XIII
Fatigado de saltar setos y regatos y de trepar por cerros y colinas, tornaba hacia su casa una mañana el huésped de don Silvestre, con la escopeta al hombro y sin haber podido matar más que dos gorriones y una calandria.
Ya columbraba la ventana de la cocina solariega y hasta llegaban á sus narices los aromas de los guisotes del ama de gobierno, cuando distinguió una miruella sobre la rama más alta de una higuera.
Agazapóse el cazador todo lo que pudo; deslizóse de mato en mato y de bardal en bardal, como una culebra, para no ser visto ni sentido del animalito, cuya vigilancia es proverbial en el país; apuntóle con la escopeta cuando le tuvo á tiro y á su gusto, y….
Pero expliquemos la situación del cazador, por si los permenores del suceso nos fueren más tarde de alguna utilidad.
Apuntando el madrileño á la miruella, tenía á cuatro pasos, á la espalda, un huerto contiguo á una pequeña casa, y cerrado en todo su perímetro por una pared seca, es decir, una pared transparente, de piedras sobrepuestas medio á la casualidad, paredes que suelen durar eternidades, porque la consistencia que les falta de nuevas se la da bien pronto la hiedra que junto á ellas nace, y penetra, entretejiéndose, por todos los intersticios. La pared del huerto que tenía á su espalda el cazador comenzaba ya á consolidarse: sólo un tramo de dos varas estaba sin revestirse de las verdes ligaduras, y sostenido por un prodigio de equilibrio.
Por lo que hace á la casa, estaba cerrada herméticamente; y en toda la extensión que alcanzaba la vista no se distinguían más seres vivientes que el cazador, la miruella y un hombre que cerca de la casa esparcía toperas en un prado, y acechaba de cuando en cuando las operaciones del topo, á cuya caza andaba. Este hombre, á quien el de Madrid no veía, era el tío Merlín.
Hecha, pues, la puntería á placer del cazador (como que apoyaba la extremidad del cañón de la escopeta en una rama), disparó sobre el pajarraco, y éste cayó, como una masa inerte, rebotando de quima en quima. Pero al pie del árbol había un bardal bastante espeso, y en este bardal cayó la miruella.—Cerca de un cuarto de hora invirtió en buscarla el pacientísimo cazador, que al fin la encontró; pero no sin desgarrarse las manos con las punzantes zarzas.
Con su presa en el morral, salió otra vez al camino que antes llevaba; y echándose la escopeta al hombro, marchó á largos pasos hacia su casa, pues ya había oído tocar á mediodía y no le gustaba hacer esperar á don Silvestre que de fijo, estaría arrimando las sillas á la mesa.
Cerca ya de la portalada del mayorazgo, oyó un estrepitoso ruido. Volvióse hacia el sitio de donde éste partía, y vió que se había caído la parte flaca de la pared del huerto antes citado.
Como el suceso tenía muy poco de particular, no le llamó la atención: lo extraño para él era que semejantes muros resistieran un día en posición vertical.
En esta inteligencia, siguió su camino y llegó á casa del mayorazgo, á quien encontró esperándole para comer.
En los postres estaban, cuando un criado apareció en escena, anunciando á un hombre que deseaba hablar con «el señor».
—Que pase adelante—dijo éste, siempre dispuesto á complacer á todo el mundo.
Un momento después penetró en la sala, pisando tímidamente, un aldeano de madura edad, con la chaqueta al hombro, barba de quince días, y dando vueltas en las manos á un mugriento sombrero que solamente cesaba de girar cuando el aldeano sacaba una de ellas de la arrugada copa para retirar hacia atrás las ásperas y encanecidas greñas que le caían sobre los ojos.
—Tengan ustedes buenas tardes.
—Muy buenas las tenga usted; y díganos en qué puedo serle útil.
El recién venido titubeaba.
Al cabo de un rato bien largo de toser, cambiar de punto de apoyo, manosear el sombrero y luchar con sus greñas, comenzó así el aldeano:
—Pues, señor, yo soy, pa lo que usté mande, Cleto Rejones, y vivo aquí, á la esquierda, cancia la juenti, como el que tira á la mies del Jalecho, en una casa sola que usté habrá visto al ir á cazar esta mañana…, que tiene un higar delante….
—La del suceso que me has contado—añadió don Silvestre, dirigiéndose á su amigo.
—Adelante—contestó éste, más interesado ya en saber el objeto de la visita.
—Pues, señor, resulta de que yo, á la vera de la casa, tengo un güerto de carro y medio de tierra, que, en buena hora lo diga, es una alhaja pa el dicho de coger patatas y posarmos pa el avío de la casa…; como que el viudo del Cueto me daba por él un prao de cinco carros y un rodal viejo, y no se le quise cambiar…. ¡Que me muera de repente si es mentira!
—Si nadie lo pone en duda, hombre de Dios—repuso, riéndose, el de
Madrid.—Pero vamos á ver lo que usted desea.
—Á eso voy de contao…. Resulta de que yo, como decía, tengo un güerto de carro y medio de tierra á la vera de la casa, y de que ese güerto tiene una paré que le cierra sobre sí. Resulta de que esta paré se vino á tierra está mañana, por la parte de la calleja.
—Dé lo que doy fe porque lo vi…. Adelante….
—Resulta de que, al caer la paré, quedó un juriaco abierto.
—Claro está.
—Y por ese juriaco entraron después, con perdón de usté, dos de la vista baja[7].
—Adelante.
—Y estos dos de la vista baja, con perdón de usté, me jocaron el güerto, me comieron las patatas, me tronzaron los posarmos y me desbarataron dos semilleros de cebollas….
—Hombre, ¡qué lástima!—exclamó, verdaderamente condolido, el noble forastero.
—Como usté lo oye, señor: crea usté que para mí ha sido hoy un día desgraciao.
Y el bueno del aldeano, al decir esto, menudeaba más y más los giros de su sombrero, y bregaba, hasta sudar, con los mechones de su áspera cabellera.
El huésped de don Silvestre, creyendo que las pretensiones del aldeano se reducían á pedirle alguna cantidad para reparar la avería, dispúsose desde luego á dársela bien cumplida; pero no quiso hacerlo sin que el aldeano se insinuase de alguna manera, temiendo herir su delicadeza.
—Y ¿qué es lo que usted pretende de mí?—repuso con intención.
—Señor—contestó el aldeano,—yo quisiera que se nombrase una presona que fuera á reconocer el daño, y que le tasara.
—No esta mal pensado…. Pero ¿contra quién va usted á reclamar?
—De modo y manera es que … la paré bien tiesa se estaba….
—Sí…, hasta que se cayó.
—De modo es que, si no la hubieran aboticao…[8].
—Luego, ¿se sabe quién la tiró?…
—Paece ser que hubo testigos….
—Pero, en fin, ¿qué es lo que yo puedo hacer en esta cuestión?
—Pos ná, si le paece….
—¡Explíquese usted de una vez, santo varón!
El aldeano bajó la cabeza, volvió á cambiar de postura, y sin cesar de mirar al sombrero, continuó, al cabo de un rato y tartamudeando:
—Yo, señor, pa decirlo de una vez … porque ello es justo, ¡canario!, justo como la ley de Dios, vengo á que usté me pague, ó á que nombre por su cuenta el tasador.
El forastero dió un salto en la silla.
—¡Que le pague yo á usted!… ¿Pues acaso tengo yo la culpa del suceso?
—Ahí esta la jaba…. Yo no digo que usté lo hiciera de mal aquel, pero la paré estaba flojilla, y con una perdigoná sobraba pa echarla abajo.
—¿Pero usted habla de veras?… ¿Usted es capaz de sostener que yo derribé la pared?
—Yo no lo vi, no, señor; pero una presona que estaba cerca cuando usté mató la miruella me lo ha asegurao….
—¡Esto es inaudito, Silvestre, y voy á hacer un escarmiento con esta canalla!… Figúrate que al matar el pájaro estaba yo de espaldas á la pared….
—Pero á eso—interrumpió el aldeano,—dice la presona que con el rustrió de la escopeta….
—Qué rustrió ni qué…. ¡Imbéciles!… Y aunque tamaño absurdo fuera atendible, ¿de qué serviría cuando la pared cayó un cuarto de hora después que sonó el tiró?…
—¿Pero tu haces caso de esas socaliñas?—dijo don Silvestre, hasta entonces mudo espectador.—Á esta gente es preciso conocerla. ¿Á que anda el tío Merlín en el ajo?
—Justamente—contestó el pobre hombre.
—Me lo temí; ¡es el enredador de más malas entrañas!… Quítate de delante, canalla, ó te arrimo un botellazo que te rompa las muelas. ¿Cómo te atreves á acercarte á una persona decente con esas tretas de tan mala ley?…
—Yo no tengo la culpa—contestó tímidamente el aldeano, haciendo un cuarto de conversión hacia la puerta….—Yo soy un probe … ¡muy probe!, señor don Silvestre; tengo un güerto que me da para ayudar la vida, cáese la paré, entran por ella los animales, destrózanme la probeza que había en él, dícenme: «Fulano tiene la culpa»; y … ¡qué menos he de hacer que pedir lo que en ley se me debe!… Pero—añadió, enternecido, dirigiéndose á la puerta,—dicen ustedes que me he equivocao, y yo lo creo…. Perdonar la falta…, y queden ustedes con Dios….
—Tiene razón el buen hombre—exclamó á poco rato el bonachón madrileño.—El infeliz no tendrá, tal vez, comida para mañana; y de él no ha salido la idea de hacerme reo de semejante delito…. Llámale, Silvestre, que voy á gratificarle….
—No te apures, hombre de Dios; yo los conozco mejor que tú … y no son tan suaves como aparentan.
De todas maneras, el aldeano había desaparecido, y los buenos deseos del madrileño quedaron sin realizar; pero don Silvestre tuvo que aceptar de su amigo una moneda de oro para entregársela al pobre labrador lo más pronto posible.
Cuando al día siguiente se despertó el madrileño, su primer recuerdo fué para el aldeano; y, en su consecuencia, la primera pregunta á su amigo, en estos términos:
—¿Le entregaron el dinero?
—No—contestó el mayorazgo.
—Caramba, lo siento mucho….
—Bah…, no te apures … y, por de pronto, lee este papelito que me ha entregado para ti el alguacil del concejo.
Tomó el huésped, lleno de sorpresa, el papel, y leyó en voz alta lo siguiente:
«Alcaldía constitucional de….
»Por la presente, y á estancia del vecino Cleto Rejones, se cita á juicio verbal para mañana á las tres de la tarde, en la casa-concejo, al señor don Fulano de Tal, sobre pago de desprefeuto de ojeutos naturales, esistentes en una propiedad lindante al vendaval con su casa, y cerrada sobre sí á paré seca, y de cuyos ejeutos alimentivos está dicho Cleto Rejones acaeciendo.—El Alcalde constitucional, Trebucio Canales del Garojo.»
FOOTNOTES:
[Footnote 7: Cerdos.]
[Footnote 8: Empujado]