruto de mí!… Vente conmigo.

Y así diciendo, cogió á su amigo por un brazo, y le arrastró, ó poco menos, hasta la cocina. En ella le enseñó al ama de llaves que estaba fregando una enorme caldera en la que iban á cocerse media fanega de castañas que estaban en un saco cerca del fogón.

—Todo esto es para la gente—dijo don Silvestre señalando las castañas y un enorme jarro de vino que estaba sobre el vasar.

—¿Para qué gente?—le replicó su amigo cada vez más sorprendido.

—Vente y lo verás—repuso el mayorazgo saliendo de la cocina y llevando por delante á su amigo.

Unos pasos antes de entrar en el estragal, ó sea el corredor que conduce á la bodega desde el punto en que arranca la escalera del piso alto, una algarabía atronadora de carcajadas, cantares y chillidos llamó la atención del forastero; algarabía que cesó tan pronto como éste y don Silvestre llegaron á la puerta de la bodega. En ésta, iluminada por un roñoso farol colgado de un clavo en una pared, se veía una enorme pila de panojas recién traídas de la heredad, y á su alrededor, sentados en el suelo, un enjambre de mozas y mozos del lugar ocupados en deshojarlas, echándolas después una á una, pero con extraordinaria rapidez, en los garrotes, ó grandes cestos, que estaban colocados delante de los deshojadores, á razón de uno de los primeros por cada seis de los segundos. Estos garrotes suelen tener una medida dada, y por el número de garrotes, ó coloños, que van llenos al desván, calcula fácilmente el labrador el resultado de su cosecha.

La deshoja es una operación que toma la solemnidad que hemos visto en casa de don Silvestre, en las de cuantos labradores cogen maíz para todo el año, pues con el objeto de que el grano empiece pronto á ventilarse, procura el cosechero despojarle cuanto antes de la hoja que le envuelve y le perjudica mucho, después que se retira de la heredad; y como la operación es muy pesada para poca gente, es ya costumbre que se reuna toda la que quiera del pueblo, sin mas retribución que un maquilero de castañas cocidas y un vaso de vino ó de aguardiente, y á veces una sola de las dos cosas, para deshojar una cosecha en una noche, ó en dos á lo sumo.

El silencio impuesto por la llegada de don Silvestre y su amigo, volvió á alterarse en breve, en cuanto el último, siempre propenso á gozar con tales cuadros, se mostró muy satisfecho en medio de la concurrencia, y le dirigió algunas palabras en son de broma. Fraccionóse, pues, el círculo en secciones; y en una se contaba el cuento de Juan del Oso, en la otra se criticaba, en ésta se cantaba y en aquélla se hablaba de la cosecha, sin que faltasen manotazos ó coscorrones por aquí y por allá, pues aquellos mozos también eran de carne y hueso, y no siempre, buscando una panoja oculta entre las hojas apiladas, topaban con ella al momento y sin tropezar antes con tal cual pantorrilla extraviada, cuya dueña, aunque con la risa en los labios, protestaba con el puño cerrado contra la equivocación.

Hacía un rato que la deshoja estaba en plena efervescencia, cuando una voz gritó: «¡la mona!»; y esto bastó para que las mujeres se alborotaran y chillasen, y para que los hombres se pusieran en actitud de defensa.

El forastero, pensando que se trataba del cuadrumano de aquel nombre, miraba á todas partes con ávida curiosidad, en tanto reía á sus anchas el bonachón de don Silvestre, quien al cabo explicó á su amigo lo que aquella voz significaba.—Llámase mona á una gran bolsa ó protuberancia que sale á algunos maíces en el tallo, y que después de seca se convierte en un depósito de polvo negro y pegajoso; bolsa que suelen guardar cuidadosamente los aldeanos al coger el maíz, para untar con ella en la deshoja la cara del más cercano, cuando más descuidado esté.

Prodújose la alarma de costumbre; pero la mona no pareció por ninguna parte. Un mocetón colorado y mofletudo, que no pudo ver con calma á un rústico Tenorio (pues también los hay en el campo) charlando más de lo regular con una moza á quien él galanteaba, era el que había gritado con la intención de interrumpir el amoroso coloquio, ya que no había podido conseguirlo de otra manera, por hallarse colocado muy lejos de la amartelada pareja.

—¡Diez y tarja!—cantó la voz de un hombre que, llegando á la puerta de la bodega, cruzó con una raya de yeso otras nueve paralelas, hechas una á una á cada coloño que se subía al desván.

Chocó al forastero que el décimo, en lugar de seguir el camino de los anteriores, cayese en un rincón de la bodega, que se había aseado antes con el mayor esmero; y preguntado á don Silvestre, supo que aquel garrote de panojas, tal vez el más repleto de todos y el de las más gordas, era el primero del diezmo que pagaba á la Iglesia de Dios. Por aquel tiempo andaba aún la cosa pública … á la moda de entonces, y de nada se extraño el forastero, sino del cuidado y escrupulosidad con que don Silvestre cumplía el mandato número cinco de los de la Iglesia. Y aún hacía más el mayorazgo: junto á la pila de panojas formada con los coloños del diezmo, había otras varias más pequeñas, hechas á costa de las nueve partes que á el le quedaban libres; porque de cada coloño que subía al desván, dejaba tres panojas para las ánimas del purgatorio; dos para alumbrar á San Antonio, patrono del ganado; seis para San Roque, abogado de la peste; seis para San Pedro, patrono del lugar, y otras seis para los pobres del vecindario que careciesen de semilla en la época de siembra. ¡Y todavía don Silvestre daba gracias á Dios por lo mucho que le quedaba!—«¡Desgañitaos, hombres de la ciencia, para ilustrar á la humanidad; afanaos en perfeccionarla para hacerla más feliz á costa de lágrimas y sudores; pero estudiad á este hombre, y tomad en cuenta la tranquilidad de su espíritu!»

Así exclamaba, para sus adentros, el forastero al contemplar la fe y el placer con que su amigo cumplía los preceptos que se le imponían, y las muestras de la caridad que guardaba siempre en su sencillo corazón.

Ya comenzaba á gozar un poco el de Madrid entre los episodios de la deshoja, y una prueba de ello es que permaneció observándolo todo, sentado sobre un arcón viejo, hasta que muy avanzada la noche se presentaron los criados de don Silvestre á la puerta de la bodega, llevando con mucho pulso, entre los dos, una caldera llena de castañas, é inmediatamente detrás el ama de llaves con el jarro del vino, un vaso para escanciarle y otro jarro más pequeño para repartir las castañas. Á la vista de todos estos objetos la deshoja se alborotó, y á merced de la efervescencia pudo un colindante untar á su placer con una mona la cara del celoso y rechoncho mocetón que había gritado antes, de mentirillas. El sorprendido y cerril amante, que entre las carcajadas de la gente no veía más que con sus celos y al través del ignominioso tinte de su cara, en lugar de echar al garrote la panoja que tenía entre las manos, la arrojó furioso hacia su rival; pero éste tenía la cabeza más dura que la panoja, y habiéndola recibido cerca del occipital, resbalando sobre él el proyectil fué á parar á las narices del forastero, que estaba sentado, un poco más atrás y en la misma dirección. Y gracias á la penosa sensación que en todos produjo la carambola, no hubo un lance entre los dos jabalíes rivales, que se quedaron pasmados al ver sangrar por las narices al buen señor, y al oirle decir, mientras salía de la bodega acompañado de don Silvestre y de su ama, que bufaban de rabia:

—Esto debí yo haberlo previsto; pues á quien entre bestias anda, tales caricias le esperan.