II

EL CONFLICTO DE PEDRO JUAN

Mejor aprovechá pudo haber sido la tarde—decía Juan Pedro á su hijo mientras los dos refrescaban el pescado de los respectivos morrales zambulléndole en el agua limpia de la caldera, que para eso habían colocado sobre el poyo del soportal de su casa;—pero otras redes han dado menos, y quizaes la de mañana no dé ni tanto. ¿Te paece que habrá aquí veinte libras?

Pedro Juan dijo con la cabeza que no.

—Ya estaba yo en eso, como lo estoy en que pasan de quince.

Pedro Juan hizo un signo afirmativo.

—Y de deciséis.

Otra afirmación muda del Josco.

—Y de decisiete.

Nueva afirmación muda del susodicho.

—Y de deciocho.

Pedro Juan hizo un gesto que quería decir: «por ahí le andará, sobre poco más ó menos.»

—Esa es la cosa; pero con la ventaja de que las piezas son, por el respetive, de locimiento pa la salida... y abunda más la llubina que el muble, con buen qué de rodaballos... Quiere decirse que, motivao á este particular, no hay que ablandarse en el precio tanto como solemos: bien se puede pedir, uno con otro, á tres reales la libra; y casa por casa y escogido, á treinta cuartos lo que menos.

Pedro Juan hizo otro gesto que significaba: «podrá que sí, ú podrá que no.»

—Hombre, si te encoges tanto, visto está que no; pero como yo creo que no hay razón pa encogerse cuando se hace la cosa en buena concencia y en ley de Dios, como ésta... Más caro vende Perrenques pura metralla, y no falta quien se lo tome; y los demás rederos, allá se le van en humos cuando el caso les llega... y toos lo nesecitan menos que tú y que yo... ¡y con ser quien soy!: el único matriculao que anda en la ría, y más afuera tamién, y con derecho bien notorio de que no anduvieran otros por onde yo ando. Sólo que es uno de esa condición y no quiere guerra con sus convecinos, ni hacer mal á naide no más que por hacerlo... Dirás tú que éstas son coplas, y que más valiera, en ciertos casos, vista la mala ley de otras gentes, hacer con tales y con cuales lo que el de más allá hace con uno... Podrás estar en lo firme; pero yo estoy más á gusto con hacer lo que hago. Cierto que no se engorda con ello; pero se duerme tan guapamente, y no hay ujano que roa en los prefundos cuando más devertío está el hombre, ni pentasma que le espante ni le engurruñe los hígados cuando la triste nesecidá le pone en riesgo de jugarse la vida allá afuera, contra un zoquete de borona... Tú, Pedro Juan, hazte la cuenta de que no hay bien ni mal que cien años dure... y hala pa lante hasta caer de veras; que de caer hemos, igual tú y yo, que semos la miseria andando, que el que tenga los mesmos tesoros del Pirata... ¿Metistes la camá de juncos en el cesto?

Pedro Juan respondió que sí.

—Pos échale haza acá, y trae tamién la triguera pa desapartar lo de costumbre.

Pedro Juan hizo lo que le mandaba su padre; y fué de notarse que al paso que colocó el cesto muy sosegadamente arrimado al poyo, arrojó encima de él la triguera de muy mala gana.

—Convenido, hijo, convenido. Pecao mortal es que aquella boca se los zampe; pero á mal tiempo buena cara: á más de que á eso le tenemos avezao mucho hace, y sabe Dios lo que sería de otro modo.

Casi á tientas, porque era ya de noche y no había otra luz que la que reflejaba la tenue claridad del cielo, comenzó el Lebrato á sacar de la caldera los peces que contenía, para colocarlos uno á uno sobre la carnada del cesto. De paso, y valiéndose para ello, más que de la blancura reluciente del pescado, de la experta sutileza de su tacto de pescador, separaba en la triguera los peces que habían de servir para los fines que se proponía. Cuando Pedro Juan volvió con dos mimbres, que fué á coger de un haz de ellos que guardaba encima de una barrotera del estragal, su padre había apartado las tres lobinas, los cuatro mubles y los dos rodaballos mayores y más lucidos que había en la caldera.

El Josco, sin decir una palabra, se quedó mirando, con muy duro ceño, las nueve hermosas piezas; después eligió las tres más grandes, y las fué ensartando por las agallas en uno de los mimbres, cuyos extremos sobrantes unió muy curiosamente en forma de estrovo. Dió otra zambullida en la caldera á los peces ensartados así, y los dejó blandamente sobre los que había en el cesto. También fué de notar que al ensartar los otros seis escogidos, parecía que los daba de puñaladas con el mimbre cuando le pasaba de las agallas á la boca; que se limitó á dar un nudo muy tosco á las puntas de la vara, y que arrojó la sarta en la triguera sin cansarse en meter antes los peces en el agua. Hecho esto, rascó con las uñas lo mayor del barro seco que aún conservaba pegado á las zancas; se bajó las perneras que tenía arremangadas; las dió unos manotazos hacia los pies; frotó luégo ambas palmas contra las respectivas caderas; lió un pito, echó una yesca, y le encendió; y como quien se dispone á tomar una resolución heróica, restregóse las manos y cogió con cada una de ellas una sarta de pescado.

El Lebrato le miraba de hito en hito y le dejaba hacer sin decirle una palabra. Cuando notó que se iba á largar sin más explicaciones, le habló así:

—¿Por las trazas, lo vas á llevar esta noche? Pensé que lo dejarías pa mañana, de paso que corríamos lo demás, si antes no vienen por ello.

—Es mejor así, ya que hay tiempo y ná que hacer en casa.

—Cierto: las vacas van ya camino del puerto, si es que no han llegado á él; el llar está en punto, y la torta la echaré yo pa cenar cuando güelvas... Pero...

Y como el Lebrato no apartara los ojos de las dos sartas de peces, adivinándole los deseos Pedro Juan, díjole, alzando respectivamente la mano en que estaba la sarta grande y la en que estaba la sarta chica:

—Éstos son pa él, y éstos... pa ella.

—¡Pa ella!... ¡Ah, vamos!... Pero nunca otro tanto hicistes, Pedro Juan. ¿Cómo tan ocurrío por parte de noche?

—Porque los merece... Por eso.

—Bien está; pero la novedá es lo que me pasma. Con ello y con que se te atragante la voluntá...

—Es que he pensao que pué que me atriva mejor así.

—¡Hombre! pues si en unos cuantos peces está y no te fías bastante en esos pocos, llévate el canasto entero y verdadero. Con tal que ello sea...

El Josco, sin aguardar á que su padre acabara de hablar, cogió con una sola mano las dos sartas, salió del portal, y á buen paso tomó la misma senda que había llevado Quilino al caer de la tarde; y también, al llegar á lo alto de la sierra, buscó por el callejo más hondo el camino más breve para ir adonde iba.

Comenzaba á lucir la luna, en el cielo no había una sola nube, y la noche picaba un poco en calurosa; por todo lo cual la gente del barrio andaba á aquellas horas solazándose, tendida sobre las mullidas del corral, murmurando á la puerta de casa, ó de tertulia en la solana, según los gustos ó los medios de cada familia: en cualquiera parte menos en la cocina y en la cama.

Pedro Juan, que al asomar al barrio comenzaba á temer que le faltara resolución para entrar en casa de Pilara con el regalo, por lo mismo que jamás le había hecho otro, tuvo la fortuna de encontrarla junto al goterial, al pasar por allí como pudo pasar otro cualquiera, pues que era camino para ir adonde iba él. Las «buenas noches» se podían dar sin segunda intención al mayor enemigo, cuanto más á una buena moza; y él se las dió á Pilara, casi sin cortarse, y pensando al mismo tiempo que después de dar, por casualidad, las buenas noches á cualquiera, se le puede brindar con todo ó con parte de lo que se lleve en la mano, sin que esto quiera decir más que «lo que de por sí dice ello mesmo.»

Y eso iba á hacer Pedro Juan, cuando notó que en el fondo del soportal había gente; y, por de pronto, se le atascó el brindis en los gañotes. Y uno de los del soportal era «por casualidad» Quilino; Quilino, que no había hallado en casa á Pilara cuando, de vuelta de la ría, con tanto empeño fué buscándola, y acababa de llegar entonces, por tercera vez, y sólo esperaba á tomar resuello sentado sobre el cocino de picar escajos, para saldar sus cuentas con ella delante de toda la familia; porque él era mozo que no se paraba en barras de poco más ó menos, y el saldar cuentas de aquella traza, la comezón que se lo echaba todo á perder. En cuanto vió que la moza daba cara, y cara de risa, á Pedro Juan, que se había plantado delante de ella como caído de las goteras, se levantó del cocino de repente, se dió sendos puñetazos en las nalgas, golpeó la pared con el pajero que se quitó de la cabeza; y después de mirar torcido á la pareja del goterial y de batir mucho las mandíbulas, salió disparado á la corralada, bufando más bien que diciendo, pero de modo que todos lo oyeran:

—¡Recongrio! ¡Esto no se puede aguantar, y aquí va á haber una barbaridá de espanto el día que menos!

El Josco no le hizo caso; pero los demás, incluso Pilara, le rieron de firme la corajina. Lo mismo que en la red; y con sólo caer en ello, iba Quilino que ahumaba por aquellos bardales afuera.

Pedro Juan, escondiéndose, digámoslo así, en aquel poco de algazara que se armó en el portal, atrevióse á decir á la moza, que no le quitaba ojo:

—Paece que se toma la luna, ¿eh?

—Ya se ve que sí—respondió Pilara.—De lo que no cuesta, llenemos la cesta. Y con eso y sin eso se sale una á cielo raso muchas veces, por no ver de cerca lo que hay á subio en el portal.

Que esta saeta iba á Quilino, puede afirmarse; mas que la pescara Pedro Juan, ya es más dudoso, porque lejos de darse por entendido, se quedó hecho un madero. Viéndole así, añadió Pilara partiendo con los dientes pedacitos de un junco de la mullida del corral:

—Muy tarde andas tú por estos barrios. ¿Qué tripa se te ha roto en ellos?

—Pos yo vengo—dijo Pedro Juan,—al auto de llevar esto á ese hombre.

Y señalaba con la mano libre á la mayor sarta de peces.

Pilara se agachó un poco para verlos mejor; y entonces, libre él de los ojos de ella, que tanto le avergonzaban, atrevióse á echarla encima del cogote estas palabras:

—Si tú quisieras quedarte con esto otro... digo, no ofendiendo.

Y señalaba con el dedo á la sarta chica, mientras el corazón le daba en el pechazo cada golpe que le atolondraba.

Palpó la mocetona los peces, que le parecieron de perlas, y estimó la cortesía en mucho más. En prueba de ello, no aguardó á que él le diera la velorta, pues se la quitó de la mano.

—¡Vaya que son cosa güeña!—exclamó Pilara levantando la sarta hasta los ojos.

—Lo mejor que hubo en la ré,—se atrevió á decir Pedro Juan, con un poco de entusiasmo.

Hasta aquí, iba saliéndole á éste tal cual el empeño, y aun entreveía la posibilidad de que, enredándose el tiroteo, llegara él á cantar de plano; pero acertó Pilara á llamar la atención de la gente de su casa, que estaba en el fondo del portal riendo todavía y comentando el berrinche de Quilino; y aquí fué el desmoronarse de golpe el valor de Pedro Juan, el ponerse colorado de vergüenza, el tronarle los oídos y hasta el temblarle las piernas.

—Vaya—dijo resuelto á salvarse en la huida:—á más ver.

Le llamaron desde adentro, le brindaron con un cigarro y un poco de conversación, en muestra siquiera de la estima del regalo, que le pusieron en las nubes... «pior que pior.»

—¡Coles!—pensaba el Josco mientras se apartaba del goterial.—Si entrara, tendría que decir algo, y por ello me lo conocerían; y conociéndomelo entre tantos, me moriría allí mesmo de repente.

Y se alejó algunos pasos de aquella casa en dirección á la otra. Pero iba avergonzado de su propia cobardía y remordido por la pérdida de una ocasión como no volvería á cogerla; y tanto le abrumaron la vergüenza y los remordimientos, que retrocedió decidido á hacer una valentía, costárale lo que le costara.

De dos zancadas se plantó otra vez en el corral, que era abierto; y cubriéndose todo el cuerpo con la esquina de la casa, asomó un poco la cabeza dentro del portal y llamó con voz apagada y algo temblona:

—¡Pilara!

Conocióle ésta y salió corriendo al goterial.

—¿Me llamabas, Pedro Juan?—le preguntó muy afable.

—Pienso que sí,—respondió el Josco atarugado otra vez y empezando á arrepentirse de su valentía.

—Bueno... Pus aquí me tienes.

—Échate un poquitín más á esta banda del esquinazo... ¡Así!... Digo, si no emportuno...

—¿Qué has de emportunar, hombre? ¿Pus á qué estamos unos y otros?

—Eso me paece á mí.

Y como después de estas palabras no rompiera á hablar en un buen rato, le echó un remolque Pilara con estas otras:

—Ahora, tú dirás.

Pero ni por esas se dejaba llevar el mocetón hacia donde sus deseos le empujaban y la misma Pilara pretendía. Juzgaba perdida la ocasión en el último paréntesis de silencio, y sospechaba que había de tomarse á risa su retrasada declaración. Hay hombres así en aquel rústico lugar y en otros harto más cultos, porque en una y otra parte, con calzones de paño pardo ó con levita de sedán, el puntillo exagerado toma á menudo trazas de cobardía; y luégo sucede que al querer conducirse como prudente, es cuando resulta ridículo.

—Conque tú dirás,—repitió Pilara observando que Pedro Juan continuaba callado, pero no en sosiego.

—Pos quería preguntarte—dijo al fin el Josco,—si por casualidá sabes tú... si estará en casa ese hombre.

Sonrióse Pilara y respondió:

—Pienso que sí, porque en la solana le ví endenantes.

—Enestonces... voy pa-llá.

—¿Y eso era todo lo que tenías que decirme, hombre de Dios?—preguntóle la moza con cierto retintín que encendió algo la sangre del encogido redero.

—No, ¡recoles!—contestó éste en el calor del arrechucho, y azotando la esquina de la casa con la sarta de peces.—¡Yo tenía que decirte mucho más!

—Y ¿por qué no lo dices? ¿pa cuándo lo dejas?

—Lo dejo, Pilara... pa cuando me atriva; pa cuando me atriva, ¡coles! ¡Y mira que á la mesma punta de la lengua lo tengo!

—Pos atrívete hombre; atrívete ahora. ¿Qué mejor ocasión?

—¡Que me atriva! ¡Recoles! ¿En qué consiste esto? Yo he mirao treinta veces la muerte cara á cara sin que se me acelere tan siquiera el pulso, ni la color se me cambie, ¡y en esto me desmayo y acongojo! ¡Mal rayo me parta por encogío y por... coles!

Y por no atreverse y por conocerlo y por renegar de sí propio, salió ahumando de la corralada, igual que Quilino, sin despedirse siquiera.

Y era lo más negro para Pedro Juan, que, huyendo de lo que más le atraía, lo llevaba estampado en las mismas niñas de sus ojos. Allí estaba la moza en cuerpo y alma, y allí la veía él con su cara redonda, colorada y fresca; con su mirar parletero y su boca risueña; con sus caderas macizas que retemblaban al andar; con su seno profuso y sus hombros anchos y fornidos; limpia como los oros, y un brazo de mar para el trabajo. Por eso, y no más que por eso, la tenía él pintiparada en los ojos, y más adentro también, y no por el cuarto de casa y la media res y los seis carrucos de tierra que pudieran tocarla «en el día de mañana,» porque su padre lo tenía y era hombre de arreglo que sabría mirar por ello, como había mirado hasta entonces; por eso, por limpia y maja y trabajadora la quería él. ¡No más que por eso! Él no era cubicioso ni cosa alguna que lo pareciera; y por estar bien á la vista, y por no tener vicios y aborrecer el aguardiente y ser apegado al trabajo y fiel de palabra y obra, y algo por ser hijo de quien era, se le abrían las puertas de aquella casa, que estaban cerradas para otros; y el padre le miraba «de buen aquel;» y Pilara no digamos, que «hasta le jalaba de la lengua;» y la madre, poco menos, y los demás, «cuasi pa el cuasi.»

Todos eran á estimarle allí, y hasta su padre le empujaba hacia ello; y él conocía estas cosas, porque ciego había que ser para no verlas, y lo deseaba más que nadie... ¡Coles, si lo deseaba! ¡Y «con todo y con eso,» llegado el caso de hablar... «lo mesmo que un murio de paré!;» y para ayuda de males, mientras no hablara, aun con saber lo que sabía, hasta las botaratadas de Quilino le amargaban la borona y le quitaban el dormir. Su padre había querido sacarle del ahogo más de dos veces hablando por él; pero él no lo consintió, porque no era «de hombres como Dios manda, consentir que otros arreglen esas cosas.» Y al ver cómo se iban poniendo las suyas y que la paciencia se le acababa, llegaría pronto la necesidad de decidirse á renunciar á ellas, ó de ponerlas en manos de su padre. Y entonces... «¡coles, recoles! ¡otro que tal no se habría visto ni se veía en jamás de los jamases!»

Cavilando de esta suerte y andando á buen andar por los callejos del barrio, llegó á la portalada de «ese hombre.»