XXVIII
EN EL FONDO DEL ABISMO
Ocurrió del modo siguiente: llegó á Lumiacos un indiano de aquel pueblo. Era joven todavía, no muy hablador, y poco apegado á la tierra, porque la tachaba de miserable. Á los ocho días de haber venido, ya estaba deseando marcharse. Quejábase de que le saqueaban vivo aquellas gentes «hambronas,» empezando por las de su casa. Fuera de este achaque, no parecía mala persona. Hablando de estas cosas una vez con Marcones, que era el único ocioso del lugar, le preguntó el seminarista si conocía «por casualidad» á Tomás Quicanes el de Nubloso. Á lo que respondió en seguida el de Lumiacos:
—¡Pues no he de conocerle, camará?... Y remuchísimo que le conozco.
—¡Hola, hola!—exclamó al oirlo Marcones, ávido de noticias del hombre á quien más detestaba en el mundo.—Y ¿qué tal, qué tal sujeto es?
—De primera—respondió el otro.—Es mozo que sabe de todo; que habla como un libro, y además, tres lenguas; que plumea como nadie; que en Cuba se codeaba con lo más curro y más letrado... y que ha visto mucho mundo. Es sujeto de cuenta, créame, camará. Y todo se lo debe á sí propio. No le conozco más que un pero.
—¿Cuál es, cuál es?—saltó Marcones como si quisiera quitar al preopinante aquel pero de la boca para saborearle pronto.
—Pues, camará—respondió el indiano,—el pero de que no tiene un cuarto, que no es chico pero.
—¡Qué me cuenta usted?—exclamó Marcones, no sabiendo contener su alegría.—¡Conque sin un cuarto!... Á esquina, que decimos acá; paupérrimus, que diríamos en la gran lengua madre. Pues, hombre, bien se pavonea por ahí, cargado de perendengues, y bien de millonadas echa por la boca cuando llega el caso.
—Tiene buenos equipajes; no es tan pobre como para morirse de hambre en cuatro días, y puede que alguna vez le haya dado por esas bromas, aunque nunca oí que por ahí le diera.
Y no pasó más. Con ello en el buche, picó Marcones para Robleces; entró en la casona por la portalada del corralón de atrás, cerca de la que arrancaba una escalera que iba á descargar enfrente de la cocina; atisbó desde la puerta, oyó á su tía, tosió de cierto modo, oyóle ella, salió, entendióle que no quería ser visto, bajaron los dos la escalera, salieron del corralón; y arrimaditos á la portalada, ella hecha toda oídos y moquita, y él todo mugre y veneno, dijo el sobrinazo gandul á la bribona de su tía:
—Ha llegado á Lumiacos un indiano que conoce mucho al de Nubloso; y resulta de sus informes, que el caballero relumbrante del altar mayor es un tuno como una loma, sin un cuarto y muy desacreditado en Cuba... ¡Si me lo daba á mí el corazón el otro día! Conque ya lo sabe usted; y ahora, en seguida, el golpe bien aplomado y donde deba darse. Después, ya me dirá lo que vaya resultando, porque yo me vuelvo sin parar por donde he venido.
Y no pasó más que esto entre el sobrino y la tía. Subió ésta á escape la escalera, sabiendo que estaba en casa en aquel momento «el fachendoso,» porque le había sentido entrar media hora antes de que llegara su sobrino; husmeó el aire como perra golosa, averiguó dónde trajinaba su amo, corrió allá, apartóse con él á un lado, y le embutió en los oídos las noticias recibidas de Marcones, con toda esta fidelidad:
—Acabo de saber por boca que nunca miente y lo tomó de otra que tal, que el caballerazo ese que tanto se despepita por Inés y le hace á usté la rosca en toas partes, es un pillo de primera; que no tiene un ochavo, ni crédito ni vergüenza; que ha estado en la cárcel por tramposo, y viene ajuyendo de allá, por temor de que le manden á presidio. Tiene á Inés por rica, y eso anda buscando él con el deslumbre de unos ropajes que debe al que se los vendió.
—¿Quién ha dicho eso?—la preguntó el Berrugo en seguida, pero sin mirarla á la cara, por no vérsela.
—Otro indiano más honrao que él, que acaba de llegar de la otra banda, y le conoce mucho. Yo ni entro ni salgo en cosas que no son mías; pero tengo ley al pan que como; soy mujer de concencia, y, por lo que valga, ahí le queda á usté eso que le he dicho.
Y se fué, sorbiendo la moquita y arrastrando las chancletas.
Al Berrugo le sobraba todo lo de la cárcel y lo del presidio. Con saber que no tenía un cuarto y era muy listo y algo despilfarrado el caballerete del altar mayor, le bastaba. Este era su gran delito. Hasta qué punto serían ciertas las noticias de ello, lo averiguaría él del mismo interesado, porque sabría ponerle en ocasión bien apretada. Con noticias y sin noticias, estaba ya resuelto á echarle el «alto» de un momento á otro.
Conque dejó lo que estaba haciendo, que era poco más de nada, y se fué en derechura á la solana, donde sabía él que estaban «de palique» los dos, y ocurrió lo que el lector ha visto al final del capítulo antecedente.
Ni en aquel día ni en aquella noche consiguió Inés darse cuenta bien arreglada de lo que la estaba pasando. Eran sus pensamientos como un oleaje de mar brava que hubiera invadido de repente su cerebro. No podía traducir en ideas coordinadas los sucesos. Teníala del estruendo, del desastre, de los celajes pavorosos, del huracán desatado, del desconsuelo, del abandono, de los grandes dolores, de la soledad del alma, de las angustias de la agonía; porque de todo esto había algo dentro de su corazón y de su cabeza, pero revuelto y agitado. Sabía que todo aquel conjunto era un martirio; pero no atinaba á distinguir cuál de ello la mortificaba más, ni en dónde ni por qué. Su discurso estaba á obscuras y perturbado, por exceso de ideas tristes y de impresiones dolorosas.
Á la madrugada la rindió el sueño, que fué bien poco benéfico con ella, como todos los sueños que caen en cerebros tempestuosos; porque al despertar de él fué cuando empezó su verdadero martirio. Con aquel reposo no había logrado más que la triste ganancia de que cada elemento de la tempestad se disgregara por su lado; pero la tempestad allá le quedaba, en pedazos, si pudiera decirse así, que la batían con diabólica estrategia y á cielo sereno, para que mejor se viera y se estimara su destructora labor. ¡Tantos y tan largos días de recelos mortificantes; desaparecer éstos de pronto; disiparse aquella nube negra, que era la única mancha del cielo de sus ilusiones; volver á ver la luz risueña y el alma en reposo; y en otro instante caer en las tinieblas de un abismo, y verse prisionera allí! ¡y con qué carcelera, Virgen de la Soledad!
Á las brusquedades de su padre, á la sequedad de su alma, ya estaba bien acostumbrada; á la excomunión lanzada por él sobre sus amores, era posible acostumbrarse á fuerza de meditar en ella buscando el modo de conjurarla y con la esperanza de encontrarle; pero ¡á aquel nuevo género de tiranía!...
Se podía haber arrojado de casa al otro, como se le arrojó, por tenerle en poco: esto hasta era de esperarse después de visto que el caballero ostentoso del día de San Roque, era pobre; se podía haberla reprendido por pensar como pensaba en este delicado punto; haberla amenazado... hasta castigado á golpes, porque todo ello cabía en la especial naturaleza de su padre, y, aunque injusto y cruel, no la afrentaba; pero ¡entregarla de una manera tan humillante, bárbara é injuriosa, al arbitrio de aquella mujer desalmada y grosera, que la detestaba y tenía rencores que desahogar sobre ella!...
Jamás hubiera creído á un padre capaz de tan despiadados rigores con un hijo... y por primera vez; porque aquel disgusto era el primero que ella daba á su padre, y aquel castigo el primero que de él recibía, y por una falta bien disculpable... ¿No la había animado él mismo á que pusiera buena cara al otro, cuando le consideraba rico? ¿Y así, con esa facilidad, dejaban de ser buenos los hombres que lo habían sido?... ¿Y era todo ello un juego de chanza, para tomarle y dejarle con la frescura que su padre quería? ¡Imposible que no llegara á tener estas cosas en consideración! La misma enormidad del castigo la hacía creer que era obra de un arrebato que pasaría, más ó menos pronto; pero que pasaría... Al fin, era su padre el juez.
Entre tanto, de tal modo la espantaba la condición singular de su cautiverio, que por huir del bochorno de que la abominable carcelera extremara en daño suyo las amplias atribuciones que la habían dado, huía hasta de los resquicios de las puertas por donde se filtraran el aire y la luz, y deseaba la noche, martirio de los atribulados que no duermen; porque, siquiera, aunque velando y padeciendo, encerrada en su cuarto durante aquellas negras horas, estaba libre de los asedios y de la presencia de la aborrecible mujer.
El primer día, menos mal, porque la Galusa se satisfizo con pasar y repasar á su lado para gozarse en la contemplación de su angustia, y en lanzarla miradas torcidas como para darla á entender: «por aquí ando, y ya sabes para qué.» Al segundo día, ya comenzó la mortificación directa: si estaba sentada Inés, porque no se movía ni trabajaba como era debido; si, por distraerse, trabajaba, porque aquello no era trabajar, ni arte, ni remango, ni cosa que se le pareciera; porque la vió despeinada una hora después de levantarse, que «dejadona» y que «puerca» y que «á aviarse pronto, porque en la casa está todo por hacer;» porque salió muy peinada más tarde y bien ceñida de ropa, que «la marimoños, y la relambida, y la piripuesta, y la señoría de cuerno,» y que en «esas morondangas mos pasamos las horas,» y que «así sale ello dispués y vienen las desazones á los padres de bien que no merecen hijas tan deshacendás y correntonas,» y que «ya te lo dirán de misas y las irás pagando poco á poco, que güeña falta mos hace.» Y así todo el día. Á su padre, solamente le veía en la mesa; pero, como lo tuvo siempre por costumbre, devoraba en tres ó cuatro embestidas la bazofia que le ponían delante, y se largaba de allí sin hablar palabra, tan fresco y despreocupado como si nada hubiera ocurrido que mereciera la pena de hacerle cavilar un poco.
Al tercer día dieron los atrevimientos de la Galusa un avance de mucha importancia. Al volver Inés á su cuarto para peinarse, notó la falta del espejo, que media hora antes estaba colgado en su sitio. Sin sospechar lo que ocurría y como la cosa más natural del mundo, fué á preguntar á la Galusa por él.
—Ese trampantojo, tentación de las holganzas de tontas y presomías—respondió la fregona con desgarro,—le ha sacao de allí quien tiene poderes pa ello: le he sacao yo, yo. ¿Lo quieres más claro?
—No se trata—dijo Inés con repugnancia,—de saber quién le ha sacado, sino de saber en dónde está, porque le necesito yo ahora.
—Ese espejo—insistió la Galusa con chocarrero retintín,—se ha sacao de onde estaba, porque no hacía falta allí; y como se ha sacao por eso, no tienes pa qué preguntar por él. ¿Lo entiendes? Á tientas me peino yo, que soy tan güena como la que más... Conque aplícate el cuento; y si te paece poco ese espejo pa verte los moños de cuchiflito, mírate en la sartén de la cocina; que, al último, pa los galanes que han de arreparar en tí... ¡Á la escoba, á la escoba y al remiendo, que eso hace más falta en la casa que rizos y perendengues!
Pensó Inés que tanta desvergüenza no podía caer dentro de las facultades que la carcelera había recibido para atormentarla, y corrió despavorida á referir el suceso á su padre.
El cual, como en un caso idéntico había hecho con su pobre mujer, después de oir la queja con una indiferencia glacial y hasta burlona, respondió encogiéndose de hombros y volviendo la espalda á su hija:
—Pues cuando ella lo ha hecho, bien hecho estará.
Y se marchó tan fresco.
Desde aquel instante tomaron los sufrimientos de Inés un nuevo carácter, y sus ideas otros rumbos. Hasta allí, se veía, aunque bajo una ley inicua, al amparo de la misma ley, que tendría sus límites determinados y sus cláusulas protectoras y relativamente benéficas; pero la aprobación de su padre al hecho incalificable de la Galusa; la insolencia de la una y el cinismo cruel del otro, le daban la norma de lo que podía llegar á ser su vida en una cárcel como aquélla. Considerábase abandonada de todo el mundo, y sola, maniatada é indefensa, entre dos fieras, algo así como una loba y un tigre. Se horrorizó; y por no enloquecer de espanto, salió de su habitación donde se había encerrado después de la respuesta de su padre.
En aquel instante cayó en su cerebro el germen de una idea bien extraña á la condición de su naturaleza, que, sin embargo, le acogió sin repugnancia. La fuerza del mismo huracán que se le había traído, le borró la impresión de la caída. Vino á ser ésta como una ráfaga primaveral y de relativo consuelo, en medio de tantas otras invernizas, desencadenadas y tempestuosas.
Aquella misma mañana había hecho el impaciente Marcones una escapada á Robleces, para preguntar á su tía «si se había dado el golpe» y con qué resultados. Entró en la casa lo mismo que la vez anterior, como un gatazo negro, golosón y ratero, por la escalera de atrás; salió de la cocina la Galusa, como lo que era; y aconsejándole que se largara de allí cuanto antes, porque convenía que no se le viera en Robleces hasta que ella le avisara, le dijo de prisa y al oído:
—Se dió el golpe, y como en la misma nuca: redondo quedó el otro. Ella está con el lazo al pescuezo, y yo tengo la punta del cordel en la mano y jalo de él lo que jalase debe hasta que me pida miselicordia. Cuando este caso llegue y se allane á entrar por el aro que yo la ponga delante, será la ocasión de venir tú, con el aviso que yo te dé, pa que resulte lo que se busca por ese camino, sin que lo sueñe el indecente de su padre, ni pueda estorbarlo con toa su maldá, que es mucha; porque el hombre ese es hechura del demonio, y el demonio le ciega...
Marcones se frotaba las manos, y al marcharse dijo á su tía:
—Pues tire usted firme del cordel, hasta que saque la lengua cuanto antes; y si ni por esas se da á partido, tire más, aunque la ahogue. Ó para nosotros, ó para nadie.
No necesitaba la Galusa, para ser mala, los consejos de su sobrino, que aún era peor. Tiró del cordel á cada instante en toda aquella mañana, después de lo del espejo, porque lloraba, porque andaba mano sobre mano, porque lo poco que hacía lo hacía mal... ¡hasta porque no respondía una palabra á sus desvergonzadas agresiones, que llamaba la pícara «buenos consejos!» Al llevar los condumios á la mesa, porque estaba la infeliz triste y desganada, más tirones y más recios, á las barbas de su padre que no desplegaba los labios sino para engullir la ración de costumbre, como una bestia en su cubil. Por la tarde, nuevas provocaciones y nuevos martirios; hasta que al anochecer, rendida de sufrir y sin saber cómo conjurar las iras de aquel demonio que, por los fines que perseguía y la impunidad que gozaba, iba emborrachándose en su propia maldad nativa, trató de encerrarse en su cuarto. No se lo consintieron ni la criada ni el amo; el cual la exigió que le acompañara á la mesa, porque le gustaba verla obediente y curada cuanto antes de «las puntas de soberbia» que la traían á mal traer.
Y no fué esto lo peor. Después de cenar, digo, de asistir á la mesa, porque cenar no cenó, al ir á la cocina á recoger su palmatoria de hoja de lata, con su correspondiente cabito de sebo, la Galusa, delante de los otros dos criados que acababan de cenar y estaban ya dormilentos y sin cosa alguna que hacer, la mandó con gran imperio, que antes de irse á la cama diera una barrida á aquel suelo, que buena falta le hacía. Resistióse Inés indignada, porque veía la intención de humillarla delante de aquellos testigos asombrados; y entonces la Galusa tuvo el atrevimiento de ponerle la escoba en la mano, diciéndola hecha un basilisco:
—¡Á barrer, porque yo lo mando!
Inés pensó caerse muerta de angustia; pero tal fué el exceso de su indignación, que la dió fuerza bastante para arrojar la escoba á la insolente fregona, y decirla al mismo tiempo, resuelta á todo ya:
—¡No quiero!... ¡Barre tú, que ese es tu oficio!
Inmediatamente volvió á coger la palmatoria y salió de la cocina, entre los dicterios y las amenazas de la Galusa; llegó á su cuarto y se encerró en él. Dejó la luz encima de su cómoda, arrimó una silla á la cabecera de la cama, sentóse y cayó llorando sobre las almohadas.