VIII
EL MÉDICO DON ELÍAS
La casa de don Elías era la anteúltima del barrio de la Iglesia por aquel lado en cuya dirección iba él, y se llamaba la casa de los Médicos, por ser la que habitaban todos los titulares del lugar. No servía para otra cosa en un pueblo de labradores, por su relativa pequeñez y aseñorada disposición, ni en el pueblo la había semejante para cumplir los destinos que le habían valido el mote. Cuatro paredes lisas, dos de ellas ciegas, con balcón y dos ventanas en la del Sur, y otras dos ventanas en la del saliente; un tejado de dos aguas con buhardilla y chimenea; la puerta de ingreso debajo del balcón, y un huertuco arrimado á la pared del Este. Tal era por fuera. Por dentro: la planta baja con el arranque de la escalera en el fondo; á la izquierda un pesebre que en tiempos de don Elías sólo sirvió de albergadero de gallinas, y lo restante para vestíbulo y leñera, sin solución de continuidad. En el piso, una salita, que también servía de comedor y, cuando caía una consulta, de despacho del médico; tres alcobas y la cocina. En lo alto, un desván en el que no se podía andar de pie; y paren ustedes de contar.
Allí moraba don Elías con su mujer, tullida por el reúma y encamada seis años hacía, y cuatro hijas mozas, con unos genios y unas inquietudes que no cabrían en la sierra del lugar. No podía calcularse, á ojo, la edad de ninguna de las cuatro: cada una de ellas parecía más vieja que las otras tres; y todas juntas daban, de pronto, la idea de un montón de orujo, resultante de una cosecha exprimida fuera de sazón. No se me ocurre comparación más adecuada al aspecto y atavío de aquellas cuatro mozas. Su padre andaría rayando con los sesenta años, y llevaba trece de médico de Robleces. Á Robleces fué á parar desde tierra de Campos, de donde era nativo; y se había casado en un pueblo de la Rioja, cuyo partido sirvió apenas licenciado en su carrera. Allí pasó dos años, y tuvo la primera hija; á los otros dos, la segunda en la provincia de Burgos; y con los mismos intervalos, mes abajo, mes arriba, la tercera en la provincia de Valladolid, y la cuarta en la de Palencia; con lo que se deja comprender que no calentaba gran cosa los partidos, en los primeros diez años de profesión, el médico don Elías. Tampoco los calentó mucho más en lo sucesivo; pues si de los primeros le arrojaban, ya su mala estrella, ya la ilusión de conjurarla cambiando de postura, de los siguientes le fueron echando las hijas á medida que crecían, y la madre de las hijas según iba viéndolas casaderas, movidas una y otras del mismo impulso y de las propias intenciones, siempre y en todas partes malogradas. De estos fracasos era producto la costumbre de echar pestes aquellas mujeres contra el lugarejo en que residían, al paso que suspiraban por los que iban dejando atrás. Pero de ninguno renegaron y maldijeron tanto como de Robleces, con sus heredades de borona, sus prados rozagantes, sus cajigales frondosos, sus callejones embovedados de bardales, sus brisas húmedas, su cielo nebuloso y sus aldeanos cantadores y en pernetas, que les producían la nostalgia de las llanuras sin fin, del suelo con rastrojos amarillos, del sol de la chicharra en un cielo que se perdía de vista, y de las gentes que le resistían impasibles y taciturnas, envueltas en paño negro, de los pies á la cabeza. Esto era la hermosura, la abundancia y la vida; Robleces la tristeza, la escasez y la muerte. ¡Ah! si su madre no estuviera como estaba tantos años hacía, y por culpa de la indecente charca en que habían caído, ¡qué pronto la hubieran perdido de vista! ¡Allí se habían arruinado ellas; allí habían consumido el caudal que trajeron de reserva, por ahorros en otros partidos y restos de la millonada que fué «de la familia,» y desleales depositarios se comieron de la noche á la mañana! En tal parte ganaba don Elías dos mil duros en metálico y trescientas fanegas de trigo, sin contar el filón de las consultas que acudían de seis leguas á la redonda; en tal otra aún ganaba mucho más, y en cual otra, mucho más todavía; y en cualquiera de esas partes vestían ellas de seda, y andaba la plata maciza tirada por los suelos de la casa. Y todo, todo y otro tanto más, se había confundido en Robleces, donde su madre estaba agonizando y ellas vestían percal, y de los ocho prometidos á su padre por el ayuntamiento y los vecinos, no recaudaban á veces la mitad.
Y por esto, maldición va, improperio viene; y una pelotera con cada vecina que entraba por aquellas puertas, lo mismo que si fuera verdad lo de las grandezas pasadas y la millonada «de la familia,» y como si los de Robleces se lo hubieran comido, y no hubieran gastado las maldicientes el mismo pelaje que en Robleces en cada lugar de la tierra que habían habitado.
Pero lo verdaderamente curioso de esta manía, era que don Elías estaba también contaminado de ella, y que en fuerza de oirlo y de soñarlo, había concluído por creer á puño cerrado que antes de venir á Robleces vestían de seda su mujer y sus hijas, andaba la plata tirada por los suelos de la casa, y hubo «en la familia» una herencia de treinta millones, de un indiano de Méjico, primo hermano de su padre, la cual herencia, apenas empezada á repartir entre los parientes del difunto, desapareció en la ruína fraudulenta de un banquero de Madrid, que la tenía en depósito.
Pero don Elías no injuriaba á nadie más que al banquero, ni pedía cuentas á los vecinos de Robleces de los millones estafados ni de las grandezas fenecidas: antes al contrario, hablaba de todo ello siempre que podía traerlo á colación, y lo traía á cada instante, en tono triste y lamentoso (en ocasiones lloraba); y con tal lujo de pormenores lo refería, que el oyente más incrédulo vacilaba ya. ¿Y cómo tomar por embustero á aquel hombre tan optimista en todo, tan placentero y campechano, con aquella cara bonachona y aquel aire de señor de aldea, pero de los limpios y bien hablados? Era preciso estar más avezado á estudiar caracteres de lo que estaban los rústicos vecinos de Robleces, para conocer de pronto todo lo que había de candor pueril, de histerismo, de inexperiencia y de ignorancia, en el fondo de aquel sujeto, cuya palabra era abundante y jamás mentirosa, si no hemos de entender por mentira todo lo que se dice ajustado á lo que se cree y se siente, aunque sea lo contrario de la verdad.
En los momentos de sus grandes alucinaciones, hasta se olvidaba el infeliz de que su vida profesional fuera de Robleces había sido también una lucha incesante contra la mala suerte que le arrojaba en los partidos más pobres; de las torturas en que ponía el ingenio para inventar específicos ó acometer especulaciones con qué suplir lo que no daba el partido para matar el hambre, nunca satisfecha, de su familia; y de que había sido tan poco afortunado en sus invenciones científicas y en sus empresas industriales, como en la lotería de los partidos médicos.
Pero pasaba la fiebre; y allí estaba don Elías tan campante, husmeándolo todo y sabiéndose de memoria el lugar, de punta á cabo, por dentro y por fuera, pescando al aire un indicio y trepando por él hasta dar con lo cierto ó con lo que por tal se le antojaba; previéndolo todo... después de haber sucedido, y no asombrándose de nada; haciendo misterio de las cosas más triviales; tragándose los mayores absurdos si traían consigo conflictos y perturbaciones; creyendo en aparecidos; conversando de estas cosas con sus enfermos más que de la enfermedad, y devanándose los sesos para discurrir una industria que le proporcionara un mediano sobresueldo. ¡Una industria! Á montones las había capaces de producirle regatos de oro. Pero ¿cuál de ellas no pedía otro de plata para romper á andar? Y ¿dónde tenía él esa plata?
Sin ir más lejos, allí mismo, en Robleces, había una mina sabiéndola explotar bien. ¡Cuántas indagaciones, cuántas horas de velar, cuántos cálculos de pluma le había costado el convencerse de ello! Pero ¿qué adelantaba con estar convencido, si le faltaba lo de siempre, el vil puñado de monedas? Cierto que lo que no hay en casa, puede buscarse en la ajena; pero esas pescas de dinero hay que hacerlas con cebo de cosa que lo valga; y él, en realidad de verdad, ni lo tenía ni lo había tenido en los días de su vida, y por eso ni en Robleces ni fuera de Robleces había logrado plantear negocio que valiera dos cuartos. También sobre esto había cavilado mucho en Robleces, y cavilando y cavilando á medida que crecían las angustias de su hogar con la eterna agonía de la médica, y llegando, por funesta casualidad, á faltarle más de un tercio de la asignación anual por ahogos del municipio y escaseces de los asalariados, tales fueron las de su casa, que se resolvió á llamar á las puertas de la única en que había lo que él necesitaba, casi seguro de que no habían de dárselo. Pero como él decía: «el no, conmigo le llevo; y menos que esto no he de sacar;» y, por último, «yo me ahogo, él es un clavo, y al clavo me agarro, aunque me abrase.»
Con estos alientos en el ánimo, recién hechos, como quien dice, caminaba don Elías aquella noche en que le conoció el lector, hacia su casa, después de terminada su visita, temiendo hallar á la puerta alguna nueva llamada, y con dudas muy fundadas de no tener qué cenar.
No hubo llamada esperándole á la puerta; pero sí grandes señales de haber arriba tiberio gordo. Esto no le apuró maldita la cosa, por ser lo diario y corriente en su casa. Empujó la puerta que estaba arrimada, encendió una cerilla y subió al piso. En el cual se halló á la vallisoletana tirando de la greña á la burgalesa, y á la riojana enredada á denuestos con la palentina, mientras de la alcoba inmediata (porque esto ocurría en la salita) salían, como del fondo de un sepulcro, los ayes angustiosos de la médica. Por el suelo había chancletas esparcidas, y se mascaba el polvo del ambiente.
No se cansó don Elías en preguntar el por qué de aquella pelamesa, ni tampoco en el intento de conjurarla. Dejó que se acabara ella sola, y entró en la alcoba de su mujer para hacerla maquinalmente las preguntas de costumbre y oir los quejidos y lamentaciones de todos los días.
Cuando notó que había cesado lo de afuera volvió á la salita, que no tenía más luz que la que le tocaba de un cabo de vela que ardía muy escondido á la puerta de la alcoba. Preguntó si había qué cenar; y como quisieran las mujeres hacerle juez en la querella mal apaciguada, ocultóse otra vez junto á la enferma sin responder á su pregunta ni desplegar sus labios. Al fin, sobre una mesita de pino que había en la sala, fueron poniendo sus hijas, con airados ademanes y mucho golpeteo, un perol de sopas de ajo, media torta de pan, un huevo pasado por agua, un pedazo de queso duro y un cortadillo de vino tinto. Salió don Elías; cenaron todos de aquello, menos del huevo, que, como el vino, se le sorbió el médico solo; y después de dar el último caldo á la enferma, fueron los sanos á recogerse, no sé cómo ni dónde, porque eran otros tantos misterios impenetrables las alcobas de aquella casa, en cuyas «buenas camas» había que creer por lo que las ponderaba don Elías en todas partes.
Y vamos al caso, que ya es hora.
Don Elías se esmeró en su equipaje al día siguiente más que lo usual; es decir, se puso camisa limpia, la corbata de lunares y el sombrero bueno; porque en cuanto á vestido, jamás tuvo otro que el puesto, intachable, eso sí, de limpieza y buen caer, pues el hombre era como los mismos oros y sabía llevar la ropa, que es un don como otro cualquiera; se echó en el bolsillo más hondo de su gabán unos papelotes; hizo apresuradamente la visita á los dos enfermos que tenía en el barrio, dejando las restantes para la tarde; y á punto de las diez de la mañana, estaba ya en el estragal de don Baltasar Gómez de la Tejera llamando con el puño de su bastón en la media puerta cerrada. Mandáronle desde arriba que subiera, y subió golpeando mucho los peldaños y tosiendo recio, como quien pisa terreno conocido sin miedo alguno y sin maldita la necesidad.
Recibióle don Baltasar en mangas de camisa y con un horcón en la mano, porque acababa de amparar con una laña bien clavada la punta que se le resentía; y le dijo plantándosele delante y cortándole el saludo comenzado:
—Pues ¿quién desea morirse aquí sin que yo lo sepa?
Don Elías sintió entonces que se le enfriaban mucho los ánimos; no porque hubiera pescado la malicia del apóstrofe, que para esto no era tan hábil como para armar torres y montañas sobre el dicho ó el hecho más trivial que corriera por el pueblo, sino porque él llevaba imaginado el argumento de la visita, y en ese argumento no entraban ni las palabras, ni el tono, ni el aire con que don Baltasar acababa de saludarle... Á esto achacaba el buen don Elías su repentino encogimiento; pero el verdadero motivo consistía en que el pobre médico se pasaba de sencillo y tenía más valor para resistir su pobreza que para pedir á un rico la limosna de su amparo; y á los temperamentos así, todo ruido les suena á desaire y menosprecio. Fuera lo que fuese, sucedió que don Elías, sombrero en mano y con el escaso valor que le quedaba, respondió así á la pregunta del Berrugo:
—Ni Dios lo permita, señor don Baltasar... Lo que hay es que me caminaba de la visita, ¿está usted? y pasando por delante de la portalada, me dije: «¡vaya una temporada que hace que no he estado yo en esta casa! Pues vamos adentro á saludar á esos señores... y quizás del tiro hable yo al señor don Baltasar de un asunto que puede importarle.»
Don Baltasar se hizo el admirado de lo del asunto que podía importarle; y mientras se resobaba la barbilla con la mano libre, exclamó:
—¡Hola, hola! ¿Conque nada menos que eso? ¡Vea usted cómo, por donde menos se piensa suele venir la fortuna!
—No lo dije por tanto, señor don Baltasar; pero ya que estamos en ello... valga poco ó valga mucho, hablándolo puede verse.
—¿Y usted desea que hablemos de ese asunto?
—Si usted me concede ese favor...
—Yo, señor don Elías—dijo entonces el Berrugo andando hacia la sala, después de haber echado por delante con un ademán expresivo al médico,—siempre estoy dispuesto á conceder cuanto se me pida, no siendo dinero; porque ese, para mí le quisiera yo.
Esta advertencia fué otro jarro de agua para don Elías; el cual, sin darse por entendido, dijo según iba andando y sin volver la cara:
—¿Supongo que doña Inesita y doña Romana seguirán tan buenas como siempre?
—¿Doña Inesita y doña... quién?—preguntó don Baltasar con una fuerza de acento en el quién, que la sintió don Elías en los ríñones, lo mismo que si por allí le hubiera atravesado el Berrugo con las puntas del horcón.
—La señora Romana, quise decir—replicó en seguida el médico, subiéndole fuego hasta las orejas;—sólo que como ella es tan... vamos, tan digna... por su...
En esto dió un horconazo en el suelo don Baltasar, y dijo á don Elías, hallándose ya ambos en la sala y junto á las primeras sillas:
—Aquí.
El médico se dejó caer en una, como herido del rayo, y el Berrugo cogió otra y se sentó enfrente de él sin soltar de las manos el horcón, puntas arriba. Parecióle increíble; pero hubiera jurado don Elías que lo que le iba poniendo nervioso era la visión incesante del trasto aquél.
Sentados ya los dos personajes, el de fuera se encontró sin ánimos bastantes para exponer su demanda con el método y el arte que él había ideado en sus repetidos ensayos, á fin de que el negocio resultara á la luz y á la altura que pedía para que se viera como debía ser visto; y comprendiendo que entrar con falta de alientos y sin pizca de serenidad en una batalla, es lo mismo que perderla, acudió al recurso que nunca le faltaba para enardecerse un poco: á traer á la memoria aquellos treinta millones heredados por «la familia,» y aquellos tiempos en que las mujeres de la suya vestían seda, y andaba la plata maciza tirada por los suelos de la casa. Y, efectivamente, lanzar sus recuerdos á orearse en el florido campo de aquellas magnificencias, y comenzar el hombre á trasudar, á revolverse en la silla, á echar lumbre por los ojos y á redoblar en el suelo con la contera del bastón, fué todo uno. Ya estaba en lo firme; ya no se le daba una higa por la cara mordaz del Berrugo ni por el horcón que tenía entre manos. Expondría su pretensión; se reiría de ella el avaro ó no se reiría: lo mismo le daba: él habría desarrollado en toda su pompa el cuadro de sus pasadas grandezas; el grosero jándalo le habría visto, deslumbrándose; y, cuando menos, siempre quedaría patente el derecho que tenía un hombre que fué tan poderoso, á pedir en días de decadencia el auxilio de un patán afortunado. Atrincherado de tal suerte, don Elías rompió el fuego en estos términos, después de pasarse el pañuelo por la frente enardecida y sudorosa:
—Cuando se perdieron en la quiebra del Marqués aquellos treinta millones de la familia...
—¿Cuántos millones?—preguntó socarronamente don Baltasar, bamboleando un poco el cuerpo medio colgado con las manos del mango del horcón.
—Treinta, más que menos,—respondió hasta con altivez don Elías, después de carraspear y de estremecerse un poco.
—Preguntábalo porque me pareció haberle oído á usted en otra ocasión que los millones esos no eran tantos.
—Treinta han sido siempre: créalo usted—repuso don Elías con el más admirable de los aplomos.—Los estoy viendo á cada hora, lo mismo que si los tuviera en la mano, en onzas de oro... Porque así vinieron de América, señor don Baltasar, ¡en onzas de oro!... y en onzas de oro los apandó aquella garduña de Madrid; y en onzas de oro comenzó á hacer el reparto del caudal, recreándose ya en la zancadilla que nos tenía armada. Toma tú tres, toma tú dos y medio, porque los negocios así y los cambios de otra manera, á mi padre le engatusó por el pronto con la miseria de veinticinco mil duros, á cuenta de los catorce millones que le correspondían á él solo como principal heredero, por pariente más cercano de mi difunto tío... Semanas van, meses vienen: el Marqués no volvía á resollar; mi padre le escribía carta sobre carta; el hombre no las contestaba... hasta que, amigo de Dios, un día... ¡zás! (aquí la voz del médico comenzó á ser cavernosa, la mirada de loco y el ademán melodramático), de golpe y porrazo, la noticia de que el banquero se había presentado en quiebra con un pasivo de doscientos cincuenta millones... de pesos fuertes... ¡Toda nuestra fortuna al suelo, de la noche á la mañana!... ¡Aquel capitalazo, hecho polvo de repente, y la familia rodando desde las mayores alturas del esplendor, hasta la pura miseria!
En aquellos momentos don Elías tenía los ojos arrasados en lágrimas. Don Baltasar, que no podía oir hablar de millones sin sentir la nostalgia de ellos, olvidado por un instante de que trataba con un iluso, ó no queriendo, ni en broma, transigir con la impunidad de tamaños delitos, preguntó con una seriedad y un interés dignos de su interlocutor:
—Pero, hombre, y esos tribunales de justicia ¿no valen para nada?
En seguida conoció don Elías que el sujeto aquél estaba agarrado por el interés conmovedor de la historia. Enternecióle esto mucho más, lanzó dos sollozos y respondió, corriéndole las lágrimas por la faz abajo:
—¿Y qué tribunal se atreve, señor don Baltasar, con un hombre que quiebra de ese modo? ¿Qué juez ni qué emperador le mete mano?... Mi padre pensaba como usted... ¡Ojalá no hubiera pensado tal! pues por sostener sus derechos, dejó en manos de la justicia los veinticinco mil duros que había recibido á cuenta, y cerca de otros tantos que eran de su patrimonio. (Aquí una pausa con puchero.) Por lo demás, bien se sabe quién le hizo la puerta de escape al ladrón, y cuánto costó hacerla; qué personaje tomó cinco, y qué otro recibió diez; y se pasmaría usted si yo le dijera hasta qué alturas llegaron esos caudales, y qué manos se ensuciaron en ellos. (Otra pausa sin sollozo, pero con suspiro hondo.) En fin, mejor es no hablar de estas cosas. (Exaltándose un poco.) Pero le aseguro á usted que si á contar me pusiera, tendríamos tela para lo que falta de año, y sin cerrar boca... El único consuelo que nos ha quedado, si consuelo puede llamarse, es que el facineroso no gozó mucho tiempo el fruto de su rapiña. Pasó á París de Francia, donde estaba ya á buen recaudo lo nuestro y lo de otros infelices; dióse allí á la orgía y al vicio sin freno, y acabó malamente, comido de enfermedades viles y asquerosas...
Fuera por haber caído ya de su burro, ó porque considerara bastante castigado al ladrón con aquella clase de muerte, don Baltasar cortó aquí el relato de don Elías con un horconazo en el suelo y estas palabras imperiosas:
—Al caso.
—Vuelvo á él—respondió don Elías dócilmente, y aun muy satisfecho del éxito de la primera parte de su empresa.—Cuando se perdieron en la quiebra dicha aquellos treinta millones de la familia...
—¿Otra vez?
—Es para mejor empalme del relato, señor don Baltasar... Digo que cuando se perdieron aquellos treinta millones de la familia, me hallaba yo á pique de finar la carrera, carrera que yo estudiaba de puro lujo desde que se supo en España la muerte de mi tío en Méjico y la atrocidad de caudal que nos dejaba. Fortuna que no me cegó la pompa, y que, contra lo que mi padre quería, seguí dándole firme á los libros, por un por si acaso. ¡Bien pronto llegó, señor don Baltasar! Recibí el título amargado con las pesadumbres propias de nuestra desgracia; salióme un partido en la Rioja... y á la Rioja me fuí de médico, también contra el consejo de mi padre, que quería dejarme en Madrid á la sombra de los grandes y poderosos amigos que tenía por allá, y bien seguro de hacerme facultativo de viso y nota en poco tiempo... Caí en gracia en el partido y gané un dineral en él. Caséme allí y puse á la médica en el rango que la correspondía. Tuve una hija que se envolvió en bien finos pañales; solicitáronme luégo con gran empeño desde Zamarrillas, uno de los mejores partidos de la provincia de Valladolid, y fuíme allá. Me pagaban de lo bien, y yo sacaba más de otro tanto por fuera de mi obligación. También dejé esta mina por otra, y la otra por la de más allá; y así, señor don Baltasar, aumentándoseme las hijas y los haberes según cambiaba de lugares, mi casa parecía un platal, y la familia relumbraba de nutrida y bien puesta. ¡Tonto de mí que tanto trabajé para que no se colocaran las cuatro chicas con las brillantes proporciones, que las perseguían por donde quiera que andaban!... ¡Ya se ve: todo me parecía poco para ellas! Otro gallo las cantara... y también á su padre, desde que vino la negra para todos. Y la negra fué que la suerte se cansó de ampararme en cuanto bajé de Castilla y entré en este pueblo con mis cinco carros de equipaje; porque no traje menos, como fué público y notorio... Se acabó el sobresueldo, porque chismes y malos quereres lo prepararon así; y hubo que comer de lo ahorrado; y ¡allá van las onzas de reserva! ¡y allá los cubiertos de plata por docenas!... ¡y allá las sobrecamas de seda fina!...
—Pero, señor don Elías—dijo aquí don Baltasar que, colgado como siempre del horcón no apartaba los ojos de los del médico:—paso lo de los cinco carros de equipaje, porque no los ví, y paso lo de las minas que iba dejando usted atrás, porque me basta que usted lo afirme; pero tantas onzas de oro y tantas colchas de seda y tantos cubiertos de plata echados á la calle para jamar de ello desde que vino usted á Robleces, antójaseme demasiado apetito ó muy mala administración.
—Le canto á usted el Evangelio, señor don Baltasar—respondió el médico sin detenerse delante del reparo.—Esto se prueba al aire y cuando se quiera, porque es de las cuentas que se sacan por los dedos... ¿Usted sabe lo que ha consumido solamente la médica en los años que se lleva metida en la cama, y antes de meterse en ella, de estos baños á los otros y de estas aguas á las de más allá?
Don Baltasar, que después de hechas las observaciones que le valieron esta réplica, había reclinado la frente sobre las manos con que empuñaba el horcón, la alzó de pronto; y dando otro horconazo en el suelo, volvió á decir á don Elías, en el mismo tono imperioso de la otra vez:
—¡Al caso!
—Iba á tratar de él en este instante, señor don Baltasar—replicó don Elías acudiendo presuroso á la advertencia.—El caso es—continuó,—que desde que estoy en Robleces, me despistojo y me aso, y atormento el magín para buscar una industria que me ayude á salir avante con la carga que tengo sobre mí; que todo cuanto he discurrido me ha fallado; que las cosas se van poniendo en mi casa de modo que ya no dan espera, y que estoy resuelto á probar el último recurso, para llevar á cabo mi idea, que no puede mentir, según yo la tengo pesada y medida.
El Berrugo había vuelto á reclinar la cabeza sobre las manos; y don Elías, muy satisfecho de ello, hizo un alto en su discurso, como para adquirir nuevos alientos. Después continuó así, para aplazar otro poco la verdadera entrada ea el asunto.
—Lo cierto es, señor don Baltasar, que mi situación tiene bien poco de envidiable. Cuento ya sesenta años, y llevo treinta y cinco de médico de partido, sin un solo día de descanso, sin una sola noche de dormir con tranquilidad... No tengo un vicio de que arrepentirme... ¡ni siquiera fumo!... Como lo que me dan; á veces... nada, porque no lo hay... Gano una miseria, y esa mal cobrada; me debe este vecindario más del tercio de mis sueldos desde que vine... ¡Lo juro por Dios que me oye! Reclamo las deudas, y casi se ríen de mí los deudores; porque lo que se niega al médico no se toma á pecado. Ya se ve, ¡gasta levita! ¡Si ellos supieran que no hay maldición que pese tanto como la levita de los pobres!... Pero si no me paga el concejo, tengo consultas, apelaciones... Es verdad: de higos á brevas llega á mi casa un enfermo de algún lugarejo de los más cercanos (cuando no le vuelven desde el camino con calumniosos informes los que aquí no me quieren bien); me entretiene hora y media para explicarme mal lo que le duele; gasto yo cerca de otro tanto en decirle lo que es y cómo debe curarse; le pido al fin tres pesetas por mí trabajo; parécele mucho, y empieza á llorarme desventuras; y por no perderlo todo, tengo que conformarme con la mitad... cuando no me la queda á deber para no pagármela nunca. Alguna que otra visita cae fuera de Robleces... Pues ande usted legua y media á pata, porque nunca me dió el oficio para el lujo de una caballería de las peores... ande usted legua y media así por montes y barrancos, y otra legua y media de vuelta; sude usted los hígados y eche la entraña por la boca, ó métase usted en el barro hasta los corvejones y cálese de agua hasta los huesos, y tómese para regalo del estómago y compostura de los zapatos que ha roto, ese medio duro ó esas cuatro pesetas que le valió la salida... Esta es la verdad... ¡la triste verdad!... Y viva usted así, señor don Baltasar, con cinco mujeres en casa, una de ellas tullida, y las otras... medio desnudas, desesperadas y hambrientas, porque son las hijas del médico y no pueden ir á ganar la comida sallando los maizales del vecino... No tengo deudas, es cierto; pero falta saber si podría tenerlas aunque quisiera. Al labriego más pobre no le niega nadie una peseta, porque, cuando menos, tiene un azadón que lo vale; el médico no tiene nada, nada con que responder, si no es la negra cruz de su levita... De esta manera ¡bueno está de considerar! la vida no es vida, la salud se quebranta... el humor se ennegrece... falta muy á menudo la paz en la familia; y á fuerza de ver uno pura tiniebla donde quiera que pone los ojos... créame usted, señor don Baltasar, casi tengo por afortunados á los pobres enfermos que acaban entre mis manos...
También era triste, bien triste, la voz de don Elías cuando hablaba así, y también acabó de hablar brotándole gruesas lágrimas de los ojos; pero éstos no chispeaban ni aquélla era forzada y teatral como la otra vez, por obra de un sacudimiento del organismo impresionado pon una visión histérica. El último relato era la realidad, un pedazo de la vida del relatante; y las lágrimas que lloraban sus ojos, venían derecha y sosegadamente del fondo del corazón. Pero como esta vez no se trataba de millones estafados, don Baltasar no se interesó poco ni mucho en aquel triste capítulo de la historia del médico; lejos de interesarse, y mucho más de conmoverse, alzó la cabeza que había tenido apoyada sobre las manos, y manifestó sus impaciencias inclementes con un nuevo horconazo en el suelo y estas palabras, bien duras de acento:
—¡Al caso, don Elías, que me voy aburriendo y tengo que hacer!
Y á echarse iba en él de golpe y porrazo don Elías, después de suspirar muy hondo, cuando entró Inés en la sala para advertir á su padre que le llamaban abajo, no sé para qué menesteres.
—Pues ya hablaremos en mejor ocasión,—dijo don Elías dispuesto á marcharse, después de haber saludado á Inés y al ver que don Baltasar se levantaba de la silla.
—De ninguna manera—respondió el Berrugo, obligando al médico á que volviera á sentarse.—Tengo ya empeño en conocer esa mina que trae usted entre cejas, y hoy mismo ha de ser, porque no respondo de hallarme con tanta paciencia otro día. Acompáñale tú, Inés, que vuelvo pronto.
Salió don Baltasar, quedóse el médico, y se sentó á su lado Inés con la misma indolencia, el mismo ropaje y la propia traza con que la vimos la noche antes entrar en la cocina y coger los peces por el rabo.