XII

Curado en pocos días de las consecuencias del panojazo, juró solemnemente huir de todo contacto con tales gentes; y al efecto se proveyó de caña y escopeta, para explotar, en los ramos de pesca y caza, aquellas regiones donde tantos disgustos iba pasando mientras buscaba la realidad de sus mejores ilusiones. Pero siendo tan infecundos en pesca el río y los regatos del país como en ninfas y Salicios y Nemorosos sus campiñas, abandonó la caña á los pocos días de dedicarse á ella, pues no compensaban dos anguilas y tres docenas de pececillos que pescó durante la temporada, todos los constipados y mojaduras que cogió sentado á la orilla del río, unas veces al sol y otras al agua.

Abandonada la caña, se dedicó á la escopeta; y ya que la caza no fuera muy abundante, por lo menos el ejercicio corporal que hacía corriendo tras de las miruellas, le proporcionaba buen sueño y más que regular apetito.

En esto había pasado un mes desde el panojazo. La naturaleza, lánguida y enclenque entonces, iba quedándose, como si dijáramos, en cueros vivos; las brisas eran más frescas, y en lugar del sonido armónico y majestuoso que formaban perdidas entre el follaje de junio, gemían lastimeras al chocar contra los escuetos miembros de los árboles; lloraban fatídicas, como si fueran la voz de la naturaleza que lamentara la pérdida de sus risueñas galas. El suelo se humedecía cada vez más, porque el sol no tenía fuerza bastante para enjugarle después de los chubascos, cada día más fuertes y más frecuentes; las noches eran eternas, y sólo un sueño como los que últimamente dormía el de Madrid, era capaz de hacérselas pasar medio á gusto entre los silbidos del vendaval que penetraba fino y cortante por cada rendija de las innumerables que tenían las puertas exteriores del solariego palomar; las lumbradas que hacía el ama en la cocina solamente las soportaban ella y don Silvestre, acostumbrados á su calor desde la infancia: el forastero se abrasaba acercándose al fuego, y retirándose de él se le helaban las espaldas con el gris que corría en aquel inmenso páramo.

En cuanto á la poesía del chisporroteo de los tizones y del hervir de los pucheros, así la encontró como lo que había buscado entre los jarales. Roncaba el ama de llaves, roncaba don Silvestre, roncaban los criados y el gato y el perro; silbaba el viento, bramaba la cellisca contra las inseguras ventanas, y más que visión placentera, parecía aquel cuadro escena de conjuro, ó ensueño de calenturiento.

¡Entonces sí que pensó en su gabinete de Madrid y en los salones del mundo y en el teatro de la ópera!…

—¡Qué será un invierno pasado así, Dios mío!—se decía una noche mientras se acostaba en busca del sueño, único amparo que hallaba en medio del aburrimiento que empezaba á perseguirle.