XXIII
CORRIDA EN PELO
Con el silencio, la soledad y las tinieblas de la noche, los pensamientos de Inés parecían una gusanera que le había invadido el cerebro. No la dejaron sosegar un punto. Levantóse con el sol, y para todo se halló distraída y perezosa, menos para acicalarse. El espejo la seducía; y mirándose y remirándose en él, maravillábase de que en tan breves horas hubieran empalidecido tanto los colores de su cara, y se hubieran convertido en acentuadas ojeras las dos levísimas nubes que antes parecían, más bien que manchas, sombra de sus pestañas espesas.
No había desaparecido aquel extraño y casi imperceptible temblor; sentía las mismas ansias de dilatar el pecho suspirando, de admirar la naturaleza en la luz del sol, en los pájaros del aire, en la hermosura del cielo, en las flores del campo y en el rumor de las arboledas; y de querer bien á todos, de perdonar agravios y de imaginarse el mundo entero como un eterno paraíso en que no se conocieran los dolores ni las lágrimas.
Llegó el mediodía, sentóse á la mesa con su padre, probó de todo y no comió nada. Retiróse otra vez á su cuarto; volvió á sus meditaciones, cerrando los ojos y mirando hacia dentro para recrearse en la contemplación de lo que de este modo veía desde el día anterior; y estando tan bien entretenida, llegó la Galusa, raboneando, para decirla, con voz de serrucho, que su sobrino Marcos la esperaba. ¡Adiós sueños regalados!
—Y ¿qué me quiere?—preguntó Inés ásperamente, como quien se despierta con la sacudida brusca de un importuno.
—¡Ésta si qué!—dijo con desgarro la Galusa.—¿Á que resulta ahora mesmo que hasta mos cojea la memoria? Pos el mi sobrino vendrá á lo que ha venío tantas veces á esta casa, y con buen aprecio de los que ahora paece que lo miran de otro modo... y ellos sabrán por qué... ¡María Madre, con los dengues de empalago que se usan tan de súpito y contino!... Conque ¡ea!—añadió de pronto, silbándolo mejor que diciéndolo, y empinándose sobre los soletos, como una culebra sobre su rosca,—¡á ver qué se le dice!
Alzóse también Inés indignada con el atrevimiento de la fregona, y la respondió, con una entereza nueva en la hija pacentísima de la pobre mártir:
—De lo que hay que decir y de lo que haya que hacer, no necesito yo dar cuenta á nadie. ¿Lo entiendes?
Entendiólo, y de firme, la Galusa; y hecha un fardo de veneno, se largó de allí dando un portazo furibundo.
Á poco rato salió también Inés, y se fué en derechura y, al parecer, muy animosa, al cuarto de las lecciones, donde suponía que estaría aguardándola el sobrino de su criada. Y allí estaba, en efecto, el seminarista con sus arreos de diario, arranciados y sebosos; el cervigón encorvado y la caraza medio iracunda y tristona.
Saludó á Inés entre dientes, y casi del mismo modo le respondió ella sin sentarse en la silla de costumbre ni decirle una palabra más. Quedáronse, pues, uno y otro frente á frente y en silencio. Viendo que ella no le rompía, rompióle él de este modo, con la voz muy temblona y el color verdinegro, señal de las cóleras que le batían interiormente:
—Pues yo he venido, como de costumbre, á tener el gusto de que... continúen las lecciones.
—Estaba en cuenta—respondió Inés, con voz no muy firme tampoco,—de haberle dicho á usted, días hace, que deseaba suspenderlas.
—Hasta que pasara San Roque, si yo no entendí mal—replicó el de Lumiacos;—y como ya pasó ayer...
—Pues yo quise decir—repuso Inés,—que también después que pasara.
—Juraría—insistió Marcones algo amoscado,—que no había trazas de pensar eso en el modo de decir lo que usted me dijo.
Cargóse un poco Inés con la frescura del mozallón, y le respondió:
—De todas maneras, lo digo ahora, y es igual.
—Eso ya es distinto—concluyó Marcones temblándole los labios; y añadió en seguida, dando vueltas al sombrero entre las manos:—Lo que yo necesito es conocer la voluntad de usted, y nada más. Ahora ya la conozco... Pero conste que yo no creo haber dado motivos para que se me reciba hoy aquí tan secamente como se me recibe.
—Ni yo lo creo tampoco,—dijo Inés, arrepentida de no haber sido algo más afable con su profesor.
—Pues lo parece por las señas,—respondió el de Lumiacos creciéndose con el encogimiento de la otra.
—No siempre está una de igual humor,—apuntó Inés, manoseando las orillas del delantal.
—Es que—arremetió nuevamente Marcones alzando la voz á medida que le bajaba el color de los labios temblorosos,—yo siempre he venido aquí para prestarle á usted los servicios... insignificantes, que la he prestado, con la mejor voluntad y con el mayor... desinterés.
—¿Y le he dicho yo á usted algo en contrario?—replicó Inés atreviéndose á mirarle á la cara.—Una cosa es que no quiera dar ya más lecciones, porque... yo me entiendo, y otra muy distinta que no le agradezca á usted, como le agradezco, y mucho, ¡muchísimo! esos buenos servicios que me ha prestado.
Contemplóla unos instantes el mozón, con una cara en que se apedreaban las sonrisas contrahechas y el coraje comprimido; y dijo en seguida, sin cesar de sonreirse en falso:
—Ya me voy haciendo cargo de cómo anda el agradecimiento por acá... particularmente desde ayer.
Púsose algo colorada Inés, no solamente porque entendió la alusión, sino porque la irritó bastante la grosería, y contestó, con la voz alterada y los ojos humedecidos:
—Yo no le he dado á usted motivo para que me diga esas cosas.
Y con esto quiso retirarse; pero el otro la detuvo con un ademán y diciéndola al mismo tiempo:
—Ni una palabra ha salido de mis labios, Inés, con ánimo de mortificarla á usted... Lo digo yo, y basta. Y quede con esto saldada la cuenta que estábamos ajustando... Pero—continuó tomando una actitud que quería ser humilde y hasta sentimental,—¿cree usted, en buena conciencia, que, arreglada esa cuenta, no queda ninguna otra por liquidar entre los dos?
Conoció Inés por dónde iban los humos de aquel calero, y respondió valientemente y sin vacilar:
—Ninguna.
—¡Ninguna?—repitió el otro, dominando el despecho para fingir mal una pesadumbre.—Pues yo pensaba—añadió encrespándose de repente,—que había, por lo menos, una... ¡una, Inés, una!; y cuenta de vida ó muerte para mí... Haga usted memoria.
Inés se impacientaba, porque estaba sintiendo ya el estallido del escopetón de marras; y probó otra vez á marcharse, volviendo á negar que hubiera cuenta alguna que saldar entre ambos. Entonces la cortó el paso Marcones y la dijo, como á la desesperada ya:
—Hay una cuenta, ¡bien memorable para nosotros!... ¡que no debe usted olvidar!... ¡que no puede usted haber olvidado! Es la cuenta de mis desventuras aquí, de mis debilidades, de mis tropiezos; la cuenta de mi tesoro perdido, de mi vocación malograda por atender más á los intereses ajenos que á los míos propios; porque yo soy de esa contextura... Un día, dos días, le hablé á usted de estas cosas, de estas desventuras, de ese tesoro perdido... de esa vocación malograda. ¡Es imposible, Inés, imposible que lo haya usted olvidado!... Yo quería irme, desaparecer de aquí para siempre; volver al consuelo de mis libros, al refugio de mis piadosas meditaciones... ¿Lo recuerda usted?
—Eso sí lo recuerdo—contestó con bastante serenidad la pobre muchacha.—Y también recuerdo que yo tuve la culpa, y Dios me la perdone, de que se quedara usted.
—Ergo...—exclamó entonces exaltándose el fogosón de Lumiacos,—la cuenta está sin liquidar. Quod erat demonstrandum. ¿Nos vamos entendiendo ahora mejor, señorita Inés y aprovechada discípula mía?
—No, señor—respondió ésta con valeroso arranque.—¡Y á ver si acabamos de una vez! Yo le rogué á usted que se quedara; no para... eso que trae usted ahora á colación, sino para seguir dándome lecciones... en lugar de ayudarle á que se marchara cuanto antes, después de haberle oído lo que le oí sobre... eso.
—Se estima la franqueza—dijo aquí, verde de rabia, el despechado pedantón;—pero conste que, mientras usted me mandaba, me pedía... me rogaba que no me fuera, y yo consentía en ello, ipso facto quedaba... eso sin ventilar.
—Está usted muy equivocado—insistió Inés sin perder el valor con que había empezado á guerrear contra aquel zoquete.—Eso se ventiló también entonces.
—¡Cómo!
—Conviniéndonos en no volver á hablar de ello, y en dejarlo á lo que Dios dispusiera.
—Corriente...
—Y Dios ha dispuesto que se acabe así, como yo quiero que se acabe.
—¡Dios!—gruñó Marcones al oir esto, como hablaría un mastín irritado, si supiera hablar.—¿Dios... ó el diablo en figura de algún indianete impío?
Á esta embestida brutal ya no quiso contestar Inés, y salió del cuarto, aunque muy indignada, mucho más afligida. El lance daba para todo en una naturaleza tan noble y delicada como la suya.
Poco después de esta escena, Marcones se encerró con su tía para darle cuenta de lo sucedido.
—¡Esto se acabó!—la dijo por entrar, golpeándose la cabeza con los puños, después de haber arrojado el hongo roñoso contra la pared.—¡Esto se acabó, tía!... ¡y sin compostura!... ¡y para siempre! ¡Mal rayo me parta!... ¡y á usted primero!... ¡y á la desagradecida de ella!... ¡y al pillo de su padre!... ¡y al sinvergüenza fachendoso que se me metió por en medio de repente!... ¡y al lucero del alba!... ¡y al universo mundo!
Y después de este estampido, el pedazo de bárbaro se tumbó sobre la cama de su tía, y comenzó á revolcarse allí y á morder las almohadas de coraje...
Dejábale hacer la Galusa, sin hablar más palabra que para recomendarle que gritara menos y no la rompiera «dá que cosa,» alejándose al propio tiempo de él todo cuanto permitía la estrechez del cuarto, por si la alcanzaba «dá que golpe;» y cuando le vió rendido y jadeante, como cerdo después de una trotada, acercósele poco á poco, sorbiendo la moquita y en la postura que le era habitual en casos tales, y le habló así:
—¡Bien calá me la tenía yo, hijo del alma!... ¡Y po-la-mor de Dios, no te güelvas á amontonar, que si mos oyen esas gentes, será entoavía pior! ¡Bien calá me la tenía acá dentro, hasta en los istantes en que tú me lo pintabas tan fino y pasadero como una seda! Mucho bocao era pa molío tan pronto; ¡y veía yo cosas y remilgos en ella!... Pero lo que toca dende ayer acá; dende que se entró ese hombre por estas puertas, y te echaron á tí de la sala, y vino ella á la cocina, y pasó lo que pasó en la mesa, ciego de remate había que ser pa no verlo tan claro como la mesma luz del sol. Ayer tarde te lo dije: «esto voló pa sinfinito.» Pos ¿y dispués? ¿Cómo golvió de la romería la gatuca mansa? Como sal en el agua: derretía de too. Pos ¿habló palabra ella? ¿Cató bocao? ¿Pegó los ojos en la santa noche de Dios? ¿Amorzó esta mañana? ¿Comió al meodía?... ¿Tocaron sus manos silla ni escoba? ¿Sabe ella lo que hace ni por ónde anda ni pa qué quiere los cinco sentíos, si no es pa?... ¡Güen hechizo la dieron de súpito y contino! ¡El demonio de la pícara bribona! ¡Pos dígote con él! ¡El baldragucas pordiosero, embarcao de limosna ayer por el borrachón de su tío, y hoy no le cabe en el pueblo y se va al altar mayor á locir los perendengues de la otra banda, que Dios sabe de qué serán y quién se habrá quedao sin ellos! ¡María Madre!...
—¿Me quiere usted dejar en paz, grandísima bruja de los demonios?—rugió en esto Marcones.—¿Me quiere usted dejar en paz; usted que tiene la culpa de todo lo que á mí me pasa hoy?
—¡Yo la culpa, arrastraón de Satanás?—contestó la Galusa, puesta en jarras de repente y largando en lluvia la saliva por los portillos de la boca.—¡Yo la culpa?
—¡Usted, sí!—añadió el sobrinazo, sentándose al borde de la cama, que crujió como sí fuera á hacerse trizas.—Usted fué quien me puso en el camino ese; usted quien me empujó para que anduviera; usted quien me prometió limpiármele de estorbos... y usted quien no ha sabido cumplir ni pizca de lo que me prometió, ayudándome como debió ayudarme.
—¡Grandísimo hijo de una perra ladrona, desalmaote y gandul!—replicó la Galusa, que bailaba de coraje escuchando á su sobrino.—¿Á qué me comprometí yo que no te haiga cumplió con sobras pa otro tanto? ¿Quién más que tu tía ha mirao por tí? ¿Quién hizo las miles bajezas y se arrastró por los suelos pa sacar á esta garduña la ayuda de costas pa los tus estudios, cuando yo pensé que la iglesia te jalaba? ¿Quién malgastó esos dineros y se me metió un día por estas puertas con el moco lacio, pensando en buscarse la puchera de otro modo? ¿Quién de los dos puso más partías en la cuenta que ajustemos sobre el caso? ¿Quién era el que había de llevarse los mundos por delante con la cencia que no le cabía en el pellejo? Pensando que eras auto pa lo que prometías, siquiera por lo caro que me ibas saliendo y lo mucho que te emponderabas, bien de solfas tuyas la canté pa allanarte el camino; bien te guardé la puerta cada tarde, y bien libre te dejé de estorbos el terreno pa que mejor te despacharas á tu gusto. Si no tuvistes alma, cobardón, pa agarrar las ocasiones por la greña, y si con ese geniazo de perro de cabaña y ese corpanchón de fardo mal atao, te has hecho aborrecible al padre y á la hija, ¿qué culpa tiene tu tía de ello?
Hay que tener presente, para formarse una idea aproximada de aquel cuadro, que la Galusa, por temor á que la oyeran, no gritaba: expelía las iras por la boca, entre hervores y silbidos de las fauces, retorciéndose el cuerpo sarmentoso y con los ojos flameando, casi fuera de sus órbitas ensangrentadas. Estaba espantosa; y su sobrino, por no verla ni oiría, cerró los suyos, se tapó los oídos con las manazas, y volvió á tumbarse boca abajo en la cama, donde lloró de rabia y de despecho.
La furia, anhelante, con los labios amarillos y entreabiertos, temblorosa y desencajada, volviendo á poner los puños sobre las caderas, inclinóse hacia su sobrino; le estuvo contemplando unos instantes como si se gozara en sus tormentos, y luégo comenzó á hurgarle, entre sollozo y bufido, con piropos como éstos:
—¡Echa, gandulón, echa! ¡echa la mala casta con los hígados por los gañotes! ¡echa por esos ojazos el solimán corrompío que te sobra en la entraña, á ver si, limpio de tanta maldá, acabas de estimar á tu tía en lo que debes!... ¡Desalmaón! ¡mondregote!... ¡cochinazo!
Marcones estaba entregado, ó no oía los vituperios con que le acribillaba la Galusa implacable; porque no respondió una mala palabra, ni levantó la cabeza, ni separó las manos de sus oídos. Al fin dejó también de gemir y de lanzar rugidos sordos entre las almohadas; y sin duda por creerle bastante domado ya, cesó también la furia de mortificarle. De pronto se incorporó el hombrazo; y clavando los ojos, hinchados y sanguinolentos, en su tía, la dijo, conteniendo á duras penas y en fuerza de contorsiones, el torrente de su voz que quería escapársele de la garganta:
—¡Si, bien considerada mi desgracia, yo no sé por dónde me duele más! ¡Si voy creyendo ahora que, por encima de lo que tiene en dinero esa mujer, la estimo á ella en lo que vale por sí sola! ¡Si de un tiempo acá, por donde quiera que voy, en donde quiera que me hallo, me persigue su estampa como una tentación de los demonios! La tengo metida aquí, ¡aquí! (y se golpeaba la cabeza); y desde que sospeché lo que había de sucederme y, sobre todo, desde que sucedió lo que me está sucediendo, más que estampa de mujer, es fuego, es lumbre que me devora y me enloquece, y me pone como usted me ha visto, y me obliga á decir lo que no siento.
—Eso ya es otra cosa—dijo entonces la Galusa, como si nada hubiera pasado entre los dos,—y güeno es saberlo pa tenerlo en consideración al respetive de ca uno. En este mundo, bien lo sabes tú: al son que se toca, bailan las gentes; y según que con razón ó sin ella se la agravia á una, al mesmo consonante se responde, anque no se sienta la metá de lo que se diga. Conque, hazte tú el cargo por lo que te toca en la engarra pasá... y vamos á lo que no da espera. ¿Qué tienes cavilao pa en seguida, dispués de lo que te está pasando?
—Nada,—respondió Marcones en el mayor abatimiento.
—Poco es ello—dijo la Galusa,—pa lo que el caso pide. Pos yo, días hace que estoy pensando en lo que debes hacer.
—¿Y qué es lo que usted ha pensado?
—Que parando el negocio éste en lo que paró, y dándole por finiquito pa en jamás... porque hay que conocelo, Marcos: á las cosas que caen de este modo, no hay juerza humana que las levante...
—Pero ¿qué es lo que usted ha pensado?—insistió el otro, impaciente, y más que impaciente, atormentado por aquel parecer de su tía, precisamente porque era el suyo también.
—Yo he pensao—continuó la Galusa encareciendo mucho el dictamen con gestos y contorsiones,—que si no tienes agallas pa apechugar con el oficio de tu padre, debes tratar de golverte á tus estudios... porque, hijo del alma, no hay en ca güerto una breva como la que se ha perdío aquí, ni es cosa de echarse por el mundo á buscar las pocas que hay en él, ni, la verdá sea dicha, eres tú de los más amañaos pa salirte con la tuya en casos tales... Y no te me güelvas á soliviantar, como paece por las trazas, porque ya sabes cómo las gasto... cuanti más que, estando en lo que estamos y viendo lo que pasa, hay que hablar en pura verdá, anque ella mos descuaje... Más he perdío yo, si bien se mira, y me aguanto. Tú, mozo eres y en tiempo estás de hacer por la vida. Yo he gastao la mía en servir á un bribonazo; y á la hora presente, si me echara de su casa, tendría que irme á pedir limosna con un cestuco. Día es éste en que no he podío ajustar mis cuentas con él. ¿Qué tal estarán, dejás á una concencia como la suya? ¿Te vas hiciendo el cargo de lo que yo salí perdiendo con no ganar tú lo que querías? Pos ahora, tu dirás.
—Digo—respondió Marcones domando mal las tempestades que le combatían,—que mientras esto no termine de un modo imposible, enteramente imposible, ¿lo entiende usted? absolutamente imposible de remediar, yo no puedo, ni debo, ni quiero pensar en buscarme otros caminos para vivir sin trabajar la miserable tierra en Lumiacos; porque lo que es en esto, no hay que soñar siquiera. Primero que rascaboñigas pobre, sería ladrón de caminos, ó me tiraría de cabeza desde la cruz del campanario.
—Curriente—dijo la Galusa cruzándose de brazos.—Y ¿á qué llamas tú ser imposible de arreglar... eso que se mos desarregló?
—Á que esté casada ella,—respondió Marcones.
—¡Pero si es ella, simplón, la que pior cara te pone!... ¡Ah, pos si no!...
—Por lo mismo. Seré el perro del hortelano.
—¡Si tuvieras, tan siquiera, los güesos que él roía, pa ir viviendo hasta allá!... Porque la cosa pué ser de dura larga, anque te paezca destinto por lo del fachendoso de ayer... Aparencias de fanfarria... si es que no viene el tuno á buscar aquí lo que no has podío hallar tú... ¡Y la tontona de ella que se feúra otra cosa!
—Sea lo que fuere, tía, yo no la perderé de vista, por lo menos mientras ese nuevo fregado no se aclare de un modo ó de otro. Me da el corazón que yo he de tener algo que hacer aquí todavía.
—¿Corazoná dijistes... y tuya? ¡Madre de Dios! Mira, testarudón del diaño, y hate cargo, pa que me creas, de que, si no soy bruja, voy ya picando en vieja, que pa el caso es lo mesmo: cuanto más pernees y te corcomas delante de ella, más los regalarás el gusto á los dos. ¿Qué más querrían los pícaros!... ¡No seas bobo!... echa cruz y raya á lo pasao; no pongas más los pies en Robleces, y menos en esta casa, y güélvete á tus libros. No llegarás á santo por ahí, porque, á la verdá, no eres de la madera de ellos con esa carnaza tan mordía del ujano, que Satanás te dió; pero tendrás la puchera que buscas, sin machacar los tarrones de Lumiacos.
El sobrinote oía, se golpeaba la cabeza y no contestaba; y la Galusa, insistiendo en su tema, permanecía delante de él mirándole fijamente y con los brazos cruzados. Al fin, y después de un bufido descomunal, púsose Marcones de pie y dijo á su tía, alzando los dos brazos á un tiempo:
—Pero, consejera de los demonios, ¡cómo he de volver yo al seminario, aunque fuera capaz de pretenderlo? ¡Por qué puerta quiere usted que entre, si todas se me cerraron cuando de él salí la última vez? Y aunque alguna de ellas se me abriera, como por milagro de Dios, ¿de dónde me saca usted los recursos con que antes me ayudaba? ¿Ó piensa usted que á una cabra tan villana como ese hombre, se la puede ordeñar dos veces?
—Eso, ni soñalo, Marcos, ni soñalo... ni yo ¡Virgen Madre! me pondría en asomo de pretendelo—respondió la Galusa; y luégo, bajando más la voz y acercándose más á él, que apartaba la cara por no recibir en ella el rocío en que salían envueltas las palabras, añadió éstas:—Contaba yo con ese reparo que me pones de la ayuda de costas, porque del otro no hay mucho caso que hacer: no jué la tuya, falta que merezca cárcel, y otras más gordas se habrán perdonao allí. Pos contando con lo que te digo, sépaste ahora que, por güeñas ó por malas, mano á mano ó por la de la Josticia, ese hombre ha de arreglar las cuentas conmigo, y pienso que sea bien aína. Le he servío más de venticinco años, y de su bolsa á la mía ha pasao muy poco más que el coste de los cuatro pispajos con que me visto. Por mal que se me pague mi trabajo en ese tiempo, siempre saldrá un resultante de más que lo que á tí te hace falta pa acabar los estudios. Vistas las cosas como se debe, si no me muero yo antes, muerto este hombre, cuéntame á mí de patas en la calleja. Pa vivir con ello solo, ese resultante no será cosa mayor... ¿estás tú?
—Estoy; ¿y qué?
—Que si quieres ser cura y te comprometes en regla á llevame á mí á tu lao cuando lo seas, yo te daré el sustipendio pa que acabes los estudios.
—¿De lo que le saque usted á la cabra esa?—preguntó Marcones á su tía, después de una mirada de burla.—¡Como no se lo robe!
—¡Ojalá pudiera, Marcos! ¡ojalá pudiera!... Y bien sabe Dios, y no me remuerde la concencia por ello, que tengo hechos los imposibles por meter los brazos hasta el codo; pero el arrastrao, tan... cabra es, que no lo tiene en cosa en que se puedan jincar las uñas de repente; y primero se le descubrirán las costillas, que un ochavo en sonante.
—¡Como que se va usted á confesar conmigo ahora!... ¡Vaya con la inocente que se pasa de maliciosa!
—¿Pos qué te piensas, alma de Dios? ¿Piensas que yo tamién tengo gato, y quiero escondele de tí con esto que te digo?
—¿Y se le busco yo á usted por si acaso? Buen provecho le haga. Yo también, en lugar de usted, le tendría, como usted le tiene.
—¡Como le tengo yo!
—¡Pues claro! ¡Buena es usted para estar veinticinco años en una casa como ésta, donde lo hay, aunque sea en telarañas!... Al fin, del duro se ha de sacar, y no del desnudo; y á poco que se vaya quedando entre las manos cada vez, á fuerza de pasar y pasar...
—Justas y cabales: una corteza de roña, como que roña es lo único que ha pasao por ellas...
—En fin, dejemos esto, que no viene muy á pelo en la ocasión presente.
—Pero ¿en qué quedamos de lo otro?
Aquí se remontó de nuevo Marcones, que, por más que él quisiera aparentar cosa muy diferente, no había echado por mera chanza aquella zarpada hacia el supuesto gato de su tía, y respondió á la pregunta de ésta:
—En que no estoy en este instante para pensar en lo que no sea lo que tan loco me trae; que me voy, por de pronto, de esta maldecida casa, que así la abrase un rayo en cuanto yo salga de ella; que no quiero volver á Robleces mientras no pueda traer conmigo las plagas que le pido al demonio para castigo de ingratas y desalmados; que aborrezco en esta hora á toda la raza de Adán, y que he sido un bestia en andarme con finezas de caballero delante de la puerta cerrada, cuando pude haberme colado dentro, saltando como un ladrón por la ventana. ¡Y déjeme ahora que me largue por esos campos de Dios á desfogarme á mi gusto, y á tragar á borbotones el aire que necesito para no ahogarme de ira!
Y con esto, se caló el sombrero y echó á andar hacia la puerta, desde la cual se volvió de repente para decir á su tía, que continuaba mirándole y con los brazos cruzados:
—Ahí quedan seis plumas de acero, dos mangos de palo, una gramática, una aritmética, una geografía, una historia de España, dos catecismos, una historia sagrada... y cuatro novelas que, en mal hora, puse en manos de la muy desagradecida. Son objetos de mi propiedad, y los reclamo.
Y se fué dando un portazo feroz, que hizo estremecerse á la Galusa.
Ésta permaneció todavía unos momentos en la misma postura en que estaba antes de marcharse su sobrino; y dijo después entre dientes, clavando los ojos de rámila sarnosa en la puerta por donde Marcones había salido:
—Pos es la primera vez que saca á relocir, el gandulote, esa sonata... ¿Conque el gato mío, eh? No sé qué vientos le soplarán en mi muerte; pero lo que es en vida, no te has de relamber los morrazos ¡sinvergüenzón! con la puchera que pongas con él.
Sorbió la moquita, se pasó una mano por las narices, y salió también del cuarto.