V

CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR

Hubo terribles peloteras entre los suegros y el yerno: los suegros, porque pedían cuentas de lo que bien á la vista estaba, y el yerno, porque no las quería dar y negaba que hubiera razones para pedírselas; los unos, porque además temblaban por la suerte de la huérfana, y mandaban elegir al otro entre su hija y su criada; el otro, porque le asistía el derecho de quedarse con las dos, y no le reconocía en nadie para inmiscuirse en los negocios de su casa; los de San Martín, hechos un veneno amenazando, y el de Robleces, hiriendo con sus cuchufletas emponzoñadas; al fin, ó porque en el corazón del jándalo, aunque poco y muy escondido, había algo de lo que tanto abunda en el corazón de otros padres, ó porque el miedo al escándalo le intimidara, ó porque en el estado civil en que le había colocado la muerte de su mujer le pareciera más peligrosa que antes su condescendencia absoluta á las imposiciones de su criada, sin declarar que transigía con sus suegros, hizo entender á Romana, en un tono de autoridad que jamás había usado con ella, que la niña Inés era su hija, y que se guardara nadie de negarla el lugar que la correspondía en aquella casa. Protestó la de Lumiacos contra el atrevimiento de su reprensor; pero observándole bien y conociendo que aquella vez daba en duro, abstúvose de golpearle más, para no comprometer lo principal en una brega inútil por lo accesorio.

Después de afirmar así sus derechos, envió á su hija, por una temporada, á San Martín, lo que no dejó de halagar á sus suegros. Estas temporadas se repitieron con frecuencia; y á ello debió la niña la ocasión, si no de mejorar gran cosa, de conservar, por lo menos, lo que la había enseñado su madre, y cultivar un poco su carácter y su inteligencia en el trato y la comunicación con algunas gentes algo más cepilladas que las de su casa de Robleces.

Á todo esto Inés crecía, y sus contornos de niña iban adquiriendo la redondez y la turgencia de las mujeres físicamente precoces. En lo moral adelantaba menos. Era inteligente y hábil, pero se necesitaba ponerla en ocasión de serlo. Dejada á su libre arbitrio, se hallaba más á gusto con las ideas en reposo y la curiosidad adormecida. Como si su espíritu se hubiera empapado en las lobregueces del hogar paterno y en las tristezas y en los desalientos de su madre, en sus ojos negros y bien rasgados rara vez se pintaba la codicia por lo externo, ni en toda ella ese rebosamiento de vida, eso que tiene á todos los niños en constante inquietud por superabundancia de impresiones y de espolazos del deseo: era, pues, una niña perezosa, así de cuerpo como de espíritu, más que por naturaleza, por hábito, capaz de sentir mucho y de pensar risueño, pero con la sensibilidad y el pensamiento impresionados todavía por las arideces y tristezas de otros tiempos. En camino estaba de refrescar sus ideas y de reconstituir su espíritu con las nuevas auras que respiraba tan á menudo en el cariñoso albergue de sus abuelos; pero este camino se le fué cerrando la muerte, que en el transcurso de dos años y antes que ella cumpliera los diez y siete, se llevó á los pobres viejos.

Viviendo ya en Robleces sin la golosina de las escapadas á San Martín, aquélla su malograda reconstitución de espíritu, que parecía una desgracia, fué para Inés un verdadero beneficio del cielo; pues la misma indiferencia que la apartaba de todo interés y cuidado por los negocios domésticos, la salvó de los odios de la criada, que no se avendría jamás, sin algaradas y escándalos, á que nadie la sustituyera en el mangoneo libérrimo que allí ejercía por derecho de conquista. Participando probablemente de estos temores, no mostró el menor empeño su amo por despertar en Inés los deseos de ocupar en la casa el puesto que la correspondía. Antes, y en bien de la paz, halagó su indolente dejadez para que se mantuviera en ella. Después de todo, ¿qué más daba Inés diligente que Inés perezosa, si al cabo no habían de llevársela de casa más que por «afamada» de rica?

Y así pensando el padre, y la criada como se ha visto, y de acuerdo los dos, sin darse mutua cuenta de ello, en halagar las indolencias de Inés para mantenerla en su modorra, de tal arte se arreglaron, que cuando llegó á ser moza, y moza muy garrida de veinte años, tomaba por trabajo molestísimo hasta el de lavarse la cara. Las agujas y la escoba se le caían de las manos, las letras de molde la hacían chiribitas en los ojos, y el tufo de la cocina la mareaba. Salía á la calle lo menos que podía, y no hubiera salido jamás sin el deber de ir á misa cada día de fiesta y la costumbre de confesarse cada seis meses. Se pasaba las horas muertas meciéndose maquinalmente en una silla en la solana y dejando vagar el perezoso espíritu por los tranquilos espacios de su imaginación, olvidada de que vivía en Robleces y de que en Robleces había hombres que parecían bestias, como se lo habían hecho creer los pocos ejemplares en que había fijado, por curiosidad, la vista; persuadida de que, puesta de pie sobre la cúspide de la montaña que tenía enfrente, tocaría el cielo con la cabeza; sin noción alguna de lo grande que era el mundo, ni del imperio que ejercían las mujeres en él; sin la noticia más vaga de lo que eran pasiones, ni el más leve barrunto de las tempestades que cabían en la pequeñez del corazón humano.

Algo se agitaba en el suyo, de vez en cuando, que le hacía latir más de continuo que lo usual; algo bullía en su mente adormecida que le alborotaba las ideas, cuyos choques producían relámpagos que ensanchaban los horizontes limitadísimos de su imaginación; algo que, relacionado vagamente con estos fenómenos, la impresionaba el organismo de modo que sentía en sus ojos hambre de luz, y en toda su alma sed de contemplación y de análisis; impulsos de combatir la lobreguez de su cárcel con el calor de otro fuego que presentía. Entonces pensaba en ser diligente y esmerada y útil, y se avergonzaba de su dejadez nada pulcra. Pero estos arrechuchos pasaban, como sueños de fiebre. Despertaba Inés, y volvía con su memoria fría á lo soñado; mas ¿qué eran en substancia todos aquellos algos, ni qué se le daba á ella porque fueran ó dejaran de ser sensaciones casuales y pasajeras, ó señales de movimientos más hondos? La realidad de su vida era aquel caserón en que ella se había ido formando entre los martirios de su madre, el inclemente, descariñado y repulsivo fisgoneo de su padre, y la tiranía abominable de Romana. Á eso la había amoldado la fuerza irresistible de las cosas. Pudo ser su vida un interminable calvario; por un milagro de Dios iba llevándola adelante sin cruz y sin espinas. ¿Á qué pedir más, ni con qué derecho, ni para qué lo necesitaba? Y aunque lo necesitara y tratara de pedirlo, ¿en dónde... á quién? Y si no lo pedía, ¿de dónde había de venir por obra de caridad lo que no había en todo el espacio que abarcaban sus ojos, ni quién podría sospechar más allá de aquellos reducidos horizontes, que en el caserón de Robleces existía un sér que, de vez en cuando, distraía los ocios de su cerebro cavilando en semejantes locuras?

Con este modo de pensar y de ser, entró en los veintiún años, lo más florido de la vida, aquella mujer de cuya hermosura plástica se han dado las señas dos capítulos más atrás; y por entonces fueron los conciliábulos de Marcones y su tía la Galusa para la conquista del gato de que nos informó don Elías hablando con Pedro Juan, al mismo tiempo que de otros sucesos, de cuya veracidad en todos sus pormenores certifico yo aquí...

Pero, á todo esto, ¿tenía gato aquel hombre, fuera del «pasar» que había heredado de los suegros, y no era suyo, sino de su hija? ¿Quién estaba en lo cierto? ¿Él, que afirmaba cien veces cada día que sólo poseía «cuatro tierrucas y poco más de nada,» ó «todo el mundo,» que le consideraba «podrido de onzas de oro?»

La verdad es que el tal sujeto hacía todo lo posible por justificar con sus actos sus afirmaciones. Vivía hecho un esclavo de sus haciendas, de sus ganados y hasta de sus sirvientes. Comía poco y de prisa, se levantaba con el sol y se acostaba tarde. Cuando no tenía criados á quienes arrear, cuarterolas de vino que vender, faenas que presidir, cuentas que tomar, trabajos, en suma, que reclamaran toda su atención y aun su personal esfuerzo, no sosegaba un instante: en el corral, amontonaba la leña esparcida por el suelo, ó apañaba orcinas (astillas muy menudas) que iba echando en una triguera; en las cuadras, atropaba con una rastrilla los pelos de yerba caídos delante de las pesebreras; en el cercado contiguo á la casa, recogía los cantos arrojados por los chicos, y los volvía á la calleja; esparcía las toperas, espantaba las gallinas, franqueaba las sangrías ó canalitos de riego que estuviesen obstruídos; en el huerto de atrás, sorrapeaba los caminos, inventariaba los pies de berza y perseguía los caracoles; en la cocina, olía lo que se guisaba, daba un vistazo al hornillo de la leña, destapaba el ollón de los criados y sacudía la alcuza junto al oído; en la despensa, revisaba el tocino y los garbanzos, recontaba los huevos y las longanizas, y veía si se conservaban bien tapados los agujeros de los ratones; en el estragal, en la bodega, en el corralón trasero, reconocía los aperos, colgaba los que debieran estar colgados y arrimaba á la pared los que anduvieran por el suelo; echaba pinos en los ojos de las azadas para acuñar los mangos; rascaba el barro seco á los rodales... en fin, no paraba; y tan pronto se le veía en la sala con una rastrilla en la mano, como en la cuadra con el chaleco entre las dos, sin sosiego para vestírsele; y siempre murmurando censuras entre dientes y chanzonetas mordaces, largando tal cual piña por la espalda á este sirviente distraído, ó soltando una desvergüenza á la otra obrera; ponderando el caudal que se despilfarraba en desperdicios, por incuria, y evocando tiempos en los cuales costaban las labores mucho menos y lucían doble más.

Por supuesto que no se trabajaban en su casa todas las tierras que don Baltasar había ido comprando. ¿Ni cómo hubiera sido eso posible, si era suya la tercera parte de las mieses del pueblo? Y sin poderlo remediar el infeliz, porque él no buscaba jamás á los vendedores: al contrario, eran los vendedores los que acudían á él; y no así como quiera, sino metiéndole las tierras por los ojos y rogándole mucho en fuerza de la necesidad. Porque, como él decía en casos tales: «¿Qué demonios he de comprar yo, benditos de pelar, si no tengo un ochavo sobrante después de llenar la tripa á los lobos de mi casa!... ¡Si siempre estoy á la cuarta pregunta; y tan corta es la manta, que si me tapo la cabeza se me descubren los pies!» Y al fin, arañando dos de aquí y cuatro de allá, y haciendo un sacrificio por el gusto de hacer un favor, y perdiendo un poco cada uno, se quedaba con la finca, que no necesitaba.

Lo propio sucedía con los préstamos. Nunca tenía disponible más que lo justo para el último que le pedían; y eso registrando mucho los cajones y hasta la pelusa del bolsillo. De manera que solamente amarrando y amarrando esta condición y la otra garantía, y previéndolo y justipreciándolo todo, podía resolverse á hacer el favor que se solicitaba de él. «¿No veis»—decía con todo el acento y todas las señales de tener razón,—«que en la estrechez en que vivo y con los ahogos que hay en mi casa, uno solo de vosotros que me falte me echa á pique, me hunde para in sæcula sæculorum? Y bueno que el favor se haga; pero no de modo que se salve el favorecido y se pierda el favoreciente.»

De este mal fenecieron para sus propietarios menesterosos, una buena porción de fincas del pueblo de Robleces, entre ellas las del pobre Lebrato. Primero cayeron las tierrucas; después el ganado, que no era mucho, cabeza á cabeza; tras el ganado se fué la casa; y como al ocurrir cada una de estas caídas, ya quedaba preparado; el tropiezo para otra, por aquello de que «quien se ahoga no mira el agua que bebe,» después de la casa fué la barquía, y tras de la barquía la chalana... en fin, hasta las redes. Cierto que todo ello quedó en poder de su primitivo dueño, pero todo y cada cosa pagaba su canon al nuevo posidente; y como los tiempos no iban bien y los cálculos mejor hechos fallan de continuo, el mísero Lebrato, tras de verse desposeído de todo cuanto fué suyo, tenía una deuda constante que nunca lograba saldar, por más esfuerzos que hacían él y su hijo en la tierra y el mar, allí sudando las hieles á chorros, y acá arriesgando la vida muchas veces... porque no había que olvidar que el día en que al «amo,» usando de su derecho, más ó menos puesto en justicia, se le antojara echarlos de casa y reclamar cuanto en ella y fuera de ella era suyo, no les quedaba otro remedio que coger un cesto y echarse á pedir limosna de puerta en puerta. Ahora se traslucirá la razón del regalo de los peces, y lo de las brusquedades de Pedro Juan, que no entendía de contemplaciones ni de perfiles, con su amo.

Decíase que la mano de éste alcanzaba, por idénticos motivos, muy afuera de Robleces; y se citaba el caso, entre otros, de un pobre hidalgo de Campizas, cogido entre las uñas del Berrugo y á punto ya de espirar en ellas.

El cual Berrugo, en el vagar que le dejaban los entretenimientos que se han citado, y cada vez que lo juzgaba de necesidad, se encerraba en el cuarto del portal, que le servía de despacho, y hasta de bodega cuando le convenía; y por lo que allí papeleaba y descubría, sé yo que tenía muchísimo dinero, bien colocado y mejor garantido en Andalucía; dinero que iba aumentando considerablemente de año en año, porque sus productos eran muchos, y poco más de nada lo que de ellos consumía su dueño. Con estas pequeñeces y otros negocios muy emparentados con ellas, tenían que ver las escapadas que de tarde en tarde hacía el Berrugo á la ciudad, por caminos excusados para acreditar su afirmación de que iba á tal ó cual aldea á pedir un favor á un amigo.

Conque ¡vaya si tenía gato, y gato gordo, aquel hombre! ¡y vaya si tenía razón «todo el mundo» para afirmarlo, como lo afirmaba, sin saberlo á ciencia cierta!

Quien lo sabía así, como lo sé yo, era la Galusa; pero, por su desgracia, el tal gato no estaba en onzas de oro y en ochentines, encerrado en botes de hierro, sepultados bajo esta losa, ú ocultos en tal lima del tejado, donde con buena nariz ó con buen arte, se da con ellos desde luégo, ó se desentierran «el día de mañana.» El gato de su amo estaba en especie; y lo que de ello andaba al alcance de su mano, no era de lo que se queda fácilmente entre las uñas, por diestras y afiladas que sean. La Galusa lo conoció muy pronto, y pensó en clavarlas más adentro, para llevarse, no una tira de la piel, sino el animal casi entero. Este propósito, que ya le tuvo desde el punto y hora de enviudar su amo, se enseñoreó de ella con doblado imperio tan pronto como acabó de convencerse de que no eran bastante las migajas de aquella mesa para saciar unos apetitos como los suyos. Pero le salieron erradas estas cuentas, que le parecían tan galanas y hasta muy puestas en razón. Su predominio con el viudo no alcanzaba á tanto como eso. El Berrugo podía tener una debilidad de cierta clase; pero dejarse atar de pies y manos, como su criada pretendía para desplumarle á mansalva... ¡á buena puerta llamaba con su tapujo la culebrona!

Resignóse la Galusa, por no perderlo todo, á quedarse, por entonces, sin lo soñado, y dejó al tiempo que resolviera en definitiva; pero sin soltar la veta por donde tenía cogido á su amo.

Considérese ahora si le parecerían de perlas los proyectos de su sobrino; proyectos que jamás se le habían ocurrido á ella, porque habiendo negado Marcones «por aquéllas que eran cruces» lo de su fracaso con la moza de Piñales, y vuéltose en seguida al seminario, tan fresco, al parecer, como si fuera verdad lo que juraba, creyó su vocación muy decidida; y en este caso, ¿á qué ni para qué echar con las ideas por aquéllos ni por otros derroteros semejantes?

Dueño Marcones de Inés—¡y vaya si la conquistaría por malas ó por buenas en cuanto se le franquearan las puertas de la casa!—lo sería también del gato; y siendo dueño del gato el sobrino, en cambio de la ayuda que la tía le prestara, sacaría ésta una tajada en un dos por tres, como no podía esperarla nunca de su amo, por esclavizado que le tuviera á su yugo.

La dificultad única y por de pronto, consistía en que el Berrugo, que tan á regañadientes había dado dinero, aunque bien poco, para ayudar á Marcones en su carrera, consintiese en verle holgando en su casa después de haber ahorcado los libros. La Galusa se encargó de vencer esta dificultad como mejor supiera y pudiera; y pudo y supo lo bastante para conjurar las iras y resistencias de su amo con un buen trasteo de embustes: al cabo, no se trataba de pedirle dinero ni cosa que lo pareciera, sino de enterarle de que Marcos, por motivos bien ó mal forjados en la inventiva de éste, se había visto obligado á hacer un alto en su carrera; alto que podría durar dos ó tres meses... lo mismo que dos ó tres años.

Ello fué que Marcones, después de hecho este desbroce en el camino de sus intentos, dió en visitar á menudo á su tía; que se pasaba las tardes enteras en la casona de Robleces, «porque»—como decía á su amo la Galusa,—«el pobre muchacho era tan cariñoso y agradecido, y tan apenado se veía por el percance, que en ningún rincón hallaba sosiego sino al lado de su tía y de su generoso protector;» que Marcones trataba de interesar á Inés en sus conversaciones, siempre que podía; que la Galusa sabía dejarse caer á tiempo sobre las indiferencias geniales de Inés, con discretos panerígicos de las prendas del mozón, cuando éste no estaba presente; y por último, que, á pesar de que Inés y Marcones se habían tratado muy poco hasta entonces (porque no fueron muchos los viajes que el segundo hizo á Robleces después de atrapado el auxilio que la Galusa logró arrancar á su amo) y de no haberla caído nunca muy en gracia, no vió con disgusto aquellas largas visitas del de Lumiacos, con las cuales distraía un poco la insulsez enervante de su método de vida. Y es de advertir aquí que Marcones, cuando se empeñaba en ello y no se lo estorbaba la iracundia feroz que le poseía, era dulce de palabra y bondadoso de mirar, y daba á las conversaciones, ya que no gran interés, porque le faltaba ingenio, cierta unción que seducía fácilmente á personas tan desprevenidas é inexpertas como la hija de don Baltasar.

Por el médico don Elías se conocen los principales rasgos del carácter y de la naturaleza física de este mozo. Poco queda que añadir aquí para terminar su retrato de cuerpo y de alma. Aquél era grandote, más por lo macizo y relleno que por lo alto, aunque lo era bastante; relleno y macizo de tal suerte, que en cualquiera porción de él en que se fijara la vista predominaba la curva cerrada, casi hasta la circunferencia; los pies, las manos, los hombros, el pescuezo, la cara: otros tantos círculos mal hechos; bollos híspidos, más chicos ó más grandes; aquí uno por uno, allá sobrepuestos ó acoplados; pero siempre el bollo, particularmente en la cara, que se componía exactamente de dos, uno más pequeño que otro, unidos de golpe, quedando hacia abajo el más grande y correspondiendo las sienes y parte de las orejas á la mayor depresión de los perfiles laterales. Sin embargo, la cara no resultaba fea, porque los ojos eran grandes, negros y expresivos, y la boca y la nariz muy regulares. El color, ordinariamente, moreno limpio, de nariz y mejillas arriba; y de allí para abajo, incluyendo la papada y cuanto se veía del pescuezo, el negro agrisado del cisco, resultante de la gran espesura y fortaleza de su barba rapada. Digo que ordinariamente era moreno limpio su color, porque cada movimiento del ánimo le transformaba en verde bilioso, así como á la habitual dulzura de su mirada, en celaje fulmíneo.

Con ser tan de bulto esta figura, lo primero que un buen observador veía en ella era lo de adentro; y no le ocurría pensar lo que al vulgo de los que miran: «este hombre sería hasta buen mozo si estuviera vestido de claro y no tan relleno,» sino «eso es un odre de iras y concupiscencias.» Era demasiado transparente el cendal para que, sabiendo mirar, no se viera debajo el hervidero de lavas dispuestas á saltar en chorros al primer alfilerazo que se diera allí.

Inés, que era vulgo para mirar como para tantas otras cosas, pensó también de Marcones, oyéndole y observándole despacio y muy de cerca, que con menos carne y con ropa más alegre, podía ser «hasta buen mozo.» Y eso que Marcones se había presentado en Robleces con la menor cantidad posible de seminarista, en lo externo; pero tras de que hay oficios y carreras que imprimen sello indeleble en quien los ejerza ó siga, la secularización del de Lumiacos no podía pasar de ciertos límites si no había de fracasar en la introducción la comedia que se disponía á representar.

Á pesar de esta precaución indispensable, como la paciencia no era la virtud del seminarista, procuraba éste aprovechar bien el tiempo; para abreviar los trámites de su proyectada empresa; y sin descubrir todavía la punta de sus intenciones, preparaba el terreno desplegando ante Inés todo lo que él creía pompa de sus recursos; y ahora con un latín del Doctor angélico, después con la explanación de un punto de moral práctica, luégo con una descarga de apóstrofes contra las malas costumbres del día, otra vez con un himno dulzón á la doncella fuerte, y un catálogo muy encarecido de las prendas que debían poseer los hombres para ser dignos de la amorosa elección de «ciertas mujeres,» lograba producir en el ánimo de la indocta hija de don Baltasar algo de la fascinación que en el del tosco lugareño ejerce el charlatán que traga estopas ardiendo y escupe luégo cintas de colores. Por de pronto le admiraba Inés por lo mucho que sabía y hasta por lo bien que lo charlaba. Después, hay que tener presente que Marcones era la única persona, relativamente culta, que había tratado íntima y familiarmente; que ciertos puntos que Marcones había tocado en sus fogosas homilías sobre determinados movimientos del corazón humano, eran casi los mismos que tantas veces había querido explicarse ella durante los pasajeros arrechuchos de su alma; que el preopinante era vehemente y que se poseía hasta echar lumbre por los ojos cuando, hablando de estas cosas, los clavaba en los serenos y dulces de Inés; que Inés era toda sinceridad y buena fe, al paso que en el otro no había pizca de semejantes ingredientes; y teniendo presentes estas cosas y otras que fácilmente se presumen, no es de extrañar que si la admiración de Inés no pasaba de la sapiencia de Marcones, su curiosidad hallara en la persona del sabio un cebo que no ofrece el hombre que come estopas encendidas, al palurdo que le admira por eso solo.

Desde luégo, en el mucho saber del seminarista halló Inés la medida de su propia ignorancia, y hasta tuvo sus conatos de avergonzarse de ella; no porque sintiera la necesidad de conocer los Lugares teológicos ni la gramática latina, que á desconocer esto no lo llamaba ella ignorancia, sino porque, fuera del catecismo y de escribir desastradamente, no sabía pizca de nada; y esto era demasiado poco saber para la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera... ¿Dejó traslucir Inés este pensamiento? ¿Se le adivinó Marcones? ¿Entraba en los planes de éste el acuerdo á que el caso dió lugar? ¿Anduvo en el ajo la Galusa? No se sabe; pero es lo cierto que un día quedó convenido entre Inés y él, con pleno y gustosísimo consentimiento de don Baltasar, que Marcones, tan suelto de pluma y entendido en cuentas, en gramática y en otros ramos de la primera enseñanza, comenzaría á dar lecciones á Inés, tan asidua y provechosamente como el mejor maestro de escuela.

Y henos aquí, aunque no tan pronto como yo había pensado, empalmando el remate de esta digresión indispensable, con los corrientes sucesos de este libro, en el punto en que quedaron al despedirse don Elías de Pedro Juan, después de haber salido éste de casa del Berrugo.