XXII

EXAMEN DE CONCIENCIA

Corta de genio Inés y modestísima como era, no estaba pesarosa de que la gente la viera en público acompañada del caballero del altar mayor, norte de todas las miradas y tema de todas las conversaciones de aquel día en Robleces, por la mañana y por la tarde; particularmente por la tarde, cuando se vió al caballero que tanto había llamado la atención en el presbiterio, cosido á las faldas de la hija de don Baltasar, y á don Baltasar detrás de los dos, y con don Baltasar, el médico. ¡Cosas más raras!

Así fueron á visitar al santo, que estaba en el cuerpo de la iglesia con todos los perifollos de por la mañana, y á echar unas monedas de cobre en el platillo que había sobre las andas, y después á la procesión, mucho más larga que la otra, pero con las mismas cantadoras y los propios danzantes, hechos ya una porquería de polvo y de sudor, mas no rendidos; y el campaneo y los cohetes y la muchedumbre fervorosa de por la mañana, y otro tercio más de la gente forastera que había venido á la romería. Los curas de Piñales y de Campizas, que habían comido con don Alejo, le acompañaban en la procesión, y Quilino, con un librón abierto entre manos, les hacía el tiple en sus cánticos, á los que contestaba el público á cada instante con un clamoroso «ora pro nobis.» Al predicador de Pandos, después de comer también con don Alejo, se le había visto salir de Robleces, á medio galope del tordillo que montaba, en dirección á su pueblo.

Si á don Elías se le hubiera permitido satisfacer su gusto en toda regla, mientras la procesión iba por lo más hondo de la carrera que seguía, se hubiera encaramado él en el tejadillo del porche de la iglesia; y después de mandar que cesara el ruido de las campanas y el de los cantores y el de los cohetes y hasta el de las hojas que removía el nordeste en bardales y cajigas, habría referido á voces, á la muchedumbre detenida allá abajo, la historia del caballero del altar mayor, teniendo buen cuidado de añadir que aquella historia no la habían sabido hasta entonces más que él y la familia de don Baltasar.

Pero nada de esto le era permitido al oficioso médico; y, bien á su pesar, se conformaba con decir, á hurtadillas del Berrugo, que iba á su derecha, á cada conocido que pasaba por su izquierda, y aludiendo al indiano que le precedía departiendo con Inés:

—Es natural de Nubloso, y está riquísimo. He comido hoy con él.

La romería se celebraba cerca de la iglesia en una gran pradera, lindante por un lado con un espeso cajigal. En este cajigal humeaban los merenderos y resonaban los cantares, las panderetas y las tarrañuelas de dos ó tres corros de baile; y bailes, hasta de tambor, había también en la pradera, con sus respectivos cercos de espectadores; y por entre estos corros de baile y los del cajigal, el «agua de limón fría como la nieve,» las banastucas clásicas con perojos roderos, rosquillas duras y avellanas tostás; las bandadas de muchachos oliéndolo y curioséandolo todo, pero sin catar gran cosa de ello, por la pícara contra de lo caro que andaba; el mozón pretendiente colmando de perdones el moquero de la moza... y en fin, lo de costumbre, por no apestar al lector con pinturas de que ya le tengo harto.

Por allí andaban, alegres y peripuestos y en amoroso grupo, la repolluda Pilara con toda su familia, y Pedro Juan y su padre; éste con las botas de agua, la medalla de Cochinchina y una corbata de seda, lacia y descolorida, anudada á la marinera. En cuanto Pilara vió á Inés y el Lebrato á su padre, se arrimó toda la comparsa á saludarlos... Ya estaba arreglado aquello. Pedro Juan y su padre habían comido aquel día en casa de Pilara, como si todos fueran ya unos. «La cosa sería allá pa la cogedera de los fisanes, al apuntar la toñá.» Comenencias de cada cual lo pedían así. Todos estaban muy contentos; y ya contaba Juan Pedro con darse una vuelta «por ca su amo, pa ponerle en los autos al respetive, como era debido.» También Pilara tenía pensamiento de avistarse con Inés para pedirla cierto favor que estimaría Pedro Juan en tanto ó más que ella. Era «cosa de los dos en concierto.» Inés, que quería mucho á la noble Pilarona, dió el favor por otorgado, si cabía en sus posibles. El Berrugo se hizo de nuevas, y preguntó á Juan Pedro si su hijo era para en casa de la novia, ó la novia para en casa de él.

—Es ella pa en mi casa,—respondió el Lebrato.

—Más vale así para nosotros,—dijo entonces el Berrugo, que, por apego á sus haciendas, parecía muy dispuesto á no haber consentido lo contrario.

Poco después se separaron los dos grupos; y me consta que de la historia de los amores de Pedro Juan y de Pilara, que á instancias del indiano le refirió Inés, tomó pie el placentero acompañante para improvisar una plática que no tenía comparación con aquellas homilías que espetaba Marcones á la hija del Berrugo en los comienzos de su trato con ella. Marcones hablaba y hablaba, tomando los puntos al estilo de predicador, llenando de latines las parrafadas y vomitando tempestades contra gentes que ningún daño le habían hecho. Oyendo á Marcos se podía bostezar y hasta dormirse, y entraban como deseos de santiguarse cuando acababa, y de decir «amén» por remate.

El «predique» del otro fué más dulce, más insinuante y persuasivo: nada de latines ni de Santos Padres; las palabras eran de las más usuales y corrientes y sin adobo de rencores contra nadie; el tema, claro y sencillísimo: parecía que hablaba por boca del oyente; y por eso, con lo que decía á Inés no la daba ganas de bostezar, sino que la llevaba prendida la voluntad; y como si ello fuera gancho con que la sacara de allá dentro lo que más quisiera ocultar ella, la obligó más de dos veces á decir su parecer, sofocada de calor y temblando como una hoja. No había modo de permanecer serena ni enteramente callada, oyendo peroraciones como aquélla en boca de un hombre tan elegante, tan cortés, tan afectuoso y perfumado como el caballero del altar mayor. Después de la predicación para ella sola, se volvió hacia don Baltasar y el médico que los seguían, con trazas de ir algo aburridos, y también tuvo ingeniosas ocurrencias con que entretenerlos un buen rato. Luégo sacó un pañuelo blanco, de finísima batista, limpio y sin estrenar, y le llenó de cuanto se vendía en los puestos inmediatos; pagó rumbosamente, y ofreció aquellos perdones á Inés, que no se atrevió á rehusarlos, después de haber tomado el médico, por cortesía, un puñadito de avellanas y dos perojos; don Baltasar no tomó cosa alguna, porque «no lo usaba jamás... ni de balde.» Pero verdaderamente estaba como algo fascinado con el rumbo y la charla y el atalaje y la conducta de aquel mozo.

El cual, después de bien corrida la media tarde, con el pretexto de que había una hora de camino hasta Nubloso, se despidió afabilísimo de don Baltasar, prometiéndole, y bien recio, no sé si para que Inés lo oyera, volver muy pronto á tratar «del consabido asunto pendiente;» de Inés, con intachable cortesía, y del médico, con la más campechana franqueza. Fuése... y desde aquel momento ya no supieron qué hacerse en la romería ni don Baltasar ni su hija, ni el médico que los acompañaba bostezando.

Dijo Inés, á poco rato, que se encontraba rendida y con ganas de volver á casa; aplaudióla el gusto su padre, y se alegró de ello don Elías que ya estaba impaciente por quedarse solo y en completa libertad de echarse por aquellas espesuras de curiosos, para referir á sus anchas la historia, bien comentada, del caballero del altar mayor.

Atravesando el cajigal para abreviar más el camino, vieron muy alborotada y en desorden á la gente de un corro de baile. Detuviéronse á observar desde lejos; y por una abertura que se hizo en la masa circundante, distinguieron allá dentro un bulto pintarrajeado, que volteaba, hecho un ovillo, entre aullidos de espanto y risotadas de burla.

Acercóse don Elías, por encargo del Berrugo, para averiguar lo que era y, por de pronto, había puesto á Inés tiritando de susto; y al cabo de un rato volvió muy diligente, con las manos atrás, el puño del bastón entre ellas, bamboleando el cuerpo á diestro y á siniestro y queriendo anunciar con la cara lo que comenzó á decir con la lengua mucho antes de llegar adonde le esperaban:

—Lo tengo pronosticado... Ese muchacho no puede acabar en bien.

—¿Qué muchacho?—le preguntó el Berrugo.

—Quilino—respondió don Elías.—Ese berraquillo de los demonios.

—Pues ¿qué le ha pasado?

—Que le han dado otra castaña, pero de órdago.

—Y ¿por qué?—preguntó Inés.

—Según se cuenta—respondió muy espetado don Elías,—parece ser que Quilino, después que le despachó Pilara pocos días hace, en cuanto habló claro Pedro Juan, se encalabrinó por la Marta, la hija del mayordomo de San Roque, buena moza y bien metida en carnes y con su por qué de legítima, por parte de madre, aunque no mucho. Parece ser también que Marta da cara tiempo hace al Pinto de Los Castrucos, mozón con cada puño como una mandarria, que la corteja de firme, aunque sin haber hablado por derecho todavía; y que habiendo todo esto por delante, le dijo la Marta á Quilino, no sé si de buena voluntad ó queriendo entretenerse con él, como tantas otras se han entretenido, que le abriría la puerta, pero dejándole á resultas de lo que determinara el otro. Conformóse Quilino, porque no tenía otro remedio; pero es el condenado de él tan rijoso y emperrado, que quería llevar las cosas al galope; y hurga hoy, hurga mañana, tan pronto á Marta como al Pinto, atrevióse con él hace un momento en el mismo corro del baile: atufóse el mozón, que es una encina brava; y allá va el castañetazo sin más explicaciones, y Quilino al suelo.

—Y ¿no ha habido quien los separe?—preguntó Inés estremecida.

—¿Qué más separados los quiere usted?—dijo el médico.—Al Pinto le bastó un golpe para deshacerse de la mosca, y el otro birriagas no es hombre de volver por el segundo. Nada: les digo á ustedes que, salvo el arranque de muelas que ahora no ha habido, lo mismo que la otra vez.

—¿Qué fué lo de esa otra vez?—preguntó el Berrugo.

—Pues otro castañetazo que, por un motivo exactamente igual, le alumbró el Josco en el callejo del Hisuco. Tres vueltas le hizo dar en redondo, y dos muelas le arrancó de cuajo. Yo las tuve en la mano y curé al provocativo. Les digo á ustedes que en poco tiempo se ha metido bajo un par de mazas de las de órdago; vamos, como no las hay en Robleces ni en diez leguas á la redonda.

No se habló más del suceso; y andando, andando los tres personajes, llegaron á dar vista á la portalada de don Baltasar. Despidióse allí don Elías, sin que le respondiera el Berrugo, y éste y su hija siguieron andando y se metieron en casa.

Inés ponderaba mucho su cansancio; y en cuanto su padre se apartó de ella, sin detenerse á desocupar el pañuelo cargado de perdones, con él entre manos se fué á la solana y se sentó en una silla. Quiso probar el regalo de su cortés acompañante, y no pudo. Sentía como un nudo en la garganta que la impedía deglutir lo que molía y trituraba su fina y esmaltada dentadura. Tendióse hacia atrás hasta tocar en la pared con el respaldo de la silla; apoyó las puntas de los pies en la balaustrada del balcón; dejó sobre el regazo el pañuelo de perdones atado por las cuatro puntas; cruzó los brazos bajo el pecho, y comenzó á mecerse como en aquellos días en que tenía apagadas todas las luces de la imaginación. La tarde caía; el cielo rojeaba sobre la línea del horizonte por donde el sol iba á esconderse pronto; la brisa había cesado; el ambiente era dulce y oloroso; á lo lejos se oían los cantares, intermitentes y como á la sordina, de los romeros que volvían á sus hogares atravesando mieses y collados, y, de tarde en cuando, algún rumor de conversaciones y estallidos de carcajadas, en las callejas contiguas; y con ser los ruidos tan apagados y la luz tan templada, aún le parecían á Inés diablejos que se le metían por los oídos y por los ojos para revolverla y enmarañarla los pensamientos que ella quería ordenar á su gusto para examinarlos mejor... Porque su cabeza estaba llena, rebosando de pensamientos, y en aquel instante quería el silencio absoluto y la obscuridad de las noches sin luna, para entenderse con ellos. El silencio no podía crearle ella por su sola voluntad; pero la noche sí. Cerró los ojos y continuó meciéndose. Los ruidos no la distraían ya tanto. Podía hacer aquel examen que la estaba tentando desde que se había apartado de ella el inesperado é interesante personaje. El examen debía hacerse punto por punto y según el orden riguroso en que los sucesos habían ocurrido.

Ella había ido á misa por la mañana, y podía jurar que sin otro pensamiento extraño á los de todos los días, que el bien insignificante y disculpable de que el vestido que estrenaba no la sentaba mal del todo, y hasta la hacía buen cuerpo. De pronto, y ya dispuesta á rezar un Padrenuestro á San Roque después de la procesión, al dirigir los ojos al santo vió al lado mismo de las andas á un caballero á quien jamás había visto. La pareció desde luégo muy aseñorado, muy rica y aseadamente vestido, airoso de cuerpo, y guapo, muy guapo de cara. Le favorecían mucho aquellos bigotes con puntas. Con más ó menos curiosidad de saber, después de salir de la fiesta, quién sería él, así hubiera quedado el asunto. Pero ocurrió á lo mejor que el forastero fijó la vista en ella. Pudo ser esto casualidad una vez, dos veces, si se quiere; ¿pero tres, cuatro, y diez, y ciento y á cada instante mientras el sermón, como realmente sucedió, bien visto por ella con el rabillo del ojo, y por Marcos, que andaba con los suyos, llenos de ira, desde la puerta de la sacristía al caballero del altar mayor? ¡Cuidado que para notarlo Marcos, debió de ser mucha la tenacidad del otro en mirarla! Pues así y todo, podía explicarse el suceso por no haber en la iglesia otra mujer del porte de ella, ni tan... guapa precisamente, no, pero tan bien conservadita á la sombra; y con la idea de pasar mejor el rato, dando un poco de entretenimiento á los ojos... Sin embargo, ella no pudo menos entonces de acordarse de Isidoro, y de comparar al otro con él. Allá se iban en estampa, aunque Isidoro tenía la ventaja de algunos años de menos, no muchos. En lo demás, no podía decirse nada: no conocía por dentro al del altar mayor; aunque, á juzgar por lo que se le traslucía en los ojos y en el aire, no era el sujeto para que, sin más ni más, le hiciera ascos una mujer como la rica Amparo de la novela. Una duda la había asaltado de pronto: ¿sería casado ó soltero? Y otra duda en seguida: si era casado, ¿cómo se atrevía á miraría á ella de aquel modo? Y como reflexión final sobre estas dudas y sus causas, ¿qué la importaba á ella que el caballero del altar mayor fuera soltero ó casado, ó valiera más ó menos que Isidoro, si, una vez terminada la misa, cada cual se iría por su camino, y si te he visto no me acuerdo?

En este temple de ánimo, por lo tocante al forastero, había salido de la iglesia.

Apenas llega á casa y se asoma al balcón, el caballero en la calleja; y pocos momentos después, el caballero en la sala, á su lado. Tuvo ocasión entonces de examinarle bien escrupulosamente. Su cutis era sano y terso, aunque estaba un poco tomado del aire y del sol; sus labios, húmedos y de color de rosa; sus dientes, blanquísimos, no grandes y muy apretados; sus ojos, vivarachos y muy reparones; las manos, regalares y bien cuidadas; la voz, de buen sonido y con unas caídas muy dulces y algo extrañas para ella; la ropa, finísima; el calzado, primoroso; los puños, el cuello y la pechera de la camisa, como los ampos de la nieve... y un olor cada vez que se movía ó sacaba el pañuelo del bolsillo, ¡un olor!... como el de la yerba segada, y el de la madreselva de los callejos, y el de la mejorana, todo junto. Pues de buenas á primeras, aquel caballero la llama «hermosa señorita.» ¡Qué exageración! ¡Así se puso ella de aturdida, y, á juzgar por el calorazo que sintió de pronto, de encarnada! Pero ¿quién sería él y á que iba allí? ¡Qué ansiedad la suya por averiguarlo! Al fin lo dijo todo, ¡y con qué soltura y gracia! Y no parecía sino que cuanto iba diciendo lo decía para ella más que para su padre. Otra cosa rara: no se desencantó cuando supo que el elegante caballero se llamaba Tomás Quicanes, y era de Nubloso y sobrino del Mayorazgo de Robleces, y que antes de ser lo que era, había sido un muchachuelo pobre, embarcado de limosna, por su tío, para la Habana. Y eso ¿qué? Bien mirado, más valía así; porque, en el fondo, todos resultaban unos. Lo de la compra de la casa, de pronto la sobrecogió, porque conocía á su padre y le creía muy capaz de vendérsela si el otro se la pagaba bien; pero después, ya fué cosa muy distinta. ¡Qué luégo la leyó en la cara el disgusto, y con qué finura la curó de él al instante! Al ser invitado á comer, la miró á ella, como si la pidiera la respuesta que debía dar; y ella entonces, sin poder remediarlo, le animó con los ojos á que se quedara. ¿Lo comprendería él así? El hecho fué que se quedó, sin necesidad de nuevas instancias.

Ya en la mesa, ¡qué desembarazo el suyo y qué soltura tan agradables para todo! ¡Qué bien refirió su vida y sus viajes, y qué curioso y entretenido era todo aquello que contaba de las gentes de por allá fuera! ¡Cuánto había visto, cuánto sabía, y cómo le agradecía ella las atenciones que la dedicaba durante el relato, que también parecía hecho para ella sola! De pronto se enreda Marcos con él... ¡Qué bruto, qué bruto estuvo Marcos entonces! ¡Qué modo tan soez de acometerle sin qué ni para qué! Porque ¿qué sabía el estudiantón de Lumiacos de aquellas cosas tan lejanas? ¿Quién le metía á él en camisa de once varas? Pero no iban por ahí los pensamientos ni las intenciones de Marcos al hacer lo que hizo. Marcos estaba despechado, herido, celosote... ¡Qué horror! ¡Dónde tuvo ella los ojos y el sentido común para no ver ni apreciar lo que debió haber visto y apreciado desde el primer día? ¡Cómo pudo estimar por sabio á aquel mastuerzo, ni tolerarle en calma la confesión que la hizo, ni firmar paces con él en seguida, cuando debió haberle plantado en el corral? Con todo, no la pareció bien la crueldad con que le había tratado su padre. La lección del indiano, ¡esa sí que había sido fina y al alma! Y ¡qué contraste formaban los dos, Virgen María, á pesar de estar Marcos de ropa nueva y camisa limpia!... Porque si llega á sentarse á la mesa con el vestido sucio de todos los días, con las manos roñosas y las uñas negras, hubiera tenido que ver... como cuando la guiaba á ella la pluma... y la declaraba su amor... ¡qué barbaridad! ¡qué abominación y qué vergüenza!...

Fué donosa la manera de cortar el agudo convidado la porfía: brindando y obligando á Marcos á brindar por ella, ¡Qué porrazos la dió entonces el corazón en el pecho, y qué llamaradas de fuego la subieron al rostro! No se atrevía á mirar al indiano, que parecía tener saetas en los ojos, fijos en ella... Pero el apuro gordo fué cuando lo del arroz con leche: ¡salirle con la que le salió, cuando ya tenía el plato en la mano para dársele!... No porque á ella no la gustara, y mucho, la condición que él la imponía, sino porque hay que estar muy hecha á esas cosas para que... sobre todo delante de gente. Tras este apuro, el de la cucharada, ¡que fué de prueba también!... Se acercaba el instante de levantarse todos de la mesa. Y después ¿qué sucedería? Cada cual se iría por su lado; ¡y fuera usted á saber cuándo se vería ella en otra semejante! Esta consideración la apenaba: no lo podía remediar. De pronto se le ocurre á él lo de ir todos juntos á la procesión y á la romería. ¿La adivinaba los pensamientos á ella; se los leía en la cara, ó era todo una casual y simple coincidencia de deseos?... ¡Con qué gusto, después de dar unas vueltas por la cocina (donde ya estaban comiendo los criados bajo la presidencia de Romana que echaba lumbre por los ojos, mientras su sobrino la aguardaba dando vueltas por el carrejo, hecho una turbonada de estío), y después de recoger los cubiertos de plata, se encerró en su cuarto para acicalarse de nuevo y aguardar la hora convenida con él!... Durante este tiempo, que le pareció interminable, examinando bien despacio todo lo ocurrido, concluyó por convencerse de que todo lo que la pasaba podía pasar sin otras consecuencias que aquellas sensaciones y aquellas inquietudes que la estaban desconcertando y jamás había conocido. Esto, por lo tocante á ella. Por lo tocante á él, quizá estuviera entonces tan fresco como una lechuga. ¿Hacía bien ó mal en dejarse llevar de aquellas impresiones, como una boba?

Precisamente estaba haciéndose esta pregunta cuando la avisó su padre que era ya hora de ir á la iglesia. Dejó la respuesta para otra ocasión, y salió.

Aunque algo cortada, se complacía mucho en que las gentes la vieran acompañada de aquel caballero que tanto llamaba la atención; y se conmovió hondamente, hasta ponerse colorada, cuando oyó decir á una mujeruca que pasó á su lado: «¡Vaya que aparean de veras los dos, y campan á cuál que más!» Después no había vuelto á ocurrir cosa de particular, hasta que, á instancias de su acompañante, le contó los amores de Pilara y Pedro Juan... y la dijo él lo que la dijo, tomando pie de la simple y breve historia, y hasta del dicho de la mujeruca cuando pasaba junto á los dos... Y aquí, aquí estaba lo nuevo, lo singular, lo hondo, la miga, la enjundia del caso del caballero del altar mayor en sus tratos y comunicaciones con ella, ó no había enjundia, ni miga, ni hondura, ni nada en el caso ni en el mundo entero.

—En primer lugar, me habló... Pero ¿cómo he de recordar yo todas aquellas palabras tan dulces y tan bien hilvanadas que me dijo?... En fin, á la substancia, que es igual. Comenzó ponderando mucho el poder de eso que llaman amor, que doma y enternece hasta los brutos... Y no lo dijo por Pilara y Pedro Juan precisamente, sino que fué á parar á ellos tomando el punto de más atrás: de las mismas bestias. Pintando ese amor como una necesidad en nosotros, llegó con la pintura á poner bien á las claras lo triste que era rodar por el mundo, á lo mejor de la vida, sin patria, sin familia y sin tener á quién amar, como le había sucedido á él. Atrevíme yo entonces, con miedo, ¡con mucho miedo! á decirle que cómo podía ser eso, habiendo por allá mujeres tan guapas, según él mismo nos lo había asegurado en la mesa... Á esto me respondió... ¡Vamos, es una lástima que no pueda yo acordarme de ello palabra por palabra! porque en las palabras juntas estriba toda la hermosura de aquella comparación que me hizo entre las flores de trapo y las rosas de mayo, tan coloraditas y olorosas, que nacían y se criaban, por la mano de Dios, en los huertucos pobres de su tierra. En una de estas rosas, sin saber cuál, pensaba él siempre, y por ella suspiraba mientras andaba solo y descarriado entre las flores de trapo que tanto abundaban por esos mundos. Para recreo de los ojos y pasar el tiempo, aquellas mujeres, hermosas á fuerza de compostura y adorno; pero para lo otro, para lo que él llamaba necesidades de un corazón puro y honrado, la rosa colorada del huertuco de su tierra, que nace entre matas de alhelíes y de tomillo, y muy arrimadita á las hiedras de la pared... En fin, una mujer, por las trazas... como yo. Viendo que se callaba, atrevíme otra vez; y bajo ¡muy bajo! porque la voz me temblaba y se me enronquecía, preguntéle que si, desde que estaba en la tierra, había encontrado... el huertuco (no tuve ánimos para decirle que la rosa) que tan de menos echaba andando por esos mundos de Dios. ¡Virgen María, lo que yo sudé entonces de vergüenza, temiendo haberle preguntado lo que no debía, en buena educación! Pero ¿cómo no preguntarle sobre ello ó sobre cualquier otro punto que viniera al caso, si me estaba él sacando de la boca las palabras con los ojos? ¡Si yo no he visto un mirar como aquél, en los días de mi vida, ni un metal de voz semejante! ¡Podría jurar que aquellas palabras no me sonaban en los oídos, sino aquí, en lo hondo, en lo más hondo del pecho! Además, ó callarme, y eso no sería cortés, ó decirle la verdad de lo que estaba pensando. Y se la dije. Luégo, ya que lo de la pregunta no tenía remedio, me quedó el temor á la respuesta. ¿Cómo sería? No tardó medio minuto en dármela, y me pareció ese tiempo una eternidad. ¡De las palabras de la respuesta sí que me acuerdo bien!; y no porque fueron las últimas, sino porque... ¡qué sé yo? «No sólo he encontrado el huerto—me dijo,—sino la rosa, y no porque haya salido á buscarla, sino porque Dios me la acaba de poner en el camino.» Al oir esto, sentí como un temblor de los pies á la cabeza; no veía á la gente que tenía delante de los ojos, y el corazón me golpeaba sin cesar allá dentro, como ahora que revuelvo el caso en la memoria. Se calló un poco, mirándome mucho, y volvió á decirme: «Falta saber si Dios me ha puesto delante lo que tanto codiciaba yo, para mi fortuna ó para mi martirio, porque estoy casi seguro de no merecerlo...» ¿No era esto ponerme bien á prueba de tentaciones de declararle lo que no debía? Pues todavía me dijo más; me dijo: «¿Quiere usted saber en qué punto de la tierra he hecho ese hallazgo, cuando menos le esperaba?» Le respondí con los ojos, porque en mi boca ya no había voz, que sí quería; y entonces volvió á decirme: «Pues en Robleces.» ¡Dios mío! ya no fué temblor en todo el cuerpo lo que yo sentí, ni turbación de la vista: fué como un golpe en la cabeza, después de una gran sacudida en el corazón, que me robó hasta el conocimiento. Me aguanté á pie firme por un milagro de Dios. Por fortuna no dijo una palabra más: si la dice, creo que me muero. Al contrario, como tiene recursos para todo, porque ¡ahora sí que me atrevo á asegurar que no sólo puede compararse con Isidoro, sino que vale hasta más que él! dejándome en aquel estado, se volvió hacia mi padre y don Elías, y nos enredó á todos en una nueva conversación... Pero ¿soy yo la de Robleces? Y si no lo soy, ¿por qué me habló de ella del modo que me habló?

Este es el caso; y ahora, ¡Virgen María! ¿qué pensar yo de él? ¿qué pensar de lo que siento en mí, y que, por sentirlo, mirando hacia dentro con los ojos cerrados, parece que tengo acá un mundo para mí sola... y para él; pero un mundo mil veces más grande y más hermoso que el que vería si abriera los ojos y mirara hacia afuera? ¡Santa Patrona de mi alma, cómo dolerá perder esto después de haberlo visto, aunque sea soñando, como puedo soñar yo ahora!

Le faltaba el golpe de gracia á la pobre Inés, y se le dió su padre entrando á despertarla en la solana, cuando ya anochecía, con la siguiente extraña comisión:

—Inés—la dijo en cuanto ésta se incorporó, hablándola muy bajo y muy arrimado á ella:—soy ya perro viejo, y huelo á largas distancias las perrerías de los demás. Tú eres pobre ¡muy pobre! para mantenerte de señora, porque tu padre no tiene más que un pasar para vivir como vivimos. Si el indianete ese resulta ser lo que aparenta, y, andando los días, te apunta deseos de casarse contigo, por mí no lo dejes. Pero entre tanto, ojo alerta, y no te fíes.

¡Hasta su padre le había conocido las intenciones! ¡Qué mucho que dudara ella?