VII

CUENTAS DE FAMILIA

Quilino obró como un sabio cuando retrocedió desde el portillo de la sierra. Si llega á bajar á Las Pozas, no vuelve á su casa tan entero como de ella había salido. Estaba el Josco aquella madrugada, que metía miedo.

—Cuenta, Pedro Juan,—le había dicho la noche antes su padre (que ya le esperaba con la torta cocida y la cena dispuesta) en cuanto le vió entrar, de vuelta de su viaje al barrio de la Iglesia.

Pero el Josco, aunque se había sentado á la cabecera del banco que servía á los dos de mesa y de asiento á la vez, ni decía palabra ni probaba bocado. Le daba ira y vergüenza lo encogido y desatento que había estado con Pilara. Al cabo, y en fuerza de apretar el Lebrato, se habían enredado el hijo y el padre en la siguiente conversación, entre mojada de tortuca en la sartén, y pellizcos á la hebra de los mubles recién fritos en ella:

—En primeramente la dí los peces.

—¿Á quién?

—Á ella.

—¿Á Pilara?

—Á Pilara.

—¿Y qué?

—Y que... ná.

—¿Cómo que ná, hombre?

—¡Coles!... que no me atreví tampoco. ¿Lo quiere más claro?

—Pos ¿sabes lo que te digo yo á eso, Pedro Juan? Pos te digo que ¡lástima de peces! Y te digo más: te digo que ¡lástima de calzones que llevas puestos! Faldas de baeta te sentarían mejor. Las cosas claras.

—Respetive á este punto, padre, lo mesmo digo yo de mí mesmo. Vergüenza me da ser tan hombre como soy, y portame como me porto con Pilara... ¡Y si dijiéramos que ella!... Pero ¡coles! ¡si es una dulzura conmigo! ¡Si ella mesma me abre la boca y me pone la palabra en los labios! No me queda ya más trabajo que echarla haza juera... ¡Pos ni eso, coles! ¡ni eso poquitín puedo hacer de por mí solo!... Allí estaba Quilino cuando llegué yo al goterial. Apartóse ella de él, y vínose conmigo hecha unas pascuas en cuanto me vió. ¡Gloria me daba el mirarla, tan arrogantona y tan!... Quilino escapó enestonces ajumando de iras... «Pos voy á dala los peces ahora, díjeme pa mí solo, y pué que así me atriva mejor...» Y la dí los peces; pero por más que los emponderó ella, yo ná, padre, ¡lo mesmo que si me hubiera metío otros tantos en el guandate!... Pude haber roto á hablar si aquello dura, porque era mucho lo que yo me empeñaba en ello; pero antojósele á Pilara enseñar los peces á la gente del portal, llamáronme aentro, dióme vergüenza entrar... y escapéme. Avergonzóme esto más entoavía, y golví... Llamé á Pilara, salió de contao, díjome que me atriviera á decirlo cuanti más luégo... y ¡coles! ¡ni por esas me atreví!... y escapéme otra vez, sin parar hasta la casa de ese hombre. Al golver de ella, Pilara esperándome á la ventana de la cocina; y yo ¡recoles! tapándome las orejas por no oirla tusir de mentirucas, y apretando á correr calleja abajo, como si los demonios me llevaran... y creo que es la pura verdá... Y no hay más que esto, padre... Ahora, déme cuatro mascás, que, por cobardón y baldragas, bien merecías las tengo, ¡recoles!

—No es de ese modo, Pedro Juan, como hay que curarte esa cobardía que paece cuento en un mozo de tantas agallas como tú pa otros particulares de mayor compromiso. La cura esa, bien dicho te tengo cómo se ha de hacer, y así hay que hacerla; y así se hará sin tardar mucho, porque pué llegar el caso, Pedro Juan, y te hablo con la experencia de los años, de que pierdas la güena estima en que la moza te tiene, por esa falta que nunca pega bien en los mozos casaderos. Mal paece un hombre que en tales casos peca de atrevido, y mucho le agobia esa mala fama; pero que te libre Dios de dar en tierra por menosprecio de mujer por lo contrario: no te güelves á levantar en toa tu vida.

—Pos esa es la que me quema á mí tamién, padre, que por demás la conozco.

—Si la conocieras bien y te quemara mucho, otros jueran tus arranques por no caer como lo temo.

—¡Le digo, padre, que me abrasa!... Porque, á más á más de cabeme esos recelos, cá vez estoy más alampao por ella.

—Vamos á cuentas claras, Pedro Juan; y que sean éstas las últimas que echemos sobre el caso. Á la vista está, y bien de veces hemos convenío en ello, que aquí hace falta una mujer, porque el desgubierno en la casa nos come la metá de lo que agenciamos fuera de ella: esa es la ley y lo será siempre en la hacienda de los pobres. Pilara es hacendosa; Pilara es honrá; Pilara es la rebustez y la limpieza andando; Pilara te tiene á tí hasta en más de lo que por mi cuenta mereces, con merecer no poco; Pilara, con su por qué pa el día de mañana, supiendo la probeza y los ahogos de tu padre, güelve las espaldas á más de tres mozos bien pudientes pa darte la cara á tí; en su casa no hay quien no la alabe el gusto; saben que si tu llegas á entrar allí como marido de ella, ha de ser pa traétela á Las Pozas, y con too y con ello te abren las puertas de par en par y te hacen, como el otro que dice, la puente de plata.

No quiero meter en la cuenta, pa el respetive, la güena ley que dende mozos nos tuvimos su padre y yo, por lo que siempre fueron esta casa y la suya como la uña y la carne; pero séase lo que se juere, por unas ó por otras, por lo de acá ó por lo de allá, ó mírese por arriba ó por abajo, Pilara caería aquí como de los mismos cielos de Dios... Y ahora te digo que ha de caer; y pa que caiga, ya que tú no sabes amañarte, me amañaré yo hablando por tí...

—¡Coles, que me da mucha vergüenza eso!

—Más vergüenza debía darte lo otro... Hablará don Alejo si no...

—Tampoco, ¡recoles! Pior que pior.

—Pos no hay otro remedio pa curar los tus males, y con él he de curátelos, Pedro Juan, por éstas que son cruces, si no los curas tú bien aína por tí mesmo. Y dejemos esto aquí, como el acero en su vaina, y vamos al otro particular. ¿Qué te dijo... ese hombre?

—¡Mal rayo le parta!

—¿Eso te dijo?

—Lo digo yo, padre, porque así mesmo lo deseo.

—Mal deseao, Pedro Juan.

—¡Es un retuno desalmao!

—Anque lo sea: no se puede desear mal á naide, por mucho que lo merezca... como ese.

—Pos le daremos confites si no, ¡recoles! ¿Le paece?

—Tampoco, Pedro Juan; que es tan malo no llegar como pasarse... y vamos al punto. ¿Qué te dijo... ese hombre?

—Pos ese hombre me pagó el regalo, ajustándome la cuenta de lo pescao esta tarde en la ré, á peseta la libra.

—Media hora hace, Pedro Juan, que vino á comprarlo en junto la Bisoja, y á tres reales se lo dí, grande con chico. ¿Y qué montante sacaba él?

—Tres duros justos, á ojo de quince libras que él amontonó porque le dió la gana.

—Á tener que pagarlo de su bolsa, ya hobiera corrío menos el peso. Trece libras y media resultaron, que valieron cuarenta reales y medio. Y ¿pa qué te ajustaba esa cuenta, Pedro Juan?

—Pos ¿pa qué había de ser, coles? Pa llamase á la parte.

—¡Alma de Satanincas! Por mucho ruego, pude sacar á la Bisoja tres pesetas de presente. Dios sabe cuándo veremos lo restante, aunque quedó en traelo mañana antes de la otra ré. Y tú ¿qué le dijistes?

—Se las canté claras. Sólo que hubiera querío yo cantáselas á guantás, mejor que con la lengua.

—No te diré que no lo mereciera bien; pero, por sí ó por no, Pedro Juan, nunca te dejes llevar de súpitos cuando con él te veas.

—¡Ésta es más gorda, coles!

—Será lo que te paezca; pero así están las cosas, y así hay que tomarlas: á contrapelo. Ya lo sabes tú tan bien como yo. Lo que importa es no olvidarlo, porque en manos de ese hombre está el poco pan que tú y yo comemos. Por güenas ó malas artes, suyo es hasta el aire que alendamos aquí... y un pico más que mediano, que es la espina, Pedro Juan, la espina que nos ajuega. Á lo otro, ya estaba uno avezao; y con darle media cogecha al cabo de cada año, pagos y finiquitos juéramos, y en paz con el dimoño. ¡Pero esa espina!... Verás tú la cuenta: cuarenta duros jueron los emprestaos por él cuatro años hace; no ha pasao dende estonces una mala peseta de su mano á la mía; nusotros le damos cada año un güen qué de la ganancia de la pesca, y con too y con ello sube la trampa á más de sesenta duros á la hora presente, dispués de pagao por parte el total de rentas y aparcerías, por tierras, casa, embarcaciones y ganao. ¿Cómo puede ser esto, hombre de Dios? Loco me güelvo pa aclararlo; y él, con decirme que es motivao al réito y enseñame un papelón escripío de números y encareceme mucho esos favores, firmo el recibo que me pone por delante, ¡y arriba siempre la marea! Y conoce, Juan Pedro, que te roban, ¡y aguántate sin resollar palabra, por temor de que no te dejen de la noche á la mañana á las temperies de Dios, sin otro amparo que lo puesto!,.. ¿Te paece, Pedro Juan, que con estos caudales se puede echar roncas á... bribones como ese?... Hoy salió tal cual ayuda de la ré; en la de mañana y en la otra, sabe Dios lo que saldrá. Si el tiempo sigue al nordeste, iremos á la mar con la barquía, á la mojarra y á los durdos, de día ú de noche, según tercien otros trabajos; algo dará en su tiempo la ostra; y en las noches que se pueda salir de la barra en la otoñá, al anguilo otra vez ¡y quiera Dios que con mejor suerte que en esta última campaña de primavera!... Pos iremos comiendo de ello, hasta la cogecha del maíz, sin que se nos vaya la mano; y el sobrante, al pozo de ese hombre sin calo, pa que suba otro poco la marea de la trampa... Esto bien lo sabe él. Pos ¿á qué te va con esas cuentas, como si aquí las tuviéramos olvidás ó nos diéramos á la bribia, y no hubiera caído en sus manos lo que jué mío, por desgracias que Dios dispuso y trampas que me jué armando Satanás?

—¡Hay que matar eso, padre!

—¿Cuál, hijo?

—Esa trampa.

—¿Con qué?

—Con el ganao que sea nuestro: ya se lo he dicho más veces.

—¡Si no alcanza, bobo! Tamién te tengo ajustá esta cuenta. Las dos vacas son suyas; y en las dos novillas, no tenemos más que la metá: una novilla, vamos.

—Pos con esa novilla y lo que se le pueda arrimar de la pesca de too el año...

—La metá de la trampa; y ten por cierto, Pedro Juan, que si no la matas de un golpe, tanto le entregues á cuenta de ella, tanto pierdes.

—¿Por qué ha de ser eso, coles?

—¿No te lo tengo bien dicho? Motivao al réito de lo que queda en pie. Así lo arrojan los números que él hace.

—Es que ese día ¡coles! iría yo á hacer la entrega; y mano á mano con él, onde no me oyera naide...

—Pior que pior, Pedro Juan. La mocedá es mala consejera: créeme á mí que soy viejo y tengo bien conocío á ese hombre. Pa cada gustazo que tú quisieras darte como ese que dices, tiene él veinte modos de echarnos á perder. Bien que pensemos en arrancar la espina antes con antes, y claro está que ha de ser con la ayuda de la novilla y lo que vaya viniendo por onde Dios disponga; pero hoy por hoy, que no tenemos el completo, el temporal en los prefundos y en la cara el güen celaje. Eso vengo hiciendo yo, Pedro Juan, un año y otro. ¡Qué poco pensarán los que me ven hecho unas tarrañuelas en la ría y en la mies, que tu padre tiene pesaumbres que le roban el dormir más de cuatro veces!... Y ¿qué quieres que te diga, hombre? Sobre que al cabo y al fin no ha de sacar uno mejor zoquete llorando que riéndose, lo que uno se ría, aunque sea de mala gana, eso saldrá ganando.

—Va en genios.

—Verdá es en parte; pero entra por mucho en ello la experencia de los años. Y quédese esto así, por ahora; piensa en lo tratao endenantes sobre el particular de Pilara, que es de más urgencia de lo que tú te feguras; tapa esos tizones... y vámonos á la cama.

Mucho atormentó al formalote y honrado Pedro Juan, en los primeros ratos de insomnio, el recuerdo de las maldades del Berrugo con su padre; pero aún le desveló mucho más el examen de su conflicto con Pilara: entraba tanto en la pelea lo amargo como lo dulce; y así sucedió que, lo mismo soñando que despierto, el Josco fué toda la noche un huracán, tan pronto desatado en suspiros clamorosos y temblones, como en bramidos desaforados que despertaban á su padre. Á la madrugada siguiente, aún sentía la resaca de tan fiero temporal en los profundos de su pecho.

¡Y esa fué la ocasión elegida por Quilino para bajar á Las Pozas á hombrearse con Pedro Juan! ¡De buena se libró el cascarrabias, con volverse desde el portillo de la sierra!