IX

LAS COSAS DE DON ELÍAS EL MÉDICO

Desde aquel instante, ya fué don Elías otro hombre; porque el médico de Robleces tenía esa gran fortuna en medio de tantas desgracias: un simple cambio de escena bastaba para dar nuevo colorido á sus pensamientos. Á solas con Inés, ya no se acordaba de su padre ni de los asuntos que con él acababa de tratar: otros cuidados muy distintos comenzaron á devorarle y á consumirle. Hubiera dado una oreja por saber de la boca misma de Inés si estaba ya bien enterada de los intentos con que entraba en su casa Marcones el de Lumiacos, y si, caso de estarlo, le habían parecido mal, como era de suponer. Había averiguado él estos intentos con un lujo increíble de pesquisas, y hablando mucho de ellos entre sus hijas, que se perecían por esas cosas, y en varias cocinas del lugar y hasta en medio de la calle, de lo que fué testigo el lector; y era muy natural que ardiera en deseos de inquirir lo que le faltaba, y de beberlo en buena fuente, por el gustazo de correrlo en seguida por el pueblo, sin olvidarse de bajar á Las Pozas en busca de Pedro Juan, que era el último con quien había tratado del negocio de Marcones, para decirle, como á todo el mundo: «Lo sé de su misma boca: Inés no le traga por buenas; y antes será muerta que convencida.»

Porque para el médico no tenía duda que Inés aborrecía á Marcones, si Marcones la había descubierto tanto así de sus ambiciosos planes; y menos lo dudaba cuanto más paraba los ojos en la hija de don Baltasar, con su mirar tan dulce, con su estampa de princesa... y con un caudal «tan atroz;» porque, á juicio de don Elías, «debía de ser atroz el caudal de aquella chica, después de la barbaridad que había heredado de sus abuelos de San Martín de la Barra.»

Pero ¿por dónde le hincaba el diente al asunto? Cabalmente era hombre que no servía para tanteos insidiosos: lo reconocía él mismo; le acosaban demasiado las impaciencias, y en seguida se le iba la burra.

Enfrascado en estos cálculos que le ponían nervioso, don Elías dejaba pasar el tiempo sin dirigir una sola palabra á Inés, la cual se extrañaba de aquella mudez en un hombre tan comunicativo y locuaz de ordinario. Reparaba también la hija de don Baltasar en la avidez cariñosa con que la contemplaba el médico, y en el desasosiego con que se revolvía en la silla; y haciéndole suma gracia todas aquellas cosas de don Elías, acabó por sonreirse sin apartar de él la mirada medio escondida entre los párpados, contraídos por unos frunces muy monos.

No sé si creía el médico de Robleces en el fluido magnético y en las corrientes simpáticas, ni si había oído hablar de ello siquiera en todos los días de su vida; pero lo que no tiene duda es que andando él en lo más empeñado de sus hipótesis y escarbando con la imaginación en los profundos de la mente de Inés, fué cuando ésta le sonrió; y tan preocupado estaba el hombre y tan aferrado á su idea, que en aquella sonrisa vió y oyó clara, clarísimamente, que le preguntaba Inés, así, en estas terminantes palabras:

—¿No es verdad, don Elías, que he hecho bien en negarme á eso?

Con lo que el iluso acabó de dispararse, y respondió en voz firme, acompañándose de un bastonazo en el suelo:

—¡Sí, señora!... ¡admirablemente! ¡perfectísimamente! ¡Y le está muy bien empleado al sin vergüenza!... ¡Y que vuelva por otra!...

—¡Pero, don Elías!...—exclamó Inés sobresaltada con aquel estallido del médico.

Despertó éste de su pesadilla con la exclamación de Inés, y se deshizo en excusas; pero sin arrepentirse de la «providencial» alucinación.

—Perdone usted, Inesita—la dijo.—Tengo la desgracia de interesarme demasiado por los negocios ajenos... pero también el don de leer claro donde el más lince no ve jota... Es el temperamento, créalo usted. ¡Á veces me arden allá dentro unas luces!... Y como sucede además que tengo la costumbre de soñar recio...

Y al mismo tiempo pensaba:

—Ha sido una entrada como otra cualquiera; y me alegro, porque el golpe dado está, y ya sabes á qué atenerte... como lo sé yo también por lo que se te ha escapado... Al buen entendedor...

En esto llegó á la sala don Baltasar con una rastrilla en la mano. Levantóse Inés, salió, y ocupó su padre la silla que ella dejaba.

—Vamos—dijo el Berrugo á don Elías,—á rematar en pocas palabras... en pocas palabras he dicho, eso que dejamos pendiente.

¡Ya estaba otra vez el médico boca abajo! ¡Ya era el hombre agobiado por las desdichas, que iba á «echar un memorial» al poderoso para pedirle un mendrugo de pan! ¡Ya le habían caído de repente encima del alma toda la negrura y todo el peso de la realidad de su miseria! Entristecióse de nuevo y volvió á encogerse. La fe que tenía en la importancia de su proyecto, no alcanzaba á darle la más leve esperanza de que el hebreo aquél aflojara la bolsa para ayudarle; el ficticio valor que le prestaba el recuerdo candente de aquellos días esplendorosos, acababa de gastarle, y no era cosa de volver á empezar por allí, ni el Berrugo se lo hubiera consentido; y tan desalentado se vió, que estuvo tentado á despedirse dejando las cosas como estaban. Pero le arreó don Baltasar con una mirada de las suyas, y el hombre se arrojó al asunto como pudo haberse tirado por el balcón de enfrente.

—Pues, señor—dijo pasándose el pañuelo de yerbas por toda la cara y luégo por el cogote y dándole después dos paseitos por encima de los sesos,—el caso es el siguiente: un molino maquilero, de cuatro ruedas, puede moler con desahogo seis fanegas al día, pico más ó menos... Me parece que no peca de alegre la suposición. Estas seis fanegas cada día, me dan al año, en números redondos, dos mil doscientas, ó séanse ocho mil ochocientos celemines. Estos ocho mil ochocientos celemines, me dan á mí de maquila ocho mil ochocientos maquileros; los cuales ocho mil ochocientos maquileros, son lo mismo que quinientos cincuenta celemines, ó doscientas veinticinco medias fanegas; doscientas veinticinco medias fanegas, á duro cada media fanega, son lo mismo que doscientos veinticinco duros, ó sean cuatro mil y quinientos reales... Me parece que esto es pura matemática.

Decíalo don Elías, porque le estaba poniendo en graves dudas el intraducibie gesto con que le miraba su interlocutor. Para asegurarse más de que iba por lo firme, sacó los papelotes del bolsillo, escogió uno de ellos, dióle un vistazo y añadió á lo dicho poco antes:

—Justo y cabal: cuatro mil y quinientos reales. Esto, por un lado... Por otro: cuatro cerdos á cuarenta y cinco duros uno, grande con mediano, son lo mismo que ciento ochenta duros, ó sean tres mil y seiscientos reales; que añadidos á los cuatro mil y quinientos de arriba, suman la cantidad redonda de ocho mil y cien reales... Pura matemática también.

Y se quedó mirando á don Baltasar, que no le dijo palabra ni dejó tampoco de mirarle. Creyóle convencido el médico, le alentó mucho esto porque aquel hombre era así, y exclamó, irguiéndose hasta con cierta arrogancia:

—Señor don Baltasar: con ocho mil reales (quito los ciento) y la pobreza que me vale el partido, era yo el hombre más rico de la cristiandad.

—No lo dudo—dijo al fin don Baltasar con una parsimonia inconcebible en él, aun suponiéndole capaz de divertirse con las cosas de don Elías.—Pero siga usted con la cuenta galana. Ya tenemos lo que da el molino: falta ver lo que toma.

—Nada, señor don Baltasar, nada como quien dice: un molinero, que con las propinas y su buen arte y un piquillo de surplús, que sale de aquí y de allá, estará hecho un canónigo. Este retejo y aquella reparación... ¡nada, señor don Baltasar, nada! eso y mucho más sale del excedente de molienda que no consta en el presupuesto, y de ciertos recursos que se irán desenvolviendo según el negocio vaya marchando. Los cuatro cerdos: menos que nada: los compro lechazos, engordan con las barreduras, se ponen en ocho meses que no caben por la puerta, y los vendo á puja mayor, porque han de sacarme los ojos por ellos. Ya sabe usted que no hay cerdo más solicitado que el cerdo de molino...

—Corriente, señor don Elías, corriente... y siga usted con la cuenta galana... Ya no nos falta más que tener molino.

Desplegó el médico el papelón más grande de los que tenía entre manos, lleno de dibujos toscos y de garabatos incomprensibles, y dijo contoneándose en la silla:

—El molino: aquí está el plano, con su escala y todo. No está puesto en limpio, que eso ya lo haría, si fuese necesario, pincel más diestro que el mío; pero está bien clara cada cosa... Llave en mano, no debe costar un maravedí más de sesenta y dos mil reales... Aquí constan las razones.

—Que estarán muy en su punto: corriente también. ¿Qué nos falta ahora, señor don Elías?

—Pues... buscar esos sesenta y dos mil reales.

—Y ¿dónde están ellos?

—¡Esa es la negra, señor don Baltasar!

—Pues suponga usted que no es tan negra como parece, y que hay un desesperado que los da...

—Negocio concluído entonces.

—Corriente: ¿y qué rebajamos de los ocho mil reales de producto, por réditos de ese capital?

—Ni un ochavo, señor don Baltasar... Esa miseria saldría del mismo fondo que las otras: de acá y de allá, y del auge que fuera tomando el negocio.

—Corriente también. Y ¿con qué respondemos á su dueño de esa miseria que nos presta para hacer el molino?

—Con el molino mismo.

—Es de razón. Pero un día se levanta ese hombre de mal temple, y se llama á lo que es suyo.

—Nos veríamos en ese caso, señor don Baltasar; nos veríamos. ¿No hay más que llamarse á lo suyo así, de golpe y porrazo? Está previsto todo en mis cálculos. Ese hombre me firmaría, ante todo, una cláusula de no reclamar cosa alguna, fuera de los intereses, en un mínimum de treinta años. En ese tiempo, con un poco de economía y el natural desahogo que me fuera dando el incremento de la finca, iría yo matando la deuda sin sentirlo.

—Pues no he dicho nada, señor don Elías. Es usted más pájaro de lo que yo pensaba en punto á estos particulares. ¿Y dónde plantamos el molino, para ponernos al cabo de todo... si es que se puede saber?

—El molino, señor don Baltasar (y en esta estriba la firmeza de mis cálculos), se plantará donde no tengamos que temer ni las sequías del verano, ni los aguaduchos del invierno: en el último canalizo de acá, de la Arcillosa, según se la mira, á la mano izquierda: hay allí anchura y fondo para un navío de tres puentes, con una angostura que se salta de un brinco desde la sierra, y que está como puesta allí para dar ingreso al molino. Lo demás ya lo sabe usted: viene la marea, abre usted los saetines; ya está el agua en casa, cierra usted los saetines; baja la marea, abre usted los saetines y empiezan los rodetes á danzar, á razón de quince horas diarias; y así todo el año, como un reló, con el agua represada en el canalizo, que me ahorra el mejor de los camarados y la mejor de las presas, que son la ruína de los molinos; porque amén de lo que cuestan de nueva planta, de aquí las refuerza usted hoy, y de allá se quebrantan mañana, y es el no acabar en todo el año de Dios; cosa que no ocurrirá en el mío, y por eso dije antes que no hay para qué mentar como gasto las reparaciones que ocurran. ¿No es una hermosura esto, don Baltasar, y no parece mentira que no haya dado nadie hasta ahora en escarbar esa mina de oro?

—En verdad que mentira parece, señor don Elías. Pero dígame y perdone: ¿qué es lo que tengo yo que hacer en esa mina, y por qué lado puede interesarme á mí, como me dijo al principio?

El médico estaba maravillado de la paciencia y la afabilidad con que le atendía aquel hombre, cuyas despabiladeras eran proverbiales en el lugar; y creyéndole en buen cuarto de hora, se aventuró á decirle derechamente:

—Con usted contaba yo para darle la preferencia en el anticipo de los sesenta y dos mil reales, si el negocio no le desagrada, tal como se le he expuesto.

—Hombre—respondió el Berrugo apoyándose en la rastrilla como antes se había apoyado en el horcón,—el negocio, para usted, me parece morrocotudo, por mal que le salga, si llega á andar el molino. Pero me dijo usted al principio que podía interesarme á mí tanto como á usted; y hasta ahora, fuera de la cláusula de los treinta años como mínimum del plazo para el préstamo, no veo cosa que me tiente mucho...

—Ha de tener usted presente—repuso don Elías algo apurado por la observación de don Baltasar,—que el cálculo está hecho á menores; que se cuenta con la prosperidad del negocio, y que con ella y sin ella, á ese capital nunca le faltaría una ganancia harto mejor que la que dan aquí las tierrucas de la mies; ganancia que si pasa del uno y medio, me dejo yo segar el gaznate.

—También es verdad eso—dijo don Baltasar oscilando sobre la rastrilla.—En fin, que es usted, señor don Elías, el mismo Satanás para oliscar tesoros... Hombre—añadió levantando de pronto la cabeza y mirando de hito en hito al médico,—y ya que salió la palabra: ¿qué opina usted de los tesoros enterrados? ¿Cree usted que los hay y que hay tantos como se dice?

Lo mismo que si le hubieran restregado la piel con un manojo de ortigas, se estremeció don Elías de repente al oir las preguntas del Berrugo; y con los ojos encandilados y acentuando las palabras en el suelo con la contera de su bastón, estalló así:

—¡Yo creo, señor don Baltasar, en los tesoros ocultos, y creo que el mundo está lleno de ellos, y creo que en España abundan más que en ninguna parte! Yo no los he visto, soy franco; pero conozco muchas gentes enriquecidas con ellos; y se me han referido y demostrado cosas á ese respecto... y me han sucedido otras tan extraordinarias, que dejarían turulato al hombre de menos tragaderas. Afirmo, pues, que hay tesoros, ¡muchos tesoros ocultos!; que está sembrado de ellos el suelo español... y que quizás el más rico de todos esos tesoros le tenemos usted y yo á las mismas puertas de nuestra casa.

—Supongo—dijo don Baltasar, tan colgado de la rastrilla y tan atento á las declamaciones ardorosas del médico, que parecía estar empeñado en partirse en dos con el ástil, de arriba abajo,—que no se referirá usted ahora al molino de antes.

—¡Qué molino ni qué cazuelas!—respondió don Elías con el más despreciativo de los desdenes.—¡Para hacerle de diamantes habría con el tesoro que yo digo!

Y como don Elías levantara la voz á medida que se iba entusiasmando, tapóle la boca con una manaza don Baltasar, y díjole recatándose, y muy por lo bajo:

—Hombre, si á usted le fuera lo mismo, podríamos continuar hablando de eso en otra parte... ahí, en esa pieza que es mi cuarto. No es porque yo dé importancia al asunto, sino porque no hay necesidad de que nadie se entere y nos tome por locos.

—Más loco será quien por locos nos tenga, señor don Baltasar,—respondió don Elías, con grandes trazas de estarlo ya de remate, levantándose de la silla, embolsándose los papelotes y disponiéndose á seguir á su interlocutor, que, puesto de pie y con la rastrilla en la mano izquierda, le señalaba con la derecha el cuarto que tenía la entrada por una de las cabeceras del salón.

Coláronse ambos allí, donde no había más que una cama, dos sillas, un palanganero con sus avíos maltratados, una percha con poca ropa, y esa vieja, y bastante roña por los suelos.

Sentados nuevamente los dos personajes, era de ver lo que se había crecido don Elías, de cuyos labios y actitudes atrevidas parecía estar pendiente su interlocutor, como el zorro consabido de lo que soltara de su pico el cuervo de la fábula.

—¿Apostamos dos cuartos... ó lo que usted quiera—comenzó don Baltasar, guiñando los ojuelos, con la barbilla en la palma de la mano izquierda, el codo sobre el muslo y en la diestra la rastrilla, pinos arriba,—á que sé yo qué tesoro es ese que usted supone tan cerquita de nuestra casa?

—¿Apostamos—respondió don Elías, imitando cuanto pudo la postura, el gesto y hasta la voz de don Baltasar, y añadiendo por su cuenta una sonrisilla entre nerviosa y truhanesca,—apostamos los sesenta y dos mil reales del molino á que, aun suponiendo que sepa usted de qué tesoro se trata, porque apenas hay quien no le conozca de nombre, ni usted ni mortal viviente del globo terráqueo tiene las noticias que yo tengo de él?

—Pues si tantas noticias tiene usted de ese tesoro—dijo don Baltasar ganando un punto á don Elías,—¿en qué consiste que no le ha echado ya la zarpa?

—No quiere decir tanto como eso lo que ya le he dicho á usted, señor don Baltasar—replicó don Elías, tan valentón como antes.—Yo le he dicho, y lo repito, que no hay sér viviente en el universo mundo que tenga mejores noticias que las que yo tengo sobre el particular de que tratamos. Podrán no ser estas noticias, sin dejar de valer lo que valen, lo suficiente para poner la mano encima de la cosa oculta; podrán ser más que sobradas para otra persona más firme que yo de voluntad, más codiciosa é de mayores recursos, ó menos dispuesta á tumbarse con la carga al primer tropiezo del camino; pero valgan ó no valgan de la manera que digo, esas noticias que yo tengo, señor don Baltasar, son de tal arte y adquiridas de tal modo, que al hombre de más agallas le harían tiritar de asombro y le pondrían los pelos de punta, como me los pusieron á mí... y se me ponen ahora con sólo recordarlo...

Y no exageraba don Elías: mientras hablaba así, le echaban lumbre los ojos, y parecía que se le erizaban las barbas y los mechones grises de la cabeza.

—¡Pataratas!—exclamó entonces don Baltasar cambiando su postura por otra muy desdeñosa; pero con intención visible de herir el flaco de don Elías para que soltara el queso.

—¿Pataratas?—repitió el desapercibido médico, no cabiéndole ya en la silla y dispuesto á confundir al Berrugo con la prueba espeluznante de lo que afirmaba.

—Pataratas no más,—insistió el de la rastrilla, volviendo á colgarse de ella con las dos manos y haciendo como que no daba un alfiler por cuanto pudiera referirle el otro.

—Pues vamos á verlo ahora mismo—concluyó don Elías, que casi se desnudaba de pura desazón que le producía la desdeñosa incredulidad del Berrugo.—Y entienda usted, señor don Baltasar, que esto que le voy á referir lo sabremos en el mundo usted y yo solos... ¡Y ojalá sea más activo, más perseverante y más afortunado que yo!

—Amén—dijo el Berrugo.—Y ahora, vengan esos espantos; pero por lo más derecho que usted pueda, porque se me van acabando los aguantes.

Don Elías no esperó la segunda provocación del Berrugo. Le brotaban las impaciencias por todas partes: por los ojos, en llamas; por los poros, en sudor. Como que el bendito estaba en sus glorias entonces. ¡Qué molino maquilero ya ni qué calabazas, ni qué se le daba á él por tener la casa llena de desventuras y de miserias, ni porque el seminarista de Lumiacos entrara en la casona de Robleces con estos propósitos ó con las otras miras? Confundir á aquel hombre tan duro de pelar, y además de confundirle, maravillarle: eso era lo que había que hacer en el mundo, y eso podía hacerlo él, y lo iba á hacer en el acto. Tirando á dar de ese modo, dijo así, saboreando las palabras y encareciéndolas mucho:

—Hará cosa de ocho meses, bajé á Las Pozas á visitar al Lebrato, que se hallaba en cama desde la víspera. Tenía calentura y se quejaba de un dolor al costado. Le dispuse lo que me pareció conveniente, y al otro día ya le encontré sin novedad. Es duro el hombre ese y animoso como él solo. Con todo y con ello, no le dejé que se levantara por entonces, por temor de una recaída. Tomando pie de esto, y sobre si el que come de su trabajo no puede ni debe cuidar de la salud como los que tienen el riñón bien cubierto, hubimos de hablar largamente los dos; porque el Lebrato, como usted sabe, es hombre verboso y muy entretenido, y á mí me gusta oirle: tenía en aquella ocasión poco ó nada que hacer, y le fuí dando cuerda. Puede que usted sepa también que ese sujeto tiene la costumbre, cuando de riquezas se habla con él, de comparar las más grandes con los tesoros del Pirata: el caso es que aquel día volvió á sacar esos tesoros á cuento, como los ha sacado mil veces, y los sacan á cada paso muchas gentes de este lugar y de otros de la Ribera. Yo, que siempre lo he oído como quien oye llover y la he tomado en el son que me lo cantaban, aquel día, séase por buscar un motivo más de conversación, ó porque las cosas vinieron dispuestas así por decreto misterioso, tuve la ocurrencia de preguntar al Lebrato qué tesoros eran esos que tan á menudo oía nombrar desde que me hallaba en Robleces. Entonces el preguntado me refirió lo que, por lo visto, es aquí versión corriente... y será eso que usted dice saber, con mucha ponderación, lo mismo que si supiera algo de fuste.

—Ya se irá viendo, señor don fanfarrias, lo que usted sabe, y ello nos dará el valor de lo que yo sé. Diga, diga por de pronto lo que le refirió el Lebrato.

—Nada en substancia, señor don Baltasar: que se sabe que en tiempos que casi se pierden de vista, había un pirata por estos mares que robaba hasta la saliva al sursuncorda; que como no tenía suelo en qué poner el pie sin la seguridad de que no le colgaran, mientras se iba redondeando á su gusto para campar por sus caudales donde quiera que se presentara—porque en esto de respetarse al ladrón de tesoros, los tiempos no han cambiado hasta la fecha cosa mayor,—escondía en un sitio de esta costa lo que pirateaba más lejos ó más cerca de ella; que esto acontecía en aquellas épocas en que venían de las Américas los barcos abarrotados de onzas de oro y de perlas preciosas, y que á la caza de estos barcos andaba el pirata día y noche, con buena fortuna; que fuérase porque la mar se le tragara de por sí, ó porque se encontró con lo que merecía donde menos se lo esperaba, desapareció de repente y para in sæcula de esta costa, dejando ocultos en ella los tesoros que había robado; que si estos tesoros están en cueva más ó menos escondida ó sepultados en tierra firme, no se sabe; pero que no hay quien dude que están en esta costa y que darían, por su gran valor, para comprar media España; y finalmente, que de esto no se duda, porque viene y ha venido la historia de boca en boca y de padres á hijos hasta la presente generación... Esto es, señor don Baltasar, lo que se sabe de público... y lo mismo que sabe usted; porque usted no sabe de ella una jota ni una tilde más.

—Ni usted tampoco,—respondió resueltamente don Baltasar dando un rastrillazo en las tablas.

Sonrióse convulso don Elías, y dijo:

—Ahora lo vamos á ver.

Se enjugó el sudor de la cara nuevamente con su pañuelo de yerbas, y continuó así, arrimando un poco más su silla á la del Berrugo:

—Esta conversación la tuve yo al anochecer con el Lebrato; y cuando me caminaba hacia mi casa por el recuesto arriba, apenas distinguía la senda más que por su blancura. Aquel día, señor don Baltasar, había sido uno de los más negros para mí, por el estado de la médica agravado por un encono repentino de sus humores, y el extremo en que nos tenían acorralados á todos las escaseces del hogar, por dificultades en la cobranza del tercio. Mala había sido la semana; pero aquel día fué, como le he dicho, de lo peor. Declárolo así, porque bien pudiera haber tenido ello parte en que yo diera tanta importancia como la que dí á la historia del Lebrato. Ello fué que subí al barrio pensando mucho en los tesoros enterrados ahí enfrente; que llegué á casa; que la casa me pareció un camposanto con los muertos sin enterrar; que comparé aquellas tristes miserias con las pompas del tesoro que yo llevaba en la cabeza; que la comparanza me echó el alma por los suelos, y que sin poderla levantar de allí y corriendo las horas entre los ayes de la enferma y el vocingleo de las hijas, me fuí á la cama... sin cenar bocado, porque no le había en casa, señor don Baltasar, ¿á qué negarlo? Tampoco niego que me acosté con hambre: nunca había andado más ni comido menos que aquel día. El hambre no es el mejor llamativo del sueño; y con este gusanillo en el estómago y la cabeza abarrotada de onzas de oro y de diamantes, de piratas ahorcados y de cuevas y peñascos de la costa, el corazón me golpeaba allá dentro como un desesperado, y la piel me escocía como si me la ortigaran. Tumba de aquí y vira de allá, buscando posturas que siempre resultaban peores, el tiempo pasaba y yo no me dormía; la médica dejó de quejarse, como si se hubiera muerto; las hijas ya no chistaban; en el aire no se oía un mosquito; el silencio era el de las sepulturas, y la obscuridad, negra, negrísima, como yo no he visto otra en noche cerrada. Echéme, al fin, boca arriba, y púseme á hacer castillos con el tesoro. Ya era yo príncipe con carrozas, y andaban en mis palacios los jamones por los suelos y los chorizos á patadas... cuando, amigo, se abre la puerta de la alcoba... y entra por la abertura un rayo de luz que me envuelve toda la cabeza... y detrás del rayo de luz... la mano seca; y detrás de la mano seca... el cuerpo arrebujado en la sábana de siempre y con la cara al descubierto.

—¿El cuerpo de quién, hombre de Dios?—preguntó don Baltasar que se iba poniendo algo nervioso, quizá más que por oir á don Elías, por verle.

—¡El de mi hermana Dorotea!—respondió el médico, entre crispaturas de sus nervios.

—¿Y qué hermana es esa, que yo no conozco?

—Una hermana, señor don Baltasar, que iba para santa, si es que no lo era ya; que adoraba en mí, y se nos murió de la noche á la mañana, en la flor de su hermosura, durante aquellos disgustos con motivo de la pérdida de los treinta millones de la familia...

—Enterado, enterado y siga usted adelante,—dijo aquí el Berrugo cortando la palabra al médico, con lengua, con manos y con ojos, y hasta con la rastrilla, temeroso de que volviera á echarse con la histeria por aquellos derroteros.

—Una hermana que se me aparece muy á menudo, no solamente en la obscuridad de la noche, sino á la misma luz del día y cuando menos lo pienso, como vaya solo por el monte ó por alguno de estos callejos hondos. Siempre se me aparece envuelta en la misma sábana, y de noche nunca le falta la linterna. Las más de las veces se contenta con mirarme; y cuando me dice algo, nunca es cosa mayor. Yo tampoco la digo nada, porque no lo creo puesto en razón, vista su conducta conmigo. Señas son las que me hace, ¡mucha seña! hasta que se va disolviendo poco á poco, como el humo con el viento.

Mucho era ya lo que sudaba don Elías, y muy estrecha le venía la ropa, á juzgar por los esfuerzos espasmódicos que hacía debajo de ella. Se detuvo unos instantes en su relato; volvió á limpiarse la cara con el pañuelo; y con los alientos cobrados, continuó hablando así:

—En la noche que yo digo, se me acercó mandándome por señas que me tragara hasta los suspiros. Se aproximó hasta el borde de la cama. Yo nunca la había tenido tan cerca, y empecé á dar diente con diente; porque con la luz de aquella linterna, tras de cegarme los ojos, parecía caldearme la sesera. «¡Levántate!» me dijo; y yo, como si la voz fuera cordel que tirara de mí, levantéme y traté de vestirme. «¡Vente como estás!» me ordenó. Preguntéla entonces con los ojos, porque con la palabra no podía, que adónde y para qué. Me comprendió y me dijo: «Adonde yo te lleve.» Púsose en marcha, y yo la seguí, tal como estaba: descalzo y en ropas menores. La noche era de las frías de noviembre; pero yo no reparé en tan poca cosa. Las puertas se iban abriendo sin ruido delante de la fantasma, y yo la seguía paso por paso; y así salimos de la alcoba... y atravesamos la sala... y pasamos el carrejo... y bajamos la escalera... y nos encontramos en la calle. Entonces tomó la visión, por arrimadito á la setura de mi huerto, el camino de la llosa Grande, y yo me fuí detrás, sin mojarme los pies en las pozas de la calleja, que era lo que más me asombraba. Llegamos á la llosa; se puso la fantasma al asomo mismo de la ladera de hacia la ría... y me llamó... Acerquéme y me dijo: «Vas á ver ahora el camino por donde se va á eso que te estaba quitando el sueño.» Lo decía por el tesoro: no podía ser por otra cosa.

Al llegar á este punto el relato, el Berrugo tenía los ojos clavados en los fulgurantes de don Elías, la boca entreabierta y el cuerpo muy arrimado al mango de la rastrilla.

—Y ¿qué sucedió entonces?—preguntó al médico, pareciéndole muy larga la pausa que había hecho el narrador para enjugarse otra vez la cara y dominar un poco las emociones que le tenían trémulo y erizado.

—Sucedió—dijo en seguida,—que la fantasma extendió el brazo hacia adelante, con la linterna en la mano; que el chorro de luz, que salía derecho... derecho, de ella, se fué alargando... alargando... alargando, y atravesó las praderas de abajo... después los camberones... después la sierra calva; y entró en la Ribera, y la atravesó también á lo ancho... y llegó á los coteros de la otra banda por donde se mete la ría para salir á la mar... y avanzó por encima del más chico... y trepó por el que le sigue... hasta encaramarse en el mismo lomo de la costa... Si avanzó más allá, yo no lo pude saber, porque la tierra se acaba allí, y el rayo de luz se estrellaba en el cielo que en aquel punto se junta con la tierra... ¡Y era lo más asombroso de todo esto, que cuanto el chorro de luz iba tocando, se veía tan claramente como puedo ver yo ahora las rayas de la palma de la mano! ¡Así ví yo hasta los mismos peces de la ría!

—¿De modo que vería usted lo que tanto deseaba?—dijo el Berrugo, no sé si burlándose de don Elías ó queriendo aparentarlo.

—De eso no ví pizca, señor don Baltasar, ni verlo debía; porque lo que mi hermana me enseñaba, no era el tesoro, sino el camino por donde se llega hasta él.

—¡Valiente puñado son tres moscas! ¡Valiente real con ocho cuartos y medio!—exclama entonces el Berrugo, visiblemente desencantado.—¡Y esos eran los tantos y los cuántos que usted sabía? Pero, hombre, ¿no se le ocurrió á usted siquiera averiguar un poco más?...

—¡Vaya si se me ocurrió!—dijo el otro visionario.—¡Y bien de preguntas y de ruegos hice á la fantasma! Pero ¡que si quieres! Se calló como una muerta; dióse la vuelta hacia acá; mandóme que la siguiera; y siguiéndola, me llevó hasta mi casa por el mismo camino y del propio modo que me había sacado de ella; me acompañó hasta la alcoba, y en cuanto me vió metido en la cama, apagó de un soplo la linterna... y hasta hoy.

—¡Pataratas, repito!—vociferó el Berrugo, dando otro rastrillazo en el suelo.—Todo eso, con ser tan poco, es pura visión de un sueño con hambre, que es la casta de sueños más visionarios que hay.

—¡Le juro á usted que estaba tan despierto entonces como lo estamos ahora los dos, y que alboreaba ya el día cuando logré trasponerme un poco!

—Y estando usted en la cuenta de que eso que le pasó aquella noche no fué soñado, ¿cómo se explica que desde entonces acá no haya usted dado paso alguno por ese camino que vió?

—¿Y qué sabe usted si los he dado?

—¡Qué ha de dar usted, san simplaina! ¡qué ha de dar usted!

—¡Pues sí, señor, que los he dado! Sépase usted que aquel mismo día por la tarde, con la disculpa de que iba á tomar la barca para pasar á San Martín á visitar á un enfermo, seguí por toda la orilla de la Ribera hasta llegar al punto en que empezó la luz á dar en los coteros de allá; que seguí el camino que tenía yo bien marcado en la memoria, aunque con los rodeos obligados por las curvas que hace allí la ría, y que echando los pulmones por la boca, porque el viaje ese resulta mucho más largo de lo que parece á la vista desde la llosa, me planté en el mismo sitio en que se detuvo la luz. Allí me harté de registrar con los ojos cuanto había al alcance de ellos... ¡y nada! Debajo y á todo lo largo, á derecha é izquierda, un puro peñascal, casi á pico, y un machaqueo de oleajes contra él, que metía miedo; cosa de un cuarto de legua mar adentro, un islote muy grande y muy descarado... y después las aguas sin fin. Rastreando bien el camino á la vuelta, no ví más que sierra pelada... Días después, y viendo que mi hermana no volvía á aparecérseme, consulté el caso con una adivina que llegó á la puerta de mi casa pidiendo una limosna. Confirmó lo que me había dicho la fantasma, pero no me añadió nada nuevo; antes al contrario, me dió á entender que ese tesoro «no sería desenterrado por mí.» Esto me desalentó mucho; y con ello y lo propenso que yo soy á echarme con la cruz de mis pobrezas al primer tropezón, volvíme á mi molino, que es bien hacedero si hallo ayuda, y hasta me olvidé del tesoro; pero sin dejar de creer, como hoy creo con fe ciega, que el tesoro existe de toda verdad, y que está escondido en el islote, ó en la costa, ó en la sierra calva, dentro de la línea que marcó el chorro de luz; línea que, si usted quiere, le señalaré yo desde la llosa y en el punto mismo en que estuve con la fantasma. El que yo no me le lleve, no es razón para que quiera privar de él á otro más afortunado... Esta es la historia—añadió don Elías después de una corta pausa.—Y ahora, con franqueza, señor don Baltasar: usted no sabía, sobre ese tesoro, ni la mitad de lo que yo le he relatado.

—¡Bah!—exclamó el Berrugo en ademán y tono despreciativos, levantándose de la silla al mismo tiempo.—Como la ayuda que usted halle para labrar su molino sea de tanta substancia como las noticias que usted da para descubrir ese tesoro, ¡vaya unas maquiladas de hambre que va usted á cosechar!

—Y á propósito—dijo don Elías, levantándose también y mientras arrimaba á la pared su correspondiente silla,—¿en qué quedamos de eso?

—¿De qué?

—De los sesenta y dos mil reales.

—¿Los que había de anticiparle yo aceptando la preferencia que usted me daba y las condiciones que me expuso?

—Justo y cabal.

Don Baltasar cogió á don Elías por un brazo, muy suavemente; y encaminándose con él hacia la puerta, le dijo:

—Le prometo á usted que han de ser para construir ese molino, los primeros tres mil duros que yo desentierre con las noticias que usted acaba de darme.

—Estimando, señor don Baltasar,—contestó el bueno de don Elías, muy resentido y no poco cortado con la cínica burla del sujeto aquél, que le llevó casi en vilo hasta la puerta de la escalera, donde le despidió con una palmadita en la espalda.

En el estragal se detuvo el médico un instante para limpiarse el sudor de la cara y del pescuezo, operación para la cual no le había dado arriba don Baltasar el tiempo necesario; y es cosa averiguada que mientras recorría con el pañuelo todos aquellos espacios ardorosos, formulaba el resumen de las impresiones que había sacado de la visita, en los siguientes términos:

—Verdaderamente es un lechón ese hombre.

Como es averiguado también que, al salir á la calleja, vió que por ella iba alejándose cierta mujeruca muy chismosa con la que echaba él á menudo largos párrafos; que se empeñó en alcanzarla, que hasta corrió para conseguirlo, y que, después de detenerla y de ponerse cara á cara los dos, la dijo con mucho misterio y jadeando:

—¡Sépase usted que resultó lo que yo me pensaba!... ¡Inés no traga á Marcones ni con jarabe!... ¡Lo sé de su misma boca!... ¡Me lo ha confesado ella misma!