XIV

Si el lector desea conocer el fin de este peregrino incidente, que hubo de costar la salud al desencantado madrileño, háganos el obsequio de acompañarnos al mismo edificio dentro del cual se debatió la cuestión de aceptar ó no el reló consabido.

Pero en lugar de quedarnos en el ancho salón donde el pueblo se reunió entonces, y que á la vez sirve de escuela pública de primeras letras, vamos á subir por una angosta escalerilla abierta en un ángulo de la pared opuesta á la puerta principal. Como son las tres de la tarde, y ésta de un día de trabajo, tenemos que encontrarnos, al atravesar el citado salón, con dos largas filas de muchachos sentados ante un doble atril, sobre el que unos escriben y repasan otros la lección que han de dar más tarde en la mesa presidencial que ocupa el maestro, cuya diestra no suelta la tremenda palmeta de cinco agujeros.

No bien asomamos las narices á la puerta, calla el discordante y atronador coro que forman los granujas lectores, quítase el maestro las gafas, pónese de pie, hacen lo propio sus discípulos, y todos á la vez, hincando una rodilla en tierra, exclaman á grandes voces:—¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!

Repuesto el indulgente lector de la sorpresa que le habrá causado tan extraña salutación, llegamos á la escalerilla, cuya puerta nos abre, entre mil reverencias, el sanguinario pedagogo; subimos media docena de toscos escalones, y entramos al fin en una pequeña sala donde nos hallamos al conocido alcalde de los largos colmillos, sentado ante la única mesa que allí hay, y á su derecha, pero de pie y á respetuosa distancia, al alguacil del concejo. En un banco cercano están sentados Cleto Rejones y el tío Merlín, con su habitual expresión de travesura. De pie, y retratadas en su semblante la indignación y la repugnancia que la escena le produce, el madrileño, junto á su fiel amigo don Silvestre, que participa, por simpatía, de la situación moral del primero.

Oigamos lo que allí pasa.

EL ALCALDE.—Supuesto que ya estamos reunidos, vamos á dar principio al juicio. (Al alguacil.) Llama al señor Maestro. (Vase el alguacil y sube á poco rato acompañado del Maestro, que se coloca en su puesto de secretario.) Hable, pues, Cleto Rejones, y diga, exponga, relate, y cuente lo que pide, quiere ó solecita del señor demandado aquí presente. Pero primeramente, ¿Cleto Rejones trae su hombre bueno?

EL TÍO MERLÍN.—(Inclinándose respetuosamente.) Para servir á Dios y á ustedes.

ALCALDE.—Por muchos años.—En cuanto á este caballero, ya veo que le acompaña don Silvestre…. Conque, adelante. Y digo: exponga Cleto Rejones….

CLETO.—Tocante á eso, digo, señor alcalde….

ALCALDE.—Calle usté el pico.

CLETO.—De modo que como usté me manda….

ALCALDE.—Mando, sí; pero en acabando yo de hablar. Exponga Cleto
Rejones su particular.

CLETO.—¿Hablo?

ALCALDE.—¡Bárbaro! ¿Pues no me oyes?…

CLETO.—De modo que como usté me dijo….

ALCALDE.—¿Cantas…, ó te condeno?

CLETO.—Pos canto y digo.—Yo tengo, en primeramente, un güerto cerrado sobre sí y á paré seca. Resulta de que esta paré del güerto que yo tengo, se vino abajo por un lado, quedó un juriaco abierto, y entraron por él dos de la vista baja, con perdón de ustedes. Resulta de que estos animales jocáronme el güerto y me asolaron la probeza que en él tenía…, y resulta de que pido y reclamo que se me reconozca el daño y se me pague.

ALCALDE.—Pues es muy justo que se te pague, porque la paré no debió haberse caído. (Mirando de reojo al madrileño.) Y al menos que denguno la haiga aboticao….

CLETO.—Eso mesmo creo yo. (Mirando con timidez al tío Merlín) Paece ser que hay testigos de cómo la paré no cayó de por sí sola.

ALCALDE.—Eso es lo que se necesita…. ¿Y qué dice á esto el demandado?

DEMANDADO.—Que esa demanda envuelve la falsedad más indigna; que estoy resuelto á negarme á la infame exigencia del demandante, y á hacer todo lo posible por enviar á un presidio á los autores de esa impostura.

ALCALDE.—Será según y conforme. Por de pronto, hay testigos contra usté.

DEMANDADO.—Serán comprados.

ALCALDE.—(Á Cleto.) ¿Cuáles son tus testigos?

CLETO.—(Señalando al tío Merlín.) El señor.

ALCALDE.—Pues con usté va esta música.

MERLÍN.—Protesto.

ALCALDE.—Eso es palique…. Canta lo que sepas, y á jurar en seguida.—Pero usté, ¿que pruebas trae contra Cleto Rejones?

DEMANDADO.—Mi palabra de caballero, mi conciencia y algunas razones de sentido común….

ALCALDE.—No es mucho que digamos. La ley quiere más.

MERLÍN.—Por de pronto, la paré estábase derecha. El señor disparó su escopeta cerca de ella, y la paré cayó en seguida. No habiendo pasado nadie más que el señor en toda la mañana por aquél sitio, ¿quien sino el señor tiene la culpa?

DEMANDADO.—¿Y esos son todos los argumentos que usted presenta contra mí?

MERLÍN.—¿Y le parece á usted poco?

DON SILVESTRE.—Tío Merlín, usted es un tunante; ¡y si no fuera por sus canas!…

MERLÍN.—Señor de Seturas, usté me falta…. No hay en el pueblo naide que se atreva á dudar de mis palabras.

DON SILVESTRE.—Tampoco ha habido nadie que haya querido romperle el alma, y por eso tiene usted embrollado y revuelto al vecindario.

MERLÍN (furioso).—Que coste, señor alcalde…, y que se apunte todo pa el día de mañana que yo tome cuentas.

DEMANDADO.—Dé usted antes las que le piden, y no olvide que estoy resuelto á todo, incluso á enviar á los dos á un presidio.

CLETO.—Yo pido lo que es mío, porque me han dicho que se me debe.

DEMANDADO.—Usted es un pobre hombre; pero antes que dejarse seducir por un malvado, debiera oir los consejos de los nombres de bien.

MERLÍN.—Yo soy tan honrao como usté y la….

ALCALDE.—¡Silencio!

MERLÍN.—No me da la gana.

ALCALDE.—¡Tío Merlín!, que tengo malas pulgas, y conmigo no se juega.

MERLÍN.—Que no me atienten la pacencia.

SECRETARIO.—Usté se ha extralimitado, señor de Merlín.

MERLÍN.—Y ¿quién le da á usté vela pa este entierro?

ALCALDE.—¡Canario!, que haya orden, ó hago una barbaridad.

MERLÍN.—Yo estoy aquí de hombre bueno, y puedo hablar lo que me dé la gana.

SECRETARIO.—Cuando á usted le toque, y en sentido pacífico….

MERLÍN.—Que le digo á usté que se mete en camisa de once varas.

SECRETARIO.—Y yo repito que usted se extralimita.

ALCALDE.—¡Orden!…, ¡que lo mando yo! (Haciendo la señal de la cruz.) ¿Es usté (al tío Merlín) capaz de jurar por esta cruz que el señor demandado derribó la paré de Cleto Rejones?

MERLÍN.—Señor alcalde, yo soy capaz de eso y de mucho más, porque cuando al hombre le asiste la justicia….

ALCALDE.—¿Jura usté? ¡Sí ó no!

MERLÍN.—Primeramente, como hombre bueno que soy de Cleto Rejones, propongo que se arreglen las dos partes. Á mí no me gusta hacer daño á naide cuando la cosa se puede rematar amistosamente.

DEMANDADO.—No hay arreglo que valga; antes al contrario, estoy resuelto á pedir que se escriba el juicio, y á acudir con mi causa adonde haya lugar.

ALCALDE.—¿Qué dice á esto el señor don Silvestre?

DON SILVESTRE.—Que se me está acabando la paciencia y temo que voy á echar por la ventana á ese bribón.

MERLÍN.—Que coste ese nuevo ultraje.

ALCALDE. (Á Merlín)—¿Jura usté? ¡Sí, ó no!

MERLÍN.—Que no se me falte, eso es lo que digo.

ALCALDE. (Al Secretario.)—Prepárese usté á escribir. (Á Merlín.)
Por tercera vez, ¿jura usté?… ¡¡Sí, ó no!!

MERLÍN.—¡Á mí se me ha faltao!

CLETO.—¡Yo quiero lo que es mío!

DON SILVESTRE.—Por eso te vas á llevar un par de guantadas.

CLETO.—¿Lo oye usté, señor alcalde?

ALCALDE (dictando á gritos.)—Visto, que el demandante Cleto Rejones no sabe una palabra sobre el derrumbe de la paré de su huerto;

Visto, que el único testigo que presenta del caso sabe tanto como el Cleto Rejones….

MERLÍN.—Pido la palabra.

ALCALDE.—¡Silencio!

MERLÍN (á gritos).—¡Yo quiero hablar!

ALCALDE.—Visto, que, sobre ser el testigo de mala ley, se permite faltar á la Justicia con palabras subversivas….

MERLÍN (gritando.)—¡Yo no falto á naide!; ¡eso es una impostura!

ALCALDE.—¡Al orden!… Y considerando las facultades que me asisten, y asimismo la caballerosidad del demandado y sus buenos antecedentes,

Condeno—á Cleto Rejones á quedarse con la paré derribada, si él no la quiere levantar por su cuenta, y á pagar las costas del juicio, como son:

Una peseta de papel;

Dos reales para el secretario,

Y doce cuartos para el alguacil.

Item.—Al testigo Andrés del Jaral, por mal nombre tío Merlín, á la multa de dos celemines de maíz para las ánimas, y media azumbre de blanco para los enfermos del lugar, por insubordinación y faltas de mayor calibre al alcalde y demás personas presentes al juicio celebrado el día tantos de tal mes, á las tres de la tarde. (Á Cleto y Merlín.) Y esto no vos lo levanta ni la caridad.

CLETO.—Señor alcalde, yo soy inocente. El señor tiene la culpa de que yo citara á juicio á mi contrario. Yo soy un probe … y ya me había conformado con las razones que el señor me dió en su casa.

MERLÍN.—¡Hola, tunante!; ¿conque me echas la culpa? Señor alcalde….

ALCALDE.—¡Silencio, digo!… (Al demandado.) Está usted servido, caballero.

CLETO. (Al demandado.)—Señor…, por la Virgen Santísima, no me tome enquinia; que me habían dicho que, en josticia, me debía usté levantar la paré y pagarme los daños del güerto.

DEMANDADO.—Lo sé, y de mí no tema usted nada, mucho menos ahora que el señor alcalde ha sabido administrar recta justicia. Y en prueba de que ningún rencor guardo hacia usted … ahí va por los daños del huerto (dándole unas monedas); y yo me encargo de pagar las costas y hasta la multa del señor, que harto castigo es para él su conciencia, si algún día la siente, y el pesar del daño que con su funesta oficiosidad ocasiona á sus convecinos.

CLETO (llorando de agradecimiento).—¡Ah, señor, Dios le bendiga por donde quiera que vaya!

ALCALDE.—¡Bien, canario!… Vengan esos cinco, que también á mí me gustan los hombres de corazón (apretando la mano del demandado). Ya veis, canallas (á los contrarios), la diferencia que va de vusotros á este caballero, que es presona decente.

DON SILVESTRE. (Á su amigo.)—Vales un Perú…. Pero vámonos á casa, porque temo que me voy á ir encima de ese enredador….

ALCALDE.—Se da por terminado el juicio. (Saludando á todos.) Á la par de Dios, señores.

Y ahora, lector, volvemos á bajar la escalerita, llegamos al salón de la escuela, y … ¡válgame Dios, qué cisco han revuelto aquellos motilones! En cuanto el maestro subió al otro piso, el centenar de chiquillos comenzó á rebullirse, primero con cautela por si el pedagogo les jugaba, como de costumbre, alguna emboscada, y después con un estrépito y una confusión tales, que el vigilante nombrado por el maestro, y con omnímodas atribuciones, por cierto, viendo su autoridad atropellada, hubiera acudido en queja «al señor maestro» si se hubiera atrevido á penetrar en el sancta sanctorum de las casas consistoriales. Pero á falta de este recurso, apeló á un zurriago que para los grandes lances estaba colgado en la pared, detrás de la mesa, y se fué con él encima del primer grupo de amotinados que jugaban á la pelota y habían derribado ya con ella el tintero magistral. Entre aquellos angelitos no se sabe lo que es broma; y prueba de ello, que si tremendos fueron los zurriagazos que el vigilante sacudió en las nalgas de sus insubordinados condiscípulos, no fueron más flojas las guantadas que éstos le atizaron en las mismísimas narices. Pero como el abofeteado tenía amigos en la escuela, al ver la bandera encarnada, echáronse sobre los agresores y se armó la gorda.

Eso explica, lector, ese cuadro, verdadero campo de Agramante, que has visto al asomar al gran salón; por eso gimen unos, brincan otros, vocean todos, y se cruzan por el aire libros, plumas, almadreñas y tinteros. Conque, aprovechando el momento de paz que nuestra presencia impone entre los combatientes, salgamos á la calle antes que baje el maestro y tengamos que presenciar una verdadera carnicería; porque en cuanto él vea lo que está pasando en la escuela, siguiendo la costumbre de otras veces, no deja cara donde no señale sus dedos, ni nalgas sin cruzar, á telón corrido, con el inexorable zurriago, ni orejas sin estirar medio palmo, ni manos que no recorra zumbando su palmeta, untada exprofeso con ajo crudo. ¡Ira de Dios, la que se va á armar!

Vámonos, pues, á ver lo que sucede en casa de don Silvestre Seturas.

No bien llegaron á ella los dos amigos, cuando el de Madrid, arrojando sobre una silla su sombrero, y dejándose caer sentado en la inmediata, dijo, entre desalentado y furibundo:

—¡No puedo más, amigo mío! Esta reciente escena acabó con mi paciencia y con la última de mis pueriles ilusiones. Desde mañana empezaré á ocuparme en los preparativos de mi vuelta á la corte.

—¡Cómo!—exclamó apesadumbrado don Silvestre.—¿Serás capaz de marcharte?

—Y lo más pronto que me sea posible. Ya sabes cuáles eran mis ilusiones al llegar á tu casa; ya viste hasta qué punto me aproveché de ellas, y también te son notorios los esfuerzos que he hecho por conjurar los tristes efectos de mi desengaño. No dudarás, pues, de lo invencible de mi última resolución, que me aflige, te lo juro, al considerar que tengo que dejarte, noble amigo, ya que tú, por idénticos motivos, no quieres seguirme á Madrid.

Viviendo en medio de tus paisanos, llegué á detestar su trato, porque su ruda sencillez hería con frecuencia mi formalidad. Con mis títulos de hombre civilizado, fué muchas veces objeto de risas y chacota entre los mismos que tan lejos están de mis luces y de mi educación; y salvas las distancias, sucedíame lo que al poeta de las incultas regiones del Ponto-Euxino. Como él exclamé en mis adentros, más de dos veces:

Bárbarus hìc ego sum, quia non intelligor ulli.

Porque entre estos seres incultos, el más bárbaro parezco yo, que no puedo hacerme comprender de nadie, al paso que soy víctima de las miserias de todos.

Huyendo de los inconvenientes de su trato, me aislé en tu casa y busqué la soledad fuera de ella: ya has visto lo poco que adelanté con esta medida. Las ruines cavilaciones de tus convecinos me han perseguido hasta en mis solitarias meditaciones. Y todavía diera de buena gana estas molestias, si los ratos en que me veo libre de las asechanzas de ese espíritu villano, pudiera consagrarlos al completo olvido de mí mismo, ó al cultivo de mi inteligencia y á la adquisición de nuevos conocimientos con el estudio; pero lejos de ello, ese tiempo no me alcanza para precaverme contra unos y vencer el despecho que me producen los actos de los otros; porque el maldito amor propio se rebela lo mismo en estas pequeñeces que en otros asuntos de mayor importancia. Y esto es lo sensible, Silvestre: el día en que tome con tanto calor como estos ignorantes causas de tan mezquina condición como la que acabo de ganar, he de ser tan villano como ellos, sin que me sirva de nada la experiencia que debo á mi azaroso trato con la gente culta. Que he de contagiarme de estos miasmas, no tiene duda, y apelo á la reciente escena: evitemos la ocasión del peligro, cuyo solo recuerdo me estremece.

Y no quiero decir que estos aldeanos sean de peor condición que los de otros países, no señor: tus convecinos son, tal vez, mejores que todos los demás campesinos de la península, por más de un motivo; pero al fin son aldeanos, y basta.

Tú que has recibido cierta educación, y que, por tu dependencia y trato con algunas personas ilustradas, distas mucho de esta canalla, comprenderás lo que digo; y sírvate de prueba la guerra perpetua en que estás con el vecindario.

Si dentro de este elemento caben paz y poesía, venga Dios y véalo.

Sin embargo, tú, nacido en esta libertad, bajo esta atmósfera, y aclimatado á estas luchas, no puedes soportar el ruido del mundo: dentro de él te desorientas, te mareas. Yo me asfixio entre esta humanidad resabiada, que es dócil para dejarse perder por un ignorante maligno, é indómita cuando la hablan los consejos del saber y de la sana razón.

Cada uno necesita para vivir el elemento que le ha formado: el hombre culto, la civilización; el salvaje, la naturaleza. SUUM CUIQUE, Silvestre, como decía nuestro dómine cuando daba un vale á algún discípulo aplicado, mientras desencuadernaba las costillas á zurriagazos á otros veinte holgazanes.

En fin, amigo mío, haciéndome justicia con tus propias palabras, en el mundo estoy como el pez en el agua. Con que á Madrid me vuelvo.