III
ADÓNDE FUÉ Á PARAR LA SEGUNDA SARTA DE PECES
Porque la casa de «ese hombre» tenía portalada, y de alto y bien volado tejadillo; y corral con cerca de cal y canto, casi tan alta como la portalada. No era nueva la casa ni tampoco muy vieja, ni tenía escudo de armas sobre el cuadrante incrustado en uno de los esquinales del mediodía, ni en parte alguna de sus fachadas; pero era grande, de dos solanas bien extensas, con buenas cuadras, pajares y graneros; pozo, pila y horno en el corral, y mucho rumor y tufo de ganado al pesebre, que se percibían en cuanto se penetraba en el hondo soportal.
Hasta él llegó el Josco sin detenerse, porque á aquellas horas la portalada no estaba aún cerrada más que con el pestillo, y en la solana que daba al corral no había nadie.
Acercóse á la puerta del estragal, que tenía cerrada la mitad de medio abajo; metió en el vano la cabeza y buena parte del busto, y gritó allí con toda su voz, que no pecaba de suave:
—¡Deo gracias!
—¿Quién llama?—le respondió al momento desde arriba otra voz, por cuyo timbre desagradable no hubiera conocido un extraño si era de hombre ó de mujer.
—¡Gente de paz!—replicó el Josco maquinalmente, y no de muy buena gana, á juzgar por la cara que puso.
—¿Quién es?—volvió á decir la voz de arriba acercándose hasta lo alto de la escalera.
—Yo... Pedro Juan,—respondió la de éste.
—¡Ah... eres tú!—exclamó entonces la otra voz.—Y ¿qué traes, qué traes á estas horas?
—Esto traigo,—respondió ásperamente el Josco, como si desde allá dentro pudiera verse lo que él zarandeaba en la mano.
—Pues ¿qué haces ahí parado? Desdá la estorneja si está echada, y ¡sube, hombre, sube!
—Es que—replicó Pedro Juan,—si me lo tomaran aquí, sería mejor, porque vengo deprisuca y se va hiciendo tarde.
—¡Te digo que subas, y no seas meleno!
Acogió el mozo con un reniego el mandato; y después de golpear la media puerta con los peces, metió el brazo derecho por encima de ella, volvió la estorneja (taravilla) que la mantenía cerrada, y entró. No se veía chispa en el estragal ni en la escalera; subióla á tientas, porque ya la conocía, y en lo alto de ella le esperaba un bulto negro, más negro que la obscuridad, con una mancha blanca á cada lado; el cual bulto le dijo, con la voz de antes:
—Sube, sube... y vente á la cocina á dejar eso... que ya presumo lo que será.
Al llegar Pedro Juan arriba, el bulto negro con las dos manchas blancas se internó en un carrejo obscuro, á cuyo extremo y á la mano derecha se veía un rayo de luz que salía por una puerta. El Josco siguió al bulto, con los brazos extendidos y pisando á plomo por precaución muy cuerda, y así llegaron los dos á la cocina, cuya era la puerta por donde salía el rayo de luz, y en ella entraron.
El bulto negro con manchas blancas resultó ser (no para Pedro Juan, que bien conocido le tenía desde que le oyó hablar, sino para el lector, que se halla en muy distinto caso que el hijo de Juan Pedro); resultó ser, repito, «ese hombre,» el cual estaba en mangas de camisa, como siempre que apretaban un poco los calores; y eso que no era robusto ni joven, sino todo lo contrario, amojamado y sesentón, de poca talla además y algo encorvado; pero como decía Juan Pedro hablando de la madera de este sujeto: «es de la veta del tejo, que una vez que medró, ya no la parte un rayo.» Tenía la boca grande y los ojos chicos, los labios delgados y la mirada sutil y algo truhanesca, lo cual daba al conjunto de su fisonomía una expresión que no resultaba antipática. Entonces llevaba una badila en la mano.
—Recoge esto que trae Pedro Juan—dijo á una mujer, ya bien madura y poco aseada que trajinaba allí, después de mirar bien de cerca y hasta de oler y palpar lo que Pedro Juan traía en una de las manos.—Pero, hombre—añadió en seguida, disponiéndose á recoger él mismo la sarta de pescado,—yo no sé á qué os cansáis en ser tan cumplidos conmigo tú y tu padre. Si ya os he dicho...
—Pues si usté no lo quiere, me lo volveré á llevar,—respondió secamente el mozo, atenazando de nuevo la velorta, que casi estaba ya en manos del sujeto vestido de negro y en mangas de camisa.
—Hombre, no lo digo por tanto—repuso éste, tirando de la velorta y quedándose al fin con ella.—Toma, toma, Romana, hazte cargo de esto; y si puede ser, echa á la sartén el rodaballo para cenar esta misma noche. Cabalmente me alampo yo por los rodaballos... ¡Pues no te digo nada Inés!... Como que voy á llamarla para que lo vea.
Y salió á la puerta de la cocina, gritando allí muy recio, mientras Romana tiraba los peces encima de una mesa:
—¡Inés! ¡Inés!
Luégo, volviendo hacia Pedro Juan, que ya quería largarse de allí, le dijo:
—Aguárdate un poco, hombre; no seas tan súpito. Tú querrás tomar algo.
—No, señor.
—Medio vaso de vino...
—No lo uso: ya lo sabe usté.
—Es verdad... Pues una copa de aguardiente.
—Mucho menos...
—Cierto es también: ya no me acordaba... Pues no sé qué darte, mira.
—Y ¿por qué ha de darme cosa alguna, ni qué cosa he pedido yo?—respondió seca y bruscamente Pedro Juan.—Lo que quiero es volverme á mi casa, si no hago falta aquí, porque ya es tarde.
En esto entró Inés en la cocina. Aunque iba en chancletas y despeinada y con un vestidillo de percal, bastante lacio, y una pañoleta de seda descolorida, echada sobre los hombros de cualquier modo, transcendía desde luégo á buena moza, y lo era de verdad; y observándola mejor, bajo aquel desaliño que acusaba en ella cierta dejadez poco simpática, había algo más que una zafia labradora, aunque no llegara, ni con mucho, á una dama de buena educación. Su cuerpo era esbelto, gallarda y ricamente conformado; sus manos, de la más fina traza, y su cara morena, de menuda y fresca boca, nariz algo aguileña y ojos negros y de mirar perezoso, si no reflejaba en su expresión todo el encanto que suelen dar de sí estas prendas esculturales en otras mujeres, más que en ausencia de vida y de sentimientos, parecía consistir en la falta de asunto en que emplearlos, ó de un hábil artífice que hubiera sabido dar luces á las facetas opacas de aquella piedra tan ricamente formada por la naturaleza.
Pedro Juan la dió las buenas noches con toda la cortesía y la mayor dulzura que cupieron en su rudeza natural, y ella contestó con las mismas palabras y media sonrisa que las sazonó muy sabrosamente.
—¡Mira, mira qué hermosos peces!—le dijo su padre, pues lo era, aunque parezca mentira, el sujeto vestido de negro, en mangas de camisa y con una badila en la mano.
Inés los miró y hasta los fué levantando por la cola uno por uno, muy perezosamente y con cara de disgusto, y repitió los elogios de su padre; y por último (el arrastrado oficio obliga á decirlo todo, aunque mucho de ello se diga de mala gana), se limpió los dedos resobándolos contra su vestido á la altura de las caderas.
Mientras esto acontecía, «ese hombre» preguntaba á Pedro Juan:
—¿Y serán, naturalmente, de la ré de esta tarde?
—De la mesma,—respondió el otro.
—Y ¿qué tal, qué tal ha estado la ré?
—Pos así... tal cual.
—Vamos, una arroba en limpio, como quien dice.
—¡Si ello pasara de media dempués de rebajar eso que está ahí!...
—Echémosle quince libras... Á peseta una con otra, tres duros mal contados... No es cosa mayor; pero tampoco tan mala que digamos para jornal de una tarde. ¿Qué tal andáis ahora de apuros?
—Como siempre... Semos dos á ganar poco, y son los mil y quinientos á jalar de ello... De modo y manera, que con una mano se coge y con otra se da... Conque, á más ver, que es tarde y mi padre me espera.
Y con esta despedida y una cara muy fosca, salió Pedro Juan de la cocina. El padre de Inés le siguió; y al llegar el primero á la puerta de la escalera, le dijo el segundo:
—Lo de los apuros, no lo he dicho por los que pueda tener tu padre conmigo; pero ya que salieron á relucir, bueno sería que le recordaras el olvido en que me tiene tiempo hace sobre ese particular. Los atrasos son como las enfermedades, que si dan en caer unas sobre otras, acaban por matar al enfermo. No te diré que me llame á la parte en esos tres duros de la ré de hoy, aunque bien pudiera; pero si dan en pintar bien las siguientes... en vosotros está el corresponder como es debido, sin que yo lo pida.
No vió el sujeto que así hablaba la impresión que iban haciendo sus palabras en el temperamento bravío del hijo del Lebrato, porque el carrejo continuaba á obscuras; pero, en cambio, sintió retemblar aquella parte de la casa tras una recia patada en el suelo, y oyó que la voz enronquecida é iracunda de Pedro Juan le dijo:
—¡Sin que usté lo pida!... ¿Y qué ha de pedirnos? ¿Qué le queda ya por pedir, ni á nusotros que darle, si no es la pura entraña, coles? ¿Quiérela tamién? Pos pídala por la Josticia, siquiera por ser lo único que tenemos que no sea ya de usté... ¡recoles!
Y se largó escalera abajo, echando por la boca rayos y centellas, á media voz. Al llegar al corral, oyó que le decía el otro desde la solana:
—No seas bruto, Pedro Juan: toma las cosas como es debido, siquiera por la cuenta que os tiene... y dile á tu padre que cuando pueda se dé una vuelta por acá, que tengo que hablarle... ¡No es de eso, hombre, no es de eso! ¡No te encalabrines otra vez! Es cosa muy diferente... Pero que no es de urgencia, que no es de urgencia: cuando buenamente pueda, que lo primero es lo primero... Ahora, á las redes mientras hay mareas al caso y den el jornal, como la de hoy.
Pedro Juan, que se había detenido unos momentos para oir el recado de «ese hombre,» pero sin volver la cara hacia él, por toda respuesta á sus amonestaciones echó á andar hacia la calle, levantó el pestillo, salió; y cerró la portalada con tal ímpetu y estruendo, que tembló el tejadillo y ladraron todos los perros de la vecindad.
Al tomar la calleja de la izquierda, por la cual había venido de casa de Pilara, se encontró tope á tope con el médico don Elías, á quien él estimaba mucho por su «buen genial» y otras prendas que se irán viendo en el curso de este libro. Don Elías, que se perecía por echar un párrafo á cualquier hora y aunque fuera con los jarales del monte en defecto de cosa mejor, y también porque presumió de dónde salía Pedro Juan, le detuvo plantándosele delante con las manos cruzadas sobre los riñones y diciéndole:
—Apuesto una oreja á que sé de dónde vienes... hasta por la cara que traes.
—No está malo de acertar—respondió el Josco, que nunca como en aquella ocasión mereció el mote.—Yo no piso en jamás esta calleja, si no es pa eso... pa quemame la sangre, y pa condename, vamos.
—Te digo, Pedro Juan, que de esa cueva no saca nadie cosa mejor. Yo tenía que verle para un asunto que puede interesarle mucho; y con todo y con ello, hace ya días que lo voy dejando por no tratar con él.
—Pos si se viera usté en nuestro caso, que por buenas ó por malas tuviera que apechar... ¡coles!
—¿Quiere decir que hoy te ha recibido mal?
—Talmente mal, no, señor; pero es lo mesmo en finiquito.
—Entendido; es su modo de ser: ni palabra mala ni obra buena.
—¡Eso... eso mesmo!
—¡Si conoceré yo al Berrugo!—exclamó aquí con fruición el bueno de don Elías, que tenía el prurito de cazar muy largo y aun de entender de todo y de dar siempre en el hito, y especialmente de murmurar hasta de las estrellitas del cielo.—Pero, hombre, lo que parece increíble es que un sujeto de la calidad de ese, consienta lo que consiente en su propia casa y se exponga á lo que se expone...
Y como Pedro Juan no mostrara señales de apurarse por conocer lo que dejaba apuntado don Elías, éste, tras un breve rato de silencio, continuó así:
—Pero, por otra parte, considera uno que esas cosas suceden por permisión de Dios para castigo de ciertos pecados gordos, y ya no hay razón para extrañarse de nada.
Pedro Juan continuaba oyendo y sin decir una palabra.
—Pinto el caso—añadió don Elías, satisfecho con la atención que le consagraba su oyente:—la Galusa[2], esa mujerona que tiene en casa tantos años hace, desde dos ó tres antes que él enviudara de aquella infeliz que valía más que pesaba; y lenguas hay que afirman si ciertos disgustos, emparentados con la sirvienta, tuvieron ó no parte en la viudez. Pero eso, á Dios que lo sabe: el caso es que desde entonces y á creer á las gentes... y lo que á la vista está, esa mujer es la que raja y corta y manda ahí, por encima de la pobre Inés y del mismo Berrugo, que no se deja mandar de Poncio Pilatos. ¿Es esto algo, Pedro Juan? Pues con ser tanto, no vale dos cominos en comparación de lo que ha de verse luégo; porque ya anda, como quien dice, llamando á la portalada, si es que no está mucho más adentro. ¡Eso ha de ser de órdago! ¡El castigo de los castigos!... De manera, hijo, que si la venganza puede consolarte de los agravios ó de los perjuicios que en esa casa se te hayan hecho, vete consolándote ya, porque venganza has de tener, y pronta y bien cumplida.
Ni por esas se pintaba el menor signo de curiosidad en la cara del oyente, ni pronunciaba su boca una palabra. Don Elías no se creyó desairado por tan poca cosa; y después de una pausa no muy larga, comenzó á echar el resto de este modo:
—Ya que tanto te pica la curiosidad, y es muy natural que te pique, voy á contarte lo que hay sobre el particular que te anuncio... á condición, por supuesto, de que han de caer mis palabras como en un pozo: ya sabes que no me gusta murmurar de nadie, y no quiero que mañana se diga, sin fundamento ni razón, que me meto en vidas ajenas... Y sábete ahora que de donde le ha de venir al Berrugo el golpe en la misma nuca, es de Marcones... ¿No conoces tú á Marcones el de Lumiacos, de donde es también la Galusa? Bueno: pues Marcones es sobrino carnal de ella, hijo de una hermana casada allí, y bien cargada de familia, por más señas. Este Marcos, ó Marcones, como le llaman las gentes de acá y de allá, por lo grandote que es, desde muchacho tomó en aborrecimiento las labranzas de su casa, propias y en renta, que de todo había allí... cuando había algo, porque á la fecha de hoy, hijo del alma, si no es á préstamo ó en aparcería... requiescat in pace. Volviendo á Marcos, has de saberte que buscando un modo de ganarse la puchera sin quebrantarse los lomos, discurrió estudiar para cura, después de darle el de su lugar medio curso de latín, y de levantarle el falso testimonio de que entraba por él como dedo por la sortija. ¡Bueno estaba el cura para enseñar á nadie lo que no sabía él! Á todo esto, el Marcones era díscolo, rebeldote y soez, como un demonio; y armaba en casa cada catacumba porque tardaban en cumplirle el gusto de irse al seminario, que tiritaba San Pedro... Y aquí es donde se cree que empezó la Galusa á poner en contribución á su amo para suplir lo que no podía dar el pobre padre, ni aun deshaciéndose de lo mejor que tenía y con perjuicio de sus demás hijos. El asunto es que Marcones fué al seminario bien provisto de todo, y que se estuvo por allá dos años. Al cabo de ellos volvió á Lumiacos á pasar unas vacaciones, gordote como un tocino, casi cerrado de barba y empleando más los ojos en mirar á las buenas mozas que en leer los libros sagrados; porque, amigo, el corpazo aquél no se domaba sólo con latines, y Marcones no se apuraba mucho por contrariarle. En esto se le antojó una muchacha de buen ver y mejor hacienda, que conoció en Piñales yendo á la romería de San Pablo; y tira de acá, tira de allá, golpe por aquí y golpe por el otro lado, ella se fué reblandeciendo, porque al fin era hembra; él no se acordaba de los libros de la carrera más que de las nubes de antaño, y la cosa hubiera ido adelante si no la huele á tiempo el padre de la muchacha y la casa con otro más de su gusto, que se presentó de la noche á la mañana. Este golpe descompuso á Marcos, que era y es un saco de iras y rencores; pero como el perdido no era negocio que podía enderezarse con palabrotas fuertes y espumarajos de rabia, mientras le salía otro acomodo con puchera segura, vistióse otra vez el balandrán y se volvió al seminario. Cerca de otros dos años se aguantó en él, sabe Dios cómo, y á expensas de su tía, ó lo que es lo mismo, del Berrugo, que ponía el grito en el cielo á cada sangría que le arrimaba la mujerona esa, pero que al fin pagaba. Lo que tenía que suceder, sucedió. Marcones no podía con la media sotana, porque las carnazas le pedían cosa muy diferente; y un día, bien fuera porque se hartó de aquella cárcel, bien porque le echaran de ella, ó por los dos motivos juntos, pero nunca por las falsedades que él refirió, tomó el trote para Lumiacos, y desde Lumiacos se plantó aquí y tuvo una encerrona larga con su tía. Da aquella encerrona salió amasado lo que después sucedió y lo que está sucediendo á la hora presente, y lo que sucederá en el día de mañana, ó séase que, con el pretexto de ser amoroso sobrino de su tía y muy agradecido á los favores de su amo, dió en entrar en esta casa á menudo, pero con intención bien hecha de ir acercándose á Inés y obligándola poco á poco con la ayuda de la culebrona. Podría el Berrugo conocerlo ó podría no. De cualquier modo, allí estaba la que mandaba en todos para obligarle á que anduvieran las cosas al gusto de ella. Si el Berrugo ha caído en la cuenta de lo que pasa, ó si cayendo entra con todas, no se sabe á punto fijo, como no se sabe tampoco si la pobre Inés ha mirado con buenos ojos á Marcones; pero lo cierto de toda verdad es que no pudiendo Marcones, por el bien parecer, entrar en esa casa tan á menudo como á él le conviene, tomándose por disculpa lo poco diestra que está Inés en primeras letras, ha comenzado él, ó comenzará de un momento á otro, á darle una lección cada día, á propuesta de la culebrona y con consentimiento de todos los demás. La cosa es hecha, como se ve, porque lo que no alcance Marcones de por sí solo, lo alcanzará su tía, que es más sierpe que la del Paraíso terrenal. En casándose Marcones con Inés, que es á lo que se tira, Marcones le buscará el gato al Berrugo, que le tiene bien gordo, ¡pero gordísimo! y dará con él, por escondido que se halle... ¡y figúrate tú, Pedro Juan; figúratelo, si puedes, qué es lo que sucederá con ese gato en tales uñas!... Te digo, Pedro Juan, que aquel día arde esa casa con el Berrugo adentro... si es que no arde también el lugar de punta á punta, con un vecino de las entrañas de Marcones ahito de posibles... Conque ¿te vas enterando? ¿Te parece flojo el lío? ¿Piensas que es cosa de cuidado lo que tiene ya encima de su alma ese sujeto, para martirio propio y consuelo de desplumados por él?
Pedro Juan se encogió de hombros por toda respuesta á estas preguntas y por único comentario á la historia precedente, que de seguro le había parecido demasiado larga y poco interesante, porque su círculo de ideas y de relaciones era limitadísimo.
Sospechándolo por las señales, don Elías quiso rematar su obra con los siguientes pespuntes:
—Por supuesto que yo te entero de esas cosas, tan sabidas de memoria aquí hasta por los chicos de la escuela, porque á tí, metido en tu ría y en las mieses de Las Pozas, maldito si, fuera de Pilara, te importa lo de este barrio dos cominos. Y es bueno saber de todo.
—¡Pilara!... ¡Coles!—exclamó Pedro Juan desperezándose, como si saliera de pronto de una modorra.—¿Y usté qué sabe de eso, don Elías?
—¡Pues no se te conoce que digamos!... ¡y como también tiene la moza pelos en la lengua, gracias á Dios!...
—Pos qué, ¿lo corre ella mesma, don Elías?
—Vaya, vaya: lo que tú buscas es que yo te regale las orejas; pero no estoy de humor de ello. Anda con Dios, que ya es tarde... y punto en boca sobre lo que has oído de la mía.
Y con esto y un golpecito sobre el hombro de Pedro Juan, se despidió de él don Elías y enderezó los pasos hacia su casa.
El Josco, olvidado ya de su escena con el Berrugo y saboreando á su modo el dicho de don Elías sobre los dichos de Pilara, continuó su camino hacia abajo; y en cuanto columbró la casa de la mocetona, echó una relinchada de las más resonantes; y eso que era muy poco dado á estruendos de ninguna especie... Pero como nadie le veía, y además no dejaba de estar contento...
Muy cerca ya del corral, echó otra tan repicoteada como la anterior. Anduvo un poco más y miró hacia el portal. No había nadie allí, y la casa estaba cerrada y en silencio, como todas las del barrio. De pronto oyó un ligero ruido y notó que se abría la ventana de la cocina que caía al soportal.
—¡Coles... si creo que es Pilara que se asoma!—exclamó espantado como si le hubiera salido el lobo en mitad de la calleja.—¿Y qué la digo yo á estas horas y pico á pico los dos solos, si me arrimo allá?... ¡Sí, espérate un poco!...
Y apretó á correr hacia abajo, tapándose las orejas para no oir los carraspeos de la persona que estaba asomada á la ventana. Después le sucedió lo de siempre: que se lamentó de la ocasión desaprovechada, y se avergonzó de su encogimiento, y se denostó á sí mismo con las mayores injurias y los más duros improperios.