XIX
EL CABALLERO DEL ALTAR MAYOR
La fiesta religiosa fué tan solemne como todas las que disponía don Alejo en honor del santo patrono de Robleces. No la describo, porque me asusta el riesgo de cansar al lector copiándome á mí propio. ¡He hablado de tantas otras semejantes á ella!
Predicó el cura de Pandos, la mejor palabra que se conocía en los pueblos de tres leguas en contorno, salvo la opinión de don Alejo, que le tenía, quizás por un resabio de casta, por orador más atento á pasmar con sus sabidurías, que á conmover hiriendo á puño cerrado las flaquezas vulgares del rústico auditorio; pero era hombre de fama y el predicador más caro de todos los conocidos por allí, y como famoso y caro le eligió para mayor lustre de la fiesta; lustre que no se empañó porque tres ó cuatro docenas de ignorantes mujerucas se durmieron aquel día, mientras el de Pandos, después de ensalzar las virtudes y méritos del santo «abogado de la peste,» tronaba contra las pestes actuales, y se enredó á brazo partido con la peste del espiritismo, la peste del liberalismo y la peste de la masonería. ¿Qué culpa tenían, ni el santo ni su panegirista, de que ni las durmientes ni los hombrones que bostezaban desperezándose, hubieran oído hablar de aquellas cosas en todos los días de su vida, ni de los libros y papeles en los cuales había bebido la materia el orador? Algo así dijo el cura de Piñales, revestido de diácono, gran admirador del perorante, cuando oyó á don Alejo que, con la cabeza inclinada y las manos debajo de la casulla, pero con el ojo y el oído muy atentos á lo que pasaba entre sus feligreses y se predicaba en el púlpito, decía, dando con el codo al subdiácono, gran apologista del Eusebio: «Ahí lo tienes: ¿ves lo que es echar margaritas, y margaritas de pega, á animalucos como éstos? ¡Y tómate seis duros! De á cuatro los conozco yo que á estas horas tendrían al auditorio llorando á moco tendido... Pero así lo quieren, buen provecho les haga.» Hablara ó no con razón el apasionado don Alejo, el hecho es que el sermón fué del cura de Pandos, lo que equivale á decir que fué «de primera.»
Quilino se desgañitó en dos solos muy regorjeados, uno en los Kyries y otro en el Sanctus habilidad que no lucía él más que en las grandes ocasiones. Pelusa y Gómitos, los dos acólitos de don Alejo, vestidos de roquete blanco con ancho cuello azul, y sotana encarnada, bajo la cual asomaban las perneras de mahón remendado y las alpargatas sucias, zarandearon á más y mejor el incensario, aunque así y todo predominaba en la iglesia el olor á pólvora quemada; porque no tenían número los cohetes que reventaban á la puerta misma del templo, para que de este modo las salvas fueran más sonadas y bien vistas. De la procesión, no digamos: tardó media hora en dar la vuelta alrededor de la iglesia; porque hubo cantadoras y danzantes que precedían al santo: aquéllas, con sendas panderetas muy emperifolladas, y éstos, tres solamente, con tarrañuelas y vestidos de blanco, con muchos pañuelos de seda y sartas de cascabeles hasta en las alpargatas Parecían enormes sonajeros de goma elástica cuando, al lento compás de las panderetas, piafaban, se erguían, doblábanse, saltaban, iban y venían, y marcaban las mudanzas y corcovos y las cadencias de los cantares de las mozas, con golpes de las tarrañuelas. Por lo que hace al santo, nunca más adornado de relicarios y pañuelos se le vió sobre las andas. Hasta el perruco tuvo su collar de cintas coloradas, honor jamás tributado hasta entonces al caritativo animal. Dicen que fué ocurrencia de Marta, la hija del mayordomo de San Roque, y ocurrencia consultada con Quilino, que había ayudado la víspera á bajar de la urna al santo.
De concurso, el pueblo entero con los trapillos de cristianar. Ni el Berrugo faltó, con su aparejo fino de hombre acomodado, pero no rico. El Lebrato lucía las famosas botas de agua, conservadas como una reliquia á través de los años, á fuerza de no ponerlas y de fricciones de grasa; y el Josco su «vestido bueno,» con el cual no estaba tan airoso como con el trabajado y simplicísimo de todos los días, que le dejaba al descubierto una buena parte de su rica escultura. Pilara no cabía en la iglesia de maja, de contenta y de grandona. Don Elías, que no llegó á entrar en ella por estar ya de bote en bote, con camisa limpia y el sombrero bueno; y sus dos hijas, con los únicos arreos, marchitos y anticuados, que había en la casa para la pareja que estuviera de turno en tan señaladas ocasiones. Quilino, cantando en el coro, parecía un muestrario de galones y trencillas: los llevaba hasta en las costuras laterales del pantalón. También anduvo en la fiesta Marcones, convidado á comer aquel día en casa del Berrugo por condescendencia de éste á las instancias de la Galusa apoyadas de mala gana por Inés. Iba vestido de negro limpio; y, como medio pieza eclesiástica, se situó á la puerta de la sacristía, en línea diagonal con su discípula, casualmente, por supuesto; la cual ocupaba su sitio acostumbrado cerca del coro, muy arrimada á la pared y enfrente de la puerta principal. ¡Y qué guapísima estaba! con su vestidillo flamante de muselina color de barquillo, liso y modesto como el de una colegiala, y su mantilla negra, entre cuyos pliegues, como si fueran molduras de un marco de ébano, asomaba el óvalo gracioso de su cara, de la que hubiera podido decirse, hablando en culto, que parecía una leyenda en que se confundían, con arte maravilloso, lo dulce y lo picante; cara, en suma, para todos gustos y temperamentos, y muy particularmente desde que se asomaban á sus negros ojos las revoltosas ideas que se le habían despertado detrás de ellos.
Pues sépase ahora que con estar tan lucida la fiesta, no fué ninguna de sus particularidades, predicador inclusive, lo que más llamó la atención de los concurrentes, sino otra cosa harto más profana, y, sobre todo, bien inesperada: un caballero que estuvo en el presbiterio durante la función entera y verdadera, junto á las mismas andas del santo. Era hombre joven, de los de treinta bien corridos; de buena estatura, gran aire y elegante atavío; llevaba los bigotes engomados, y el pelo cortado á media tijera; el pelo y los bigotes eran castaños, la cara de buen color y las facciones muy regulares. En conjunto, podía llamarse un buen mozo bastante guapo. Cuando los demás se sentaban, él se ponía de pie y algo más vuelto hacía el público que al altar mayor, y entonces se le podían contar hasta los botones de su blanca pechera y los gruesos eslabones de su leontina de oro; y cuando, bastante á menudo, sacaba su reló y le hacía saltar la cincelada tapa, relampagueaban en ella, lo mismo que en la piedra del anillo que ostentaba en su diestra, la luz que penetraba por las vidrieras de enfrente y hasta la de las velas que alumbraban al santo desde la meseta que sostenía las andas.
Mientras el orador de Pandos permaneció en el púlpito, el caballero, plantificado junto á la barandilla y de cara al público, le recorría minuciosamente con la mirada. Inés hubiera jurado que esta mirada del caballero elegante se detenía algunas veces en ella. Marcones hubiera jurado lo mismo. Por sí ó por no, la hija de don Baltasar no miraba al caballero sino cuando estaba segura de que el caballero no la miraba á ella. Marcones, en tanto, soltaba cada carraspeo que hacía retemblar las bóvedas. Pero ¿quién era «el caballero del altar mayor?» ¿Por qué se había plantificado allí, en día tan solemne, á la par del mismo San Roque y haciendo juego con los tres señores curas cuando éstos se sentaban en el banco de la Epístola? ¿Por qué miraba con aquel descaro á la gente, y no se sentaba jamás? Cierto que se arrodillaba á tiempo y no escandalizaba á nadie con actos de irreverencia; pero ¿por qué sacaba tan á menudo el reló, y le relucían tanto la cadena y las sortijas? y sobre todo, ¿por qué estaba allí y no en otro sitio más retirado de la iglesia, y tenía aquellos pinchos en los bigotes?
Éstas y otras preguntas semejantes se leían en las caras de los feligreses de don Alejo durante la función, y se oyeron en multitud de bocas después en el portal de la iglesia; y en la carnicería inmediata, donde se despedazaban los restos de la vaca sacrificada la víspera por la tarde; y en la taberna contigua, en la que mataban el sefoco de la iglesia muchos que de ella salían ardorosos y sedientos; y en el corro de bolos, y en cualquiera parte donde hubiera dos personas procedentes de la función.
Pero el que estaba sobrexcitado y nervioso, era el médico don Elías, que había atisbado al forastero desde la puerta trasera de la iglesia, por encima de la masa de cabezas, al ponerse de puntillas para ver un poco al predicador. Don Elías no sabía más sobre el caso que los restantes vecinos de Robleces; pero como á él iba una gran parte de las preguntas, por razón de su porte de caballero, y tenía el prurito de no ignorar en absoluto nada de cuanto le fuese preguntado, y por añadidura le roía como á nadie la curiosidad, el hombre se volvía tarumba para responder á tantos sin decir que no sabía una palabra.
—Yo he visto esa cara—respondía, sobre poco más ó menos, para salir del paso, dándose aires de saberlo casi todo;—más: sé quién es ese caballero; sólo que en este momento no me acuerdo bien. Tengo como una idea de que me ha consultado alguna vez cierta enfermedad, y hasta sospecho—aquí bajaba la voz y la daba una entonación misteriosa, acompañándose con los correspondientes ademanes y miradas,—y hasta sospecho que ha de ser uno de esos personajes de la masonería, de quienes hablaba el predicador... Aquellas ojeadas acá y allá; aquel tecleo de manos en la cadena del reló... masonismo puro... Así se entienden desde lejos, unos con otros, esos pajarracos... Y como donde menos se piensa... En fin, no quiero hablar, por si me equivoco; y lo mejor será que no me tiréis de la lengua... De seguro le han conocido mis chicas, y ellas me sacarán de la duda.
Entre tanto, Inés llegaba á su casa preocupada con las mismas de todo el vecindario y otra más; pero sin afanarse tanto como don Elías por resolverlas. Á lo sumo, se decía mientras andaba, como se había dicho en la iglesia mientras miraba al forastero, y aun después de mirarle:
—No es enteramente como Isidoro; pero es del corte de algunos que yo conocí de vista en San Martín. ¿Y por qué se habrá fijado tanto en mí?
Ésta era la duda que Inés sacaba de ventaja á todos los concurrentes á la función, exceptuando á Marcones, que estaba más picado de ella que la misma Inés.
Cuando llegó á casa, andaba la Galusa, que no había ido á la fiesta religiosa por cuidar de la cocina, vertiendo en una media fuente y tres platos hondos el arroz con leche que había preparado en un calderillo. Era el postre de la comida de aquella solemnidad clásica. El Berrugo se permitía, en honor de ella, ese lujo, más el de un gallo en pepitoria y dos libras de peces que había comprado al Lebrato, amén de la puchera bien pertrechada de embutidos y carne fresca, y vino abundante de lo poco puro que había en su bodega.
Aún aguardaba á su hija otra sorpresa tan grande como la que tuvo al ver al caballero de marras en el altar mayor; la cual sorpresa se la dió su padre recién llegado á casa, preguntándola:
—¿Qué cara pondría el médico si yo le convidara á comer hoy?
¡En la vida se le había ocurrido otro tanto! Por de pronto, Inés aplaudió la ocurrencia de todo corazón, y su padre mandó á escape con el recado á casa de don Elías.
—Me ha dado esa corazonada—la dijo en seguida,—al verle en el portal de la iglesia con cara de hambre y hablando por los codos.
—Ha hecho usted muy bien—dijo la bondadosa muchacha,—porque es un bendito de Dios...
—El otro convidado—añadió el Berrugo, mientras Inés se ponía de codos sobre la baranda del balcón, porque este diálogo ocurría entre puertas,—el gandulote de Lumiacos, en el pasadizo queda cuchicheando con su tía... Pero, mujer, ahora que me acuerdo, ¿quién sería aquel caballerete fachendoso que estaba oyendo misa encaramado junto al altar mayor?
—¡Ahí le tiene usted!—respondió Inés al punto, enderezándose repentinamente.
—¿En dónde?
—Por la calleja de la iglesia viene hacia acá.
—Efectivamente,—dijo el Berrugo acercándose á la baranda.
La pared del corral, que era alta, ocultó en aquel instante al forastero.
—¿Adónde demonios irá por ahí?—preguntó don Baltasar.
Iba á responder Inés que no lo sabía, cuando oyó un carraspeo muy cerca de la portalada, y por debajo de ella vió asomar unos pies muy bien calzados, mientras el pestillo se movía, levantado desde afuera.
—¡Á nuestra casa viene!—exclamó entonces en el colmo de la sorpresa.
—¡Toma, y es verdad!—dijo el Berrugo, viendo asomar medio cuerpo del personaje dentro de la corralada.
El padre y la hija se retiraron muy á prisa del balcón, precisamente en el instante en que entraba en la sala, por la puerta del carrejo, haciendo una pesada reverencia, Marcones, con la boca muy risueña y los ojos muy fruncidos.
Inés estuvo á pique de descubrir el detestable efecto que la produjo la repentina aparición de aquella nube tan negra.