XXI

ARROZ Y GALLO MUERTO

En opinión de Inés, desde el momento en que se quedaba á comer el peripuesto indiano de Nubloso, el asunto de la comida aquélla adquiría una gravedad excepcional. Con Marcos y con el médico, todo podía pasar, porque eran personas de confianza y no estaban hechos ni á tanto siquiera; pero ¡con aquel caballero tan planchado y oloroso, que había corrido tanto mundo!...

Y por eso salió de la sala del modo que se dijo. Del tirón, fué á la cocina á advertir lo que ocurría, y sin reparar en la caraza fosca que tenía Marcones, á quien halló paseándose en el carrejo, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Examinando los manjares, catando las salsas y reparando en la vasija, ¡qué poco, qué malo, qué sucio y qué viejo le pareció todo! Limpió cuidadosamente los careles de los platos y de la media fuente en que se había cuajado el arroz con leche, que ya tenía su buena costra de canela en polvo: bajó la poca y mala loza que había en el vasar, y escogió los platos menos deslucidos por el uso, para reemplazar con ellos los que aún fueran peores de los que estaban ya en la mesa; encargó mucho que se barciaran con gran curiosidad en las fuentes los cocidos y el gallo en pepitoria, y hasta se atrevió á lamentarse de que estuviera un poco salada la sopa de fideos. La Galusa la veía hacer y mangonear, con un despecho muy mal disimulado, y la oía sin responderla más que con un borboteo de colmena, que no cesaba un punto, y algún cucharetazo que otro, bien sonado, ó tal cual rabonada en corto; pero cuando oyó lo de la sopa salada, se picó de veras y cantó claro.

—¡Ni anque viniera el obispo á comerla!—comenzó á decir, andando de acá para allá y subiendo el tono á medida que trasteaba y removía mesas y cachivaches.—¡Ni anque por ello juéramos á perder casorio con el marqués de la fanfarria!... ¡Bah, que te quiero un cuento con el fachendas, que está bien hecho á comer borona fría!...

—Y tú ¿qué sabes de eso... ni qué te importa?—dijo Inés, á quien indignó la grosera reticencia de la criada.

—¡En gracia de Dios—continuó ésta,—habla bajo el piojo resucitao, pa que no le oyeran los que no son sordos y andaban por los carrejos, por haber sido echaos de las salas! ¡Vaya con el sobrino del borrachón de Robleces, que ahora no coge en ellas de puro inflante, y antayer salió de aquí muerto de hambre y en carnitas!... ¡Y too nos paece poco pa regalale el gusto al gran señor de morondanga!... Pos un rato hace, ni la sopa estaba salá ni los platos negreaban... ni por aquí asomó naide pa alvertir que si esto arriba y que si lo otro abajo... Y me paece á mí que con lo que era mucho y güeno pa unos, bien puede regalase, sin que se le caiga la venera, el hijo de su madre, que no es de mejor casta que el nieto de la mía. ¡Ya lo quisiera el grandísimo... que con ser tanto y un poco menos, se vería muy honrao! ¡Á qué vienen las cosas á parar, María Madre de Dios, y de tan de súpito y contino! Y gracias que paran en esto solo; que al paso que vamos, día vendrá de echanos á comer al estragal, y en una escudilluca, como á los probes de la puerta... ¡Bah, que eso y más merecemos!... Y vete y vente, tonto de tí; y rompe zapatos y enseña lo que no se sabe; y acábate tú, desventurá del jinojo, y gasta los años olvidá de tu hacienda por mejorar la del vecino...

Marcones, que lo oía desde el carrejo, apareció de pronto á la puerta de la cocina, mustio de continente; y con voz enronquecida y lenta, dijo á la Galusa, mirando de reojo á Inés:

—Hace usted muy mal, tía, en tomar tan á pecho cosas que no lo merecen... ó que deben perdonarse, como las perdono yo en la parte que me alcanzan. Obrar bien es lo que me importa; que Dios está en los cielos, y en la tierra no se mueve la hoja de un árbol sin su santa voluntad.

Sin darse Inés por más entendida de las palabras del sobrino que de las últimas de la tía, aunque todas ellas la habían mortificado mucho, salió de la cocina sin desplegar los labios ni mirar á nadie, y se fué en derechura al comedor, pieza triste y destartalada. Allí estaba la mesa puesta para cuatro comensales: faltaba el cubierto del indiano... ¡y qué basto era el mantel y qué mal lavado estaba! Afortunadamente había otro más fino en la alacena... Pero aquellos vasos de vidrio, viejos y con roña indeleble en el fondo... Y de eso sí que no había cosa mejor de reserva... ¡Qué mal, qué mal provista estaba la casa para un lance inesperado como el de aquel día! Y lo peor era que el forastero, al notarlo, pensaría que la culpa de todo la tenía ella, por descuidada é indolente y no su padre, por ahorrativo y hasta roñoso. Después, Romana, á cuyo cargo andaban todavía allí todas esas cosas, estaba tan encariñada como su amo con la suciedad y la miseria... ¡Oh, era preciso que aquello cambiara ya!... y cambiaría, pronto, ¡muy pronto! De nada la servía á ella ser limpia y esmerada y rumbosa, si la otra no la dejaba terreno en que emplearse, ni medios para lucirse, ni ocasión siquiera de pelear contra ciertos resabios de su padre. Pero ¡qué indirectas tan brutales la acababa de echar! ¡Bien las había entendido ella! Lo del casorio, ¡qué barbaridad!... Lo de enseñar lo que no se sabía... lo dijo por el otro, que estaría resentido con las bromas de su padre... Pues también el tal, con aquel aire gazmoño con que habló á su tía desde la puerta tapándola toda... ¡Qué grande y qué negro le pareció allí! ¡Qué diferencia con el de la sala! ¡Y se extrañaba Romana de que ella se tomara por él cuidados que no se había tomado por los demás! ¡Qué falta de sentido común, y qué sobras de malas intenciones!... Bueno. Ya estaba cambiado el mantel, y Luca, la otra criada, había puesto encima de la mesa el montón de platos escogidos. Bien poco más lucían que los retirados. Él se colocaría allí, su padre aquí, ella acá y los otros enfrente... No, porque, de este modo, estaría cara á cara con Marcos... Mejor sería poner á Marcos acá y ponerse ella á esta otra parte... Pero entonces tendría de frente al otro... En fin, ya se arreglaría ese punto cuando llegara el caso.

Vino en esto su padre; encargóse de activar las faenas de la cocina, y se fué ella á su cuarto. Allí se lavó las manos; se limpió escrupulosamente las uñas; se refrescó un poquito la cara, que tenía algo ardorosa; se arregló el pelo y los pliegues de la falda; se encajó bien el talle, y pasó repetidas veces las manos abiertas por todas las graciosas hondonadas y gallardas altitudes de su cuerpo, para estirar las arrugas del vestido. Después se miró al espejo, que era bien mezquino ciertamente; y no sé qué juicio formaría de su propia estampa reflejada á pedazos en él; pero aseguro, de mi cuenta y riesgo, que estaba guapísima entonces y hecha una real moza, de los pies á la cabeza, la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera.

Oyó, en esto, que la gente se rebullía hacia el comedor; fuése hacia allá, y encontróla arrastrando las sillas para sentarse á la mesa, por mandato imperioso y terminante del amo de la casa. El sitio que la habían dejado á ella libre, estaba enfrente del que ocupaba el forastero... La casualidad, ó quien allí mandaba, lo había dispuesto así... ¿Qué remedio tenía?

Sentáronse todos, y llegó la Galusa con una enorme sopera entre manos. Dejóla sobre la mesa, y se largó en seguida dando rabonadas; y con tales humos en la jeta, que parecía ir diciendo: «¡así reventéis con ello!» Don Baltasar encomendó á su hija la delicada tarea de hacer plato á los comensales porque á él «no se le amañaba cosa mayor;» y con este motivo, Inés se puso de pie para dominar mejor las alturas de la sopera, y tuvo ocasión el indiano de Nubloso, que indudablemente era mozo de gusto, de admirar un buen rato la corrección de líneas y la escultural riqueza del cuerpo de la joven, destacado sobre la mesa como torso griego sobre su pedestal. Ocurriósele á Inés, muy atinadamente, que el primer plato debía ser para el indiano, por forastero y más extraño á la casa que los otros convidados; y así lo hizo, con aprobación de su padre, para quien fué el segundo; el tercero se le llevó don Elías, por razón de edad, y aun por ser la primera vez que comía allí; después, ya no había que dudar: el cuarto, es decir, el último, para Marcones. ¡Con qué tripas le dió las gracias por la atención el seminarista de Lumiacos!

Servida Inés y vuelta á sentar, comenzó la comida, y con ella el obligado tiroteo de palabras entre los comensales. El de Nubloso la tenía fácil y amena: don Baltasar le tentó sin ambajes; y el mozo, nada pesaroso de ello, rompió á hablar (muy al caso siempre y trayéndolo todo bien traído, con agudas salidas del carril, de vez en cuando, hacia éste y hacia el otro comensal, y particularmente hacia Inés, que le oía embelesada) de sus cosas y de sus peregrinaciones. Las había hecho repetidas veces por los Estados Unidos, conocía á Inglaterra y á Francia, y singularmente á sus capitales. Y no siempre fué el vicio de ver y de admirar, la fuerza que le arrastró á los viajes. Á la mayor parte de ellos fué impulsado por sus negocios. Desenvolviendo este tema, dejó traslucir, bien á las claras, que tenía caudales depositados en los Bancos de Londres, de París y de Nueva York. El era español en cuerpo y alma, por lo que toca á su amor á la patria como suelo y como madre; pero como nación, como estado político, ya no tanto. En este concepto, España le parecía una matrona, muy hermosa sí, pero á la que no se le podía fiar media peseta. Por eso había tenido él buen cuidado de dejar el puñado de ellas que le habían producido veinte años de desvelos, á buen recaudo, antes de entrarse por las puertas de aquella gran señora, tan ligera de cascos.

Puestas aquí las cosas, hizo animadas pinturas, verdaderas ó fantásticas, de las gentes y costumbres de por allá, tan distintas de las españolas; pero las que le merecieron grandes preferencias fueron las norte-americanas. Sobre estas gentes y costumbres habló largo y tendido, y sacó á relucir todo el catálogo convencional que existe ya consagrado por el uso, de las enormidades, en lo malo y en lo bueno, de los supuestos «bárbaros de la civilización:» lo de los ferrocarriles tendidos sobre cuatro estacas podridas encima de un abismo horroroso; lo de las casas con ruedas; lo de las cuadrillas de foragidos europeos convertidos allí, en un par de meses, en hombres honrados y poderosos; lo de las ciudades de cien mil almas con monumentos grandiosos, creadas en año y medio donde antes no había más que un bosque virgen plagado de Pieles rojas; lo de las señoritas que viajan sin otra compañía que el revólver, á quienes todo el mundo respeta mientras ellas se mantengan dentro de las leyes de esa nueva orden de caballería de doncellas andantes, etc., etc., etc., para venir á parar á que el pueblo yankee, dijérase lo que de él se dijera, y casi siempre por censores que no le conocían, era un gran pueblo...

—¡Niégolo en redondo!—dijo de repente la voz iracunda y retumbante de Marcones, que ya estaba hasta la coronilla de la charla del de Nubloso, de sus miradas á Inés, de la fascinación con que ésta le atendía, y de la importancia que daban al charlatán los otros dos papanatas que le tiraban de la lengua.

El indiano se quedó suspenso ante la embestida feroz del seminarista; don Baltasar estuvo á pique de tirarle con un vaso; don Elías se hacía cruces mentalmente, y á Inés se le bajaron los colores de la cara.

Más sereno que todos ellos el indiano, preguntó muy fino, y hasta risueño, al de Lumiacos:

—Y ¿por qué lo niega usted?

—Lo niego—respondió Marcones, verde y convulso, á causa de no haber en derredor suyo dos ojos que le miraran bien,—porque tengo razones para negarlo.

—Y ¿cuáles son esas razones?—volvió á preguntar el otro.

—La primera y la principal... la única, si usted quiere, es que no merece el nombre de grande, por rico y poderoso que sea, un pueblo de masones sin religión.

—Y ¿quién le ha dicho á usted que ese pueblo es así?

—Todo el mundo lo sabe.

—No basta esa razón, porque con la misma puedo replicarle yo á usted que todo el mundo se equivoca. En los Estados Unidos hay religión, y muy bien observada, aunque no sea la nuestra, que también abunda; y en cuanto á lo de la masonería, podrá haberla allí como en cualquiera otra parte; pero eso ¿qué? También por acá abunda, á juzgar por lo que nos dijo hoy el predicador; y, sin embargo, bien cacareó la grandeza de España, sin que protestara usted.

—¡Es muy distinto el caso, señor mío! España siempre será España, ¡la patria de Pelayo y de Recaredo!; y si nos aflige también esa peste, cuénteselo usted á los escocidos con el sermón de nuestro gran orador, que tanto la defienden, porque... ellos se entenderán.

—No conozco á esos escocidos ni á esos defensores de esa peste, ni aunque los conociera les iría con el cuento: no por ser de usted, sino porque no vendría muy al caso; pero ciñéndonos al que usted ha sacado á relucir, ¿por qué ha de poder llamarse grande á España con masones, y no á los Estados Unidos con masones también?

—Porque esos Estados Unidos son unos herejes dejados de la mano de Dios.

—¡Dejados de la mano de Dios!... Y ¿cómo se explica entonces su gran riqueza y su gran prosperidad?

Aquí se infló Marcones y se bañó toda la caraza en una sonrisa triunfal: le había venido á la memoria un latinajo contundente, y le iba á lanzar sobre el indiano, como pudo lanzarle el plato recién desocupado de garbanzos con verdura, que tenía entre las manos:

—Porque—gritó desaforadamente,—Oportet heresses esse.

—¿Lo cuál quiere decir?...—preguntó el de Nubloso muy tranquilamente.—Porque le confieso á usted, sin rubor, que no entiendo jota de latín.

—Ya, ya me he ido haciendo cargo—replicó en tono burlesco Marcones.—¡Así va ello!

—¿Quiere usted decirme—preguntó el indiano, con cierta sorna,—que sin saber latín no se puede hablar de lo que se ha visto en el mundo?

—Lo que yo digo y repito—añadió Marcones con voz retumbante y ademán airado,—es que los Estados Unidos son un pueblo de herejes y de masones, y que, en buena conciencia católica, no puede tomarse la defensa de él sin incurrir en gravísimo pecado.

El de Nubloso soltó la carcajada, y don Elías poco menos; Inés estaba disgustadísima, mirando tan pronto al uno como al otro contrincante. Afortunadamente enfrió don Baltasar en aquel momento los ímpetus del pedantón, con una entrada de las suyas.

—El pecado gordo, zanguangón de los demonios, será el del obispo que te ordene á tí, si piensas oficiar de predicador de esa manera. ¡Pues dígote que habrá que oirte con paraguas!...

—Yo acepto la reprensión, señor don Baltasar—respondió Marcones, lívido de ira reconcentrada, de rencor y de despecho comprimidos,—por ser de usted; pero no porque sea justa ni haya venido por los trámites exigidos en buenas reglas de moral. Y ahora, conste que quedo maniatado, pero no vencido.

—Y ¿no te queda en el morral—preguntóle el Berrugo con una voz y un gesto que eran dos cuchillos,—algún latinajo sobrante para acabar de tendernos boca arriba?... ¡Vaya con los sacristanes de Lumiacos, que van á matar moros á hisopadas!

—Yo reconozco, don Baltasar—dijo el indiano interviniendo de muy buen humor en esta pelea á sartenazos,—que el señor estuvo en su derecho al ponérseme de frente del modo que lo hizo. Túvome, quizás, por uno de los apestados á que se refería el sermón de esta mañana, y ha cumplido con su deber saliéndome al encuentro con los puños cerrados. Porque, si yo no era el masón y el espiritista, ¿quién había de serlo en aquel montón de fervorosos aldeanos, hartos de majar terrones? Y si no lo dijo para que se le entendiera, ¿para qué lo dijo? ¿No es así, señor seminarista? Pues pelillos á la mar de todas suertes; y vamos á firmar las paces ahora mismo bebiendo los dos á la salud de esta hermosa señorita, á quien hemos respetado bien poco haciéndola testigo de una porfía sobre puntos que no valen junto á ella dos cominos... Conque arriba el vaso, señor teólogo...

—¡Y el mío también, aunque por él no se pregunte!—exclamó entonces don Elías, entusiasmado y nervioso, alzando el suyo, que le temblaba en la mano.

Con esto, el de Lumiacos, no pudiendo ya alegar decorosamente la sutileza con que pensaba eludir el compromiso en que le ponía el indiano, á quien detestaba y maldecía en sus adentros, levantó también, aunque algo á rastras, su correspondiente vaso. Bebieron los tres comensales: Marcones, como si bebiera solimán. Y ¿cómo no, si conocía la treta del pícaro indianete para hacer por recodo aquella fineza á Inés, y estaba viendo que, aunque entre congojas y trasudores, la aceptaba la pícara y le acusaba el recibo con los ojos! Y su padre, ¿por qué se había quedado hecho un papanatas y como quien ve visiones? ¿Cómo toleraba aquel escándalo? ¿Para cuándo guardaba sus despachaderas? ¿Por qué tan groserote y desengañado con él, y tan complaciente y baldragas con el bribón de Nubloso?

Como si el indiano hubiera leído al seminarista estos endiablados pensamientos, le saludó muy risueño con el vaso después de apurarle; y en seguida, lo mismo que si nada hubiera ocurrido, se volvió hacia el médico para preguntarle por las condiciones higiénicas de Robleces, y qué dolencias eran las que se padecían de ordinario en el partido.

Á lo que proveyó don Elías cumplidamente, después de carraspear un poco y de contonearse en la silla, buscando la requerida actitud. Sobre lo primero, afirmó que no había en la tierra punto más sano que Robleces; y á lo segundo, respondió que las enfermedades más comunes allí eran la lijadura, el padrejón, el paralís y las del arca.

—Veo con placer—dijo el indiano, sin intención aparente de burlarse de don Elías,—que la ciencia ha adoptado al fin la nomenclatura vulgar de estas buenas y sencillas gentes.

—No, señor—respondió el candoroso médico:—somos nosotros los que nos hemos acomodado á ella, en la necesidad de tratar á estos enfermos á su gusto.

En esto llegó á la mesa el gallo en pepitoria; y mientras Inés le repartía entre los comensales, don Baltasar cantó la vida y altos merecimientos de aquel animalejo, que dejaba en el corral cinco generaciones de su ilustre casta. ¡Así estaban de negros y correosos sus venerables pedazos!

Después comenzó el indiano, que tenía buena memoria, á preguntar por ciertos sujetos que él había conocido allí siendo niño, y también fué don Elías el que llevó el peso de las respuestas, porque, con ser forastero, sabía de las cosas y personas de Robleces, presentes y pasadas, mucho más que todos los que le acompañaban á la mesa. Por ejemplo:

—Y ¿qué fué de aquel tío Carrancas, muy devoto, que rezaba por delante el Calvario alrededor de la iglesia?

—Á ese tío Carrancas no le alcancé yo, ni á su mujer, que le pegaba á menudo; pero sí á su hijo Manuelón, que casó con la Silguera... Tuvieron tres ó cuatro de familia, y por ahí andan padres é hijos matando el hambre como Dios les da á entender.

—¿Y en qué vino á parar la famosa Murciégala, que era tenida aquí por bruja? ¡Qué miedos me hizo pasar á mí, la condenada de ella, con aquel refajo negro sobre la cabeza y aquellos ojos chiquitines y relucientes, hundidos allá dentro!

—Esa pagó lo que debía, aunque un poco tarde—dijo don Baltasar, quitando la vez á don Elías, porque en materia de brujas era creyente á puño cerrado.—La muy arrastrada, ¡cuántos daños hizo en el lugar!...

—¿La Murciégala, eh?—añadió el médico inmediatamente á lo dicho por el Berrugo.—¡Buena alhaja! ¡buena de veras! Estas manos la extendieron el pasaporte.

—Pero, hombre—exclamó el indiano,—¿cómo puede ser eso, si la dejé yo hecha un carcamal cuando me fuí de Robleces?

—Pues ese carcamal fué tirando hasta los noventa y tantos años, y hubiera tirado hasta los noventa mil, por no haber enfermedad conocida capaz de acabar con él.

—¿Cómo acabó entonces?

—De una tunda de órdago que la dieron una noche.

—¿Quién?

—Jamás se puso en claro que fueran manos mortales, por lo que se cree que el negocio fuera cosa de entre ellas.

—¿Entre quiénes?

—Entre las del unto y la escoba, por piques del oficio, ¡ó vaya usted á saber! Lo cierto es que mano de hombre no es capaz de poner un cuerpo en el estado de molienda en que yo ví el de aquel demonio cuando fuí llamado á eso por la autoridad. Debajo de la cama estaba, como una pila de basura.

—¡Qué barbaridad!

—No habiendo amaño posible para aquel saco de huesos en polvo, se le dió la Extrema, y laus Deo. Le aseguro á usted, señor de Quicanes, que si no acaba de aquel modo ó de otro parecido, hoy se encuentra usted á la Murciégala en Robleces, tan campante y tan bruja como en sus mejores tiempos. ¡Qué pelleja de los demonios la suya! ¡Y el benditón de don Alejo que todavía se sulfura cuando se le menciona el caso, y truena contra la Justicia, porque dice que no cumplió entonces con su deber... ni yo tampoco, por no haber dado cuenta del estropicio al juzgado correspondiente! ¡Me asan, señor de Quicanes; me asan vivo estos inocentes de Dios, si me propaso á semejante cosa!

—¡Pues vaya, señor don Elías—dijo alzando el vaso el indiano, quizá por no exponerse á que le asaran á él allí si predicaba cuanto se le estaba ocurriendo sobre el particular,—un trago al descanso y sosiego perdurables de esa infeliz pecadora, que tan molida acabó!

—¡Eso sí, voto al chápiro!—respondió el médico, á quien ya le chispeaban los ojos,—que yo no soy hombre de llevar los rencores más allá de la sepultura.

Bebieron los dos mirándose cara á cara, y dijo en seguida el de Nubloso:

—Y ahora, para concluir de molestarle con preguntas, respóndame á la que se me pone entre los labios. Cuando me marché de aquí, comenzaba á cobrar el barato en el pueblo y á bullir mucho en el ayuntamiento, un tal Planchetas. ¿Qué ha sido de él?

—Pues el Planchetas—respondió don Elías muy hueco, porque cuanto más le preguntaba el otro, más le regalaba el gusto,—acabó como debía: en punta. ¿No es así, señor don Baltasar? El Planchetas, realmente era hombre bien acomodado, para lo que aquí se usa. Tenía sus tierras, su casa, sus ganados... todo propio. Era fachendoso de suyo; pensó que aquel pasar daba para los imposibles, y ahí le tenía usted luciendo la persona en todas partes... Feria va, mercado viene, petulancia por aquí, mangoneo por allá; y lo que era peor: comiendo á menudo fuera de casa, ¡y qué comer! Á lo príncipe: en las mejores tabernas, y échese y no se derrame; ¡y vengan chorizos á todas horas, y demonios colorados! En fin, hasta que se arruinó. Si no mienten mis informes, el señor don Baltasar le sacó de los últimos apuros... ¿Me equivoco, señor don Baltasar?

El cual no respondió á la pregunta del médico, porque llegaron en aquel instante, conducidos por la Galusa y la otra criada, la media fuente y los tres platos hondos repletos de arroz con leche; y en cuanto los vió en la mesa el indiano, exclamó, sin poderse contener:

—¡Dichosa edad y tiempos dichosos aquéllos en que este dulce manjar era mi mayor deleite!... Y perdone el señor estudiante de Lumiacos que yo me permita aplicar aquí este mal zurcido remiendo de mi erudición profana. He gastado muchísimo dinero en libros españoles de ameno y provechoso entretenimiento, y me sé el Quijote de memoria. Usted, que le conocerá tan bien como yo, sabrá con qué frecuencia ve uno reflejados sus propios actos y sentimientos en aquel fiel espejo de la vida humana.

—Yo no gasto el tiempo en leer paparruchas—respondió el seminarista, que verdeaba.—Le necesito para estudios de más fuste y de mayor alcance moral...

—Pues hace usted bien,—respondió muy fresco el indiano.

—Sobre todo, por lo que le engorda,—añadió el Berrugo, que indudablemente tenía algo de tirria al sobrino de su criada...

Inés se condolía mucho del mal trato que se daba allí á su profesor, cuyas amarguras adivinaba; pero don Elías se frotaba las manos debajo de la mesa á cada apabullo que sufría el pedantón.

Mientras el arroz se repartía, dijo el Berrugo:

—Aplíquense á esto todos los convidados, porque es lo último; y Dios sabe cuándo volverán á verse en otra: á lo menos en mi casa.

—Pues por lo que á mí toca—dijo el perfumado Quicanes, que dominaba ya, á su discreción, el concurso con Berrugo y todo, dirigiéndose á Inés, que le servía,—cargue usted sin duelo... y sin perjuicio de los demás, se entiende; pero á condición de que de lo que me sirva, ha de aceptar después la primera cucharada, que yo le ofreceré como tributo de mi reconocimiento y de mi admiración.

Inés, que le servía del arroz de la media fuente, en cuanto oyó las primeras palabras del apóstrofe, dejó á medio llenar el plato que tenía en la mano izquierda, y tomó uno de los hondos que vinieron llenos de la cocina. Á entregársele iba al afable convidado, cuando éste la espetó la condición de la cucharada como tributo. ¡Y allí fué el apuro de la infeliz! Vaciló unos momentos, roja de vergüenza y temblándole la mano; pero al fin, echando también á broma el lance, alargó muy risueña el plato al otro, que le esperaba afilándose las guías del bigote y con los ojos muy parleteros, y le salió al encuentro alzándose de la silla. La de Marcones crujió en el mismo instante, como si la estuvieran haciendo polvo. Don Elías aplaudió á grito pelado, y el Berrugo ya no sabía qué pensar de aquellas cosas.

Concluído el reparto del arroz con leche, Inés y el indiano cumplieron honradamente sus mutuos compromisos: ella entre congojas de cortedad, pero sin repugnancia maldita, y él... ¡figúrenselo ustedes!

Por remate de todo ello, sacó el tal una vistosa petaca de piel de Rusia con grandes cifras de plata, llena de puros de gran vitola, con los cuales brindó á cada uno de los tres comensales; pero ni don Baltasar ni el médico fumaban; y en cuanto á Marcones, rechazando con irónica modestia la petaca del indiano, sacó él otra de suela, muy resobada y con mugre, y le dijo, eructando, y mientras la abría y asomaban dentro de ella unos papelillos arrugados:

—Gracias, yo no lo gasto tan fino.

Y se puso á liar un cigarro, con el relativo consuelo de pensar que con aquel último trámite de la comida, acabarían las estomagadas de bilis que estaban martirizándole. Pero tampoco le salió la cuenta por allí; porque el diablejo del indiano, ayudado de don Elías, consiguió que Inés los aceptara por acompañantes para asistir á la procesión de la tarde y después á la romería. ¡Y el Berrugo que lo toleraba en paz y hasta se había brindado á ir con ellos!

Acordado así, don Baltasar, para hacer tiempo, se fué á sus rondas de costumbre por cuadras y corrales; Inés á sus quehaceres, y Marcones, por de pronto, á desfogar con su tía, ¡que también tenía que oir! las bilis acumuladas.

El indiano y el médico permanecieron solos unos instantes en la mesa, apurando los restos del blanquillo que quedaba en el fondo del botellón.

—Y ¿qué nos hacemos nosotros dos ahora, señor don Elías?—le preguntó el indiano mientras se lavaba las puntas de los dedos en el agua de su vaso, y después de limpiarse esmeradamente los labios con la servilleta,—¿Adónde iremos, sin estorbar á nadie?

—Sospecho—respondió don Elías,—que en el balcón del saliente debe de correr ahora un vientecillo muy agradable y hasta digestivo... Podemos ir allá si le parece.

—¡Gran idea, señor don Elías!

Andando los dos hacia el balcón y guiando el médico, que conocía bien el camino, dijo al otro, arrimando mucho la boca á su oreja:

—¡Menudos revolcones ha llevado hoy, señor de Quicanes, el pedantón ese! ¡Buenos fueron los que le dió en seco don Baltasar; pero los de usted por lo fino!... La Inés se bañaba en agua de rosas... Es natural...

—¿Por qué?

—Porque no le puede ver... casi me lo ha dicho á mí ella misma... ¡Pues podía no ser así! ¡Una moza de órdago como la Inés!... ¡Para el zoquete de Lumiacos estaba!

—¿Cómo es eso, cómo es eso?—preguntó aquí con viveza y gran interés el indiano.

—Verdad que usted no está en autos—dijo el médico, muy satisfecho y orondo.—Pero esto no es para hablado aquí.

Apretaron el paso; llegaron al balcón, donde, en efecto, corría un nordeste muy delicioso; sentáronse, y continuó de esta suerte el médico, mientras el indiano, sin apartar la atención de las palabras de don Elías, recorría con los ojos el hermoso panorama que se descubría desde allí:

—Pues el pedantón ese anda tras el gato del Berrugo.

—¿Y quién es el Berrugo?—preguntó el de Nubloso, después de arrojar de su boca una espesa nube del humo de su aromático cigarro.

—El Berrugo es don Baltasar—respondió muy bajito el médico.—Le dan ese mote por lo hebra que es y lo... Pues bueno: el Berrugo es riquísimo, señor de Quicanes.

—¿Lo cree usted así?

—Le digo á usted que poderoso.

—Y ¿de qué modo trata de heredarle el seminarista?

—Casándose con Inés.

—¡Casándose con Inés! ¿Pues no estudia para cura?

—Estudiaba, señor de Quicanes, estudiaba; pero hace meses lo dejó... ó le dejaron. Con la disculpa de dar lecciones de primera enseñanza á Inés, viene aquí todos los días, para ver si se va colando poco á poco... Amaños del zanguango con la pícara de su tía, la Galusa... El Berrugo no sabe jota de ello; y por el trato que le da hoy, puede usted calcular lo que ocurriría si el gandulote se llegara á explicar más claro... ¡Y el pedantón no cae en la cuenta ni en la mala voluntad que le tiene la Inés, y sigue erre que erre!... Pues ¿por qué se le figura á usted que fué el estampido suyo cuando aquello de los Estados Unidos? ¡Bastante se le da al hijo de su padre porque haya herejes allá ó deje de haberlos!... Con el zancarrón de la Meca apechugaría él si, haciéndose moro, aseguraba la puchera.

—Pues ¿qué mosca le picó entonces?

—El estar usted llevándose las preferencias de todos, y en particular las de Inés. Las cosas claras, señor de Quicanes.

—¡Bah!—respondió éste aparentando dar poca importancia á las noticias y pareceres de don Elías.—Cosucas de aldea.

—Hombre—dijo el médico, cambiando súbitamente de actitud, de tono y de temperatura,—y á propósito de esos Estados Unidos y de esas otras tierras lejanas de que nos hablaba usted: ¿conque tan bonitas son esas mujeres de por allá?

—De primera, señor don Elías, ¡de primera!—respondió el interpelado, después de mirar al médico con cierta extrañeza maliciosa.

—Pues vamos á echar un párrafo sobre ese particular, señor de Quicanes, para hacer tiempo.

—¡Hola, hola!—exclamó Quicanes, mirando con socarronería al médico.—¿Esas tenemos también?

—¡Juego limpio, señor de Quicanes, gracias á Dios!—dijo don Elías humildemente.—Pero, créame usted: aquí vivimos en pura tiniebla sobre las cosas del mundo, y no disgusta un recreillo de palabra de vez en cuando. Por lo demás, ¡á buena parte viene usted, señor de Quicanes!

—Pues vaya el párrafo,—dijo éste, acomodándose mejor en la silla en que estaba meciéndose.

Y hablando él y mintiendo á más y mejor, hecho ojos y oídos, don Elías, y sonando sin cesar el repiqueteo de las campanas de la iglesia, fué pasando el tiempo, y llegó el Berrugo á advertirles que Inés estaba pronta y esperando para ir á la procesión.

En lo más obscuro del pasadizo tocó don Baltasar al médico en el hombro; detúvose allí unos instantes con él, y le preguntó en son de chunga:

—¿Y cómo va el negocio de los molinos?

—¡Ya pareció el dinero!—pensó don Elías, vuelto de pronto á la realidad de sus estrecheces.—Para eso me convidó á comer. No es tan malo este hombre como se le cree.—Pues el negocio de los molinos—respondió en voz alta,—en el estado en que le dejamos aquel día, señor don Baltasar. Ya usted ve: falta la guita...

—Pues yo—le añadió el Berrugo,—sigo en mis trece: en cuanto descubra el tesoro, con las señas que usted me dió, le pongo en la mano los cuatro mil duros... ¿No son cuatro mil?...

—Sesenta y dos mil reales solamente, según mis cálculos,—respondió el médico, de mala gana ya.

—En fin, lo que sea—añadió el Berrugo.—Hombre, y á propósito: ¿ha vuelto usted á ver á la fantasma de la linterna?

—He visto la fantasma—respondió el médico algo crispado;—pero sin linterna y á media tarde, en el callejo de los Mulos; y nada me dijo sobre ese particular ni sobre ningún otro.

Soltóle el Berrugo una risotada que era para el pobre médico una zambullida en agua de diciembre, y se largó detrás del indiano, que aguardaba en el crucero de los dos pasadizos. Don Elías le siguió algo cabizbajo y diciendo para sí:

—Verdaderamente es incurable la indecencia de este hombre.