XVIII
VUELTA AL PLEITO DE MARCONES
Y aconteció que Inés, apenas hecha aquel tratado de paz con su maestro, se vió obligada á poner á prueba el buen andar de aquella máquina de su cerebro, que poco antes había comenzado á moverse segura, pero lentamente; porque llegó á encontrarse muy mal á gusto en la escuela, desempeñando el papel de simple receptáculo pasivo de las enseñanzas de Marcones, y quiso tener allí su iniciativa propia, de modo que, sin dejar de ser discípula, pudiera dirigir á su profesor.
Parecerá esto algo contradictorio, y aun muestra de inverosímiles atrevimientos en la dócil y modestísima educanda. Pues no hay semejante cosa. Inés seguía admirando el saber y hasta el método de enseñanza de su maestro, y ni remotamente creía que el que ella trataba en imponer allí valiera ni siquiera tanto como el otro; pero ocurría que entre las aprensiones de Inés se había enmarañado de pronto el concepto personal, la idea cristalizada de Marcos vivo y efectivo, de tal suerte, que no se puede explicar sino con el ejemplo de lo que pasa á ciertas personas aprensivas, con la forzosa y continua presencia de un arma de fuego, cargada: temiendo hasta que se dispare sola, la penen á cubierto de cualquier imprudencia temeraria y de todo golpe casual. Pues bueno: Marcones, desde el estallido de marras, era para Inés un escopetón cargado de metralla hasta la boca, que podía volver á dispararse solo á la hora menos pensada; y para aislarle, para mantenerle en la posición menos peligrosa, para evitar y aun para conjurar los golpes casuales, ó, viniendo á lo concreto, para prevenirse contra sus ímpetus fogosos, para conjurarlos y para dirigirlos, no había encontrado otro medio que llevar la voz cantante en la escuela. Esto no había de conseguirse ventilando allí asuntos de cecina ni chismecillos de vecindad, sino temas de mayor fuste; puntos pertinentes á las materias de su enseñanza, y atrincherarse con ellos; atiborrarse el magín de teorías, de dudas y de reparos, y acosar al profesor incesantemente con estas armas; obligarle á estar atento siempre y amarrado á esas escaramuzas de la discípula; y en cada intento de escapada por el portillo abierto ó por la brecha desatendida, acudir allá con nuevos pertrechos que le distrajeran y hasta le abrumaran.
Todo esto había intentado Inés, y lo que es más de admirar, todo esto había conseguido en pocos días, sometiendo con heróica voluntad su buena inteligencia á una gimnasia desesperada. No eran ciertamente campo adecuado al ejercicio de tan hermosos elementos de investigación y de análisis, los cuatro libracos de texto que Marcones la había prestado, y algunos más, por el estilo, que conservaba de su madre; pero lo que á la labor le faltara de ancho, lo tendría de hondo; y si no hallaba al cabo grandes cosas, aprendía la manera de buscarlas, lo cual, apurando bien su tesis, era lo que más falta la hacía por de pronto.
Procediendo de este modo, buscando el por qué de aquellas materias mal esbozadas, y supliendo con el buen sentido lo que en ellas no se columbraba, se halló de manos á boca con que en lo que iba dejando atrás, después de sometido á nuevo análisis, veía ella mucho más de lo que la había enseñado su maestro; y con esto, y con lo que no traslucía bastante claro, y con lo que de intento enturbiaba para dar que hacer con la supuesta duda á Marcos, no solamente le tuvo durante una semana pendiente de su capricho, sino vencido casi siempre, y muy á menudo estupefacto.
Pero ¿qué mosca había picado á Inés para lanzarla tan de repente por aquellos trigos de Dios?
La mosca esa daría motivo para que se luciera aquí de firme una pluma diestra en anatomías psicológicas y en disquisiciones fantasmagóricas, por los profundos de las más recónditas obscuridades del espíritu humano, cuando encarna en naturalezas tan sensibles, dóciles y bien equilibradas como la de Inés; pero la mía, quiero decir mi pluma, torpe y desmazalada de por sí, que á la luz del mediodía y por caminos muy trillados se ve y se desea para no andar á tropezones, renunciando hasta al intento de echar una suerte entre los, para ella, inextricables laberintos de esos perifollos del arte, dirá á la buena de Dios que el miedo á los tiros escapados del escopetón de mi ejemplo, se le habían infundido á Inés, primeramente su buen instinto y excelente gusto natural, que de hora en hora la iban aclarando aquel lado obscuro que tanto la preocupó durante la noche que siguió al estampido del seminarista; y en segundo lugar, la lectura de aquellos librejos recreativos que la había prestado Marcones «para educarla el sentimiento.»
Los tales librejos eran novelas de las llamadas ejemplares, obras de propaganda, pensadas y escritas con las intenciones más honradas del mundo, pero que, con excepciones contadísimas, hacen bostezar á los niños que sólo apetecen lo maravilloso, y se les caen de las manos á las mozas casaderas que ya no se deleitan con austeridades candorosas ni con inocentadas insípidas. Y conste ante todo que no me burlo de esta clase de lecturas, aunque me lamente de que no sean más entretenidas y pegajosas, como lo son las muy contadas que, precisamente por ser así y hasta magistrales, no pasan por el tamiz de las almas pías, que tampoco apechugan con aquéllas... ni con las otras. Va todo ello á cuento y en demostración de las buenas tragaderas de Inés, que se envasó tres obras ejemplares en día y medio; hazaña que casi iguala, si no obscurece, á la que yo rematé, siendo niño, leyéndome en igual tiempo á Misseno, ó El Hombre feliz, la obra más de bien que se ha escrito en el mundo, indudablemente, pero cuya lectura han terminado muy pocos cristianos y no ha repetido ninguno, yo inclusive.
No tenían los alcances filosóficos de esta novela patriarcal las devoradas por Inés; pero, en cambio, eran los primeros libros de imaginación que ella leía; y por esto, y por tratarse allí de cosas muy hacederas en la práctica de la vida entre personajes de carne y hueso, no tomó los asuntos de los libros como ficciones de una fantasía más ó menos gallarda, sino como relatos fieles de aventuras reales y verdaderas. Por feliz casualidad, uno de los tres libros leídos era el mejor de la colección, el menos ñoño, el de más arte y de mayores atrevimientos de pasión y de colorido. Esta novela la cautivó verdaderamente. Reducíase en substancia el asunto de ella á lo siguiente, según resultaba de la lectura, entiéndase bien, no de lo que se proponía el fervoroso novelista:
Cierto don Zacarías Hernández, hombre muy acaudalado, honradote á su modo, receloso y muy escogido en el trato de las gentes, reglamentado en su vida, devoto hasta cierto punto, menguado de mollera, y, por abominación instintiva, al rape en letras de molde, tenía una hija, llamada Amparo, educada con grandes precauciones, recién salida del colegio, hermosa como unas perlas, muy humildita por régimen, y con unos ojos gachos que, cuando los levantaba, eran dos soles que derretían las piedras. El tal don Zacarías era íntimo amigo de un don Justiniano Costales, letrado severo y docto, nacido para la profesión como la hiedra para el muro: á ella se agarraba, de ella se nutría, con ella se deleitaba, y de ella tomaba, con los jugos y el arrimo, las líneas del cuerpo, la expresión de la cara, el corte de su ropaje y hasta los contados chistes con que se permitía, muy de tarde en tarde, despejar un poco los celajes sombríos de su frontispicio austero. Estos chistes, aunque eran de los que dan ganas de llorar, se los celebraban mucho los canónigos, tres, con quienes se acompañaba en sus metódicos paseos, amén, entre otros tales, de don Zacarías, que los reía á carcajadas sin entenderlos, porque estaban, los más de ellos, en latín de las Pandectas.
Este don Justiniano, letrado viejo, era padre venturoso de Justino, que ya oficiaba en estrados, mozo de mirar severo, de patillas lacias y de rostro pálido, de luengos faldones, sombrero de copa y botas relucientes, bastón de ballena y guantes de medio color. Según el novelista, que parecía estimarle mucho, así se presentaba siempre en público este joven, que «era solemne sin arrogancia, digno con los altaneros, y dócil y sumiso siempre á la autoridad de sus señores padres.» Además, hacía versos en latín y cerraba los ojos cuando se encontraba con una chica guapa en sus cotidianos paseos en la amena compañía de ciertos señores graves, que sólo hablaban de derecho político, de filosofía tomística ó de la corrupción de los tiempos. Su mejor entretenimiento era el estudio continuo de la ciencia que profesaba, y no leía libro de imaginación sin someterle previamente «á la censura de su padre espiritual.» Este gran muchacho andaba ya rayando con los treinta, y no fumaba todavía delante de las personas mayores, ni había entrado jamás en un café. Abominaba del teatro, sin conocerle, y no reía otros chistes que los de su padre y las agudezas de los tres canónigos, en latín también, aunque no forense: más bien era de refectorio.
El cuarto personaje de los principales de la novela, era Isidoro, galancete listo y guapo; jurisperito ya igualmente; pero calabaceado varias veces en la Universidad, por andar más atento á las seducciones del mundo que á los libros de la carrera.
Y sucedió que mientras el don Zacarías Hernández pedía al cielo un marido como Justino para su hija, el don Justiniano Costales suspiraba por una mujer como Amparo Hernández para su Justino, que, á su vez, se regocijaba en la contemplación mental de las dotes, y aun de la dote, de que estaba adornada la hija de don Zacarías. De esta mancomunidad de lícitos y honrados deseos, nació, por decreto de la divina Providencia, según el novelista, el declarado propósito entre los dos padres, de que los respectivos hijos se fueran aproximando honestamente, y tratándose y conociéndose poco á poco, de manera que sin esfuerzo se manifestara el afectuoso vínculo que, por necesidad, había de manifestarse entre dos criaturas tan semejantes en la honestidad de sus inclinaciones y en la santidad de sus miras. Y así se hizo. Don Justiniano y Justino dieron en menudear las visitas á don Zacarías; y en cada una de ellas, mientras los dos señores padres departían en un extremo de la estancia, cerca del opuesto, Justino, con las piernas formando dos escuadras rigurosamente paralelas entre sí, dándose golpecitos en la barbilla con el puño de su bastón, cogido por el medio con su diestra enguantada, y la siniestra sobre el muslo correspondiente; Justino, digo, en esta postura, muy recomendada por el autor de la novela, y colgándole los faldones de su ceñido levitón hasta cerca del suelo, recitaba á la hermosa Amparo versos en latín, ó disertaba sobre una ley de Partida, ó acerca de la política dominante «en sus relaciones con los sagrados intereses de la familia y de la sociedad.»
Yendo encarriladas las cosas de esta manera, aparece en escena Isodoro, recién hecho abogado, y conoce á Amparo en casa de unas amigas, cuyo trato frecuentaba bastante la hija de don Zacarías. Isidoro, como se ha dicho, era guapo y despierto; y hay que añadir que era además apasionado, fogoso, algo poeta, ingenuo, franco y alegre como un cascabel. Le parece monísima la hija del ricacho Hernández, y como lo siente se lo espeta. Era la primera declaración terminante y apasionada que Amparo había oído, porque hasta aquella fecha el otro no se había apeado de sus infolios jurídicos: súpole bien, gustóle el mozo, y continuó la intriguilla; hasta que se olió desde la otra casa, y se ató corto en ella á Amparo, sin decirla por qué, lo cual no era de necesidad para la recluída, porque bien á la vista lo tenía. Isidoro no pecaba de encogido; ella se dejaba caer muy guapamente hacia el lado de su gusto, y continuó el galán pintándola su pasión fogosa en cartitas que la entregaba la sobornada doncella, ó en versos alegóricos que le publicaba un semanario de la localidad. Á todo esto, continuaba Justino con sus luengos faldones y su aire de magistrado precoz, haciéndola disertaciones sobre derecho político, después de haber agotado la materia del romano; y en vista de que aún tenía tela cortada para buen rato, y de que al otro se le había descubierto también el juego de las cartitas y de los versos alegóricos, pusiéronse de acuerdo los señores padres; habló don Zacarías á su hija terminantemente de lo que no le había dicho Justino una palabra todavía; ponderó los merecimientos y las altas prendas personales del hijo de don Justiniano; excomulgó á Isidoro por calavera y mundano corrompido; aseguróla que no consentiría la menor duda en la elección; atrevióse la pobre Amparo á establecer algunas diferencias muy salientes entre los dos aspirantes; tomó don Zacarías á descarada rebelión estos reparos; creyó ver ya al demonio metido en su casa y sugiriendo aquellas perversas inclinaciones á su hija; entregó el conflicto al docto discernimiento de los tres canónigos; tomáronle éstos bajo su celosa protección; y con tan buen tino se condujeron, que á los pocos días, según afirmaba en conclusión el novelista, la divina Providencia recompensaba las virtudes ejemplares de Justino casándole con Amparo, desengañada de su error, y castigaba al pícaro Isidoro con la pérdida de aquel tesoro, tan indebida y ansiosamente codiciado por él.
Tal era, á grandes rasgos, lo principal del asunto de aquella novela.
En opinión de Inés, bien estaría este desenlace cuando por bueno le daba el novelista; pero, salvo el respeto debido á un hombre que tan bien plumeaba, y á los tres sabios varones que habían convencido á Amparo, si ella, Inés, hubiera sido llamada á entender en aquel pleito y á sentenciarle en conciencia, condena á Justino y casa á Isidoro con Amparo. ¡Lo que es la inexperiencia en las cosas del mundo y en los achaques de la vida humana! Á ella le parecía que Justino el estudioso, con aquella levita tan larga, y aquella cara tan seria, y aquellos versos en latín por todo recreo, y aquellos discursos tan sabios, que la recordaban las homilías de Marcones, no resultaba de lo más al caso para marido de una muchacha tan alegre y tan linda como Amparo; mientras que Isidoro... ¿Y por qué se llamaba malo y corrompido á Isidoro, que, como estampa, valía cien veces más que Justino, ó mentían las señas que daba de él el novelista? ¿Qué maldades suyas se referían en el libro? Que era aficionado á danzas y espectáculos; que con una mano cogía el dinero que le enviaban de su casa, y con la otra lo gastaba en divertirse y en engalanarse; que se perecía por las chicas guapas; que las requebraba siempre que podía; que leía muchas novelas y demasiados periódicos; que conocía á muchos periodistas y copleros, y se tuteaba con un cómico; que en una ocasión había empeñado la capa para prestar á un amigo menesteroso siete duros, y que era muy alegre y muy chancero... Corriente. ¿Y qué edad tenía Isidoro? Veinticuatro años, y además era fuerte, ágil, no de mucha altura, pero muy gallardo, morenito, de ojos y bigote negros... en fin, que era una golosina para muchos paladares de buen gusto, y él no hacía por su parte todo lo que debía para no dejarse tentar del demonio, que, en forma de chica guapa, le tentaba de continuo.
—Pues, señor—concluía Inés,—con el respeto debido al saber de los tres señores canónigos, paréceme á mí que con estas prendas y á los veinticuatro años de edad, lo menos malo que puede hacer un hombre es lo que hacía el pobre Isidoro. Si robara ó matara ó escandalizara con sus vicios... Pero ser un poco alegre de genio, bastante desaplicado en el estudio, algo coplero y muy aficionado al trato de las muchachas bonitas... Más raro me parece á mí lo del otro: á su edad y con su carrera, no fumar todavía delante de las personas mayores, y entretener á su novia con aquellos sermones tan enrevesados y con aquellas coplas en latín. Además, cuando á Amparo la aconsejaban que se decidiera por Justino, ya Isidoro había concluído su carrera y tenía juicio y era hombre tan capaz como el que más... Vamos, que si yo soy Amparo y no se mete la Providencia por medio, me quedo con Isidoro, como tres y dos son cinco. ¡Lo que es no entenderlo! ¡Qué cosas diría á las chicas el diablo de él, con aquella viveza de sangre y aquellos ojos negros y aquella gracia para las coplas! Debe de dar mucho gusto eso...
Aquí la máquina consabida hizo por sí misma un cambio de engranajes, y llevó los recuerdos de Inés á aquellas largas temporadas que, de niña, pasaba en San Martín de la Barra. Allí había visto ella, entre las diversas y extrañas gentes que veraneaban, hombres que se daban un aire á ciertos personajes de las novelas que acababa de leer; pero ninguno de ellos era tan guapo como Isidoro, aunque se le pareciera un poquito.
Juraría que aquélla era la primera vez que los veía en el espejo de su memoria, y tal como los había visto entonces sin fijarse en ellos. Se atrevería á contarlos uno á uno. Y ¿por qué le asaltaban ahora estos recuerdes y antes no? ¡Cosa más rara!... Y ¿de dónde serían aquellos forasteros? ¿Vendrían todos los años á San Martín? ¿Tendría cada uno de ellos una historia parecida á las que ella acababa de leer? ¿Harían versos? ¿Hablarían como Isidoro? De todas maneras, los hombres de aquella traza no eran tan raros ni tan escasos, cuando en un lugar tan pequeño como San Martín, se reunían tantos, tan distintos y en tan poco tiempo. Desde entonces no había salido ella de Robleces (donde las únicas levitas eran la del cura y la del médico) en media docena de ocasiones, á otras tantas romerías cercanas; y esas veces, á la fuerza y con los ojos velados por la negrura de su tedio, la había llevado Romana por hacer público alarde de su imperio en la casa, ó de un celo cariñoso de madre postiza, en que nadie creía. No recordaba haber visto en esas salidas hombres de la traza de los bañistas de San Martín, ó de los personajes de las novelas. Solamente Marcos... ¡Marcos!... Otro cambio repentino de la máquina. No ya Isidoro, tan guapo y tan elegante y tan donoso de palabra; Justino el de los latines, cualquiera de los bañistas de San Martín que hubiera visto y oído á Marcos, gordinflón, negrote, puerco de uñas y de ropa, poroso y medio eclesiástico, decirle á ella las cosas que la había dicho, ¿qué hubiera pensado del suceso? ¿Qué rechifla no hubiera hecho de los dos?
Y aquí se tapaba Inés la cara con las manos, y se asombraba de no haber caído mucho antes en la cuenta de aquellas enormidades. En fin, que las cosas no podían seguir de ese modo, y había que cortar por lo sano. No le plantaría en la calle sin más ni más, porque, al cabo, á tuertas ó á derechas, le debía un gran beneficio; pero iría desprendiéndose de él poco á poco, y, entre tanto, le mantendría á raya.
Tal fué el camino por donde llegó Inés, en pocas horas, á encontrar abominable aquel escopetón que en otras pocas más se le había hecho temible.
Marcones, á todo esto, no sabía qué pensar de aquella táctica sutil, de aquellas estratagemas diabólicas con que la discípula le perseguía y le acorralaba y le tapaba los resquicios por donde se le escapaban á él los humos y las chispas del volcán que estaba devorándole por dentro, particularmente desde que había comenzado el agosto del Berrugo y no se oía una mosca ni se veía alma viviente hacia aquella parte de la casa donde estaba el cuarto de la escuela. Andaba el mozón desasosegado y mohíno; y con cada varapalo que recibía de Inés, se ponía más bravo y sospechoso. ¿De dónde habría sacado aquella trasta tantos recursos y tan de repente? ¿Por qué andaba tan sobre sí y le tenía en perpetua batalla y le ponía en tan graves aprietos? ¿Qué diablejo la había infundido tanto valor, tanta travesura y tanto saber?... De las novelas, nada le decía por más que la preguntaba.
—No he empezado á leerlas,—le contestaba siempre que el otro le hacía la pregunta, para buscar una callejuela por donde sacarla al terreno en que la esperaba él.
Al fin, una tarde se le anticipó ella diciéndole:
—Ya he leído tres.
—¡Hola, hola!—exclamó Marcones sobándose las manos.—Y ¿qué tal, qué tal? ¿Cosa buena, eh?
Inés le ponderó mucho la de Amparo y Justino. Estaba entusiasmada con ella.
—Naturalmente—dijo el seminarista entusiasmado también.—Aquello es la verdad pura: un ejemplo de la más alta y cristiana moralidad. ¡Y cómo está escrito! ¡Con qué arte y con qué!... ¡Cómo viene por sus pasos contados, y qué á tiempo, la Justicia de Dios para dar á cada cual su merecido!
Sobre este punto se permitió Inés algunos reparos, ya conocidos del lector.
—¡Cómo!—saltó Marcones muy contrariado al oírla.—¡Es posible que no encuentre usted muy arreglada á justicia aquella conclusión?
—Ya le he dicho á usted—repuso Inés,—que lo estará, cuando aquellos señores, que tanto sabían, lo arreglaron así; pero...
—Pero—añadió Marcones interrumpiéndola,—usted lo hubiera arreglado de otro modo, si lo ponen en sus manos. ¿No es eso?
—Justamente—respondió Inés.—¡Vea usted lo que es la ignorancia y la!...
—¡Un joven—prosiguió el de Lumiacos, casi indignado con la ocurrencia de Inés,—un joven como Justino, con el discurso y la formalidad de un hombre maduro! ¡Un muchacho que habla y hace versos en latín, como agua, y maneja los clásicos por debajo de la pata, y se sabe de memoria el Fuero Juzgo y las Partidas y todo el Derecho romano, y es humilde y temeroso de Dios, y dócil y sumiso á la autoridad de sus señores padres, y ni siquiera fuma delante de las personas mayores!...
—Pues por todo eso,—dijo Inés.
—Por todo eso ¿qué?—preguntó Marcones mirándola fieramente.
—Por todo eso—insistió ella,—no le hubiera yo casado con Amparo, que era tan guapa y tan joven, y tan alegre y tan rica. Me parecía Isidoro más á propósito para ella.
—¡Isidoro!—exclamó escandalizado Marcones.—¡Un danzarín desjuiciado! ¡Un títere que no sabe hacer una oración primera de activa; que recibe el título de abogado por misericordia; que corteja á las chicas casquivanas y publica versos profanos en los periódicos, y empeña la capa y se tutea con un comediante! ¡Casar una peste así con una criatura como Amparo! ¿En qué cabeza cabe? ¿Con qué lógica, Inés; con qué moral? ¡El saber, las virtudes, á los pies de la corrupción mundana! ¡El juicio y el entendimiento, pisoteados por la locura impía! ¡Qué sería de nosotros, los buenos, con unas leyes de moral así? Usted no ha reflexionado bastante, Inés; usted está alucinada... Usted no puede pensar de ese modo... ó está contaminada también del virus ponzoñoso.
Mucho, muchísimo se alegraba Inés de ver á Marcones tan irracional y tan bruto en aquella cuestión. Así le resultaba más antipático, y con ello la costaría menos trabajo llegar hasta donde se proponía aquella tarde. Dióle cuerda de intento para que despotricara más; y cuando ya el pedazo de bárbaro no tuvo dicterios que proferir ni excomuniones que lanzar contra los mozos mundanos, y las mozuelas extraviadas, y las ideas disolventes, y «los gusanos viles,» y «el liberalismo diabólico,» y «la masonería de Satanás,» porque todo esto atropó allí abogando por la causa de Justino el estudioso, contra el infeliz Isidoro y los «corazoncitos piadosos» que se compadecieran de él; cuando á tales extremos, repito, hubo llegado el energúmeno, y rendido y fatigoso, viendo que daban en duro sus desatinados machaqueos, dijo á Inés que era ya hora de dar principio á las ordinarias tareas, Inés, que no se había sentado todavía ni en sentarse pensaba, acabó de atolondrarle con estas sencillísimas palabras, dichas con la mayor serenidad:
—He resuelto suspender las lecciones.
—¡Cómo!—exclamó Marcones estupefacto.
—¡Suspender las lecciones ahora!... Y ¿hasta cuándo? ¿Por qué?
—Porque—dijo Inés respondiendo á la segunda pregunta, sin querer hacerse cargo de la primera,—porque está la casa muy revuelta con el trajín de estos días; y además, he comenzado hoy la novena de San Roque.
—¡Vaya una oportunidad!—replicó Marcones después de permanecer unos instantes muy pensativo y contrariado; y en seguida añadió, descubriendo, sin poderlo remediar, la grosera hilaza de sus malos pensamientos:—¡Suspender las lecciones!... ¡y ahora, cuando en esta parte de la casa se vive como en un desierto, y no se siente una mosca que nos pueda interrumpir!
—Pues también por eso,—dijo al punto Inés, muy intranquila al ver lo que se leía en los ojos chispeantes de aquel zángano.
Y con muy poco más que esto, se despidió.
—Pero ¿hasta cuándo?—la preguntó él desde la escuela, donde se había quedado á pie firme, azorradón y mascando hieles corrompidas.
—Ya veremos,—respondió Inés desde allá afuera, sin volver la cara atrás y andando á buen paso hacia el otro extremo de la casa, donde resonaba la bulla del trajín de aquellos días.