IV
«ESE HOMBRE»
«Ese hombre,» llamado así por Pedro Juan; el Berrugo por don Elías... y por todo el pueblo de Robleces cuando él no estaba delante; «don Baltasar» por cualquiera que se le acercaba, y «don Baltasar Gómez de la Tejera» en los sobres de las cartas y en los registros municipales, fué en su niñez Tasarín el de Megañas, quinto ó sexto hijo de un pobre hombre conocido por este mote á causa de ser muy tierno de ojos. El cual Megañas era de lo más menesteroso que había en el lugar. Tasarín, así nombrado por lo menudito y sutil que era de cuerpo, pasaba por muy despabilado y hábil para cuanto no tuviera que ver con el oficio de su padre. Confirmando su buena fama, aprendió pronto y bien cuanto le enseñaron en la escuela, donde ya se manifestó recelosillo y con trastienda; y en cuanto tuvo trece años y hubo reducido á su padre á que, vendiendo el de la vista baja que aún estaba á medio hacer, y buscando de cualquier modo lo restante, le pagara el viaje, montó en el mulo que le correspondía en la recua que á eso se dedicaba entonces, y se largó á Sevilla, sin otro amparo que sus buenos propósitos de hacerse rico de cualquier modo, y la esperanza levísima de que un jándalo pudiente que estaba á la sazón por allá y era natural del mismo Robleces, le buscara una taberna en que acomodarse por de pronto.
Cómo se las compuso Tasarín entonces, cuando aún aquéllos eran tiempos en que la carrera de jándalo tenía aquí muchos golosos, porque daba buenos dineros, nadie lo supo jamás; ni tampoco se supo á ciencia cierta en qué ganó más adelante lo muchísimo que tenía, en opinión de las gentes, ó los «cuatro cuartos para asegurar la puchera,» que, según la afirmación del propio hijo de Megañas, era lo único que había logrado ahorrar, cuando, al cabo de veinte años de ausencia, durante los cuales feneció Megañas tras de su mujer y se fué dispersando ó acabando también el resto de la familia, se presentó en Robleces modestamente vestido y sin pizca de aquella bambolla relumbrante con que solían llegar al pueblo nativo los jándalos montañeses, aunque no trajeran más que lo puesto y lo que decían haber derramado por el camino en onzas de oro y en pañuelos de seda. Lo único que trajo capaz de producir alguna sorpresa en sus contemporáneos, ó (si se me permite la finura) coevos, de su propio lugar, fué una sobrecarga de más de diez años, encima de los que verdaderamente tenía: treinta y cuatro aún no cumplidos, y representaba cuarenta y cinco largos. Fueron también motivo de sorpresa los propósitos que apuntó de enredarse en labranzas y ganaderías, con el fin de sacar el mejor fruto posible á las tierras que desde Sevilla había ido comprando en el lugar. Aquello era «su pobreza; el sudor de tantos años de trabajo, y necesitaba mirar por ello para vivir de ello.» Porque hay que advertir que Baltasar compró muchas tierras en su pueblo: todas cuantas se ponían en venta; y compró también la casa en que había nacido.
Estas compras las hacía, en su nombre, su padre, á quien él enviaba el dinero justo para eso, y un piquillo más como de propina «por la molestia;» pico tan alambicado, que nunca alcanzó á sacar de apuros al pobre hombre, ni mucho menos á curarle del ansia con que al fin se largó á la sepultura: el ansia de verse, siquiera una vez, con un equipo nuevo, «de arriba abajo;» porque siempre quiso la mala suerte de Megañas que cuando tuvo para echarse unos calzones, le faltara la chaqueta, y cuando estrenó zapatos, careciera de sombrero. Aunque no lo lloraban tanto como él, lo mismo les sucedía á todos y á cada uno de los de su casa. La cual casa se reparó, en lo más apremiante, con algo que también vino de Sevilla con ese objeto: de modo que cuando llegó el jándalo á su pueblo, no le faltó donde albergarse por de pronto, aunque estaba ocupada la casa por un aparcero; pues contando con esa venida, se tenía de reserva el cuarto del portal, que nadie había habitado desde que se le tilló el suelo, que antes era de arcilla, y se blanquearon las paredes. Conviene advertir, por si no lo he dicho todavía, que esta casa pertenecía al barrio de Los Castrucos, al Oeste del de la Iglesia, que está entre los dos, quiero decir, entre Los Castrucos y Las Pozas, pero mucho más apartado de éste que de aquél, que allá se le va en altura y en secano. Ahora, no se olvide tampoco que estos tres barrios solos forman la municipalidad de Robleces, como creo que ya se ha declarado.
Pues bueno: por llegar el jándalo éste á su pueblo con mucha fama de rico y negando él que lo fuese ni á cien leguas, cayó en la cuenta de que necesitaba construir una casuca si había de vivir allí medio regularmente, dedicándose á la labranza de las tierras que había comprado, para comer con el jugo que de ella sacara, á fuerza de pulso y de prudente economía, porque la vivienda en que había nacido, bastante milagro hacía con tenerse derecha en virtud de los puntales y reparos con que se la amparó años atrás; y andando en estos propósitos, ó aparentando que los tenía, fué cuando se le llegó el Mayorazgo del barrio de la Iglesia con la pretensión de que le hiciera un anticipo, «con su cuenta y razón.» Entraron ambos en explicaciones; entendiéronse, y ¡adiós proyectos de casa de nueva planta!; porque según se dejaba decir el hijo del difunto Megañas, toda «la miseriuca en efectivo» que tenía disponible, la necesitaba para sacar de ahogos á un amigo. El tal amigo, ó sea el Mayorazgo mencionado, hombre que había poseído las mejores fincas rústicas del pueblo, y aún era dueño de la casa más grande y más ostentosa de todo el barrio de la Iglesia, estaba á la sazón acribillado de deudas y de pleitos; por añadidura, hecho un pellejo ya con madre, y además, amagado de un paralís, y medio idiota. Vivía solo, con un ama de gobierno más embrutecida que él, y acababa de embarcar para América al único pariente cercano que le quedaba en el mundo: un sobrinito de trece años, hijo de una hermana viuda que había muerto seis antes en Nubloso, donde estuvo casada con un tabernero que salió un perdido. Al decir del Mayorazgo, este sacrificio por su sobrino fué «el trago de gracia que le tumbó en el suelo;» y por eso acudía al sevillano, «que debía de tener las onzas á montones,» para que, «por lo que fuera,» le ayudara á ponerse á flote. Y á flote le puso el prestamista; y de tal modo, que á los diez y ocho meses era suya la casa del Mayorazgo, libre y desempeñada. Fortuna para éste que, como si los días de su vida hubieran estado ligados á la suerte de su caudal, con el último vaso de aguardiente adquirido con los últimos ochavos que quedaban en el arca, caía redondo el infeliz, lo mismo que si le hubiera partido un rayo.
Ya tenía el hijo de Megañas ancho y bien oreado albergue. Gastó algunos cuartos más de su ahorrada «miseriuca» en repararle, en afirmar paredes de huertas y corraladas y en mejorar las cuadras y las accesorias que andaban casi por los suelos; y cuando lo tuvo todo á su gusto, comenzó á ocuparse, con empeño inteligente, en realizar los cálculos que tanto habían sorprendido á sus convecinos de Los Castrucos.
Antes de trasladarse el jándalo, llamado ya por algunos don Baltasar, al barrio de la Iglesia, no era sola aquella sorpresa la que el hijo de Megañas les había dado: fué bien pronto público y notorio su menosprecio por las cosas de tejas arriba, con excepción de unas pocas y muy secundarias; y no porque el jándalo alardeara de ello, sino porque no sabía disimularlo ni lo intentaba siquiera. Esta fué la segunda sorpresa; la cual subió de punto cuando le vieron fanáticamente devoto de Santa Bárbara, de San Antonio y de otros santos; fanatismo que no se concebía en un hombre tan descreído en otros puntos mucho más altos. Para entendernos mejor y más pronto: el jándalo Baltasar era un badulaque sin pizca de cultura moral ni intelectual; sin más necesidades en la cabeza ni en el corazón que el sacar todo el partido posible y en beneficio de sus nativas inclinaciones, del mísero pedazo de costra del mundo en que había ejercitado sus artes de explotador insaciable. Era irreligioso, porque la ley de Dios le ataba las manos rapaces y le imponía deberes penosos; pero rezaba á Santa Bárbara porque le librara del rayo que le espantaba; y á San Antonio, para que le hiciera encontrar cuanto se le perdía; y á Santa Rita, para que no se le escapara una deuda que le parecía de cobro imposible. Naturaleza inculta y vulgar, era irreconciliable con el buen sentido y esclavo de todas las supersticiones. Se burlaba del médico, y admiraba al curandero; rechazaba con asco los jarabes de la botica, y se envasaba en el estómago, lleno de fe, las azumbres de inmundicias que le preparara un mendigo piojoso en un caldero indecente. Creía en brujas á puño cerrado, y en la virtud contra ellas del azabache, de los dientes de ajo y de las matas de ruda, y lo llevaba al cuello cosido en un trapajo. Creía también que la villería (comadreja) mataba el ganado de las personas que al topar con ella en un desván no la dijeran: «villería, Dios te bendiga de noche y de día,» y él nunca dejaba de decírselo como la encontrara; consultaba á las adivinas y creía en el zahorí que descubría tesoros, siempre que no se interpusiera paño azul... ¡Oh, el tesoro oculto! Éste era su manía. Estaba al tanto de todos los más famosos en la larga lista de los que no parecen nunca, porque no hay quien dé con ellos ó quien pueda acercarse adonde se ocultan; y entre tanto, él, que antes se dejaba sacar un diente que un ochavo, se dejaba robar por todos los presidiarios que le escribían pidiéndole dinero para los gastos de una empresa de aquella catadura, que había de valerle el oro y el moro. No hay que añadir lo de los días y números aciagos, y las crecientes y menguantes de la luna como factores importantísimos en ciertas ocasiones solemnes de la vida y hasta en el corte de las uñas. Todo esto era la normal en su temperamento de supersticioso. Por lo demás, era suave y hasta persuasivo de palabra; no se encolerizaba nunca, ni reñía con nadie, ni fiscalizaba las casas ajenas, ni siquiera mostraba interés por los asuntos del municipio, aunque hay quien afirma que de todo ello estaba muy bien enterado. Iba á misa cada día de fiesta, y se llevaba bastante bien con el párroco, no obstante las frescas que éste le cantaba por su modo de hablar de ciertas cosas sacratísimas. Vestía muy modestamente y no asomaba á la taberna. De vez en cuando echaba un partido á los bolos, y más á menudo jugaba á la flor de cuarenta con los viejos del barrio, los domingos por la tarde; y esto, mientras vivió como de prestado en su casa de Los Castrucos; porque en cuanto se trasladó á la del difunto Mayorazgo, tal laberinto revolvió en ella de ganado, de sirvientes y hasta de cubas y cuarterolas de vino que trajo de la Nava del Rey y de la Rioja, para vender á los taberneros de las inmediaciones, que no le quedaba un rato libre ni para ir á misa la mayor parte de los días de fiesta.
Y tan retirado andaba del trato con sus convecinos, que muy pocos echaron de ver las largas ausencias que durante dos meses hizo del pueblo; ni estos pocos supieron qué asunto las motivaba, hasta que un domingo, en misa, oyeron leer al párroco la «primera y última» de las proclamas de su proyectado casamiento con una tal Cruz Hormigueros y la Llosa, hija de Juan y de Petra, naturales y vecinos de San Martín de la Barra. Las bodas se celebraron allá, á los pocos días de la proclama; y media semana después llegó el nuevo matrimonio á Robleces y se estableció en la restaurada casona del barrio de la Iglesia, como era de esperar.
Cruz era guapa, muy guapa, y andaría rayando en los veinticinco años. Se fué viendo que además de guapa era dulce de genio, como una cordera, y blanda y compasiva de corazón. Súpose también que si no era de cepa de señores, contaba con un buen qué «para mañana ó el otro,» porque sus padres lo tenían, por lo cual no trabajaban, aunque vigilaban mucho el trabajo que otros hacían para ellos; y habían dado á Cruz una educación á la sombra, si no muy literaria, bastante por lo menos para formar en ella «una hija como es debido» y «una mujer como Dios manda.»
Cómo se fué conduciendo en la vida íntima el hijo del difunto Megañas con una mujer tan excelente; cómo estimó el grosero jándalo las prendas de un carácter como el de Cruz, lo publicaron muy luégo la expresión de pena mezclada de espanto que se pintó en sus ojos, de mirar tan dulce y tan tranquilo antes; el sello angustioso de su boca, tan fresca y tan risueña siempre; la palidez que iba difundiéndose de día en día sobre el arrebol de aquella cara que fué tan saludable; la cabeza inclinada; el paso descuidado y perezoso... Y lo que no publicaron estos síntomas harto significativos, lo declaró la disculpable infidelidad de los sirvientes de la casa. Por ellos se supo que el jándalo se complacía en contrariar todas las inclinaciones y todos los gustos y deseos más nobles de su mujer; la empleaba en los oficios más duros y más viles, y no la permitía dar una limosna á un pobre ni disponer de un maravedí, aun para aquellos menesteres que estaban á cargo de la desdichada. Bien que ella vigilara la cocina y hasta cocinara, y remendara y cosiera y dispusiera el ollón extraordinario para los obreros, cuando los había; pero pagar con su propia mano, ajustar, siquiera, lo que no había en la huerta, en el corral ó en el granero de la casa... ¡de ningún modo!: para eso estaba él allí; él solo, porque lo entendía, y para eso lo había ganado sudando á chorros... Los pobres que llamaran á la puerta, que acudieran á Dios, «si es que le había,» ó que se murieran de hambre... ó que sudaran hieles, como él había sudado para adquirir el mendrugo con que se alimentaba y tenía que llenar la peste de bocas que estaban á su cargo. Esa era la ley, y por eso, y mientras él fuera quien era, no se sentaría nadie á su mesa sin haber ganado antes con su trabajo lo que en ella había de comer.
Y era lo más duro y desconsolador para la pobre Cruz, tan horriblemente sorprendida con aquellos sucesos de que no creyó capaz al zalamero pretendiente, que todas éstas y otras mil cosas las decía y las hacía el marido entre cuchufletas y regorjeos, y hasta pasándole á ella muchas veces la mano por la cara, ó haciendo una zapateta en el aire, ó chasqueando los dedos, como los mozos cuando bailan al uso de la tierra.
Algo de ello transcendió hasta San Martín; y es cosa averiguada que los padres de Cruz vinieron en dos ocasiones á Robleces y trataron de indagar lo que podría haber de cierto en los indicios; pero como Cruz, temiéndose venganzas muy posibles si decía la verdad, alardeaba con sus padres de todo lo contrario, y su marido estaba hecho unas castañuelas, aunque la infeliz lloraba hilo á hilo cuando más ponderaba su ventura, y estaba, ojerosa y descolorida y desencajada, como también andaba ya en «meses mayores,» tomábanse aquellas incongruencias por fenómenos de ese estado, y se volvieron los padres á San Martín, si no convencidos ni contentos, tampoco muy apesadumbrados.
En estas condiciones halló Inés el cuadro de su familia al venir al mundo. Cayó en brazos de su abuela, que estaba allí por previsión muy atinada de su madre no muchas horas antes de serlo; la cual abuela hizo en aquellos días una verdadera razzia en el bien provisto gallinero, sin importarle un ardite la cara que ponía su yerno cada vez que aleteaba una gallina entre las ansias de la muerte. El bautizo no fué muy ostentoso, pero tampoco miserable, gracias á los abuelos que apadrinaron á la recién nacida y argumentaron á su gusto la solemnidad.
Cruz recibió á la hija de sus entrañas como un don que el cielo la enviaba para consuelo de sus tristezas; los dulces deberes de la madre la harían olvidar los martirios de la esposa; las primeras sonrisas, las primeras miradas, hasta los vagidos de aquel ángel de Dios, serían para la mártir luces y melodías celestes que inundarían los ámbitos de la negra cárcel en que su existencia se consumía entre lentos dolores, sin el alivio que presta al sér más infeliz de la tierra la libertad para quejarse de ellos. Y se entregó en cuerpo y alma á aquella santa pasión, que rayó en locura de amor materno. Todos los jugos de su vida le parecieron poco para nutrir á la tierna criatura, y nunca veía llegada la hora de darle por última vez el néctar de su seno. ¡Se regalaba tanto la hermosa niña saboreándole codiciosa, mientras clavaba en los de su madre sus ojos negros y risotones! ¡Hacía unas monadas con aquella boquita, sonriendo y chupando al mismo tiempo! ¡Y cuántas veces la pobre madre, que se extasiaba contemplándola así, regó la carita de ángel con sus lágrimas! ¡Y cómo lo reía la inocente, recibiendo, como tibio rocío que la consolaba, aquellas gotas de hiel destiladas por un corazón que no latía ya sino para ella!
La naturaleza de Cruz, tan combatida por los dolores morales, no pudo triunfar de este gran esfuerzo físico sin padecer un profundo quebranto. Inés era «un rollo de manteca» al terminar su lactancia; pero á expensas de su madre, que quedó herida de muerte desde entonces. Con otro género de vida, con más sosiego y amor en el hogar, con otro marido más racional y menos inhumano, acaso se hubiera repuesto, porque el ambiente puro y santo de la familia obra milagros en las naturalezas, particularmente si son tan agradecidas como lo era la de Cruz; pero en aquella casa, con aquel hombre que si se había modificado algo en las manifestaciones externas de sus resabios ingénitos, porque hasta las bestias se ablandan un poco en presencia de sus hijuelos, era el mismo en lo esencial de su barbarie, todo intento en aquel sentido fué ocioso. Su inapetencia era calificada de melindre, y su debilidad, de holgazanería. ¡Fuera usted á hacer ganas con tales aperitivos, y á adquirir fuerzas con semejantes alientos!
Por fortuna, ó mejor dicho, para menos desgracia de la pobre madre, Inés iba creciendo y esponjándose de día en día; llegó muy pronto á hablar esa media lengua que es el encanto de los niños y la delicia de los padres, y Cruz distraía sus pesadumbres y sus dolores enseñándola á rezar y conversando con ella. Más tarde vino la ardua tarea de educarla. Allí no había modo de hacerlo fuera de casa. Tanto mejor para su madre: ella la enseñaría cuanto sabía. Era poco, pero al fin algo que, cuando menos, serviría como base de lo que pudiera enseñársela después, «si se quería.» Así aprendió Inés á escribir muy mal, á leer medianamente, á sumar y restar á tropezones, el catecismo de punta á cabo, y cuantos rezos y prácticas piadosas saben enseñar como el mejor maestro las madres cristianas.
Entre tanto, los males físicos de Cruz fueron agravándose; su marido despidió al médico que de tarde en tarde la visitaba, y la sometió al tratamiento de un curandero, rozador de oficio, que gozaba gran fama en aquellas aldeas. El rozador se enteró de la enfermedad, no por las explicaciones de la enferma, que no quiso darlas, sino por las de su marido, y dispuso en el acto un cocimiento de rabos de lagarteza (lagartija), moscas de caballo fritas en aceite, y otras cuantas indecencias más, en agua de ruda. Se colaría el cocimiento por una baeta usada (bayeta), y cuanto más usada mejor, y «el resultante se pondría á serenar dos noches á la temperie.» De este resultante tomaría la enferma cosa de cuartillo y medio en ayunas, y como media azumbre entre comida y cena. Y no había que apurarse; porque si el remedio fallaba, tenía él otros de mucha más substancia, que habían hecho milagros y volverían á hacerlos.
Por uno bien manifiesto no reventó la pobre enferma, que tomó la primera dosis de aquella barbaridad por no atreverse á resistir los mandatos de su marido; pero la entraron tales bascas, trasudores y desmayos, que se puso á morir.
Ni el supersticioso jándalo se atrevió á insistir en nuevas tentativas, pero trajo un saludador á casa. El saludador, después de reconocer á la enferma, dijo que su virtud sólo alcanzaba á las «llagas corrutas» y á las mordeduras de perro rabioso; pero que probaría con el anseo (vaho de la boca) solamente. Y el pedazo de bruto se hartó de vahar á las narices y boca de la desdichada, vapores de cebolla y aguardiente, que eran el lastre de la cloaca de su estómago; con lo que la enferma pensó fenecer allí mismo de indignación y de asco.
No dando fruto el saludador, vino una curandera. Reconoció á la doliente estirándola los brazos hacia adelante y juntando las manos palma con palma. Vió que los dedos de la una sobresalían algo de los de la otra, y declaró al punto que la señora estaba lijá (lisiada); lo cual consiste, según estas doctoras, en tener desencajados los huesos de la espalda. Había, pues, que encajarlos, y á eso se procedió inmediatamente. Se colocó detrás de Cruz la curandera, después de haberla mandado sentar á la altura conveniente; la agarró por los brazos y cerca de los hombros; tiró hacia sí con toda su fuerza, mientras con una rodilla apretaba en sentido inverso por el espinazo; y de esta suerte estuvo brega que brega hasta que se oyeron crujidos en la armazón de la paciente, más un grito dilacerante que exhaló la infeliz. En aquel crujido «estaba la cencia:» ya estaban «en caja» los huesos. Si para conseguirlo no hubieran bastado las fuerzas de la curandera, se hubiera amarrado á la paciente á los pies de la cama ó á un poste; y tirando unos de los brazos y apretando otros por la espalda, se hubiera logrado también el mismo fin. Eso hay que hacer muy á menudo con los hombres y demás personas «algo duras de gonces.» Hecho el encaje, había que cuidar de que no se deshiciera «de por sí;» y con ese objeto se bizmó á la víctima por el pecho y por la espalda; en seguida, á la cama, y quince días en ella boca arriba y bien alimentada[3].
Por todo este calvario pasó la mártir sin proferir una palabra en son de resistencia; pero toda su abnegación no alcanzó á evitar que cuando el bárbaro marido la mandó levantar, porque «ya estaba curada,» se encontrara sin fuerzas y sin movimiento, y tan dolorida como si tuviera hechos alheña todos los huesos de su tronco.
Sin embargo, no murió de este mal. El negro destino de la infeliz la reservaba para concluir de un golpe mucho más rudo y de una herida mucho más dolorosa. Y ese golpe vino de donde menos podía esperarse. Llegó á servir á la casa una mujer de Lumiacos, joven todavía y no fea, pero dura de genio y de mirar imperioso. Cualquiera hubiera pensado que no paraba tres días una sirvienta así en una casa donde las más humildes y placenteras no podían resistir dos meses la singular tiranía de aquel amo. Pues sucedió todo lo contrario. Sería por artes diabólicas que Romana trajera ocultas y supiera manejar en hora y lugar convenientes; sería porque no hay hombre tan duro y compacto de madera que, bien estudiado, no tenga su veta débil en alguna parte; sería porque hasta las voluntades más enteras se encogen cuando chocan de improviso con otras que no lo son menos; sería por cualquiera de esos misterios ó aberraciones, que no dejan de abundar en la naturaleza humana; sería, en fin, por lo que se quiera ó por lo que se le antoje al escrupuloso lector; pero ello fué que antes de dos meses de su llegada de Lumiacos, la voz de Romana era la que más recio hablaba en la casona del barrio de la Iglesia del pueblo de Robleces; Romana quien corría con todo «por aliviar á la señora de una carga con que ya no podía;» Romana, en fin, el único sér de cuantos comían el pan amargo de don Baltasar, para quien las leyes de este tirano fueran letra muerta, y las punzantes y crueles chanzas, dulzuras, y hasta prodigalidades la ruindad.
Poco á poco la idea de este predominio en un carácter tan grosero como el de Romana, fué dando sus naturales frutos. Maltrataba á la niña Inés por los motivos más leves, y se atrevía con su ama porque defendía á su hija ó no comía de lo que todos, y la daba demasiado que hacer «con sus golosinas de embuste.» Este y otros descomedimientos aún más ofensivos, llegaron á indignar á Cruz, y un día se quejó de ello á su marido delante de la misma criada; pero el marido se puso de parte de la mozona de Lumiacos, sin una mala atenuación, sin la más insignificante salvedad.
¡Éste sí que fué golpe de muerte! La justicia, el decoro, la candad, la conciencia, el pudor... ¡todo lo había pisoteado y escupido aquel bárbaro, y todo lo había arrojado á los pies de la zafia fregona que se regocijaba en ello!
Por este lado vino la muerte, que se llevó á la infeliz madre en breve tiempo á mejor vida, entre el dolor de sus martirios y el espanto de dejar al pedazo de su corazón bajo la tiranía de aquellos desalmados.