XXIV

LEÑA AL FUEGO

Muy poco dió que pensar á Inés el lance de la despedida de Marcones. Algo la pesaba haber sido tan lacónica y desabrida con él durante la entrevista; pero los descomedimientos y groserías del estudiantón, y, sobre todo, la aversión que le tenía por motivos bien justificados, disculpaban aquella falta, y aun otras mayores que hubiera podido cometer entonces. No pensó más en ello, y volvió á su tema. ¿Cuándo vendría el otro? Porque él tenía que venir, una vez por lo menos: se lo había prometido á su padre al despedirse en la romería, para tratar del asunto pendiente entre ellos dos; y este asunto pendiente era la compra de la casa... ¡La compra de la casa!... Y ¿para qué quería la casa él?... Capricho de hombre rico. Pero, sabiendo que le desagradaba á ella ese negocio y habiéndola prometido lo que la prometió cuando la conoció el desagrado en la cara, ¿cómo se explicaba aquél su manifiesto propósito, delante de ella misma, de volver luégo para tratar del asunto pendiente? ¿Si sería todo una disculpa para volver á verla y continuar la interrumpida conversación?

Y como le esperaba á cada instante, era un asombro lo que se componía, y las combinaciones que hacía con los cuatro vestidillos, tres pañoletas de seda cruda y dos juegos de puños y cuellos, que eran todo su equipaje. Pero pasaron dos días, y el de Nubloso no vino; pasaron tres, y tampoco; y al cuarto... vino Pilara, frescona y grande como ella misma. Temblaba el suelo donde pisaba; y al entrar en la pieza en que la recibió Inés, retumbaba la voz en techos y paredes. Todo en aquella mujer era sano, recio y de temple: encina pura, mármol sin veta y acero toledano, salvo el corazón, que era blandísima cera neta, de panales.

Pues iba, risoterona y ufana, á pedir á Inés aquel favor de que la habló en la romería, y era «cosa de ella y de Pedro Juan, en concierto.» Inés la repitió que contara con él, si podía hacérsele.

—¡Vaya si puedes!—dijo Pilara, con las manos sobre las caderas y revolviendo el cuerpo á uno y otro lado sobre los pies, inmóviles como dos lingotes de hierro, atornillados en las tablas. (Se tuteaban las dos desde niñas, aunque Pilara tenía tres años más que Inés.) En seguida añadió sin pararse en barras:—Pos yo y Pedro Juan, en concierto, queremos que seas tú la madrina del casorio... Ya ves, á ná compromete ello, si no es á un poco de molestia...

Á lo que respondió Inés que, por su parte, no había inconveniente alguno.

—¿Temes, quizaes, que le haiga por la de tu padre?—la preguntó entonces Pilara.

—Por si acaso le hubiera—respondió Inés,—tengo que consultar con él antes de comprometerme. Ya te avisaré lo que resulte, después de hablarle hoy mismo.

Quedaron conformes; y Pilara, que no era más ligera de visitas que de mole, charló con Inés largamente de sus cosas y proyectos. Estaba «prendá, prendaona de too, del venturao de Pedro Juan.» Pedro Juan era pobre, tan pobre como las ánimas benditas que estaban en cueros vivos; pero en Pedro Juan, desnudo y sin una mozá de tierra propia, había un caudal de nobleza, de trabajo y de rebustez. Era una peña con alma de oro, y «auta pa los imposibles.» Bien lo sabían en casa de ella, cuando tanto la alababan el gusto de estimarle y «la lealtá y la pacencia con que había esperao tanto tiempo á que él rompiera la cortedá.» Otros podían tener cuatro carrucos de tierra que manipular, y una choza propia en que meterse; ¿pero de qué valía todo ello, si llevaban contra sí, «al mesmo tiempo, la consomición de este vicio ó de la otra deficultá?» En casa de Pedro Juan no había más que lo justo para el avío de dos hombres, «poco arreparones y mal amañaos;» pero ella no saldría de la suya «con los brazos colgando y á la ventura de Dios. Llevaría una buena cama, con su mullida y buenas ropas; tres sillas de torno; una caldera de cobre; un arca de pino atestá de equipaje; uno de la vista baja, á medio criar, y una novilla de quince meses, sin contar los trampantojos que se la jueran arrimando de acá y de allá.» Era la única hija de su padre; su padre lo tenía, y le daban eso por ahora, porque así lo querían también los demás. Si mañana faltara Juan Pedro, «que sería el hombre más honrao de toa la cristiandá si no viviera Pedro Juan, que lo era tanto como él,» se vería lo más conveniente: si seguir los dos en Las Pozas, ó subirse á la casa de la Iglesia, en que tenía ella una cuarta parte. No la gustaba «el un oficio de Pedro Juan, por lo arriesgao que era;» y por eso solo se alegraría de subirle al barrio para quitarle la tentación del agua salada, y hacerle que se conformara con ser solamente labrador, aunque de este modo sacara menos provecho que de los dos oficios juntos; además, que había que mirar también por el cuerpo, que no era de hierro «pa traele, como le traía el enfeliz, hecho una estorneja, hoy en el regadío de la mar, y mañana en el secano de la tierra...»

De pronto dejó Pilara sus asuntos propios, y saltó á los de la escuchante.

—¿Y qué me cuentas del caballero del día de San Roque?—la dijo cruzando los brazos, que casi se perdían de vista, con lo rollizos que eran, debajo del pecho, y mirándola con la cabeza algo entornada.

Lo mismo que la grana se le puso la cara á Inés al verse acometida de improviso con esta pregunta.

—Pues ¿qué he de contarte?—respondió, no muy á punto ni con gran firmeza.—Nada que no sepas tú.

—¡Vaya—continuó Pilara sin hacer más caso de los colores de Inés que de su respuesta,—que campaba de firme, empingorotao allá arriba, ajunto al altar mayor! ¡De firme que campaba con su cadena relumbrante, su pechera blanca, su etelaje de gran señor... y hasta con aquellos pinchos debajo de las narices, mujer! ¡Andando que le caían guapamente esos amenículos allí! Pos dígote que se despepitaban las gentes por saber quién era, y naide lo sabía, hasta que por la tarde se plantifica en la romería contigo... Me gustó aquello, ¿qué quieres que te diga?... Me gustó de veras; y tamién te digo que en jamás de los tiempos ví pareja mejor apareá... Y no creas que jué ocurrencia mía solamente; que el que más y el que menos de los que vos vieron, pensaron lo mesmo que yo. Á muchos oí decir, como me decía yo á mí mesma: «Nacíos paecen el uno pa el otro.» Y era la verdá pura, ¡ja, ja, ja, ja!

Retembló el cuarto con la risotada de la mocetona; la cual, sin fijarse más que la otra vez en que Inés volvía á ponerse muy colorada, continuó diciendo:

—¡Mujer! y luégo salimos, á las tantas de la tarde que golvió don Elías por allí y lo cernió, en un dos por tres, á too bicho viviente, con que el caballero relumbrante jué primero un muchachuco de Nubloso... ¡Alabao sea el Señor por siempre! ¡Quién había de magináselo? Pos mira, mos alegramos de sabelo; que si es tan poderoso como cuentan, más vale que lo deje por acá, que angunos se locirán con ello; porque la moneda, polvo viene á ser que se esparce; y quien se alcuentra con algo de él encima de la ropa, eso sale ganando... Y ¿sabes qué te digo tamién al respetive, y á más de cuatro se lo oí lo mesmo en la romería aquella tarde? Pos dígote que, por muchas inflas que tenga el piripuesto ese, y por muchas que sean las tierras y las gentes que haiga visto y pueda ver, no alcontrará pa mujer propia un acomodo que tan pintámente le caiga, como tú... Andando, Inés; y no te sefoque el dicho, que es el avangelio; y güeno es ser homilde, pero no tanto como tú, que ya te pasas, con ser quien eres y valer lo que vales... Y con esto me voy, que bastante poste te he dao esta tarde. Ya me avisarás de eso otro, ¿verdá?... Curriente. De padrino no hay ná hasta la presente: es cosa de ellos. Conque me marcho; y si no lo tomas á mal, te daré un beso por despedía... Me sale el antojo de acá: créemelo.

Puso de muy buena gana Inés la mejilla izquierda tan alta como pudo; bajó Pilara más de medio palmo la cabeza, y ¡chaas! ¡chaas! Igual estrépito que si se hubiera rasgado en tres tiras media sábana casera.

Fuése Pilara al cabo; habló Inés á su padre sobre lo que aquélla deseaba; accedió á ello el Berrugo, á condición de que no le costara dinero el favor; llegó la noche, y amaneció el nuevo día, y fueron corriendo las horas de él; y por aquella portalada no entró más persona extraña á la casa que el Lebrato.

La comisión que éste llevaba era para don Baltasar. Comenzó por referirle «el particular» del casamiento de su hijo, casi en los mismos términos que Pilara á Inés, con idénticas reflexiones y con las propias noticias sobre lo que llevaba la novia al domicilio conyugal, y lo que esperaba para el día de mañana. El Berrugo no halló pero que poner ni al relato, ni á las reflexiones, ni á las noticias. Nada le pedían, nada le costaba: al contrario, salía ganando en el bodorrio aquél un elemento que daría gran prosperidad á su casería de Las Pozas. No se lo dijo así al Lebrato; pero le alabó el gusto de su hijo y le ponderó el acierto de todos en arreglar las bodas cuanto antes. ¡Como que había dado permiso á Inés, que se le había pedido, para ser madrina de ellas!

Estimó Juan Pedro el favor en todo lo que valía, y animóse á exponer la pretensión que él llevaba por su parte. Por demás sabía «el señor don Baltasar» que una casa como la de Las Pozas no estaba en disposición de recibir de golpe y porrazo á la mujer que había de establecerse allí como reina y señora de ella.

Cierto que Pilara traería lo más preciso para el avío y comodidad del matrimonio; pero esto mismo le obligaba á él, al Lebrato, á hacer mayor esfuerzo para arrimar algo de su parte. Pedro Juan no tenía más que lo puesto y la muda para los domingos: había que echarle, por lo corto, un vestido flamante y su calzado correspondiente; y después, ¿qué menos que un par de camisas nuevas?... Pues «el timineje del negocio,» aunque la boda fuera en la casa de arriba, sus gastos traía también á la de abajo; que no había de salir todo el desgaste de una sola piedra, «ni sería bien vista la gorroná, dao que la hobiese, ni la consentiría él, que conocía lo que obliga al hombre de bien el agasajo de otro.» La casa misma pedía su gasto correspondiente: un poco de blanqueo; «dos escobás siquiera» había que dar al cuarto de ellos; y el llar de la cocina no podía dejarse como estaba, sin una baldosa entera... En fin, que había gastos, y no pocos, que hacer por parte de Juan Pedro con motivo de la boda de su hijo. El no quería ni necesitaba ponerse colorado delante de nadie para pedirle á préstamo un puñado de pesetas, porque sabía dónde y cómo ganarlas honradamente. Dentro de pocos días, en cuanto apuntara septiembre, empezarían su hijo y él la campaña de la ostra. Sacándoselo al cuerpo sin caridad, bien podía atenderse á este recurso de día, y por la noche al de la pesca del durdo y del anguilo, mar afuera. La brega sería ruda; pero cuando el caso lo reclama, «mentira paece la correa que da un hombre avezao á la probeza.» En suma, el favor que le pedía «al señor don Baltasar,» era que, por aquella vez sola, le dejara libres los productos de la campaña, sin que le reclamara «en el San Martín» la parte acostumbrada de ellos para aminorar la deuda pendiente. Las rentas por todo lo demás, no le faltarían á su hora y punto debidos.

El Berrugo, después de oir al Lebrato en silencio, pero no sosegado, porque tan pronto se rascaba la barbilla ó se pasaba la mano abierta por la cara ó pescaba mosquitos en el aire, como golpeaba el suelo con el mango del rozón que tenía en la otra mano, consideró, ante todo, que el favor solicitado no era de los que costaban dinero, es decir, dinero sacado de su bolsa. Tratábase sólo de no cobrar, por entonces, un piquillo que cuanto más se retrasara en poder del deudor, tanto más iría engordando en provecho de un acreedor tan diestro saca-cuentas como él... Por otra parte, no estaba muy seguro de no necesitar el día menos pensado á Juan Pedro para cierto negocio que le traía á mal traer. Podía, pues, y debía echárselas de rumboso impunemente en aquel trance, y se las echó.

Aunque no duraron mucho estas meditaciones, al Lebrato le parecieron muy largas, y temía lo peor al ver el afán con que el Berrugo se rascaba la barbilla con una mano y golpeaba el suelo con el rozón que agarraba la otra.

De pronto le dió don Baltasar en las espinillas con el mango del instrumento aquél; le encaró, de un empellón, hacia la calle, y le dijo: —Al último, harás de mí hasta ochavos morunos, si te empeñas en ello. Ya estás servido... y andando; y cuéntale el cuento al sinvergüenza que te diga que no soy blando de corazón.

Y no ocurrió más de extraordinario en la casona de Robleces, hasta el otro día en que, al fin, se metió por la portalada el indiano de Nubloso.

El Berrugo andaba trasteando en el estragal, y allí le recibió, con muy buena cara por cierto.

—¡Hola, hola!—le dijo en cuanto le vió, pero sin dejar de hacer lo que hacía.—¿Se viene á cumplir la palabra, eh?

—Hay de todo, señor don Baltasar—respondió el indiano muy afable,—porque vengo á verlos á ustedes y á ofrecerles de nuevo mis respetos; pero no á tratar del punto consabido que tenemos pendiente usted y yo. En esto falto á la palabra que le empeñé al despedirme el día de San Roque; y falto con toda intención, porque quiero invertir el poco tiempo que traigo disponible, en lo primero, que es cosa mucho más agradable para mí.

—Ciertamente que no corre prisa, por mi parte, ese asunto, y no seré yo quien se le meta á usted por los ojos... Y con franqueza, si lo que quiere á la presente es conversación, yo no puedo dársela en un buen rato, porque tengo mucho que hacer por aquí; pero no faltará quien se la dé, si le es igual una que otra. Arriba está Inés, que debe de tener el tiempo muy de sobra y le recibirá, si quiere usted subir y descansar un poco.

—¡Oh, señor don Baltasar!—repuso el indiano muy risueño,—siempre me da usted en su casa muchísimo más de lo que vengo buscando...

—Yo soy así, hombre—dijo al punto don Baltasar mientras colgaba un dalle de la viga del techo; y en seguida, arrimándose al hueco de la escalera y haciendo embudo sobre la boca con las manos, gritó:—¡Inés!... ¡Inés!... ¡Allá va este... sujeto del otro día!... Suba usted, suba usted, sin ceremonia—añadió volviéndose hacia el indiano;—suba usted, que ella le enseñará el camino. Yo subiré en cuanto despache aquí abajo.

Tomás Quicanes no iba tan majo como el día de San Roque. Nada de levita negra, ni de pechera con brillantes, ni de botinas de charol: un terno gris, de americana; calzado amarillo de suela recia; hongo obscuro, corbata clara y cuello bajo y blanquísimo, como los puños; pero con este traje sencillo, holgado, de buen corte y de esmerada hechura, valía doble que con el otro el buen sobrino del difunto Mayorazgo de Robleces. Lo mismo opinó Inés en cuanto le atisbó desde la sala al asomar él por la portalada; y eso que la inexperta hija de don Baltasar no pudo estimar el día de San Roque lo que había de cursi en el aparatoso atalaje, cargado de relumbrones, del caballero del altar mayor. Y no sólo le encontró mejor mozo así, sino más «tratable,» más... de carne y hueso; en fin, menos temible para un apuro como «el del otro día,» si llegaba el caso.

Es de advertirse, por si fué malicia de la neófita en intrigas de aquella especie, que al entrar el indiano en la corralada, Inés cosía á la parte de adentro del balcón, y que al llegar á la sala acompañándole desde el carrejo, la sillita y los avíos de costura estaban á la parte de afuera, es decir, en la misma solana y delante de la puerta. Ello fué que el indiano, al verlos donde los veía, no quiso aceptar la silla que, muy de cumplido, le ofreció Inés en la sala.

—¡De ningún modo!—la dijo.—Por las señales, estaba usted trabajando allí; y como yo no soy de cumplido ni quiero que mi visita la sirva á usted de molestia, se la haré á usted en la solana, si me lo permite.

—Como á usted le guste más,—respondió Inés dirigiéndose al balcón.

Otras dos observaciones por lo que valgan: Inés apartó la silla y los cachivaches, como si les estorbaran el paso, y los colocó á un lado y á muy buena distancia de la puerta; y el visitante había visto, al asomar al carrejo, entre la penumbra de las inmediaciones, vagar una silueta antipática, que era la de la Galusa.

¿Huían los dos, visitante y visitada, de una misma contingencia desagradable, al resistirse el uno á hacer la visita en la sala, y al estar tan bien dispuesta la otra para recibirla en lo más escondido del balcón? Lo que no tiene duda es que en aquel sitio, deparado por la casualidad ó elegido por la malicia, se podía echar un párrafo, no alzando mucho la voz, sin que nadie se enterara de él, ni tampoco de la mímica que le acompañara, como no fueran los pajaritos del aire; porque por el pedazo de calleja que desde allí se descubría, no pasaban cuatro transeúntes, y esos muy distraídos y torpotes, en toda una tarde de Dios.

Yo me inclino á lo de la malicia, y de parte de entrambos; porque también es indudable que, al comenzar la visita, ya se apuntó en cada uno de ellos el mismo afán de llegar cuanto antes con la conversación á un paradero indudablemente preconcebido.

Duraron poco, muy poco, en boca del visitante, y eso que no dejaba de ser socorrido de conversación, esos preliminares de rúbrica en tales casos, emparentados siempre, más de cerca ó más de lejos, con las evoluciones meteorológicas, con el sistema de vida diaria y con otras materias así; en seguida se plantó, retrocediendo de un salto, en el día de San Roque, «de feliz y perdurable memoria para él.»

Con esto solo, ya comenzó á aletear y revolverse algo en los adentros de Inés, y se le pusieron á la pobre los carrillitos como la misma grana; y porque hizo un alto en la conversación el otro, y por creer y temer ella quizás que de un nuevo salto de ideas se le largara Dios sabía adónde, corta y novicia como era, se atrevió á tenerle á raya preguntándole, sin dejar de coser, pero sin saber lo que cosía:

—¿Ha comenzado usted á tratar abajo con mi padre de ese asunto?

Por los hondos, aunque, en apariencia, lejanos enlaces que tenía esta cuestión con la que á ella la interesaba tanto, la había sugerido su buen instinto la idea de sacarla á relucir para los fines que se proponía; pero fué inútil la precaución, porque no pensaba el indiano en huir del terreno en que se había metido de un salto y de muy buena gana.

—¿Y qué asunto es ese?—preguntó él á su vez, haciéndose el ignorante, para tomar aquel nuevo camino que también guiaba al paradero deseado.

—El que prometió usted tratar con mi padre al despedirse en la romería, en la primera visita que le hiciera. Creo yo que será el de la compra de esta casa.

Y se sonreía la picaruela, como si no le creyera ya capaz de ello.

Sonrióse también el otro, y la dijo en seguida, tejiendo y destejiendo entre los dedos de ambas manos la cadena de su reló:

—Ese asunto se quedará sin ventilar por ahora, porque se me ha puesto por medio otro que me interesa bastante más: el de cierto huertuco... ¿Se acuerda usted?

¡Vaya si se acordaba! Pero lo negó sin maldita la conciencia; por lo cual tuvo el otro que volver sobre lo tratado en la romería de San Roque, sabiendo que se le engañaba descaradamente en aquella negativa, pero aceptando con gusto el engaño para desenvolver más á sus anchas la metáfora, algo cursi, como todas las metáforas de todos los enamorados de este mundo, del huertuco montañés y de la rosa colorada.

Ya estaba, pues, la gran cuestión en pie, y ya dudaba Inés si seguir cosiendo ó si dejarlo: si no cosía, no sabía qué hacer de las manos ni de los ojos; y si cosía, se pinchaba; y cosiendo ó no cosiendo, le andaban unas cosas por todo el cuerpo y delante de la vista, y le subían unos calores y sentía tales ruidos en las sienes, que no podía parar ni sosegar un punto. ¡Y se estaba todavía al principio de una historia de la que conocía ella hasta la penúltima página! ¿Qué sería cuando llegara el momento de aclararse el único punto que quedó sin aclarar en la romería? ¿Cuando se la dijera terminantemente quién era «la de Robleces?» Pero ¿llegaría á decirlo él? Y si no lo decía, ¿por qué la atormentaba sacando á relucir de nuevo la misma historia?

¡Aprensiones disculpables en un espíritu abierto, noble y generosamente, á las primeras llamadas del corazón, como las rosas de la metáfora al calor de los rayos solares! Puede que resulte también algo cursi esta otra metáfora que tomo del montón de las corrientes; pero no hallo otra de mejor arte ni más al caso, y por eso me valgo de ella para venir á parar á que, con todo el miedo que tenía Inés al final de la historia, se le hacía mucho lo que tardaba en llegar á él el relatante, y hasta temía que no llegara nunca.

En lo cual se equivocaba grandemente; porque el indiano, aunque contando los pasos y gozándose en la contemplación del terreno que exploraba al mismo tiempo, llegó y llegó bien; y llegando, resultó, y así se lo dijo á Inés, claro, muy claro, aunque le temblaba un poco la voz al decírselo, que «la de Robleces» era ella; ella, que en pocas horas se había hecho dueña y señora de su corazón y de su vida, y más que por la hermosura de su cuerpo, que era singular, por la nobleza y sublime candidez de su alma, que no tenía precio.

Todo esto oyó Inés sin morirse, como lo temía desde lejos. Algo la pasó, es verdad, que le pareció el fin de la vida; pero no por las ansias ni los dolores ni el desconsuelo, sino por lo dulce, por lo agradable y, sobre todo, por lo extraño; de manera que, más que muerte, era aquello la terminación de una existencia insulsa, y el comienzo de otra mucho más placentera y amable.

Y todo esto leyó y fué saboreando codicioso, detalle por detalle, el afortunado galán, en el mirar turbado, en el respirar anhelante y en el casto y dulcísimo abandono de todo su sér, con que la pobre novicia, sin voz ni energía en su garganta para responder con palabras, reveló claramente las tempestades de su pecho.


Sucedió después una cosa bien extraña. Á fuerza de contemplar embebecido á Inés, acabó el singular enamorado por mirarla, más que como triunfador satisfecho de su hazaña, como temerario que lamenta, con honrado corazón, el estrago irremediable de una ligereza. En seguida, como para intentar una prueba en que deseara ser vencido, tomó, suave y cariñosamente, una mano de Inés entre las suyas, y la preguntó sin dejar de contemplarla:

—¿Sería usted capaz de hacer un sacrificio por mí?

—Hasta el de la vida,—respondió temblando Inés, no con palabras, sino en una mirada que se fué alzando poco á poco hasta difundirse en la amorosa y á la vez compasiva del otro.

El cual, entendiendo bien la respuesta, añadió:

—Pues la voy á pedir el único con que no contaría usted entre todos los que puede haberse imaginado: que guarde, como en el secreto de la confesión, lo que acaba de pasar entre nosotros... hasta que yo la diga cuándo es la hora de publicarlo á voces. Le pido á usted esto, que sólo por pedirlo yo en tal ocasión ha de parecerle sacrificio, y bien extraño, por el amor que siento por usted, y delante de Dios la juro que es verdadero y grande. Hemos de hablar á menudo de estas cosas, y todo se aclarará cuando se deba.

Se levantó momentos después; se despidió «hasta luégo» con todos los miramientos, entusiasmos y delicadezas que el caso requería; y sin que el Berrugo pareciera por allí ni por las inmediaciones, fuése.

Inés recibió su última despedida desde la portalada, y cayó en seguida, transfigurada y absorta, en las honduras de su pensamiento, que era un volcán; y todo, todo lo creyó posible, menos que aquel hombre fuera capaz de engañarla.